Thank You for Smoking (Gracias por fumar)
Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez
Competir es contender, pero, como todo, tiene sus matices. En un escenario deportivo o en un ambiente escolar por ejemplo, es desempeñarse a mayor nivel de perfección que el otro, en cuanto a respeto y honestidad, pero en un escenario de contienda o batalla, tal vez no se trate de un simple ganar o perder, sino de darlo todo con tal de pasar por encima del otro, es decir, una competitividad injusta, desleal, carente de ética y honor. El tipo de competencia que alimenta y estimula el mercado en la búsqueda de la máxima ganancia y para desplazar o eliminar competidores con intenciones monopólicas.
Esta realidad se hace presente en varias esferas del poder alrededor del mundo contemporáneo, caracterizado por estructuras industriales y comerciales monopolizadas por grandes empresas trasnacionales; la película Gracias por fumar (EUA, 2005) trata de algunos de estos ejemplos, específicamente enfocándose dentro de la industria tabacalera, tema que aborda con tono de sátira y comedia negra.

Escrita y dirigida por Jason Reitman, la cinta está protagonizada por Aaron Eckhart, J. K. Simmons, Robert Duvall, Katie Holmes, Cameron Bright, William H. Macy, Maria Bello, David Koechner, Sam Elliott, Adam Brody y Rob Lowe. Se centra en el personaje ficticio de Nick Naylor, un lobista, o cabildero, que funge como vocero y vicepresidente de la Academia de Estudios del Tabaco, organización manejada por una corporativa que produce y mercantiliza precisamente este producto.
Su trabajo no consiste en defender lo indefendible, el que el fumar puede llegar a ser nocivo para la salud, sino darle la vuelta a la conversación con ágil manipulación en su discurso. Si un niño o adolescente que fuma enferma de cáncer, la industria tabacalera pierde un potencial cliente, expone cínicamente Naylor durante un programa de televisión al que es invitado para afrontar a varios grupos y organizaciones sociales que pelean en su contra.
Ese mensaje que redirige y/o esquiva la conversación alrededor del tema del consumo del cigarro se basa en una posición argumentativa en donde no tiene cabida la ética. Una ‘moral flexible’, dice Naylor, es lo que se necesita para hacer su trabajo, particularmente cuestionable, y más aún si, como pretende, se vuelve ejemplo a seguir de su propio hijo adolescente. Él se enorgullece, no obstante, de sus logros, no directamente relacionados con la industria que lo contrata, sino con su habilidad de persuasión engañosa, con su capacidad discursiva, con su personalidad seductora, convincente. Cuando una reportera la pregunta por qué hace lo que hace, él responde bajo el principio básico de indiferencia: para pagar la hipoteca.

Sin embargo, la presión social en contra del consumo de tabaco crece, especialmente a raíz de la propuesta de un Senador en Estados Unidos que exige se coloque el logo de una calavera en los paquetes de cigarros, para dejarle así saber al público, dice él, que su consumo puede provocar la muerte.
Naylor nunca repara en cuestiones relacionadas con la verdad o la culpa, más bien se apega a lo que su trabajo y sus empleadores exigen de él: convencer a costa de lo que sea, haya una verdad o no detrás de las acusaciones en su contra. En su mente no hay espacio para lo correcto o lo incorrecto, sino para la ganancia, para triunfar sobre el otro, para hacer prevalecer los intereses de la compañía. ¿Sabe que sus palabras manipulan la verdad? Sí. ¿Sabe que el lugar en donde trabaja fue creado con el simple propósito de ser un respaldo para refutar (con supuesto sustento científico válido) estudios que demuestran el daño que ocasiona en la salud el fumar? Sí. Pero es porque lo sabe, que descubre el hueco por donde deslizar su estrategia para tergiversar las palabras.
Para explicárselo mejor a su hijo le pone un ejemplo. Él defenderá el helado de chocolate y el chico el de vainilla. Naylor dice entonces que como es una discusión que no se puede ganar, su argumento se basará en que la disputa trata de mucho más que sólo el helado de chocolate y vainilla, pues hay también otros sabores de helado. Su hijo le dice que no sólo no es eso de lo que están hablando, sino que además, con esas palabras, él no queda convencido de que el helado de chocolate sea mejor que el de vainilla. Su padre le contesta que ese es el punto, él no demostró que el chocolate sea mejor, pero demostró que la vainilla tampoco lo es, y más importante, hizo que el resto de las personas pensaran así. Eso es lo que hace Naylor en su trabajo, sus palabras no van dirigidas hacia los ambientalistas que refutan a la industria tabacalera, sino que sólo busca convencer a sus clientes pasivos de, al menos, considerar la posibilidad de fumar.

La estrategia no es limpia sino manipuladora, diseñada, además, para que no parezca una manipulación en sí, sino una forma lógica de interpretar los hechos. En este caso, que no es culpa de los comerciantes de cigarros que la gente muera, sino de los consumidores mismos por fumar. ¿La lógica tiene razón? De alguna forma sí, porque cada persona es responsable de sus propios actos; el detalle que Naylor deja fuera es que ellos facilitan esa situación. Su labor entonces es distanciar esa información del ojo público, de la mente de las personas. “Si discutes correctamente, nunca te equivocas”, insiste él.
Para enfatizarlo, durante una audiencia ante el Congreso de los Estados Unidos, el lobista insiste en que no se le demanda al fabricante de autos si alguien muere en un accidente de tránsito, y se vale de esa lógica, convenientemente presentada, para deslindar la responsabilidad de sus empleadores en los casos de fumadores enfermos de cáncer y otras afecciones.
“¿Por qué poner una advertencia para algo que todos saben? […] ¿Alguien cree que los cigarrillos no son potencialmente dañinos?”, espeta él durante su intervención. Ese es el hueco de la lógica, el problema dentro del problema, la ética desviada, o esquivada, o malinterpretada, o inexistente. La gente sabe que los cigarros son dañinos y aún así fuma. De ello se vale la industria tabacalera para deslindarse de toda consecuencia derivada de su papel dentro de la ecuación. De eso y de la imagen pública bien manejada y manipulada, que incluye precisamente la creación de esa Academia de Estudios del Tabaco, o las constantes donaciones para la investigación y apoyo a enfermos fumadores. Una estrategia a conveniencia que por cierto trabaja hacia y para ambas partes. “Cuando lleves a un niño con cáncer, debe parecer desahuciado. Debe de estar en silla de ruedas. Casi no debe poder hablar”, le reclama el Senador a su mano derecha luego de la participación de Naylor en el programa de televisión, en donde ellos también querían aprovechar para explotar su posición, igual aparentemente correcta y a favor de la ciudadanía, pero con sus propios intereses políticos.
El trasfondo es la transacción y la ganancia, económica principalmente, pero también de muchas otras índoles. El ‘yo’ antes del ‘nosotros’. Naylor más tarde es enviado a sobornar al ‘hombre Marlboro’, ese sujeto que posó para la marca y se convirtió en su ícono y quien ahora, enfermo de cáncer, habla en contra de la industria tabacalera, a quien Naylor ofrece dinero por su silencio y lo convence de aceptarlo, no razonando de que su decisión no irá en contra de aquellos que, como él, están enfermos, sino a favor de su propia familia, la cual necesitará apoyo económico cuando él muera.
Así mismo, Naylor también idea un plan para seguir enalteciendo el producto: posicionamiento dentro de películas mostrando a personalidades famosas fumando con placer (estrategia efectivamente usada en el Hollywood de antaño). Como le expone un ejecutivo, no importa la historia sino la estrella que aparece en pantalla y la forma como el efecto subliminal se relaciona a la acción: el personaje no fuma en un momento cualquiera de la trama, sino en el punto importante, de impacto dentro de la película.

“El producto ya es cool, disponible y adictivo”, la mitad del trabajo ya está hecho, le dice su jefe a Nick, dejando ver que lo importante no es posicionarlo, sino elevarlo, explotar aquellas particularidades ya ligadas a él, a través de medios que alcancen al potencial cliente, la cultura popular, la publicidad ingeniosa, los atributos mismos con que se le relaciona, y de ahí la importancia de enfatizar su lado ‘cool’ y ocultar (alejar o desestimar) que sea dañino para la salud.
Cuando una reportera se acerca a Naylor y en la intimidad le saca toda esta información, publica su artículo desnudando la forma de ser y pensar de él. Entonces la imagen pública del lobista decrece de tal forma que sus jefes lo mandan a la banca temiendo que la mala imagen los alcance a ellos. Pero el hijo de Naylor le insiste que si su trabajo es darle un giro conveniente a la verdad, este no es un escenario diferente a lo que usualmente hace para los demás. Acto seguido el personaje procede a desacreditar a la reportera, quien hizo lo mismo que él, engañar para obtener lo que quería, y quien termina perdiendo tanto prestigio como su empleo. Lo interesante aquí es comparar ambas realidades; ninguno actúa con ética y en forma correcta, ninguno respeta al otro, pero es el cómo afrontan la crítica lo que define la forma como el público los percibe (ella termina ridiculizada y él termina como un héroe, defendiéndose de lo que llama una difamación [aunque no lo es exactamente] en su contra). Ninguno dice la verdad, es sólo que uno sabe mentir mejor que el otro.
Esa es la realidad injusta que se vive en muchos escenarios del contexto actual, donde la imposibilidad de distinguir el filtro que enmascara la verdad existe debido a eso que Naylor llama ‘flexibilidad moral’, la mentira disfrazada, o el no decir una mentira, eligiendo en cambio tampoco decir la verdad. El que oculta o dice sólo parte de lo que sabe no miente, solo se reserva información, es la lógica que guía la conducta del cabildero, y que lo hace como una táctica para proteger los intereses de su empleador. “¿En qué se enfoca tu artículo? ¿En cómo aguanta mi conciencia?”, le pregunta Nick a la reportera. Ella contesta: “No, no creo que ese sea un gran problema”. Y en efecto, la realidad es que, aunque debiera, no lo es. ¿Cómo apelar a los valores morales y sociales, cuando el contexto en que se vive tampoco se rige por ellos?
Thank You for Smoking (2005) EE.UU.
Director: Jason Reitman

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México
Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.
La ira es enojo, pero con deseo de venganza; un enfado tan grande que lleva a la violencia, lo que implica poner al ser en un punto de ebullición, específicamente en su temperamento, y mientras su enfado o indignación pueden ser razonados, o razonables, su reacción tiende a resultar en un acto más reaccionario y visceral, es decir, actuar con saña, rencor, alevosía y crueldad.


Kayla es una joven adolescente en el último grado de la secundaria; tiene pocos amigos pero muchas ganas de conocer el mundo, aunque su vida está consumida por la realidad virtual del postmoderno, así que se la pasa pegada a su celular, navegando en internet y las redes sociales, en lugar de relacionarse con sus similares, algo que en el contexto real, en el trato personal y directo, no sabe hacer. Ella es la protagonista de la película Eighth Grade (EUA, 2018), también conocida en español como La vida de Kayla. El proyecto está escrito y dirigido por Bo Burnham, y protagonizado por Elsie Fisher y Josh Hamilton en los papeles principales, como Kayla Day y Mark Day, su padre soltero.


Diana Miriam Alcántara Meléndez
Una crisis económica afecta a casi toda la ciudadanía porque todo se relaciona con el capital, con el proceso de acumulación de capital y la búsqueda de la mayor tasa de ganancia posible. Empresas, empleos, mercado, dinero, productos, servicios, etcétera. La relación en sí no es tanto el problema, sino la forma como cada sector y cada grupo social se organiza a sí mismo en un juego de oportunidades promovido por el deseo de ganar por sobre el orden establecido, que puede dar pie al simple engaño, al autoengaño y a la manipulación. En breve, se actúa en la economía en función de apariencias y expectativas, dejando de lado las necesidades de las personas que cada día producen la riqueza social.
Vivimos en una época (si bien no es algo nuevo, sólo diferente que antes) en la que ver, hacer, planear, pensar, proyectar y trazar una película es un proceso creativo en todas direcciones. Consumir es extinguir, o agotar, que ese algo (que se consume) satisfaga necesidades. En el caso del cine, esto arroja dos preguntas vitales; uno, ¿el cine alguna vez se agotará?, y dos, ¿hasta cuándo o en qué punto deja de satisfacer una necesidad? O lo que es lo mismo, ¿por qué elegimos ver películas o no hacerlo y cuándo determinamos que ya no cubren una necesidad?


Una persona subversiva es alguien que altera el orden establecido. ¿Es malo cambiar las reglas cuando el fin último traerá un mayor beneficio a la comunidad? No forzosamente, pues no habría independencia, libertad e incluso evolución si no hubiera alguien desafiando reglas que ya han expirado o no se han adaptado, exigiendo con ello un cambio que proponga algo mejor. De hecho, los subversivos, los irreverentes, los inconformes, los rebeldes, son quienes han dado en muchas ocasiones el impulso para las grandes transformaciones sociales.



Diana Miriam Alcántara Meléndez




El terror psicológico, un subgénero de la literatura y la cinematografía de terror, está sustentado en un miedo o angustia creado a partir de un temor creciente gracias a las supersticiones, las culpas o las inquietudes de los personajes. Se trata de más que un simple susto, provocado siempre por la expectativa o supuesto de algo, el fantasma que sale desde la penumbra por ejemplo, generando una tensión de suspenso que lleva al límite de incertidumbre a los personajes, lo que deriva en una presión que causa inestabilidad emocional en ellos.


Si ‘Los Juegos del Hambre’ se desenvuelve en un mundo distópico, las carencias o habilidades de la protagonista, y del mundo en el que vive, por la realidad en la que se desarrolla el relato, y a la que se enfrenta, deben están presentes desde los primeros minutos de la historia. En este caso, tanto en la novela como en la película puede observarse cómo la narración plantea las aptitudes y debilidades de Katniss Everdeen, que luego jugarán papel importante en el desarrollo, tanto en su nudo como su desenlace. El que sea buena con el arco, que su hermana sea lo más importante para ella o su lealtad para con quienes siente afecto son elementos claramente expuestos en el planteamiento, para luego profundizarse o retarse en un punto crítico de la historia.
La primera toma de ‘Luz Silenciosa’, por ejemplo, película de 2007 dirigida por Carlos Reygadas, muestra un amanecer durante aproximadamente cinco minutos. Aquí no es que ‘no pase nada’, al contrario, esta elección visual de estilo que escoge el director tiene un motivo; esa escena, lo que muestra, incluso lo que dura, quieren decirle algo al espectador, algo que además resulta acorde con la historia que cuenta, los personajes que presenta y los temas que aborda.
‘Muerte a la media noche’ por ejemplo, película de 2001 dirigida por Robert Altman, hace un trabajo sobresaliente en su guión y, más específicamente, en su planteamiento. La historia transcurre durante un fin de semana en una campiña inglesa, en 1932; hay una reunión entre varias familias adineradas, pero a mitad de la noche ocurre un asesinato. La historia presenta la vida de los hombres y mujeres de la alta sociedad, pero también la de sus sirvientes y criadas. La historia no sólo debe adentrar al espectador al mundo en su contexto histórico, lugar y tiempo, sino también a la realidad de los personajes que viven ‘arriba’ y los que viven ‘abajo’, (sus problemas, anhelos, expectativas y visión de su mundo), además de establecer el misterio del asesinato (quién fue y por qué lo hizo). Todo se logra durante el planteamiento con un buen ritmo y la suficiente introducción para dejar que la historia fluya. Hay muchos personajes que interactúan y toman parte importante durante el relato, pero nunca parece que se atropellan entre sí. Los primeros minutos tampoco parecen un gran montaje que presenta a cada uno de los actuantes por segmentos, al contrario, las dinámicas son trazadas de forma natural cuando, a la llegada de los invitados, cada miembro de la alta sociedad se presenta y cada uno de sus empleados procede a cumplir con su trabajo. No por nada la película se llevó el premio Oscar en la categoría de mejor guión original, además de estar nominada a otras seis categorías, incluyendo mejor película.