Noticias del gran mundo
Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez
El sentido de pertenencia se refiere a la relación de una persona con aquellos a su alrededor y, por ende, con la cultura, las normas y la organización social. Habla de una empatía con el otro, grupo o individuo, al grado de identificarse con quien es y con lo que cree, sea, por ejemplo valores, costumbres, actitud, pensamiento u otros.
Estas relaciones humanas tienen eco en la formación de la identidad, personal y del colectivo, sin importar que se trate de una familia, lugar de trabajo o un país. Por consiguiente, si un individuo no se siente integrado a su entorno ni se identifica con nada ni con nadie, porque rechaza las reglas establecidas o la ideología prevaleciente, o porque siente y piensa que éstas provocan la exclusión de su persona, el resultado es alguien aislado, solitario y errante, en el sentido de que es distante porque no hay compromiso ni sentimiento de solidaridad, lo que en consecuencia afecta su formación, socialización y desarrollo. Noticias del gran mundo (EUA, 2020) es una película que habla sobre la importancia del sentido de pertenencia y su impacto en la independencia personal, el crecimiento humano y la identidad social, reflexionando específicamente en cómo esto se desenvuelve cuando se vive en un mundo socialmente inestable, en el que valores como igualdad, equidad, humanidad o fraternidad se difuminan ante la presión de intereses políticos, económicos, territoriales o de poder. Basada en el libro homónimo de Paulette Jiles, la película está dirigida por Paul Greengrass, quien coescribe con Luke Davies. Estelarizada por Tom Hanks y Helena Zengel, la cinta estuvo nominada a cuatro premios Oscar: mejor cinematografía, sonido, banda sonora original y diseño de producción.

La historia se ambienta en Texas, Estados Unidos, en 1870, cinco años después de terminar la Guerra de Secesión, un conflicto provocado por opiniones opuestas con respecto a la esclavitud, a la que los Estados Confederados, los estados del sur, en su mayoría la justificaban y exigían como derecho de propiedad, contrariando las políticas que apoyaban los estados nacionalistas del norte, los Estados de la Unión, los cuales reivindicaban que un país construido por el principio de libertad no podía estar formado por un amplio número de esclavos. Al final la esclavitud fue formalmente abolida en ese país. Tras la guerra, lo más importante no fue quién ganó o perdió, sino las consecuencias que este conflicto armado dejó en las personas, por las secuelas de muerte, desamparo y destrucción de familias; personas en busca de su propia supervivencia, pero ante una realidad plagada de desconfianza y hostilidad -que en cierta medida todavía permanece- y la falta de oportunidades para trabajar, reconstruir su ambiente y cerrar heridas físicas y emocionales; secuelas que arrastrarían por décadas y que incluso son aun palpables en el presente, marcando durante años las características del crecimiento económico, político y social de los Estados Unidos de Norteamérica. El protagonista, Jefferson Kidd, es un capitán veterano del Ejército Confederado que ahora se gana la vida viajando de pueblo en pueblo para leer noticias en público, o más bien, relatando a los escuchas, que pagan por el servicio, sobre los eventos que suceden alrededor del mundo; un acto tanto informativo, por los hechos que da a conocer, como de entretenimiento, por su forma de presentarlos, ameno y evocativo, así como también un acto significativo social y culturalmente hablando, pues muchos se acercan a él porque ellos mismos no saben leer, pero confían en su palabra ‘noticiosa y comunicativa’. Estando en Texas, Kidd descubre que un soldado afroamericano del Ejército de la Unión ha sido asesinado, por motivos racistas, y la niña a la que escoltaba, Johanna Leonberger, se encuentra abandonada a su suerte. Alemana de nacimiento, pero secuestrada y luego educada por la tribu Kiowa, Johanna era trasladada a Castroville para vivir con sus tíos, pues los nativo-americanos que la cuidaban fueron exterminados y el resto de la tribu ha emprendido un viaje para alejarse del ‘hombre blanco’. Kidd lleva a Johanna al puesto militar más cercano, con la esperanza de que resuelvan su situación, pero ahí le avisan que la persona a cargo de la Oficina de Asuntos Indígenas tardará meses en regresar, así que Johanna pasará todo ese tiempo sola y sin atención, a menos que Kidd pueda tomar la responsabilidad de llevarla él mismo a su destino. La responsabilidad ética pesa sobre Kidd, especialmente cuando la institución gubernamental que debería cargar con este compromiso no duda en darles la espalda, dejando a Kidd con dos opciones concretas y contrastantes: ayudar a la niña brindando protección o mantener indiferencia como el resto de las personas -más preocupadas por sus intereses personales que por un compromiso moral-y abandonar a la niña. Johanna es un claro ejemplo de las consecuencias de un territorio en guerra, dividido en ideología, política e inmerso en desorganización social; una víctima de la guerra por la muerte tanto de sus padres biológicos como adoptivos, desprotegida y necesitada de ayuda no sólo por su edad, sino por ser testigo de la crueldad y la lucha de poder que impera en el medio y que plaga la vida cotidiana de muerte, miseria y crueldad. Sin un hogar fijo y sin alguien que la eduque y guíe, Johanna es una huérfana en todo sentido; no tiene familia -padres, hermanos, tías- pero tampoco tiene una identidad propia o un apego afectivo, ni respeto, a nada ni nadie. No habla inglés y su lengua nativa, el alemán, es limitado, pues básicamente sólo recuerda lo último que vivió, su tiempo con los Kiowa, de forma que su existencia carece de identidad y raíces, lo que la hace desconfiada y solitaria, precisamente porque está tan acostumbrada a ver un trato hostil, que lo asume como la norma. Si no es estadounidense porque ese no es su lugar de origen, pero tampoco se siente alemana en el sentido de que apenas y recuerda esa vida al lado de sus padres; si tampoco es realmente Kiowa porque nunca fue propiamente parte de aquella tribu nativa del territorio norteamericano, ¿quién es Johanna, a quién y adónde pertenece y a qué lugar puede concretamente llamarle hogar?

La niña no ha pasado el suficiente tiempo con nadie como para recibir la educación y el cuidado que le forjen un carácter y la hagan sentir protegida, apreciada o querida, lo que explica su confusión y actitud reacia. ¿No es lógico que así reaccione la gente que va de un lugar a otro, sin dónde establecerse, sin construir relaciones sociales con otros a través del contacto y constante retroalimentación humana? ¿No es esto lo que sufren los huérfanos que van de un lugar a otro, buscando un espacio a dónde pertenecer? Si aquellos que la acogen, o se hacen temporalmente cargo de ella, apenas pasan el mínimo de tiempo a su lado; si la gente que la cuida o la incluye en su grupo en cualquier momento se aleja o la abandona, ¿no haría Johanna lo mismo a la primera oportunidad, intentar huir? ¿Con quién se identifica entonces la niña?; ¿a quién aprecia y a quién sigue como modelo, si la soledad y el abandono han sido lo único constante en su vida? Su actitud reacia a entablar una relación cordial es su instinto natural, forjado a raíz de sus experiencias, que le dicen que como autoprotección es mejor desconfiar y alejarse de alguien que potencialmente hará lo mismo con ella. Las consecuencias impactan en su desarrollo, lenguaje y entendimiento del mundo, su crecimiento emocional y hasta su aprendizaje. Sin un sentido de pertenencia tampoco hay un sentido de estabilidad y, por ende, no puede haber superación. ¿Qué podría importarle al mundo alguien como Johanna, una niña sola sin nadie que la reclame o abogue por ella? Para Jefferson, ella es importante precisamente por quien es, una menor de edad que necesita ayuda, guía, cuidados y oportunidades; alguien que debe, por compromiso moral, ser resguardado por el grupo social en el poder, que debería, idealmente, velar por los más necesitados.

La convivencia con Jefferson, una persona culta y amable, le permite a la niña, poco a poco, aclimatarse. En su interacción, Johanna no sólo aprende del mundo, conoce también palabras, costumbres, reglas y normas de conducta; descubre también el trato afectivo y humano que mucho necesita dada su edad. Johanna es, como muchos otros, víctima de las circunstancias, a quien el gobierno y hasta las mismas personas parecen haber olvidado, porque es más fácil ignorar esta realidad que resolverla. El contexto sociocultural pesa, y en este caso más, ya que el conflicto que toma lugar dentro de un país aún en construcción puede empujar a las personas a una enemistad inclinada a la violencia, y en este caso histórico, específicamente hablando, donde el racismo todavía impera, pero también el desprecio al extranjero, al diferente y al que lucha por lo que en teoría le corresponde por derecho, derechos que la sociedad –el gobierno- no resuelve, provocando con la omisión más enfrentamientos entre grupos. En Texas particularmente, como muestra la película, los ciudadanos se negaban a las políticas contra el esclavismo; los independentistas, que perdieron la guerra, aún no se integraban totalmente con el resto del país, recientemente unificado; incluso, en los estados del sur, existían subgrupos que se regían (y no es algo que haya dejado de existir) bajo sus propias reglas, sin intención de responder a una ley que no sea la suya. Para Jefferson, alguien que se mueve constantemente de un lugar a otro, esta realidad de discriminación y sectas, se traduce en un peligro latente. Sobrevive manteniendo la distancia, sin involucrarse para no desafiar el orden, o la falta de él, para tampoco perturbar su propia rutina en la que es leal con quien le es leal, y no interfiere con lo que no le incumbe. A su manera sobrevive también gracias a su profesión, pues las noticias que lee le permiten conocer a las personas, así como reconocer y distinguir el nivel de tensión o descontento dentro de un grupo o una población. No es particularmente sociable, al contrario, se aísla por la necedad de no entablar relaciones personales, pero eso no significa que no sea empático y solidario, sólo cauteloso, observador y precavido. Su andar en movimiento constante le permite moverse fácilmente, pero ello también refleja la realidad de vida solitaria que marca su presente, sin amigos ni familia, sin un ancla personal y, por ende, emocional; desolado de alguna forma por la guerra, por la miseria que dejó a su paso, que inevitablemente sumergen a cualquiera en depresión y frustración. En esencia se dedica a mucho más que simplemente hablar en voz alta de los sucesos que encuentra impresos en periódicos; es más bien un cuentista, que convierte los hechos en historias, hasta conmover a su audiencia gracias a la creatividad y habilidad que tiene para construir con sus palabras relatos envolventes y evocativos. Esto es quizá lo que logra que Johanna vea en él una persona confiable y con honor, respetuosa y atenta, pero sobre todo, alguien de quien aprender y con quien, ella misma, evolucionar. En perspectiva, la realidad para Johanna y para Jefferson no es tan distinta; han sido testigos de lo peor de la humanidad: muerte, abandono y decadencia, así que están, quizá sin saberlo, en busca de algo, o de alguien que los haga conectar con el mundo, con la gente, con un nuevo sentido para su propia vida.

Lo dicho contrasta con un contexto plagado de incertidumbre y antagonismo. Muchos de los rincones del Estados Unidos de esa época aún se encuentran inexplorados, la insatisfacción con las normas que implican formarse como país unificado es palpable, los pequeños rincones alejados de las grandes ciudades aprovechan ese aislamiento para propagar información falsa que beneficie a quienes inventan sus propias historias de heroísmo, y en general, las personas son tratadas por el nivel de productividad de su trabajo, no por su calidad humana como tal. Esas son las consecuencias de la guerra, pero es también la realidad de un mundo en transición, en donde las normas e ideas parecen pulular sin rumbo, según los intereses de quien las dicte. ¿Es Jefferson más compasivo porque se encuentra informado de la realidad de vida de la gente, de aquella que le rodea, de la que lee, y de quienes conoce en el camino? “Para avanzar hay que recordar” dice él cuando le explica a Johanna sobre la necesidad de enfrentar sus temores, arriesgarse a conocer cosas nuevas y dejar atrás ese pasado que no fue ni benéfico ni funcional para ella. Cuando le explica a la niña que hay que avanzar en línea recta, siempre hacia adelante, se refiere a todo esto, pero también a la idea de continuar madurando en lugar de estancarse, que es la única salida viable tanto para él como para Johanna. En el ínterin la película habla del desarraigo, entendido como la pérdida de raíces emocionales y culturales. Johanna y Jefferson son claro ejemplo, pues las relaciones interpersonales se pierden, al punto que sin un vínculo con un lugar o grupo, el aislamiento interfiere con el crecimiento del individuo. Si la causa es pobreza y desigualdad, el resultado es más fragmentación dentro de la sociedad, que no puede vivir ni sobrevivir así, sin raíces o identidad cultural, en frustración y angustia, reaccionando con miedo y violencia, donde impera el individualismo y el acaparamiento. La respuesta, reflexiona la película, serían la cultura, los valores, el trato humano, el diálogo y el contacto entre personas, que es algo que se elige encontrar, como Jefferson y Johanna, transitando en el camino, aunque no forzosamente en forma literal, como hacen ellos, pero como manera de convivir y darle sentido y significado a su existencia.
News of the world, 2020, Paul Greengrass
Diana Miriam Alcántara Meléndez | México
Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.






Diana Miriam Alcántara Meléndez












Se afirma que la verdad es relativa porque no puede ser absoluta, porque al analizar un hecho o proceso entran en juego el contexto, las circunstancias, las sensaciones, los prejuicios y hasta la información o narrativas generadas alrededor de ella, ya que esto la moldea, le da perspectiva, le confiere valor, permite apreciarla, sopesarla, evaluarla y decidir. Por eso los puntos de vista cambian, porque se construyen a partir del entorno histórico, político, social, cultural, personal y relacional, de forma que cada quien vive y juzga una experiencia en función de su situación y posición ante las variables que rodean cualquier evento. Si bien no hay una sola verdad, sí puede haber muchas mentiras; si bien no hay una sola versión de los hechos, no todos son forzosamente verdaderos o contados con veracidad. De esto trata la película El último duelo (EUA, 2021), dirigida por Ridley Scott y escrita por Ben Affleck, Matt Damon y Nicole Holofcener a partir del libro ‘The Last Duel: A True Story of Trial de Combat in Medieval France’ (El último duelo: una historia real de crimen, escándalo y juicio por combate en la Francia medieval) de Eric Jager. Protagonizada por Damon y Affleck junto a Jodie Comer, Adam Driver y Harriet Walter, la historia se basa en un hecho real, el último duelo judicial o juicio por combate permitido que se haya documentado en Francia.
Este duelo a muerte era un sistema oficialmente reconocido para resolver acusaciones que se suponía no se podían solucionar a través de un juicio más tradicional con base en las pruebas disponibles, de forma que quien ganara el duelo en esencia ganaba el juicio y esto era visto como que aquella persona tenía la razón, pues su victoria ‘era respaldada por Dios’. El duelo en cuestión se llevó a cabo en 1386 e involucra a Sir Jean de Carrouges, un caballero noble que acusa al escudero Jacques le Gris de violar a su esposa Marguerite. La cinta presenta los hechos a partir de los tres puntos de vista de los involucrados, señalando así similitudes y divergencias en el recuento de lo sucedido y revelando, con ello, cómo es que lo que una persona puede percibir insignificante, otro puede verlo como trascendental, significativo para su propia vida; o cómo es que un mismo acontecimiento puede sopesarse de una forma tan distinta según hizo sentir, pensar o reflexionar a los implicados. Lo que para uno es olvidable para el otro lo marca de por vida. El recuento en tres versiones distintas también hace evidente la deteriorada relación entre Carrouges y Le Gris, que pasaron de ser amigos a enemigos por las vicisitudes de sus relaciones económicas, políticas y sociales, dejando a Marguerite en medio de todo, a la defensiva, en desventaja y defendiendo su verdad en un mundo acostumbrado a no escuchar a las mujeres o en el que, especialmente en aquella época, el abuso sexual era algo que se callaba e incluso aceptaba como algo normal y cotidiano, porque, en el mejor de los casos, no se veía como una falta hacia la mujer, sino a su esposo, en calidad de propietario y responsable de su esposa. Marguerite pues, queda en medio de dos egos que la miran como un premio, de forma que el duelo no pretende hacer justicia plena, más bien resulta ser la excusa perfecta para poner fin a una rivalidad sustentada en envidia, egoísmo y vanidad.
Carrouges, por ejemplo, no demanda a Le Gris y luego lo reta a un duelo a muerte para defender el honor de su esposa, sino para salvaguardar su propia reputación y, desde luego, para dar cauce a su especial interés en denigrar, condenar y matar para vengarse de un hombre al que tacha como responsable de su mala fortuna; un Le Gris que, según Carrouges, que lleva años orquestando una campaña en su contra, traicionándolo, humillándolo y robándole su gloria. Posible esto porque el escudero tiene el respaldo absoluto, como favorito que es, del Conde Pierre d’Alençon, el Regente de las tierras en las que viven, la Corte de Argentan, quien es, a su vez, primo del rey Carlos VI, lo que le confiere un poder y autoridad sin restricciones, pues sólo responde ante el Rey. Los acontecimientos, desde los ojos de Carrouges, presentan un Le Gris más bien poco talentoso, inepto en algunas cosas pero taimado y traidor, que se la ingenia para conseguir el favor y la gracia del Conde con persuasión, sumisión y manipulación, eventualmente llevándolo a hacerse de favores traducidos en tierras y títulos que, por azares del destino, o tal vez, inducidos por el mismo, recibe quitándoselos a Carrouges. Según éste, Le Gris es alguien que siempre ha querido lo que él tiene y, en consecuencia, es alguien que lo menosprecia. Según Carrouges, él es el héroe y Le Gris el villano. En su opinión la afectada no es su esposa sino él mismo, ya que ve la agresión como una venganza o falta dirigida hacia él; esta idea demuestra una actitud tan machista y misógina como egocéntrica, alimentada por una sociedad en la que el hombre se ve a sí mismo en el centro de todo, en la que incluso para la ley, sus representantes y todo el sistema social quien importa es el varón, nunca la mujer, pues quien tiene derechos, honor, propiedades y valor es él, no ella. Carrouges quiere venganza para saciar sus emociones y está convencido que sus acciones son nobles, pues pelea batallas a favor de su Rey y, por ende, se considera merecedor de alabanzas; lo que en el fondo revela la posición social de Marguerite, un bien más de su esposo, tratada como un objeto, como propiedad, no como una persona. A pesar de haber sido agredida, no tenía derechos ni control ni poder, ni ella ni cualquier mujer en este contexto; acusada de infidelidad, provocación, escándalo y promiscuidad, arrinconada a tener que cumplir expectativas, de la época y sobre todo de los hombres, para sobrevivir, exigiéndole ser fiel, recatada, obediente, sumisa y callada.
Las cosas no son muy diferentes desde la perspectiva de Le Gris, que se mira a sí mismo también como víctima. Insiste que nunca hubo una violación porque la relación sexual, según él, fue consensuada, ya que, igualmente según él, la atracción con Marguerite era evidente a raíz de la que considera una relación marital insatisfactoria para ella, o lo que es lo mismo, culpa y responsabiliza a Marguerite de sus propias acciones, convencido de que lo que hizo estuvo bien y además era su derecho, en relación directa a verse más honorable y digno que Carrouges, el esposo de ella. Ello es reflejo de la perspectiva autoritaria y patriarcal de los señores propietarios de la época, acostumbrados a tratar a las mujeres con prepotencia, violencia y como simple objeto sexual. La idea de fondo, al contrastar ambas versiones de los hechos, es que los hombres se atreven a decidir sobre lo que suponen Marguerite quiere, piensa, siente o necesita; su esposo dicta y reprueba el abuso en función de su papel como marido, no de lo que realmente vivió ella. Le Gris a su vez también actúa en busca de imponer su voluntad, porque está convencido que su palabra, su versión de los hechos y su opinión, es la correcta, o la verdadera. Le Gris y Carrouges se comportan como si el problema social, legal, ético y moral no recayera en una acusación de violación o el abuso a una mujer, sino en una rivalidad entre hombres que no pelean ‘justamente’ entre ellos, una enemistad que se sostiene en su propio machismo. Según Le Gris es él y no el otro quien buscó conciliación, atribuyendo el favoritismo del Conde a su habilidad militar e intelecto erudito, por tanto, justificando el rechazo del primo del Rey hacia Carrouges en lo que cree es un constante intento de su examigo por menospreciarlo y atacarlo. En corto, para Le Gris sólo importa Le Gris y para Carrouges, sólo importa Carrouges. El detalle es que el verdadero error de ambos es medir los problemas sociales en función de su propio narcisismo, ejemplificando cómo las normas y la organización del sistema no están para hacer justicia sino para inclinarse a favor de aquellos con más dinero, influencia o posición social. Carrouges, por ejemplo, se niega a presentarse a la audiencia con el Conde porque sabe que de hacerlo la demanda sería decidida por él, quien fallará automáticamente a favor de su amigo, haciendo evidente que el sistema de justicia, administrativo y legal, no tiene nada que ver con velar por el bien de la comunidad, sino por los intereses de aquellos cercanos a las esferas de poder. El propio Pierre se lo dice a Le Gris cuando le explica que si el caso cae en sus manos, con facilidad podrá decidir sobre la situación, absolverlo a él y argumentar que Marguerite inventó o soñó lo sucedido, menospreciando y minimizando así su voz y su verdad, callándola en lugar de escucharla e, indirectamente, validando como aceptable la actitud de su amigo, un Le Gris que habría abusado de ella por el mero hecho de poder y querer hacerlo.
El duelo mismo no representa ni verdad ni justicia, es simplemente una estrategia para difuminar la conversación verdaderamente importante: el trato equívoco, injusto y reprobable que hace la sociedad hacia la mujer; y el intento de aminorar e ignorar los abusos hacia ellas que se presentan tan imperceptibles como insignificantes. La creencia aquí es que en un duelo judicial, ‘Dios decide el caso’, como si la justicia fuera divina y mágica, como si escapara de las manos de la sociedad, sus normas, su organización y los derechos que todo individuo debería tener por el simple hecho de ser humanos, ciudadanos, personas. Sin embargo, esa ‘justicia divina’ tampoco rectifica las cosas para Marguerite. En algún punto, hacia el final de la cinta, Carrouges le reclama a su esposa, alegando que su denuncia podría costarle la vida, como si luchar por la verdad fuera un error, como si la verdad no importara o como si ella no importara. Lo que Carrouges olvida y que ella bien le reclama es que Marguerite misma está sacrificando tanto o más que él, pero además en nombre de la justo y correcto, no de la presunción y la soberbia, como hacen tanto Carrouges como Le Gris.
Marguerite habla de lo sucedido y reclama ser escuchada sabiendo que la gente desaprobará y señalará sus acciones, la volverá blanco de burlas, rumores, calumnias y críticas, porque asumen que miente o que ella es la culpable del abuso, por el simple hecho de que si sucedió, ella lo permitió. Si Marguerite defiende la verdad a pesar de la vergüenza, errores de juicio y habladurías, es porque exige ser tratada con dignidad, porque lo que dice importa, porque la verdad importa, lo suficiente para desafiar los cánones, prejuicios, al sistema y a las instituciones; todo está en contra de ella, ya sea que hablemos de su esposo, su Rey, la Corte y la iglesia, entendiendo que de perder Carrouges el duelo, ella pagará también con su vida pues será acusada por haber levantado falsas acusaciones, recordando que quien pierde el duelo no tiene el respaldo de la verdad, para entonces ya convertida en un espejismo, un pretexto. Todo termina por ser un circo, un espectáculo para las masas, un duelo que en realidad funge como medio de entretenimiento, una lucha a muerte que al final no tiene nada que ver ni con la denuncia ni con la falta cometida, un enfrentamiento en el que Marguerite no gana, sólo pierde, sin importar cuál de los dos hombres salga victorioso. Si lo hace Le Gris, ella será torturada y quemada viva al encontrársele culpable de adulterio y de calumniar a un caballero; por ende, de haber cometido un pecado; si lo hace Carrouges, entonces su esposo se lleva los aplausos y la gloria, dejándola en la misma posición de desventaja social y familiar, en la que nada cambia, vista y tratada como un objeto o propiedad del hombre a su lado, como era común catalogar y, así, denigrar a las mujeres en aquella época. “La violación no es un delito contra la mujer. Es un delito de propiedad contra su tutor masculino”, dice en algún momento un clérigo consultado para llevar la defensa de Le Gris, dejando ver que para las personas en ese contexto histórico, político y social, la mujer no importa ni vale nada; por consiguiente, cualquier acción en su contra es sólo una vía para barajear otros asuntos, como juegos de poder y de supervivencia, de traición o venganza.
El tercer recuento de los hechos, el de Marguerite, muestra que nada es lo que parece, que ni Carrouges ni Le Gris son perfectos como ellos se pintan, que en cambio, ambos son toscos, petulantes y soberbios, no sólo con ella, también con cualquiera a su alrededor, una situación normalizada y aceptada socialmente. Realidad que cientos de años después de cuando la historia tuvo lugar sigue siendo vigente, preocupante y recurrente: hombres con poder, egocéntricos, que se preocupan y ocupan con sus venganzas y autocomplacencias, que se ven a sí mismos como héroes, al menos de sus propias historias, escudándose en conceptos como honor, justicia o verdad, legalidad o divinidad, que arrebatan y someten porque creen que es su derecho, porque en su mundo alardear, presumir y pasar sobre otros es la base del éxito. Para cualquier persona que se mira por encima de los demás, peor que perder no es no ganar, es ni siquiera participar y pelear, es no ser protagonista, por eso su versión de los hechos siempre está por encima de todo, porque no la ven como una porción de la realidad, sino como un absoluto que no se puede desafiar y que, por lo mismo, quieren imponer siempre su punto de vista, sus creencias su ideología y su cultura; ese es el mayor peligro que enfrenta la sociedad actual.








El plan es aparentar una cosa y hacer otra, para no levantar sospechas, así que Marla y Fran se dedican a elegir personas que, apoyadas en la doctora que trabaja para ellas, sean catalogados como incapaces o débiles, usualmente pacientes (potencialmente mal etiquetados) con demencia o algún deterioro mental similar que obligue a la ley a intervenir. Entonces trasladan a esa persona a un asilo de acianos, en donde el encargado controla al paciente tanto como Marla lo solicita y luego estos personajes proceden a hacerse de todos los bienes del adulto mayor en cuestión, al tener legalmente control de su dinero y poder de decisión, lo que incluye documentos que firman bajo los excesivos medicamentos que se les suministran, a partir de la aseveración de Marla de que son a su favor. Marla se justifica diciendo que lo que hace es vender las propiedades de esas personas para pagar tanto sus honorarios como el ingreso y mensualidad del asilo, pero en realidad, como guardián legal absoluto, ella administra de tal forma que tiene posesión de la vida de las personas como si fueran objetos, suplantando su voluntad, manipulando sus decisiones, para vender sus propiedades y pertenencias y así obtener el mayor dinero posible durante el mayor tiempo posible, o sea, hasta que la persona fallezca. O lo que es lo mismo, convierte a un humano en una fuente de ingresos, explotándole bajo el respaldo de las autoridades que lo facilitan creyendo que el modelo de tutela o guardia legal beneficia en lugar de afectar a las personas. La trampa de Marla ni siquiera es una trampa propia, es una realidad de la que se aprovecha, el sistema de tutela que opera en Estados Unidos donde se desarrolla la historia, convirtiendo a personas con problemas de salud en seres sin derechos, sujetos a la voluntad ajena por decisión legal; una forma de esclavitud justificada y avalada por la ley. Marla interpreta la ley, compra conciencias y voluntad de profesionistas que aprovechan para obtener ingreso adicional y abusa de la debilidad física y aislamiento familiar de las personas a quienes convierte en sus presas.




Por ello mismo Elisabeth vive angustiada por su exterior, por su imagen, consciente de que el mundo en el que vive, en el que vivimos todos, demanda una imagen muy específica de ella y, por extensión, de las mujeres como ella, como si su valor dependiera exclusivamente de su atractivo y juventud. En su cumpleaños 50 Elisabeth es despedida, discriminada y excluida por su edad, en función de prejuicios al respecto, al margen de cómo se ve y la calidad de su trabajo. Según Harvey, su jefe, Elisabeth ha alcanzado una ‘fecha de caducidad’ a partir de la que ya no importa realmente cómo luzca, sino la percepción social comúnmente aceptada que el mundo se hace de ella, que desde ese momento la cataloga como no joven, por tanto no bella y, según ellos, sin algo que ofrecer al mundo. Tanto Elisabeth como todas las mujeres, especialmente en el ambiente del espectáculo y el de las figuras públicas (analiza la película), completamente reducidas a objetos, a cosas, para cumplir una función, la de complacer al público y a un mercado hambriento de novedades aplicadas en todo aspecto y relación social, para luego ser ‘desechadas’, desplazadas por versiones más jóvenes de su persona que ofrecen lo que ellas ya no representan: belleza y juventud. Angustiada por este desprecio propiciado por una obsesión mediática por cosificar a la mujer e imponer estándares de belleza excluyentes más que incluyentes (cuando la inclusión se guía más bien por una moda o la apariencia de equidad, en lugar de verdadera revolución social), Elisabeth entra en crisis sobre todo consigo misma, ya que ni siquiera ella se acepta tal cual es pues ha sacrificado todo (no tiene amigos ni familia cercana) por cumplir los caprichos de una industria que ahora fácilmente le da la espalda. Elisabeth no se mira en el espejo queriendo quererse, se mira buscando los defectos que otros puedan adjudicarle, así que vive insatisfecha con su propio ser, aterrada por ser desplazada, ansiosa por encontrar ‘la fuente de la juventud’, autodestructiva por la crueldad del mundo a su alrededor para con la mujer, el cuerpo de la mujer, la edad de la mujer, el físico de la mujer y el atractivo sexual de la mujer. Elisabeth ya no sólo se preocupa excesivamente por su apariencia, está convencida, porque lo escucha a través de Harvey, que el medio artístico como industria del espectáculo ha moldeado una imagen específica de las celebridades para que las personas aspiren a ella y hagan todo por alcanzarla, al tiempo que también crean o manufacturan figuras ‘exitosas’, tanto para explotarlas de una forma redituable, como para después, así mismo, sacar provecho al destruirlas. Esto significa que Elisabeth no es la primera ni será la última mujer que será desplazada por alguien más joven, más ‘bella’ y más ‘vendible’, con énfasis en que el verdadero problema es que quien decide y define la palabra ‘belleza’ es el mercado del entretenimiento, orientado a imponer modas y estereotipos que impulsen el consumismo y a favorecer determinada imagen estética. A raíz de ello, especialmente el anhelo por la atención, los reflectores y la validación, Elisabeth acepta la propuesta de un extraño para usar ‘la sustancia’, un compuesto químico capaz de convertirla en una versión “más joven, más hermosa y más perfecta” de sí misma, según dice la propia campaña publicitaria en forma de promesa de este suero del mercado negro; una droga, en esencia, que capitaliza, al volver a las personas dependientes de ella, a partir de las inseguridades personales y la fijación por mantener ese estándar de belleza y juventud impuesto por el medio.
La sustancia básicamente crea una versión más joven de Elisabeth que ‘nace’, se desprende o sale de su propio cuerpo. Las instrucciones del producto hacen hincapié en dos puntos clave: la necesidad de alternar cada semana entre la matriz (Elisabeth) y su versión más joven (que se autonombra Sue), pues mientras una vive la otra permanece inconsciente; y dos, tener clara la noción de que se trata de dos versiones de la misma persona, no dos entes diferentes. Aquí lo interesante no es sólo la desesperación por seguir siendo relevante y trascender, incluso la necesidad por encontrar un grado de reconocimiento como nutriente de autoconfianza, que motivan a Elisabeth a aceptar la propuesta de ‘la sustancia’, sino que, pese a lo dicho, finalmente Elisabeth y Sue sí son dos personas diferentes, dos consciencias distintas. Sue nace literalmente del cuerpo de su matriz original, eso es cierto, pero Elisabeth desconoce por completo lo que la otra hace durante la semana en la que está activa, o despierta, o consciente, y viceversa. La relación es simbiótica pero sólo hasta cierto sentido; sí, hay una integración o interacción biológica, pero en realidad no existe un beneficio mutuo como sí una dinámica parasitaria. Para sobrevivir Sue tiene que extraer líquido cefalorraquídeo de Elisabeth, denominado, para los fines de la ciencia ficción, como ‘líquido estabilizador’; sin embargo, esto significa que la versión más joven de Elisabeth sólo toma de ella pero no da u ofrece nada a cambio. Si Elisabeth no puede experimentar en carne propia los ‘beneficios’ de haber creado una versión más joven de sí, ¿cuál es entonces el beneficio final que ella recibe del trato? En cierto sentido la historia refleja con esto el engaño comercial detrás los productos adictivos que ofrecen falsas promesas a sus clientes, específicamente alrededor del mercado relacionado con la belleza y el cuidado físico. Mientras Elisabeth sacrifica su propio cuerpo persiguiendo una idea que ni siquiera disfruta, porque en realidad la otra vive su vida aparte, Sue en el fondo no hace más que gozar su propia existencia sin tener que dar nada de su parte. Desconociendo por completo la rutina y quehaceres de su versión complementaria, las perspectivas de vida de cada una difieren por completo y Sue comienza a deleitarse con las atenciones y oportunidades que le traen su edad, físico, juventud y belleza, hasta alimentar una vanidad que se vuelve tan ambiciosa como tóxica, reflejo en cierto sentido de las propias obsesiones de su matriz, de Elisabeth. Las puertas se le abren por el atractivo de su imagen exterior, retroalimentando así esa idea distorsionada de que su única valía proviene de su físico. En las audiciones para encontrar a la nueva conductora que reemplazará a Elisabeth, los encargados sólo miran el cuerpo de las aspirantes y descartan candidatas ante cualquier imperfección que no se alinee con el molde de mujer ‘perfecta’ que se ha impuesto a la sociedad: la siempre dispuesta, la que siempre sonríe y la que siempre es coqueta, como si eso fuera todo lo que pudiera ser o importara en una mujer. Eventualmente Sue no sólo desplaza muy literalmente a Elisabeth, tomando su lugar en la cadena televisiva, sino que la aceptación, los aplausos y las atenciones, todo aquello que la otra anhelaba, se convierten igual para Sue en un motor autodestructivo, detonante además de una codicia despiadada. Lo que esto desencadena en ella es el abuso de ‘la sustancia’, porque Sue no se conforma, no quiere vivir sólo 7 días para quedar inconsciente 7 más. Ella está hambrienta de elogios y no se da cuenta que su ascenso es reflejo de la banalidad de la sociedad para con los valores humanos, porque, así como Elisabeth, Sue está convencida que la fama, efímera o no, significa éxito y placeres, lo que a su vez significa realización personal, algo que ansía, empujándola a caer en el mismo ciclo de sexualización de la mujer que la llevó a estar donde está, toda vez que su programa de aeróbics está más orientado a mostrar en pantalla sus atributos físicos que a enseñar a su audiencia la mejor rutina de ejercicio. En cuanto Sue comienza a abusar de Elisabeth, negándose a cambiar de lugar con ella y extrayendo más ‘líquido estabilizador’ del permitido, la consecuencia directa la sufre la otra, que paga con lo más valioso para ella, su belleza, su cuerpo y sobre todo su juventud, ya que cuando Sue no cumple con los plazos, el resultado para Elisabeth es que su cuerpo se avejenta más rápido de lo normal. El mundo de Elisabeth comienza a tambalearse cuando todo lo que le importa parece desaparecer e, inevitablemente, comparándose con Sue, termina por sentirse poco importante, imposiblemente amada y dolosamente criticada. Todo lo que valora es absorbido por alguien más, que irónicamente es ella misma. Sin embargo, ¿lo es? Sue no responde leal y honorable porque ella es la creación, la copia, la criatura forjada a partir de las partes de un original, como si de la criatura de Frankenstein, o ‘el nuevo Prometeo’ se tratara, una historia de Mary Shelley que en efecto habla tanto de la intromisión en el orden natural del ciclo de la vida, la aniquilación de la vida misma, el rechazo a partir de las apariencias, la desdicha que destruye al humano y la soledad que sufren las personas que además de no saber relacionarse, son incapaces de valorarse o estimarse a sí mismas. Esa es Elisabeth, alguien tan desconectada de todo que construye su identidad no a partir de quién es o quiere ser, sino a partir del trato y percepción de los demás hacia ella. Su anhelo es encontrar de nuevo aceptación, pero mide este valor a partir de la banalidad de la sociedad en función a su fijación con la belleza física. Cuando Elisabeth tiene, por ejemplo, una cita, se maquilla, desmaquilla, peina, despeina y cambia de ropa tantas veces como puede, en parte buscando la imagen ideal con la que sentirse satisfecha con lo que mira en el espejo, pero la verdad es que le es imposible estar a gusto en su propia piel y termina por faltar a la cita, insatisfecha por completo con su persona.
Si en ‘El nuevo Prometeo’ la criatura se enfrenta a su creador cuestionando la razón por la que existe, en este caso Sue no enfrenta sino más bien se venga hasta apartar y tomar el lugar de Elisabeth, asumiendo su propia existencia como más valiosa y digna que la de la otra, su ´creadora´, hasta consumir, como en la novela literaria de Mary Shelley, la vida, aquí muy literalmente, de su benefactor, de su creador, de quien no se siente ni su semejante, ni se identifica con ella emocionalmente. Como se podría esperar, al igual que Elisabeth, Sue se ve devorada por su obsesión tanto por la belleza y la perfección como por la necesidad de ser aclamada y reconocida hasta un punto presuntuoso y engreído. Sólo entonces ambas parecen ser en efecto dos versiones de la misma persona, con las mismas inseguridades, la misma manipulable baja autoestima, la misma urgencia por saberse el objeto del deseo de la multitud, al habitar en un mundo donde la superficialidad, la futilidad en todo aspecto de la vida, es aceptada y promovida, volviendo a las personas desinteresadas, superfluas, desconectadas, persuasibles, carentes de opinión, de carácter, de capacidad de análisis y de juicio constructivo, de tal forma que lo único que les importa es la fachada, las apariencias, la opinión de los demás; la belleza es asumida como atractivo seductor, como símbolo sexual, donde lo importante es ser llamativo a toda costa, por encima de ser auténtico. La persona es tratada en el mundo del espectáculo como objeto y ellas, o ellos, se asumen como tales, conformándose con la fama estéril que, sin embargo, los hace sentirse realizados. Lo cual nos muestra la miseria de la cultura. Habiendo explotado al máximo a Elisabeth, quien trágicamente, tras resentir la explotación de otros, termina siendo presa de auto-explotación (viendo a Sue como una versión salida de sí misma), Sue recurre a reusar al máximo ‘la sustancia’ y asumirse como ‘la original’, ignorando las explícitas instrucciones que prohíben la reutilización del producto, dando como resultado una segunda criatura, ahora un monstruo que fusiona ambas versiones anteriores, la original (Elisabeth) y la copia (Sue). Este híbrido grotesco, llamado ‘Monstruo Elisasue’, es el epítome de todo lo que está mal con la sociedad; representa su obsesión con la belleza física externa hasta un extremo lamentablemente risible, refleja el odio que la gente siente hacia sí misma por no poder alcanzar estándares irreales de vida impuestos precisamente para que sigan anhelando en lugar de encontrando realización, donde la meta ya no sólo es la imagen perfecta, también es la vida perfecta, la pareja perfecta, el empleo perfecto, la comida perfecta, la velada perfecta, el viaje perfecto, etcétera. El monstruo también es una manifestación del sensacionalismo ya no sólo mediático sino como forma de vida; entre más grande, extravagante, caricaturesco y ridículo sea el espectáculo, más afición, miradas y audiencia atrae. Esto aplica a las noticias, las redes sociales y las dinámicas mismas incluso en la política. La belleza definida como cualidades que son percibidas placenteras, una obra de arte o un atardecer, ya no es la única forma de emocionar y atraer la atención, ahora parece que los mejores resultados se consiguen haciendo todo lo contrario, ofreciendo escándalo, controversia, sensacionalismo, contenido macabro, siniestro y aberrante.
Curiosamente la película elige este camino narrativo, la de una historia visualmente inquietante y repulsiva, como para recordarle al público que se trata de una sátira surrealista que combina ciencia ficción y terror; un relato con crítica social que pone el dedo en la llaga y es desagradable en pantalla a propósito, porque de eso se trata la sátira como género narrativo, presentar un discurso y análisis mordaz y punzante para hablar, en este caso, de la fama ligada a la popularidad efímera o transitoria, la enfermiza fijación con el físico y la juventud al que las personas son sometidas y arrinconadas, la ambición como medio a la autodestrucción, la presión social por cumplir estándares o roles específicos, la cosificación y discriminación como rutinas aceptadas y ampliamente reproducidas, la explotación que hay en la sociedad misma del prójimo y la trivialidad del ser como medio o medida de convivencia social. El verdadero terror es que lo que presenta la película no es un imaginario probable sino una realidad palpable, en donde la gente ansía la fama porque quiere atención, porque cree que sólo así puede sentirse bien consigo; en donde se ansía ser amados por las masas, porque se es incapaz de amarse uno mismo; donde el miedo constante a ser tratado como insignificante o invisible llegada cierta edad es verdadero, abrumador; y donde el problema no es sólo la constante crítica al físico de las personas, sino que parece que ya estamos condicionados a ser así de intolerantes y racistas respecto a la apariencia de los demás y, sobre todo, autoexigentes por alcanzar determinada imagen hasta un punto de autodestrucción. Así que tal vez, si la historia es visualmente desagradable y grotesca, es porque en relación con la temática que se aborda, la sociedad es exactamente igual.
Un artista es una persona que crea, con técnica y sensibilidad, habilidad de expresión y disciplina, que se dedica a explorar, nutrir y reinventar todo aquello que tenga que ver con la expresión estética, el arte y la cultura, que esté relacionado con el discurso comunicativo, de reflejo y reflexión de la vida y la naturaleza, la humana incluida. Técnica, oficio o medio de expresión creativo, el arte se aprecia y se valora en función a las sensaciones y emociones que produce, a la habilidad y capacidad de su autor para manifestar ideas y reflexiones en su trabajo con estética y sensibilidad. Sin embargo, en un sistema movido por el capital y el dinero, el arte también es un producto o artículo del que se saca una ganancia; en el que se invierte y renueva con el objetivo de obtener un beneficio monetario en respuesta.

















