Por: Andrés Palma Buratta

Ante el estreno de su más reciente producción “The Grand Budapest Hotel” y fascinados por su estructura visual, hace poco circuló por la red un montaje que hace referencia a la utilización de la simetría y la composición en el cine de Wes Anderson. Poseedor de una mirada única en el cine, su estética parece un oasis dentro de la narrativa sensorial prefabricada que pulula en las producciones clasicistas miedosas de perder la sensatez necesarias para establecer su conexión con un público, según algunos “expertos”, despojados de toda educación cinéfila.

 

Sus películas mantienen un desapego a la formalidad, a la esterilidad,  al sentimentalismo sensato, (no es el único claro está, pero sí, de los más reconocidos), para coquetear con esta visualidad y narrativa confusa, ambigua, a veces apática.

Construye en su relato una corriente subterránea donde se montan personajes complejos, locaciones ornamentales peculiares y romanticismo torcido, que no representan solamente los detalles que pueden estar disponibles a simple vista, sino forman parte de una investigación u observación objetiva de otros o del entorno.

La veta principal de Anderson, es la complicación del universo interno que  nos lleva a cuestionar la percepción de la interpretación que hacemos de la realidad, presentando la textura de la vida cotidiana como algo extraño, torpe y desconectado.

 

Sin embargo, Mr. Anderson, no fue el primero en  revertir los géneros a un ejercicio decorativo y experimental extraño, sentados en la dramatización artificial de la trama de sus personajes, coreadas por una transformación simbólica del cine como escenario, más que lenguaje, de narraciones ininteligibles. Todas estas ideas, tienen un origen o por lo menos un precursor, o varios, Kubrick, Resnais, entre ellos.

 

Hablamos de Peter Greenaway, un artesano del cine, creador de estilísticos, barrocos, sobrecargados  rompecabezas subversivos, un manipulador de fragmentos agrietados,  con múltiples puntos de vista formales a veces incompletos.

Rupturista de la temática central, convierte sus relatos en un cuerpo audiovisual, un vehículo, que transporta en su interior múltiples planos abstractos, irradiados por diversos y siempre innovadores recursos técnicos de la mano con los avances tecnológicos disponibles.

 

Greenaway es un artista plástico, su universo es el pictórico, pero su obra ha derivado y se ha disgregado con preponderante relevancia en la cimentación o reinvención de un arte que el mismo considera muerto. Las complejidades simbólicas o las más dramáticamente convencionales experimentadas en la visualidad dinámicamente intensa de este autor que considera el texto como innecesario, convierte el arte en una experiencia totalmente sensorial, incluso más que visual.

 

El trabajo de Greenaway es un precursor directo del estilo poco convencional de Anderson y de muchos otros. Profesa es la admiración que siente por el trabajo de David Lynch. Y los paralelismos son evidentes, por lo menos en la parte visual, escenográfica, fotográfica y ornamental, al momento de ver The Falls, A Zed and two Noughts, Drowing by Number o The Tulse Luper Suitcases y sus sucedáneos por nombrar las más evidentes.

 

También desde un punto de vista formal, intencional, técnico, descriptivo,  simbólico, la similitud en el trabajo de tomas, puntos de cámara, movimiento de los personajes, composición, la famosa simetría, la expresión del director en la intención de cambio profundo en la naturaleza de lo que se filma. La utilización de distintas técnicas narrativas, surgidas de una fotografía, una postal, la reproducción de una pintura, ensamblados a su vez en extraños relatos. La banda sonora como disonante experimento irónico. Intrincados laberintos visuales desbordantes de maravillosa controversia. Hacen creer que Wes Anderson ha dado una nueva apreciación o ha depurado el estilo experimental de Greenaway.

 

Pese a toda similitud en la superficie de sus obras, incluso en su manufacturación, el fondo es lo que separa a estos dos autores de manera abismal:

Mientras que Greenaway pone su cine, más bien su experiencia cinemática, al servicio de la personalidad y el universo que lo rodea, a la no-narrativa, a la constante disociación entre lo lúcido y lo onírico, a la manipulación de la forma y de la herramienta, construyendo un arte multi-media interactivo capaz de derrocar los pilares institucionales del cine convencional,  Anderson aún guía su relato a través del texto, purificando la estética de Greenaway, evolucionándola a un opaco experimento posmoderno. La trama, el movimiento de sus personajes por ella, y los diálogos prefabricados para que encajen de manera uniforme, le da unidad al todo, cerrando los círculos discursivos de esta humanidad tan peculiar dentro de las lógicas narrativas audiovisuales, convirtiendo a Wes Anderson en un gran “Mise-en-scène” como lo fuera Méliès a principios del siglo pasado.

 

Sin duda, Greenaway y Anderson, son parte de un mismo experimento, uno más aterrador, y el otro más soñador, que agradecemos, para volver a vivir la experiencia del cine como recreación sensorial y sensibilización creativa, más que como un texto ilustrado.  

 

Les dejo un fragmento de “The Falls”

Dir. Peter Greenaway

Reino Unido, 1980

Canal YouTube: doomcontrol

2:37

 

Andrés Palma Buratta

Andrés Palma Buratta

Andrés Palma Buratta |  IMDb @andresdepalma

Director y guionista italo-chileno, nos transporta al mundo distópico de una sociedad subterránea en su película Cassette, presentada en el Festival de Cine B, Cineteca Nacional de Chile y el Museo de la Ciudad de México. Ha participado en la producción de la película chilena “Una parte de mi vida” elogiada por la crítica. Su sensibilidad y lucha por defender los derechos humanos lo llevan a realizar el documental “Tú Ciudad…tus derechos”, para la CDHDF. Autor de historias sencillas y profundas. Desarrolló  la serie #HoySoyNadie, para Televisa Networks.