Bloody Nose, Empty Pockets, 2020, Dir: Turner Ross, Bill Ross IV
Por: Andrés Palma Buratta
En Bloody Nose, Empty Pockets el bar, The Roaring 20s, debe cerrar para siempre, probablemente para ser reemplazado por un lugar de moda para hipsters. Para despedirlo, sus clientes deciden tomar hasta morir.
A medida que uno avanza en el documental Bloody Nose, Empty Pockets de los hermanos Ross, responsables de la destacada road movie adolescente Gasoline Rainbow (2023) —la cual sigue el viaje de un grupo de jóvenes de un pequeño pueblo en Oregón que quiere llegar a una fiesta en la playa—, uno se va convenciendo que estos tipos saben capturar como pocos la realidad profunda, a veces empobrecida y marginal, de Estados Unidos. En su estilo cinematográfico y en su lenguaje narrativo coral, los Ross encuentran similitudes que atraviesan su obra. Aunque Bloody Nose, Empty Pockets se presenta como documental, mientras que Gasoline Rainbow es una ficción, ambos reflejan el verdadero cine independiente, alejado de ese indie de estudio tipo A24, que cuenta con grandes presupuestos y se camufla como home video. Aquí, en cambio, los hermanos Ross filman con dos cámaras semiprofesionales, documentando las últimas horas de un típico bar estadounidense en la periferia de Las Vegas, lejos del glamour de los casinos, donde los clientes comienzan a beber a las 10 de la mañana y no paran hasta el amanecer.
Ya en su primer documental 45365, código de área de su natal Sidney, Ohio, se respiraba ese aire al adentrarse en la vida común de sus habitantes. Tchoupitoulas su segundo film, en Western e incluso Contemporary Color, documental producido por David Byrne (otro que supo destapar esa discordancia tanto en su música como en su película True Stories de esa extraña y compleja identidad estadunidense) que une artistas como Nelly Furtado, Devonte Hynes, Ad-Rock y St. Vincent, con diez grupos de guardias de color de todo Estados Unidos. Entre medio de la filmación del show, los hermanos Ross incluyen unas secuencias de estos chicos en algunos suburbios que parecen sacadas del Detroit de Barbarian, bailando, ensayando en la mitad de la calles, en sus garage.
En Bloody Nose, Empty Pockets el bar, The Roaring 20s, debe cerrar para siempre, probablemente para ser reemplazado por un lugar de moda para hipsters. Para despedirlo, sus clientes deciden tomar hasta morir. No es casual que el bar tenga ese nombre: aparte de algunas noticias sobre la elección presidencial de 2016 en la mañana, el resto del día una televisión colgada entre botellas a medio terminar transmite películas en blanco y negro de distintos años y temáticas, como si el canal TCM estuviera sintonizado las 24 horas para acompañar el jolgorio y “felicidad” de los comensales que van ocupando los viejos sillines dispuestos a lo largo de la barra, algunos de ellos, de principio a fin de la fiesta.

Y es así como te vas encontrando con un actor retirado, que parece salido de alguna película de Cassavetes, lo que le entrega ya de por sí una atmosfera especial, que a veces duerme en los sillones del bar. El barman, un hombre de gran tamaño y barba tupida, que recuerda a un tipo irlandés. Toca la guitarra y canta para los primeros clientes, quienes llegan alrededor de las 11 de la mañana para beber su primera cerveza con donas. Su turno termina a media tarde y es reemplazado por una mujer en sus cuarenta, que hace de madre de los clientes y cuida a su hijo skater, quien deambula por el lugar, fumando marihuana y robando cervezas del bar. No podía faltar el veterano de vietnam que a medida que el alcohol inunda su ya saturado hígado, se va desmoronando física y psicológicamente atormentado por sus fantasmas. Hay otro posible veterano o rockero, más joven y con una apariencia estilo Aerosmith que parece cautivar a todos, desde el personaje Moskowitz hasta una mujer que, increíblemente, mantiene su rostro y conversación intactos durante las 16 horas de fiesta. En el transcurso de la velada se presentan otros personajes notables: una drag queen, un Donald Shuterland hippie, y varios personajes de notables actuaciones. Sí, actuaciones. [SPOILER ALERTA]

[SPOILER ALERTA]
Lo que a simple vista parece un documental —y uno de los mejores que he visto— resulta ser en realidad una ficción, un mockumentary. ¿Es esto traicionar el famoso “pacto de lectura”, al descubrir que todos son actores, quizás no profesionales, pero seleccionados mediante un casting? No lo sé, no creo. Ni siquiera el bar está realmente en Las Vegas, sino en Nueva Orleans. A estas alturas, poco importa si es un documental, un falso documental o una ficción: Bloody Nose, Empty Pockets es una joya. La empecé a ver como una ficción filmada de manera casual, con la apariencia de un home video: el reflejo de los directores en los vidrios detrás de la barra, cámaras no profesionales, movimientos erráticos, una fotografía proporcionada por la luz natural, escenarios familiares, una sola locación, montaje mínimo, sin banda sonora… En fin, todos los preceptos de Dogma 95 aquí se adoptan naturalmente, casi en un estilo antropológico al estilo de Krisha de Trey Edward Shults o de las películas de Ted Fendt o Jem Cohen, Tyler Taormina, Ricky D’Ambrose, Martine Syms, Khalik Allah por nombrar algunos cineastas independientes del independentismo. [FIN DE L’ALERTA SPOILER]

No caeré en la crítica fácil ni en el paternalismo, y mucho menos en juicios morales o lecturas simplistas de esta película. Podríamos hablar de tristeza, marginalidad, soledad, redención o de la representación de una sociedad fracturada, pero lo que creo que logran los hermanos Ross en Bloody Nose, Empty Pockets es humanizar esa América profunda, darle dimensión y removerle esa máscara de caricatura que tanto sirve al cine para hacer crítica social. Está claro que la vida afuera es una mierda y que cada uno de nosotros debe encontrar un refugio, pero la manera de hacerlo es una cuestión personal. Como en Druk de Thomas Vinterberg, aquí uno también siente sed. Vemos personas bebiendo todo el día, participando en concursos de televisión desde la barra, ojeando viejas películas y bailando al ritmo de una rockola que va desde viejos blues hasta las Spice Girls. Esa dicotomía define también a la cultura estadounidense. Estos personajes no son como los Peaky Blinders con sus grandes planes de conquista; estos son personajes salidos de los mejores textos de Tennessee Williams. Más bien son los referentes e inspiración del dramaturgo americano. Ni en sus mejores diálogos nació tanta sabiduría popular donde cada uno recibe atención de parte del otro cuando le toca despotricar o enunciar las bellezas de la vida que se va hundiendo cada vez más en grados etílicos, algunas más coherentes que otras. Aquí se escribe la verdadera “academia”. Hay más verdad en un grupo de alcohólicos peleándose en un estacionamiento que en todo el falso puritanismo del mundo exterior. Cada cual es libre de vivir el sueño americano, mientras más se emborracha. Finalmente, lo único real de esta película son los litros de cerveza y cócteles servidos en vasos plásticos, como parte de la mise en scène de esta preciosa película… documental.
Y ya comienzo a caer en la moralina que tanto crítico, así que mejor me despido.
Bloody Nose, Empty Pockets, 2020, Turner Ross, Bill Ross IV
Andrés Palma Buratta | IMDb | @andrespalmab
Director y guionista italo-chileno, nos transporta al mundo distópico de una sociedad subterránea en su película Cassette, presentada en el Festival de Cine B, Cineteca Nacional de Chile y el Museo de la Ciudad de México. Ha participado en la producción de la película chilena “Una parte de mi vida” elogiada por la crítica. Su sensibilidad y lucha por defender los derechos humanos lo llevan a realizar el documental “Tú Ciudad…tus derechos”, para la CDHDF. Autor de historias sencillas y profundas. Desarrolló la serie #HoySoyNadie, para Televisa Networks, fue director de Camaleón Films, dirige Filmakers Media Content.

Riddle of Fire, ópera prima de Weston Razooli, es una aventura infantil que rescata el imaginario ochentero de Los Goonies o Stand by Me, pero con la estética de Bertrand Mandico en Les Garçons Sauvages o incluso de Albert Serra en Pacification. En esta obra, lo fantástico se entrelaza con la esencia del profundo Midwest estadounidense. Es por eso que, a primera vista, la película de Razooli parece diseñada para ser deconstruida. He leído comparaciones con Neil Gaiman, Mark Twain, Miyazaki, Tarantino, Wes Anderson, Maurice Sendak, Charles Dickens y The Little Rascals. Yo añadiría que Riddle of Fire es como si un grupo de niños grunge de los noventa de Montana, Utah o Wyoming se encontrara con la familia Manson en su camino hacia una masacre, todo en clave de cuento de hadas. En Riddle of Fire desfilan extraños personajes que, sin embargo, resultan familiares en los rincones más recónditos de Estados Unidos: rednecks, brujas modernas, hadas, sectas paganas, traficantes y consumidores de metanfetaminas (o de la droga que esté de moda), niñas angelicales, mellizas diabólicas y un sinfín de elementos psicodélicos. En medio de todo esto, dos hermanos y su amiga Alice recorren paisajes maravillosos y salvajes en motocross, disparando bolas de pintura a quienes interfieren en su misión: conseguir la clave del televisor para jugar en la consola de videojuegos que acaban de robar de una bodega tipo Amazon perdida en mitad de la nada donde, eventualmente, llegará Frances McDormand a trabajar en Nomadland.
Y es que el mundo es ese. Los outsider al servicio de lo fantástico, que al igual que la comedia, nos cuenta mucho más claramente la idiosincrasia de la sociedad. La aventura comienza cuando los tres niños, liderados por Alice —más madura y visceral que sus compañeros— se disponen a jugar, pero descubren que su madre ha puesto una contraseña en el televisor. La madre, que parece una princesa en su lecho de muerte (sin que sepamos si padece un cáncer terminal o simplemente un resfriado), les pone una condición: les devolverá la clave si le traen un “blueberry pie”, una típica tarta americana que parece salida de una película de comedia adolescente pero ambientada en un pueblo estilo “Hansel y Gretel” y no un aburrido suburbio americano. A partir de ahí, se desarrolla una aventura infantil llena de peripecias, acontecimientos inesperados y giros azarosos. La narrativa avanza de manera errática y frenética, evocando a Mad Max o a Wake in Fright, la icónica cinta de la Ozploitation australiana de los años setenta. La vitalidad, la locura y el tratamiento de los espacios abiertos están presentes en esta película, cuyo registro audiovisual en 16 mm, con tonos difusos y multicolores, capta la belleza de los bosques y montañas del centro de Estados Unidos evocando un poco esa visualidad mágica de La historia sin fin (The Neverending Story). Lo que distingue a Riddle of Fire del cine infantil convencional es su rechazo a la infantilización excesiva y al dramatismo exacerbado. Aquí, la realidad tóxica del mundo adulto está siempre presente como fuerza opositora, y es violenta. Pero los tres protagonistas, ya familiarizados con esa violencia, juegan su propio videojuego con pistolas de pintura, planes irracionales y enfrentamientos directos, en una narrativa plástica que recuerda a Dennis Hopper en Blue Velvet. De hecho, algunas escenas evocan las cortinas de colores rojas o azules, tan propias del universo de David Lynch, de donde emergen y desaparecen personajes excéntricos y frikis.







