Bugonia, a la sombra del cine B
Por: Andrés Palma Buratta
Alerta de spoiler.

Bugonia, la más reciente entrega de Yorgos Lanthimos, se presta a múltiples lecturas. Un rasgo característico en la trayectoria del realizador griego, lo amas o lo odias. Que una obra posea distintas capas de análisis puede sugerir, en una primera lectura, la construcción de un relato multidimensional donde se van sucediendo temas de estricta contingencia bajo forma de crítica social, sátira (un recurso muy de moda entre las grandes producciones de Hollywood) denuncia, sarcasmo y drama. Sin embargo, la película termina siendo solo un envoltorio de «pánico pop» vistoso y provocador a pesar de la economía de sus recursos narrativos. La acción transcurre casi en su totalidad en la penumbra de un sótano, con apenas tres personajes en pantalla, una pieza de cámara claustrofóbica donde desfilan personajes patéticos, caricaturizados, exagerados e inverosímiles pese a que eventualmente existen, y sean la fuerza armada de los reales conductores políticos y sociales de movimientos extremistas, que muy pocas veces son representados en estas películas, a menos que no sea bajo forma de payasos oligárquicos. Al abordar estos discursos desde la farsa o el absurdo, la película termina construyendo un mensaje que corre el riesgo de banalizar y restar importancia al verdadero peligro que incuba en su interior ese caramelo envuelto en pánico. Se trata de relatos diseñados para que el espectador común y corriente simplemente se encoja de hombros y concluya con indolencia «es que así son». Sin embargo, en la comodidad de ese «así son» no solo se naturaliza la amenaza, sino que se simplifica y desarticula la verdadera génesis, los orígenes sistémicos y las causas profundas que alimentan a los extremismos contemporáneos. Bugonia está muy distante de La vergüenza de Bergman, tomando en cuenta que ambas comparten un trasfondo donde el conflicto sociopolítico lleva al aislamiento de sus protagonistas. El carrusel de imágenes y discurso que despliega Lanthimos, transita entre la estética visceral de The Texas Chain Saw Massacre y ciertas claves narrativas del cine asiático, convirtiéndose, formalmente, en el remake de la cinta surcoreana Save the Green Planet! (Jang Joon-hwan, 2003). Pero más que remitir a esa manera a veces absurda pero tan maravillosamente y estéticamente curada violencia con la que el cine coreano aborda lo fantástico, lo político y los conflictos de la condición humana, Bugonia está mas cercana al cine B norteamericano de los años 50. Funciona más como un viaje hacia Invasion of the Body Snatchers (1956), Forbidden Planet (1956), Them! (1954) o Plan 9 from Outer Space (1957), conducida por pasajes musicales como Where Have All the Flowers Gone?, interpretada por Marlene Dietrich, que incluso evoca cierta atmósfera hitchockiana si pensamos en la Soga y esa claustrofóbica praxis de sus personajes. En aquella época, las angustias colectivas metabolizaban la guerra fría, el pánico nuclear y la carrera espacial. El envoltorio pop ha cambiado de color y diseño, pero el alma y el sabor de aquel cine permanece intacta en Bugonia. Invasiones alienígenas que provocan la pérdida de la identidad humana bajo un matiz de comedia negra, artificio y una aterradora duda existencial sobre aquello que presenciamos. Se trata de un cine popular que opera como un espejo deformante, extrañamente exagerado, o por lo menos eso nos hacen creer las grandes productoras detrás de estas obras, de los colapsos psicológicos de su tiempo . Uno de los mayores temores de los años cincuenta no era únicamente el ataque militar directo, sino la subversión interna. El vecino, el familiar, el amigo o la ejecutiva corporativa que exteriormente parece la misma persona, pero que por dentro ha sido «vaciada» de sus emociones para responder a una mente alienígena o a poderes superiores. La premisa del «enemigo disfrazado de humano», un tropo recurrente que evoca desde la piel humana de los visitantes reptiles en “V: Invasión Extraterrestre”, maravillosa serie ochentera de lagartos bajo vestes humanas, hasta la aparición caricaturesca de personajes famosos en Men in Black como extraterrestres, se repite en la historia de Lanthimos. Sin embargo, el director griego, invierte el foco, desplaza el terror del invasor exterior hacia la psique radicalizada del perseguidor. La colonización ya no ocurre en los laboratorios o en el espacio profundo, sino en las madrigueras de desinformación de la era digital, en los infinitos rabbit holes de la red.

Por un lado, se posiciona un histriónico y locuaz Jesse Plemons (alejado de sus habituales interpretaciones lúgubres y taciturnas) en el papel de Teddy, un redneck profundamente moldeado por cuanta teoría de la conspiración circula en internet. Y del otro, Michelle Fuller (Emma Stone), directora ejecutiva de la poderosa corporación farmacéutica Auxolith, despiadada, malévola, fría y sin escrupulosos, reconvertida en una especie de Nosferatu como toda representación del capitalismo. No hay punto medio, no hay centro. El choque es entre extremos que terminan atrayéndose. El enfrentamiento, más que físico, es una escenificación de la «batalla cultural», según el léxico tan afín a los discursos de la nueva ultraderecha, que instrumentaliza los miedos contemporáneos. Son paranoias cotidianas que pululan en las redes sociales y alimentan los cerebros adormecidos de una población que las consume de camino al trabajo, durante la cena o antes de dormir, pavimentando gradualmente el terreno social que permite instalar en el poder a opciones autoritarias. Conforme se van retirando las capas de este envoltorio pop, emergen las conspiraciones alienígenas amplificadas por granjas de bots, la crisis del cambio climático, la corrupción y el salvajismo de la industria farmacéutica, las dinámicas del neocapitalismo, el terraplanismo y la extrema derecha, todo atravesado por la representación del Estados Unidos profundo poblado por rednecks aquejados de alguna condición física o mental. Esta última parece haberse consolidado como la única vía antropológica para retratar a dicho grupo social que vive aislado del sistema. Una convención que roza un sutil sesgo de clase o racismo sistémico escudado en la supuesta verosimilitud de lo real. ¿Todo esto existe? Sin duda, pero no solo en los sótanos de algún pueblo perdido del midwest norteamericano, sino también en las altas esferas del poder cotidiano o en las grandes oficinas corporativas de los estudios cinematograficos que sirven de bunker de campañas del politico que más los alimenta, y que poco se retratan en el cine si no es bajo la forma, nuevamente, de la ridiculización y los gags de sus intérpretes. El famoso humor de menoscabo (disparaging humor). Los psicólogos Thomas Ford y Mark Ferguson han demostrado que cuando una figura controvertida, autoritaria o hostil se presenta bajo la vía del humor, el cerebro del espectador procesa el mensaje a través de una «mente de juego», el humor actúa como un «escudo normativo». Al reírnos de un villano o dictador, dejamos de evaluar su discurso con rigor crítico o alarma moral, interpretando sus acciones amenazantes como meras excentricidades inocuas o bromas. En el clímax de la película, el discurso de supervivencia de Michelle Fuller instala la misma certeza post-nuclear de la guerra fría. La humanidad posee la capacidad de autodestruirse y eso es exactamente lo que está ejecutando. En pocas palabras, todo esto es culpa de la sociedad y no de las grandes corporaciones, ni del modelo capitalista ni de los que alimentan los generadores de inteligencia artificial o los productores que financian estas historias, es bien sabido, que también los estudios responden a intereses especifico. ¿Quién está educando la AI, otra AI o un grupo de corporativos con las ideas bien claras del mensaje que quieren propagar?

El personaje de Teddy opera bajo esa estricta lógica macartista y conspiranoica. Está convencido de que la CEO de la compañía biotecnológica es una entidad de Andrómeda enviada para exterminar la tierra comenzando por las abejas. Un calco directo del cine B. El problema surge cuando la diégesis confirma esta disparatada premisa, otorgando una respuesta literal y «simpática» a las conspiraciones planteadas, más cercana a Mars Attacks o The Day the Earth Stood Still. A esto se suma una falencia estructural en la propuesta de Lanthimos, que se repite en su filmografía, el inevitable estallido de violencia no surge como una necesidad dramática orgánica, sino como la imposición de una postura prefabricada sobre la “violenta condición humana”. Al conocer de antemano este mecanismo autoral, el dilatado preámbulo pierde tensión, volviéndose predecible y tedioso (Sucede lo mismo en Eddington del productor de Bugonia Ari Aster). La resolución no es más que la repetición de un patrón catastrofista, la constatación de que la sociedad está colapsada y que no queda otra salida que la destrucción masiva. Volvemos una y otra vez al concepto de “realismo capitalista”, popularizado por el filósofo Mark Fisher a partir de aquella máxima desoladora «Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo». Bajo la farsa de la crítica social, directores como Lanthimos, al igual que al antes mencionado Ari Aster, Alejandro G. Iñárritu, la comentada Civil War de Alex Garland o la hiperreferenciada Don’t Look Up, intentan ofrecer diagnósticos definitivos sobre los males del planeta. Sin embargo, al ensalzar figuras reaccionarias o banalizar a los extremistas reduciéndolos a simples psicosis colectivas alimentadas por la ignorancia, no hacen más que pavimentar el camino hacia lecturas apocalípticas y reaccionarias. Presentan un discurso distópico y desolador que opera de manera mecánica como un aliado ideológico del anarcocapitalismo o el fascismo, camuflado tan hábilmente como el traje humano de Michelle Fuller. En ese despliegue, Lanthimos coquetea con tropos implícitamente conservadores. La colectivización es retratada como la pérdida del individualismo, mientras que la ciencia, las vacunas, las pandemias, los ensayos clínicos, reflejan una ambivalencia temerosa hacia el progreso tecnológico, donde el veneno moderno son los químicos que destruyen las colmenas o los fármacos devastadores. Caldo de cultivo para los antivacunas. Al asumir nuevamente el rol de un demiurgo distanciado, Lanthimos busca operar como un mecanismo de catarsis colectiva para procesar traumas inconmensurables. Por eso mismo, el cine de gran formato e impacto visual de un autor como Christopher Nolan, sin más pretensiones aparentes que la de entretener, puede resultar una propuesta sustancialmente más transparente y honesta respecto a sus propios alcances, aunque más aburrida de ver.

Frente a este cine de consumo masivo, estridencial, moralista y a veces difuso bajo la cómoda coartada de poner los elementos sobre la mesa para que el espectador solo fagocite, se echa de menos la auténtica crudeza del cine de autor europeo o latinoamericano. No es lo mismo exigir un menú, donde el comensal pueda pedir lo que quiera y descubra nuevos sabores, que recibir un menú ya diseñado de antemano donde el espectador solo mastica lo que el director ya decidió que debías tragar. Al final, cuando el artificio de la sátira se agota, lo que queda no es una provocación genuina, sino un simulacro condescendiente.
Bugonia, 2025, Dir. Yorgos Lanthimos
Andrés Palma Buratta | IMDb | @andrespalmab
Director y guionista italo-chileno, nos transporta al mundo distópico de una sociedad subterránea en su película Cassette, presentada en el Festival de Cine B, Cineteca Nacional de Chile y el Museo de la Ciudad de México. Ha participado en la producción de la película chilena “Una parte de mi vida” elogiada por la crítica. Su sensibilidad y lucha por defender los derechos humanos lo llevan a realizar el documental “Tú Ciudad…tus derechos”, para la CDHDF. Autor de historias sencillas y profundas. Desarrolló la serie #HoySoyNadie, para Televisa Networks, fue director de Camaleón Films, dirige Filmakers Media Content.