18 octubre, 2026

Blog

Un pastel para el presidente, La extraordinaria ópera prima de Hasan Hadi

 Por Iván Uriel Atanacio Medellín

 

Íntima, empática y universal, la ópera prima de Hasan Hadi ha irrumpido con gran fuerza en el panorama fílmico, su propuesta, apegada al cine de la cotidianidad, nos ofrece un viso por demás devastador de la guerra, a través de una historia profundamente sensible, donde une a  la cocina con la familia, a fuerza de resistencia, el abuso de autoridad, el miedo al entorno, el instinto de supervivencia, y la condición humana llevada al extremo de una circunstancia en la óptica de una niña que anhela recolectar los ingredientes necesarios para cocinar un pastel para el dictador, desde la propia ironía de no morir ante el régimen, y conseguir como acto de vida o muerte los insumos para elaborar su pase de vida, la película inicia un viaje inesperado, una complicidad de las infancias extraordinaria basada en la amistad, la impotencia, la ilusión y la esperanza; la muerte como una presencia constante y cercana, la búsqueda como motor de los días, y la resignación al día a día bajo la amenaza, presentan un corolario desolador que envuelve a la audiencia desde el inicio, y la lleva a morar en las miradas de sus protagonistas, casi tan hondo como las sirenas, los silencios, y las miradas.

A través de Lamia, interpretada por Baneen Ahmad, la trama, explora las vicisitudes de la libertad, la imaginación, y la crudeza de una realidad que no ofrece mañana, presenta signos evocadores de los sentimientos que también se extravían, el dinero que no alcanza, los nimios delitos y las aventuras como hilo conductor de una entrañable abuelita, recia en la ternura de quien ama sin la caricia, y su nieta, al amparo tras perder a su madre y a su padre, acomedida a llevar los ingredientes, integran una historia extraordinaria, que recibiera la Cámara de Oro del Festival de Cannes. La cercanía de la proximidad que se fragmenta, las calles cual palestra y el peligro como una diatriba, hacen de esta cinta, una experiencia plena de humanidad.

El pastel del presidente, 2025, Dir. Hasan Hadi

Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.

Dream Scenario

El sueño surrealista de Kristoffer Borgli
Por Iván Uriel Atanacio Medellín

Aparecer en nuestros propios sueños resulta una consecuencia íntima que sucede al dormir y tener la experiencia surrealista que brinda el descanso profundo, o la experiencia aterradora de la angustia reflejada en una pesadilla, pero qué sucedería si de pronto apareces en el sueño de otras personas, en sus vivencias más hondas, en la sensibilidad que rebasa la mente y se anida en la consciencia, en la memoria emocional, en los gozos y alegrías, más aún, si el sueño corresponde a una persona desconocida, en alguien con quien no tienes el mayor contacto o que ni siquiera sepa que existas, así nos sorprende la excelente narrativa de Kristoffer Borgli.

La fábula se complica cuando la injerencia que tienes en otras mentes, cuando tu imagen en esos sueños vueltos pesadilla, no evocan instantes placenteros o imaginarios pacíficos sino un entramado de temores, fobias y augurios que desatan la paranoia, el rechazo y el prejuicio; Dream Scenario, El hombre de los sueños, es una sátira extraordinaria sobre de la actualidad de la fragmentación social, de los medios y redes sociales que destruyen perfiles, historias y que suelen posicionar a la misma persona a la que desvanecen por asunto del desprestigio o de la suposición, lo desconocido no solo implica la animadversión porque no podemos tener una explicación, sino que lo urgente es lo que requiere la atención más que la reflexión de los fenómenos que acontecen alrededor.

La empatía no existe cuando lo que más anhelas es separarte de aquello que te aterra, y para la tranquilidad, la otredad no confiere una salida al confrontarla sino al rechazo del espejo en su reflejo más imperceptible; Nicholas Cage ofrece una de sus mejores actuaciones, excelso en cada una de las manifestaciones de su postulado, no rechazar lo que no nos explicamos, comprender lo que sucede en alguien más y que no puede evitarlo, la impronta que se anida en nuestra mente sobre alguien, y como, aún sin conocerle, nos ofrece la posibilidad de vetarlo por que lo colectivo se hace individual y el temor individual la histeria del colectivo.

Y así como un evento puede un día hacerse viral y desparecer al siguiente día o con la llegada del siguiente acontecimiento, así las celebridades surgen, fluyen y desvanecen en el designio de un algoritmo, en Dream Scenario, no existen más algoritmos ni vacuidades, la huella queda indeleble, y los sueños no son ficticios, porque al vivirlos, se vuelven más despiertos que quien aparece en ellos, así seamos, nosotros mismos.

Dream Scenario, 2023. Dir. Kristoffer Borgli

Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.

GAUDEAMUS,

Festival de las letras, en homenaje al escritor Iván Uriel en Xochimilco

El Festival Gaudeamus es un referente de las letras en Xochimilco, se ha consolidado con un foro de expresión artística, y un espacio para el encuentro de las voces literarias que acuden a la Casa de la Cultura para compartir su obra; junto a Letras de primavera, el festival reúne a escritoras y escritores en torno de la palabra, y funge como un espacio para difundir novelas, poesía, relatos y una serie de propuestas narrativas que se han afianzado en el cariño del público. De la mano del gestor cultural Leví García, y en colaboración de la Academia Literaria de la Ciudad de México, el colectivo Letras en su tinta, y la Alcaldía Xochimilco, es Festival Gaudeamus celebra la literatura como una fiesta de la expresión escrita.

En su más reciente edición, el festival estuvo dedicado a la obra literaria del escritor, poeta, documentalista Iván Uriel Atanacio Medellín, quien ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, el Premio Nacional de Gestión Cultural, y el Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México en dos ocasiones.

 

Iván Uriel, director editorial de nuestra plataforma, originario del estado de Veracruz, México, es considerado un innovador de la prosa poética y de la literatura testimonial hispanas, sus libros se destacan por la reflexión social y sus documentales por la acción comunitaria. Politólogo por la UPAEP, y maestro en letras por la Universidad de Barcelona, es autor de las novelas El Surco, El Ítamo, y El Muro, que integran su trilogía Apología del encuentro, que aborda las relaciones humanas desde la migración universal, así como de las novelas Días de aliento, sobre vivencias en la pandemia, y Aves de paso, sobre infancias y adolescencias en situación de refugio. Entre sus poemarios destacan Navegar sin remos y Puntos cardinales. Y como cineasta, la producción de los documentales Tú ciudad tus derechos, dirigido por Andrés Palma, e Hitos, realidades y utopías, dirigido por Perla Atanacio, en tanto dirigió Día de descanso, De sueño y Lucha, Memoria y La voz humana.

Durante el homenaje a Iván Uriel, el Festival Gaudeamus presentó la novela Sin ganas de irse del escritor Guillermo Torres, y compartió la lectura poética de figuras de las letras como Jorge Quintanar, Delia Cabrera, y Carla Cejudo, entre otras destacadas personalidades, que dieron cauce a la lectura de poetas desde los nueve años como Sergio Gabriel, así como Don Raúl Guzmán de 95 años. Para finalizar, y en la moderación de la periodista Nidia Sánchez, se dio paso a la lectura de fragmentos, frases y poesías de Iván Uriel, quien ha realizado más de mil doscientas presentaciones en cincuenta países de cinco continentes.

Yo antes de ti

Por Diana Miriam Alcántara Meléndez

El derecho a la vida debería ser tan importante como el derecho a morir, bien entendido como el derecho a una muerte digna, que se refiere a la libertad de una persona para terminar con su vida en circunstancias que, por llamarlo de alguna manera, lo ‘justifiquen’, como sería, por ejemplo, una enfermedad terminal. Ya sea a través de un suicidio asistido, eutanasia o rechazar el tratamiento que pudiera prolongar su vida, quienes defienden este derecho argumentan que toda persona debe poder elegir sobre sí misma, su vida, su cuerpo y, en el fondo, su muerte.

Lo importante a recalcar es que no se trata simplemente de la decisión de dejar de vivir, que es lo que reclaman quienes están en contra de este principio, alegando que el derecho a morir pareciera auto-justificarse en que una persona no tiene la obligación de vivir, como diciendo que quien no quiera vivir, puede elegir morir. El debate al respecto recae en gran medida en los principios éticos que hay detrás de estas dos contrastantes perspectivas y lo que legal, jurídica y moralmente la sociedad responde sobre este controversial tema. No se trata, pues, de avalar que quien quiera morir puede hacerlo, sino de procurar espacios, oportunidades y condiciones para que toda persona tenga una vida digna y, en ello, también una muerte digna. ¿Pueden el derecho a la vida y el derecho a la muerte existir al mismo tiempo y en el mismo plano o se trata de ideas opuestas e inevitablemente contradictorias? La pregunta está presente en la película Yo antes de ti (Reino Unido-EUA, 2016), dirigida por Thea Sharrock, escrita por Jojo Moyes, basándose en su novela homónima, y protagonizada por Emilia Clarke, Sam Claflin, Janet McTeer, Charles Dance, Steve Peacocke, Matthew Lewis, Brendan Coyle y Jenna Coleman.

La historia se centra en Lou y Will; ella una joven vivaz y alegre que consigue empleo como cuidadora de él, un banquero alguna vez exitoso y enérgico que tras un accidente quedó cuadripléjico, lo que lo ha sumergido en amargura, tristeza y dolor, que además no solamente es físico. La vida para Will parece llevadera, al menos en la superficie, gracias a las facilidades que su adinerada familia puede proveerle, adaptando todo espacio y contexto a sus necesidades, incluyendo la contratación de un enfermero personal, por ejemplo. Sin embargo, los padres de Will saben que su hijo se siente desdichado, lidiando con un dolor crónico y resintiendo ser la sombra del hombre que alguna vez fue, en aquel entonces apasionado por la vida, las experiencias, los deportes y las emociones de todo tipo. Ahora, ese lejano pasado crea un hueco emocional grande, pues todo lo que Will tiene son los recuerdos de una vida que no puede volver a vivir, una que sabe nunca podrá volver a tener y que le recuerda siempre que está destinado a depender de los demás, sin autonomía, porque no puede mover el cuerpo prácticamente en su totalidad, por ende, se siente incompleto, inútil, una carga para las personas a su alrededor. Su plan, claro, es terminar con su vida, tener una muerte digna, porque esto a su vez significa terminar con el sufrimiento, físico y emocional, éste tan profundo que aumenta su angustia existencial cada día, un sufrimiento con el que ya no puede lidiar. Sabe que su condición no mejorará, sabe que la vida que alguna vez tuvo se ha extinguido, pero, más que nada, entiende que sin posibilidad de recuperación lo que le depara la vida, más para él que para sus allegados, son años difíciles, entre el abatimiento y la desesperación. Por eso elige morir, porque la vida que tiene ya no lo hace sentirse vivo y, más que nada, implica vivir en condiciones de tristeza, dolor, aislamiento y deterioro físico. Creyendo que quizá haya forma de hacerlo cambiar de parecer, dado que Will ha dado un plazo de seis meses antes de proceder con un suicidio asistido, Camilla, su madre, contrata a Lou, más que como cuidadora, como compañía, entiéndase alguien que esté ahí para su hijo como amiga, quien lo anime, lo haga reí, pensar, hacer cosas nuevas y diferentes para así dejar de esconderse en la burbuja de mal humor y aflicción que se ha vuelto su día a día.

Lou al principio no lo sabe, elige el empleo porque necesita dinero, sin embargo, cuando se entera, su naturaleza empática la empuja a querer hacer algo por Will, salvarlo o ayudarlo en el sentido de recordarle todo lo bueno que puede tener, todo lo sorprendente, divertido, maravilloso y único que es estar vivo. Lo hace proponiendo todo tipo de actividades que saquen a Will de la monotonía; comienza con un concierto y termina con un viaje a la playa. Will lo acepta, primero renuente pero eventualmente animado, porque con esa convivencia de alguna manera recuerda, revive o vuelve a experimentar lo que es disfrutar, convivir, aprender, compartir y emocionarse por algo y por alguien, ya sea platicar, ver una película al lado de alguien más o dar un paseo. Will redescubre la vida, pero también confirma que la vida sigue su curso y reafirma, para sí mismo, que la decisión que ha tomado, lo ha hecho consciente de lo que significa. Tanto eutanasia como suicidio asistido parten de un concreto muy claro: la persona elige terminar con su vida porque su enfermedad o padecimiento causan un dolor o sufrimiento tan grande que es más humano, o menos cruel, terminar que prolongarlo. Esa es la realidad para Will y lo sabe. Para Lou obviamente es difícil aceptarlo, en parte porque su carácter positivo y optimista le hace difícil entender esta decisión, que pareciera fatal y negativa. En parte, también porque Lou ha comenzado a enamorarse de Will y a imaginar un futuro posible juntos, en el que él elija vivir, no sin dolor, porque este no desaparecerá, pero sí poniéndolo en un segundo plano y, de alguna forma, eligiendo ver la vida como ella lo hace.

Los padres de Will, habiendo sido testigos por más tiempo de su realidad, lo razonan diferente cuando llega el momento, dándose cuenta que es más cruel pedirle a su hijo que siga viviendo con dolor, malestar, angustia y pena, que permitirle ser libre de elegir una muerte digna. Lou inicialmente piensa que Will está siendo egoísta, pero finalmente entiende que pedirle una decisión diferente, es egoísta, pero de su parte. Por mucho que quiera ayudarlo o que lo ame, la decisión de Will es sólo de Will. “No puedes cambiar a las personas”, le dice su padre a Lou, razonando que no se trata de hacer todo lo posible porque Will cambie de parecer o que ceda ante los demás, sino más bien dejarlo ser quien es y aceptar lo que quiere para sí. No se trata de obligar o cambiar a las personas, se trata de respetarlas y amarlas como son. El tiempo y las experiencias que Lou y Will pasan juntos son valiosos, pues son momentos, instantes, recuerdos y vivencias que se disfrutan, dejan una huella significativa y por eso resuenan. Lou le da a Will unos maravillosos últimos meses de vida, o dicho de otra manera, Will ha podido disfrutar con verdadera felicidad lo que le queda de vida. Seis meses significativos porque en ese tiempo cambian, se adaptan, crean afectos y ven las cosas con nuevos ojos. Que Will no modifique su decisión sobre una muerte digna, no significa que no haya valorado ese tiempo al lado de Lou. Y lo mismo para ella, ya que conocer a Will le permite descubrir un enfoque diferente sobre el mundo, sobre tomar riesgos, trazar metas, salir en busca de experiencias, abrirse a puntos de vista que parecen distantes y tomar las riendas de su vida, saliendo de su zona de confort.

La situación, claro, también lleva a cuestionar si la relación entre ambos es enamoramiento genuino o más bien agradecimiento y gratitud. La cercanía que surge entre ellos implica un apego emocional, pero no forzosamente amoroso. El afecto es real, pero ¿qué tanto se sostiene en mera solidaridad y empatía? Will se enamora o sólo aprecia a Lou correspondiendo de alguna manera con lo que ella le aporta. Y ella se enamora de Will o de lo que él representa como persona y por su nivel social. El lazo afectivo surge por el tiempo disfrutado al ayudar para asumir con sensatez esta etapa de su vida. ¿Eso es amor? En algún punto, cuando asisten juntos a la boda de la ex novia de él, quien terminó la relación luego de su accidente, incapaz de apoyarlo como él necesitaba, Lou señala que por mucho que Will pueda tener un interés amoroso en ese momento en ella, la realidad es que su situación actual importa, pues antes de su accidente él sólo se interesaba por personas como su ex novia, no personas como Lou, hablando en general: su físico, situación socioeconómica, laboral, emocional, su forma de ser, de pensar y de todo. Lou es la persona que Will necesita en ese momento, la persona que él podría amar en ese momento, no años atrás, lo que no es malo, finalmente son dos seres que se encuentran, apoyan, aprecian, respetan, aman incluso, en un momento de sus vidas en que el otro es el indicado, lo que es la base de cualquier relación, especialmente una afectiva romántica. No obstante, el análisis que ella hace tampoco cae en saco roto, como asimismo no está de sobra preguntar si las cosas habrían funcionado o funcionarían igual si Will no fuera parte de una élite social específica. Es entonces donde el relato romántico y su reflexión social topan con un bache, pues esta historia es una excepción a la regla y no porque se trate de un relato de ficción, sino porque la realidad, para muchas personas que viven en condiciones médicas como la de Will, es que no tienen los mismos privilegios que el relato novelado le confiere a él.

Personas que padecen enfermedades, discapacidades o cuadros clínicos complicados, para quienes la vida y una muerte digna no son algo tan romántico como la cinta de pronto parece plantear. Qué hace alguien con tetraplejia o cuadriplejia y, para fines prácticos, cualquier lesión, enfermedad, discapacidad o condición médica que implique cuidados especiales o rehabilitación, sin los recursos y el dinero suficiente para pagar tratamientos especializados o, como mínimo, asegurar una vida digna, estable, cómoda y sin sufrimiento constante. Con qué dinero pagar medicamentos, adaptar espacios y tiempos a sus necesidades, ya sea el lugar en que viven, medios de transporte, alimentación, cuidados especiales, etcétera. La familia de Will tiene el privilegio de poder proveerle todo: un cuidador personal, instrumentos especiales para que descanse o se mueva, un área de su casa en la que pueda hacer todo lo que le interese y quiera. La propia hermana de Lou se lo dice claramente: ayudar y animar a Will no representa un reto o impedimento tan grande cuando tiene a la mano todo el dinero que necesita para hacerlo posible, sean viajes, conciertos, paseos, fiestas, cenas y demás. No se trata del dinero sino de la intención. Pero si no se trata del dinero, ¿podría Lou haber apoyado a Will sin esta facilidad o flexibilidad económica? Idealmente la respuesta es sí, porque la cinta nos dice que Will no es feliz porque lo tiene todo, es feliz cuando puede disfrutar de ese todo al lado de alguien que le importa y a quien le importa. No obstante, concretamente, es difícil separar el contrapeso que el dinero juega en este tipo de escenarios. Si bien hay muchas formas como Lou puede hacer sentir mejor a Will, con o sin un límite de presupuesto, la cuestión es que no importa lo que ella haga, mientras lo haga a su lado. Aprecias lo que vives, no lo que tienes, sin embargo, la película al mismo tiempo plantea un contexto narrativo muy particular, uno en el que la división de clases sociales juega un papel clave. Finalmente es un cuento de hadas moderno y, curiosamente, ese es el mayor defecto de la narrativa, pues el objetivo verdadero de su mensaje es analizar y entender por qué Will elige morir y por qué toma esta decisión dadas sus circunstancias. Por tanto, la película tampoco dice que todas las personas con enfermedades, discapacidades o lesiones como las que Will padece, están ‘mejor’ si eligen una muerte digna; lo que quiere decir, es que ésta es la decisión de Will, no de sus padres, no de Lou y no a partir de lo que sus padres o Lou quieran o deseen; son decisiones personales y hay que respetarlas. Cada persona afronta, absorbe y resuelve de manera diferente lo que vive, pues lo hace de manera propia. Hay mucha gente en la vida real que no piensa igual que Will, incluso si viven lo mismo que él; no ven ni experimentan su situación como él y, tengan o no una facilidad económica como la del personaje, su perspectiva de vida no es negativa, sino todo lo contrario.

También cabe observar con ojo crítico que no todas las personas pueden elegir como hace Will, incluso aunque así lo quieran, ya sea porque hay leyes o creencias que condenan o prohíben en lugares o espacios específicos el suicidio asistido, o por limitantes económicas que lo imposibiliten, entre otras razones. Aquí surge otro tema de actualidad, aunque la película no lo aborda: la importancia de reformular leyes para despenalizar la eutanasia, generar una formación cultural que permita aprender a bien morir y fortalecer la salud pública. Lo que queda claro es que a veces es necesario ponerse primero; a veces hay circunstancias en las que el yo importa más que el tú y el nosotros; a veces nuestras decisiones no son ni individualidad ni narcisismo, sino libertad e, ineludiblemente, dignidad. Esto es vital para cualquier persona y, sin duda, para aquellos con alguna enfermedad, discapacidad o padecimiento degenerativo. Se puede sacrificar mucho por los demás y es importante que exista solidaridad, pues parte de lo que nos hace humanos es convivir y colaborar, pero en las decisiones personales, por más que sea esencial tomar en cuenta el mundo a nuestro alrededor, la resolución en el fondo tiene mucho que ver con ¿qué quiero yo? y esto es relevante cuando hablamos tanto de una vida digna como, igualmente, de una muerte digna. La lección: aprender a bien vivir, pero también, a morir.

Me Before You, 2016, Dir. Thea Sharrock

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

 

Filmakersmovie presenta el trabajo de personalidades de las artes y la sociedad activa iberoamericanos en una producción original.

Una conversación con los protagonistas y sus historias en las artes, conducido por el escritor mexicano Iván Uriel Atanacio Medellín. En cada capitulo conversaremos con artistas del Cine, Teatro,  Televisión y la Sociedad, quienes comparten reflexiones den vida y trayectoria.

Temporada 3 Capítulo 24: Rodrigo Plá

El escritor y documentalista Iván Uriel Atanacio Medellín conversa en Encuentros con el reconocido director de cine Rodrigo Plá, referente del cine hispanoamericano, ganador del Premio Ariel. Te invitamos a recorrer la trayectoria del galardonado director uruguayo-mexicano Rodrigo Plá, conoce su historia, motivos e inspiración, así como la historia creativa de sus películas «La zona», «Desierto adentro», «La demora» «Un monstruo de mil cabezas» y «El otro Tom», presentadas en diversos festivales internacionales y reconocidas como referentes de la cinematografía latinoamericana. Acompáñanos a este viaje literario con el ganador del Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas y sus voces invitadas.  #rodrigopla #ivanurielatamed #filmakersmovie #presumiendomexico #encuentros #ivanuriel

ENCUENTROS con Iván Uriel

Una producción Original Filmakersmovie.com

contacto@filmakersmovie.com

México, 2025

IMPORTANTE: algunas imágenes que aquí se exhiben no pertenecen a Filmakersmovie, y han sido utilizadas para mostrar el trabajo de nuestro entrevistado, respetando los derechos de autor. Las opiniones expresadas en este programa son responsabilidad de quien las pronuncia. Encuentros es un programa de entrevistas sin fines de lucro.

Filmakersmovie presenta el trabajo de personalidades de las artes y la sociedad activa iberoamericanos en una producción original.

Una conversación con los protagonistas y sus historias en las artes, conducido por el escritor mexicano Iván Uriel Atanacio Medellín. En cada capitulo conversaremos con artistas del Cine, Teatro,  Televisión y la Sociedad, quienes comparten reflexiones den vida y trayectoria.

Temporada 3 Capítulo 23: Estela Leñero

El escritor y documentalista Iván Uriel Atanacio Medellín conversa en Encuentros con la reconocida productora, escritora y dramaturga Estela Leñero. Te invitamos a conocer la trayectoria de una escritora referente del teatro mexicano a nivel internacional, sus motivos e inspiración, así como escuchar sobre sus futuros proyectos. Acompáñanos a este viaje visual con el ganador del Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas y sus voces invitadas. Tags: #estelaleñero #esteladodelteatro #ivanurielatamed #filmakersmovie #presumiendomexico #encuentros #ivanuriel

ENCUENTROS con Iván Uriel

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México, 2025

IMPORTANTE: algunas imágenes que aquí se exhiben no pertenecen a Filmakersmovie, y han sido utilizadas para mostrar el trabajo de nuestro entrevistado, respetando los derechos de autor. Las opiniones expresadas en este programa son responsabilidad de quien las pronuncia. Encuentros es un programa de entrevistas sin fines de lucro.

Toy Story 5

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Con la llegada de la era digital muchas cosas cambiaron, no sólo los procesos de producción y de trabajo, también la organización social, el flujo de acumulación de capital, las relaciones humanas, normas sociales, dinámicas de aprendizaje, formas de entretenimiento y hasta nuestra percepción de tiempo, espacio, individualidad, productividad y esparcimiento. Los algoritmos, la inteligencia artificial, los aparatos electrónicos y las redes sociales fungen idealmente como herramienta de apoyo, para facilitar las cosas a las personas, asistiendo, ayudando, comunicando o informando sobre la mejor forma de realizar actividades propias de nuestra existencia, necesarias para adaptarnos, crecer, convivir y sobrevivir. Si esto no se consigue, si en lugar de ser un instrumento auxiliar y útil, la tecnología se convierte en obstáculo que dificulta y perjudica, ¿es un error en su programación o una falla en la forma como la usamos y nos relacionamos con y a partir de ella?

En Toy Story 5 (EUA, 2026), película dirigida por Andrew Stanton, quien coescribe con Kenna Harrisy, se reflexiona sobre los peligros provocados por la presencia de inventos electrónicos y avances tecnológicos en la vida cotidiana, con énfasis en su impacto en niños a partir de su característica omnipresente, invasiva hiperconectividad y constante interferencia en el desarrollo, adaptación y socialización de las personas. ¿Qué sucede cuando, irónicamente, entre más conectados, más aislados estamos? ¿Y cómo afecta esto al humano, especialmente en una etapa de formación inicial?

La historia sigue a Jessie, Woody, Buzz y el resto de sus amigos juguetes en un intento por frenar a LilyPad, una tableta que rápidamente toma el control de la vida de Bonnie, una niña de ocho años hasta ahora todavía interesada en el juego que combina imaginación, ingenio, creatividad e interacción. Bonnie inventa historias con sus juguetes, les da roles y funciones, se transporta a un mundo diferente que sueña y así refleja el mundo a su alrededor, lo que le ayuda a comprenderlo, conocerse, entender dinámicas sociales y descubrir ideas. Sin embargo, a Bonnie se le dificulta conectar con otros niños, su timidez le hace sentirse insegura y la orilla a retraerse, aislamiento que se acrecienta ante la popularización y constante presencia de aparatos electrónicos que acaparan la atención y el tiempo de las personas, adultos y niños por igual. ¿Cómo conectar, humana, emocional, sensorial y socialmente hablando, con aquellos a nuestro alrededor, si la gente está todo el tiempo subsumida por la pantalla y atrapada dentro de un mundo virtual?

Los otros niños ya no juegan con juguetes, no imaginan ni crean de la misma manera porque ahora están absortos en sus pantallas y dispositivos electrónicos. No hablan entre sí sino a través de chats; no hay interacción y retroalimentación directa sino a través de plataformas, aplicaciones y redes sociales, así que ya no comparten, socializan, platican o conviven cara a cara sino a distancia. Conectados pero solos; enlazados digitalmente, pero sin que haya un vínculo humano entre ellos. Jessie se asoma desde un punto alto de la calle y lo comprueba, padres e hijos, familias enteras inmersas, cada quien, en sus celulares, tabletas, laptops y computadoras personales, así como otros dispositivos similares, entre ellos consolas y videojuegos portátiles. El mundo, ya no usando la tecnología a su favor, sino consumido por ella, lo que propicia la falta de comunicación y el sedentarismo, pero además en el caso de niños y adolescentes, un crecimiento accidentado, determinado por la máquina y el algoritmo, en lugar de ser un auxiliar para el desarrollo personal. Niños como Bonnie lo resienten más porque, al no seguir la corriente, la tendencia o el flujo que arrastra a la mayoría, terminan por ser excluidos, cuando lo único que quieren es pertenecer y ser aceptados socialmente. Lo peor es que se da cuenta, siente un rechazo que ni siquiera tiene que ver con quién es, sino con las consecuencias de la acaparadora presencia tecnológica y digital. Es decir, si otros niños no están interesados en platicar, jugar o convivir con ella, no es porque haya algo específico en Bonnie que no acepten, simplemente, sus mentes están tan inmersas en sus aparatos electrónicos que no se dan cuenta del mundo real ni de lo que sucede más allá de sus pantallas. Han perdido la capacidad de aprender jugando, de convivir imaginando e inventando juegos colectivos.

Creyendo que la ayudan y que Bonnie sabrá hacer un uso responsable, sus padres le compran una tableta electrónica (Lilypad). Lo que no prevén es que a través de ella le abren las puertas a una dinámica capaz de consumirla, física y emocionalmente. Por un lado, internet pone a su alcance información, conocimiento, contenido y acceso a gente de todo tipo; por otro, esa saturación de información, datos, narrativas y multiplicación de contactos es tan asombroso como peligroso, tan fascinante como preocupante, pues la red se convierte en una fuente latente de abusos y peligros. Al final no sólo se trata de que Bonnie (o los niños o cualquier persona) use la tecnología con responsabilidad, la pregunta de fondo es si los demás también harán lo mismo. La idea es que Lilypad sea el medio por el que Bonnie contacte con otros y haga amigos, y técnicamente parece que lo logra, el problema es que como todo sucede en un espacio intangible, como lo es la nube digital, nunca hay en realidad una interacción o socialización auténtica y significativa.

Bonnie no hace amigos a través de Lilypad, crea contactos; así que no ‘conecta’ con otros niños sólo los contacta a distancia, impersonalmente, a través de uno o varios intermediarios: internet, aplicaciones y la tableta misma. ¿Cómo conocer de verdad a la persona al otro lado de la pantalla si es imposible reconocer sus reacciones, gestos, apariencia o saber si pensamientos, ideas, opiniones y sueños son en efecto expresados por ellos? Si las personas se han reducido a emoticones, stickers, memes y una comunicación simplificada y debilitada, ¿cómo saber que el otro es quien dice ser o que piensa y siente lo que profesa? La comunicación mediada por pantallas no garantiza ética, confianza ni amistad genuina. Todo en la red es ambiguo; no significa que todo es totalmente falso pero tampoco que sea verdadero. Esto dificulta la conectividad confiable, lo que afecta especialmente a niños y adolescentes, vulnerables a la manipulación, el engaño y la, aparentemente, conveniente hiperconectividad, que en realidad nos deja a merced de un algoritmo que nunca va a entender por completo al humano, porque no es más que un código programado, uno con instrucciones que, por más que siga al pie de la letra, no van a ser forzosamente lo que la persona necesita.

El juego lúdico y la convivencia se van perdiendo en un mundo dominado por la tecnología, la nube digital y el algoritmo, afectando procesos de formación, independencia, autorreconocimiento y desarrollo. Bonnie lo vive cuando es invitada a una pijamada con sus nuevas ‘amigas’, que en realidad sólo son niñas que Lilypad contactó por la mera eventualidad de que todas están suscritas a una misma aplicación; sólo para descubrir que en lugar de juego creativo y diversión imaginativa, la dinámica de la reunión se limita a que cada quien esté subsumida en su tableta personal, una sentada junto a la otra, pero, en lugar de hablar entre sí, se envían mensajes a través de la red. El juego se limita a presionar botones. Los amigos están ahí físicamente, pero no mental ni emocionalmente. Comparten sin realmente convivir, escucharse, imaginar o crear. Crecen juntos pero separados. Incluso, si no se integran a esta colección de islas flotantes homogéneas son marginados, excluidos. El fenómeno es parte de lo provoca la pantalla aislante, demandante y adictiva, diseñada para enajenar y absorber la mente, succionar la atención de las personas. El mundo deja de importar, nos hacemos insensibles y el desarrollo intelectual, emocional, personal y social retrocede en lugar de avanzar; se estanca en lugar de cultivarse. Técnicas para que esto suceda hay muchas, desde el contenido banal y la sobrecarga de información, al ‘infinite scrolling’ (desplazamiento infinito), que es el diseño web donde el contenido se carga automáticamente en la pantalla cuando el usuario se desliza hacia abajo. Niños y adolescentes distraídos, mentalmente ansiosos y cansados, incapaces de concentrarse, acostumbrados a la inmediatez y la gratificación al instante, ahogados en la desidia y la procrastinación, con dificultad para enfrentar problemas o gestionar emociones como la frustración, desinteresados de casi todo lo que no esté dentro de su burbuja (digital), son algunas de las consecuencias palpables, que a la larga también afectan habilidades cognitivas y de lenguaje, el pensamiento crítico y la capacidad de tomar decisiones, incluidas las más sencillas o elementales.

En esta era digital la tecnología al parecer sirve para todo, sin embargo, también lo afecta todo, y en muchas ocasiones de manera negativa. Como bien lo representa la película, aprovechando su género de animación con personajes antropomórficos (a los que se les atribuyen emociones y comportamientos humanos, aunque no lo sean), la inteligencia artificial siempre escucha, siempre interviene, conecta todo y recopila hasta la más mínima información con o sin nuestro permiso. Lilypad asume como función primaria asegurarse que Bonnie contacte con otros niños, percibiendo como literal el calificativo ‘amigo’ cuando se refiere a contactos en la red. Su instrucción es básica y, por ende, limitada. No entiende que la amistad significa mucho más que un enlace digital; le hace falta el lado afectivo, recíproco y emocional. Los niños necesitan interactuar, compartir y convivir, porque es a través de esas experiencias que aprenden valores, descubren quiénes son y dimensionan iniciativa, voluntad, decisión, confianza, respeto y aprendizaje. ¿Puede nutrirse todo esto cuando dos personas hablan entre sí a través de una pantalla en una red social? Es posible, pero en un grado mínimo, pues su lazo no puede solidificarse si siempre permanecen distanciados, sin que haya una conexión profunda. Sin contacto humano no hay una respuesta biológica y, sin ella, no seríamos más que máquinas y algoritmos; irónicamente, aquello mismo que nos empuja hacia una vida encapsulada reducida a un marco de cuatro paredes (metafóricamente hablando, aunque literal, si pensamos en la pantalla digital).

 

Los juguetes quieren que Bonnie encuentre un amigo real en todos los sentidos; alguien que no sólo exista a través de un software de por medio, alguien con quien compartir, con intereses afines, con quien aprender y crecer, donde amistad, convivencia, comunicación y participación no dependa de qué tanto usamos, abusamos y necesitemos de las aplicaciones, la inteligencia artificial o las redes sociales. Porque, además, la tecnología se actualiza constantemente, se hace obsoleta casi al instante, nos dicta qué hacer en lugar de que sea al revés y nos condiciona a una dinámica de enajenación, influencia, manipulación y presión. Si el tiempo que los niños pasan frente a la pantalla se acrecienta, el tiempo para hacer otras cosas que estimulen cuerpo y mente disminuye, lo que incluye tiempo de imaginación y juego. Para Jessie, Woody, Buzz y compañía, protagonistas de esta película, esto es catastrófico, pues significa que son desplazados. Ya de entrada deben enfrentarse a una realidad difícil: los niños crecen, sus intereses cambian y sus necesidades los encaminan hacia otro tipo de actividades, labores y pasatiempos. Ahora esto sucede cada vez más aprisa. “Los aparatos (tecnológicos) los hacen crecer muy rápido”, reclama Jessie, hablando de la relación máquina-niño, trayendo a la mesa otro tema importante: el miedo a ser olvidados y el temor a ser obsoletos. No sólo los juguetes pasan por el envejecimiento y la obsolescencia, también la tecnología y en general todas las cosas. Transportándolo al mundo real, ¿qué pasa cuando se nos trata como si ya no pudiéramos aportar nada, a pesar de nuestro conocimiento, experiencia y disposición? ¿Qué implica para la sociedad que los inventos, la ciencia, la IA o la programación a través del algoritmo desplacen al humano porque hacen lo mismo que él, incluso más rápido y eficiente, y con menos exigencias de por medio (después de todo la máquina no come, no duerme y no exige), porque no tienen derechos? La sensación de quedar en el olvido y dejar de importar se acelera, por un lado, con la edad y, por el otro, en la era digital, que no solo nos obliga a la actualización y modernización recurrente, sino también a dimensionar cómo permanecer vigentes en un contexto ampliamente determinado por la imagen virtual y el mundo digital. Ansiedad por ser conocido y reconocido en ese mundo idealizado, sin caer en cuenta que las imágenes que en ocasiones expresamos y las que permanentemente recibimos no descubren la esencia vital de los emisores, pero sí nos vinculan a determinados grupos que la inteligencia artificial asume nos interesa llegar.

Cuando estos juguetes se preguntan cómo seguir siendo indispensables toda vez que la forma como los niños juegan ha cambiado, también se nos está preguntando cómo la sociedad misma se está transformando. La película recalca que esto no hay que darlo por sentado; la tecnología importa, pero no lo es todo; no podemos ceder a lo que demanda de nosotros, más bien hay que adaptarla y usarla según nuestras necesidades. Los videos cortos o la sobrecarga de información, por ejemplo, propician la búsqueda por estímulos rápidos y recompensas inmediatas, haciendo que otro tipo de dinámicas más pausadas, como la lectura, el aprendizaje o el juego tradicional, resulten cansadas, poco atractivas o aburridas. Sin embargo, el aburrimiento también puede ser bueno y positivo, al fomentar reflexión, imaginación, análisis y estrategia. Es esa pausa, ese respiro, la pieza que nos permite recapitular, entender, crear y construir. Los dispositivos no tienen por qué ser el enemigo. Por supuesto, la película no se preocupa por plantear soluciones concretas ante situaciones reales. Sí, la tecnología puede usarse de manera positiva: los juguetes y Lilypad, por ejemplo, trabajan juntos para ayudar a Bonnie a entablar amistad con otra niña, Blaze, y su lazo de amistad abre paso a madurar dando a entender que el dispositivo y la red social pueden resultar útiles, siempre y cuando no olvidemos que en el fondo el individuo es un ser social que necesita contacto humano. Lo que significa que es importante cuestionar, analizar, sopesar y hasta condenar el abuso de dispositivos digitales y redes sociales, ya que esto afecta emociones, pensamiento, crecimiento y orden social de una forma tan sutil que se hace imperceptible. ¿Qué pasa con todos esos otros niños y adultos pegados a sus pantallas porque no hay nadie que los anime a salir al mundo o les haga entender que el espacio virtual intangible no es real ni verdadero, ni perfecto? ¿Cómo podemos rescatar, o no perder, la conectividad humana en una era regida en todo momento por aparatos tecnológicos, dispositivos con inteligencia artificial y redes sociales? En la vida real no hay juguetes que nos salven, ni pantallas electrónicas que tengan remordimiento de conciencia; lo cual, por cierto, resulta ilógico e irreal, porque incluso si la película plantea que Lilypad no era ‘mala’, el problema es la forma como el humano usa sus herramientas, funciones y capacidades. Esto en sí mismo minimiza los verdaderos problemas detrás de la tecnología digital, entre otros:

1) Soledad, inseguridad y baja autoestima que sienten los niños que crecen rodeados de imágenes manipuladas, plataformas digitales sobrecargadas, redes sociales invasivas, privacidad pisoteada, vigilancia extrema, exposición mediática constante y presión por participar en un mundo virtual que en realidad no promueve individualidad ni creatividad, sino productividad y consumo.

2) La preocupación que sienten los padres al no saber cómo enfrentar estos retos y la desesperación por ayudar y proteger a sus hijos, con un guiño específico al acoso virtual, una problemática que se plantea pero no se profundiza.

3) Cómo afecta a la salud mental y a nuestra percepción de la realidad la presencia creciente de los chatbots, los asistentes inteligentes y los aparatos digitales que miran, vigilan, gestionan, administran y recopilan todo a su alcance, todo lo que existe en la nube.

4) La forma intrusiva, manipuladora, enajenante, desestabilizadora y monopolizadora como operan realmente los algoritmos y la inteligencia artificial, a través de un contenido pensado para embobar, hipnotizar y acaparar la atención del usuario.

Todos los niños crecen, las personas envejecen y las generaciones antiguas dan paso a las nuevas. Lo que la película propone es la importancia de entender que sus realidades simplemente son diferentes; lo indispensable que es ver a la amistad como un valor humano vital; la importancia de crear, imaginar, aburrirse y jugar; y la fuerza detrás de saber y defender quiénes somos, qué queremos, en qué creemos y hacia dónde vamos, especialmente en una realidad marcada por la cultura mediática, el flujo informático, el contenido digital, la imagen distorsionada, la inteligencia artificial, los avances tecnológicos y los inventos electrónicos, que ya forman parte de todo lo que hace el humano, todo el tiempo.

Toy Story 5, 2026, Dir. Andrew Stanton

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

El Diablo viste a la Moda 2

Por Diana Miriam Alcántara Meléndez

Puebla de Zaragoza, México 2026

Las reglas del juego cambian, tienen que cambiar, no pueden siempre ser las mismas, de manera que tenemos que adaptarnos, crecer y evolucionar conforme a las nuevas reglas, entendiendo el proceso como madurar. No somos los mismos de hace 20 años, ni lo seremos en 20 más; entonces, ¿tropezamos con la misma piedra o somos capaces de evitarla, brincarla o patearla? ¿Cuál de las opciones nos ayuda realmente a superar errores y evitar la caída?

La película El diablo viste a la moda 2 (EUA, 2026) lo pone en perspectiva, como secuela de un relato que en 2006 habló de realización, esfuerzo, ambición, sacrificio, identidad, dinámicas de poder, crecimiento, maduración, valores, convicciones y autenticidad. La continuación de la historia retoma tales elementos clave, pero los explora muy ad hoc al mundo actual, con la digitalización y la consumación de la era tecnológica, el periodismo presionado por la inmediatez de las redes sociales, cómo esto afecta verdad, rumor, comercialización, explotación, información y consumismo o la inevitable modernización de los procesos que se adaptan a la oferta-demanda según las necesidades del consumidor, del cliente, pero, mayoritariamente a los intereses de los dueños del capital y los medios de producción. La cinta fue escrita por Aline Brosh McKenna, dirigida por David Frankel y protagonizada por Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt, Stanley Tucci, Justin Theroux, Lucy Liu, Simone Ashley, B. J. Novak y Kenneth Branagh. Retoma la historia de Andy Sachs, quien lleva varios años trabajando como periodista, alejada del mundo de la moda en el que alguna vez trabajó, ahora inmersa en la fuerza, valor y poder que tiene la palabra escrita. Sin embargo, los recortes de presupuesto del grupo editorial al que pertenece su periódico la dejan a ella y todos sus compañeros de trabajo sin empleo de la noche a la mañana. En respuesta llama a hacer consciencia del camino al que se dirige el periodismo y por extensión la sociedad, ahora visto por muchos como un medio de entretenimiento más que informativo, por tanto, banal, insignificante y fácilmente reemplazable.

En la idea de que cualquiera puede escribir, filmar y publicar contenido, porque gracias a la tecnología y los medios digitales esto se ha facilitado, se asume, equivocadamente, que quien sea puede convertirse en ‘creador de contenido’, lo que hace prescindibles a todos aquellos que se dedican a ello profesionalmente. El problema es que esa simplificación trivializa la labor periodística, resta importancia y significado al proceso de comunicar, compartir y divulgar información verídica, constatada, documentada, bien articulada y apropiadamente estructurada, que, como resultado, se pierde en el vasto algoritmo sin espacio-tiempo (la web), plagado de material indistinto, desechable arbitrario, banal y frívolo, pensado para distraer la mente, empobrecer conocimiento, eliminar pensamiento crítico y perspectiva, para promover desinformación, fatiga mental, apatía, adicción, explotación y sobrecarga. No sólo personas como Andy pierden sus empleos, muchas otras áreas de trabajo comienzan a ser vistas como innecesarias, olvidando que, en su caso como periodista, su labor es importante porque hay detrás un proceso que conlleva, entre otras cosas, investigación, corroboración, coordinación, expresión, comunicación y retroalimentación, al evaluar, discernir, sopesar y analizar; procesos que las redes sociales no cubren, al estar más interesadas en transmitir datos de forma inmediata y concisa, que reflexionados y explicados; o que la inteligencia artificial, con que se intenta desplazar a periodistas, editores, escritores, artistas y maestros, entre otros múltiples ejemplos, no puede abordar con la sensibilidad, creatividad y curiosidad propiamente humana.

La oportunidad de enfrentar esta situación llega cuando a Andy se le ofrece un empleo como responsable editorial en la revista Runway, aquella donde trabajó como asistente de Miranda Priestly, quien todavía desempeña el rol de directora creativa, si bien forzada a adecuarse a las cambiantes dinámicas de poder, liderazgo, exigencias del mercado y normas o reglas socialmente aceptadas. En ese momento, Runway necesita redireccionar la percepción de la gente y dar un giro a su óptica, luego de un escándalo que afectó su imagen al haberse asociado con una firma de moda acusada de explotación laboral, lo que le ha ganado a la revista su propia polémica, resultado del error de juicio acrecentado por la cultura de la cancelación(fenómeno social que consiste en una especie de linchamiento digital o en medios impresos para descalificar e injuriar a personas y movimientos sociales por dichos o hechos pasados). Miranda espera que sus lectores tengan poca memoria y que esa inercia de pasar de un tema a otro indiscriminadamente, fascinados por la polémica y la inmediatez, entierre el asunto. Irv Ravitz, el directivo al frente de Elias-Clark, el conglomerado dueño del grupo editorial al que pertenece Runway, tiene otro plan en marcha, uno pensado más bien para limpiar la imagen de la revista, reconstruir su reputación y, más que nada, devolver a la publicación credibilidad. Andy es contratada para dar veracidad y validación a Runway; la pregunta es: ¿tienen Andy y la revista algo no sólo relevante sino resonante que decir en un mundo lleno de contenido insustancial, intrascendente y trivial? Tomando en cuenta, además, que la industria de la moda se ha reducido al vaivén de elementos de carácter superficial, pasajero e irrelevante; algo que crece con la llegada de la digitalización y las redes sociales, en donde la imagen artificial tiende a tener mucho más peso que la palabra escrita y la calidad pierde terreno frente a la cantidad, llevándonos a preguntar qué tan necesarias, relevantes o prevalecientes son aún las revistas de moda dentro de esta industria. ¿Siguen siendo vitales, cuando en la era digital hay muchos otros canales de comercialización, publicidad, promoción y mercadotecnia? Entre ellos influencers, bloggers, tendencias, buscadores (o motores de búsqueda, como Google), social media engagement (vinculación con seguidores, consumidores, colaboradores y fans), etcétera.

Cuando todo esto entra en juego y una marca o una empresa se juega con ello su huella y presencia digital, el deterioro del contenido, creación y consumidor es cíclico. Es decir, el medio (y esto no sólo aplica en la vida real a revistas de moda como Runway, sino a toda publicación, página web, plataforma o editorial) tiende a caer en lo superfluo por cuestiones de oferta y demanda. Se hace necesario preguntar: ¿Qué quiere la gente, a qué le da clic y qué tipo de contenido tiene que producir un creador para conseguir esos clics de aceptación? Con la digitalización del mundo de la comunicación y del proceso de producción e intercambio, en donde prevalece el consumo instantáneo, la obsolescencia acelerada y lo desechable, las personas dejan de interesarse en material reflexivo, educativo, analítico o crítico, para preferir contenido simple, pasajero y llamativo. Esto sucede, asimismo, porque el vasto mundo digital ofrece tanto material, tan constante e invasivo, que lo más escandaloso, exagerado, sensacionalista o provocador es lo que más llama la atención, convirtiéndose en lo que eventualmente más se busca y consume en la red. Las historias de investigación, los escritos de opinión informativa, las entrevistas que expresan proyectos y vías para la transformación radical del entorno, los trabajos artísticos respaldados con producción de calidad, entre otros ejemplos, pasan a segundo plano, hasta caer en peligro de extinción, sustituidos por el opuesto a lo que son y representan, o sea, por imágenes rápidas y fragmentadas, frases cortas, datos sin contexto ni explicación, tema o debate, sino sólo ideas masticadas, diseñadas para vender, convencer o embobar, pero no para pensar. En este contexto, Runway también ha sido víctima de la conversión digital; ha dejado atrás el papel impreso multicolor para pasar al algoritmo y la imagen en la nube; el presupuesto es mínimo porque la política es invertir menos y generar más, o invertir únicamente en aquello que reditúa más, lo que las revistas digitales como éstas no consiguen en comparación con otro tipo de material trivial que se concentra en distraer.

Si el escándalo inicial que propicia la contratación de Andy ya había puesto a la revista en la cuerda floja, la competitividad de la era digital la mantiene ahí, en la búsqueda por mantenerse relevante en una esfera plagada de superficialidad pululante, hueca e intrascendente. ¿Hay material de calidad en la red? Sí. ¿Es ese material producido, consumido y compartido de la misma forma y en el mismo nivel que su antónimo? No.

Sobrevivir en esa ‘nube’ inmaterial, implica hacer mucho más que validar o dar integridad a través de la labor de Andy y su equipo; también significa entender el mercado, ser redituables para los dueños y cubrir un nicho, ya que, ante todo, lo que más importa es vender. En el mundo editorial y el de la moda, esto quiere decir que hay dos cosas trascendentales que van de la mano: la primera es atraer miradas, traducidas en clics; la segunda es obtener suficiente dinero a través de patrocinadores, promotores y marcas de respaldo, para quienes imagen y reputación lo es todo. Andy está ahí para dar un aval periodístico, literario y editorial a la revista y sí, esto le gana confiabilidad y veracidad, pero su esfuerzo sólo toma forma cuando se traduce en alcanzar al mayor público posible, lo que consigue cuando acuerda una entrevista con una reconocida personalidad pública, algo espectacular por la exclusividad (curiosidad y morbosidad inmersas) que representa, lo que, por cierto, Andy se niega a explotar, apelando a la integridad periodística. Si hablamos de contenido publicitario, la dinámica es casi lo misma, como bien expone Emily, ex asistente de Miranda y ex compañera de Andy, quien ahora trabaja para la firma de moda Dior. Dado que revistas como Runway construyen ideas, ilusiones y fantasías, Emily plantea la importancia y necesidad de que ambas marcas colaboren, especialmente en una economía capitalista como la actual. Un perfume, un bolso o una prenda que Dior promociona en Runway es mucho más que una simple campaña publicitaria, pues la marca en sí barajea un estatus social, una categoría de élite y prestigio, que se promueve en una plataforma web en espera de que tenga su mismo nivel de reconocimiento.

Ahora bien, como Emily sutilmente lo explica, en la nueva era de los medios digitales y las redes sociales, Runway necesita más a Dior que viceversa. “Las ventas de lujo son el único sector de la industria de la moda que aún genera beneficios. Hace 20 años, un bolso de 100 dólares era un capricho. Las marcas cambiaron eso. Usamos logos porque todo el mundo entiende que tu bolso, tu bufanda, tu perfume, tu paraguas, le dicen al mundo quién eres, qué te importa. Y ahora, hay amas de casa provincianas que jamás saldrían sin un bolso de 3,000 dólares”. Cuando Andy concluye que esta fantasía sólo es accesible para quien tiene esa cantidad de dinero, lo que Emily plantea es que así funciona la economía: cualquiera puede soñar con conseguir ese dinero (y esforzarse por conseguirlo). Dior vende el producto, Runway construye la ilusión alrededor de ese producto y el individuo, no importa de quién se trate, compra el producto para alcanzar esa imagen de éxito y superación. Da igual quién sea el comprador, el precio será exactamente el mismo para todos, sea alguien adinerado para quien 3 mil dólares no son nada, o alguien menos privilegiado quien hace todo lo imaginable por reunir esa cantidad. Además, existe el hecho de que el capital encuentra (lo ha encontrado siempre hasta la fecha) su forma de mantener la rueda de oferta-demanda en movimiento, acoplándose a mercados, estratos sociales, intereses y deseos o aspiraciones, de ahí la existencia de los outlets, descuentos, rebajas, tiendas de liquidación o la moda rápida (también conocida como fast fashion).

Revistas (webs o plataformas) como Runway existen, no porque su consumidor o lector promedio pueda fácilmente permitirse ese estilo de vida exclusivo que presenta, sino porque, dado que no lo tiene, lo admira y anhela. En este mundo altamente capitalista, consumista y materialista, se espera que los resultados consigan mucho, gastando poco, especialmente cuando la perspectiva empresarial, acumulativa, comercial y de negocios se concentra en el dinero, en la ganancia y no en aquello que lo está generando. Para personas como Irv o como Miranda, Runway importa por el legado histórico, cultural, social y editorial que representa, como pilar de muchas esferas vitales, incluyendo la moda, el periodismo, el arte, la industria del vestido y hasta la del espectáculo de todo tipo (deportivo, artístico, de esparcimiento o político). Para personas como Emily o Jay, el hijo de Irv, se trata en cambio de una perspectiva más centrada en la ganancia, posesión, ambición, utilidad y costo-beneficio. Por eso, cuando Irv fallece, deja en entredicho el futuro de Miranda y con ello el de Runway. Jay no está interesado en el producto, no sólo hablando de la moda sino también de la publicación como parte de un conglomerado editorial. Sin ninguna lealtad o valoración hacia una empresa que no le interesa ni entiende, está dispuesto a cederla al mejor postor, alguien con esa misma mentalidad que se plantea ganancias por encima de calidad y comunicación, o explotación y acumulación en lugar de pensar en creatividad y formas de expresión o información. La oportunidad para Jay se presenta cuando Benji, el actual novio de Emily, se interesa en comprar la revista para complacer a su pareja, designándola como directora y encargada de dirigir Runway, adentrándose así al mundo de la industria editorial y de medios de comunicación si estar bien informado en ello ni cómo funciona.

La partida de Irv y el intento por reemplazar a Miranda también implican un relevo generacional, que a su vez significa uno ideológico. La revista entendida como una publicación editorial, no como una plataforma para vender, manipular y alienar, no es lo que Jay, Emily y Benji tienen en mente. Su lógica es práctica, no artística; no les preocupa que el contenido diga algo, mientras haya contenido, porque a mayor cantidad más flujo de tráfico, más clics, mejores ventas. Ellos no ven lo que la revista significa o su trayectoria en el medio, sino dónde y qué tanto se puede ganar a través de ella. Por tanto, van a preguntarse para qué tienen periodistas, artistas, diseñadores, productores, modelos o patrocinadores, si todo su trabajo se puede remplazar mediante acciones mecánicas y algorítmicas realizadas por inteligencia artificial. Los que defienden esta ideología se dicen a sí mismos que la máquina, la tecnología o el programa de software sustituye al individuo para darle a éste la oportunidad de concentrarse en otras actividades. Los que están en contra entienden que el humano no puede ser sustituido, que el contenido generado por la IA es sintético, sin alma, sin intención expresiva, creativa o pensamiento e ideas propias. Es el contenido banal, falso y vacío, muchas veces convertido en basura digital, especialmente cuando es creado por bots, incluyendo por cierto los ‘deepfakes’ (manipulación de imagen y voz). El uso excesivo, sin control, de tecnología digital y la llamada inteligencia artificial con la integración de múltiples bases de datos, no siempre confiables y posiblemente manipulados con intereses ideológicos, está afectando con profundidad a los medios de comunicación masiva, al diseño, el periodismo, la literatura, la producción audiovisual, las artes y muchas otras industrias afines. Miranda y Andy saben que pelear a favor de la revista no sólo tiene que ver con mantener o salvar sus empleos, significa más bien luchar en favor de la humanidad, de su existencia en ambientes humanamente construidos sobre principios éticos y convivencia cara a cara, en donde el contenido editorial y periodístico que tiene algo que decir, el diseñador que se expresa por medio de su trabajo o la campaña publicitaria que comunica una idea y no un vacío, son componentes de una sociedad que promueve y acepta el diálogo, la diversidad, el intercambio cultural y busca mejorar las relaciones de trato con los demás, por encima de la tecnología que todo lo reduce a números y  sistemas homogéneos.

Adaptarse es sobrevivir, y si el juego cambia, hay que cambiar con él, de lo contrario, se termina por ceder (en algunos casos ‘venderse’, coloquialmente hablando), con todo lo bueno o malo que esto pueda traer consigo. “Todo se recorta, todo se fusiona”, reclama Andy, hablando de cómo estos cambios responden al capital y su tecnología, ejemplo claro de la concentración y centralización de la riqueza con que destruyen y, a veces, reconstruyen negocios y fortunas. La dinámica empresarial y la obsesión por la innovación y el relevo tecnológico en algunas ocasiones generan cosas nuevas, interesantes, propositivas y positivas, como el novio de Andy, Peter, contratista inmobiliario, ejemplifica, usando un edificio remodelado a forma de analogía. Otras, no obstante, la misma analogía también dimensiona cómo el mercado y el afán de acumulación reprograman todo, incluyendo hábitos de consumo, dinámicas de poder, de organización, de trabajo y de ejecución. Si para dar paso a algo nuevo hay que derribar lo viejo, el problema surge cuando eso que queda enterrado es vital para la estructura social y no se prevé la forma idónea de substitución. Los medios, la industria editorial y el periodismo están siendo reconfigurados y restructurados por el algoritmo, la ambición y la competitividad corporativa. Lo preocupante es que constituyen una pieza fundamental dentro de la estructura del sistema de comunicación humana, siendo la comunicación un componente esencial para la convivencia, para el crecimiento y para la comprensión del otro; de tal manera que si no podemos visualizar los efectos destructivos de la saturación de información, de la información falsa y engañosa, de la desaparición del mundo de la letra impresa y del deterioro ético que conlleva la incesante conducta egoísta por alcanzar siempre la máxima ganancia, la sociedad está en riesgo de colapsar, incluso desaparecer.

The Devil Wears Prada 2, 2026, Dir. David Frankel

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

MINUTO MX

Recorriendo México con Iván Uriel

MINUTO MX es una serie de cápsulas, concebida a través de la óptica del escritor, politólogo y documentalista mexicano Iván Uriel Atanacio Medellín, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, quien, desde su lente, nos ofrece imágenes, postales y un viso de diferentes lugares de México. En su primera temporada, MINUTO MX recorrerá localidades del estado de Guanajuato, Dolores y San Miguel de Allende; Coahuila, con las dunas, minas y el desierto de Cuatro Ciénegas; Puebla, desde San Miguel Tzinacapa, y varias localidades del estado de Veracruz, estado natal de Iván Uriel, quien también recibiera el Premio Nacional de Gestión Cultural. MINUTO MX es una producción de FILMAKERSMOVIE, y tiene como fin, compartir los horizontes de la natura, la arquitectura, el arte, el folklor y la cultura de México. Sigue nuestras redes sociales.

Capital humano

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Capital humano es un término que se refiere a la productividad de las personas, específicamente en los procesos económicos. Es, fríamente dicho, un individuo percibido por su valor de producción o, desde otra perspectiva, como una mercancía. Así pues, la teoría del capital humano habla de trabajador o empleado convertido en producto, cuyo conocimiento y habilidades se asumen como una inversión que puede mejorarse puliéndola, a fin de generar una mayor recompensa o ganancia económica.

Conforme a esta teoría, todo se construye con capital humano, considerando a éste como el conjunto de saberes u habilidades de todas las personas que trabajan en una empresa u organización. Se asume que cada trabajador es propietario de su propio capital humano en tanto él encarna las capacidades y experiencias adquiridas mediante su formación profesional y práctica laboral y demuestra su valía a partir de ellas; entonces, tanto personas como empresas invierten en ese valor, es decir, invierten en individuos, formándolos hasta volverlos expertos en algo, proveyéndoles de entrenamiento y acreditaciones que hagan más redituable o ventajoso su currículum y desempeño hasta alcanzar su más alto nivel económico. En teoría no importa si hablamos de un médico, granjero, mecánico, programador de computadoras o ejecutivo, sino qué hace y con cuánta eficiencia y calidad lo hace. Esto implica que el capital humano también se explota y, en esencia, es una dinámica de abuso y explotación entre personas a fin de sacar el mayor provecho a lo que hace o no hace alguien. Es por eso mismo también una apuesta de dinero, sujeta a la oferta y la demanda, a la manipulación y al engaño, donde lo que importa es el objetivo comercial de máxima ganancia, que implica cómo mejor reclutar, capacitar, gestionar y moldear a alguien para conseguir esa meta.

¿Cuánto vale una vida y qué tanto estamos predispuestos a tratar al prójimo de la manera más redituable según nos beneficie? Es por ahí por donde va la película Capital humano (EUA-Italia, 2019), un relato que no se adentra realmente a explicar el concepto por su definición económica, sino a analizar cómo la idea de engaño y explotación moldea relaciones sociales convertidas en transacciones comerciales cuando hay dinero de por medio, trasladado a situaciones tan cotidianas como banales. Habla, en esencia, de cómo llevamos la teoría del capital humano a nuestra vida diaria, describiendo el comportamiento egoísta como parte de la naturaleza humana, en donde la explotación del otro, el individualismo y el poco sentido de valoración o empatía predomina en las relaciones humanas en esta sociedad operando sobre transacciones rentables o redituables. La idea que subyace es que cada uno de los seres humanos busca siempre su beneficio personal y, por consiguiente, utiliza su capital humano, es decir, todos sus saberes, habilidades, mañas, encantos o afectos para abusar de las personas a su alrededor para su mejor beneficio.

Dirigida por Marc Meyers y escrita por Oren Moverman a partir de la novela homónima de Stephen Amidon, la cinta está protagonizada por Liev Schreiber, Marisa Tomei, Peter Sarsgaard, Maya Hawke, Alex Wolff, Betty Gabriel, Aasif Mandvi y Fred Hechinger. La narración se centra en dos familias, los Hagel y los Manning, de clases sociales opuestas y con valores, intereses, realidades y, sobre todo, prioridades muy distintas definidas en cierto grado por el estatus socioeconómico al que pertenecen, o al que anhelan pertenecer y reforzar toda vez que asumen el dinero (capital financiero) como sinónimo de estabilidad, felicidad y vitalidad para sobrevivir cómodamente, incluso con lujos, todo evidentemente motivado por la codicia y el egoísmo. Drew Hagel es un agente de bienes raíces con mucha ambición pero poca habilidad para desempeñarse con éxito, tanto en su trabajo como en cualquier otro aspecto de su vida; apostador, divorciado con una segunda esposa embarazada y una hija adolescente, Shannon, a la que no comprende, Drew anhela una vida que no tiene porque la idea de exclusividad dentro de la división de clases sociales en la que vive lo margina, pero, al mismo tiempo, le muestra que eso que no tiene, es mejor. Su sueño es, pues, ser rico para vivir mejor. Cuando conoce por casualidad a Quint Manning, padre del novio de su hija, un inversionista con suficiente solvencia económica como para disfrutar de una vida llena de lujos y pocas preocupaciones, Drew ve el encuentro como una oportunidad para hacerse rico, según él, fácilmente, asumiendo que todo lo que Quint toca se convierte en oro y esto puede, por asociación, sucederle a él. Quint, por cierto, ni siquiera sabe quién es Shannon y Drew mismo no es una persona que tenga  presente en su órbita social, pero al final, eso es lo de menos, cuando en lo práctico se trata de alguien que llega a su puerta interesado en invertir con él, en esencia porque esto se traduce en capital en movimiento o, lo que es lo mismo, la apariencia de movimiento de capital, que es a lo que Quint se dedica: fondos de inversión, la apuesta sofisticada para generar rendimiento a través de activos que juegan dentro de la inestabilidad del mercado, especulando con el comportamiento de precios y tasas de interés. Esto significa que ganen o pierdan dinero sus socios, Quint siempre saca provecho de aquello que se maneja bajo su supervisión, ya que él es sólo un intermediario. Su rol funciona a su favor porque administra a distancia, aparentemente interesado en invertir con otros, pero en realidad sólo preocupado por servir sus propias prioridades. Es por eso que para Quint no importa en lo más mínimo quién sea Drew o cuál pueda o no ser la supuesta relación que hay entre sus hijos; al final lo que para Quint importa es el monto, mínimo de 300 mil dólares, que proporciona Drew para que él pueda disponer y administrar a su antojo.

La visión que tienen del negocio que hacen, de su relación directa o indirectamente personal y de la apuesta misma en la inversión es ampliamente distinta, en gran medida porque pertenecen a dos clases sociales opuestas que realmente no se apoyan, más bien se sirven de la función social de la otra. Es decir, a Quint no le interesa quién es Drew, le interesa su dinero, en cambio a Drew sí le interesa quién es Quint, asumiendo que conocerlo en persona le da una ventaja, como si se tratara de lealtad personal, estatus por asociación o exclusividad por correlación. Lo que Drew no entiende es que, en cuestiones de dinero, todo es impersonal, distante y frío. No importa quién sea el otro, importa lo que éste aporta para que haya una ganancia de por medio; ¿qué me ofrece que pueda explotar a mi favor?, en lugar de ¿qué puedo ofrecerle yo? Lo curioso aquí es que ambos hombres creen que se aprovechan del otro, cegados en realidad por la ambición y su avaricia. Drew, por ejemplo, aspira a una vida de opulencia como la de los Manning y asume que la obtiene al rodearse de personas envueltas en riqueza, sin advertir que para los otros, él y su familia no son amigos, sino simples conocidos, a los que toleran por inercia, no porque haya aprecio. Específicamente, para Quint, Drew es un negocio, una fuente de explotación de capital, nada más; que Quint tenga o no éxito no implica que vaya a ser igual para el otro, al contrario, cada quien vela por sus propios intereses, no los de los demás. Considerando que la inversión de Drew necesita ser respaldada por un capital que no tiene, miente en sus formularios y asegura tener más fondos de los que realmente puede sostener, hipotecando para ello en secreto su casa. La inversión eventualmente se desmorona, pero a diferencia de Drew, Quint no pierde, quienes pierden son sus inversores, en este caso un Drew que queda endeudado por una pérdida económica en la que había apostado todo su futuro, arriesgándolo todo por estatus y posición social.

Para Quint, lo que Drew representa es un cheque más, riesgos colaterales en un mercado inestable y voluble. Si no pierde es porque no está apostando todo su dinero, lo hace con el de alguien más; se hace rico moviendo el capital de otros, que en estricto es la dinámica de las empresas financieras. Por eso aquí no hay lealtades ni amistad, más bien hay mercancías, productividad y capital humano. Quint sacrificaría lo que fuera con tal de no perder las comodidades de su posición social. Esa es la realidad del panorama capitalista actual, recibir sin dar, lucrando a partir de la desgracia de otros, porque para que alguien pueda ganar, alguien tiene que perder; y si para ganar hay que invertir en otros, cuando ellos pierden esto significa que hay que dejarlos caer, a su suerte. Los ricos se hacen más ricos sólo mientras los pobres se hagan más pobres. Sucede claramente en la película con la actitud distante y desinteresada de Quint hacia todo lo que no tiene que ver con una ventaja propia. También se hace presente en la actitud de su esposa Carrie, para quien lo que importa no son las personas sino los espacios, las cosas y la manera como otros pueden facilitar esto. Carrie quiere comprar un viejo teatro para hacerla sentir algo, para llenar los vacíos que hay en su vida, sorteando primero a quién necesita convencer, persuadir, manipular o utilizar para que esto suceda, por lo tanto, la gente en su entorno es sólo un medio para alcanzar lo que anhela. El común denominador aquí es que a nadie le importan las personas, sino lo que esas personas representan como entes, o capital humano, del que se puede sacar provecho. Padres que invierten en la mejor educación para sus hijos, no tanto interesados en su desarrollo intelectual, crítico o social, sino asumiéndolo como una inversión en la que se paga por el renombre de la institución que respalda su título. Esposos cuyos matrimonios no se sostienen en el afecto o aprecio mutuo, sino en lo que cada quien pueda aportar a la relación establecida como transacción. Incluso individuos para quienes sus empleados y conocidos son sólo un vehículo para alcanzar algo, sea un chofer, un abogado o el padre de la novia de su hijo.

Todo esto toma perspectiva cuando, durante una ceremonia escolar, un mesero es atropellado por el auto de uno de los asistentes, entiéndase, alguien del grupo privilegiado que asiste al evento. La pregunta, más allá de quién es el responsable, es cómo los implicados toman esta tragedia como punto de partida para beneficiarse con la información colateral relacionada. El afectado, que termina en el hospital, se vuelve lo menos relevante para un grupo de personas que, conociendo los hechos y los efectos implicados, los vuelve una mercancía, un activo con el cual negociar y del cual sacar el mayor beneficio posible. Así sucede cuando Drew se entera que quien atropelló al mesero es Ian, un joven de clase media baja con sus propios antecedentes de ilegalidad, que además manejaba el auto de Jamie Manning como favor para Shannon, quien a su vez ayudaba a Jamie tras enterarse que éste estaba borracho y no podía conducir su propio auto. La cadena de favores entre los jóvenes se convierte en un juego de lealtades aparentemente inocentes y cimentadas en solidaridad y empatía, pero esto cambia cuando Shannon acepta reservarse la verdad para no implicar a Ian, quien está a punto de comenzar una nueva vida si tan sólo este error no saliera a la luz. Su libertad, no obstante, está ligada a la privación de la libertad de alguien más, en este caso Jamie, quien es públicamente acusado por un crimen que no cometió. Ian cree que él tiene más que perder en comparación con Jamie, cuya clase acomodada podría darle el apoyo que necesita para librarse de cualquier repercusión o castigo. Ian también insiste que, de alguna manera, Jamie merece el castigo porque es un ajuste de cuentas simbólico dadas sus propias acciones incorrectas. ¿Hasta qué grado hay culpa responsable en las acciones de Jamie y qué tanto Ian también debe pagar por sus faltas? La ética está ausente en la conducta de los personajes, operan sólo bajo la lógica de su bienestar personal. Cuando Drew se entera de la responsabilidad de Ian, lleva la información con los Manning, no por ética o responsabilidad social, sino como moneda de cambio, convertida en soborno, para recibir de vuelta la cantidad de dinero que perdió en la inversión con Quint. Todas estas relaciones son transacciones, muchas ligadas al dinero, la ganancia y la explotación, incluida la miseria humana como molde para el enriquecimiento personal.

La narración habla además de la lucha de clases sociales y la explotación mutua que sucede entre estos grupos; no es que uno necesite del otro, es que uno no puede existir ni progresar sin la presencia del otro y viceversa. El rico sólo puede hacerse más rico mientras haya alguien a quien pueda comprar, utilizar, moldear, explotar o gestionar; de la misma manera, la clase media baja sólo se esfuerza porque aspira a un estatus y pierde toda su identidad en esta trampa aspiracional. ¿Quién es el capital humano aquí, viéndolo como el prójimo a quien se explota en beneficio propio? Las clases bajas son explotadas por los más poderosos; riqueza y opulencia significan competir por tener más y las personas se ven mutuamente como un medio para escalar a más, porque esa es la estructura que el sistema impone como forma financiera de ganancia, basándose no sólo en el costo-beneficio sino también en el individuo como valor capital. ¿Qué tanto es este un sistema inhumano que disfraza de oportunidades y crecimiento la explotación humana? ¿Qué tanto, en ese sentido, el capital humano es la realidad diaria que implica aprovecharse de otros, manipularlos o desecharlos, porque ese es el eslabón para crecer? Si la sociedad aprende a valorar sólo la productividad del ser obligándole a demostrarla en el mercado, no nos estamos valorando como personas sino como objetos, máquinas, cosas, mercancía o dinero. Sin embargo, hay que entender que no somos dinero; toda actividad requiere un esfuerzo y ese esfuerzo merece ser recompensado, pero si productividad se traduce en generar ganancias para alguien más, esto, cabe decir, no tiene nada que ver con felicidad, realización o libertad, sino todo lo contrario, ya que usamos a otros para prosperar y sobrevivir, que es exactamente de lo que trata el concepto del capital humano. Ello, no está de más señalar, es trágicamente la dinámica más usual del posmoderno siglo XXI: explotación indistinta al máximo, sea hacia el prójimo o hacia uno mismo.

Human Capital, 2019, Dir. Marc Meyers

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Amores materialistas

Por Diana Miriam Alcántara Meléndez

El problema con un mundo tan material-consumista como el actual es que todo tiene un precio; no sólo las cosas u objetos, también las acciones, las personas y hasta emociones y conceptos inmateriales, como justicia, política, felicidad, belleza y, por supuesto, el amor. Entonces afecto, aprecio, conectividad, vínculo o enamoramiento, todo lo que tiene que ver con cortejo y romance se aprecia en función de un valor siempre ligado al dinero.

En una relación de pareja, por ejemplo, debe haber atracción, pero ésta puede verse afectada por lo que las normas sociales determinan como bello, que a su vez está influido por estándares calculadamente manipulados por la mercadotecnia y el consumismo. Lo mismo sucede con otros aspectos de las dinámicas románticas. ¿Acaso no es común medir estabilidad, aprecio, afinidad, pasión, comunicación o armonía en números? ¿Cuántos obsequios?, ¿cuánto salario?, ¿cuántos hijos?, ¿cuántas llamadas telefónicas?, ¿cuántas fotografías publicadas en redes?, ¿cuántas cenas fuera de casa?, ¿cuántas casas? Etcétera.

“No me gustas porque eres rico. Es porque me haces sentir valiosa”, dice uno de los personajes de la película Amores Materialistas (EUA, 2025), escrita y dirigida por Celine Song y protagonizada por Dakota Johnson, Chris Evans, Pedro Pascal y Zoë Winters. La historia se centra en Lucy, una casamentera que se gana la vida encontrando pareja para sus clientes en una agencia matrimonial llamada Adore. La frase, que ella misma pronuncia, revela su forma de pensar sobre el amor y el matrimonio: es una transacción y lo que importa es como ésta nos beneficia en relación con lo que damos y recibimos a cambio. Al momento en que la dice, su novio Harry, un millonario bien parecido, es el candidato ideal, precisamente por todos aquellos atributos cuantificables que ella valora y a él enaltecen: la vasta cantidad de dinero que hay en su cuenta bancaria, el elevado costo del departamento en que vive, los muchos lugares de lujo a los que puede llevarla a cenar y, más que nada, cómo esto la hace sentir y verse a sí misma; porque, si él es miembro de una élite social, ella, al ser su pareja, por asociación también lo será. Y en un mundo como éste, esto importa, por estatus y nivel económico. El por qué es importante tiene que ver con división de clases sociales y sobre todo con la idea que se nos inculca, repite y vende hasta el cansancio: entre más exclusivo, mejor; noción establecida a partir de estándares consumistas y de acumulación. “Después de un corte de 400 dólares no puedes volver a uno barato”, menciona en algún momento Harry y, básicamente, eso lo resume todo: no es que no se pueda vivir o sobrevivir si no se es rico, es que se quiere ser rico para tener, disfrutar, presumir y no envidiar esa jerarquía socioeconómica.

Lucy es parte de la clase media baja, tiene empleo pero acumula deudas, no atraviesa dificultades financieras particulares pero tampoco vive completamente despreocupada del dinero, sin reproches con lo que tiene; por eso, cuando se pregunta sobre su pareja ideal, siempre piensa en alguien como Harry, alguien que físicamente le atrae y muestra interés en ella, sí, pero sobre todo, alguien con el suficiente dinero como para disfrutar de  lujos y privilegios, que es el tipo de futuro al que Lucy aspira, incluso si inicialmente alega que prefiere la soltería consciente de que nunca habrá alguien a la altura de sus necesidades, ambiciones o pretensiones, pues, en el fondo, no deja de ser una romántica que lo anhela todo: un hombre que la enamore, pero también que sea rico. Prioriza comodidad y esto no es particularmente malo, es decir, su actitud respecto al amor y el enamoramiento tiene clara intención y objetivo, sabe lo que quiere y el tipo de persona que busca, no obstante, lo que con el tiempo comienza a cuestionarse, es si esta postura puede realmente catalogarse como romántica. Valora a la pareja por sus bienes materiales, solvencia económica, atractivo y presencia física, intelectual y social, incluso siendo incierto cómo ello puede reflejar conexión sentimental. Harry es lo que ella quiere si nos limitamos a sus exigencias por escrito, pero, persona a persona, ¿esto se traduce en la posibilidad de amar y ser amado? A raíz de su labor en Adore, Lucy ha aprendido a abordar las dinámicas de pareja en función a practicidad y beneficio muto; no se guía por sensaciones y emociones sino por lógica y patrones estadísticos. Les pregunta a sus clientes qué tipo de persona buscan y luego recorre la base de datos de la empresa para encontrar a ese alguien que más se acerque a la mayoría de tales requisitos. Desde este punto de vista, las parejas que conforma son compatibles, pero no afectiva o sentimentalmente; no hay emociones genuinas sino ficciones construidas. Eso no asegura que serán felices o infelices, pero hay que tener claro que se trata de un acuerdo por interés, incluso conveniencia, a veces hasta capricho. Esto crea expectativas, unas que serán difíciles de cumplir precisamente porque se construyen a partir de un molde idealizado, no realista, ni viable y en función exclusivamente de particularidades materiales y cuantificables. En otras palabras, somos mercancía y ‘valemos más’ según ciertos atributos considerados como valiosos. Asimismo, las expectativas que nos hacemos no son sino ideales impuestos por una sociedad, sí, materialista, que reduce el amor a una lista de cosas; no obstante, los números (edad, salario, peso, altura) no nos dicen quién es realmente esa otra persona.

Cuando una de las clientes de Lucy que está a punto de casarse externa dudas, planteando que sólo aceptó al joven y su propuesta de matrimonio por cómo la hace sentir en función a terceros, -disfruta que la envidien por el tipo de hombre que está a su lado -, Lucy le insiste que si esto la hace feliz, cuál es el problema. Evidentemente, el interés de Lucy es que la otra se case para que sus estadísticas de desempeño y productividad en Adore sean altas, sin embargo, hay algo relevante en sus palabras: a veces el amor no está en primer sino en último plano, lo que no hace más o menos válida la decisión que se toma con relación al matrimonio, mientras se tenga claro por qué se toma. Se ha romantizado tanto la búsqueda por el emparejamiento perfecto que se ha convertido en un pedestal imposible de alcanzar. ¿Qué significa realmente estar enamorado? ¿Qué se busca en una pareja? ¿Qué sopesamos y priorizamos y por qué: emociones y sensaciones o evaluación de variables? Después de todo, romance y amor no son una lista que cumplir; las personas son mucho más complejas que esto. Lucy busca a alguien que le ofrezca el mejor estilo de vida y Harry se convierte en ese alguien cuando además de atracción y seducción también demuestra que puede proveer todo aquello que ella siempre soñó. Es entonces cuando Lucy duda; aparentemente ha encontrado a la persona indicada, pero esto no la hace sentir completa, sobre todo porque para entonces un viejo amor ha reentrado a su vida: John.

John es todo lo opuesto a Harry; un aspirante a actor que vive al día, comparte departamento para dividir gastos, acepta empleos menores y sin futuro porque carece de ambición, se conforma con nada y vive sin aspiraciones, indiferente al futuro. Cuando John y Lucy finalizaron su relación fue precisamente porque esa actitud le parecía a ella chocante, al grado de decepcionarla. Lucy estaba enamorada, pero rechazaba el tipo de futuro que vislumbraba juntos, plagados de deudas, limitándose por falta de dinero, ni siquiera ansiando lujos sino aspirando al menos a no sufrir carencias extremas; resultado: en una vida infeliz, donde su amor no resuelve su pobreza. Pero cuando Lucy vuelve a ver a John los sentimientos que tiene hacia él también regresan. Hay una conexión especial, un pasado compartido, una sincronía de ideas e impulsos; hay amor, aunque la lógica diga que una vida juntos significa sacrificio constante. Lo curioso es que, en tanto ella se debate entre el amor (verdadero) y el beneficio (propio), es decir entre John y Harry, al mismo tiempo les dice a sus clientes que elijan en función de una lista de requerimientos que asume como la fórmula para la felicidad, o al menos, la satisfacción personal. Toma tiempo para que Lucy entienda que cubrir todas las características deseadas no forzosamente se traduce en felicidad, o que no cubrirlas tenga el efecto contrario, especialmente cuando es tan fácil recurrir a máscaras. La dura realidad toca a su puerta cuando Sophie, una cliente en busca de alguien que la haga sentir apreciada y amada, es agredida durante una cita porque el hombre con quien Lucy la emparejó resultó ser alguien muy diferente a quien decía ser, porque el formulario que la agencia requisita proporciona datos, no revela ni profundiza en quiénes son como personas.

Mientras Sophie se decepciona de Adore, cayendo en cuenta que no es más que una empresa que lucra con su necesidad de afecto, Lucy también se desencanta de Harry al entender que su dinero no es medida verdadera de compatibilidad. Harry le propone viajes, le hace obsequios caros, la lleva a restaurantes exclusivos, todo lo cual cubre un deseo: alcanzar un estatus que se nos convence es reflejo de una vida ideal, al menos dentro de los parámetros del consumismo, capitalismo y materialismo, que es finalmente el mundo en el que vive. Harry busca una compañera, alguien que se conforme con hacerle compañía a cambio de un beneficio (material), mientras Lucy anhela sentimientos amorosos y apasionados, que la sigan emocionando mañana, tanto como hoy. Quien la hace sentir así es John; el problema es que él no tiene nada que ofrecer más que su amor; la pregunta es si esto es suficiente. Después de todo, se nos venden cuentos de hadas con finales perfectos para hacernos perseguir algo inalcanzable y, en el proceso, invertirlo todo por alcanzarlo, desde contratar casamenteras como Lucy, hasta gastar en productos que mejoren nuestra imagen, pasando por asesores de estilo, grupos de autoayuda, inversión en vestido y maquillaje, entre otros ejemplos. Al final Lucy decide que un futuro al lado de Harry no la va a hacer sentir realizada, porque no son compatibles más allá de la superficialidad material, lo que para algunos es suficiente y para otros no. Casi irónicamente, ella teme que un futuro con John sea igual de agrietado, ya que él no puede ofrecer lo que Harry sí. Lo curioso, por cierto, es que la película nunca se pregunta por qué ella tiene que elegir entre uno y otro, si ya está establecido que el amor no puede escapar de ser una transacción a conveniencia, que puede o no convertirse en felicidad. Si se inclina por John, se supone, es porque prioriza lo que siente, pero, aunque parece una decisión progresiva – ‘yo puedo cuidar de mí misma’, le dice, refiriéndose a que no necesita que él se haga cargo de ella – lo cierto es que conserva un rasgo tradicionalista, en donde Lucy no logra eliminar su preocupación por lo material y el consumo.

¿Es posible, objetivamente, vivir sin esa preocupación y ocupación para obtener bienes de subsistencia? Y, ¿cuál es el mínimo de consumo necesario para no ser descalificado como materialista?

La decisión es aparentemente romántica, en cierto sentido lo es, para fines prácticos también celebra la independencia y autonomía de una mujer que no necesita que un hombre le resuelva las cosas, ella puede sola. No obstante, habría que mirar el futuro más allá de cuando ruedan los créditos. Cómo pinta objetivamente el mañana para los dos. Es posible que sigan siendo felices, adaptándose, acompañándose y sacando adelante las dificultades, incluyendo las financieras. Enamorados a pesar de las carencias. También es posible que en lugar de equidad, señal de una relación de pareja sana, los papeles simplemente se inviertan. John promete mudarse, buscar otro empleo y aumentar sus actividades laborales para incrementar sus ingresos, aparentemente reflejando una actitud más madura y comprometida con lo que significa ser un adulto con responsabilidades. Pero, y pese a ello, ¿qué le aporta John a Lucy, como pareja, como hombre y como persona? ¿Acaso no es Lucy quien, al finalizar la historia, está creciendo laboralmente, progresado personalmente y ha madurado emocionalmente? Puede cuidar de sí misma, evidentemente, pero, ¿qué tan alta es la posibilidad de que también termine cuidando de él? Números, siempre números.

Si la perspectiva no parece optimista es porque, en verdad, no lo es, para nadie. Lucy regresa a su empleo y recibe un ascenso, manteniendo exactamente la misma dinámica que hasta ahora: beneficiarse del vacío afectivo de otros. Harry continúa buscando pareja para satisfacer sus necesidades, siempre por encima de las de la otra parte. Sophie no deja de ser cliente de Lucy, aun anhelando el amor correspondido, con varias lecciones aprendidas sobre privacidad, precaución y autoprotección, pero todavía a merced de ser percibida y aceptada, o rechazada, a partir de un formulario impersonal que no dice quién es ella, sino qué atributos la respaldan. El amor es difícil y las citas románticas, también, porque las interacciones persona a persona se han vuelto cada vez más accidentadas, toda vez que se han vuelto un juego de cálculos numéricos y algorítmicos. Sitios como Adore existen porque la conectividad humana se está perdiendo y el sistema no deja de dictar cómo son y suceden las relaciones interpersonales, o cómo definimos felicidad y amor en función de variables económicas. ¿Casarse por amor, dinero, compromiso, obligación, soledad o por cumplir ilusiones y expectativas? Ninguna respuesta es equivocada. Claro que, si seguridad económica y plenitud emocional parecen ser contradictorias o, al menos, difíciles de compaginar, ¿qué nos dice esto de la sociedad? Después de todo, si el dinero no hace la felicidad, por qué no deja de ser un factor tan determinante. Quizá, a fin de cuentas, el mundo no es tan literal ni tan blanco y negro como la película propone; lo que ocurre porque no decide si criticar irónicamente las relaciones románticas de la era posmoderna o alimentar los clichés, de los que en algún momento reniega, alrededor del llamado ‘amor verdadero’, ese que se siente, pero no se mide, porque no es racional ni tiene lógica o explicación. Tal vez, el verdadero punto es que el amor nunca deja de ser una fantasía. Algunos sueñan con romance, otros con estabilidad económica; de cualquier forma, ninguno se salva de luchar por sobrevivir a las presiones económicas, tan propias del capitalismo actual.

Materialists, 2025, Dir. Celine Song

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Tár

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Puebla de Zaragoza, México 2024

Si el arte es una expresión creativa de ideas y emociones que invitan a la reflexión y pueden ser interpretadas de distintas formas según son apreciadas por los sentidos, entonces, al valorar cualquier obra o trabajo artístico, ¿se hace exclusivamente por lo que transmite y comunica o también por la calidad de persona que es su autor? Después de todo el artista deposita sus propias emociones, experiencias y esencia en sus creaciones y, suponemos, la gente se define por sus acciones y decisiones, pero, ¿y si esto resulta en una contrariedad? Qué pasa cuando alguien que aporta con su trabajo algo positivo para la sociedad, se comporta al mismo tiempo en otros ámbitos de su vida de una manera problemática, criticable, prejuiciosa.

La película Tár (Alemania-EUA, 2022) habla de estos temas, con énfasis en el competitivo mundo actual en el que reina la ‘ley de la selva’ o la ‘ley del más fuerte’, en donde cazas o eres cazado, eres presa o depredador. Escrita y dirigida por Todd Field y protagonizada por Cate Blanchett, Nina Hoss, Noémie Merlant y Sophie Kauer, la cinta estuvo nominada a seis premios Oscar: mejor película, director, actriz, guión original, cinematografía y edición. La protagonista es Lydia Tár, una aclamada compositora y directora de orquesta que a pesar de su fama y reconocimiento, parece que tiene que continuar sumando logros para mantenerse relevante, hasta el día en que sus manías alimentan tanto su ego que la destruyen por el propio peso de su narcisismo, juzgada y señalada no a partir de sus capacidades sino de sus fallas y en calidad de ‘mujer con poder’ que abusa de su posición privilegiada. La pregunta es si su situación se dificulta más por su inhabilidad para aceptar y cambiar sus defectos, o por la exigencia que se le hace hacia una imposible ‘perfección’, en parte por ser mujer, o por la facilidad con la que la estructura institucional le da la espalda en cuanto deja de jugar bajo sus reglas y lineamientos, especialmente porque habita en un escenario predominantemente masculino, como directora de orquesta y, por ende, se le juzga de manera más severa y rigurosa en comparación con sus contrapartes. “Hoy día la palabra ‘diverso’ está mal vista. Nuestra época es la de los especialistas. Te ven con malos ojos si intentas hacer más de una cosa. Los artistas son encasillados. De forma agresiva”, explica Lydia.

Por un lado es celebrada por su carrera artística, la gente tiene claro que cuenta con la preparación y pasión para estar a cargo de una orquesta y a su alrededor ponen en alto su aporte hacia la música y el arte en general. No obstante, al mismo tiempo Lydia es repudiada y condenada por la mismas razones por las que en parte es elogiada; adusta, necia y egocéntrica, su personalidad aleja y polariza con aquellos a su alrededor, pero en parte también sus actitudes son producto del ambiente competitivo y tóxico en el que se mueve, reacciones propiciadas por una sensación de envidia y menosprecio en lugar de solidaridad y colaboración, a raíz de una realidad social que demanda triunfos cuantificables como medida de éxito y progreso, y como consecuencia provoca resentimientos y sensación de fracaso si éstos no se consiguen. Esto significa que Lydia es un personaje complicado y conflictivo, siempre buscando control, siempre en la dualidad, siempre interpretándose a sí misma en lugar de permitirse ser ella misma. Por eso parece determinada a construir una barrera a su alrededor con tal de evitar las críticas destructivas propias de su ambiente, no exclusivamente el medio artístico, que no está acostumbrado a ovacionar las victorias cuando hay un espectáculo más catártico y sensacionalista consistente en señalar las derrotas, en humillar al caído. Con el tiempo Lydia se ha acostumbrado a distanciarse emocionalmente, a exigir tan duramente a otros como hacen con ella y, sobre todo, a reaccionar a la defensiva como medio de supervivencia. Ello ha derivado en una actitud ególatra, vanidosa y con un claro complejo de superioridad, en el que se percibe que Lydia ve a los demás como si fueran poco importantes, valiosos o talentosos o como si no fueran más que entes que le deben su futuro a su guía y apoyo, en lugar de a sus propios esfuerzos y dedicación personal. Lo importante es analizar si Lydia realmente menosprecia porque subestima, si lo hace porque siente que es la única vía para mantener control y posición de poder, o si esta actitud es una reacción  defensiva porque ella misma se ha sentido constantemente degradada por otros. Hay que notar en paralelo que mucha de la actitud narcisista de Lydia está cimentada en la explotación que se hace de su persona, porque la gente espera algo específico de ella, excelencia en todo sentido, para luego repudiarla por forjarse la imagen de una mujer decidida, triunfadora e independiente, como si serlo o haberlo conseguido fuera un problema, pese a que, irónicamente, no alcanzar excelencia se califica, común pero erróneamente, como una ‘falla’ o fracaso evidente. El problema, en corto, no es que Lydia sea una mujer decidida, triunfadora e independiente, es que también es presuntuosa, soberbia, egoísta y manipuladora y actúa como si una cosa no pudiera deslindarse de la otra.

Al principio de la historia está en la cima de su carrera, su opinión en su área de trabajo es respaldada y respetada; estar cerca de ella, laboral o socialmente, parece un privilegio porque la opinión pública la defiende por su prestigio, tiene absoluto control sobre su imagen y asume la negatividad hacia su persona como un miedo necesario para mantener un rango de jerarquía, o como evidencia del mismo. Sin embargo esa sensación de control, que es uno de los pilares de su autoconfianza, se derrumba cuando las mentiras, engaños y humillaciones con las que juega y utiliza comienzan a voltearse en su contra. Su personalidad puede hartar o propiciar rencor y su temperamento tiende a ligarse con el rechazo; si no se hace lo que ella quiere, descalifica o reprueba, y en un punto hay más satisfacción en verla caer que en verla triunfar, incluso si esa fachada áspera esconde de alguna forma las propias inseguridades y miedos que guarda para sí misma. Lydia es más un villano que un héroe, pues si ha llegado lejos es, además de su preparación, gracias al dominio que tiene sobre el papel que desempeñan las personas a su alrededor, que crecen o llegan tan lejos como ella quiere que suceda, con una claridad calculada sobre cómo fabricar y ejecutar un rol específico, que utiliza a las personas porque a veces ellas mismas se lo permiten, mientras vean en la situación un beneficio a su favor. Lo que lleva a Lydia a una caída en picada es el momento en que el orden se vuelve inestabilidad y ella es presa de dudas sobre sus decisiones; entonces pierde el control y comienza también a perderse a sí misma. Esto sucede cuando una antigua estudiante y protegida, Krista, quien luego de ser descalificada por su mentora, se encontró con el rechazo de aquellos que no se atreven a contrariarla, al grado que Krista termina no sólo marginada sino también etiquetada, incapaz de encontrar empleo u otras oportunidades como artista. Una vez que Krista se suicida, Lydia pierde el apoyo de su asistente personal, Francesca, que indirectamente la culpa de lo sucedido, mientras surgen rumores y acusaciones de conductas inapropiadas y favoritismo con sus exalumnas. En respuesta, Lydia en toda su arrogancia califica las cosas como ‘malentendidos’, deslindándose del papel que pudo haber desempeñado en la ecuación, e intenta seguir un nuevo camino apoyando a una nueva intérprete, Olga, sólo para verse sorprendida cuando ésta no tiene la intención de complacerla ni de corresponder a sus atenciones, lo que lleva a Lydia a sentirse tan invalidada como irrelevante.

En este punto ya no sólo se trata de la mala actitud de Lydia, sino de su necedad y egocentrismo al creerse tan en la cima que piensa que eso la hace intocable. Lo que no entiende es que nadie es irremplazable o indispensable y así como ella puede sustituir a un músico de su orquesta por otro, así pueden aquellos con más dinero y poder hacer lo mismo en cuanto Lydia deja de ser un agente ‘funcional’ que cubra sus requerimientos, necesidades u órdenes. Sucede, claro, el día que el escándalo toca a su puerta y Lydia es señalada en internet, acusada de discriminación y racismo. Sin el respaldo institucional, que para salvar sus propios intereses inmediatamente se distancian de ella, y sin el apoyo más íntimo y personal de Francesca que renuncia sin avisarle, Lydia se queda sola, sintiéndose traicionada y por primera vez confrontada por un mundo que hasta entonces había condonado todo de su parte, enterrando sus traiciones, abusos y actitudes destructivas a cambio de celebrar y obtener beneficios de su talento como artista. Pero este es un mundo diferente al de hace 10 ó 20 ó 30 años atrás; las reglas han cambiado, las generaciones también, los cánones ya no son los mismos y la interpretación de la realidad y el arte tampoco. Todo se pierde instantáneamente con un video, reflejo de la modernidad; un clip en parte engañosamente editado para llevarla a ser ‘cancelada’ por una cultura digital en la que no importa la verdad sino la forma como se presenta la narrativa y percepción de las cosas. El objetivo es exhibirla y llevarla a un linchamiento mediático a partir de deformar la realidad. De un día para otro se le retira el apoyo público y privado, curiosamente no por lo que en verdad haya sucedido sino por lo que parece haber sucedido, un escándalo acrecentado por las acusaciones virtuales y digitales que comienzan a pesar en la opinión pública, independientemente si hay veracidad o no en los hechos que presentan. Esta especie de boicot no sólo habla del poder popular que tienen las personas gracias a la creciente influencia de las redes, sino la facilidad como la mentira puede hacerse pasar por verdad, o el poco interés que hay entre la gente por la justicia cuando la destrucción de figuras populares o conocidas se ha convertido en una palanca de entretenimiento y sensacionalismo. La comunicación se vuelve chisme, calumnias, mentiras y encierra una absoluta ausencia de principios morales. Así operan las redes sociales, bajo el anonimato para juzgar y condenar sin dar opción de réplica o aclaraciones. Aquí Lydia imparte una clase magistral en Juilliard, una prestigiosa academia de artes, con la intención de presionar a los estudiantes a ser críticos sobre la música, hasta entender su rol como directores de orquesta, para animarlos a reflexionar sobre lo que significa dedicarse al arte más allá de reproducir sonidos, pues antes que nada hay una necesidad de sentirlos y vivirlos. En el fondo su objetivo es formar artistas con iniciativa y pensamiento crítico, pero la forma como orienta y se dirige a sus estudiantes llega a ser intimidante, excesiva y hasta humillante, incapaz de conectar con ellos, sus ideas, valores y hasta su cultura. Al final el problema no es tanto lo que Lydia pretendía con sus palabras sino la manera como presenta su opinión y perspectiva, siempre directa, severa, al grado que su necesidad de imponerse la hacen igual de intolerante que el alumno con el que está colisionando. La escena, no obstante, es ejemplo también de cómo una misma situación puede ser percibida desde distintos punto de vista, todos válidos en su lógica pero conflictivos entre sí en su interpretación.

Por un lado, lo que Lydia plantea resulta importante, el análisis de que la música debe ser interpretada no para complacer al autor o al público, sino a uno mismo. Aquí Max, el estudiante que Lydia cuestiona, insiste que no le gusta el trabajo de Johann Sebastian Bach porque lo descalifica y tacha de inapropiado a partir del estereotipo, el de un hombre blanco privilegiado cuyo comportamiento en su vida personal tiene sus problemáticas. Lydia recalca que la vida de Bach es irrelevante cuando la labor del artista (su alumno) es crear su propia versión de la música de Bach. Por otra parte, Lydia también tiene razón al sostener que la reacción de los jóvenes hacia sus palabras pudo resultar exagerada si se considera que en aras de una sociedad políticamente correcta a veces se propicia la ambigüedad, intolerancia y mal interpretación de las cosas, llevándolo a un nivel desproporcionado. Si la vida es dura, sólo los fuertes sobreviven. Sin embargo, desde otra perspectiva, el papel de Lydia como mentora debería ser exclusivamente el de guiar e instruir, no enjuiciar; así que no puede ni debe abusar de su posición como autoridad con discursos más destructivos que constructivos, pero esto es finalmente lo que hace, humillar y burlarse. Hay arrogancia banal en la postura de Max, sí, pero también la hay en Lydia, una vez que abandona la intención de educar y comienza la de escarmentar, que a su vez es muy similar a lo que hace con Francesca y antes también con Krista, imponer y castigar. Catalogado como un enfrentamiento que según algunos evidencia la inflexibilidad arrogante de Lydia, que otros podrían calificar como rasgos de decisión y entereza, lo sucedido marca el principio de una crisis emocional que Lydia busca contrarrestar de la única manera como cree viable, afianzando y reafirmando su posicionamiento. Lydia, por ejemplo, le niega un ascenso laboral a Francesca argumentando que sería mal visto, en esencia porque para entonces ya se le señala a la directora de orquesta por los constantes favoritismos que comprueban la intención de su trato preferente. La cuestión más interesante aquí es si las mismas actitudes de Lydia no serían necesariamente mal vistas, criticadas, señaladas o cuestionadas si se tratara de un hombre. Esto es algo que la película reflexiona sutilmente pero con una crítica que resulta actual e importante. ¿Acaso no la sociedad alaba a los hombres que se posicionan como líderes de su campo debido a una excelencia exigente y una personalidad decidida en la que ser severo es visto como sinónimo de autoconfianza y entereza? ¿Acaso no una mujer que actúa exactamente igual es constantemente juzgada desde el machismo y calificada como ‘difícil’, complicada, fría u hostil? Lydia es persuasiva y dominante, pero ¿es que estas actitudes no eran necesarias para mantenerse presente en un mundo dominado por hombres? El punto no es justificarla, sino dar cuenta que cualquier actitud dominante debería ser condenada, sin embargo, pareciera común castigar y condonar a conveniencia, no sólo si se trata de hombres o mujeres, sino de otras características a las que se les tienen diferentes consideraciones, como la posición social y económica, la popularidad y la fama o el respaldo de los medios, las redes sociales o las figuras de poder, entre otros ejemplos. También se puede argumentar que la película habla de la belleza corrompida por el ruido que permea a su alrededor; la belleza entendida como el arte pero también como el talento y la creación. El ruido a su vez definido como el caos que contrarresta al orden, aquí toda la crítica destructiva, envidias, celos, competitividad y hasta jerarquías que desestabilizan la intención artística. Por extensión, Lydia al mismo tiempo se convierte en el ruido que altera a la gente a su alrededor, sean los estudiantes a los que denigra, su esposa a la que ignora y menosprecia, la asistente y exalumna a las que afecta directa y deliberadamente y hasta la música con la que es capaz de mostrarse vulnerable para luego hacer dudar si esto no fue previamente ensayado.

Su hija Petra, como alguien en algún momento le reclama, es su única relación interpersonal que no implica para ella una transacción. De esta manera la película señala la realidad caótica del mundo actual en la que toda dinámica social parece ser una negociación o un intercambio, donde la manipulación es la nueva verdad, toda crítica sólo saber ser destructiva y más que abuso de poder deberíamos hablar de jerarquías de poder, porque todo lo no políticamente correcto tiende a etiquetarse como incorrecto o negativo, como si no hubiera matices y áreas grises, cabida para dudar y cuestionar o el espacio para entender que la vida no puede ser sólo una cosa o la otra, sin puntos medios. Como directora de orquesta Lydia está acostumbrada a estar al mando, a que otros sigan su liderazgo, a interrogar pero no ser interrogada. Al mismo tiempo, también vive en una sociedad donde para sobrevivir tienes que destruir lo suficiente hasta que te destruyes a ti mismo, en donde las personas parecen buscar el beneficio en cualquier situación o relación y en donde la explotación puede en cualquier momento convertirse en la forma natural del orden. Sucede en el arte, como aquí se muestra, pero sucede en todas partes, la política, las organizaciones y empresas, la cultura popular, los negocios, incluso las relaciones familiares y mucho más. Al final lo más importante no es descubrir cómo las manías de la sociedad pueden ser destructivas o cómo, en este caso, el declive de una icónica artista es producto de sus desaciertos y necedades, sino el hecho de que la gente, aquí la comunidad artística en la que se mueve, es tan fácilmente persuadida a desecharla y reemplazarla, no simplemente porque se ha vuelto tan simple construir y destruir públicamente héroes o villanos, sino también porque por inercia propia las personas tienden a olvidar y cada vez parece más común que todo sea efímero y transitorio, desechable, en lugar de significativo y trascendente, lo que es irónico tomando en cuenta que Lydia constantemente defiende el arte en relación al tiempo, y el tiempo y la música en relación a la vida.

Tár, 2022, Dir. Todd Field

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.