16 abril, 2026

Resultados de la búsqueda: diana miriam

Por: Perla Atanacio

Poco tiempo después del lanzamiento de Filmakersmovie en línea, por ahí de 2012, tuve la oportunidad de conocer vía correo electrónico a Diana Miriam Alcántara Meléndez, una joven que había estudiado cine en Vancuver, y estaba en búsqueda de un nuevo programa que siguiera nutriendo sus conocimientos sobre el séptimo arte.

A través del texto, tuve la oportunidad de conocer a la estudiante, a la guionista y a la escritora, pero sobre todo a una persona comprometida con la cinematografía.

 

Así fue como comenzamos nuestras colaboraciones, ella ya escribía en distintos periódicos del país reseñas y artículos sobre el tema…de eso ya casi cuatro años, hoy celebro que esté a unos días de presentar su primer libro «De Cine«, en el que nos invita a recorrer la cinematografía a través de sus experiencia, de sus deseos y anhelos.

Gracias Diana por permitirme participar en este primer trabajo de muchos que se vienen.

¡Éxito!

De Cine

Autora: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Editora: BUAP

México, 2016

Entrevista

20:27

Leer artículos de Diana Alcántara 

 

Invitación a presentación "De Cine"

Perla Atanacio Medellín
Foto: Perla Atanacio

Perla Atanacio | IMDb | @pratanacio | perla@filmakersmovie.com | México

Imaginaria Mexicana. Guionista de televisión, ficción y documental. Directora, investigadora social. Productora Audiovisual y diseñadora publicitaria.   Filmakersmovie combina sus pasiones, la difusión, las relaciones humanas y sociales, propalando historias universales, testimonios de vida.

 

El escándalo

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Los medios noticiosos tienen la responsabilidad profesional de informar los hechos, objetivamente y con compromiso ético y social. Sin embargo, su misión entra en conflicto dada la competitividad de un sistema mercantil basado no sólo en la oferta y la demanda sino también en la popularidad, el éxito y la ganancia. Como resultado , muchas veces los medios de comunicación ya no se rigen bajo el principio de ‘¿qué está pasando?’ sino ‘¿qué vende más?’, explotando y manipulando en el proceso a las personas, sus historias, miedos, ideas, cultura, creencias y hasta decisiones.

Esta es la sociedad del espectáculo, un mundo en el que se vive a merced de quienes distorsionan la imagen con fines de prestigio, popularidad y éxito social, o redefinen la realidad, los hechos, interpretando para construir una narrativa que justifique acciones, induzca comportamientos o genere miedo y confusión, desembocando en un proceso de enajenación colectiva, proceso que garantiza la acumulación de riqueza y  el mantenimiento de privilegios para los grupos sociales que detentan el poder económico y/o político; en donde ya no importa la verdad, la precisión o la objetividad, sino la mejor forma de engañar, mentir, abusar, aprovechar y comercializar hasta la provocación y la controversia. Es así como hechos importantes, por ejemplo injusticias sociales, corrupción, violencia o arbitrariedades del sistema, quedan enterradas para ser sustituidas por una lucrativa versión de sí mismas, orquestada para ser una banal y alienante diversión masiva, evitando que la gente reflexione de manera crítica sobre su entorno para, por el contrario, reaccionar únicamente con base en su personal ignorancia. De esta manera la sociedad, las personas que la conforman, se acostumbra a no cuestionar lo que sucede porque es más cómodo que las cosas avancen por inercia, propiciando la indiferencia, el desinterés y la incultura. ¿Son los medios los que explotan a las personas o las personas las que explotan a los medios? ¿Es más fácil para el ser humano voltear la mirada ante el abuso, las falsedades o la inequidad, mientras encuentre un beneficio en su apatía, que denunciar y hacer algo por un cambio que mejore su contexto?

Las preguntas se hacen presentes en la película El escándalo (EUA, 2019), escrita por Charles Randolph, dirigida por Jay Roach y protagonizada por Charlize Theron, Nicole Kidman, Margot Robbie y John Lithgow en los papeles principales. Se trata de un recuento a partir de los hechos reales de las acusaciones por acoso sexual hacia Roger Ailes, director ejecutivo de Fox News, una cadena televisiva de noticias señalada por su inclinación hacia el contenido banal, polémico y tendencioso con predisposición ideológica conservadora. En el contexto de la historia, Ailes no sólo es conocido por su cercana relación tras bambalinas al entonces candidato presidencial republicano Donald Trump para la elecciones de Estados Unidos en 2016, sino que también parece manejar esta relación como una estrategia de apoyo mutuo a conveniencia. Por ende, las preguntas incómodas y declaraciones ruidosas en ambas direcciones, tanto por redes sociales como en eventos públicos o frente a la cámara, bien pueden ser una táctica planeada para obtener lo que ambos necesitan para aumentar su presencia dentro de la cultura popular: la controversia, cotilleo y chisme que los pongan ‘en boca de todos’. Se trata de un modelo de negocios que los ejecutivos exigen, los reporteros  aprovechan y el público o espectador busca y consume, a pesar de que puede intuir que es sólo un espectáculo y aún así caer en la trampa del sensacionalismo que sucede frente a sus ojos. Ailes lo ha pulido y, en corto, ha construido una red noticiosa que sabe explotar el amarillismo y a la gente a su alrededor, entre ellos sus empleados y el personal que forma parte de la cadena televisiva que dirige, quienes, o siguen la corriente y se apegan a estas políticas, o se enfrentan a la trágica realidad: el poder y el dinero siempre son los que mandan en estas cuestiones. En este escenario en el que la información debe ser polémica y originar el debate, u ofensiva para causar alboroto, como se desdibuja en el relato, hay un detalle importante a recalcar: lo que vende no es la noticia, sino la explotación emocional del espectador. Ailes insiste, por ejemplo, en que la televisión es un medio audiovisual y por tanto la forma de atraer al público es mediante lo que ve, lo que implica, según narra la película, un manejo específico sobre la imagen, especialmente la de aquellos que salen a cuadro, frente a las cámaras. Maquillaje excesivo, pulcritud exagerada y atractivo sobreexpuesto, como ejes principales; faldas y vestidos cortos para las mujeres con sets de noticias sin escritorios, para exponer la sensualidad femenina.

La pregunta no es solamente por qué una política así existe dentro de un medio de comunicación actual, sino por qué parece que nadie dice nada al respecto y por qué se actúa como si ésta fuera la única forma en que las profesionistas mujeres pueden hacerse notar o encontrar el reconocimiento. Parte de la respuesta a la pregunta es inquietante, porque las amenazas son indirectas y, por ende, más peligrosas que si fueran explícitas: quien cuestiona, se queja o se expresa en contra de estas prácticas, necesita buscarse otro empleo porque en esa agencia no tiene lugar. Es entonces que el poder e influencia de Ailes se hace evidente, pues es claro que para que una situación de esta magnitud exista, es porque hay personas que la facilitan, ya sea porque se benefician, temen por su propio futuro profesional en caso de represalias o porque lo que sucede les afecta lo menos directamente posible y, por tanto, eligen la omisión o el silencio. Ailes por ejemplo selecciona y arrincona para presionar y controlar, pero también para aislar y manipular; pide favores en su beneficio para forzar una dependencia o reciprocidad que él llama lealtad y ofrece crecimiento u oportunidades profesionales a cambio de favores sexuales abusando de su posición de poder, justificándolo como simples ‘prácticas comunes dentro del medio del espectáculo’. Ailes no es, además, la única persona repitiendo estos patrones de comportamiento, también sucede en menor grado con gente que no tiene el mismo poder y posición que él, pero sí el respaldo estructural y sistemático que les facilita actuar como lo hacen, sin repercusiones, sin cuestionamientos. Entonces, ¿qué pasa cuando alguien habla en contra?; ¿o qué sucede cuando nadie habla en absoluto? Es aquí donde se desarrolla la historia, en un contexto social y laboral misógino en el que las mujeres temen repercusiones, la verdad carece de valor sin pruebas contundentes y la sexualización se ha manejado como algo normal y necesario, en donde las víctimas son humilladas por defenderse, silenciadas por la discriminación, el prejuicio, el abuso de poder, el patriarcado y la manipulación, propiciado por un ambiente ya tóxico en el que nadie confía en nadie.

En la película, quien comienza a mover las cosas hacia una dirección diferente es Gretchen Carlson, una periodista que funge como co-conductora en un conocido programa de Fox News, que es relegada a un programa menor luego de quejarse de los constantes comentarios sexistas en su contra, tanto frente a las cámaras como detrás de ellas, tanto de parte de sus compañeros como del personal dentro de la cadena, incluyendo a Ailes. Notando una clara represalia que cataloga como un escenario de inequidad de género que se acepta como ´normal´, además de recibir un ‘castigo’ secundario por no aceptar la dinámica de discriminación ‘común’ que impera en los pasillos de Fox, Gretchen se reúne con abogados para preparar una demanda por acoso sexual, directamente contra Ailes, bajo la lógica de que es más funcional nombrarlo sólo a él que demandar a la empresa, pues sería como una hormiga enfrentándose a un elefante. Los abogados de Gretchen tienen claro que, aunque la denuncia a la cadena clarificaría que el problema no es sólo Ailes sino todo el orden estructural dentro de Fox, las posibilidades de ganar serían nulas, pues el director ejecutivo quedaría respaldado por los dueños e inversionistas, accionistas y ejecutivos que podrían hacer todo para desestimar y enterrar la demanda; y aunque no se dice explícitamente, esto podría ir desde una estrategia de difamación hasta apelaciones eternas que obligaran a Gretchen a retirar los cargos una vez que le fuera imposible continuar pagando a sus abogados, dejándola en bancarrota. Sin embargo, pese a la importancia de la denuncia y el eco social que implica develar la verdad de los que sucede, Gretchen no se acerca por ayuda directamente a nadie dentro de la cadena, creyendo que la injusticia resonará lo suficiente para ser respaldada y continuada por aquellos que la han sufrido también. Lo que Gretchen no toma en cuenta es la fuerte presión generada a través del miedo y la manipulación, e incluso, quienes son testigos de lo que sucede pero no lo han vivido en carne propia saben que se encuentran dentro de un entorno controlado, en donde las represalias posibles son muchas, porque las personas que manejan los hilos de poder, desde sus jefes hasta el director ejecutivo de la cadena, es decir Ailes, e inclusive las figuras de poder más arriba que él, tienen el dinero y la influencia como para tergiversar los hechos y destruir la vida personal y profesional de quienes se revelen como una amenaza directa.

Alzar la voz no es sencillo, por más correcto y justo que sea; revelar lo sucedido no es sólo contar la verdad, lamentablemente en este mundo donde todo es escándalo y espectáculo, también significa volverse blanco de los ataques, rumores, injusticias y cuestionamientos que indudablemente habrá en respuesta, una realidad que viven muchas personas que hablan abiertamente de los abusos y acosos sexuales que experimentan, luego señaladas y condenadas por la sociedad más misógina que elige despreciarlas en lugar de escucharlas. Gretchen está sola en ese momento, porque ha trazado el rumbo pero no puede caminarlo por nadie más, menos en un entorno en el que al empleado se le exige ‘lealtad’ o la muerte profesional (simbólicamente hablando). Revelar el caso de acoso sexual requiere valor de su parte, por ende, también llama a la solidaridad con aquellas mujeres que igualmente lo han vivido, entendiendo que ellas se encuentran en una realidad de vida propia muy diferente a la suya. Todas están en desventaja, ese es el problema de fondo, tal se ejemplifica a través de la periodista Megyn Kelly, una reportera y presentadora que vive su propio infierno una vez que choca mediáticamente con el candidato republicano Donald Trump. Luego de cuestionarlo por sus comentarios denigrantes hacia las mujeres, un tema que ella en realidad aborda no tanto por la responsabilidad social sino por la asegurada polémica alrededor del tópico, en busca de incrementar sus índices de audiencia, el caso termina volviéndose en su contra cuando sus actos la convierten a ella en la noticia. El chisme de su vaivén verbal y los insultos dirigidos específicamente en su dirección crecen sin control al grado que la gente ya no comenta la importancia de señalar a Trump por sus palabras sexistas, sino los tuits ofensivos del candidato hacia Kelly por la entrevista en la que lo evidencia. La sociedad pone a la periodista en la mira, la historia verdaderamente relevante queda desplazada y Trump consigue que los medios terminen por centrarse en sus más recientes declaraciones en contra de Kelly, convirtiéndola en el eje de las exageraciones sensacionalistas, lo que irónicamente era la intención de ella pero hacia Trump, envolverlo en una telaraña de críticas amarillistas.

Una vez en el ojo del huracán, Kelly reclama que Fox haga algo al respecto, pero Ailes insiste que la controversia es positiva para la cadena porque esto significa que la gente está pendiente de lo que Fox haga respecto al tema, lo que deriva a su parecer en ‘publicidad gratuita’. Lo que Kelly atraviesa es revelador: a Fox, o a los medios actuales como éste, no le interesan las personas sino lo que puedan sacar de provecho de ellas. Es hasta que Kelly recibe amenazas de muerte y hostigamiento de otros medios que la periodista se ve forzada a ceder en una entrevista con Trump en la que no puede más que ocultar su enfado y responder como si la situación no le hubiera afectado o molestado, en corto, porque la decisión de conciliación no sólo beneficia la imagen de Trump sino también a ella, ya que como reportera necesita tener acceso a los sucesos políticos y sus protagonistas. Es decir, si Kelly no accede a agachar la cabeza y actuar de una forma más sumisa, no por profesionalismo sino por conveniencia, su futuro como periodista queda de alguna forma truncado o al menos restringido. Con este antecedente, Kelly duda sobre cómo reaccionar una vez que la demanda de Gretchen sale a la luz y calla totalmente en un intento por elegir el camino que mejor le convenga. Si bien Kelly se niega a apoyar a Ailes como lo hacen muchos otros de sus compañeros, que buscan con este respaldo demostrar un compromiso obediente que después pueda ser premiado o remunerado (“Nos beneficiamos de su atención”, justifica una de las conductoras de la cadena), Kelly sabe que no puede hacer lo mismo cuando teme que llegue a repercutirle más que ayudarle, ya que entiende, por experiencia propia, que los alegatos de Gretchen tienen mucho de verdad, pues ella misma fue víctima de Ailes, quien en su momento también la acosó sexualmente. Le reclaman su silencio, pero esto impacta en ambas direcciones. Por un lado, su falta de apoyo explícito hacia Ailes comienza a hacer que la gente dude y ponga en entredicho las apariencias. Por otro, alguien le reclama ese silencio del pasado, cuando vivió el acoso y no lo denunció, pues significa que de alguna manera su reacción o falta de ella propició que hubiera más víctimas, o dicho de otra manera, que el ciclo continuara. En realidad Kelly es también víctima de las circunstancias; opta por la aproximación que implique el menor riesgo para ella y, en ese sentido, primero investiga e indaga la posibilidad de que el caso no sea enterrado con facilidad, para hablar sólo una vez que encuentra evidencia contundente. Al alzar la voz una, otras más también lo hacen y las denuncias contra Ailes comienzan a apilarse, encontrando en la voz de Kelly, la personalidad periodística más importante en ese momento dentro de la cadena, la suficiente fuerza para sembrar absoluta credibilidad. No significa, claro, que las cosas realmente cambien; en los sistemas de poder corruptos, como podría ser este el escenario, cortar una cabeza no se traduce en la solución, remover una parte del problema lleva sólo a que este puesto o esta persona puedan reemplazarse; si la raíz queda intacta el problema en sí no sufre ninguna modificación significativa. Al final Ailes no es removido de su cargo por las problemáticas acusaciones en su contra y todo lo incorrecto e inmoral que hay en su conducta, sino porque se convierte en una carga, en un agente de riesgo para la empresa del que se puede prescindir. Se le destituye de su cargo no porque el dueño de la cadena esté convencido de que hizo mal, sino porque el peligro de ayudarlo es más grande. Quitar a Ailes de su puesto no es asumido como quitar a un hombre que aprovechó su posición de poder y propició un sistema jerárquico machista e inequitativo, sino simplemente eliminar una mala imagen, buscando recuperar credibilidad dando a la “opinión pública” lo que se supone desea, pero, ¿y qué hay de los muchos otros que continúan con el mismo patrón de comportamiento que él? El sistema autoritario y misógino continúa intacto. Al final, es la unión de las mujeres lo que permite exponer la cultura de acoso sexual dentro de Fox News, para así dar dimensión al impacto que esta situación tiene, en lo  social, cultural, política, financiera y emocionalmente. La película también aborda específicamente a los medios de comunicación más interesados en el escándalo que la noticia y las mujeres que son empujadas al extremo, a la humillación y al abuso para sobrevivir en su contexto, en este caso laboral; una realidad que se repite en muchos otros escenarios similares del mundo actual.

Un medio de comunicación, en este caso específico, en el que encontrar oportunidades laborales y económicas no va ligado forzosamente a las capacidades periodísticas, evidenciando en ese sentido los sacrificios que tienen que hacer las personas en la competitiva posmodernidad para hacerse notar, en la televisión, las redes sociales, la cultura cibernética y la cultura popular, donde parece que la cosificación sexual no sólo es aceptada, sino celebrada y promovida, todo en nombre del éxito y la fama. En breve, la explotación de la mujer y la manera como cada quien, incluso otras mujeres, ve esto como una vía de beneficio propio, algo que evidencia no sólo una falta de consciencia social y  pobreza moral sino una clara problemática estructural dentro de los sistemas de organización.

Bombshell, 2019, Dir: Jay Roach

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Una batalla tras otra

Por Diana Miriam Alcántara Meléndez

Puebla de Zaragoza, México 2026

En toda generación siempre hay quien quiere cambiar al mundo y, aunque no todas las personas quieren realmente mejorarlo, todas parecen estar convencidas de tener las respuestas para hacer la diferencia, de ser la fuerza que resolverá los problemas del pasado que, según ellos, no permiten que la vida fluya como, consideran, debería. Hasta la fecha, la historia de la humanidad parece demostrar que todos lo logran, pues se suceden formas de gobierno y sistemas económicos con características distintas, pero al mismo tiempo, nadie consigue nada, porque el cambio es una lucha constante y la verdadera revolución implica constancia, disciplina, convicción y esfuerzo, o lo que es lo mismo, lidiar con los obstáculos día a día, resistiendo una batalla tras otra.

La reflexión puede aplicarse en todo aspecto de la vida y este es uno de los mensajes clave de la película Una batalla tras otra (EUA, 2025), escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson, basándose en la novela ‘Vineland’ del escritor Thomas Pynchon. Protagonizada por Leonardo DiCaprio, Sean Penn, Benicio del Toro, Regina Hall, Teyana Taylor y Chase Infiniti, la historia se centra en Bob Ferguson, un ex revolucionario que dejó las prácticas de protesta e insurgencia para salvaguardar el futuro de su hija Willa, habiendo tenido que huir con ella desde que la niña era recién nacida. Los ‘French 75’, el nombre del grupo revolucionario de izquierda al que pertenece, cuyo lema es “Fronteras libres, cuerpos libres, elecciones libres y libres del maldito miedo”, combate las injusticias de las que el mundo actual es testigo. Defienden a las minorías, se levantan en contra del sistema (imperialista, fascista, corrupto y racista) y abogan por una vida justa y equitativa no sólo en la práctica sino también exigiendo reformas sistemáticas, desde el aparato legal y gubernamental. Sin embargo, su proceder puede llegar a tener un hilo de peligrosidad, pues, aunque no son intencionalmente violentos, sí recurren a las armas para hacerse escuchar y su visión puede ser más un llamado al cambio que un vehículo para que suceda. Algunos de sus miembros están más comprometidos con la causa que otros, pero los convencidos de que su grano de arena importa, porque son esas pequeñas acciones las que unidas forman una reacción en cadena en positivo, hacen un llamado a la concientización, la solidaridad y la hermandad a fin de construir una comunidad fraterna, ayudando a quien lo necesita, no pasando sobre los necesitados y vulnerables. No todos, evidentemente, piensan con la misma visión y/o convicción; es el caso de Perfidia, pareja sentimental de Bob, quien entonces se hace llamar Pat. Perfidia es decidida pero explosiva, al grado que uno se pregunta si es parte del movimiento social más por la adrenalina que la revolución conlleva que por la filosofía de cambio; ella representa un ejemplo de la clase de militante al que hay que tener bajo vigilancia, porque, no es que no crea en la causa, es que creería en cualquiera que le permita salir al mundo a desahogar todas sus emociones contenidas. Perfidia, finalmente, significa deslealtad o traición, y el personaje hace honor a ello. En algún momento Perfidia conoce al Lockjaw, un oficial del ejército a quien humilla durante la liberación de unos migrantes. Interesado en ella, o más bien por una obsesión envuelta en deseos de control y sumisión, no forzosamente de él hacia ella, sino la búsqueda por una satisfacción de ser sometido por alguien con la misma fuerza de carácter que él, Lockjaw aprovecha su posición militar para buscarla y presionarla para aceptar una relación sexual entre ellos, a cambio de no denunciarla. Perfidia da a luz a una niña llamada Charlene y esto cambia la perspectiva de Pat, ahora dedicado por completo a quien cree su hija. Para Perfidia la salida es la protesta, como espacio de rebelión en donde desahogarse. Potencialmente intuyendo la posible paternidad de Lockjaw, Perfidia se vuelve más violenta, queriendo desquitarse de todo sin mirar a quien afecta y, subsecuentemente, abandonando el círculo familiar que comparte con Pat y Charlene.

Una vez que su falta de control y disciplina llevan a su arresto y al de varios de sus compañeros, delata a sus amigos con tal de salvarse a sí misma, aunque, tras hacer un pacto con Lockjaw para ingresar a protección de testigos, huye también de su custodia en busca de una nueva vida. Su traición, que el grupo al que pertenecía resiente, provoca que Pat y Charlene, entre muchos otros de los French 75, deban mudarse y conseguir nuevas identidades, en su caso como Bob y su hija Willa. Como bien dice la película, 16 años después las cosas no han cambiado mucho: las injusticias siguen sucediendo, la corrupción aún persiste y las contradicciones del gobierno mantienen un estado constante de desorden, confusión, inequidad y abuso; la insurgencia real continúa su labor y la mayoría de las personas vive su vida tratando de sobrevivir, algunos indiferentes a la problemática provocada por el sistema, otros sobrellevando su infortunio como se puede. El detonante que vuelve a revolver las aguas sucede cuando Lockjaw pretende unirse a una sociedad secreta, un grupo corrupto, supremacista, racista y conservador que defiende la superioridad y pureza de la raza blanca, de élite además y, por ende, rechaza y excluye al resto de la población. Para ser aceptado Lockjaw tiene que borrar su pasado, su relación interracial con Perfidia y, en consecuencia, a Willa, la evidencia clara de su hipocresía y doble discurso moral. Es por eso que reanuda la búsqueda de los French 75, como vehículo para llegar a Bob y su hija. A través de estos personajes la película plantea un análisis agudo sobre cómo el tiempo modifica nuestras prioridades, nos ata a nuestros propios errores y/o acrecienta los problemas sociales no resueltos con que carga la humanidad. Bob, por ejemplo, es el exmilitante retirado que se solidariza con el grupo y sus causas, antes completamente comprometido, pero, eventualmente consumido por la pasividad y auto abandono; ahora inactivo, en busca de un rol más tradicional: el de padre. Cambia la razón por la que pelea cuando las circunstancias de su vida también lo hacen y Willa se vuelve el por qué y para quién luchar. Un padre protegiendo a su hija en un mundo que no ha podido cambiar pese a los intentos diversos, los suyos incluidos, de ciudadanos que protestan y se organizan para sobrevivir y resistir. Un padre que también, por eso, enseña a su hija la importancia de levantar la voz, porque eventualmente será su turno de intentar mejorar este caótico mundo, no forzosamente como revolucionaria, al menos sí, como mente pensante y crítica de la injusticia que le rodea. Por otra parte está Perfidia, en general más agitadora violenta que verdadera activista militante, quien prefiere salvarse a sí misma antes que proteger a los suyos. Se le acusa de traidora y aunque no es equivocado que sus ex compañeros la señalen como tal, sería importante saber de dónde vienen sus decisiones: sus  padres también fueron revolucionarios, lo que puede crear tanto presión como expectativas difíciles de sacudir; su vida ha sido dedicarse a combatir, por eso mismo su visión del mundo ha sido libertad convertida en libertinaje y la única forma que conoce de lidiar con los problemas es llevarlos hasta un punto límite de ebullición para que exploten, es decir, la vía radical, no racional. ¿Puede alguien querer cambiar el mundo pero no tener la sagacidad para conseguirlo, la voluntad para hacer que suceda o la fuerza para mantenerse firme durante todo el trayecto? Finalmente está Lockjaw, práctico, metódico y guiado por ideologías excluyentes y jerárquicas en las que se le dice y auto convence de una superioridad sistemática. Se cree mejor que el resto de la gente por su condición, incluyendo el poder que le da su carrera militar, porque así está desdibujado su personaje, como arquetipo del hombre machista, violento y racista que sirve al orden jerárquico para mantenerlo intacto. La sociedad civil (organización clandestina) a la anhela unirse no es más que una representación, o ejemplo, de grupos reales que profesan ser puros, elegidos divinos, destinados a ser pudientes y privilegiados para guiar a la sociedad, moviéndose dentro de un círculo que haría cualquier cosa para eliminar a aquellos que califica como inferiores y así, según creen y afirman, purificar a la sociedad, aunque en realidad sea para controlarla.

Odian por odiar y el odio los mueve, como también el deseo de ser más y pasar por encima de los demás, de imponer su voluntad porque están convencidos de que es así como debe ser, someter a quien consideran inferior porque alguien dentro de su mismo círculo, con arrogancia y mezquindad, ha plantado la idea de que son superiores y han abierto el camino, desde el terreno gubernamental, político y legal, para mantener firme su posición sobre los demás. Grupos así existen en muchos lados, pero el punto aquí no es ese, sino que así ha sido a lo largo de la historia de la humanidad. La élite dominante de dada época imponiendo sus intereses con base en el anonimato y la fuerza bruta legalizada.

¿Qué se necesita para extinguir ideas equivocadas o incorrectas que promueven enfrentamientos, enemistad o contrariedad entre personas? ¿Es parte de la naturaleza humana la crueldad, el individualismo, la violencia y el egoísmo? La película retrata una sociedad, específicamente estadounidense, dividida, contrariada, enfrentada entre sí por ideas, ideologías, pensamiento, cultura, valores, organización y desarrollo en lados opuestos que se confrontan y que se hacen más marcados en el orden social actual. Un mundo en el que aniquilas o eres aniquilado, destruyes o te destruyen.

Está la élite económico-político-militar que defiende sus privilegios explotando al resto de la sociedad, en esencia la clase trabajadora, a la que subyugan y oprimen tanto ideológica como prácticamente, con represión en las calles, corrupción desmedida, injusticias ignoradas, leyes inequitativas y operativos que disfrazan otras intenciones. Una élite y un gobierno persiguiendo y coartando derechos de todos los que lo contradigan, cuestionen o reten sus palabras y doctrinas. En la película se observa claramente cuando, en búsqueda para encontrar a Bob y Willa para confirmar si ella es su hija y, en caso de serlo, deshacerse de ella, Lockjaw inventa un operativo militar en la ciudad en la que aquellos viven, alegando que hay indicios de peligro para la nación, específicamente por narcotráfico y ayuda a migrantes ilegales latinos. Él mismo señala que necesita una excusa para entrar a la ciudad con un grupo armado, haciéndolo ilegalmente, sacudiendo a las masas con alevosía e incitando choques violentos a través de agitadores que escalen la situación a propósito. Un conflicto lleva a otro y así se hace una reacción en cadena hasta llevar a la destrucción. Esas ideologías y sus respectivas batallas quedan en la historia y son la base sobre las que se construye tanto la sociedad actual como la del mañana, una que a veces olvida aprender de su pasado y, erróneamente, entierra los problemas o los normaliza hasta justificarlos o defenderlos. La cinta plantea cómo esto sucede día a día en la realidad actual; de ahí que la importancia de la oposición, la resistencia y la rebelión sea vital y necesaria; porque si el problema ya está ahí, la pregunta que debemos hacernos, por igual individuos que como sociedad, es, qué vamos a hacer al respecto. Aunque a veces se gane y otras se pierda, las batallas se tienen que pelear. No se puede hacer si las personas que defienden la libertad y se levantan contra el opresor no siempre creen que el cambio es posible, o no creen en lo que dicen y hacen y, por ello, con frecuencia claudican o no siguen luchando cuando más se necesita. Afortunadamente es en lo cotidiano donde puede surgir la necesidad de oponerse, de protestar o de proteger y ayudar a los más necesitados; es ahí en donde se expresan los deseos revolucionarios de cambio social. Luchar y resistir, aclara la película, no tiene por qué significar violencia, más bien es corregir errores de la manera más viable y significativa posible, con acciones que lleven a algo, no sólo palabras, pero más importante, con decisiones que ayuden a otros, no que los dañen.

En perspectiva, la agresividad de los French 75 logra poco en contraste con la iniciativa de Sergio St. Carlos (el Sensei), uno de los personajes clave que ayuda a Bob en su búsqueda por rescatar a Willa, una vez que Lockjaw la atrapa. Su visión y misión son claras, como líder, además, de un grupo clandestino que apoya a la comunidad latina y a los migrantes. Tiene estrategia, su proceder es inteligente, su decisión firmeza y sus acciones provocan un eco positivo entre aquellos a quienes ayuda. La comparativa no intenta decir que un grupo hace mejor las cosas que el otro, o que es mejor o peor que el otro, sino analizar cómo ambos, a su manera, generan resultados y en cierto sentido su existencia hace que la del otro sea posible. Las preguntas son: ¿qué resultados queremos obtener? ¿Por qué luchamos? ¿Creemos en la causa o sólo abogamos por mantener la fachada de esta causa?

¡Viva la Revolución! Grita Bob en algún momento, pero revolución implica una ruptura del orden social y político, una interrupción del funcionamiento institucional que significa cuestionar el sistema jurídico y fracturar al aparato militar para que una parte de este se sume a la rebelión y/o no funcione como brazo represor del gobierno. En su momento se requerirá construir un nuevo gobierno y nueva legalidad.

Esto significa que los movimientos revolucionarios son causa y efecto tanto de las condiciones de vida miserables de la población, como de los conflictos personales existenciales, anhelos, impulsos y deseos de cada individuo, La historia es resultado de los entrelazamientos de esos conflictos interpersonales y los momentos en que cada persona decide protestar, inconformarse y luchar por el cambio, aunque no sea consciente de ello. En la película la narrativa lo sugiere (aunque no lo desarrolla) al mostrar cómo los French 75 subsisten a pesar de la traición de Perfidia y el alejamiento de Bob/Pat, así como en la bien estructurada red de protección que encabeza el Sensei, capaz de movilizar a decenas de trabajadores y sus familias para escapar de la represión. Ahora bien, la consigna del grupo revolucionario en que militan es en esencia un llamado a la libertad, a luchar por la libertad venciendo la cultura del miedo que impone el gobierno autoritario. La revolución es un proceso de largo plazo y cada momento histórico requiere determinado tipo de militancia. Cada personaje cumple una función y cada persona tiene distinto nivel de compromiso. Así, Perfidia representa un estilo activismo muy específico; Sergio representa otro y Willa, otro diferente. Habrá quien defienda un estilo de acción por sobre el otro y hay seguramente pros y contras en cada una de estas iniciativas, la cuestión es ¿cuál de estos caminos escogemos como sociedad y por qué? Y en todo caso, ¿luchamos por nosotros?, ¿pugnamos a favor de otros?, ¿nos esforzamos por personas que nos importan?, ¿o combatimos por construir una sociedad distinta, humanitaria? Los conflictos sociales no desaparecen y la única respuesta ante un estado de tiranía, fascismo, nacionalismo ciego o autoritarismo es resistir, porque resistir es rechazar esa imposición, es sobrevivir y luchar contra ella. El punto es que hay muchas formas de hacerlo. La clave es que el ideal se mantenga firme, porque si el objetivo es claro, la revolución se reinventa; si no, se diluye, malinterpreta, desaparece o corrompe. La revolución y el cambio social requieren ser conscientes del momento histórico, de las circunstancias de explotación, de la ideología de esos grupos de élite racistas y autoritarios para poder enfrentarlos ideológicamente. Asimismo, pelear por lo que es correcto es también pelear por el bien de las generaciones futuras, teniendo claro que nuestras batallas y las suyas no van a ser las mismas. Alguien tiene que encender la chispa, alguien tiene que mantenerla y alguien tiene que hacer consciencia para que no se pierda de vista la meta. La lucha cambia, evoluciona, pero no se acaba. En realidad, la vida misma es siempre una batalla tras otra.

One Battle After Another, 2025, Dir: Paul Thomas Anderson

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Blade Runner 2049

Por Diana Miriam Alcántara Meléndez

¿Qué orilla al ser humano a preguntarse qué lo hace humano?; o en todo caso, ¿qué le haría dudar de serlo? Reflexionarlo importa porque al definirse a sí mismo, el individuo realiza un proceso de autorreconocimiento, introspección, búsqueda de identidad y autoconciencia. Existir y trascender van ligados a vivir e incluso a morir, pero también a evolucionar, aprender, adaptarse, analizar, imaginar, crear, relacionarse y compartir.

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, es una novela corta de ciencia ficción publicada en 1968 por Philip K. Dick (1928-1982). El sugerente título habla de la diferencia entre lo natural y lo artificial, entre lo orgánico y lo sintético, entre el humano y la máquina; plantea además algo más profundo, robots o androides autoconscientes de lo que son, capaces de preguntarse qué los diferencia del humano y, por lo tanto, si pueden trascender más allá que su creador. Preocupación que deriva de la misma idea de los humanos respecto a quien consideran su creador: Dios o Dioses, según la fe de cada quien. La novela literaria fue adaptada en 1982 a película: Blade Runner, cuya secuela, Blade Runner 2049 (EUA, 2017) está ambientada 30 años después que la cinta original. Escrita por Hampton Fancher y Michael Green, dirigida por Denis Villeneuve y protagonizada por Ryan Gosling, Harrison Ford, Ana de Armas, Sylvia Hoeks, Robin Wright, Mackenzie Davis, Dave Bautista y Jared Leto, la secuela estuvo nominada a cinco premios Oscar, todos en departamentos técnicos: mejor sonido, edición de sonido, diseño de producción, fotografía y efectos visuales, ganando las últimas dos categorías.

Aquí el protagonista es el Agente K, un “replicante” y policía de Los Ángeles que trabaja ‘retirando’ diseños antiguos de androides creados mediante bioingeniería que los hace parecer casi humanos (más humanos que el humano, era el lema de la corporación privada que los inventó y fabricaba); máquinas convertidas en esclavos que, tras rebelarse buscando autonomía, fueron descontinuados, en una búsqueda por contenerlos y controlarlos, tanto a ellos como a sus deseos de libertad. K en cambio pertenece a una nueva línea de “replicantes”, más obedientes pero no por eso menos capaces, mejorados, más bien perfeccionados, en su forma y funciones, para acatar los intereses de la corporación detrás de su manufactura, explotación, posicionamiento y expansión, Wallace Corporation. Lo cual significa que en esta realidad distópica la evolución humana está totalmente ligada a la transformación tecnológica, si no es que aquella ya rebasó por mucho al ser vivo; también implica que el ser humano no es forzosamente el ser más dominante de su entorno, ni que el futuro, tanto del planeta como de la humanidad, dependa intrínsecamente del hombre, más bien ahora está determinado por el desarrollo científico, tecnológico y digital. La realidad que permea en este futuro distópico es que todo es más sintético que natural. Parece que existen más androides que personas; hay más ciudades y edificios construidos por el hombre que medios y recursos naturales, igual que fauna y flora creada artificialmente. La comida misma es producida de manera artificial, los ecosistemas han colapsado y la población que progresa no es la orgánica sino la automatizada. De hecho el humano se ha vuelto prácticamente obsoleto, innecesario para el progreso de las sociedades y convertido en la minoría condenada a convivir resignadamente con aquellos que parecen destinados a desplazarlos, en un contexto efectivamente más interesado por salvaguardar la tecnología detrás de los replicantes, que en aportar las herramientas para el crecimiento y desarrollo del individuo, porque este ha quedado en segundo plano. El robot es prioridad, porque lo urgente e importante es mantener el control y aumentar producción y ganancias. Los humanos son el molde, el punto de partida, pero no la esperanza para el mañana. En cambio, los androides, la inteligencia artificial y la tecnología aplicada rigen al mundo y se hace todo para optimizar su progreso. Los replicantes emulan a las personas en su biología, estructura y físico, pero lo mismo respecto a su comportamiento, sentimientos y emociones. La meta es difuminar esa línea que separa a humanos de androides; una vez logrado en apariencia y conducta, el siguiente paso es hacer que sean capaces de ‘crear vida’, es decir, de procrear, reproducirse o tener hijos, a pesar de las inquietantes preguntas inequívocamente inmersas: ¿Qué implica esto para el hombre? ¿Cómo se denominará a esta naciente generación? ¿El llamado homo sapiens dejará de existir? ¿La inteligencia artificial deshumaniza y atrofia capacidades cognitivas?

A fin de criarlos bajo control y hacerlos sentir humanos, a los nuevos replicantes se les implantan recuerdos falsos, estructurados a partir de vivencias reales pero manufacturados por medio de programas artificiales; recuerdos plantados precisamente para reproducir la experiencia del individuo y con ello promover respuestas ‘verdaderas y espontáneas´. Ésta es la ironía preocupante de esa realidad: androides concebidos como una alternativa superior al ser humano, que eventualmente suplan en todo sentido a la humanidad, absorbiendo sus historias, pasado, conocimientos y  perspectivas. En paralelo, seres que, a pesar de nacer de un replicante, se comporten con los anhelos y dudas de los hombres, que anhelan libertad y autonomía, que viven sus propias experiencias y forman sus propios recuerdos. Tal como al parecer sucedió con los androides que ahora se buscan para ser “retirados”, exterminados, justo porque quieren actuar, “vivir” en forma independiente. Como ‘Blade Runner’ K persigue a esos androides, pero no porque las máquinas vayan a desaparecer, sino porque es necesario actualizarlas para que respondan a las nuevas inquietudes, ya no de sus creadores, sino de sus financiadores y facilitadores, aquellos con una particular fijación por dictar, supervisar y registrar el rumbo que eligen para la sociedad, tan subsumida en la pantalla digital, el trato impersonal, el aislamiento y el poco contacto entre humanos, que el ser pensante ya no es el precursor sino el que más está luchando por sobrevivir o, al menos, por no dejar de evolucionar, para no quedar rezagado ante el avasallamiento tecnodigital. La humanidad no avanza hacia donde quiere, sino hacia donde las grandes corporaciones dueñas del capital, por encima de los gobiernos, elijen que suceda. La renovación misma como proceso que desecha lo antiguo y sólo acepta lo nuevo, involucra también cambio, readaptación y supervivencia. Ello no sólo habla de la fijación que hay en la idea de progreso como novedoso sobre lo viejo, también reflexiona sobre la necesidad por modernizar desplazando, exterminando o enterrando como obsoleto aquello que ya no es útil a las élites económicas.

Qué sucederá cuando haya más robots que personas, cuando los seres que conforman las sociedades sean totalmente obedientes y nulamente pensantes, o cuando se deje de apreciar la vida, porque para algunos se habrá vuelto tan banal, fácilmente imitable y editable, llena de  ilusiones confusas, que deja de ser algo especial o significativa.

Recuerdos manufacturados, hologramas interponiéndose a la realidad, distanciamiento en lugar de contacto físico y emocional, aislamiento en lugar de comunicación; este es el mundo en 2049, año en que se sitúa la narrativa fílmica, uno dominado por la inteligencia artificial y la mecanización, empresas multinacionales rigiendo al colectivo a partir de lo que le venden, personas que ya no juegan un papel importante para su sociedad, pues pueden ser fácilmente reemplazados por androides, mismos que, en forma contradictoria, se preguntan si es mejor seguir intentando ser más humanos de lo que fueron diseñados, o que anhelan serlo, porque la vida humana continúa siendo medida de esplendor.

¿Cuál es la diferencia entre replicantes y seres vivos? ¿Cuál es la ventaja y desventaja de ser uno u otro? Las máquinas son capaces de crear máquinas pero, ¿qué pasa cuando son capaces de crear vida? ¿Realmente son capaces de crear vida? Si esto sucede, la percepción de la realidad y la percepción que los androides tienen de sí mismos cambia, porque dejan de ser objetos diseñados o androides que necesitan ser mejorados o descontinuados para abrir paso a su propia nueva especie. “Somos nuestros propios amos”, reclaman ellos. Si un androide es capaz de generar vida y tener hijos, además de procesar información, responder a estímulos y cumplir un papel o rol en la sociedad, ahora tiene que preguntarse qué tan diferente es del ser humano y qué tan parecido es aún también a él. Para K todo se vuelve confuso cuando comienza a ligar sus propios recuerdos, supuestamente creados, editados, implantados y codificados en su sistema, con el caso que investiga para la policía, el misterio del bebé desaparecido, nacido de una replicante; llegando a preguntarse si es él el ‘elegido’ o si sólo está confundiendo la memoria colectiva con la implantada en su “cerebro”. En busca de respuestas sigue las pistas hasta dar con Rick Deckard, un blade runner retirado, autoexiliado y alejado por decisión propia de todo y de todos, que guarda una conexión importante con los replicantes. Un sencillo diálogo entre ellos expone de manera simple pero simbólica los temas de la película. “¿Es real?”, pregunta K a Deckard, al señalar a su perro y plantear la duda de si es o no un robot. “No lo sé. Pregúntaselo”, responde el otro, validando y valorando tanto a una como otra especie, enfatizando la importancia de dejar de asumir, prejuiciar, etiquetar y decidir por otros, para, en cambio, permitirles descubrir su propia existencia; como analogía, dado que se trata de un perro, pero una poderosa para hablar de esa distancia que hay entre tecnología y el hombre que la ha creado, entre ser vivo y ser artificial. ¿Qué significa ser humano; nacer, sentir, pensar, crear, tener un propósito, ser capaz de autodefinirse? ¿Y qué significa estar vivo, tener “alma” o tener vida? La respuesta no es la misma para nadie, ni para las personas ni para un androide, porque vivir es más que respirar, existir es más que sobrevivir, anhelar no es sólo imaginar, soñar no es sólo procesar ideas, pensamientos e información y recordar no es sólo deconstruir y reconstruir quiénes fuimos y quiénes somos. Pero, ¿todos los hombres y mujeres en el planeta son en verdad capaces de hacer todo lo antedicho? ¿No estamos aplicando valores de evaluación y conceptos analíticos a la inteligencia artificial, a toda la maquinaria robótica, que incluso para el ser vivo son insuficientes para comprender la naturaleza de lo autodefinido como humano?

El replicante, así como el ser humano, se cuestiona quién es, de dónde viene, a dónde va, cuál es su propósito y cómo valora lo que tiene, quién le enseñó a hacerlo, e incluso quién lo programó para sentirse así.  ¿Son reales sus recuerdos? ¿Son realmente suyos o de alguien más? ¿Son pistas para descifrar qué es real y qué no? Y al hacerlo, ¿esto lo convierte en una especie de humano?

Libertad, autonomía, decisión, pensamientos propios y una historia de vida que se construye día a día; esto es lo que el individuo tiende a dar por sentado y que el androide atesora de tenerlo a la mano, libre y sin condiciones. K realmente nunca llega a este punto; más bien divaga a merced de las órdenes que le fueron programadas y de las funciones que se le exigen cumplir. Cree, momentáneamente, que puede ser libre, cuando alberga la esperanza de ser especial, de ser ese “milagro”, como le llaman, nacido de otro replicante. Sin embargo K no es la excepción a la regla, los recuerdos que almacena en su base de datos sucedieron, simplemente no le sucedieron a él; son convincentes porque alguien más los experimentó, pero sobre todo porque quien los creó, trabajó en cada detalle para volverlos persuasivos, realistas y, por tanto, convincentes.

Con qué sueña un robot, si es que sueña, en un mundo cada vez más deshumanizado e impersonal. K combate su soledad en compañía de un asistente inteligente, un programa de aplicación que a través de la inteligencia artificial toma forma en un plano visual y auditivo usando un holograma, para de esta manera interactuar, relacionarse y socializar. No obstante K comete el error de ignorar que ese código de programación tiene una función y un objetivo, muy parecido a como le sucede a él. Joi, el nombre de la IA, es también un producto que se le vende para complacerlo, no una compañera cuya conexión es única y exclusiva. Está siempre ahí para escucharlo y servirle, esa es su dinámica de servicio y él saca provecho de la relación porque es una transacción pactada, que no está basada en el romance ni en la reciprocidad ni en la equidad, sino en el consumo y la cosificación femenina. K añora compañía, propósito y vida misma, en medio del inútil vacío que es su caparazón; Joi provee esto porque esa es su programación. Eventualmente el androide que vive como humano, también muere como uno. Lo curioso es que frente a su deseo de vivir, está el capricho humano por construir seres robóticos o cibernéticos que diseña lo más parecido posible a sí mismo, para luego tratarlos como cosas y usarlos como objetos desechables e insignificantes.

¿Por qué hacer todo lo posible por crear máquinas que sean mejores que su creador? ¿Por qué intentar humanizar algo que no tiene humanidad y, en el proceso, perder la humanidad propia? ¿Por qué el replicante querría ser humano? Si la tecnología se vuelve la base de la sociedad, ¿qué implicaciones éticas y políticas hay en manipularla, controlarla y explotarla indistintamente?

Tener libertad de elegir tiene que ver con la posibilidad de construir un camino propio; valores, creencias, ideas, recuerdos, consciencia y conocimiento como bases para que esto suceda. ¿Cómo distinguir al robot del humano y en qué momento esto deja de importar? A fin de cuentas tal vez valdrá la pena preguntarse si ser humano es el punto de partida o el punto de llegada.

Blade Runner 2049, 2017, Dir: Denis Villeneuve

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

La vida de Chuck

Por Diana Miriam Alcántara Meléndez

Cada cabeza es un mundo y toda persona, también. Esto significa que percibir, entender, ver y vivir la vida depende de nuestras experiencias e impresiones. Cada uno absorbe sus alrededores de manera diferente y eso es lo que nos enriquece como sociedad. Por tanto, para cualquier persona su realidad es la única realidad; puede escuchar y concebir la perspectiva de otros, conocer cómo viven sociedades cercanas o lejanas a la suya, pero su vida comienza y termina con su propia existencia. Su pasado está ahí si ellos están ahí y su futuro es posible sólo si sueñan con él. Cuando nacen, el mundo inicia; cuando mueren el universo, su universo, termina.

 

¿Qué significa vivir? ¿Cómo entendemos y valoramos nuestro existir y trascender? ¿Qué es el ayer sin un mañana y el mañana sin su ayer? ¿Cuál es el sentido de la vida? y por qué a veces olvidamos disfrutar de esos momentos que nos hacen felices. ¿Cuál es el principio y el fin de las cosas si el tiempo y el espacio son lineales porque nosotros decimos que así tienen que ser?

La vida de Chuck (EUA, 2024) es una película dividida en tres actos que pone esto en perspectiva dado que empieza con su final y termina con el principio; además, no sólo está llena de metáforas, sino que la cinta misma es una metáfora analítica sobre todas estas preguntas. Escrita y dirigida por Mike Flanagan, basándose en la novela del mismo nombre de Stephen King, la cinta está protagonizada por Tom Hiddleston, Chiwetel Ejiofor, Karen Gillan, Mark Hamill, Mia Sara, Carl Lumbly, Benjamin Pajak, Jacob Tremblay y Annalise Basso, entre otros. La historia se centra en Chuck Krantz, un niño en busca de la felicidad luego de la muerte de sus padres, que encuentra una chispa especial en el baile y, finalmente, enfrenta la muerte a los 39 años, lo que le lleva a recapitular aquellos momentos que marcaron su vida, mientras que, con el fin de su existencia, también llega el fin de su universo. La narración no lineal de que se sirve el relato funciona, en parte, para enfatizar la idea de que la felicidad no es un destino sino instantes unidos a lo largo del tiempo, mismos que hacen que nuestro existir importe. Lo que somos y lo que hacemos está marcado por las decisiones que tomamos, el camino que recorremos y cómo recordamos el pasado.

Para Chuck mucho de lo que vivió estuvo delineado por el infortunio, pero mucho también definido por la dicha, especialmente por la música, los sonidos y el baile. En su lecho de muerte entiende que los días buenos son tan relevantes que los malos, porque lo hacen ser él. No tiene caso negar lo que fue o lo que viene por delante. Todo, por muy pequeño que parezca, importa, ya que la vida es un ciclo, instantes de cambio, giros propios en nuestra narrativa personal que implican crecimiento, maduración y adaptación. La película recalca que las oportunidades se construyen, pero disfrutarlas implica tomar la decisión de hacerlo. Si la vida lo es todo, lo que fue, lo que es y lo que será, toda experiencia, incluso las que parezcan efímeras, forman parte vital de nuestra esencia, nos pertenecen y tienen impacto en quiénes somos, a veces sin que nos demos cuenta. Esto incluye todo lo que hacemos o no hacemos, pero, de igual forma, las personas que nos rodean y los lugares en los que estamos. Hasta la aparentemente más insignificante interacción o decisión puede tener un gran e inesperado eco, tal vez no hoy sino mañana. Somos todo aquello que nos ha pasado y que ha sucedido a nuestro alrededor; todo lo que vemos, leemos, escuchamos, pensamos, creemos, soñamos, anhelamos, ideamos o construimos. Nuestro universo se conforma de sucesos, tanto como de con quiénes estaban a nuestro lado durante esos sucesos. Somos ese libro que alguna vez leímos, ese consejo que en su momento escuchamos, ese reto que tomamos, ese amigo con el que convivimos, incluso ese ser con el que momentáneamente compartimos algo, por ejemplo, como le sucede a Chuck, un compañero de escuela con quien alguna vez bailó, un vecino con quien algún día platicó o un desconocido con el que alguna ocasión, una tarde, se cruzó. Hay personas que están a nuestro lado temporal o momentáneamente, pero eso no significa que no tengan importancia; su presencia resuena al convertirse en parte de ese universo que somos cuando estamos vivos. Si morimos, todo eso muere con nosotros, simbólicamente hablando: esa canción que alguna vez escuchamos, la calle por la que un día transitamos, pláticas que en su momento sostuvimos o el amigo que un tiempo atrás fue compañero constante, porque la vivencia misma muere cuando nosotros lo hacemos. Seguramente el eco de nuestras acciones y relaciones puede perdurar a través de aquellos otros que también las percibieron, pero cuando alguien muere, todo lo que ha vivido muere consigo.

Para Chuck, por ejemplo, toda la historia que conformó su vida se reúne en su mente en sus últimos minutos antes de morir, en un acto de consciencia final, recapitulando y reflexionando hacia el pasado para evaluar simbólicamente lo que hizo; recuerdos y sueños, caídas y tropiezos, que convergen en un mismo instante. No se arrepiente, ni siquiera del pasado que llegó a ser duro o difícil, porque lo ha hecho la persona que es ahora. “Soy maravilloso, merezco serlo y contengo muchísimas cosas”, se dice Chuck cuando de adolescente tiene una visión de sí mismo en el futuro, a punto de morir. En lugar de atormentarse por lo que ve, decide que su vida es suya, marcada por el libre albedrío y posibilidades infinitas. Sea o no verdadero ese destino, la lección que toma no es el miedo al final, sino la decisión de disfrutar todo lo que hay en medio, desde ese día que vio su final y hasta que llegue aquel último aliento. Eso es lo que él contiene: poder de decidir, hacer, vivir, conocer y experimentar a través de sus sentidos e interactuando con todos esos otros universos a su alrededor. Las palabras de Chuck tienen relación con otra frase que escuchó durante su infancia, cuando una profesora leyó a su clase el poema titulado “Canto de mí mismo” del estadounidense Walt Whitman (1819-1892). “Contengo multitudes”, dice en algún momento el autor, una afirmación que habla del mundo único que habita en la cabeza de cada persona, un todo consciente e inconsciente que contiene todo lo que es y lo que fue. “¿Qué quiere decir cuando dice: Soy inmenso, contengo multitudes?”, pregunta Chuck. “Todo lo que ves. Todo lo que sabes. El mundo. Aviones en el cielo, alcantarillas en las calles. Cada año que vivas, ese mundo dentro de tu cabeza se volverá más grande y brillante, más detallado y complejo. Construirás ciudades, países y continentes y los llenarás de personas y rostros, reales e imaginados. No te detengas ahí. Llena todo eso con toda la gente que conocerás, con toda la gente a quien conoces, con todos a los que puedas imaginar. Será un universo. Todo un universo. Tú contienes multitudes”, le explica su maestra. En el caso de la película esto se refleja claramente en el primer (tercer) acto, cuando Chuck, a sus 39 años está a punto de morir. Los personajes que toman protagonismo durante esta parte del relato son en su mayoría gente que Chuck conoció a lo largo de su vida. Para ellos, el fin de la vida de Chuck se traduce en el fin del mundo; si bien en su caso esto se toma literal, el fin de todos los tiempos, narrativamente hablando es metafórico: Chuck muere y su mundo termina, por eso, para esa gente que formó parte de su vida, esa que habita en su cabeza, cuando él fallece todo llega también a su fin.

En el proceso, la historia se concentra en Felicia y Marty, alguna vez pareja pero ahora divorciados, que se reencuentran cuando es evidente que el mundo está a punto de terminar. Su distanciamiento nunca fue por falta de amor y la situación actual les empuja a buscar en el otro una anhelada conectividad humana, un lazo emocional y apoyo moral; algo a lo que aferrarse como esperanza y consuelo, antes del inminente final. Para estos personajes primero llegan los desastres naturales y contingencias ambientales, luego deja de funcionar internet y más tarde toda la tecnología sucumbe también. La vida, tal como ellos la conocen, deja de ser viable, pero, además, más que nada lo que la película plantea es cómo es posible que no nos demos cuenta de que no valoramos lo que importa, sino cosas banales. No es imposible vivir sin tecnología, sólo creemos que es así; como no es imposible vivir sin comodidades materiales, ya que el dinero es papel y las instituciones que rigen el orden social están ahí para dar una estructura a las cosas, no para dictar todo lo que somos y lo que hacemos. Un mundo sin WiFi parece impensable; un mundo sin suficientes recursos naturales podría sentirse como el fin de la humanidad. Sin embargo, el verdadero fin no es porque la tecnología colapse o que el planeta deje de ser habitable; cierto, el deterioro del ecosistema plantea una destrucción y paralización de los sistemas modernos, lo que técnicamente implica la eventual extinción de la civilización humana, pero, para fines prácticos, para cualquier persona el verdadero fin se traduce en la certeza de que no habrá un mañana, no para la Tierra ni para el prójimo, sino para ellos mismos.

 ¿Qué haríamos si, como Chuck, supiéramos con total exactitud cómo y cuándo moriremos? ¿De qué te arrepentirías? ¿Con quién querrías pasar tus últimos instantes? ¿Qué momentos de vida habrían dejado una huella tan grande que en ese día resonarían con más fuerza que los demás?

Esto es lo que de alguna manera se preguntan los personajes, ya sea Chuck, Felicia o Marty, por mencionar unos cuantos. ¿Qué es lo que realmente se necesita para sobrevivir? ¿Qué es lo que hace que valga la pena vivir? Lo primero habla de necesidades básicas, lo otro, de motivaciones, sentimientos y emociones. Si llegara el fin del mundo, ¿tiraríamos la toalla, aceptando la derrota, o elegiríamos disfrutar lo que nos queda de vida?

Por otra parte, lo que el poema de Whitman y la película misma envuelven con sus reflexiones habla del sentido de la vida, según cada quien le dé precisamente un significado a su existencia. Somos un universo entre una multitud de ellos, pero eso no quiere decir que no importemos. En dos puntos diferentes de la cinta, se explica la teoría del “Calendario Cósmico” de Carl Sagan, que plantea encapsular o extender a lo largo de los 12 meses del año la historia entera del universo. Según esta analogía, si el universo se hubiera creado el 1 de enero, la civilización humana no aparecería en el calendario sino hasta el último día del año, por tanto, toda la modernidad que actualmente conocemos y que nos define como sociedad, sucedería o aparecería apenas en los últimos dos o tres segundos del año. Tal como la narración propone, que cada individuo es un mundo, que contiene un universo entero dentro de sí y cuando muere ese universo muere con todo lo que trae consigo, la película también plantea la reflexión simbólica del calendario para enfatizar que, aunque parezca que somos pequeños, y lo somos en comparación con el universo entero, invariablemente importamos y somos relevantes; pequeños gigantes. Cuando una vida termina, el resto de la humanidad sigue adelante; pero cuando alguien muere, todo su ser muere consigo: su historia, relaciones personales, ideas, experiencias, anécdotas, sueños, recuerdos, pensamientos, incluso su voz, su aroma y su presencia. Asimismo, esa persona se mantiene viva mientras continúe presente en otros universos y otras mentes. Somos historias dentro de otras historias, en las que lo más importante no son los momentos acumulados sino qué hacemos con ellos. ¿Cuál es el significado de la vida? ¿Un baile, un atardecer, un poema, una canción, una emoción, un pensamiento, una sonrisa? Lo más seguro es que no es sólo una cosa y eso es lo que hace que valga la pena vivir. “¿Qué es la vida, sino una colección de recuerdos unidos por los latidos del corazón?”, dice una línea de diálogo en la película. De eso trata su mensaje, de que cada momento, cada segundo importa, no sólo para nosotros, también para los demás, ya que, si cada persona es un universo, constantemente convivimos y convergemos con miles de universos más. Tú eres tú, como también eres lo que haces con las personas que te rodean y en la vida de aquellos con quienes te topas, mucho o poco. Si bien de alguna forma la cinta narra la historia de un hombre que mira hacia atrás todo lo que vivió y recapitula su pasado en su lecho de muerte, en el fondo, el punto del relato es que no se trata literalmente de ‘la vida de Chuck’, sino que, en esencia, todos somos Chuck, todos somos como él, entes en movimiento chocando constantemente unos con otros, protagonistas de nuestras propias historias, pero historias en las vidas de los demás.

La vida es lo que hacemos, con el tiempo que tenemos; son los pequeños momentos, pero también todo lo que implican: personas, espacios, emociones, pensamientos, pasado y futuro. No es, por ejemplo, el esplendor de una flor embelleciendo una habitación, es también de dónde vienen esa flor y esa habitación, con todo y todos aquellos que algo tuvieron que ver con ello. Esto quiere decir que somos producto de nuestra historia, tanto personal como del proceso histórico del ser humano. Somos ciclos; todo empieza y todo termina. El mundo existe independientemente de nosotros, pero, al mismo tiempo, cada uno ‘contiene multitudes’. El individuo es demasiado complejo como para ser definido en un tiempo y espacio específico y lineal. Trascender no es no morir, sino ir mucho más allá de los límites. Quizá la vida es un instante, tiene un fin, pero nuestra presencia, nuestras experiencias, nuestra sola existencia, tiene un eco que perdura mucho más allá de nosotros.

The Life of Chuck, 2024, Dir: Mike Flanagan

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Filmakers

Desde 2012 colaboramos y construimos juntxs esta comunidad audiovisual y cinematográfica iberoamericana alrededor del mundo, desde México.

Perla Atanacio
Directora General
Andrés Palma-Buratta
Co-Fundador – Director de Contenidos
Iván Uriel Atanacio Medellín
Co-fundador – director Editorial
Diana Miriam Alcántara Melendez
Escritora y Periodista- colaboradora Honoraria
Juan Pablo Mejía
Software Engineer – honorario

¡Cuéntanos de ti y tus proyectos!

Nos encantará hacer eco de tu trabajao y proyectos entre la comunidad Filmakersmovie.

Tigre blanco

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

El emprendedor tiene la iniciativa de abrirse camino por sí solo; busca oportunidades y, con ingenio capacidad o habilidad, convierte planes o proyectos en resultados. No sólo tiene que arriesgarse, también tiene que resistir, pues si bien su meta es la cima, el recorrido está plagado de incertidumbre, obstáculos y sobre todo competidores. En un mundo en el que hay esencialmente dos clases sociales, opuestas y distantes, el emprendedor que inicia de la nada aspira a ascender hasta llegar a la élite privilegiada, no obstante, muchas veces se queda estancado en el punto intermedio, lo que para algunos es una historia de éxito y, para otros, de fracaso.

Si el emprendedor siempre busca oportunidades, en qué punto se convierte en oportunista, entendido como la persona que aprovecha, incluso explota al máximo las circunstancias a su favor, algo que bien puede definir a muchos de los emprendedores actuales. Este es el escenario en que se desenvuelve la película El tigre blanco (India-Estados Unidos, 2021), escrita y dirigida por Ramin Bahrani, basándose en la novela literaria de Aravind Adiga, y protagonizada por Adarsh Gourav, Rajkummar Rao y Priyanka Chopra. La historia se centra en Balram Halwai, un joven proveniente de una región pobre en la India, lo que se traduce en falta de oportunidades y derechos, incluso los básicos, como educación, atención médica o un hogar digno. Forzado a trabajar desde pequeño para ganar dinero, en parte porque hay que pagar impuestos al terrateniente del pueblo, Balram crece convencido de dos cosas: primero, que las personas de las clases desfavorecidas, como él, están acostumbradas, porque así se les ha enseñado, a vivir atrapadas en el sistema de castas. Se les ha adoctrinado a servir, según su analogía, como gallinas en un gallinero, aceptando su realidad y destino, sin intención de protestar o escapar, pese a saber el futuro de miseria que les espera; segundo, que, según promueven los políticos en nombre de la democracia y libertad, cualquier persona puede lograr lo que se proponga, a pesar de que todo parezca estar en su contra, de manera que incluso alguien nacido en una realidad de pobreza extrema, como Balram, podría convertirse en presidente de una nación.

Este mensaje es tan idealista como inspirador, los mismo que poco realista y demasiado desconectado de lo que en verdad sucede, pues si bien alienta la idea de que las posibilidades de progreso no deben ser excluyentes y que, con preparación y disciplina, cualquiera puede alcanzar sus metas, la cierto es que a veces las circunstancias y el contexto socioeconómico, sí son una fuerte limitante. Balram, por ejemplo, había demostrado de niño habilidades académicas que le ganaron una beca, pero, sin dinero para pagar las cuotas secundarias ligadas a su nueva escuela, más la muerte de su padre a causa de una falta de atención medica en la región, lo obligan a entrar al mercado laboral desde pequeño, truncando toda oportunidad de crecimiento, no sólo escolar, también intelectual, social y personal. Balram aprende a sobrevivir en estas circunstancias y, ya como adulto, está acostumbrado a abrirse camino por sí solo, no solidaria sino individualistamente, porque el mundo le ha enseñado que, si no se ayuda él, nadie lo hará, y que si quiere ayudar a otros, tiene que hacer sacrificios él mismo. Su recorrido se tiñe de ambición, engaño y maña, porque ha descifrado que para avanzar tiene que quitar cualquier obstáculo al frente, al grado que, llegando su vida adulta, para él ya no se trata de mejorar o de ser el mejor, sino de sobrevivir a toda costa. Convence a su abuela de que su iniciativa de convertirse en chofer beneficiará a todos en su familia, se muda a la ciudad de Deli y se las ingenia con convencimiento y buena administración de la información, escuchando conversaciones privadas, para convertirse en el segundo chofer del hijo menor de una familia adinerada, la del mismo terrateniente que rige sobre el pueblo de donde él proviene. En ese instante y con un primer sueño cumplido, cree que su vida es suficiente o que ha alcanzado lo más que podría lograr, habiendo huido de la realidad en que nació y del futuro ‘atrapado en el gallinero’ que le esperaba. Así que, cuando su abuela le sugiere casarse, alegando que ya tiene apalabrada una novia, más el antecedente de que su propio hermano ya vivió un matrimonio arreglado, Balram corta toda comunicación con su familia y deja de enviarles el dinero mensual que había prometido. Su perspectiva ahora es otra, al ser testigo de la vida privilegiada y llena de lujos de sus empleadores, Ashok y su esposa Pinky, ambos formados escolarmente en Estados Unidos, recién mudados de vuelta a la India.

El escenario no es idílico, la realidad es que Balram no ha escapado de la pirámide social ni de la posición en que se encuentra. Se le continúa tratando con desprecio por su origen de casta y por el trabajo que desempeña. Por la misma razón por la que se le niegan oportunidades significativas, también se le exige obediencia y lealtad como obligación; se le sigue marginando, a pesar de que sólo busca la aprobación de sus patrones. Entonces se da cuenta que no se trata solamente de oportunidades o falta de ellas, sino de cómo éstas van ligadas a su educación y cultura. No se trata sólo de la pobreza en que nació y creció, sino también de lo que esto significa en su formación y cultura; por ejemplo, no cuida de su persona, su higiene o vestimenta, porque nadie le enseñó a hacerlo, porque en el medio en que vivía esto no tenía importancia, todos eran igual que él, pues había otras prioridades: comer, pagar deudas, en corto, sobrevivir. En su nuevo presente inevitablemente se compara con las personas para las que trabaja y, entonces, entiende que sus vidas no podrían ser más diferentes. Ashok y Pinky ordenan, exigen y hacen lo que quieren, como quieren y cuando quieren. Barlam en cambio acata, sirve y tiene de paso que ser servicial, sin alzar la voz ni quejarse, incluso cuando lo denigran o humillan. En particular el hermano y el padre de Ashok acostumbran a tratar a sus empleados con desprecio y agresividad, con mano dura, para dejar bien clara la división entre unos y otros. Esta mentalidad permea en ellos en su rol de patrón y criado. Sólo Ashok y Pinky parecen desaprobar este trato inhumano, defendiendo a gente como Balram, miembros de la clase trabajadora pero también de las castas más pobres, bajo la idea de que, aunque se les paga por una labor, son personas al fin y al cabo, por ende, merecen respeto y, una vida y trato digno. No obstante, el matrimonio no es siempre realista, no pueden evitar moverse cotidianamente a su conveniencia, ni dejar de aferrarse a su posición de privilegio y poder. ¿Qué tanto su empatía y humanidad es genuina y qué tanto es sólo fachada? Dicho de otra manera, ¿qué tanto su actitud solidaria sólo sirve para sentirse bien consigo mismos? Porque al final se consideran mejores que las castas inferiores; son invariablemente propensos a aferrarse a su ventaja socioeconómica cuando es necesario. Esto se hace evidente cuando, tras una noche de fiesta, entre la adrenalina del juego y del alcohol, Pinky toma el volante y atropella a alguien. Entre los tres, Pinky, Ashok y Balram, deciden que es mejor huir y callar, para evitar cualquier tipo de represalias, desde la cárcel hasta el escándalo. A la pareja se le hace sencillo pensar que todo se resuelve gracias a su posición social y que el hecho no tendrá consecuencias. El padre de Ashok lo sabe, pero, a diferencias de ellos, él toma medidas más concretas y empuja, obligando a que Balram firme una confesión echándose la culpa del accidente en caso de que la policía investigue los hechos. Aunque esto no sucede, ellos se quedan con la confesión, como vía alternativa para chantajearlo y asegurar su silencio.

Tanto servir, agachar la cabeza, aguantar golpes, groserías y complacer a sus patrones, para nada. “El rico nace con oportunidades que puede desperdiciar, mientras el pobre…”, es lo que más adelante reflexiona Balram, dimensionando que para Pinky y Ashok, y por extensión para cualquiera en lo más alto de la pirámide social, los problemas se resuelven con dinero, contactos, ventaja y poder, mientras que para gente como Balram, los problemas no se van, al contrario, ellos son las personas que sus patrones sacrifican para obtener y lograr lo que quieren, sabiendo que en esta sociedad las castas más bajas no son nadie, ni siquiera ante la ley. El atropellamiento, por ejemplo, nunca es investigado porque la víctima es una persona pobre, por quien nadie reclama, ni exige justicia, no llora ni pregunta. Hasta ese momento Balram se sentía satisfecho y feliz con satisfacer a sus amos. Pinky había sido la única que se había detenido a cuestionar esta actitud, no sólo porque vivir para servir ciegamente a otros es incorrecto, sino porque el actuar sumiso y servicial del chofer es, en cierta forma, un arma de doble filo: si la identidad de Balram depende de aquellos para quienes trabaja, sus empleadores se convierten en su centro focal, en su obsesión; no es una lealtad devota sino más bien una vía para sobrevivir y, de ser posible, escalar. El problema aquí es que tanto los de arriba como los de abajo refuerzan esta dinámica de dependencia que hay de unos hacia otros, obligando a que persista, porque las condiciones para que se reproduzca se imponen a través de relaciones de poder, corrupción, intereses monetarios y explotación. Balram, por ejemplo, descubre que, así como Ashok, a quienes se encuentran en las esferas más altas no les importan sus empleados ni lo que hagan, qué vidas lleven o cuáles sean sus necesidades y condiciones de existencia; no pueden ver más allá de su burbuja ni pueden entender la realidad de millones de personas en situaciones menos favorecidas. Están habituados a sacar algo a favor y desechan aquello que no se traduzca en ganancia o rendimiento. Ashok y su padre lo hacen pagando sobornos al gobierno para que su empresa de carbón continúe prosperando sin trabas, pero, además, escondiendo toda actividad ilegal que puedan estar ejerciendo; el político en cuestión recibe a cambio el financiamiento y respaldo social necesarios para mantener firme su posición en el poder. Es decir, ambos se salvaguardan entre sí, descuidando o negando cualquier tipo de apoyo o protección hacia el resto de la población. Si la confesión que le obligaron a firmar a Balram ya le había enseñado que no es imprescindible, que se le tiene ahí mientras se le necesite y que se le dará la espalda cuando ya no, esto se confirma luego de que Pinky abandona a su esposo. Balram se desvive por complacer y cuidar de Ashok, adjudicándolo como su deber, como empleado leal. “Qué es un sirviente sin un amo”, se repite a sí mismo, asumiéndose por inercia y costumbre como inferior, incapaz, sin autonomía ni libertad; sólo para ser tratado de nuevo como alguien desechable, al descubrir que están buscando ya su reemplazo.

“La integridad de los sirvientes es tan sólida que pueden ponerles en la mano la llave de su emancipación y ellos la arrojarán de vuelta con maldiciones”, reflexiona Balram en algún momento, analizando cómo las personas como él, los empleados que son tratados con indiferencia y menosprecio, la clase trabajadora y la población más pobre que está aleccionada a servir y callar, vive entre las sombras, porque el sistema no crea las condiciones para que su situación cambie o mejore.

Balram había hecho todo por llegar hasta la posición en la que está, acató órdenes sin cuestionar o reprochar, se deshizo de la competencia, astuta pero deslealmente, para favorecerse a sí mismo, aceptó labores que no le correspondían porque, aunque era chofer, también tenía que limpiar si se le pedía; ahora, a pesar de haberlo dado todo está a punto de quedarse sin nada. Cansado y harto de esta realidad, sintiéndose traicionado, como última salida se inclina por lo único que sabe seguro: para sobrevivir tiene que sacar beneficio de las fallas del sistema y aprovecharse de los otros. Su razonamiento es que, aunque la sublevación parecería imposible entre las castas más pobres, porque se les ha enseñado a servir sin pedir nada a cambio, el trato que reciben les da el derecho a rebelarse, ante unos ricos mezquinos, cuyas humillaciones y explotación constante, facilitada por un sistema corrupto, injusto y selectivo, derivan, no en una revolución sino en el odio y la sed de venganza. Por consiguiente, Balram ya no quiere ser empleado, quiere ser empleador. No quiere ser pobre, quiere ser rico; ya no está interesado en acatar órdenes, quiere darlas. Si para llegar alto tiene que aprovechar oportunidades, en este mundo capitalista debe creárselas y lo consigue haciendo lo que sabe que tantas personas hacen: robando a sus patrones y beneficiándose de las necesidades de aquellos menos favorecidos que él, por ejemplo, vendiendo el combustible del auto de Ashok, usándolo para trabajar como taxista privado y alegando reparaciones automovilísticas falsas para quedarse con el dinero que se le da para atenderlas.

“El emprendedor crea la oportunidad”, insiste Balram, lo que pasa es que tiene que hacerlo a través de deshonestidad, engaños y oportunismo. “Nuestra nación carece de agua potable, electricidad, sistema de drenaje, transporte público, sentido de higiene, disciplina, cortesía o puntualidad, pero tiene emprendedores”, explica, notando cómo, en una realidad de inequidad, escasez y miseria, lo que la sociedad ha aprendido a valorar y promover es la explotación humana, la supervivencia a partir del uso y abuso de otros, creyendo en la falsa idea de que ser emprendedor conduce al éxito. Alimentada porque más de uno ha llegado hasta donde está sin lealtades, pasando sobre otros, siendo egoísta, engañando y manipulando. Sin embargo, la respuesta debería ser un cambio radical del sistema, para que derechos y oportunidades se otorguen a todos por igual, sin condiciones ni exclusiones.

La película describe esto llevándolo al extremo, en un acto de radicalización (el humor negro en la cinta es la clave para su crítica social), pues para lograr su meta Balram roba, engaña, miente y también mata. Luego justifica sus acciones creyendo que la desigualdad, la injusticia y la marcada división de clases sociales lo obligaron, actuando sin escrúpulos, porque la consciencia y la ética son un obstáculo. Esa es la realidad en la sociedad posmoderna, una en la que el sistema crea y forma a personas como Balram, cuyas opciones son aceptar ser marginados o aceptar formar parte de una estructura que alienta la competencia despiadada, con el despojo y explotación de los más débiles. “Llevas años buscando la llave, pero la puerta siempre estuvo abierta”, señala una reflexión dentro de la película, retomando la idea que menciona Balram de que al sirviente se le puede dar la llave de su libertad y aun así no la usará. Personas como él podrán pensar que decir que la puerta siempre estuvo abierta se refiere a que libertad significa poder hacer lo que quieran, pero en realidad la frase habla más bien del condicionamiento como forma efectiva de control, que eventualmente evoluciona a la prisión autoimpuesta y la autoexplotación, que es exactamente lo que hace el emprendedor. «Hoy la gente se explota a sí misma voluntariamente, creyendo que así se realiza», reflexiona al respecto el filósofo surcoreano Byung-Chul Han.

The White Tiger, 2021, Dir: Ramin Bahrani

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

La última gran actuación

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

“Las cosas no cambian; cambiamos nosotros”, señala una frase del escritor, poeta y filósofo Henry David Thoreau (1817-1862). Sus palabras hablan de un mundo en movimiento, de la importancia y necesidad de adaptarse, evolucionar e incluso de que progreso y crecimiento no se miden en función de los demás, sino de uno mismo, de tal forma que si las cosas no cambian como esperamos es porque no nos esforzamos lo suficiente, ni en la línea correcta, o bien, porque no comprendemos las circunstancias cambiantes a nuestro alrededor.

Estas son algunas de las ideas que plantea la película La última gran actuación, o The Last Showgirl (EUA, 2024), dirigida por Gia Coppola, escrita por Kate Gersten y protagonizada por Pamela Anderson, Jamie Lee Curtis, Billie Lourd, Dave Bautista, Kiernan Shipka, Brenda Song y Jason Schwartzman. La historia sigue a Shelly, una mujer de 57 años que lleva los últimos 38 trabajando como bailarina en un espectáculo llamado ‘Le Razzle Dazzle’ en un casino de Las Vegas. Su vida entera gira en torno a esto, a ser tiempo completo una ‘showgirl’, que es como se les denomina a las bailarinas de un show teatral donde el énfasis recae en mostrar los atributos físicos de las intérpretes, a menudo vestidas con poca ropa o atuendos que explícitamente acentúen su desnudez. Debido a que Shelly lo ha dado todo por Le Razzle Dazzle por más de la mitad de su vida, dejó atrás toda oportunidad de crecimiento, sea personal, profesional, social y hasta familiar, todo con tal de ser parte de un espectáculo que la hace sentir bien consigo misma y aparentemente feliz. Todo cambia cuando se ve obligada a replantear sus decisiones, esas que moldearon su pasado y todavía dan forma a su futuro, una vez que se le informa que el casino cancelará definitivamente el show en el que participa, para ser sustituido por un circo burlesque que ha demostrado tener mayor éxito, apoderándose del escenario, hasta ahora alternando ambos espectáculos. El desplazamiento, simbólico y literal, lanza a Shelly a una crisis, ya que el hecho de ser sustituida por una presencia más novedosa y moderna la hace sentir fracasada. Lo que no quiere ver es que si las cosas no cambian el individuo se estanca. Shelly insiste que el show es un clásico, como si eso significara tener un valor histórico único insubstituible; sin embargo, aunque sea cierto en parte, otros asumen el calificativo como sinónimo de anticuado, antiguo u obsoleto; por tanto, para mantenerse relevante, necesita ser renovado y actualizado.

El espectador quiere nuevas ideas, nuevas propuestas, también intérpretes más jóvenes y conceptos más osados, que se adecúen a la forma de pensar actual, no a la de hace 30 años o más. Proceso de reajuste y reinvención que es normal y necesario, que sucede en todo aspecto de la vida: en las personas, las ideas, los empleos, la cultura, las leyes, la tecnología, los procesos y mecanismos de producción, en la sociedad misma. “Renovarse o morir”, dice una frase popular que señala que los pilares de supervivencia, evolución y progreso son la adaptación y la reinvención. Para Shelly este reajuste significa un reto, pero uno que se niega a enfrentar porque no está segura de ser capaz de superarlo. Desde su perspectiva, al dar por concluida una puesta en escena como Le Razzle Dazzle, es como darla por terminada también a ella; así que calificar el espectáculo como ‘viejo’, es como si a ella también se le viera así, alguien del pasado, a quien es momento de olvidar y reemplazar. La triste realidad no sólo recae en la imposibilidad de Shelly de aceptarse y abrazar el punto de vida en el que se encuentra, es también reconocer que en el mundo artístico en el que se desenvuelve las cosas son de esta manera, medios en los que la obsesión con la juventud y la belleza es tan grande que se vuelve insana, en que se castiga y repele el envejecimiento, como si no fuera algo natural, bello y humano, sino maligno, trágico y reprobable. Shelly es, en este contexto, una veterana, que puede ser celebrada por su experiencia y conocimiento, pero también rechazada por las mismas razones. Lo preocupante es que es así para todas las personas, sujetas a una sociedad que determina función y funcionalidad, productividad y progreso a partir de un número: la edad, y que por ende trata, rechaza, discrimina, excluye o incluye, a partir de variables banales, sin tomar en cuenta qué puede hacer o qué tanto conoce y es capaz una persona, para, en cambio, juzgarla a partir de cómo luce y se ve físicamente, para explotarla por su belleza y juventud, ignorando experiencia y saberes.

Productividad, ganancia, explotación. Los dueños de los casinos en Las Vegas, así como los dueños de empresas, espectáculos de entretenimiento y productos vendibles de cualquier tipo, quieren éxitos, atractivo y fascinación, porque finalmente se mueven en función de la fama, el renombre y el dinero. Si los espectáculos que ofrecen se estancan, si ya no destacan o si son percibidos como algo del pasado, el público deja de interesarse en ellos y la ganancia disminuye. Es cuando es momento de desechar e intentar algo nuevo. En forma de analogía, para Shelly es lo mismo; si es ella quien se estanca al no poder adaptarse a los cambios, tampoco puede avanzar e inevitablemente es olvidada. Le sucede a su mejor amiga, Annette, antes una bailarina aclamada, ahora una servidora de cocteles, atrapada en una rutina sin futuro, sin espacio para ser algo más, ganar más dinero o mejorar en cualquier sentido, constantemente relegada en favor de jovencitas más capaces y dispuestas. Lo curioso es que, ¿no es ésta la historia de la humanidad? Adaptación y cambio, sí, pero también un ciclo de vida que implica primero transformación, después reemplazo y eventualmente olvido. También una incorrecta falta de valoración del pasado, la historia, la experiencia y la vejez. El verdadero problema para Shelly es negarse a cambiar. Lleva 30 años haciendo lo mismo, por lo que, cuando se modifican circunstancias y la dinámica a su alrededor, entra en conflicto y no sabe qué hacer. ¿Qué tiene que ofrecerle al mundo después de estar tantos años en el mismo lugar, bajo la misma esfera cíclica y sin intención, ambición, interés o necesidad de ser diferente? Tal vez una pregunta más importante es por qué Shelly no quiere cambiar; a qué le teme o qué tan insegura está de sí misma como para preferir ser siempre la misma en lugar de arriesgarse por algo más.

Sus amigas y compañeras de elenco, Jodie y Mary-Anne, ambas mucho más jóvenes que ella, la miran como la experimentada, aunque como una variable fija y estática, de la que hay mucho que aprender pero que es incapaz de hacer algo más para sí misma; de manera que tener experiencia puede ser visto como sabiduría y crecimiento, pero también como un camino terminado, cerrado, que ya no puede aportar nada nuevo. Es lo que pasa con Shelly, se deja llevar por la inercia, no se renueva ni busca oportunidades porque se siente cómoda donde está, porque sabe que esas cuatro paredes en las que vive se han convertido en su burbuja de bienestar, en donde no hay más esfuerzo porque no lo requiere, aunque al mismo tiempo eso significa que tampoco hay más crecimiento personal, ni social, ni laboral ni de ningún tipo. Hasta ahora su limitada realidad había funcionado, cubriendo necesidades básicas, aunque sacrificando aquello que demandaba cambio, uno en especial que decidió no asumir, o que asumió delegando responsabilidades: su hija Hannah, a quien negligentemente atendió, hasta que la llevó a vivir con otros familiares, asegurando que era lo mejor para ambas, pero más bien anteponiendo sus intereses personales a su rol como madre y lo que formar una familia significaba, incluyendo sacrificios, restructuración de prioridades y compromiso.

Al reencontrarse ahora con Hannah y sabiendo que el empleo que antepuso sobre su hija está a punto de darle una conclusión forzada a esta etapa de su vida, Shelly no tiene otra que enfrentar esas decisiones pasadas, marcadamente en su relación con Hannah, quien ve a su madre como una extraña, distante, porque su relación nunca ha sido estrecha, ni constante, ni significativa. Hannah está a punto de graduarse, en busca de definir su propio camino, presionada por inclinarse por una profesión que pueda potencialmente asegurarle un futuro laboral estable. El problema es que nadie puede realmente garantizarle esto, porque variables como preparación, oportunidades, desempeño y contexto entran en juego; pero además, el detalle está en que Hannah misma no está interesada en lo que le sugieren ‘debe’ estudiar, prefiriendo en su lugar un área más artística como la fotografía, que sí le apasiona pero que es, quizá erróneamente, calificada como ‘fácil’, poco importante y poco redituable. Hacer lo que quiere frente a lo que debe se vuelven dos opuestos que aparentemente no tienen conciliación, pues se perciben antagónicos no como complementarios. Ambas perspectivas no obstante tienen su grado de verdad; por un lado, sopesar posibilidades con viabilidad, que es lo que se le sugiere a Hannah, es encontrar algo que le interese pero que también tenga un campo laboral abierto al crecimiento, en especial el económico. Por otra parte, el argumento de Shelly también es muy válido: “Cuando tu vocación está ahí, esperándote, el dinero no mejora un trabajo aburrido”, dice, hablando de que encontrar aquello que nos apasiona es parte importante para encontrar plenitud y satisfacción, porque de lo contrario no hay realización personal. Sin más experiencia que su propia historia como bailarina, considerándose a sí misma ejemplo de éxito dentro de un contexto que califica como creativo y artístico, comparando con lo que le interesa a Hannah, la fotografía, Shelly invita a su hija a ver por primera vez el espectáculo del casino, guiándose por la idea de que, como ella, hacer algo que le gusta y la hace sentir bien es lo más importa en la vida. “Hacer un trabajo que no amas, eso es lo difícil”, insiste Shelly. Lo que Hannah eventualmente entiende es que a pesar de sus buenas intenciones, Shelly nunca ha sido realista, tampoco objetiva. Soñar no está mal, pero aterrizar los sueños también es importante. Lo dimensiona mejor luego de aceptar la invitación de su madre para ver el espectáculo Le Razzle Dazzle. Al percibir que la coreografía es sólo un pretexto y el espectáculo una excusa para su madre por verse día a día bajo los reflectores, Hannah inevitablemente le reclama a Shelly las decisiones que tomó en el pasado y cuyo efecto todavía arrastra en el presente, preguntándose y preguntándole por qué habría elegido una vida así, exponiendo su cuerpo ante los ojos de gente que no conoce, a cambio de admiración momentánea, en lugar de elegirla a ella y la posibilidad de una vida en familia, con una relación madre e hija verdaderamente afectiva. Evidentemente, Hannah y Shelly no ven las cosas desde la misma perspectiva. La primera resiente a la mujer que considera la abandonó en favor de aplausos que no son más que instantes banales que glorifican el físico de la mujer, dentro de las paredes de la superficialidad, la cosificación y la fama efímera, nunca celebrando el arte, la danza o a la mujer misma, sino convirtiéndola en un fetiche morboso, casi denigrante. Para Shelly es lo contrario, Le Razzle Dazzle es un camino hacia el aprecio y el reconocimiento que, no obstante, concibe con base en, precisamente, lo que Hannah señala, es decir, recibir atención a cualquier precio, vendiendo su cuerpo y, de alguna forma, vendiéndose ella. “Me encanta el show, lo amo. Ahí me siento bien conmigo misma […] Los trajes, los escenarios, estar bajo las luces noche tras noche. Sentirme bien, sentirme hermosa. Eso es poderoso. Y no me imagino  mi vida sin ello”, explica Shelly y su opinión es válida; su error, si lo hay, es convertir eso en la única medida para su autovaloración. No está ‘mal’ que busque atención, no está ‘mal’ que se sienta bella y apreciada cuando alguien la ve, literal y simbólicamente hablando, ni siquiera está ‘mal’ que se dedique a lo que se dedica, que baile como baila y que lo haga con la cantidad de ropa y tipo de vestuario que elija, mientras esto la haga feliz; lo equivocado consiste en que se valore siempre en función de otros, a partir de aspectos superficiales, insulsos, no con factores que expresen su esencia como ser humano. Shelly siente un vacío y lo llena a partir de lo que cree es la aprobación de otros. En el fondo no se traza metas porque no tiene aspiraciones ni sabe lo que quiere, no tiene parámetros de auto-realización, felicidad o plenitud porque se ha conformado con vivir del aplauso que considera validación, cuando en realidad no es más que una reacción social dirigida al espectáculo o a la puesta en escena, no a ella. Shelly no tiene los pies en la tierra, más bien sueña despierta, sin descifrar que el mundo a su alrededor y la gente en él cambian constantemente; ella tendría que hacer lo mismo pero no lo sabe. Su felicidad está ligada a la nostalgia y es incapaz de existir fuera de esa realidad; incapaz sobre todo de darse cuenta que ella misma ya no es lo que era y, por lo tanto, no puede seguir pretendiendo que es así. Tampoco acepta que es reemplazable, que si una bailarina deja el espectáculo o si una joven deja la ciudad, alguien más llegará a tomar su lugar, alguien más joven, talentosa, entusiasta y motivada; una realidad cruel pero constante. Mary-Anne se queja de que una vez que tiene que salir a buscar otro empleo, los productores le dicen que ya es demasiado ‘grande’, aunque apenas tenga 30 años de edad. Esa es la lamentable realidad del mundo del espectáculo, nuevo y novedoso, lo que significa que o se adapta uno al cambio o se es reemplazado. Lo que no se añade es que, eventualmente, todo y todos seremos desplazados. “Soy mayor que tú. No vieja”, se queja Shelly al hablar con Jodie, aunque el relevo generacional sea inevitable y probablemente marcado por la discriminación. Shelly no es vieja, sólo es mayor que las demás; desgraciadamente este es un mundo donde las oportunidades suelen estar ligadas a la juventud y la belleza, juzgando, particularmente a las mujeres, a partir de esos parámetros.

¿Qué pasa cuando juventud y belleza se acaban? El resultado son personas e historias como la de Shelly, existiendo de percepciones, espejismos, autoengaño, mentiras, autoexplotación y el sacrificio en todo sentido, convenciéndose de que es lo necesario, lo correcto, lo normal para ser feliz o para triunfar. Para las otras bailarinas Le Razzle Dazzle es un trabajo, para Shelly es su identidad. Cuando la cortina se cierra y el show acaba, no puede sino preguntarse si valió la pena y, más que nada, preguntarse quién es ella más allá de ese molde autoimpuesto. Shelly se quiebra cuando enfrenta la realidad, la burbuja se rompe y le hacen ver que su vida fue producto de las vicisitudes, pues su belleza y juventud era lo que la gente quería ver y aplaudir hace 30 años. Reclama saberse y sentirse todavía bella, pero el mundo a su alrededor, que se guía bajo parámetros banales de apreciación, ya no lo ve así. En retrospectiva, Shelly sacrificó todo por perseguir sus sueños, convencida de que eso era más importante que cualquier otra cosa, y lo era, simplemente no supo cómo balancear esto con los otros aspectos de su vida, roles como el de madre, novia, esposa, pareja, amiga, mentora y bailarina. Al final parece que Shelly sacrificó todo por nada y eso es lo que le queda. Este es un temor que experimenta cualquier persona, sobre todo mujeres: con el tiempo y a pesar de los sacrificios, terminar sintiéndose irrelevante.

The Last Showgirl, 2024, Dir: Gia Coppola

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Noticias del gran mundo

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

El sentido de pertenencia se refiere a la relación de una persona con aquellos a su alrededor y, por ende, con la cultura, las normas y la organización social. Habla de una empatía con el otro, grupo o individuo, al grado de identificarse con quien es y con lo que cree, sea, por ejemplo valores, costumbres, actitud, pensamiento u otros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estas relaciones humanas tienen eco en la formación de la identidad, personal y del colectivo, sin importar que se trate de una familia, lugar de trabajo o un país. Por consiguiente, si un individuo no se siente integrado a su entorno ni se identifica con nada ni con nadie, porque rechaza las reglas establecidas o la ideología prevaleciente, o porque siente y piensa que éstas provocan la exclusión de su persona, el resultado es alguien aislado, solitario y errante, en el sentido de que es distante porque no hay compromiso ni sentimiento de solidaridad, lo que en consecuencia afecta su formación, socialización y desarrollo. Noticias del gran mundo (EUA, 2020) es una película que habla sobre la importancia del sentido de pertenencia y su impacto en la independencia personal, el crecimiento humano y la identidad social, reflexionando específicamente en cómo esto se desenvuelve cuando se vive en un mundo socialmente inestable, en el que valores como igualdad, equidad, humanidad o fraternidad se difuminan ante la presión de intereses políticos, económicos, territoriales o de poder. Basada en el libro homónimo de Paulette Jiles, la película está dirigida por Paul Greengrass, quien coescribe con Luke Davies. Estelarizada por Tom Hanks y Helena Zengel, la cinta estuvo nominada a cuatro premios Oscar: mejor cinematografía, sonido, banda sonora original y diseño de producción.

La historia se ambienta en Texas, Estados Unidos, en 1870, cinco años después de terminar la Guerra de Secesión, un conflicto provocado por opiniones opuestas con respecto a la esclavitud, a la que los Estados Confederados, los estados del sur, en su mayoría la justificaban y exigían como derecho de propiedad, contrariando las políticas que apoyaban los estados nacionalistas del norte, los Estados de la Unión, los cuales reivindicaban que un país construido por el principio de libertad no podía estar formado por un amplio número de esclavos. Al final la esclavitud fue formalmente abolida en ese país. Tras la guerra, lo más importante no fue quién ganó o perdió, sino las consecuencias que este conflicto armado dejó en las personas, por las secuelas de muerte, desamparo y destrucción de familias; personas en busca de su propia supervivencia, pero ante una realidad plagada de desconfianza y hostilidad -que en cierta medida todavía permanece- y la falta de oportunidades para trabajar, reconstruir su ambiente y cerrar heridas físicas y emocionales; secuelas que arrastrarían por décadas y que incluso son aun palpables en el presente, marcando durante años las características del crecimiento económico, político y social de los Estados Unidos de Norteamérica. El protagonista, Jefferson Kidd, es un capitán veterano del Ejército Confederado que ahora se gana la vida viajando de pueblo en pueblo para leer noticias en público, o más bien, relatando a los escuchas, que pagan por el servicio, sobre los eventos que suceden alrededor del mundo; un acto tanto informativo, por los hechos que da a conocer, como de entretenimiento, por su forma de presentarlos, ameno y evocativo, así como también un acto significativo social y culturalmente hablando, pues muchos se acercan a él porque ellos mismos no saben leer, pero confían en su palabra ‘noticiosa y comunicativa’. Estando en Texas, Kidd descubre que un soldado afroamericano del Ejército de la Unión ha sido asesinado, por motivos racistas, y la niña a la que escoltaba, Johanna Leonberger, se encuentra abandonada a su suerte. Alemana de nacimiento, pero secuestrada y luego educada por la tribu Kiowa, Johanna era trasladada a Castroville para vivir con sus tíos, pues los nativo-americanos que la cuidaban fueron exterminados y el resto de la tribu ha emprendido un viaje para alejarse del ‘hombre blanco’. Kidd lleva a Johanna al puesto militar más cercano, con la esperanza de que resuelvan su situación, pero ahí le avisan que la persona a cargo de la Oficina de Asuntos Indígenas tardará meses en regresar, así que Johanna pasará todo ese tiempo sola y sin atención, a menos que Kidd pueda tomar la responsabilidad de llevarla él mismo a su destino. La responsabilidad ética pesa sobre Kidd, especialmente cuando la institución gubernamental que debería cargar con este compromiso no duda en darles la espalda, dejando a Kidd con dos opciones concretas y contrastantes: ayudar a la niña brindando protección o mantener indiferencia como el resto de las personas -más preocupadas por sus intereses personales que por un compromiso moral-y  abandonar a la niña. Johanna es un claro ejemplo de las consecuencias de un territorio en guerra, dividido en ideología, política e inmerso en desorganización social; una víctima de la guerra por la muerte tanto de sus padres biológicos como adoptivos, desprotegida y necesitada de ayuda no sólo por su edad, sino por ser testigo de la crueldad y la lucha de poder que impera en el medio y que plaga la vida cotidiana de muerte, miseria y crueldad. Sin un hogar fijo y sin alguien que la eduque y guíe, Johanna es una huérfana en todo sentido; no tiene familia -padres, hermanos, tías- pero tampoco tiene una identidad propia o un apego afectivo, ni respeto, a nada ni nadie. No habla inglés y su lengua nativa, el alemán, es limitado, pues básicamente sólo recuerda lo último que vivió, su tiempo con los Kiowa, de forma que su existencia carece de identidad y raíces, lo que la hace desconfiada y solitaria, precisamente porque está tan acostumbrada a ver un trato hostil, que lo asume como la norma. Si no es estadounidense porque ese no es su lugar de origen, pero tampoco se siente alemana en el sentido de que apenas y recuerda esa vida al lado de sus padres; si tampoco es realmente Kiowa porque nunca fue propiamente parte de aquella tribu nativa del territorio norteamericano, ¿quién es Johanna, a quién y adónde pertenece y a qué lugar puede concretamente llamarle hogar?

La niña no ha pasado el suficiente tiempo con nadie como para recibir la educación y el cuidado que le forjen un carácter y la hagan sentir protegida, apreciada o querida, lo que explica su confusión y actitud reacia. ¿No es lógico que así reaccione la gente que va de un lugar a otro, sin dónde establecerse, sin construir relaciones sociales con otros a través del contacto y constante retroalimentación humana? ¿No es esto lo que sufren los huérfanos que van de un lugar a otro, buscando un espacio a dónde pertenecer? Si aquellos que la acogen, o se hacen temporalmente cargo de ella, apenas pasan el mínimo de tiempo a su lado; si la gente que la cuida o la incluye en su grupo en cualquier momento se aleja o la abandona, ¿no haría Johanna lo mismo a la primera oportunidad, intentar huir? ¿Con quién se identifica entonces la niña?; ¿a quién aprecia y a quién sigue como modelo, si la soledad y el abandono han sido lo único constante en su vida? Su actitud reacia a entablar una relación cordial es su instinto natural, forjado a raíz de sus experiencias, que le dicen que como autoprotección es mejor desconfiar y alejarse de alguien que potencialmente hará lo mismo con ella. Las consecuencias impactan en su desarrollo, lenguaje y entendimiento del mundo, su crecimiento emocional y hasta su aprendizaje. Sin un sentido de pertenencia tampoco hay un sentido de estabilidad y, por ende, no puede haber superación. ¿Qué podría importarle al mundo alguien como Johanna, una niña sola sin nadie que la reclame o abogue por ella? Para Jefferson, ella es importante precisamente por quien es, una menor de edad que necesita ayuda, guía, cuidados y oportunidades; alguien que debe, por compromiso moral, ser resguardado por el grupo social en el poder, que debería, idealmente, velar por los más necesitados.

La convivencia con Jefferson, una persona culta y amable, le permite a la niña, poco a poco, aclimatarse. En su interacción, Johanna no sólo aprende del mundo, conoce también palabras, costumbres, reglas y normas de conducta; descubre también el trato afectivo y humano que mucho necesita dada su edad. Johanna es, como muchos otros, víctima de las circunstancias, a quien el gobierno y hasta las mismas personas parecen haber olvidado, porque es más fácil ignorar esta realidad que resolverla. El contexto sociocultural pesa, y en este caso más, ya que el conflicto que toma lugar dentro de un país aún en construcción puede empujar a las personas a una enemistad inclinada a la violencia, y en este caso histórico, específicamente hablando, donde el racismo todavía impera, pero también el desprecio al extranjero, al diferente y al que lucha por lo que en teoría le corresponde por derecho, derechos que la sociedad –el gobierno- no resuelve, provocando con la omisión más enfrentamientos entre grupos. En Texas particularmente, como muestra la película, los ciudadanos se negaban a las políticas contra el esclavismo; los independentistas, que perdieron la guerra, aún no se integraban totalmente con el resto del país, recientemente unificado; incluso, en los estados del sur, existían subgrupos que se regían (y no es algo que haya dejado de existir) bajo sus propias reglas, sin intención de responder a una ley que no sea la suya. Para Jefferson, alguien que se mueve constantemente de un lugar a otro, esta realidad de discriminación y sectas, se traduce en un peligro latente. Sobrevive manteniendo la distancia, sin involucrarse para no desafiar el orden, o la falta de él, para tampoco perturbar su propia rutina en la que es leal con quien le es leal, y no interfiere con lo que no le incumbe. A su manera sobrevive también gracias a su profesión, pues las noticias que lee le permiten conocer a las personas, así como reconocer y distinguir el nivel de tensión o descontento dentro de un grupo o una población. No es particularmente sociable, al contrario, se aísla por la necedad de no entablar relaciones personales, pero eso no significa que no sea empático y solidario, sólo cauteloso, observador y precavido. Su andar en movimiento constante le permite moverse fácilmente, pero ello también refleja la realidad de vida solitaria que marca su presente, sin amigos ni familia, sin un ancla personal y, por ende, emocional; desolado de alguna forma por la guerra, por la miseria que dejó a su paso, que inevitablemente sumergen a cualquiera en depresión y frustración. En esencia se dedica a mucho más que simplemente hablar en voz alta de los sucesos que encuentra impresos en periódicos; es más bien un cuentista, que convierte los hechos en historias, hasta conmover a su audiencia gracias a la creatividad y habilidad que tiene para construir con sus palabras relatos envolventes y evocativos. Esto es quizá lo que logra que Johanna vea en él una persona confiable y con honor, respetuosa y atenta, pero sobre todo, alguien de quien aprender y con quien, ella misma, evolucionar. En perspectiva, la realidad para Johanna y para Jefferson no es tan distinta; han sido testigos de lo peor de la humanidad: muerte, abandono y decadencia, así que están, quizá sin saberlo, en busca de algo, o de alguien que los haga conectar con el mundo, con la gente, con un nuevo sentido para su propia vida.

Lo dicho contrasta con un contexto plagado de incertidumbre y antagonismo. Muchos de los rincones del Estados Unidos de esa época aún se encuentran inexplorados, la insatisfacción con las normas que implican formarse como país unificado es palpable, los pequeños rincones alejados de las grandes ciudades aprovechan ese aislamiento para propagar información falsa que beneficie a quienes inventan sus propias historias de heroísmo, y en general, las personas son tratadas por el nivel de productividad de su trabajo, no por su calidad humana como tal. Esas son las consecuencias de la guerra, pero es también la realidad de un mundo en transición, en donde las normas e ideas parecen pulular sin rumbo, según los intereses de quien las dicte. ¿Es Jefferson más compasivo porque se encuentra informado de la realidad de vida de la gente, de aquella que le rodea, de la que lee, y de quienes conoce en el camino? “Para avanzar hay que recordar” dice él cuando le explica a Johanna sobre la necesidad de enfrentar sus temores, arriesgarse a conocer cosas nuevas y dejar atrás ese pasado que no fue ni benéfico ni funcional para ella. Cuando le explica a la niña que hay que avanzar en línea recta, siempre hacia adelante, se refiere a todo esto, pero también a la idea de continuar madurando en lugar de estancarse, que es la única salida viable tanto para él como para Johanna. En el ínterin la película habla del desarraigo, entendido como la pérdida de raíces emocionales y culturales. Johanna y Jefferson son claro ejemplo, pues las relaciones interpersonales se pierden, al punto que sin un vínculo con un lugar o grupo, el aislamiento interfiere con el crecimiento del individuo. Si la causa es pobreza y desigualdad, el resultado es más fragmentación dentro de la sociedad, que no puede vivir ni sobrevivir así, sin raíces o identidad cultural, en frustración y angustia, reaccionando con miedo y violencia, donde impera el individualismo y el acaparamiento. La respuesta, reflexiona la película, serían la cultura, los valores, el trato humano, el diálogo y el contacto entre personas, que es algo que se elige encontrar, como Jefferson y Johanna, transitando en el camino, aunque no forzosamente en forma literal, como hacen ellos, pero como manera de convivir y darle sentido y significado a su existencia.

News of the world, 2020, Paul Greengrass

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Mickey 17

Por Diana Miriam Alcántara Meléndez

Si se analiza la historia de la humanidad, el ser humano bien podría ser catalogado como un depredador nato; destrucción y aniquilación de ecosistemas, apropiación de tierras y colonización constante, explotación de otros entes o recursos para su beneficio, es parte de lo que caracteriza a cualquier sociedad, pasada o presente. La manipulación y el daño de sus alrededores, sean personas, espacios, lugares, relaciones, instituciones y, por supuesto, otras especies.

La película Mickey 17 (EUA-Corea del Sur, 2025) habla de esto, pero también reflexiona temas derivados, como la valoración de la vida en función de una relación productividad-desempeño-aporte, el llamado capital humano llevado al límite de su capacidad para ser superexplotado, las jerarquías sociales inequitativas o la estructuración de sociedades sometidas y poco pensantes, enajenadas y explotadas en favor de una minoría que se cree superior y controla a partir de abuso,  opresión, violencia e ignorancia. Escrita y dirigida por Bong Joon-ho, basándose en la novela literaria homónima de Edward Ashton, la cinta está protagonizada por Robert Pattinson, Naomi Ackie, Steven Yeun, Toni Collette, Mark Ruffalo y Anamaria Vartolomei. Se ambienta en un futuro distópico, 2054, en que la vida en la Tierra es casi imposible debido al deterioro del planeta, por lo que se están enviando misiones espaciales hacia otras galaxias, con la intención de encontrar un lugar habitable para colonizar. Mickey Barnes, el protagonista, se une a una de estas misiones huyendo de un usurero que amenaza con matarlo si no paga el dinero que debe por un negocio fallido, en el que Mickey se vio envuelto por confiar en su oportunista supuesto mejor amigo, Timo. Convencido de que no tiene nada que aportar, sin ningún oficio o habilidad que resulte ‘útil’, se ofrece (sin haber realmente leído la letra pequeña del contrato), como ‘prescindible’, que es como se les denomina a personas que aceptan ser regeneradas cada vez que mueren, por medio de una tecnología prohibida en la Tierra, que ‘reimprime’ su cuerpo y reimplanta sus recuerdos. La nueva condición de Mickey deriva en que le asignen tareas peligrosas, bajo la justificación de que su sacrificio se hace en nombre de la humanidad. Sin embargo, en el entendido de que si muere no hay consecuencias, porque simplemente es ‘reimpreso’, poco a poco deja de vérsele como una persona, un ser que piensa, siente, vive y experimenta, para pasar a ser tratado como un objeto, uno que no importa, cuya vida no vale, a quien se ‘recicla’ una y otra vez, sin tomar en cuenta el impacto emocional que el constante ciclo vivir-morir pueda tener en él.

¿Cuánto vale una vida y quién decide su valor? Mickey asume que se mide en función de rendimiento, eficiencia y producción; en esta lógica, si no hay nada práctico que pueda hacer dentro de la nave, ¿cuál es su aporte, función u objetivo? Desde luego no se toman realmente en cuenta sus ideas, decisiones, experiencias, aspiraciones, capacidades, sueños y trascendencia. La realidad es que el mundo en el que vive lo plantea así, inequitativa y deliberadamente, a través de jerarquías sociales, derechos de propiedad y valores costo-beneficio: cuánto se invierte en alguien, lo que come, viste, en dónde duerme y qué necesita, en relación a los beneficios, participación y contribución que puede ofrecer. Aquí el ‘prescindible’ es visto como desechable, al grado que no importa quién es Mickey, sino para qué propósito sirve su particular condición y cómo es más redituable o ventajoso explotarla. Por ejemplo, si hay un virus del que se busque una cura, una reparación necesaria que hacer en el exterior de la nave o un medicamento experimental que probarse, Mickey es el elegido para la tarea, justo porque su vida no es vista como la de cualquier otra persona, sino como una mercancía-objeto que se utiliza y puede repararse; algo que se aprovecha, no alguien que existe. A raíz de esto el único sostén emocional de Mickey es Nasha, su novia, alguien que parece valorarlo por quien es, no por lo que pueda sacar de provecho de él, aunque eventualmente así suceda, si bien sólo sea por un breve momento, una vez que aparecen dos clones de Mickey y ella propone la forma más ventajosa para ella, sexualmente hablando, de aprovechar ese escenario.

Luego de 16 fatídicas muertes y de finalmente aterrizar en Niflheim, un planeta helado, tras cuatro años de viaje y otro más de acople a las condiciones de la superficie, Mickey 17 es enviado a explorar. El problema es que cuando lo dan por muerto, eligiendo por él ese destino en lugar de esforzarse por ayudarlo a salir de la cueva en que cayó, Mickey hace contacto con la especie nativa, unos seres que parecen insectos gigantes; éstos, eventualmente bautizados por el humano con el nombre de Gusanos, lo salvan y ayudan a regresar a su nave. Para entonces Mickey ya ha sido sometido al proceso de ‘reimpresión’, resultando en los dos clones que Nasha elige inicialmente esconder, más para sacar partido de esto que preocupada por las consecuencias, Mickey 17 y Mickey 18. ‘Múltiples’ es como se les denomina a las varias copias de una misma persona existiendo en un mismo espacio y tiempo, un escenario que trae consigo preguntas éticas dentro de la ciencia, pero también en relación al comportamiento humano. Aquí los múltiples han sido prohibidos debido a un previo abuso de la tecnología que hace posible la ‘reimpresión’ de un individuo, que es en esencia un acto de clonación que pone en entredicho la esencia, individualidad e identidad de las personas. ¿Qué nos hace humanos? ¿Ser únicos, vivir, morir, existir o pensar? Los múltiples y la tecnología de clonación fueron prohibidas en la Tierra precisamente porque jugaban irresponsablemente con  ideas como creación, muerte, eternidad, identidad e individualidad. ¿Qué significa  en una persona ser o saberse original? ¿Qué significa para alguien ser un clon? ¿Es la clonación una extensión del ser original o un individuo independiente, con sus propios derechos, responsabilidades, decisiones y autonomía? ¿Es el ser original responsable de las acciones de sus clones? ¿Si alguno de ellos comete un crimen, qué tan culpables o cómplices son los demás? Deseoso por vivir, Mickey 18 intenta matar a Mickey 17, alegando que es ‘su turno’ ya que, en esa lógica el otro ya tuvo un periodo vital para sí mismo. Su razonamiento plantea la noción de que cada Mickey es la continuación de una misma vida, un Mickey original que sigue existiendo, simplemente en un nuevo cuerpo cada que el anterior perece. No obstante, Mickey 17 plantea que pesar de esta apreciación, en realidad, si se trata de dos clones de un mismo original el ciclo se rompe, evidenciando que no es un mismo hombre que haya vivido 17 vidas, sino que hay 16 humanos que han muerto sin que nadie tome consciencia de ello. “¿Tienes miedo de morir? Has muerto muchas veces. ¿De qué tienes tanto miedo?”, pregunta Mickey 18 al otro. “Hasta ahora, he muerto y sólo nacía de nuevo. Sentí que era yo quien continuaba. Pero ahora una vez que me muera se habrá acabado para mí. Serás tú quien siga viviendo”, contesta aquel. Sus inquietudes muestran tanto el temor humano a la muerte, vista como un fin definitivo, contrario a la idea de continuidad que implica la existencia de los múltiples, como revelan también que cada uno de esos clones vive, experimenta, piensa y siente de forma única, porque no es el mismo ser, sino seres autónomos que comparten los mismos recuerdos de alguien más.

Según Nasha, explica Mickey, cada una de sus versiones es y se comporta de manera distinta, tienen una personalidad única, ideas propias y pensamientos particulares; ningún Mickey es igual al anterior, por mucho que su físico sea el mismo y sus recuerdos vengan del mismo disco duro que los almacena. Su pasado no está alterado, pero su presente sí, por lo que Mickey 17 y 18 no son precisamente idénticos, ni por dentro ni por fuera. Mickey 18 es más osado, directo y agresivo, mientras su versión anterior es callado, introvertido, complaciente. Ante la perspectiva de su aniquilación, porque los múltiples están prohibidos, ambos se plantean la posibilidad de una existencia en paralelo, de alternar cada aspecto de su vida con el fin de coexistir, compartir en lugar de exterminar, un razonamiento que se vuelve importante una vez que Kenneth Marshall, el político a cargo de esta misión espacial, plantea masacrar a los Gusanos a fin de instalar su colonia en Niflheim, pues aunque éste es su planeta, su tierra y su derecho, la actitud del humano es arrebatar, asumiendo que son superiores, mejores, más dignos de tener, vivir y regir sobre este espacio. La mentalidad de Marshall alimenta esta filosofía depredadora, al ser un hombre que profesa una ideología de supremacía, de superioridad de raza y exclusividad de derechos, que cree que hay personas más ‘puras’ y sólo ellos pueden y deben prosperar. Su pensamiento es conservador al extremo, discrimina, cree que la gente a su alrededor sólo está para servirle y de paso consiguió que su misión espacial fuera financiada por una organización religiosa que lo alaba como profeta, porque se alinea con sus ideas a conveniencia y a cambio de su dinero, reflejo de un modelo capitalista (la oligarquía capitalista: grupos empresariales y de propiedad privada con el poder político de influir en su beneficio), tan actual como preocupante. Marshall es egocéntrico, se afianza al poder controlando y engañando; no le importa la misión sino la parafernalia mediática y publicitaria con la que pueda promoverse a raíz de ella; se la pasa posando para las cámaras que documentan todo lo que hace en lugar de ser un líder que inspire y guíe a su gente hacia la colaboración, el trabajo en equipo y la supervivencia. A Marshall no le importa que el hombre viva, le interesa que los libros de historia lo recuerden a él como precursor, así que no le importa matar a toda una especie  para tomar control de su planeta, sino hacer alarde de que fue él quien lo hizo. Cuando comienza a trazar el plan a futuro, por ejemplo, elige a una joven que según él cumple con los requisitos del tipo de individuo que alaba: Kai, una mujer bella, inteligente, capaz y en plenitud. “Corriste a unirte a nuestra expedición en lugar de a uno de esos patéticos planetas donde plantan microchips en sus embriones inseminados artificialmente. Realmente eres la candidata perfecta para el programa de parto natural de Niflheim, ¿no te parece, querida?”, le dice a ella. “Señor Marshall, ¿soy sólo un útero para usted?”, responde Kai. “Nada de eso. No, este hombre no es de los que cosifican a las mujeres. Todo lo que mi marido quiere decir es que tiene estándares muy altos. Su único sueño es un planeta exclusivamente para una raza humana pura. Que consume cosechas reales y carne real y cenas con salsas delicadas y deliciosas. La salsa es la verdadera prueba de fuego de la civilización. Las personas que devoran carne quemada, son bárbaros”, defiende Ylfa, la esposa de Marshall, una mujer igual de egocéntrica que él, manipuladora, banal, que se aprovecha de aquellos a su alrededor y sólo actúa en favor de alimentar su vanidad y arrogancia; que con sus palabras esconde o disfraza algo que Kai acertadamente ha señalado: ha sido elegida para un programa que  pretende encasillarla en el papel de madre, limitándola en su desarrollo, y sí, cosificándola, instrumentalizándola.

En el fondo, en efecto, la verdadera intención de Marshall e Ylfa es invadir y arrasar, a pesar de que, como bien señala Nasha, en Niflheim los alienígenas son ellos, no la especie nativa. Asimismo, la intención del humano es huir de su planeta para colonizar otro en lugar de sanar y reconstruir; la sociedad condena la clonación humana, más por motivos religiosos que por reflexiones científicas, pero la acepta si se realiza fuera de la Tierra, como si no ver lo que sucede elimine los problemas éticos; usarla, aunque sea incorrecto, mientras se haga a su favor y lejos de su mirada y responsabilidad. Las acciones de casi todos estos personajes parecen resumirse en abusar de otros para beneficiarse a sus expensas, reflejo del humano como especie. Una sociedad que coloniza y explota en nombre del progreso, como hace con Mickey y al llegar a un planeta hasta entonces desconocido. Todo es ganancia y beneficio. Aunque el humano está obsesionado con la inmortalidad y la vida eterna, que es una extensión de su deseo de trascender y continuar con su narcisismo, el problema es que en lugar de ganar con ello libertad, esclaviza al individuo. Sucede claramente con Mickey y su calidad de prescindible, destinado a morir y renacer por toda la eternidad, casi como si se tratara del mito de Sísifo, visto en negativo y no en positivo, un castigo en lugar de una oportunidad de crecimiento. La realidad es que en el modelo gubernamental, social y organizacional como el que impone Marshall, de autoritarismo, es que en él todos son prescindibles, no sólo Mickey. Aquí nadie es único ni especial, menos imprescindible, ni siquiera aquella minoría al control que maneja los hilos de manipulación, aquellos que convierten todo en espectáculo, especialmente la violencia y la muerte. Si somos tan indiferentes y fácilmente reemplazables, si el capital logra que todo pueda ser cada vez más controlado por el 1% y la ciencia consigue que todo se deshumanice y automatice, ¿cuánto vale una vida en este escenario, en donde nacer, vivir y morir es cada vez más banal e irrelevante? Da la impresión que no habrá mañana si hoy el humano lo depreda todo.

Mickey 17, 2025, Dir: Bong Joon-ho

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Hereje

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Herejía significa negar o estar en desacuerdo con las normas, costumbres y creencias establecidas y aceptadas, ya sea por una religión, institución, autoridad, academia o grupo social. Más que no creer en nada, que sería un ateo o un agnóstico, aquí se refiere a cuestionarlo todo, rechazando la opinión popular o de la mayoría.

El hereje se aparta, disiente, disputa y objeta, pero aunque el pensamiento crítico es oportuno y dudar implica sopesar la información desde todos los ángulos, en lugar de creerla ciegamente, eso no quiere decir que sólo por contradecir, sus palabras o afirmaciones sean las correctas. La película Hereje (EUA, 2024) plantea diversas reflexiones alrededor de esto, la alienación, la duda y el control, o la diferencia entre cuestionar el entorno objetivamente y solamente negarlo en favor de imponer ideas o voluntades propias. Escrita y dirigida en conjunto por Scott Beck y Bryan Woods, la cinta está protagonizada por Hugh Grant, Sophie Thatcher y Chloe East. La historia se centra en dos jóvenes misioneras mormonas, Paxton y Barnes, que visitan a un hombre, el señor Reed, con la intención de predicar sus creencias para convencerlo de unirse a su iglesia cristiana, el Movimiento de los Santos de los Últimos Días. Sin embargo, pronto se dan cuenta que han caído en la trampa de un hombre que las retiene contra su voluntad, con el fin de aparentemente obligarlas a cuestionar su fe, pero en realidad de empujarlas a dejarse influenciar por él, con el argumento de que creer en algo es lo mismo que no creer en nada, porque lo importante no es qué es real o no, sino qué tanto se está convencido de que lo es, o no.

Toda religión o doctrina es una copia de su antecesora; todas se basan en los mismos principios y promueven las mismas ideas, afirma Reed, y su objetivo, en todos los casos, no es sanar o ayudar al prójimo, ni guiar espiritualmente a sus seguidores por un camino de buena voluntad, solidaridad y armonía, sino el beneficio propio, el control de las consciencias y el enriquecimiento de la estructura institucional a la que pertenecen. En otras palabras, según Reed, ninguna religión es única porque todas pretenden adecuarse a las necesidades del entorno ajustando normas, límites o principios con el fin de seguir vigentes y convincentes. Reed insiste que las religiones improvisan, mienten y se adaptan, no en favor de sus simpatizantes ni la fe o ideales que plantean, sino a partir de cómo pueden sacar provecho de esto, sea dinero, propiedades, dominio, prestigio y hasta popularidad, que conlleva influencia. Reed esconde sus propias intenciones poco honorables bajo la manga, pero también plantea preguntas resonantes respecto a la fe, las religiones como instituciones de poder y la forma cómo sus doctrinas moldean a las personas y a la sociedad misma. La existencia de una variedad tan vasta de religiones parece obedecer a motivos de conveniencia; las propias Barnes y Paxton aceptan que el fundador de su iglesia la creó porque no estaba totalmente de acuerdo con lo que predicaba la religión a la que ya estaba afiliado, así que absorbió aquello que le interesaba, desechó lo que no y propuso una nueva forma de organización, con reglas, jerarquía, estructura y directrices nuevas. Una de las jóvenes incluso menciona haberse acercado a varios templos antes de encontrar aquel que mejor le convencía. Objetivamente esto parece adecuado, la libertad de elegir en qué creer, sopesando qué rige a la institución o religión en cuestión, qué profesa y cómo se organiza. Sin embargo, la otra cara de la moneda presenta un escenario más bien oportunista, abriendo el debate a cuestionar si la existencia de tan variadas y numerosas religiones no responde entonces a una cuestión de conveniencia combinada con individualismo, como si, en lugar de dialogar con el fin de cambiar para mejorar, ya sea principios, doctrina o religión, se decidiera negar lo existente para crear un nuevo movimiento, similar pero encabezado por su creador. El resultado: grupos sociales intransigentes, fanáticos, ignorantes, manipulables, intolerantes y cerrados al diálogo, que se dejan guiar con fe ciega por sus líderes.

Las religiones como instituciones suelen ser así, más adoctrinadoras que promotoras de valores que animen a las personas a actuar correctamente. De forma que, según Reed, el gran problema para la humanidad no es tener o no fe, sino tenerla pero depositarla en un sistema de organización social que limita su individualidad, identidad, libertad y desarrollo. Las preguntas que Reed hace a Paxton y Barnes son importantes: qué opinan realmente de su religión, cómo la cuestionan, en qué creen y por qué o qué tanto influye en su vida, sus relaciones sociales y su propia visión del mundo. Las respuestas de Barnes son más reveladoras, especialmente una vez que se da cuenta que Reed las tiene, para fines prácticos, secuestradas y que su objetivo es, potencialmente, matarlas. Barnes se convence que su supervivencia recae en retar la mente de Reed tanto como él lo hace con las suyas, haciéndolo racional, ecuánime y argumentativo. Enfrentar a la razón con razón, porque sólo entonces se convierten en oponentes dignos y capaces, ante un Reed que parece percibirlas, muy misóginamente, como inferiores. Barnes se niega a verse como víctima, como alguien maleable, incapaz de pensar, decidir, cuestionar, razonar, entender y cambiar. En el fondo el dilema no recae en que alguien crea o no, profese una religión o no, cuestione o siga fielmente aquello que se le inculca, sino en no darse cuenta de cómo esto sucede todo el tiempo y en todas partes, en los medios de comunicación masiva, la mercadotecnia, la política, las instituciones sociales, las religiosas, escolares, deportivas, incluso en la familia. Todos profesan tener las respuestas, enfatizando que se trata de ‘las respuestas correctas’; todos quieren ser líderes, tener seguidores, ganar, desplazar al competidor, eliminar al de junto y conseguir devota lealtad de aquellos a quienes han persuadido en la idea de que son ‘la mejor opción’ por sobre cualquier otra. Lo hacen las religiones, los partidos políticos, los equipos deportivos, las marcas comerciales,  las celebridades, la tecnología, etcétera.

¿Cuál es la diferencia entre catolicismo, cristianismo, budismo, hinduismo, islamismo o cualquiera de las muchas variantes de cada una de estas disciplinas?

Los detalles cambian, pero las bases son las mismas, explica Reed, añadiendo que todas las doctrinas de fe son variantes de la misma idea, los mismos principios o relatos y el exacto mismo fin último, enfatizando cómo el envoltorio, vistoso, llamativo y camaleónico permite engañar, embaucar o engatusar a las personas, para que no se den cuenta que se trata de una simple competitividad entre partes contrarias alrededor del mismo producto. Aunque su sustento se concentre en desacreditar toda ideología por el mero propósito de debilitar anímicamente a Paxton y Barnes, lo que Reed dice tiene argumentos convincentes a favor, aunque también en contra. Si toda religión profesa en el fondo los mismos ideales, si todas hablan de amor, solidaridad, redención, perdón, amabilidad, superación y demás, si lo único que las diferencia es cómo predican todo esto, ¿cuál tiene la razón?, ¿cuál es la verdadera o la correcta? En todo caso, ¿si el individuo elige en función de aquello que mejor le acomode, no es más una elección basada en la comodidad que en los principios?

La trampa que Reed despliega para confundir, para quebrantar en lugar de orientar, es que no pregunta con ánimo reflexivo ¿para qué sirve la religión?, ¿por qué la gente se acerca a ella?, ¿en qué ayuda o perjudica? o ¿cuál es el propósito de la fe, desde la perspectiva personal? Es decir, no invita a Paxton y Barnes a cuestionar aquello que su iglesia les inculca como un acto crítico, racional y científico, sino que las obliga a dudar para alejarlas de toda creencia previa y así imponer sus ideas en la mente de estas jóvenes. Es tan débil quien cree ciegamente en todo como quien no cree absolutamente en nada, porque entonces se es incapaz de pensar, de argumentar y de decidir por sí mismo. Tener fe en una religión no es lo mismo que tener fe en su iglesia; ni creer en su dios es igual que creer en las personas que predican su palabra. Cómo detectar la mentira de la verdad; ¿creemos en algo sólo cuando estamos convencidos de que es cierto, o a pesar de las dudas seguimos creyendo, porque nos hace sentir bien con nosotros mismos? “Mientras más sabes, menos sabes”, menciona Reed, en relación a que al indagar más a fondo sobre aquello que se nos impone, no sólo en el terreno religioso sino respecto a cualquier idea, afirmación o información compartida, presentada y circulada, más propenso se es a desenterrar aquello que contradice lo que creemos saber. La clave es valorar qué hacer con esto, algo que Reed no pone en práctica; en cambio niega, culpa y reprocha, olvidando que conocimiento, análisis y pensamiento crítico no significa cuestionar para destruir, sino hacerlo para esclarecer ideas, adaptar nociones y adecuar conceptos. “Cada secta, culto, credo o denominación aclamaba ser la única doctrina verdadera y sin embargo, ninguna parecía verdadera al examinarla bajo el microscopio”, reclama Reed. “¿Cuál es la única religión verdadera?”, pregunta frecuentemente, hasta concluir que todas son sistemas de control. Sin embargo, la religión también existe para darle sentido al mundo y esto es lo que Reed no acepta porque está convencido que toda institución, religiosa o no, está tan corrompida por su hambre de poder e influencia que poco importa lo que la sostenga, mientras tenga poder, control y dominio sobre sus seguidores y, con ello, propiedades y beneficios. Si no se entiende, se juzga; si no gusta, se desecha o censura; si no sirve, se elimina; y si incomoda, se niega o borra de la historia. Esto sucede con las personas, acontecimientos, movimientos sociales, normas, doctrinas, creencias y estructuras que conforman el todo. Cuando Reed persiste en que toda religión no es más que un conducto para aprovecharse de las personas, de sus debilidades, inseguridades, incertidumbre o vacío emocional y personal, lo que dice es que en el fondo todo esto tiene que ver con la naturaleza humana de supervivencia y destrucción. Las religiones son meras historias, transmitidas de generación en generación, creadas y compartidas por individuos que por naturaleza mienten, se pervierten y compiten. Supervivencia y control mueven al ser humano, pero esto puede fácilmente también volverlo un villano, como sucede con Reed, alguien que inicialmente indagó en la teología en busca de repuestas para eventualmente imponer las suyas propias. Lo hace con Paxton, Barnes y las muchas otras mujeres que ha atrapado por medio de engaños y manipulación, presentando sus dudas sobre fe y religión, aunque de una manera más radical que objetiva, preguntando si un milagro significa magia inexplicable o sólo coincidencia de un hecho que se resuelve de la forma más inesperada o ideal. ¿Existen los milagros o adjudicamos sucesos difíciles de explicar al pensamiento mágico?

Cuando alguien pregunta si sirve de algo rezar, no debe analizarse desde el mero enfoque práctico y funcional. No es que rezar haga que las cosas sucedan, ya que eso sería un anhelo supersticioso, sin fundamento; más bien rezar puede ser una forma de canalizar un deseo en positivo. “Rezar no funciona”, confiesa Paxton, explicando que si ella lo hace, convencida y en paz consigo misma, es porque sabe que es un medio para encontrar tranquilidad y conciliación, porque para ella rezar significa poner a alguien más primero, solidarizarse, desear armonía y bienestar, compartiendo buenos deseos en lugar de amargura o rencor. Con Paxton y Barnes atrapadas en un laberinto de engaños, Reed asegura que para salir deben elegir entre dos puertas que representan ‘creencia’ e ‘incredulidad’; y tras exponer sus argumentos de por qué toda doctrina religiosa está plagada de cimientos cuestionables, lo que les pide no es elegir entre creer ciegamente en algo o dudar de su entorno como respuesta analítica de su sociedad, lo que les pide es negar quienes son, ya que la presión proviene de qué tanto las ha convencido de sus propias creencias, demostrando que con persuasión e intimidación suficientes cualquiera dirá, negará o asegurará lo que le digan que tiene que hacer, se esté seguro de ello o no. Paxton se inclina por ceder a la imposición y elegir la puerta de la incredulidad. Barnes difiere, sospechando que lo importante no es el lugar en que desemboque la puerta, sino qué opción elijan como reflejo de lo que realmente creen, no desde el punto de vista de la fe religiosa, sino de sus propios valores. Barnes sostiene que no deben elegir la incredulidad pensando que es lo que Reed quiere que hagan, pues si su destino ya ha sido elegido por él, la respuesta ‘correcta’ no debería ser complacerlo, sino decidir conforme a lo que realmente creen. Escoger ‘creencia’ no implica, obligatoriamente, ser ingenuos o ignorantes, sino ser fieles a sí mismas. Al final, en efecto, la decisión no importa, pues ambas puertas van al mismo lugar, una prisión de la que la única salida es aceptar el sometimiento. Reed traza un laberinto que en lugar de acercarlas a la razón o la redención, un renacimiento reflexivo y filosófico en cuerpo y mente, hacia donde las conduce es a una oscuridad tan metafórica  como real. ¿Qué aceptaríamos o estaríamos dispuestos a creer con tal de alcanzar la salvación, aceptación, liberación o el ascenso (personal, profesional, laboral o social)? La fe y la religión pueden ser guía, pero también prisión; pueden ser salvación, pero también destrucción. ¿Se puede creer lealmente en una religión aunque se tengan claras sus fallas? ¿Aplica lo mismo a las personas, los cánones sociales y las normas de las instituciones en que se construye la sociedad actual? ¿Qué significa realmente cuestionar, debatir, analizar y valorar el entorno, o a la gente, a uno mismo y a la sociedad?

Creencia, curiosidad o duda; la respuesta ‘correcta’ es desafiar al sistema y rebelarse, visto como el camino para no caer en la manipulación y el culto devoto que no tiene argumentos, teniendo claro que seguir una ideología o un líder no es forzosamente incorrecto, mientras no se deje de cuestionar y sopesar lo que se hace y cómo se hace. La religión no puede ser ‘mala’ o ‘buena’, pero las personas sí;  las religiones en su esencia no manipulan y controlan, son las personas que se sirven de sus incoherencias, huecos, fallos o medios para someter a través de ellas a aquellos a su alrededor. La sociedad, en su organización y orden actual, promueve y facilita el sometimiento, alienación, enajenación y dominio a través de su estructura e instituciones, medios y formas sociales, entre ellas, inexactitudes legales, redes sociales, gobiernos autoritarios, mercadotécnica, limitación de la cultura, ideología individualista, privatización, automatización, hermetismo, desinformación, falta de educación y demás. ¿Por qué creemos en lo que creemos? ¿Cómo formamos nuestros valores y creencias? ¿Por qué estamos acostumbrados a que alguien más nos diga lo que tenemos que hacer? ¿Por qué aceptamos, tal vez sin darnos cuenta, lo que imponen padres, escuela, religión, gobierno, figuras populares, medios de comunicación, entre otras instituciones? ¿Acaso no es esencial, como parte de la naturaleza humana, creer en algo o en alguien, una idea, principio, religión, un dios, político o cualquier figura de autoridad? ¿Somos quienes queremos ser? Nuestras ideas, pensamientos, opiniones y convicciones se moldean desde las relaciones que establecemos con los demás, en el seno de las organizaciones creadas por el ser humano. El asunto es, ¿qué tanto permitimos que terceras partes, agentes externos o estructuras que deberían servirnos, en lugar de nosotros servir a ellas, dan forma a nuestros ideales? La película plantea más preguntas que respuestas, incluso respecto a la narrativa y sucesión de hechos dentro de la trama, pero porque de eso se trata la vida misma; no es ‘creer’ frente a ‘no creer’, más bien es preguntarnos por qué creemos o no creemos en algo, especialmente en el mundo actual, tan distraído por el ruido exterior, el consumo obsesivo, la indiferencia y la apatía, al grado que se ha dejado de cuestionar aquello que Reed llama la ‘religión verdadera’, sin que literalmente se refiera a una religión, sino a lo que ella representa: control, vigilancia, dominio, enajenación.

Heretic, 2024, Dir: Scott Beck, Bryan Woods

https://youtu.be/rbrKALkcvKY?si=bEIso1S-ISIQvPhc

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Mujercitas

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

“Las mujeres tienen mente y tienen alma, no sólo corazón… tienen ambición y tienen talento, no sólo belleza; estoy harta de que la gente diga que una mujer sólo sirve para el amor, estoy harta de eso”, dice Jo. La contradicción esta en que a pesar de luchar por su libertad, también lucha por sobrellevar la soledad que esto a veces trae a su vida.

Mujercitas es una novela literaria de la autora Louisa May Alcott que narra la historia de vida de las cuatro hermanas March: Meg, Jo, Beth y Amy, en su transición de la niñez a la edad adulta, en Estados Unidos, luego de la Guerra Civil (1861-1865) de su país, cuyo principal eje socioeconómico era la esclavitud, enfrentándose los abolicionistas del norte contra los estados del sur que la defendían como un derecho. A través de sus relaciones familiares, sociales y afectivas, el texto es un relato que profundiza en lo que significa para sus personajes principales la búsqueda por la libertad y la independencia, en un mundo en el que las mujeres tienen que abrirse camino a contracorriente para derribar estándares de todo tipo, no sólo de género sino también culturales y políticos. Una sociedad en reconstrucción, una cultura cambiante, una intención accidentada a la apertura hacia ideas y personas con nuevas propuestas o con el simple deseo de oportunidades igualitarias, son realidades presentes en el trabajo literario, que resuenan porque siguen vigentes en la actualidad, 160 años después. Esa es la esencia de la historia, una ficción que habla sobre las dificultades constantes de una familia de clase media-baja para sobrevivir, combinado con las experiencias que forman a sus personajes hacia la madurez, mientras rompen lo más posible el molde de una organización social patriarcal que limita el desarrollo de la mayoría de sus ciudadanos. Un relato ambientado a mediados del siglo XIX con reflexiones muy actuales sobre el papel de la mujer en la sociedad, esa es la columna vertebral de la película Mujercitas (EUA, 2019), adaptación del libro homónimo, escrita y dirigida por Greta Gerwig y protagonizada por Saoirse Ronan, Emma Watson, Florence Pugh, Eliza Scanlen, Laura Dern, Timothée Chalamet, Meryl Streep, Bob Odenkirk, James Norton, Louis Garrel y Chris Cooper. El proyecto recibió seis nominaciones al Oscar: mejor película, mejor actriz (Saoirse Ronan), mejor actriz de reparto (Florence Pugh), mejor banda sonora, mejor guion adaptado y mejor diseño de vestuario, categoría en la cual recibió el premio.

La narrativa entrelaza la vida de las hermanas March durante su adolescencia para luego llegar a la adultez y cómo cada decisión que toman impacta en su búsqueda por su identidad. A través de este viaje y cada diferente perspectiva o personalidad, la historia profundiza en los retos que atraviesan las personas para cumplir moldes y al mismo tiempo construir su propio destino, en especial, cuando las reglas sociales son tan insistentes en cubrir prototipos y cánones sociales específicos, en este caso, tan conservadores que se atreven a dictar que puede y no puede hacer una mujer. En el fondo, cada una de las hermanas se enfrenta al dilema de saber qué desea ser y cómo conseguirlo.

Jo es una joven de alma libre que anhela la oportunidad de superar todo reto que se proponga, por eso, está decepcionada con la restrictiva realidad que para ella representan los roles sociales, casi misóginos en una época en la que no se le permite tomar control de sus propias decisiones y aspiraciones. Se convierte en escritora por su pasión para expresar sus ideas y pensamientos, una necesidad de decir y hacer algo con todo aquello que observa y analiza; pero, al mismo tiempo, cuando se hace mayor cede a las publicaciones sensacionalistas y de moda, aunque con poca creatividad literaria, porque es lo que el mercado demanda, lo que vende y deja el dinero que necesita para apoyar a su familia. Su opinión sobre defender sus ideales artísticos frente a la presión popular de dar lo que se le exige, cambia cuando conoce al profesor Bhaer, alguien que valora su talento con sensibilidad, por ser auténtica en sus trabajos escritos. Él la anima a escribir fiel a su realidad en lugar de evocar la banalidad de las historias comerciales, por mucho que la gente las consuma al por mayor, porque, en la lógica del profesor, el verdadero escritor no debe como prioridad complacer a su lector, sino a sí mismo. Jo, no obstante, debe superar primero su miedo a crecer a partir de las críticas y el reto de desafiar los roles marcados por las exigencias de género, asumiendo con madurez y valentía las consecuencias de sus actos. Mucho del recorrido de Jo está también definido por su relación con sus hermanas y con su vecino Laurie, el adinerado joven que no sabe qué hacer con todas las oportunidades a su favor, ya que no conoce el sufrimiento que implica una situación económica precaria, desfavorable, de carencias, en un mundo que valora el dinero y el capital, y que tampoco enfrenta situaciones generadas por discriminación de género, raza o posición social. Otro ejemplo que muestra conflictos derivados de perspectivas personales y/o sociales se aprecia cuando Jo entra en conflicto cuando sus sueños de independencia chocan, a su parecer, con los de Meg, toda vez que su hermana mayor ansía una vida más tradicional, valorada así en función a la emoción que experimenta por casarse y formar una familia. Para Jo esto es casi como darle la espalda a la posibilidad de crecer como persona, pues significaría alinearse con la idea de que las responsabilidades familiares y domésticas son exclusivas de la mujer y que es lo único a lo que puede aspirar; pero para Meg su pasión está precisamente en ese lugar y en la realidad que construye para sí, por lo que querer una vida en familia no es, según ella, ponerse en una posición de sumisión, sino construirse el futuro que cree la puede hacer feliz. “Solo porque mis sueños son diferentes a los tuyos, no significa que no sean importantes”, le dice Meg a su hermana.

A pesar de esto, Meg sí reciente de alguna manera las expectativas que se le asignan desde pequeña por tratarse de la hermana mayor, responsabilidades dadas por sentado y asumidas por las normas sociales que imperan, sumado más tarde el sacrificio que tiene que enfrentar por la posición socioeconómica desfavorable en la que está. Meg soñó con fiestas, vestidos lujosos y derroche, pero sabe que no es algo que podrá conseguir a menos que se case con un hombre rico y adinerado, que no sabe si algún día llegará a su vida. Meg ama al tutor de Laurie, John Brooke, consciente de que al no ser ninguno económicamente privilegiado, el futuro implicará carencias y sacrificios. Pero este es el aspecto interesante, porque la sobrevivencia cotidiana en este mundo capitalista implica trabajo, vender su capacidad física e intelectual <es lo que hace Jo> y al no poder hacerlo Meg asume el rol de cuidadora del hogar, dejando también al esposo el rol tradicional de proveedor. La pregunta obligada es: ¿por qué no puede funcionar?; ella conseguiría la felicidad compartida y contribuiría a administrar el patrimonio familiar. No cualquiera; diría más; casi nadie puede conseguir el príncipe azul que las llene de riqueza. Y en el escenario social, la relación matrimonial en un mundo capitalista no puede dejar de tener contenido mercantil. Lo dice Amy en un diálogo con Laurie. Esta realidad, aunque vista desde otra perspectiva, es de igual forma a lo que se enfrenta Amy, alguien que desea un futuro prominente y estable y quien está decidida a seguir el camino necesario para conseguirlo, puliendo para ello todas sus características como persona, intelectual, social y artísticamente hablando. Amy quiere ser grandiosa a través de ganarse el respeto y aprecio de los demás con su propio esfuerzo, no reducida a una etiqueta, es decir, quiere ser valorada como persona, no como objeto; alguien que aporta con sus capacidades tanto a la relación como a la sociedad, no simplemente un ente que no existe más allá de su papel como esposa. Sabe que su madre no es así, su tía no es así, Jo no es así y por ende, ella tampoco quiere ser así.

Amy sabe lo que quiere y no se avergüenza de quien es, de su belleza y feminidad, como de su fuerza y determinación. Así que es aparentemente el molde de mujer que la sociedad espera de una joven como ella, pero no se limita a ser lo que el canon impone, sino que busca conseguir lo que la motiva y encontrar lo que le satisface. Vive, no obstante según ella, a la sombra de sus hermanas, sobre todo de Jo, porque sabe que, como la hermana menor, la gente espera algo muy específico de ella; cada persona a su alrededor tiene su propia expectativa sobre ella, que no necesariamente coincide con sus propias aspiraciones y deseos. Pero Amy lo tiene claro, quiere éxito, distinción, reconocimiento, brillar pero no en la superficialidad, sino sobresaliendo en cualquier experiencia. En ello Amy tiene claro que la única forma de llegar a ser una mujer con poder es hacerlo con dinero <se lo dice su tía, quien afirma que es soltera, orgullosa y no trabaja porque es rica>, porque esa es la realidad social en la que vive, en donde una mujer difícilmente es apreciada por sus habilidades, saberes y logros. Amy no busca un hombre con quien casarse por el mero interés de ganar así un renombre, sino que trabaja por convertirse en la mejor versión de sí misma, para que ello la lleve a estar a la par de las personas que considera más distinguidas, donde podría encontrar un igual con quien ser feliz. Como bien reflexiona cuando habla con Laurie, en esta sociedad mercantil, individualista y patriarcal, para las mujeres cualquier búsqueda de éxito o realización está condicionada por los roles de género, lo que convierte al matrimonio en una relación también mercantil, porque el matrimonio es la única forma de sobresalir, subsistir, crecer y escalar, reflejo de la contrariedad que hay hacia la feminidad, que invita a romper el molde para encontrar un camino propio, pero que no puede negar la presión social de no poder lograr muchas cosas, si no es a través de ciertos estándares sociales, como la vida en pareja, el matrimonio o la unión en familia.

“Las mujeres tienen mente y tienen alma, no sólo corazón… tienen ambición y tienen talento, no sólo belleza; estoy harta de que la gente diga que una mujer sólo sirve para el amor, estoy harta de eso”, dice Jo.

La contradicción esta en que a pesar de luchar por su libertad, también lucha por sobrellevar la soledad que esto a veces trae a su vida. Es una ‘transacción económica’, le dice Amy a Laurie cuando le habla sobre lo que significa realmente para muchas mujeres de esa época, e incluso en el presente, el matrimonio. Amy está consciente de que el mundo constantemente no la mira, considera o respeta a ella como mujer en sí, sino como la mujer al lado de un hombre, sin importar su propia historia de vida, características o capacidades, ya que al final, no dejará de ser ante los ojos del colectivo y los cánones corrientes, la hija, la esposa, la madre, la hermana o la ama de casa; el ‘ornamento’, dice ella.

“Como mujer no tengo forma de ganar dinero por mi cuenta, no el suficiente como para ganarme la vida o como para mantener a mi familia. Y si tuviera dinero, que no lo tengo, ese dinero le pertenecería a mi marido en el momento en que nos casáramos y si tuviéramos hijos, serían suyos, no míos; serían de su propiedad. Así que no te sientes ahí a decirme que el matrimonio no es más que una proposición económica, porque lo es”, detalla Amy en otro momento.

Sabiendo que esa es la realidad a la que se enfrenta, la propia rebeldía de Amy consiste en ser más que ese prototipo, para destacar como un ser independiente y honorable, más allá de la persona a su lado y a sabiendas de que en el contexto tradicionalista en que vive, es él quien tiene poder sobre ella, sobre su dinero, su apellido, sus hijos, sus acciones y hasta sus palabras. El reto sería resolver las contradicciones en el seno familiar, modificar el rol asignado para compartir responsabilidades, al margen de lo representado ante la sociedad. En alguna escena Amy insinúa, con su actitud, que esto es viable. En el fondo todas estas mujeres quieren ser más que lo que dicta la sociedad; luchan por ser definidas por algo diferente al estereotipo, cada una a su manera. Incluso en el caso de Beth, la más callada y tranquila de las cuatro hermanas, alguien que adora la música, la compañía de sus seres queridos y el apoyo solidario que pueda brindar a quienes necesitan afecto y comprensión. Pero no sólo le gusta la música, es ella también artista, una excelente pianista que busca disfrutar y agradar más que sobresalir en lo social o con dinero. Su corazón es más humanitario que el de cualquiera porque no aspira a una vida llena de lujos o grandes proezas; tampoco es que se conforme o descalifique los sueños de los demás, simplemente aprecia las simplicidades del mundo y es feliz con una pasiva existencia, sin pretensiones o complicaciones. Sus gustos son sencillos, pero eso no la hace una persona simple, la hace alguien capaz de poner el ejemplo y ver lo mejor de cualquier individuo, confiando en que incluso su peor defecto no es lo que los define. Su ruta de vida es distinta a sus hermanas justo porque por su nobleza se ve afectada por una enfermedad que daña seriamente su salud y por eso, involuntariamente sirve como eje de reagrupamiento familiar en determinadas circunstancias. ¿Trágico? Tal vez, pero al igual que sus hermanas pasa por el proceso de crecimiento preguntándose qué desea ser y a qué aspira en su vida. Hay una escena inolvidable en donde nos muestra que está aprendiendo a morir.

El texto trata en el fondo sobre la emancipación de la mujer, presentada de una manera delicada pero significativa. Ninguno de los personajes femeninos se define por los hombres en sus vidas, sino por sus propias convicciones, decisiones y personalidades. Jo es inquieta, decidida y rebelde; Meg es fuerte, segura y demasiado autoconsciente de la realidad; Amy es ambiciosa, objetiva, con alta autoestima, sabe lo que quiere; Beth es talentosa, sensible, afectuosa, solidaria; la propia Marmee (madre de todas ellas) es amorosa pero sin miedo a presentar sus propias opiniones, aunque con prudencia y crítica constructiva; y la tía March es una mujer práctica y realista al ser consciente que hay normas, por muy misóginas que sean, que no pueden cambiar de la noche a la mañana, requieren proceso, y para ello, los medios (económicos, sociales, culturales y políticos) para lograrlo. Qué hace falta para cambiar las reglas, sino una perspectiva objetiva sobre lo que es la realidad En este caso, por ejemplo, la historia lo reflexiona al mostrar el matrimonio entendido como un acto de unión en que amor, respeto y equidad son uno solo, a través de las experiencias de Meg, pero sin hacer menos las reflexiones de Amy de que, muchas veces, ese mismo matrimonio no es más que una convención institucional mercantil en donde la unión de pareja más que ser expresión de amor, lo es  de conveniencia y supervivencia. Exigir respeto en todo aspecto de la vida, que las personas puedan encontrar su independencia derribando cualquier tipo de barrera social, que su camino para alcanzar sus sueños no sea determinado por su género, religión, raza, posición socioeconómica o cualquier otra cosa; de esto habla la película. Jo le reclama a la tía March que ella puede hacer lo que quiere porque tiene la soltura económica que la deja en una posición privilegiada al no tener que depender para nada de un hombre, ni para fines prácticos de nadie. No es que Jo no pueda aspirar a esto, es que para lograrlo tiene que tomar en cuenta su contexto social, elegir bien sus batallas y ser fiel a sus convicciones sin sacrificar sus capacidades, pero consciente de que sí hay sacrificios que realizar. Y lo hace, cuando escribe una novela basada en sus experiencias con sus hermanas, exigiendo el control (los derechos de autor) de su trabajo, si bien concediendo el final feliz a su heroína como su editor se lo exige, una escena que hace eco a lo que hizo Louisa May Alcott en la vida real con su trabajo en Mujercitas. Esto es parte del mensaje que resuena en la actualidad, la negativa de la mujer para existir meramente a partir de las reglas sociales que se aceptan por inercia, costumbre o imposición, sobre todo cuando existen para servir a un orden que no tiene claro que la liberación de la mujer no pretende desplazar a nadie, sino busca no dejar a nadie al margen de la historia o de la sociedad. “Las chicas deben salir al mundo y formar sus propias opiniones”, dicen Marmee en un punto de la película. Su visión, más allá de dar libertad a sus hijas para vivir sus propias experiencias, cometer sus propios errores y darse cuenta del significado de sus propios sueños, habla también de la importancia de permitir a las personas en general libertad para formarse juicios y tomar decisiones. El relato se ambienta en un contexto social donde las mujeres no tenían muchas oportunidades ni opciones para construirse una vida. Los tiempos han cambiado y, sin embargo, hay actualmente, todavía, impedimentos sociales varios que imposibilitan a las mujeres una libertad real. Si Jo rechaza una propuesta de matrimonio o se niega a casarse, no es porque deteste el amor o la vida en pareja, es porque está renuente a ser presa de un estándar social que podría potencialmente dejarla atrapada en una jaula simbólica. Es como si fuera imposible tenerlo todo, como si la única forma de ser feliz fuera sacrificar todo lo que se cree que significa felicidad. Pero como bien dijera Louisa May Alcott en su libro Mujercitas: “Todos llevamos cargas, tenemos un camino por recorrer y nuestro anhelo de hacer el bien y alcanzar la felicidad nos guía para superar los contratiempos y los errores que nos separan de la paz”.

Little Women, 2019, Dir: Greta Gerwig

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.