12 marzo, 2026

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Descuida, yo te cuido

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Las personas quieren ganar, quieren tener, acumular, persistir, presumir, sentirse superiores y poder decir que son todo lo que la sociedad considera exitoso, para ser reconocidos, aclamados o valorados; se busca obtener belleza, dinero, fama, lujos y comodidades, entre otras cosas. Esa es la naturaleza humana, la competitividad y la supervivencia, o visto desde otro punto de vista, la ‘ley de la selva’, la ley del más fuerte, la dinámica de sobresalir o quedar rezagado. Desde luego, esta dinámica acentuada, profundizada, en virtud de la propia mecánica del sistema capitalista de producción que funciona justo en la medida en que unos pocos acumulan dinero y capital, en tanto la gran mayoría sufre miseria, pues son expoliados por la élite económica-política.

Crees que eres una buena persona, pero no es así. Créeme, no existen las buenas personas. Yo era como tú, pensaba que esforzarme y hacer las cosas bien me garantizaría el éxito y la felicidad. Pero no. Hacer las cosas bien es un chiste que inventaron los ricos para mantenernos pobres al resto. Y yo fui pobre. No va conmigo. Hay dos tipos de personas en este mundo: la gente que aprovecha y de los que se aprovechan. Depredadores y presas. Leones y corderos”.

Ese es el análisis con la que empieza la película Descuida, yo te cuido (EUA, 2020) en voz de su protagonista Marla Grayson, una mujer oportunista y mezquina que tiene un negocio alineado con los engaños legales del sistema y que ha planeado, con mucha estrategia, para hacerse del dinero de las personas más desafortunadas, que no son las más pobres sino las más solas y desprotegidas. En efecto, Marla se considera una leona y los adultos mayores a quienes les exprime sus ahorros para quedárselos ella, son sus presas. En esencia es la imagen del mundo animal, irracional, en donde el pez grande se come al chico, o en donde los depredadores asesinan y devoran a presas más pequeñas. En el supuesto mundo racional humano, son lo que los intelectuales y políticos definen como “grupos vulnerables”. Sin embargo, la narrativa ilustra justamente que en el fondo seguimos siendo animales, autodenominados racionales, pero incapaces de abandonar el comportamiento bárbaro para exterminar a quienes consideremos más débiles que nosotros mismos.

Escrita y dirigida por J. Blakeson y protagonizado por Rosamund Pike, Peter Dinklage, Eiza González, Chris Messina, Dianne Wiest y Alicia Witt; la historia sigue a Marla, quien trabaja como representante legal de un buen número de adultos mayores, aparentemente incapaces de cuidar de sí mismos y a quienes legalmente un juez los asigna a ella, como encargada de su tutela o custodia. Marla se la vive convenciendo a los juzgados de que su labor es cuidar a sus clientes, protegiendo sus beneficios, pero en realidad el único beneficio que busca es el de ella. Tiene acuerdos con médicos y con el encargado de un asilo de ancianos para que aíslen a los adultos bajo su custodia de todo contacto, incluyendo su propia familia; se exageran los registros médicos para que parezca que estos ancianos ya no tienen capacidad de cuidar de sí mismos o de tomar decisiones en pleno uso de sus facultades mentales; así Marla se queda a cargo de todo aspecto sobre sus vidas: sus finanzas, su salud, su supervivencia misma. La ruin estafa está bien resumida en las palabras con que inicia el filme, en las que Marla asegura que en la vida, o te aprovechas de alguien o alguien se aprovecha de ti. Es una lección aunque no un buen consejo de vida, en esencia porque tiene razón. Idealmente el mundo debería ser solidario, libre, respetuoso y colaborador, pero en la realidad la sociedad se guía bajo la filosofía de ganar a toda costa, la que implica que para que haya un ganador debe haber uno o varios perdedores, lo cual induce a aprovecharse del de junto para sobresalir, o empujar al de enfrente para quedar en su lugar.

La historia elige un tono sarcástico para presentar todo esto porque es una comedia negra, pero una que sirve para demostrar la realidad de los absurdos, ya que Marla sólo actúa conforme a la ley, aprovechando para obtener beneficios gracias a las inconsistencias del sistema y a la corrupción del ser mismo. Interpreta la ley a conveniencia y manipula a las personas abusando de la debilidad y salud ajena. Por ejemplo, convence al juez con un discurso manipulador bien argumentado, se asocia con una doctora y el dueño de un centro médico a cambio de una ganancia monetaria también para ellos y elige a los adultos mayores ‘más factibles y viables’ con análisis frío y calculador, personas solitarias con pocos familiares o ninguno, pero suficiente dinero o solvencia económica como para explotar su capital. Eso es lo que valen las personas para Marla, simples objetos para explotar en función del costo-beneficio. En este caso, la relación entre bienes, dinero y pertenencias con respecto a desprotección y vulnerabilidad. Aquí está la idea clave de la película, explotar al prójimo; lo que Marla y su socia Fran, quien también es su pareja, tienen bien ensayado, asumir una personalidad sumisa y, aparentemente, socialmente responsable; esa careta de personas preocupadas ‘al servicio de la comunidad’, para hacer bajar la guardia del de enfrente. Logran asumir el control de las otras personas con mucha facilidad y además de forma legal, gracias a la aparente iniciativa servicial que en el fondo adoptan para parecer amables y loables y así ser convincentes y aceptadas. El juez que recibe los casos de Marla está, por ejemplo, convencido de que ella no sólo hace bien su trabajo sino que en realidad vela por los intereses de la gente a su cargo, porque así es como Marla quiere que la vean, como alguien confiable y respetable. Esta fama, este perfil que la gente se hace de ella, le permite explotar a otros sin que se sospechen malas intenciones de su parte.

El plan es aparentar una cosa y hacer otra, para no levantar sospechas, así que Marla y Fran se dedican a elegir personas que, apoyadas en la doctora que trabaja para ellas, sean catalogados como incapaces o débiles, usualmente pacientes (potencialmente mal etiquetados) con demencia o algún deterioro mental similar que obligue a la ley a intervenir. Entonces trasladan a esa persona a un asilo de acianos, en donde el encargado controla al paciente tanto como Marla lo solicita y luego estos personajes proceden a hacerse de todos los bienes del adulto mayor en cuestión, al tener legalmente control de su dinero y poder de decisión, lo que incluye documentos que firman bajo los excesivos medicamentos que se les suministran,  a partir de la aseveración de Marla de que son a su favor. Marla se justifica diciendo que lo que hace es vender las propiedades de esas personas para pagar tanto sus honorarios como el ingreso y mensualidad del asilo, pero en realidad, como guardián legal absoluto, ella administra de tal forma que tiene posesión de la vida de las personas como si fueran objetos, suplantando su voluntad, manipulando sus decisiones, para vender sus propiedades y pertenencias y así obtener el mayor dinero posible durante el mayor tiempo posible, o sea, hasta que la persona fallezca. O lo que es lo mismo, convierte a un humano en una fuente de ingresos, explotándole bajo el respaldo de las autoridades que lo facilitan creyendo que el modelo de tutela o guardia legal beneficia en lugar de afectar a las personas. La trampa de Marla ni siquiera es una trampa propia, es una realidad de la que se aprovecha, el sistema de tutela que opera en Estados Unidos donde se desarrolla la historia, convirtiendo a personas con problemas de salud en seres sin derechos, sujetos a la voluntad ajena por decisión legal; una forma de esclavitud justificada y avalada por la ley. Marla interpreta la ley, compra conciencias y voluntad de profesionistas que aprovechan para obtener ingreso adicional y abusa de la debilidad física y aislamiento familiar de las personas a quienes convierte en sus presas.

Suena absurdo pero no lo es, al menos no como lo plantea la película. Por ejemplo, si un médico determina que una persona no es capaz de tomar sus propias decisiones en pleno uso de sus facultades, o que su actuar puede hacer que su vida o la de otros corra peligro, el Estado interviene, asigna un tutor o guardián y ni siquiera tiene que avisar a nadie, ni siquiera a los familiares, dado que se considera una situación de ‘emergencia’ y el juez que asigna se considera una autoridad velando por la seguridad de la persona, autoridad que también asume que es su responsabilidad y que está haciendo lo ‘correcto’. El problema está en que se supone el médico actúa siempre profesionalmente con ética y sin dolo, sin embargo, el sistema hospitalario gubernamental y la práctica profesional privada están llenos de ejemplos que demuestran indudablemente lo contrario: médicos, enfermeras y psicólogos o psiquiatras que inducen comportamientos, drogan a conveniencia, vuelven adictos y dependientes a los pacientes. En breve, se ajustan al dicho que establece que ‘el mejor paciente es el que no se cura pero tampoco se muere’. Y de eso se aprovechan, carentes de moral, Marla y sus cómplices. ¿Lo correcto para quién? Habría que preguntar; ¿para el Estado, el tutor, el paciente o para la sociedad? ¿Qué parámetros se toman en consideración para tomar tal decisión de catalogar  la persona como ‘incapaz’, además de un certificado médico que puede decir lo que sea que el médico quiere que diga? O en cuyo caso, y tal es el escenario de la película, ¿qué tan sencillo es sobornar a un médico para que un informe de salud diga exactamente lo que alguien más dicta o estipula según sus propios intereses? Sin duda, es en verdad muy fácil toda vez que el sistema educativo forma profesionistas carentes de ética y en búsqueda del máximo beneficio. Así que Marla está tranquila porque sabe que las personas que “técnicamente” hacen algo ilegal son sus asociados, mientras ella sólo cumple con los requerimientos legales. Marla es la reina de la selva, retomando su analogía de leones y corderos, pues se sirve de otros para que hagan el trabajo sucio y así ella pueda conseguir su cometido. Ella gana y todos los demás pierden o reciben sólo migajas.

La trama de la historia se concentra en que Marla y Fran se topan con alguien igual de despiadado y audaz que ellas, alguien que sobrevive y obtiene ganancias y privilegios aprovechándose, abusando de los demás. Ese es Roman, un criminal cuya madre, Jennifer Peterson, se ha convertido en la nueva víctima de Marla. Sin poder reclamar de forma legal, dadas sus actividades criminales relacionadas con el tráfico de drogas que le impiden revelarse como el hijo de Jennifer, Roman tiene que recurrir a las prácticas ilegales para recuperarla. Es entonces que la comedia negra encuentra su punto más fuerte; Roman intenta conseguir su meta primero de la manera legal, enviando a un abogado para revertir la situación, pero no lo consigue, porque Marla es más astuta ya que tiene más experiencia en este tipo particular de asuntos legales y sabe ser más convincente y persuasiva, por lo que el criminal comienza a buscar alternativas diferentes. Bajo el dicho ‘hierba mala nunca muere’, Roman nunca logra deshacerse ni de Marla ni de Fran, en parte porque está rodeado de empleados incompetentes, que son superados por la astucia de aquellas dos mujeres. O la película pinta a criminales de la mafia ineptos (y lo son, hay tantos intentos fallidos de matar a Marla que resulta caricaturesco) o esa es la idea de fondo del guión, demostrar que aunque el crimen y la violencia pueden, la corrupción puede más. Roman se lanza directamente a las amenazas y a matar gente y no logra su objetivo, mientras que Marla procede a limitar los medios por los que Roman o su madre, o cualquiera de sus clientes, pueda hacer algo, legal o ilegalmente, porque los señala, expone y eventualmente controla de una forma astuta, bajo las sombras y en la discreción, lo que finalmente da mejores resultados. En breve, Marla sabe ser hábilmente el león disfrazado de cordero. Esa es la ley de la selva, no sólo aprovecharse del débil, sino sacar del camino al otro que es igual de fuerte que yo. “Jugar justo y tener miedo no te lleva a nada”, insiste Marla; de nuevo, esa no es la lección de la historia, esa es la forma de pensar de este personaje que ejemplifica la corrupción y maldad del ser humano, la realidad competitiva que le orilla a olvidarse del trabajo en equipo y la solidaridad para proceder en beneficio propio, de forma individual y egoísta. Finalmente se trata de  una comedia negra que refleja el mundo real; hay muchas Marlas en esta vida, personas que sólo responden a su avaricia y ambición; personas egoístas, envidiosas, soberbias, manipuladoras y/o controladoras, que harán lo que sea por conseguir lo que quieren, porque a ellos no les importa a quién afecten, a quién pisoteen, destruyan o lastimen, mientras se haga lo que dicen, como lo dicen y cuando lo dicen. ¿Es Marla un modelo a seguir? No; Marla es en realidad el prototipo o reflejo perfecto de la gente que quiere poder y que quiere ganar; ese tipo de personas de la que está lleno este mundo, seres sin principios morales, egoístas e inhumanos.

“Toda fortuna comienza con un salto de fe. Pero antes de dar ese salto, primero, hay que conocerse muy bien. Saber quién eres. Preguntarse: ¿estoy adentro o estoy afuera? ¿Soy un cordero? ¿O soy una leona? ¿Soy una depredadora? ¿O soy una presa? ¿Soy buena con el dinero? ¿O soy buena con la gente? ¿Qué estoy dispuesta a sacrificar para cumplir mis sueños? ¿Qué líneas no cruzaré?”, analiza Marla al final de la película, luego de asociarse con Roman. Incapaz de sacarla de su camino, aquel le propone una alianza que los beneficie a ambos y esto es interesante porque, siguiendo la lógica de la protagonista, Roman también es un depredador, no una presa. No pudo deshacerse de Marla, así que sobrevive aprovechándose de ella. Sí, respalda y financia su negocio para expandirlo, logrando que así ella genere más ganancias para sí, pero Roman no se queda sin nada, se queda con su parte de las ganancias. Ella proporciona las ideas, él proporciona la visión; ella plantea un modelo de explotación, él explota el modelo de explotación, proponiendo ser sus propios creadores de oportunidades, abriendo sus propios asilos de ancianos y clínicas para adultos para no depender, por ejemplo, de un médico que les firme un comprobante médico que diga lo que un juez necesite escuchar, sino tener ellos el medio para emitir ese certificado de salud según sus necesidades. Un negocio redondo, a prueba de huecos legales, más bien apoyándose en ellos, controlando todo lo que Marla no controlaba antes, abogados, médicos y cuidadores contratados en sus empresas para construir un imperio legal de la ilegalidad de su estafa (crimen organizado se define ahora), aprovechándose así ya no sólo de unos cuantos, sino de miles de personas vulnerables, indefensas. Una élite de leones en la selva, sacando provecho de los muchos corderos que no miran los hilos del engaño; o como dirían por ahí: la vida misma tal cual es a partir del modelo capitalista actual. Personas con moralidad dudosa y falta de ética que dictan su propia definición de ganar: tener dinero, tener poder, ser más que los demás. ¿Y para qué?, cuestiona la película, una vez que Marla encuentra la muerte de la forma más catárticamente justa, a manos de una persona que afectó indirectamente, el hijo de una anciana a quien despojó de su dinero aislándola de su familia. Lo importante aquí ya no es si hay justicia o si esta mujer es un ejemplo de un modelo de negocios ruin pero productivo, sino lo que demuestra con su desenlace es que el mundo es perturbadoramente cruel e impredecible, pero incluso hasta el más cruel se encuentra con lo imprevisto e inevitable, porque nadie tiene el destino comprado. ¿De qué sirve entonces el poder y la riqueza acumulada? En voz de Marla misma, cuando Roman le pregunta si no teme que la mate: “¿Recuerdas lo aterrador que era en 1807? ¿No?, yo tampoco, porque aún no estaba viva. Se sentirá igual cuando muera. La nada misma. ¿Por qué temerle a eso?”. Haya altanería o convicción en sus palabras, el punto es que tal vez se equivoca: el asunto no es la muerte, sino cómo vivimos.

I Care a Lot, 2020, Dir: J. Blakeson

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

La sustancia

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

La búsqueda por la perfección siempre traerá insatisfacción, mientras que la insatisfacción, irónicamente, es uno de los detonantes que llevan a querer alcanzar la perfección. El ciclo es tan interminable como tóxico porque habla de un anhelo por tener lo que no se tiene y una añoranza constante hacia lo imposible. El ser perfecto no existe.

Los marcados e irreales estándares de belleza que se promueven como parte de la cultura social, especialmente los dirigidos hacia las mujeres, la fama efímera determinada por la popularidad y la discriminación, después impuestas como medida de éxito o realización, la sensación de fracaso y la inconformidad con la vida, incluso con uno mismo, la auto-exigencia que ha rebasado la búsqueda por la excelencia y se ha convertido en el intento por una grandiosidad exenta de fallas, errores y defectos, a pesar de que la imperfección es parte de lo que nos hace humanos; la ambición alrededor de la popularidad, la crueldad dentro del mundo del espectáculo y los peligros de las adicciones o los vicios, sustentados en promesas irreales, especialmente dentro de la industria de la belleza, como las dietas o pastillas para bajar de peso o las cremas y tratamientos para mejorar la imagen física, son algunas de las ideas que se abordan en la película La sustancia (Francia-EUA-Reino Unido, 2024), escrita y dirigida por Coralie Fargeat; protagonizada por Demi Moore, Margaret Qualley y Dennis Quaid.

La historia se centra en Elisabeth Sparkle, una actriz de Hollywood que en su mayor apogeo fue aclamada y celebrada tanto por el público como por la industria del espectáculo, pero ahora que su fama se ha disipado trabaja como conductora en un programa televisivo matutino de ejercicios aeróbicos. Presionada por el ambiente laboral y social en el que se encuentra, donde la imagen externa es el tema más explotado en el medio y la cultura popular, en una industria cultural obsesionada con la perfección, la belleza y la juventud, Elisabeth hace todo por mantenerse vigente y sobre todo atractiva, guiada por los estándares de gracia y belleza que se imponen en el colectivo, lo que la hace estar especialmente enfrascada con su físico, al que dedica la más estricta atención y cuidado posible. En realidad Elisabeth no es apreciada por su carrera, logros, talentos, conocimientos, habilidades o capacidades, sino por la explotación que se pueda hacer de su imagen, así que en esencia Elisabeth es tratada como un producto que se valora según qué tan redituable o vendible puede ser. Su jefe y la cadena televisiva para la que trabaja no la respetan por quién es, sino por qué tanta gente la conoce, la sigue, mira su programa y por ende representa para ellos una ganancia, a partir del número de espectadores que consumen un producto: ella.

Por ello mismo Elisabeth vive angustiada por su exterior, por su imagen, consciente de que el mundo en el que vive, en el que vivimos todos, demanda una imagen muy específica de ella y, por extensión, de las mujeres como ella, como si su valor dependiera exclusivamente de su atractivo y juventud. En su cumpleaños 50 Elisabeth es despedida, discriminada y excluida por su edad, en función de prejuicios al respecto, al margen de cómo se ve y la calidad de su trabajo. Según Harvey, su jefe, Elisabeth ha alcanzado una ‘fecha de caducidad’ a partir de la que ya no importa realmente cómo luzca, sino la percepción social comúnmente aceptada que el mundo se hace de ella, que desde ese momento la cataloga como no joven, por tanto no bella y, según ellos, sin algo que ofrecer al mundo. Tanto Elisabeth como todas las mujeres, especialmente en el ambiente del espectáculo y el de las figuras públicas (analiza la película), completamente reducidas a objetos, a cosas, para cumplir una función, la de complacer al público y a un mercado hambriento de novedades aplicadas en todo aspecto y relación social, para luego ser ‘desechadas’, desplazadas por versiones más jóvenes de su persona que ofrecen lo que ellas ya no representan: belleza y juventud. Angustiada por este desprecio propiciado por una obsesión mediática por cosificar a la mujer e imponer estándares de belleza excluyentes más que incluyentes (cuando la inclusión se guía más bien por una moda o la apariencia de equidad, en lugar de verdadera revolución social), Elisabeth entra en crisis sobre todo consigo misma, ya que ni siquiera ella se acepta tal cual es pues ha sacrificado todo (no tiene amigos ni familia cercana) por cumplir los caprichos de una industria que ahora fácilmente le da la espalda. Elisabeth no se mira en el espejo queriendo quererse, se mira buscando los defectos que otros puedan adjudicarle, así que vive insatisfecha con su propio ser, aterrada por ser desplazada, ansiosa por encontrar ‘la fuente de la juventud’, autodestructiva por la crueldad del mundo a su alrededor para con la mujer, el cuerpo de la mujer, la edad de la mujer, el físico de la mujer y el atractivo sexual de la mujer. Elisabeth ya no sólo se preocupa excesivamente por su apariencia, está convencida, porque lo escucha a través de Harvey, que el medio artístico como industria del espectáculo ha moldeado una imagen específica de las celebridades para que las personas aspiren a ella y hagan todo por alcanzarla, al tiempo que también crean o manufacturan figuras ‘exitosas’, tanto para explotarlas de una forma redituable, como para después, así mismo, sacar provecho al destruirlas. Esto significa que Elisabeth no es la primera ni será la última mujer que será desplazada por alguien más joven, más ‘bella’ y más ‘vendible’, con énfasis en que el verdadero problema es que quien decide y define la palabra ‘belleza’ es el mercado del entretenimiento, orientado a imponer modas y estereotipos que impulsen el consumismo y a favorecer determinada imagen estética. A raíz de ello, especialmente el anhelo por la atención, los reflectores y la validación, Elisabeth acepta la propuesta de un extraño para usar ‘la sustancia’, un compuesto químico capaz de convertirla en una versión “más joven, más hermosa y más perfecta” de sí misma, según dice la propia campaña publicitaria en forma de promesa de este suero del mercado negro; una droga, en esencia, que capitaliza, al volver a las personas dependientes de ella, a partir de las inseguridades personales y la fijación por mantener ese estándar de belleza y juventud impuesto por el medio.

La sustancia básicamente crea una versión más joven de Elisabeth que ‘nace’, se desprende o sale de su propio cuerpo. Las instrucciones del producto hacen hincapié en dos puntos clave: la necesidad de alternar cada semana entre la matriz (Elisabeth) y su versión más joven (que se autonombra Sue), pues mientras una vive la otra permanece inconsciente; y dos, tener clara la noción de que se trata de dos versiones de la misma persona, no dos entes diferentes. Aquí lo interesante no es sólo la desesperación por seguir siendo relevante y trascender, incluso la necesidad por encontrar un grado de reconocimiento como nutriente de autoconfianza, que motivan a Elisabeth a aceptar la propuesta de ‘la sustancia’, sino que, pese a lo dicho, finalmente Elisabeth y Sue sí son dos personas diferentes, dos consciencias distintas. Sue nace literalmente del cuerpo de su matriz original, eso es cierto, pero Elisabeth desconoce por completo lo que la otra hace durante la semana en la que está activa, o despierta, o consciente, y viceversa. La relación es simbiótica pero sólo hasta cierto sentido; sí, hay una integración o interacción biológica, pero en realidad no existe un beneficio mutuo como sí una dinámica parasitaria. Para sobrevivir Sue tiene que extraer líquido cefalorraquídeo de Elisabeth, denominado, para los fines de la ciencia ficción, como ‘líquido estabilizador’; sin embargo, esto significa que la versión más joven de Elisabeth sólo toma de ella pero no da u ofrece nada a cambio. Si Elisabeth no puede experimentar en carne propia los ‘beneficios’ de haber creado una versión más joven de sí, ¿cuál es entonces el beneficio final que ella recibe del trato? En cierto sentido la historia refleja con esto el engaño comercial detrás los productos adictivos que ofrecen falsas promesas a sus clientes, específicamente alrededor del mercado relacionado con la belleza y el cuidado físico. Mientras Elisabeth sacrifica su propio cuerpo persiguiendo una idea que ni siquiera disfruta, porque en realidad la otra vive su vida aparte, Sue en el fondo no hace más que gozar su propia existencia sin tener que dar nada de su parte. Desconociendo por completo la rutina y quehaceres de su versión complementaria, las perspectivas de vida de cada una difieren por completo y Sue comienza a deleitarse con las atenciones y oportunidades que le traen su edad, físico, juventud y belleza, hasta alimentar una vanidad que se vuelve tan ambiciosa como tóxica, reflejo en cierto sentido de las propias obsesiones de su matriz, de Elisabeth. Las puertas se le abren por el atractivo de su imagen exterior, retroalimentando así esa idea distorsionada de que su única valía proviene de su físico. En las audiciones para encontrar a la nueva conductora que reemplazará a Elisabeth, los encargados sólo miran el cuerpo de las aspirantes y descartan candidatas ante cualquier imperfección que no se alinee con el molde de mujer ‘perfecta’ que se ha impuesto a la sociedad: la siempre dispuesta, la que siempre sonríe y la que siempre es coqueta, como si eso fuera todo lo que pudiera ser o importara en una mujer. Eventualmente Sue no sólo desplaza muy literalmente a Elisabeth, tomando su lugar en la cadena televisiva, sino que la aceptación, los aplausos y las atenciones, todo aquello que la otra anhelaba, se convierten igual para Sue en un motor autodestructivo, detonante además de una codicia despiadada. Lo que esto desencadena en ella es el abuso de ‘la sustancia’, porque Sue no se conforma, no quiere  vivir sólo 7 días para quedar inconsciente 7 más. Ella está hambrienta de elogios y no se da cuenta que su ascenso es reflejo de la banalidad de la sociedad para con los valores humanos, porque, así como Elisabeth, Sue está convencida que la fama, efímera o no, significa éxito y placeres, lo que a su vez significa realización personal, algo que ansía, empujándola a caer en el mismo ciclo de sexualización de la mujer que la llevó a estar donde está, toda vez que su programa de aeróbics está más orientado a mostrar en pantalla sus atributos físicos que a enseñar a su audiencia la mejor rutina de ejercicio. En cuanto Sue comienza a abusar de Elisabeth, negándose a cambiar de lugar con ella y extrayendo más ‘líquido estabilizador’ del permitido, la consecuencia directa la sufre la otra, que paga con lo más valioso para ella, su belleza, su cuerpo y sobre todo su juventud, ya que cuando Sue no cumple con los plazos, el resultado para Elisabeth es que su cuerpo se avejenta más rápido de lo normal. El mundo de Elisabeth comienza a tambalearse cuando todo lo que le importa parece desaparecer e, inevitablemente, comparándose con Sue, termina por sentirse poco importante, imposiblemente amada y dolosamente criticada. Todo lo que valora es absorbido por alguien más, que irónicamente es ella misma. Sin embargo, ¿lo es? Sue no responde leal y honorable porque ella es la creación, la copia, la criatura forjada a partir de las partes de un original, como si de la criatura de Frankenstein, o ‘el nuevo Prometeo’ se tratara, una historia de Mary Shelley que en efecto habla tanto de la intromisión en el orden natural del ciclo de la vida, la aniquilación de la vida misma, el rechazo a partir de las apariencias, la desdicha que destruye al humano y la soledad que sufren las personas que además de no saber relacionarse, son incapaces de valorarse o estimarse a sí mismas. Esa es Elisabeth, alguien tan desconectada de todo que construye su identidad no a partir de quién es o quiere ser, sino a partir del trato y percepción de los demás hacia ella. Su anhelo es encontrar de nuevo aceptación, pero mide este valor a partir de la banalidad de la sociedad en función a su fijación con la belleza física. Cuando Elisabeth tiene, por ejemplo, una cita, se maquilla, desmaquilla, peina, despeina y cambia de ropa tantas veces como puede, en parte buscando la imagen ideal con la que sentirse satisfecha con lo que mira en el espejo, pero la verdad es que le es imposible estar a gusto en su propia piel y termina por faltar a la cita, insatisfecha por completo con su persona.

Si en ‘El nuevo Prometeo’ la criatura se enfrenta a su creador cuestionando la razón por la que existe, en este caso Sue no enfrenta sino más bien se venga hasta apartar y tomar el lugar de Elisabeth, asumiendo su propia existencia como más valiosa y digna que la de la otra, su ´creadora´, hasta consumir, como en la novela literaria de Mary Shelley, la vida, aquí muy literalmente, de su benefactor, de su creador, de quien no se siente ni su semejante, ni se identifica con ella emocionalmente. Como se podría esperar, al igual que Elisabeth, Sue se ve devorada por su obsesión tanto por la belleza y la perfección como por la necesidad de ser aclamada y reconocida hasta un punto presuntuoso y engreído. Sólo entonces ambas parecen ser en efecto dos versiones de la misma persona, con las mismas inseguridades, la misma manipulable baja autoestima, la misma urgencia por saberse el objeto del deseo de la multitud, al habitar en un mundo donde la superficialidad, la futilidad en todo aspecto de la vida, es aceptada y promovida, volviendo a las personas desinteresadas, superfluas, desconectadas, persuasibles, carentes de opinión, de carácter, de capacidad de análisis y de juicio constructivo, de tal forma que lo único que les importa es la fachada, las apariencias, la opinión de los demás; la belleza es asumida como atractivo seductor, como símbolo sexual, donde lo importante es ser llamativo a toda costa, por encima de ser auténtico. La persona es tratada en el mundo del espectáculo como objeto y ellas, o ellos, se asumen como tales, conformándose con la fama estéril que, sin embargo, los hace sentirse realizados. Lo cual nos muestra la miseria de la cultura. Habiendo explotado al máximo a Elisabeth, quien trágicamente, tras resentir la explotación de otros, termina siendo presa de auto-explotación (viendo a Sue como una versión salida de sí misma), Sue recurre a reusar al máximo ‘la sustancia’ y asumirse como ‘la original’, ignorando las explícitas instrucciones que prohíben la reutilización del producto, dando como resultado una segunda criatura, ahora un monstruo que fusiona ambas versiones anteriores, la original (Elisabeth) y la copia (Sue). Este híbrido grotesco, llamado ‘Monstruo Elisasue’, es el epítome de todo lo que está mal con la sociedad; representa su obsesión con la belleza física externa hasta un extremo lamentablemente risible, refleja el odio que la gente siente hacia sí misma por no poder alcanzar estándares irreales de vida impuestos precisamente para que sigan anhelando en lugar de encontrando realización, donde la meta ya no sólo es la imagen perfecta, también es la vida perfecta, la pareja perfecta, el empleo perfecto, la comida perfecta, la velada perfecta, el viaje perfecto, etcétera. El monstruo también es una manifestación del sensacionalismo ya no sólo mediático sino como forma de vida; entre más grande, extravagante, caricaturesco y ridículo sea el espectáculo, más afición, miradas y audiencia atrae. Esto aplica a las noticias, las redes sociales y las dinámicas mismas incluso en la política. La belleza definida como cualidades que son percibidas placenteras, una obra de arte o un atardecer, ya no es la única forma de emocionar y atraer la atención, ahora parece que los mejores resultados se consiguen haciendo todo lo contrario, ofreciendo escándalo, controversia, sensacionalismo, contenido macabro, siniestro y aberrante.

Curiosamente la película elige este camino narrativo, la de una historia visualmente inquietante y repulsiva, como para recordarle al público que se trata de una sátira surrealista que combina ciencia ficción y terror; un relato con crítica social que pone el dedo en la llaga y es desagradable en pantalla a propósito, porque de eso se trata la sátira como género narrativo, presentar un discurso y análisis mordaz y punzante para hablar, en este caso, de la fama ligada a la popularidad efímera o transitoria, la enfermiza fijación con el físico y la juventud al que las personas son sometidas y arrinconadas, la ambición como medio a la autodestrucción, la presión social por cumplir estándares o roles específicos, la cosificación y discriminación como rutinas aceptadas y ampliamente reproducidas, la explotación que hay en la sociedad misma del prójimo y la trivialidad del ser como medio o medida de convivencia social. El verdadero terror es que lo que presenta la película no es un imaginario probable sino una realidad palpable, en donde la gente ansía la fama porque quiere atención, porque cree que sólo así puede sentirse bien consigo; en donde se ansía ser amados por las masas, porque se es incapaz de amarse uno mismo; donde el miedo constante a ser tratado como insignificante o invisible llegada cierta edad es verdadero, abrumador; y donde el problema no es sólo la constante crítica al físico de las personas, sino que parece que ya estamos condicionados a ser así de intolerantes y racistas respecto a la apariencia de los demás y, sobre todo, autoexigentes por alcanzar determinada imagen hasta un punto de autodestrucción. Así que tal vez, si la historia es visualmente desagradable y grotesca, es porque en relación con la temática que se aborda, la sociedad es exactamente igual.

The Substance, 2024, Dir: Coralie Fargeat

 

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

El Artista

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

Un artista es una persona que crea, con técnica y sensibilidad, habilidad de expresión y disciplina, que se dedica a explorar, nutrir y reinventar todo aquello que tenga que ver con la expresión estética, el arte y la cultura, que esté relacionado con el discurso comunicativo, de reflejo y reflexión de la vida y la naturaleza, la humana incluida. Técnica, oficio o medio de expresión creativo, el arte se aprecia y se valora en función a las sensaciones y emociones que produce, a la habilidad y capacidad de su autor para manifestar ideas y reflexiones en su trabajo con estética y sensibilidad. Sin embargo, en un sistema movido por el capital y el dinero, el arte también es un producto o artículo del que se saca una ganancia; en el que se invierte y renueva con el objetivo de obtener un beneficio monetario en respuesta.

 

El cine, considerado una de las bellas artes, el ‘séptimo arte’, no es ajeno a esto, a la utilidad de lucro que se deposita en la cinematografía como industria, donde puede llegar a pesar más la cantidad que la calidad; la parafernalia que la sustancia; la técnica que el contenido: y la venta, producción y rendimiento, por sobre cualquier otra cosa.

 

La película El Artista (Francia, 2011) habla sobre todo ello, ambientando en la época en que se vivió un forzoso proceso de transformación, adaptación y cambio ante la llegada del cine sonoro, reflexionando con su historia respecto a cómo afectó el sonido a la realización y consumo de películas, pero también lo que ello significó para el modelo de negocios y creatividad dentro del cine, donde la realidad del momento -que sigue vigente-, se podía resumir en aquella frase que bien dice: renovarse o morir.

 

Escrita y dirigida por Michel Hazanavicius y protagonizada por Jean Dujardin, Bérénice Bejo, John Goodman, James Cromwell y Penelope Ann Miller, la cinta ganó cinco (mejor película, director, actor, banda sonora y diseño de vestuario) de los diez premios Oscar a los que estuvo nominada (actriz de reparto, guión original, fotografía, montaje y dirección artística fueron las nominaciones restantes). Realizada como película muda y en blanco y negro, en honor a aquel pasado histórico de antaño (imágenes sin sonido sincronizado), la historia se ambienta entre 1927 y 1934 y se centra en George Valentin, un actor del cine mudo, de actitud egocéntrica, que se jacta con demasiado orgullo de su éxito, a quien las nuevas tecnologías llegan a desplazarlo de su pedestal, por asumir una actitud de rechazo a ellas.

 

Tras el estreno de su más reciente película, George conoce a una aspirante a actriz, Peppy Miller, con quien después se reencuentra cuando ella es elegida como extra en su siguiente trabajo fílmico. El jefe del estudio, Al Zimmer, no está muy contento con la presencia de Peppy, cuya interacción con George frente a las cámaras acaparó la atención de los medios de comunicación, que terminaron hablando en sus páginas de periódico de ella y no de la película, algo reprobable para Zimmer, pues significó perder publicidad, promoción y, por ende, ganancias para su filme.

 

George, por el contrario, ve en Peppy potencial escénico, convence a Al de contratarla, y le da a ella un consejo vital: encontrar aquello que la haga destacar entre las demás actrices, para que, al ser reconocida por un distintivo, ello le abra puertas en el competitivo mundo actoral. En esencia, la sugerencia de George es saber sobresalir y distinguirse, para demostrar al mundo que puede ofrecer algo que los demás no tienen.

 

 

La actitud de Al y George reflejan, respectivamente, a su vez, puntos de vista que parecen contrarios, pero que en esencia son igual de importantes respecto al cine como industria, como espacio de oferta y demanda, donde el mar de posibilidades llaman a pelear por la atención del público, igual que la del inversionista, del productor, del realizador o cualquier otro factor de decisión. Peppy, por ejemplo, debe abrirse camino con talento y dedicación, pero también necesita demostrar que su presencia y trabajo en pantalla ofrecen algo que no repite lo que otras actrices hayan aportado ya con anterioridad. Esto habla de competitividad pero también de abrir oportunidades, a veces con habilidad y maña, a veces con más astucia que suerte.

 

Así mismo, esto también aplica al razonamiento de Al, que, como ejecutivo, lo que busca es el éxito del producto que tiene en las manos, las películas que hace, o mejor dicho, en que invierte. Su táctica es una promoción y publicidad sustentada, para ese entonces, ‘el viejo Hollywood’, en la estrella frente a la pantalla, más que el director, la historia u otro. Así, Al ve las cosas en función del rendimiento, lucro y beneficio, que no es más que ofrecer un producto que se distinga de entre los otros, para que la inversión llegue de vuelta e incrementada, lo que a su vez, permita hacer más películas y reinicie el ciclo.

 

Tras ese primer encuentro, las vidas de Peppy y George toman caminos distintos, toda vez que el cine sonoro llega a revolucionar la forma de hacer películas. Para George, la nueva tecnología es un insignificante sin sustento, del que él se cree más grande y más exitoso. Está tan seguro de su fama, que la asume con arrogancia, pero, al mismo tiempo, es indiferente y reacio a la importancia de la adaptación, que se niega a cambiar y aprovechar la oportunidad de renovación. Rechaza hacer películas sonoras porque no le ve un futuro a este cine, pero no porque objetivamente sopese los pros y los contras, sino porque piensa que la gente va al cine únicamente para verlo a él. En el fondo George en realidad teme a la incertidumbre de una nueva era de la que no solo no sabe nada, sino para la que no está preparado, lo que significa la posibilidad de fracasar.

 

En consecuencia, la vida profesional de George comienza a irse en picada; Al lo corre del estudio por su falta de disposición y colaboración; entonces George usa todos sus ahorros para hacer una película propia muda, que no logra competir frente a la novedad del cine sonoro (ni la inversión maximizada del estudio detrás que lo promueve), que demuestra ser tan llamativo como exitoso, provocando un desplome en las finanzas de George, situación depresiva que se acrecienta por la de por sí crisis financiera que se vive en Estados Unidos en 1929; todo esto finalmente impacta también en su vida personal, que lo vuelve distante de su prometida Doris, quien finalmente lo deja. En parte es la soberbia de George lo que sepulta sus posibilidades, pues se niega, sin mente abierta o humildad, a adaptarse a los cambios del mundo y ambiente profesional en que se desenvuelve. En parte es también su falta de visión, que descarta el cine sonoro como posibilidad de nuevas formas de contar historias, expresarse y acercare al público, sin siquiera examinar, conocer o entender qué significa este cambio, producto más de su mala actitud, petulante y vanidosa, que de una ignorancia intelectual.

Efectivamente, el paso del cine mudo al sonoro representó una evolución y revolución dentro de la industria cinematográfica. No todos los que trabajaban haciendo películas, delante o detrás de cámaras, pudieron entender y responder al cambio. Fue hasta, alrededor de 1927, que las grandes productoras de Hollywood solidificaron la transición, al dejar de hacer películas mudas para optar por ‘el nuevo cine’, en el sentido comercial. Como en todo cambio, la transición fue gradual, primero necesaria y luego obligada, a la que no todos, en este caso el público incluido, pudo adaptarse [Tal y como ahora algunos sectores se resisten a ver el cine hecho y proyectado en plataformas digitales]. La nueva era tampoco salió libre de críticas pero como principal consecuencia, la cinematografía tomó un paso sin vuelta atrás, cambiando la tecnología con que se filmaba,  el modelo de trabajo y hasta la venta del producto; evolución imparable y en constante movimiento, como todo en la vida, que no deja, hasta la fecha, de seguir renovando y proponiendo nuevas formas de ver, hacer y consumir cine.

 

También como en todo, no todo cambio aporta algo sustancial, ni modifica de igual manera la esencia base que pretende revolucionar, o tiene la efectividad y transformación que busca lograr con su propuesta. Dentro del cine, no todos los cambios que se han hecho o intentado han tenido el mismo eco o aporte; no todos ‘mejoran’ la forma de ver y hacer cine, ni todos duran o impactan tan significativamente a la industria y al arte cinematográfico como procesos creativos y comerciales. Es el tiempo, la visión, el contexto y hasta la inversión y construcción de cada transformación lo que dicta y refleja la permanencia de la modificación. El cine en tercera dimensión, por ejemplo, fue más pasajero que el cine digital, que eventualmente se volvió la norma recurrente por encima del análogo, que no obstante no ha dejado de existir, experimentar, evolucionar y trascender.

 

En el caso de la película en comento, George asume al cine sonoro como una moda pasajera (y modas pasajeras en la historia del cine, ha habido); un artefacto de venta novedoso que no hallará su lugar simbólico porque no aporta desde su punto de vista algo ‘nuevo’. La pregunta es, ¿cómo es que George no vio el potencial innovador de una técnica que abrió tantas posibilidades creativas? Su problema quizá no es que no lo haya advertido o entendido, sino que incluso siendo testigo de ello, no lo acepta, en parte porque mira la transformación como una máquina de venta que rechaza, pues sólo pretende hacer dinero, no arte; o como una renovación forzada que obliga a traer nuevo talento y sacar de cartelera a los actores que, como él, comienzan a ‘pasar de moda’; o como truco comercial a través del cual el cine se convierta en medio enajenante, más que artístico. En resumen, él no percibe la conveniencia del cambio y las circunstancias del mismo lo expulsan del camino del éxito.

 

“No soy una marioneta. Soy un artista”, insiste George, porque ‘crea’ historias, no ‘vende’ productos. Su punto de vista tiene sentido; el productor y su estudio están interesados en la ‘máquina mercantil’, pero el realizador no puede trabajar en función al eje comercial, sino al proceso de imaginación, invención y de expresión que se encuentra en el cine. La clave en todo caso sería no enfocarse exclusivamente en las películas como generadoras de dinero, sino en mantener la cualidad creativa cinematográfica, pero sabiendo con suficiente inteligencia sacar provecho del cambio o innovación hasta adaptarlo a favor. Más, en este caso, en donde el desarrollo tecnológico ofrece la posibilidad de percibir en pantalla a las personas tal y como se ven en la vida real.

 

En su orgullo, George no ve que la fama es efímera; que el cine es arte pero también industria; que como en todo en la vida, la adaptación es parte natural del curso de las cosas, pero también que la transformación misma es parte de la vida. Una vez que Peppy escala a la cima del éxito, con intuición y talento en pantalla, que la llevan a convertirse en una de las nuevas estrellas actorales del estudio, ella se da cuenta que su éxito es posible en paralelo con el declive de otra celebridad que llega a substituir. Cuando George le hace ver que el problema no es el cambio generacional, sino que la nueva generación no asuma con consideración y respeto el pasado, Peppy finalmente comprende el reclamo de George: ‘lo viejo abre el paso a lo nuevo’; es decir, el presente no es posible sin un pasado.

 

En este caso la situación es muy literal: George no ‘hizo’ a Peppy, ella recorre su propio camino y se abre oportunidades sola, pero ella aprende considerablemente sobre el terreno que transita gracias a la voz de la experiencia, George, y como él, todos aquellos que forjaron los primeros pasos del mundo del cine hasta convertirlo en lo que ahora es, incluyendo las oportunidades presentes, que ahora pueden existir para gente ‘nueva’.

La esencia es la misma en todas las cosas, en la historia, las sociedades, las familias, las empresas y las personas; cada agrupación, colectivo o estructura es resultado de aquellos que estuvieron antes; de sus antepasados, sus enseñanzas, sus aciertos y sus errores. En breve, la evolución es la marca del progreso del hombre, en lo individual y como especie, por eso, se aprende conociendo, comprendiendo el pasado, aprovechando los saberes de generaciones anteriores; nadie obtiene éxito de la nada, sino que éste es resultado de saberes asimilados.

 

El reconocimiento y/o la popularidad no son nada si no se reconoce a aquellos que también son parte de su formación. Algo que la película reflexiona es que el éxito o la fama es una ilusión, si no se aprecia el logro, esfuerzo y sacrificio colectivo, más allá de la banalidad del aplauso, el elogio o la fortuna que pueda traer consigo.

 

La disputa entre la finalidad, utilidad y aporte del cine artístico frente al comercial, no inicia ni termina en esta época de cambio de los años 20’s y 30’s de Hollywood, conocida como la edad de oro del cine clásico. La distinción sigue vigente, cambiante y constante; necesaria e inevitable. Pero el cambio así no sólo existe en el cine; es así en la vida de George, de Peppy y,  por ende, razona la película, en toda persona, situación, historia y contexto. La transformación es tan natural como obligada.

 

La película, finalmente, enfatiza más que nada el trabajo del artista como creador, y del creador enfrentando la insistencia del enfoque comercial que valora no la calidad, sino la utilidad de lo que cada trabajo o creación propone. El artista adaptándose a su contexto, la tecnología, las innovaciones y las necesidad de la sociedad en la que vive, pero además, asumiendo el reto de forma que no sirva en exclusiva a las exigencias del otro, u otros, sino nutra su contenido y propuesta a partir de aquello característico del mundo en el que vive, para que así el arte, el cine, no pierdan su capacidad de observar, meditar, analizar, criticar, plasmar y razonar sobre la sociedad y la realidad que tiene enfrente, cual es parte de su función, misión y/o propósito.

El Artista / The Artist

Dir. Michel Hazanavicius

Francia, 2011

 

Diana AlcántaraDiana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

El trabajo de mis sueños

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

Las personas son sus experiencias, son la gente que conocen, las historias que escuchan, los tropiezos que viven, las vidas que coinciden en algún punto con las suyas y las lecciones que aprenden de las circunstancias en que se sumergen. Para un escritor, toda experiencia de vida, no siempre sólo la propia, es de vital importancia, pues a partir de todo esto conoce, crea, imagina, construye e idea. Para Joanna Rakoff ello no puede ser más cierto, ya que plasma su lapso trabajando en una agencia literaria de Nueva York como base para su novela ‘My Salinger Year’, que a su vez sirve de plataforma para la película El trabajo de mis sueños (Canadá-Irlanda, 2020), dirigida y adaptada a guión por Philippe Falardeau.

 

Estelarizada por Margaret Qualley, Sigourney Weaver, Douglas Booth, Colm Feore y Brían F. O’Byrne, la cinta habla sobre trazar metas, perseguir sueños, aterrizar ideales, aprender, evolucionar, adaptarse y cambiar para ser mejor, sin perder de vista quién se es y qué se quiere. Aquí, Joanna es una joven que debe alejarse temporalmente de sus sueños para así ganar perspectiva con la cual aprender a aferrarse a ellos, para, con la distancia, entender qué gana, qué pierde y qué tan lejos quiere y puede llegar.

 

La historia comienza luego de que Joanna, de visita en Nueva York desde Los Ángeles, donde estudia, encuentra en la ciudad el ambiente artístico y creativo en que quiere desenvolverse, como aspirante a escritora y poeta, por lo que decide quedarse, dejando atrás toda su vida anterior, incluyendo las personas en ella, como su novio, para comenzar su propia aventura. Es así que toma como iniciativa conseguir un empleo en un área afín y se convierte en asistente de Margaret, la encargada de la agencia literaria que representa, entre otros, al escritor      J. D. Salinger (1919-2010), autor de la aclamada novela The Catcher in the Rye (El Guardián entre el Centeno; una historia sobre un adolescente rebelde e inadaptado, crítico de su entorno, la superficialidad y la falsedad del ser, en su propio proceso de autodescubrimiento pero marcado por la desdicha que permea en la sociedad,  la presión por crecer y la crisis existencial propia de su edad); escritor que en la fecha en que se desarrolla la narrativa cinematográfica -1995- pasa sus días recluido, alejado del ojo público. Por ello, toda correspondencia enviada por sus fans y seguidores, pero también publicistas, productores de cine, editores de revistas o dueños de editoriales, es retenida, evitando que las cartas lleguen a Salinger.

 

 

Joanna ahora es la encargada de leer y contestar la correspondencia, con una respuesta siempre idéntica, impersonal y parca, que dice al remitente que la carta que envió no puede ser entregada. Para Joanna, la idea resulta catastrófica, ignorar a esa persona que se ha tomado el tiempo e interés por contactarse con el autor, por razones que van desde buscar un consejo de vida, referirle cómo  relatos cambiaron su forma de ver y vivir el mundo o simplemente invitarlo a participar, incentivando a estudiantes, en programas de escritura escolar.

 

El mensaje importante que recalca la película es que cada persona ve las circunstancias desde su propia perspectiva, de acuerdo con su historia de vida. Para Margaret, la editora, no enviar las cartas a Salinger es una forma de protegerlo, de respetar su deseo de aislamiento, pero para Joanna, lo que se hace es negar al escritor el contacto con la gente que lo estima, admira y busca por el impacto que sus textos han tenido en sus vidas.

 

La joven decide entonces romper las reglas, colocándose en la delgada línea entre mostrar iniciativa o violar las normas desafiando a la autoridad y responder ella misma el correo postal, firmando con su nombre. Ética y legalmente, sus acciones pueden meterla en problemas, así que en la agencia deciden pasar por alto su falta, advirtiéndole no repetirla. No obstante, para ella es la experiencia en la interacción -aunque sea distante- y la comunicación -escribir respuestas personalizadas-, lo que la hace recordar la razón que la motiva: la palabra escrita, el contacto, no directo pero sí simbólico, entre personas a través de este medio; así como la expresión y posibilidad de crecimiento y aprendizaje, escribiendo.

 

 

Es en ese momento que entiende que se adentra a una profesión donde lo importante, como dicen, es ‘el amor al arte’, escribir porque no hay nada más en la vida que se quiera hacer. “Escribir te hace escritor. Publicar es sólo comercio”, afirma Don, el nuevo novio de Joanna, un también aspirante a escritor trabajando en su primera novela y para quien el sueño es la fama y la ganancia más que cualquier otra cosa, por lo que mide la realidad de su situación en función a sus aspiraciones y logros: nulos en el terreno literario, que auto-justifican su fracaso como autor. ‘Si escribo, soy escritor’, razona él; claro que su lógica es simplista, pues la acción de escribir no es lo que hace en verdad a un escritor. Estilo y técnica para comunicar ideas, manejo adecuado y pertinente del lenguaje, eso sí; igual sensibilidad y capacidad de seducción y encanto, pero además, intención.

 

Lo que Don ignora es que el escritor crea para que sus historias cobren vida y se vuelvan inmortales una vez plasmadas en la página, dado que de otra manera, el relato ‘muere’. En el fondo sus palabras tienen cierto sentido, publicar un texto en la era contemporánea va ligado a una máquina de venta y mercadotecnia que poco tienen que ver con el autor, pero no considera que la esencia del creador no puede ser arrancada de él.

 

La compleja relación ‘arte creativo’ frente a ‘ganancia monetaria’ se hace varias veces más presente en la película, reflexionando en el proceso sobre cómo balancear esta realidad a la que se enfrenta todo autor, cuando es valorado por su habilidad de escritura, pero, al mismo tiempo, -en ocasiones más que menos- por el potencial de venta de su trabajo. Por ejemplo, Joanna eventualmente recibe indicación de leer el nuevo trabajo de una popular y conocida autora de libros para niños, que ella encuentra fascinante por su contenido y propuesta, un libro de corte infantil, cuyas reflexiones van más bien dirigidas a los adultos. Joanna elogia este contraste e idea narrativa, pero Margaret no hace más que mirar el potencial comercial del libro, decidiendo, al final, descartarlo por no encontrarlo ‘vendible’.

 

 

Con el tiempo, Margaret le pregunta su opinión a Joanna sobre la decisión de la autora de dejar la agencia, a lo que la joven reflexiona sobre el trato humano que el autor espera de sus agentes. Joanna analiza que aunque el libro no tuviera espacio de viabilidad que justifique la inversión en comparación con la potencial ganancia, Margaret pudo tener más tacto para tratar a la autora como creativa, no como producto, por ejemplo, centrándose en sus puntos a favor, su proceso de escritura, no sólo en el valor monetario que el mercado coloca en su trabajo.

 

La idea es simple pero clara: el arte convertido en presa del sistema capital, al convertirlo en un ícono (exclusividad, renombre y marca) por el mero interés lucrativo, no literario, ni artístico o cultural. En el fondo la función de Margaret como agente literaria es, en efecto, encontrar el mejor espacio para un autor para presentar, vender y hacer llegar al público su trabajo; frente a ello lo que Joanna recalca es no perder la sensibilidad humana en el proceso. Ella misma lo ha entendido en su continuo, aunque mínimo y distante, contacto con el propio Salinger, quien llama periódicamente por teléfono a la oficina. Recluido y distante, extraño y extravagante, el autor es más que este sello con que lo etiquetan; Saligner es también inspirador, gracioso, directo pero emotivo; y aunque no la conoce, la invita a escribir todos los días, si esa es su verdadera pasión.

 

Para Joanna como para el mundo, Salinger es ese personaje místico e idolatrado, pero que al final no es más que un humano como cualquier otro, con su visión revolucionaria, sus ideas analíticas y sus rarezas como individuo, sólo que plasmadas en papel.  Lo que la historia enfatiza, tomando a este autor realmente como modelo para ejemplificar, es que así como él, todos los autores, todas las figuras públicas, todos los individuos en general, son personas que piensan, sienten, dudan, crecen, se estancan, proponen, tropiezan y, sobre todo, ‘viven’ del contacto con otros, pues incluso cuando el escritor trabaja para sí, para el arte y para sus ideas, su historia ya no es sólo suya, una vez que es compartida.

 

Así es la vida de quien escribe: constante creación e ideas flotando, prioridades chocando con responsabilidades, sueños convertidos en ideas y la convicción de que en la literatura, la pasión por lo que se hace es lo más importante.

 

 

Joanna también entiende que las cartas enviadas a Salinger no son ‘medida’ de éxito, devoción, fracaso u obsesión, sino, en ello mismo, las voces que demuestran el alcance de una voz, la del autor, lograda por su trabajo. Puede haber tanta pasión en el que escribe, como en el que lee el texto ya escrito, porque es el lector quien al absorberlo lo revive y le da una inmortalidad.

 

La historia se centra en el sueño literario de Joanna, persiguiendo su propia visión del futuro, el suyo, como amante de las letras, sensible a la naturaleza del hombre, transitando entre las circunstancias y sus aspiraciones, que persiste pese a la melancolía de su entorno, las dificultades de las vicisitudes de la vida independiente y la clave de su decisión: descubrir cuál es el valor, el sentido y la importancia que le da a la literatura, en general y en su vida, a partir de las experiencias (de vida) de aquellos a su alrededor, que juzgan conforme a sus propias visiones del mundo; ya sea Margaret, la agente literaria que se mueve en función del mercado; Don, un vago que se justifica auto-engañándose, sin rumbo fijo, deambulando por la vida sin saber qué hacer con la suya propia; Salinger mismo, un autor reconocido, atrapado en una isla impuesta y autoimpuesta; o hasta Jenny, la mejor amiga de Joanna, aspirante a autora en su momento, igual que ella, pero que por las circunstancias y decisiones de vida ha cambiado sus metas, anhelos y presente, acomodando nuevos ideales de realización y felicidad de acuerdo a su realidad y momentos vitales.

 

Es este transcurrir, que habla de un proceso de madurez, profesional y personal, con el que Joanna logra no sólo ganarse el respeto de su jefa, sino un respeto por sí misma, una construcción de identidad y dignidad, que pese a estar envuelto en una estructura narrativa genérica, de tono ligero y caracterizado por el mismo espíritu entusiasta de su protagonista, anima al espectador a recordar un mensaje no siempre valorado: que el gusto por escribir radica en que se tiene algo que decir.

 

 

El trabajo de mis sueños

Dir. Philippe Falardeau

Canadá, Irlanda, 2020

 

 

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

8 Mile: Calle de las ilusiones

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

 

El hip hop es un género musical, también una subcultura, que surge en Nueva York alrededor de 1970. Entre sus elementos, dentro de la música, se encuentra el rap (Ritmo y Poesía; en inglés: Rhythm And Poetry), un estilo de rima rítmica, cuyos inicios se remontan a la década de 1980 en Estados Unidos. Nace en los barrios pobres, afroamericanos e hispanos, y sus textos en forma de monólogo, más hablados que cantados, fueron, y aún son, una forma de expresión de denuncia social según la realidad del contexto, con letras que hablan sobre conflictos como el racismo, el sexismo, la violencia o la lucha contra el sistema establecido, por mencionar algunos. Ambientada en Detroit en 1995, la película 8 Mile: Calle de las ilusiones (EUA, 2002) cuenta la historia de Jimmy, un joven de pocos recursos que trabaja en una fábrica de metales, cuya pasión y habilidad para el rap le hacen destacar, pero quien es rechazado por otros grupos dentro de su propia comunidad, por considerarlo alguien externo, o ajeno, al no ser afroamericano como ellos.

 

Con un guión de Scott Silver y dirigida por Curtis Hanson, la cinta está protagonizada por Eminem, Mekhi Phifer, Brittany Murphy, Kim Basinger, Anthony Mackie, Eugene Byrd y Michael Shannon. La historia está inspirada, en parte, en las experiencias del propio Eminem, abriéndose camino como cantante de rap hasta ganarse el respeto de los demás intérpretes y del público dentro de dicho escenario musical. El título de la película a su vez hace referencia a la avenida (la Milla 8), que divide la ciudad de Detroit en dos; por un lado, los barrios de la clase privilegiada (los de los ‘blancos’), y por el otro, los de aquellos con menor poder adquisitivo, afroamericanos principalmente.

 

James, apodado artísticamente como B-Bunny, vive en la zona con más pobreza; a falta de dinero y tras romper su relación con su novia, regresa a vivir con su madre a una caravana rodante, pero ella también tiene sus propias deudas y conflictos emocionales, y sobrevive con la esperanza de que su novio, un hombre violento pero del que depende, la ayude económicamente.

Para Jimmy, como para sus amigos, vecinos y hasta compañeros de trabajo, el rap es un medio para expresar lo que ven y viven día a día, en ese contexto social difícil, lleno de miseria y hundido en la pobreza, donde el empleo ocasional no alcanza para pagar las cuentas, las relaciones de pareja son inestables y pasajeras, porque las expectativas a futuro son pocas y la falta de oportunidades provoca que las personas sueñen anhelando una vida mejor, sobrellevando así su propio presente impregnado de carencias, pero sabiendo que es casi imposible alcanzar algo mejor, dado que no hay condiciones para que su situación social cambie.

8 Mile

En medio de este estilo de vida, en que la personas apenas tiene los recursos para sobrevivir al día, el rap se convierte en una vía de denuncia y crítica social, vehículo para compartir el sentir de desesperanza y la realidad decadente que permea, pero también la oportunidad para reflexionar sobre el presente, su realidad asfixiante resultado de alguna manera de una combinación entre malas decisiones, falta de valores inculcados y aprendidos, carencias de recursos económicos por desempleo o subempleo mal pagado, viviendas urbanas sin los apropiado servicios de sanidad, la inhabilidad para tomar acción más allá de la crítica destructiva y sin sentido, el estancamiento inculcado bajo ideas como el conformismo y la indiferencia y la ausencia de apoyo por parte del gobierno que prefiere dar la espalda antes que hacer algo por mejorar la infraestructura de su comunidad.

 

El arte, la música y la rima poética se convierten así en una forma diálogo, análisis y reflexión; y específicamente para Jimmy, de reconocimiento, realización y valoración, incluso hacia sí mismo. Triunfar como cantante le significa trascender, algo que no lograría de ninguna otra manera, no en su trabajo, su educación, su familia o cualquier otro aspecto de su vida; trascender significa la posibilidad de una mejor vida, dentro del espectro de la escala social, algo que anhela, dada la realidad de miseria que ve y vive en su cotidianeidad.

 

El sueño es más idílico que realista, pues se basa en la excepción a la regla; en esas historias de éxito que cree pueden reproducirse con facilidad, producto tanto de la banalidad con que se asumen y repiten, como de la falsa motivación cimentada en las promesas vacías; el clásico sueño americano de triunfar con un poco de suerte y saberes en el mundo de las oportunidades: El problema es que la “suerte” poco influye en un mundo dominado por las leyes de la mercantilización y menos puede hacer frente al caos y la incertidumbre que la dinámica del mercado impone; las “oportunidades” para este segmento de población marginalizada y empobrecida son de hecho inexistentes.

 

Ilusión, o esperanza de éxito que, en Jimmy, se alimenta por ideas que vienen de uno de sus vecinos, al que él cree su amigo, Wink, quien le asegura, fanfarronea al vacío más bien, que tiene contactos en la industria musical que podrían ganarle un contrato discográfico que lo lance a la fama, dado que lo considera una ‘promesa musical’.  Y la pregunta importante es, ¿qué quiere realmente Jimmy; a qué aspira en la vida? ¿Es talentoso por su iniciativa observadora o es de verdad una ‘promesa musical’ con la meta de convertirse en un cantante famoso? ¿Es alguien que gusta del rap como hobby y ve en él el camino hacia el respeto y la aceptación de sus similares o sólo es alguien que repite los patrones a su alrededor, porque es la realidad cotidiana del espacio en que se desenvuelve?

 

Su barrio está sumido en la violencia y el desamparo, donde el abandono es el común denominador; renunciar y huir es más fácil que luchar y enfrentarse, para sobreponerse a las adversidades. La gente aspira a más de lo que realmente puede alcanzar, porque ese es su escape de la realidad, fantasioso, no concreto; así que encuentran en las pequeñas victorias un sentir de realización importante, y valido, pese a que su realidad de vida es más desdicha que fortuna, más desgracia que prosperidad; circunstancias de vida causadas en gran parte por el sistema piramidal en que viven, que está diseñado para olvidarlos, hacerlos a un lado y dejarlos a su suerte, al encontrarse al fondo de la estructura en la escala social.

 

Si el mundo que le rodea es así, triste y desdichado, Jimmy no tiene puntos de referencia para superarse y al final, aprende a ser así para todo: a claudicar cuando la situación se presenta adversa; a asumir la desgracia y la tragedia como la única realidad posible; a soñar con poder tenerlo todo, cuando lo cierto es que sus aspiraciones son irrealizables. ¿Qué falta entonces para ayudar al círculo social en que se vive? ¿Cómo superarse y superar las adversidades, para evitar que el entorno determine la vida y el futuro de la gente?

 

El miedo al fracaso es constante y fuerte; lo hace renunciar a una competencia de rap en la que creía triunfaría fácilmente, lo que deriva en que se le asocie con decepción y derrota, resultando en burlas y humillaciones. Es sólo después de varios tropiezos que Jimmy entiende que para reconstruir necesita decisión y agallas, y que para no cometer el mismo error, primero tiene que afrontar su realidad, lo cual implica también enfrentar sus miedos, su negatividad y su incapacidad para creer en sí mismo.

 

En la competencia final, donde tiene que probarse él mismo, para poder probar a los demás que puede, se adelanta a la humillación y al ataque del otro, riéndose y señalándose a sí mismo para evitar darle la oportunidad a su oponente de que lo haga. Sabiendo que el discurso de rima en el escenario se sirve de señalar los defectos y características del competidor de enfrente, burlándose de la realidad, con crítica sagaz y punzante, precisamente para sacar a la competencia de su zona de confort, Jimmy asume el control de la narrativa y decide ser honesto con quien es, hasta aceptarlo y entonces aprovechar para convertirlo conscientemente en una fortaleza, de forma que así el de enfrente ya no pueda usarlo como muletilla para ofenderlo o avergonzarlo.

 

Tropezar y caer no es fracasar, pero no afrontar la caída es obstaculizar el propio camino hacia la superación. Esto aplica para Jimmy, como cantante de rap, pero también para la sociedad que le rodea, que critica, denuncia y reprocha, pero nunca hace nada por tomar acción y hacer algo al respecto. Sin duda es más fácil señalar al otro; pues cuesta más entender qué se necesita para ser propositivo.

 

 

Jimmy sabe que la realidad del mundo en el que vive impacta en su vida, pero no tiene por qué limitarlo o prescribir su futuro. Interiorizar sus experiencias y asimilarlas, para retratar esa vida desgastada, quebrantada y rota, cual es la realidad para las personas que viven en los mismos barrios que él, es parte de la esencia y característica del rap, que tiene el potencial para proponer una reflexión catártica y crítica, pero también propositiva, si se hace con habilidad de observación y la inteligencia para reconocer la realidad tal cual es, no como se cree que es o se desearía que fuera. Superar adversidades en medio de un contexto a veces hostil y en decadencia, para evitar ser moldeado por las circunstancias, es la importante lección de vida que la historia de Jimmy proporciona al espectador.

 

La lucha social a través de la música, el arte, los sonidos y la palabra, que se atreven a hablar de un entorno trágico, crudo, despiadado, expresando con honestidad y sin miedo para señalar lo desagradable y triste de la desgracia humana, de la vida imperfecta o la complejidad del ser, es ejemplo de que es posible imaginar un cambio, particularmente porque el mundo alrededor se niega a hacerlo por cuenta propia.

 

Lo que Jimmy siempre quiso, renunciar al pasado, finalmente es aquello que lo hace más fuerte. Así que cuando decide quedarse y encontrar su propio lugar, justo donde está, no fracasa, más bien acoge quien es y, más importante, asume la responsabilidad de la decisión que ha tomado, para entonces crecer a partir de este punto. No todos lo hacen, porque es más fácil aferrarse a un ideal que aceptar la vida como es, pues implica sopesar aquello que lastima y duele, y afrontarlo para evitar que siga siendo un punto débil que hace daño; encarar en vez de huir, es algo que se puede aprender, nos dice la película, a través de la música. “Si tuvieras una posibilidad, una sola oportunidad, para alcanzar todo lo que alguna vez quisiste, en un momento, ¿lo capturarías o lo dejarías escapar?”, dice la canción ‘Lose Yourself’, tema de la película, escrito por Eminem durante la filmación, y que ganó el Oscar a mejor canción original.

 

8 Mile

Dir. Curtis Hanson

Trailer

 

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

La Favorita

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

El oportunista aprovecha las circunstancias para sacar algo a su favor, el manipulador maneja hábilmente el medio a su alcance para influir hasta que las cosas salgan como desea, y el convenenciero es alguien que vela sólo por sus intereses y deseos, sin reparar en preocupaciones o repercusiones. Las tres personalidades están bien representadas en la película La favorita (Reino Unido-Irlanda-EUA, 2018), una historia sobre engaños y mentiras, sobre manipular y plantar trampas para que la caída del otro beneficie a quien las planea; sobre escalar en la pirámide social procediendo por medio de falsedades e intrigas, y sobre valorar el beneficio propio hasta el punto en que destruir para sobresalir se vuelve la única filosofía de vida.

 

Protagonizada por Olivia Colman, Rachel Weisz, Emma Stone, Nicholas Hoult y Joe Alwyny, se trata de una historia sobre la lucha por el poder a través de personajes que avanzan sin escrúpulos ni honestidad. Dirigida por Yorgos Lanthimos y escrita por Deborah Davis y Tony McNamara, la cinta obtuvo diez nominaciones al Oscar: mejor película, director, guión original, actriz (para Colman), actriz de reparto (para Weisz y Stone), fotografía, diseño de producción, diseño de vestuario y montaje, ganando solamente uno: actriz principal. La historia se centra en la relación entre Ana Estuardo, Reina de Gran Bretaña e Irlanda(1665-1714), con su confidente y amiga Sarah Churchill, Duquesa de Marlborough (1660-1744), ante la llegada de la prima de ésta, Abigail Masham (1670-1734), quien eventualmente consigue el favor de la reina por encima de la duquesa, una vez que aquella, que administra los asuntos políticos del país, se inclina por los intereses de los ‘whigs’, el partido liberal, pese a que Ana no desea alejarse de los ‘tories’, el partido conservador, llevando al deterioro de la relación entre ellas, que Abigail aprovecha hábilmente a su favor.

 

Según plantea la cinta, la división entre partidos y posturas, más las intrigas políticas, así  como la discordia, fomentada por Abigail con insidia, entre Ana y Sarah, son la clave para que la recién llegada alcance su meta: escalar en sociedad y obtener favores y privilegios; así pues, en la duda y con intriga se encarga de entretejer rivalidad, desprecio y distanciamiento entre las, una vez, íntimas amigas. Su modo de operar es una actitud amable, aunque convenenciera, donde la sonrisa es falsa y la solidaridad calculada y llena de hipocresía, de modo que su aparente fiel y amigable presencia contraste hasta dañar la imagen de Sarah, una mujer de carácter más duro y regio.

 

 

El fin último tanto para Sarah como para Abigail es el poder de influencia, que saben pueden ganar sobre una débil de temperamento e insegura Reina Ana, marcada por el dolor de la pérdida de sus 17 hijos y la enfermedad de gota que limita su existencia, ahora manifiesta como consecuencia de ello en profunda tristeza, desinterés y la soledad. Sus motivaciones sin embargo, obedecen a razones ligeramente distintas; Sarah anhela, desea control sobre el gobierno y las decisiones del Estado, dado que su esposo se encuentra en el campo de batalla peleando una guerra contra Francia, pero además consciente de que su influencia puede cambiar las cosas tanto para ella como para el reino, toda vez que ganar la guerra traerá prestigio a su esposo, pero también colocaría a Gran Bretaña por encima de una potencia en ascenso como era Francia, por lo que varios, la Duquesa incluida, creían que la conquista era mejor estrategia, -si bien implica subir impuestos al pueblo-, que un acuerdo de paz, que es lo que proponía, y eventualmente logra, el partido opuesto.

 

Abigail, por su parte, actúa bajo intereses más personales, en el simple deseo de escalar socialmente hasta alcanzar un estatus privilegiado, lleno de comodidades, como cree que le corresponde, ya que fue educada en la alta sociedad pero su familia terminó en la pobreza por las malas inversiones de su padre, un comerciante, por lo que Abigail tuvo que trabajar como sirvienta para sobrevivir, tomando además la responsabilidad de velar por el futuro de sus allegados y hasta de su propio apellido.

 

 

La joven llega a la casa real a un puesto de servidumbre, patrocinado por Sarah, donde la realidad más dura no es el trabajo manual de cada día, sino las humillaciones y rechazo del resto de la servidumbre, que actúa así por el simple gusto de poder burlarse del más desafortunado. La lección que Abigail aprende en estas circunstancias es que sólo cuenta con ella misma para salir adelante y si quiere un cambio, no se trata de pedirlo, sino arrebatarlo. La falta de solidaridad y las oportunidades truncadas por la propia gente en su misma posición, la llevan a deducir que una actitud aparentemente débil bajará la guardia del otro y que en un mundo donde todos son enemigos, la falsa amistad es camino para derrocar al prójimo. Así comienza a trazar su plan, sirviéndose de información secreta que descubre por casualidad, actuando falsamente en favor de otros cuando es sólo una palanca para empujar sus propios objetivos, pero, especialmente creando discordia, desacuerdos y choque entre Ana y Sarah, de modo que para la Reina parezca que ella está de su lado  y su prima en su contra. El toque final es darle a Ana precisamente lo que quiere, para complacerla: atenciones y mimos, preferencias, alabanzas y halagos, a diferencia de Sarah, que procede bajo una dinámica más directa y honesta, bajo el entendido de que en su actuar concreto, verdadero y sin engaños hace evidente su lealtad y compromiso, porque así es ella quien controla la narrativa, manipulando a Ana, en lugar de reaccionar a lo que la Reina desea, que es el proceder de Abigail.

 

La película es una comedia negra, porque en la ficción exageran estos manejos mañosos de actuar convenenciero para influir con malas intenciones, pero al mismo tiempo, dibuja acertadamente un escenario de lucha por el poder, vil y maquiavélico, presente no sólo en la política, sino también en las relaciones humanas en general, donde las personas se aprovechan de las circunstancias, calumniando a otros, mintiendo fría y calculadoramente, provocando enturbiar el panorama o colocándose como víctimas para hacerse del favor de los demás.

 

La historia se plaga de personajes oportunistas, falsos, mentirosos e hipócritas, que proceden interesadamente, manejando la información y a las personas con astucia sigilosa, presiones emocionales, favores sexuales, confabulación cínica y chantajes despiadados que obliguen la situación para su beneficio.

 

Otro ejemplo claro es Robert Harley, cuyo interés por terminar la guerra y acordar un tratado de paz en realidad tiene el propósito de impulsarlo al puesto de Primer Ministro, que por ahora tiene el principal aliado de Sarah. Harley inicialmente encuentra un camino oportuno al notar cómo la división de las atenciones de la Reina hacia Sara y Abigail está creando una división de lealtades entre las tres, por lo que comienza con amenazar a la segunda a cambio de conseguirle información útil que pueda usar ventajosamente en el Parlamento para hacer quedar mal al partido contrario, y quedar bien él ante el ojo del resto de los políticos. Viéndose en desventaja ante la dinámica en la que Harley saca un beneficio de su relación y ella no, Abigail luego exige un favor a cambio, de modo que su alianza se sostiene por el grado de ventaja que las partes obtienen de la relación, no la lealtad mutua o intereses similares de los involucrados.

 

Ningún personaje es particularmente honorable, al contrario, su actuar se caracteriza por una falta de valores y humanidad. Sarah podrá justificarse en la responsabilidad que siente, aunque en realidad anhela y disfruta guiar al país si la Reina no tiene la capacidad para hacerlo; Abigail puede argumentar que el mundo injusto y cruel la ha empujado a hacer todo por sobrevivir, pues de cualquier otra forma terminará siendo nada ni nadie en la vida, porque el modelo social no está diseñado para que las personas encuentren oportunidades o superación; y Ana misma podrá pensar que la realidad de su trágica vida, en la que como Reina es una figura simbólica y como mujer no es valorada ni escuchada, la han llevado a un encierro enfermizo marcado por las falsedades, pues todos la tratan y se le acercan escondiendo sus propios intereses bajo la manga; al final, el proceder de todos es el mismo, ruin por el simple deseo de lograr el beneficio propio a toda costa, poniendo la agenda personal por encima de cualquier cosa, dado que el prójimo hará exactamente lo mismo. Una lucha de personalidades y poderes para sobresalir sobre los demás.

 

Como lo escenifica y plantea la película, la esperanza parece no estar de parte de la humanidad cuando toda relación social se construye en el odio y el desprecio, la desconfianza y la rivalidad;  el enfermo es tachado de inútil,  el débil es explotado o marginado, la política sirve a quienes tienen el poder pero no ayuda a quienes se supone tiene que servir; el pueblo, el individuo más abajo en la escala social no opina ni aspira a nada, y quien está arriba en la escala social sólo está interesado en la banalidad de una vida privilegiada llena de lujos y ostentaciones, así que es más importante alardear y esconder los problemas tras una aparente felicidad, que descubrir qué tanto se esconde el individuo como persona de la tan presente decadencia humana.

 

Con ello, la película habla también de cómo las cosas pueden ser hábilmente manejadas tras hilos invisibles de manipulación e intriga, que trazados con pericia parecen imperceptibles. Ana flaquea como Reina por su carácter dependiente y débil, así como por su falta de decisión y firmeza; quien la controla a ella controla la circunstancias, no sólo políticas, sino también sociales. Harley desea convertirse en Primer Ministro para tomar ventaja en el Parlamento y fortalecer su carrera política, en tanto Abigail, por ejemplo, cobra sus favores a fin de abrirse camino para escalar socialmente, arreglando un matrimonio y título de nobleza que le gane un estatus específico; ambos además procediendo con una estrategia cruel que sólo alimenta el deseo de venganza de aquellos a quienes pisotean. ¿Son ellos peores personas que Sarah, que manipula, pero al menos se muestra leal con sus allegados, a diferencia de los otros que actúan sin el mínimo rastro de apego emocional hacia nadie? Los objetivos buscados –beneficio social, prestigio ideológico o poder político, según el caso- ¿son factor que justifica sus conductas (el fin justifica los medios) o pretextos ideológicos que encubren conductas egoístas y discriminatorias?

 

En un ambiente en que las personas administran secretos, la iniciativa para parecer proactivo es un plan con maña, las amenazas van escondidas en el protocolo social y cada quien juega su propio juego. ¿Es posible que haya honor entre las personas? ¿Las relaciones sociales se convierten o son en esencia un juego de poder?

 

La sátira social de la cinta va directamente enfocada a la ambición como vehículo de la perversión del ser, que destruye anhelos, genera envidias, divide sociedades y promueve la corrupción, en el sistema pero también en las personas. ¿Qué queda en una sociedad en la que todos pelean contra todos, buscando sólo su propio beneficio? ¿Quién prevalece, o quién ‘gana’, cuando la destrucción manda a las personas hacia el declive humano y social? ¿Sarah, quien es desterrada pero finalmente se libra del yugo de una reina que la asfixia y un sistema que la excluye? ¿Ana, que pierde una amiga pero gana una doncella que le dirá todo lo que quiere oír, que alimenta su vanidad mientras gane algo a cambio? ¿O Abigail, que consigue su posición social privilegiada para pagar con humillaciones de una Reina que nunca le dará verdadero poder ni la considera su amiga porque la resiente por lo que representa, el destierro de su amiga?

 

La respuesta simple es ‘ninguna’, porque así es el poder, pasajero, relativo, escurridizo, depredador y más distante que palpable, incluso cuando se tiene en las manos; retorcido y despreciable, como la historia presenta a estos personajes y sus historias, basados en personalidades de la vida real pero construidos en la ficción, aunque reflejando más que nada, cínica, pero así también crítica y reflexivamente, verdades palpables del actuar humano oscuro y destructor en el mundo contemporáneo.

 

La Favorita

Dir. Yorgos Lanthimos

UK, 2019

Trailer

2:08

 

 

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

Donnie Darko

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

Hay películas que trascienden porque abordan sus ideas con estilos narrativos o estéticos poco convencionales, pero creativos y propositivos; gracias a ello dejan una huella no sólo en el séptimo arte, sino también en la cultura popular. Donnie Darko (EUA, 2001) es de esos casos; una película de culto: aborda fantasía, ciencia ficción, romance y thriller psicológico, pero también un relato sobre decisiones, escapismo, sacrificio y espejismos; sobre lo que es y lo que parece ser, conviviendo en un mismo plano, cambiante según la perspectiva con que se mire y asimile, y que por ende resulta en muchas válidas interpretaciones.

 

Escrita y dirigida por Richard Kelly, la película está protagonizada por Jake Gyllenhaal, Mary McDonnell, Jena Malone, Maggie Gyllenhaal, Holmes Osborn, James Duval, Drew Barrymore, Patrick Swayze, Noah Wyle, Katharine Ross, Beth Grant y Daveigh Chase. Se ambienta en 1988 en Estados Unidos y sigue el viaje de Donnie, un joven contrariado, inadaptado y confrontativo, muy probablemente producto de su rebeldía adolescente y la incertidumbre respecto al futuro que muy pronto tendrá que forjarse, al entrar a la adultez. El joven comienza a ver en sus noches sonámbulas una figura disfrazada de conejo, Frank, que le dice que el mundo llegará a su fin en 28 días, 6 horas, 42 minutos y 12 segundos. Ese día Donnie regresa a casa para descubrir que el motor de un avión ha caído sobre su habitación. Su estancia fuera, en parte causada por sus aparentes alucinaciones o interacciones con lo desconocido, le salvaron la vida, pero dejan un importante misterio que lo marca; ¿coincidencia, buena suerte o destino?, la duda surge pues las autoridades no están seguras de dónde vino el artefacto, ya que ningún avión pasó por ahí la noche anterior.

 

Donnie le cuenta a su psicoterapeuta sobre las visiones y cómo siente que Frank lo ‘incita’ a actos de vandalismo, pero ella adjudica las alucinaciones a una esquizofrenia paranoica, a un diagnóstico de ‘desapego de la realidad’ que, considera, podría poner en peligro la vida del chico, dado que constantemente habla de muerte, violencia y ‘el fin’. Donnie, no obstante, platicando con su profesor de ciencias, en busca de una explicación, no forzosamente lógica, sino alternativa, se plantea la posibilidad de que se encuentre en medio de una de las vertientes resultantes de un viaje en el tiempo, de modo que lo que está viendo, Frank incluido, son manifestaciones de la energía que lo hace posible [las alteraciones en el orden natural del tiempo y el espacio], que se le presentan con el fin de ‘decirle algo’.

 

La realidad de su presente y las consecuencias de sus decisiones presionan cuando conoce a Gretchen, una joven recién mudada a la ciudad, porque su padre apuñaló a su madre; o cuando descubre que una antigua profesora de escuela escribió un libro sobre viajes en el tiempo, en que la autora describe exactamente todo lo que Donnie está experimentando; y finalmente cuando el círculo social que le rodea se desmorona mientras se autodestruye. Por un lado, está el choque político entre su padre Eddie y su hermana Elizabeth, ella a favor del candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, cuyas ideas progresistas hacen que Eddie insista en que su hija no está suficientemente informada o preparada como para tomar decisiones y/o para formarse un pensamiento crítico ‘válido’; reacción y rechazo que en parte refleja un cambio generacional de pensamiento, aunado a un padre, conservador, patriarcal, que quiere imponer sus ideales en lugar de dejar que Elizabeth asuma con responsabilidad su papel en la sociedad, como mayor de edad en su primera votación, y para fines prácticos, entrando activamente a la dinámica laboral y económica (productiva). El escenario es una sátira crítica a la familia ‘perfecta’ de los suburbios, aparentemente ideal, pero que esconde muchos problemas bajo la alfombra y que, aunque los conoce, se niega a cambiar, a fin de mantener las apariencias, que transmite de generación en generación, repitiendo el patrón tóxico una y otra vez.

 

Lo que sucede en casa de Donnie es muy parecido a lo que ocurre en su escuela, donde el intento de censura y el rechazo a las formas de expresión, arte y libertad se presenta luego de que una profesora propone a sus alumnos la lectura crítica del cuento ‘Los destructores’, de Graham Greene, libro que algunos de los maestros y padres más conservadores acusan de incitar a la rebelión. La lectura se orienta como intento de reflexión a partir de un acto vandálico en las instalaciones escolares, que en el fondo expresa una inconformidad general con el sistema [escolar, social y organizacional] y que fue realizado porque Frank ‘manda a Donnie’ a hacerlo.

 

La crítica y discordancia con la autoridad, las reglas y el orden establecido, impuesto y no siempre funcional, son algo propio de una sociedad truncada, fallida o estancada, predispuesta a rechazar al que quiere romper con el molde. Esta ‘rebelión’, que muchas veces no es más que ‘levantar la voz para defender un ideal que se cree correcto’ es, especialmente, una característica innata entre los jóvenes en etapa de formación, dado que están en proceso de conformar una opinión propia, crítica. ¿No es la rebeldía, con argumento y razón, esencial dentro de la evolución social? No todos reaccionan como Donnie, o como Elizabeth, o como Gretchen; muchos de sus compañeros son en efecto lo opuesto, el epítome de la indiferencia y la irresponsabilidad. ¿Qué tanto Elizabeth le lleva la contraria a su padre ‘sólo para molestarlo’ y qué tanto sus ideas se justifican en un argumento bien informado sobre la democracia? ¿Qué tanto los abusadores de la escuela sólo actúan recreando la negatividad de la que son testigos?

 

El cuento ‘Los destructores’ trata de una pandilla que derriba la casa de un hombre, desde dentro hacia afuera. Karen, la profesora de literatura, pregunta a Donnie su opinión sobre el relato. Él dice que la historia pretende ser irónica. “La destrucción es una forma de creación”, comenta, enfatizando también una de las ideas base de la película misma: la necesidad de derribar o destruir a fin de cambiar aquello que, de otra forma, no podría serlo. Habla de un fin como puerta a un nuevo comienzo.

 

Para Karen el texto no pretende enseñar que la respuesta es la violencia, o la destrucción literal, como acusan las autoridades escolares, sino busca más bien reflexionar sobre las ideas obsesivas alrededor del tema, que destruyen mucho más que el acto mismo, que es finalmente lo que sucede en la película: el acontecimiento de vandalismo es mínimo, en comparación con las reacciones que provoca y el choque de ideas que ello desata, entre opiniones encontradas, negadas al diálogo, propensas a imponerse sobre otras distintas y desencadenando una serie de eventos que llevarán precisamente a la tragedia.

 

Los profesores acusan que el escrito y la clase de literatura misma, la profesora incluida, están incitando a la sedición, a una insubordinación que altera el molde establecido y, por ende, conlleva al caos, al desorden, a romper reglas de tradición social. Pero si reaccionan radicalmente en lugar de intentar entender el mensaje realmente importante, incurren exactamente en aquello que reniegan, la incomprensión de todo lo que no empata con su modo de pensar.

 

Finalmente, la vida de estas personas se ve alterada por la presencia del orador motivacional Jim Cunningham, a quien Donnie considera un falso profeta que manipula con promesas de esperanza y bondad, para sacar provecho de los demás; que engaña explotando a personas de carácter débil, con un discurso manipulador de auto-amor, vendiendo videos motivacionales a través de su empresa de autoayuda.

 

Durante una de las clases, en que la profesora Kitty propone un ejercicio ético construido a partir de las enseñanzas de Jim, los estudiantes deben debatir si escenarios imaginarios que se les presentan son demostraciones de ‘amor’ o ‘miedo’, bajo la idea de que cada acto humano responde a uno u otro espectro. Donnie difiere e insiste que la vida no puede ser catalogada en dos rubros opuestos; bien y mal, correcto o incorrecto, positivo y negativo, sino que las cosas tienen sus matices, pues las decisiones responden a muchos factores del contexto, dado que la ética y el hombre no obedecen a concretos unidimensionales. El dilema empuja a la persona a elegir, pero no entre absolutos que forzosamente se contrarresten; de ahí la dificultad de elegir con sabiduría, consideración y practicidad, todo al mismo tiempo.

Frank puede ser visto como esa figura simbólica que representa la maldad, que corrompe a Donnie, pero el chico no hace nada que directamente dañe a alguien más, mientras se encuentra actuando bajo la ‘influencia’ de Frank, lo que entra en perspectiva especialmente al final, cuando sus acciones (Donnie quema la casa de Jim) develan que el orador motivacional era parte de una red de pornografía infantil, información que no habría sido descubierta de no haber sido por lo que Donnie hizo. ¿Es Frank entonces un aliado o un enemigo? Quizá no es ‘bueno’ ni ‘malo’ estrictamente hablando, porque no puede juzgársele sin conocer a fondo todo aquello que es; sus motivaciones. Qué tanto Donnie ‘tiene’ que hacer lo que Frank le dice, cuando parece que no tiene el mínimo control de sus actos, es además, debatible. Puede asumirse, desde otra perspectiva, que Donnie siempre ha estado en control de sus decisiones y sólo opta por escudarse en Frank para no tomar responsabilidad inmediata (y hablar con su psicoterapeuta de ello, puede ser una interesante referencia), porque para fines prácticos, Frank no es sino una manifestación de Donnie, de sus frustraciones miedos y dudas, escondidos en los pliegues de su inseguridad e incertidumbre.

 

Constantemente el chico lucha contra sus propias emociones, una crisis de identidad, de necesidad de control, y/o de liberarse del control de los demás, exigencia libertaria que surge una vez que es testigo de que todos, especialmente los adultos que mira como modelo o guía a seguir, parecen usualmente tan confundidos como él. Las ocasionales buenas intenciones, pero acompañadas de indiferencia e ignorancia de sus mayores, no engañan al ojo observador y ágil de alguien como Donnie. Karen quiere empujar a los alumnos a pensar críticamente a partir del sentido común, pero no encuentra ni las condiciones ni la disponibilidad de su entorno (escuela y colegas) para hacerlo. Kitty realmente cree en mejorar el mundo, pero su sueño idílico no es realista ni práctico, porque opta por la apariencia de felicidad en la superficie, presa de los engaños de la sociedad decadente en la que en realidad vive. Rose misma, la madre de Donnie, se preocupa por sus hijos y se interesa, pero nunca más allá de su ‘obligación como madre’, de esa tarea y fachada formal que la sociedad demanda de ella, distante entonces en el fondo de la realidad e interacción con su familia.

 

¿El mundo se acabará en 28 días para Donnie, porque va a morir, o se acabará para todos, no literalmente, sino en el sentido de que, con la muerte de él, todo cambiará para la mayoría de quienes viven a su alrededor?

 

Una vez que Donnie se planeta la idea de la posibilidad de los viajes en el tiempo, comienza a preguntarse sobre la viabilidad de cambiar el pasado o el futuro. Su instinto es que, si Frank y ese gusano temporal que tiene la habilidad de ver en el tiempo, le permiten conocer qué sucederá, con ese conocimiento puede decidir cada desenlace a su antojo, cambiando el pasado o el futuro según elija. El análisis lleva a una reflexión sobre destino frente a libre albedrío, e incluso la predisposición a creer, o querer creer, en una fuerza o poder divino que ‘mueve los hilos’ y que, al convertirse en ello, Donnie es quien coloca las piezas en el tablero. “Toda entidad viviente sigue un sendero preestablecido. Y si puedes ver tu sendero o canal, entonces podrías ver el futuro. Esa es una forma de viajar en el tiempo”, plantea Donnie. A lo que su profesor le responde: “Estás contradiciéndote. Si pudiésemos ver nuestros destinos manifestarse visualmente, entonces tendríamos la opción de traicionarlos. El simple hecho de que esa opción existe, sería el fin de todos los destinos establecidos”.

 

Aceptar el miedo y la soledad, la apatía dentro de su propia existencia, cambiando conforme acumula experiencias, impactan a Donnie de una forma que lo invita a dejar de sostenerse en los otros. La historia se desarrolla en un mundo o sociedad que se desmorona por las piezas frágiles que la sostienen, pero que eligen la aparente sensación de funcionar, producto de una autodestrucción que, sin darse cuenta o entenderlo, enajena, promoviendo estancamiento, no soluciones, y miedo, no iniciativa, que es lo que sucede aquí; que es lo que sucede en muchos rincones de la sociedad moderna. A veces la confusión es la respuesta y la solución recae en la duda, en aceptar que hay cosas que no se pueden entender.

 

¿Donnie realmente padece esquizofrenia o imagina todo y las alucinaciones están sólo en su cabeza?; o, ¿es Donnie el ‘elegido’ por una fuerza X que le da la habilidad de cambiar el mundo y de mejorarlo, viajando en el tiempo (como parece estar predestinado)?

 

La historia habla de una cadena de eventos que, aunque se sirva narrativamente de ‘la paradoja de predestinación’ (un bucle temporal que, por principio, corre dentro un ciclo predestinado: el futuro sucede porque el pasado ya ha sido cambiado, así que ese viaje para influir en el pasado, ya sucedió, de ahí que el futuro sea como es), usa la herramienta para hablar sobre decisiones y consecuencias, sobre responsabilidad y compromiso, pero también para evidenciar la realidad de que, a veces, no se puede, ni debe, controlarlo todo.

 

En la cinta, se han creado dos universos paralelos, una realidad alternativa que podría colapsar con la otra en cualquier momento (o en 28 días). El concepto permite hablar de la forma como las personas están interconectadas por sus decisiones, tomando acciones que, muchas veces sin notarlo, impactan en la vida de otros. Es esa estructura no convencional, si bien de pronto confusa y no siempre fluida, la que permite poner en perspectiva esto, gracias a que en ella, en el juego entre tiempo y realidad, la historia plantea preguntar: ¿Cambiaríamos algo si supiéramos que el futuro no es el perfecto soñado que siempre ideamos? ¿Modificaríamos el presente si supiéramos que la oportunidad de un futuro mejor está en nuestras propias decisiones? En ambos casos, ¿no es así la vida, un incierto que se recorre, esperando ayudar a construir el mejor de los escenarios posibles?  Quién es Donnie sino simplemente alguien (todos nosotros) dándose cuenta que el futuro existe porque el presente se forjó (en decisiones), a partir de un pasado (experiencias).

 

Donnie Darko

Dir. Richard Kelly

Estados Unidos, 2000

 

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

 

Bird Box: a ciegas

 

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Lo sentidos son los mecanismos mediante los cuales el cuerpo percibe estímulos; son algo así como receptores de todo aquello que está alrededor de una persona y que ésta distingue mediante distintos órganos, que mandan la información al sistema nervioso y de ahí al cerebro. Los seres humanos tiene cinco sentidos: olfato, oído, tacto, gusto y vista. Cada uno recoge información del medio ambiente que le otorga a la persona la capacidad para conocer y entender sus alrededores. El cerebro interpreta cada sensación y así se construye una imagen del mundo, lo que le permite entender su contexto y también tomar decisiones. Los sentidos operan en conjunto para dar un panorama suficientemente amplio al individuo; así, si alguno llega a faltar, los otros se agudizan para compensar y seguir dando a la persona toda la información que necesita.

 

¿Cómo sobrevivir sin uno de los cinco sentidos? ¿Cómo confiar en uno mismo cuando existe la sensación de no tener claro el panorama completo? En la película Bird box: a ciegas (EUA, 2018), la humanidad debe prescindir del uso de la vista cuando unos extraños entes, a través de este sentido, llevan a las personas al suicidio. Para evitarlo la gente debe dejar de usar la vista, pero esto acrecienta el reto de sobrevivir. Con un guión de Eric Heisserer, que se basa en la novela homónima de Josh Malerman, publicada en 2014, y dirigida por Susanne Bier, la película está protagonizada por Sandra Bullock, Trevante Rhodes, John Malkovich, Tom Hollander, Danielle Macdonald y Sarah Paulson.

 

Malorie, la protagonista, una mujer embarazada acostumbrada al poco contacto social, termina refugiándose en la casa de un extraño cuando esta fuerza sobrenatural se extiende, causando suicidios masivos en todo el mundo. Junto con ella, un grupo de sobrevivientes se organiza para mantenerse en pie, con la esperanza de que las autoridades retomen el control. Cuando esto no sucede y la comida comienza a escasear, el grupo decide arriesgarse a salir en busca de medios de sobrevivencia, como la única última opción.

 

Esto divide opiniones, pues cada uno cuenta con sus propias prioridades y aunque todos quieren el privilegio de la seguridad, el resguardo y alimento, pocos están dispuestos a sacrificarse por él, en una combinación de temor, incertidumbre, conveniencia e individualidad. Se trata de un escenario en que gente desconocida se ve obligada a trabajar en equipo, rodeada de un mundo hostil y peligroso que los lleva a desconfiar y por tanto a aislarse. Malorie es especialmente astuta para darse cuenta que pese a sus diferencias de opinión, personalidad y carácter, lo importante es encontrar un punto de entendimiento entre las partes, bajo la prioridad única que a todos interesa: sobrevivir.

 

El resultado es un choque de actitudes que inevitablemente forma grupos, según se encuentra la afinidad con otros, en algo que los identifique o en que converjan. Olympia, por ejemplo, una joven embarazada a la que le dan también refugio, busca en Malorie apoyo sobre todo emocional, sabiendo el punto concordante que las une, el nacimiento próximo de sus hijos; pero mientras la joven actúan con una solidaridad casi dependiente, Malorie prefiere mantener sentimientos, intimidad y acercamiento al margen, sabiendo que no hay nadie en quien realmente sienta que puede confiar.

 

Olympia no tiene malas intenciones, al contrario, su personalidad es la de ayudar al prójimo, pero Malorie no sabe cómo relacionarse ni tiene las intenciones para hacerlo, pues vive más cómoda y ‘segura’ en su propia isla o burbuja. El problema es que Malorie debe aprender a detectar que a veces es importante e inteligente pedir ayuda, antes que querer hacerlo todo sola.

 

A lo largo de la película parece que la protagonista mira a Olympia como alguien débil por su carácter sereno, al que asocia con ingenuidad y fragilidad, específicamente emocional en efecto, pero aunque la otra es claramente más vulnerable por eso, su actitud también tiene su lado positivo, pues representa un grado de bondad, sentimiento significativo para rescatar en un mundo marcado por una condición predominantemente opuesta. Con el tiempo, Malorie entiende que la vida no puede ser ni absoluta dureza ni ingenua inocencia, sino el balance entre ambas. Olympia quizá pudo salvarse de haber sido más crítica y selectiva, desconfiada y distante, pero al mismo tiempo, Malorie, que es así,  solo podrá salvarse si, en el opuesto, acepta la importancia ser más sensible, humilde y abierta; vulnerable, pero no en el sentido de alguien indefenso, sino como alguien humano, con sus fortalezas pero también defectos, valor pero también temores.

 

La vida no es absoluta certeza, al contrario, está llena de incertidumbre, y la incertidumbre implica tener miedo; que esto sea así no es malo, al contrario, conlleva retos y, por tanto, posibilidad de superación. La fuerza sobrenatural que provoca que la gente desee suicidarse en cuanto la ven, de alguna manera ataca este sentir de duda, remordimiento y desesperanza en la persona. No importa tanto qué es o de donde vino esta fuerza, este ente, sino lo que representa y lo que provoca en las personas, obligadas a enfrentarse a sus temores y lo que estos significan o simbolizan. ¿A qué teme el hombre más que a morir? ¿A sufrir, a quedarse solo?, ¿a perder la esperanza, a claudicar cuando otros dependen de ellos?

Créditos: This image released by Netflix shows Sandra Bullock in a scene from the film, «Bird Box.» (Merrick Morton/Netflix via AP)

 

Los sobrevivientes entienden que tienen que aprender a vivir sin usar sus ojos, y a ver, no en el sentido literal sino en el metafórico, valorando sus alrededores y la visión que tienen, la imagen mental que saben y se han hecho, del mundo y de las personas. La película de esta forma se aventura, también, a preguntar qué tanto dependen las personas de sus sentidos para sobrevivir,  específicamente de la vista. Aquí, la memoria debe jugar un papel fundamental en el proceso de adaptación, pues al no ser ciegos de nacimiento, conocen (¿recuerdan?) el medio ambiente en donde deberán sobrevivir: la ciudad, las calles, ubicación de lugares, funcionamiento de aparatos, distancias, etc.

 

Estas personas se enfrentan a una realidad complicada cuando se dan cuenta que dependen de sus ojos para casi todo y que, ante el limitado uso que ahora pueden darles, no tienen otra opción más que adaptarse. Si quisieran buscar un nuevo refugio, atender sus heridas, advertir amenazas o ubicarse en un espacio, están acostumbrados a depender siempre de sus ojos para poder cumplir con la tarea. El desafío es poder realizar esas acciones empleando sus otros sentidos y su memoria. Cuando necesitan llegar a un supermercado por provisiones, por ejemplo, caen en cuenta que caminen o manejen hasta ahí, están casi indefensos si no pueden guiarse con la vista. Lo importante es dar respuestas, adelantarse a los hechos, avecinar posibles alternativas y escuchar, a veces muy literalmente. Para lograr su meta alguien propone usar el GPS del auto, una respuesta que aunque no ideal, resuelve de momento el problema aprovechando lo que saben, las herramientas con las que cuentan y los sentidos que aún pueden usar, más que nada el oído.

 

Poco a poco todos terminan dependiendo más de sus otros sentidos, pero mientras esto ayuda a pelear contra los entes que acechan, la indiferencia e individualidad humana, el egoísmo y la altanería no desaparecen, al contrario, siguen muy presentes en la sociedad y con el peligro de empujarla a la autodestrucción. La convivencia en confinamiento, además en un espacio relativamente pequeño, provoca tensión entre los integrantes del grupo, al tiempo que la disminución de víveres y la amenaza del peligro externo conducen a cada uno a pensar más en su sobrevivencia individual que en el bienestar del colectivo.

 

Douglas, el esposo de la mujer que salvó a Malorie en la calle, y quien muere por ello, adopta una actitud patana y poco solidaria, primordialmente porque sabe que el peligro que tienen enfrente demandará de cada uno de ellos orden, disciplina y decisión, algo que de entrada no se percibe a primera vista en todos. Pero su postura, por ejemplo, nunca es tan egoísta como la de los chicos que huyen con las provisiones y el único auto en la casa, todo con tal de salvaguardar su propia supervivencia, dejando a los otros a su suerte; un acto oportunista y sin más trasfondo que la traición y deslealtad, que ejemplifica cómo las personas explotan la debilidad del otro, aprovechando cada ocasión en que creen que pueden sacar ventaja.

 

La historia también habla de una relación social afectiva importante, además de esta dinámica tóxica en las relaciones humanas: la relación del hombre con su contexto y todo aquello que da por sentado. Al respecto, al inicio de la película, Malorie, quien pinta artísticamente, le presenta a su hermana su más reciente cuadro, en el que se observa a un grupo de personas reunidas pero al mismo tiempo aisladas, porque cada una parece estar sumida en su mundo, sin interactuar, sin relacionarse, sin observar el mundo o las personas a su alrededor. La hermana de Malorie atinadamente le dice que el cuadro se siente como un grupo de personas juntas pero separadas; y esto es precisamente de lo que habla la historia, de un mundo siempre conectado por todas las vías posibles, sin embargo, viviendo en su propio espacio, alejado de los demás. Esta indiferencia social se hace presente a todas horas y en distintos niveles, a veces conscientemente, a veces de manera inconsciente.

 

Malorie sobrevive gracias a que alguien le ayuda, pero Malorie misma tarda en confiar en otros pensando que quizá este sea el camino por el que los demás se aprovechen de ella. La desconfianza la pone en alerta, tanto a ella como a los demás, y aunque en la casa está rodeada de gente, ante la situación de peligro, se siente sola. Cuando en el mundo real todos actúan de alguna forma de esta manera, el resultado es un conjunto de humanos parados unos al lado de otros, pero desinteresados de aquellos a su alrededor, ignorándolos, discriminándolos, evitándolos o simplemente ni conscientes de su presencia, o su existencia. La indiferencia como forma de conducta y el egoísmo como valor moral predominante.

 

 

Los entes no acechan al grupo, acechan al individuo porque saben que pueden debilitarlo y explotar su miedo y su aislamiento. Para ello ‘infectan’ a personas que eventualmente se encargan de que otros ‘vean’ lo que ellos consideran la verdad, o la salvación, la “luz” que los conduce a la felicidad, a la belleza, rompiendo la indiferencia social por medio del sacrificio personal, aunque, en este caso los lleve luego a la muerte. Uno de estos hombres es Gary, quien llega a la casa con esa intención, bajo la mentira de que es alguien buscando la caridad de un alma que lo acoja y le de refugio. Gary es uno de los muchos que han visto a los entes y en lugar de suicidarse, obligan a otros ‘a ver’, creyendo que de esta forma ‘purificarán al mundo’.

 

Sus falsas profecías y su fe retorcida no es más que un entendimiento trastornado de lo que significa libertad, redención y ayuda. Gary y otros como él están seguros que ‘ver’ y/o abrir los ojos, simbólica y literalmente, es el camino a la salvación; el problema es que su creencia se basa en que la persona misma no está a gusto con su propia vida, su mundo o su realidad, o que las personas aceptarán ver antes que buscar entender. Pretenden imponer un camino, una conducta, al margen del sentir y del interés de los demás.

 

Los entes atraen a las personas presionando sus debilidades y llenándolas de desolación, porque quebrantar el espíritu del hombre es el camino más directo para destruir su voluntad de vivir. Contrarrestarlo no es sólo luchar por sobrevivir, es luchar sabiendo que el camino está lleno de adversidades y aún así, o sobre todo por ello, seguir adelante para realmente vivir, para decidir por uno mismo la forma de ser y estar en este mundo.

 

Cada mente forma su propia idea de lo que sucede y le busca su propia explicación al fenómeno; algunos personajes creen que es el fin del mundo, otros creen que es un castigo de un ser divino, otros, por momentos, teorizan si se trata de algún virus que se transmite y contagia; pero al final, las teorías de conspiración y las creencias de fe son sólo elementos en los que la mente se sostiene para entender e interpretar su realidad, son expresión de la cultura, valores, creencias y temores de cada quien. El ente significa lo que cada persona quiere que signifique y se combate cuando la persona enfrenta esos miedos, debilidades y su espíritu quebrantado.

 

La mujer que salva a Malorie ve a su madre fallecida, quizá porque detrás existe un remordimiento en ella; la hermana de Malorie ve algo que la asusta, quizá revelando algún miedo intenso que guarda o esconde;  Malorie misma cuando es tentada camino a un refugio en el bosque, oye voces que le invitan a claudicar y abandonar a los niños que la acompañan (su propio hijo y la hija de Olympia), exponiendo así su resentimiento consigo misma y sentimientos de culpa por lo que ha sucedido, por las muertes que no pudo evitar, por los caídos que se han quedado en el camino, algunos fallecidos por acudir en su auxilio.

 

 

En el fondo, tal cual explica la hermana de Malorie al inicio de la película, hablando ella del cuadro pintado por la protagonista, lo que el relato refleja es una inhabilidad de las personas para conectar con otros y con el mundo que les rodea. El hombre mira pero no siempre observa; habla pero no siempre se comunica. El dicho dice que ‘nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde’ y en esta historia los personajes aprenden a valorar lo que tienen y a quienes les acompañan en su camino, incluyendo las buenas y las malas influencias o las opiniones de aquellos con quienes concuerdan, pero también la de aquellos con quienes difieren.

 

 

La pregunta es si el hombre aprenderá a ser suficientemente receptivo a través de sus sentidos, perceptivo ante todo tipo de mensaje, para entenderlo, para comunicarse, para participar y no sólo para estar, para sobrevivir. El problema es si le dará sentido a la vida misma, tanto al concepto de estar vivo, como al mundo en el que están plantados y todo lo que en él está inmerso: las cosas, los otros seres vivos, el ambiente natural, la flora, la fauna, el aire que respiran, la tecnología, la cultura, el arte, la comida, los inventos, las relaciones sociales y humanas, el contacto con otros, el proceso de aprendizaje a su alcance y los retos que les permiten crecer y evolucionar.

 

En un mundo en donde uno de sus sentidos se vuelve en contra de él, ¿es posible desarrollar otras capacidades para saber escuchar (no únicamente otras voces sino todos los sonidos producidos a su alrededor) y valorarlos, interpretarlos, para tener una percepción puntual del ambiente en el que ahora vive y de los peligros que asechan? El riesgo alternativo es la extinción; aunque para la humanidad existe la alternativa de los ciegos de nacimiento, planteando otro reto a los demás ¿hasta dónde podemos ser capaces de confiar en alguien a quien no conocemos?

 

Bird Box:  a ciegas

Netflix

Trailer: 2:15

 

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

Las brujas de Salem

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

Los juicios por brujería en Salem, ocurridos en la región que actualmente cubre Massachusetts, en Estados Unidos, entre 1692 y 1693, fueron falsas acusaciones procesadas formalmente por la autoridad. Ese señalamiento, sin fundamentos, que pese a todo fue llevado a juicio y condenado, demuestra no sólo el despliegue del fanatismo religioso, que justificaba el castigo en el incumplimiento de las normas puritanas que se profesaban en esa época, sino también el poder de la calumnia, el rumor y el chisme, así como la forma como el gobierno puede tomar el control y pisotear las garantías individuales de las personas en nombre de un supuesto bien común, que manipula a su beneficio, no el de la comunidad.

 

Personas fueron procesadas, llevadas a juicio y encontradas culpables, basándose más en lo que se quería creer que en las pruebas mismas. Las acusaciones eran por brujería y herejía, pero el trasfondo de la situación, que dejó cientos de presos y al menos 19 muertos, era mucho más complejo. El hecho histórico se ha estudiado desde diversos puntos de vista, explicándose por algunos, por ejemplo, como un delirio masivo o intoxicación por alucinógenos, que tomó esas ideas puritanas religiosas y las llevó a un extremo que hizo a la gente perder de vista la realidad. Sin poderse saber con exactitud cómo y por qué sucedió este fenómeno social, lo que queda son deducciones sobre el comportamiento humano, sustentado en un análisis de una realidad plagada de perturbación, venganza, manipulación, miedo, palabrería y fanatismo, todo amplificado.

 

Los juicios marcaron para muchos la forma de percibir la realidad, la religión y las relaciones sociales, pero el acto social como tal dejó su huella en la historia. Desde entonces por ejemplo la frase ‘cacería de brujas’ se refiere a falsas acusaciones que llevan a juicios, literales o no, sustentados en mentiras y calumnias que señalan y acusan de una forma manipuladora y engañosa.

 

En 1952 el dramaturgo estadounidense Arthur Miller (1915-2005) escribió una obra de teatro basándose en estos juicios, con eco en su propio contexto social, los años 50 y el macartismo, un periodo histórico en Estados Unidos en que el senador Joseph McCarthy (1908-1957) realizó una persecución criminal mediante una serie de acusaciones, interrogatorios y juicios a personas ‘sospechosas de ser comunistas’.  Aquella obra de teatro, originalmente titulada ‘The Crucible’, fue adaptada al cine por Miller mismo. En español Las brujas de Salem (EUA, 1996), la película fue dirigida por Nicholas Hytner y protagonizada por Winona Ryder, Daniel Day-Lewis, Paul Scofield, Joan Allen, Bruce Davison y Karron Graves, entre otros. Nominada a dos premios Oscar, mejor guión adaptado y mejor actriz de reparto, para Allen, la historia se centra en Abigail Williams, una joven obsesionada con un hombre casado, John Proctor,  de quien desea que su esposa Elizabeth muera, para que él la elija a ella.

 

 

Abigail y sus amigas son un grupo unido que, quizá por su edad, los cambios sociales producto de esta vida en ‘el nuevo mundo’ (la región era una colonia británica asentada en Estados Unidos) o ambas cosas, buscaban libertad y divertimento, gustan de bailar y jugar en el bosque, algo no bien visto en la sociedad puritana, con ideas conservadoras profundamente arraigadas, que conducen a la intolerancia y la segregación, así que, cuando alguien sugiere que las jóvenes practican la hechicería, Abigail, la líder, señala a Tituba, una mujer de Barbados, esclava que convive con ellas, como la culpable de todo. Lo que inicia como un juego aparentemente inocente, y después como una mentira exculpatoria, se convierte en una oportunidad para muchos de sacar provecho de la situación. Algunos vuelcan toda su desesperación hacia Tituba, culpándola de bruja, y por tanto, responsabilizándola de sus desgracias. La presión cae sobre el reverendo Parris, tío de Abigail, quien se ve forzado a traer a alguien, el Reverendo Hale, para investigar las acusaciones demoniacas.

 

La presión hace que Tituba confiese autoculpándose y diga lo que los otros quieren oír. Abigail aprovecha entonces para hacerse la víctima y decirse presa del poder de los espíritus. El juez Thomas Danforth, que es llamado para el juicio, se obsesiona con cubrir su propia agenda, encontrar y enjuiciar, dadas sus ideas fanáticas sobre el asunto (castigar al pecador para mantenerse en la gracia de Dios). Tituba es de antemano encontrada culpable por un pueblo que quiere castigar a cualquiera que puedan culpar de su mala fortuna, así como un grupo de jueces que ejercen el poder que tienen para demostrar su superioridad intelectual y religiosa, la pureza de sus almas y presentarse ante la sociedad como los ‘salvadores’. Desde luego lo que menos importa es el esclarecimiento de los hechos, sino sancionar a los supuestos culpables para que sirva de castigo ejemplar hacia la población. Una práctica común a lo largo de los siglos.

 

 

 

 

Pero para Abigail sobre todo, más que para las otras chicas, la primera acusación es un intento por librarse del regaño por el baile y sus demás juegos infantiles que de por si tienen prohibido, pero lo que sigue es el uso cruel y premeditado de la influencia que pueden lograr, al darse cuenta de lo fácil que es acusar al otro, para castigar y vengarse, oportunidad que otros, eventualmente, en el pueblo, encuentran también útil para cubrir sus propios fines. Después de todo, en la comunidad hay resentimientos, envidias, recelos, rencores y ánimos de venganza, por hechos pasados y conflictos no resueltos. No tarda para que muchos otros sean señalados por brujería sin el más mínimo fundamento o prueba. La gente acusa a sus enemigos, a sus vecinos, a las personas con las que tienen algún conflicto o a las que consideran culpables de algo que les haya traído penas en el pasado, hasta que, inevitablemente, alguien señala a Elizabeth Proctor.

 

 

John sabe, por Abigail, que todo comenzó como una mentira conveniente para ella y las otras niñas, pero confesarlo implica revelar que habló con ella a solas, algo socialmente mal visto dado que él está casado. John insiste que la gente se dará cuenta por sí sola del engaño, pero cuando los que lo hacen también son acusados y Abigail se va sobre Elizabeth, John confiesa al Reverendo Hale lo que sabe, logrando que el otro se dé cuenta, por razón y lógica, que la acusación misma, sin ser investigada, puede ser una mentira bien recubierta. Hale duda, pues entiende que el juicio y la condena que se está haciendo, se realiza sólo en la palabra (el rumor, el chisme), en la acusación, no en las pruebas.

 

 

Cuestionar a las únicas personas que hasta ahora no han sido acusadas (Abigail y las chicas), sería la forma más lógica de llegar a la verdad, sin embargo, también la más difícil. Las jóvenes que aseguran ser testigos y víctimas de la brujería tienen ya un poder de convencimiento difícil de refutar, dudar o eludir, y pretender hacerlo e indagar lo verídico de las acusaciones coloca a quien lo hace en el estrado de los inculpados. Los juicios se han guiado por la palabra de un grupo de personas que dice lo que quiere según le conviene, no  por lo que es; su palabra se ha tomado como verdadera al grado que es más convincente que la verdad misma, porque así les conviene a los involucrados (los que acusan, los que enjuician o los que se benefician del encarcelamiento de otros), por lo tanto, negarla, analizarla o señalarla, ir en contra de lo aceptado por la mayoría, es mal visto. Para entonces, por conveniencia o por seguridad propia, es más aceptado alinearse con lo que dice la mayoría, que pensar, o decir la verdad, o investigar, porque ir en contra de lo que dice y quiere la gente en el poder conlleva ganarse castigos y venganzas, pena y desdicha.

 

¿Por qué la gente actúa así? ¿Por qué no razonar e investigar, con temperamento y paciencia? No hay evidencia ni sustento en las acusaciones, pero los aldeanos ven y creen lo que quieren ver y creer, según puede ser usado a su favor y eso es más fácil para ellos. La calumnia y la mentira cobran fuerza cuando lo importante no es la justicia, sino la apariencia de ella. La historia refleja con tino esta realidad aún presente en el siglo XXI, en que las personas pueden ser llevadas a la hoguera, metafórica y literal, al juicio y al señalamiento, por un simple efecto de inercia: alguien acusa sin fundamento, la gente lo toma como verdadero, lo repite y se lo cree, resultando en un castigo basado en nada más que palabrería, justificada y validada no por la demostración de su veracidad, sino por el efecto de repetición masivo y sin razón. Si lo dice alguien con poder es cierto, si lo dice la mayoría es cierto, si lo dice tal o cual medio, personalidad o publicación, es cierto, por ejemplo, son algunas de las creencias ciegas que se oyen en la actualidad. La ignorancia y la estupidez como factores predominantes en las relaciones sociales, hoy como hace 350 años.

 

 

“Las apariencias engañan”, dice John en un punto de la historia, pero, ¿cómo darse cuenta de ello? y, más importante, cómo evidenciarlo, justificarlo, demostrarlo y sustentar la justificación, cuando la apariencia es tan beneficiosa para el otro que vivir engañado es mucho más cómodo para todos, o para casi todos. Si alguien quiere tanto creer en la mentira, es difícil hacerle entender no sólo la verdad, sino la importancia y relevancia de ésta. Las personas creen lo que quieren creer. La gente no se atreve a luchar por la verdad cuando hacerlo es castigado y mal visto, cuando la libertad de pensamiento y crítica se enfrenta a la necedad del otro y, por tanto, al señalamiento y el linchamiento. ¿Cuántos acusados inocentes no ha habido a lo largo de la historia, cuya condena se basa en mentiras, rumores y manipulación? Es tan fácil dejar rodar la mentira que crece como bola de nieve para hacer de la falsedad un hecho comúnmente aceptado.

 

Lo vive por ejemplo Mary, una de las amigas de Abigail, quien trabaja para John, que acepta que todo lo que las chicas dicen sobre ver el demonio y ser presas de la brujería no es más que teatralidad, a veces ensayada, a vece espontánea, pero tan convincente para algunas de las niñas que de verdad se lo creen y reaccionan acorde. Mary confiesa, pero no todos la quieren escuchar, porque validarla implicaría contradecir sus propias palabras, lo que los pondría en evidencia. Aunado a ello, Mary duda si debe hacer lo correcto, porque sabe que las otras chicas se irán en su contra. En efecto, ante la primera oportunidad, acusan a Mary misma de bruja, sabiendo que la simple denuncia es suficiente para que la encarcelen. Mary termina por retractarse y negar la verdad, para librarse del castigo. Y así como Mary, muchos viven en el pánico y la histeria, desconfiados de sus vecinos, vigilando y sabiéndose vigilados, acusando a la primera discrepancia que haya entre ellos.

 

 

Qué es negar la verdad sino una forma de mentir, y mentiras son sobre las que se construye esta sociedad. Una vez que los primeros condenados encuentran su muerte y Abigail huye, los jueces se quedan con un pueblo que comienza a resentir lo que está sucediendo. Para dar por concluidos los juicios, que han dejado resentimiento y odio, se decide usar a John como estandarte, como persona respetada del pueblo, para pedirle una confesión falsa y a cambio perdonar a los demás. John tiene mucho que ganar, salvar la vida de su esposa embarazada y la vida de los otros enviados a la muerte, pero tiene aún más que perder.

 

John tendría que mentir y esto significa no sólo tachar su nombre, el nombre de su familia y el de aquellos que, como él, están acusados falsamente, sino que hacerlo es darle la razón a la gente que ha mentido, los jueces, Abigail, los líderes religiosos. Él considera que es mejor sacrificarse y morir, sabiendo que al menos así demuestra sus principios, su verdad y su ética, sopesando ‘morir en la verdad’ que ‘vivir en la mentira’, por lo cual prefiere elegir el camino que considera el más correcto. ¿Qué clase de persona sería, cómo vivir consigo mismo, qué ejemplo daría a sus hijos, si aceptara una culpa que no le corresponde?

 

 

Elizabeth y Hale aceptan su decisión, respetándola, pero cuántos no, al contrario, la condenan. ¿Tiene un precio la verdad? ¿Cómo es que pesa más el rumor y la falsedad, la calumnia y la mentira? ¿Qué se necesita para parar la ‘caza de brujas’? ¿Ética, verdad, persuasión, cultura, conocimiento, razón, o todas las anteriores? ¿Puede hacerse, cuando dados los intereses de por medio, el que gana, gana mucho y el que pierde, puede perderlo todo? Tal como sucedió con los juicios de Salem, el tiempo, la perspectiva, la evolución cultural y la valoración crítica que se gana con el distanciamiento del objeto que se analiza, lo dirán.

 

Las Brujas de Salem

Dir. Nicholas Hytner 

Trailer 2:29

 

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

El Hoyo

Por Diana Miriam Alcántara Meléndez

Igualdad significa que haya una correspondencia o similitud entre dos o más entes, expresando proporción, equivalencia, uniformidad y, en el caso de una sociedad o comunidad, de derechos y obligaciones para vivir en armonía. La igualdad social es un anhelo democrático presente en las sociedades desde, por lo menos, la revolución francesa del siglo XVIII. ¿Pero, puede realmente existir tal?

No hay dos idénticos en este mundo, eso está claro, todos viven, piensan y experimentan diferente, pero en cuanto al espectro social se refiere, la igualdad clama, no porque todos piensen y actúen igual, sino porque cada individuo sea valorado por quién es y cuáles son sus habilidades, es decir, la forma como las diferentes mentes, perspectivas y vidas, ayudan a construir un mundo en el que todos forman parte importante dentro de la comunidad, con las mismas oportunidades y responsabilidades, que deben asumir con el mismo nivel de compromiso social, es decir, el beneficio no de uno, sino de todos. No es sencillo alcanzar esta idea, más utópica que realista de lo que debería ser, porque, cuando la organización del sistema llama a las jerarquías, las clases sociales, la distinción del poder y los niveles socioeconómicos, y las personas lo siguen sin cuestionarlo, el resultado es un distanciamiento inequitativo.

La reflexión está presente en la película El hoyo (España, 2019), dirigida por Galder Gaztelu-Urrutia, escrita por David Desola y Pedro Rivero, y protagonizada por Iván Massagué, Zorion Eguileor, Alexandra Masangkay, Antonia San Juan y Emilio Buale. ‘El hoyo’ es una prisión vertical, dividida por niveles. Cada celda, con dos personas dentro, es un nivel y hay al menos 200 peldaños. La comida baja a diario del punto más alto, el nivel 1, al más bajo, a través de una plataforma que transporta un festín, o al menos así es como comienza su recorrido. En lugar de racionar el consumo y respetar víveres para los demás, lo que sucede es que en las primeras celdas se abalanzan por la comida, dejando a los niveles medios con poco, sólo restos y sobras, y a los últimos, sin nada.

Cada mes las personas en cada celda despiertan en un nuevo nivel, sin saber si les tocará ‘arriba’ o ‘abajo’. Si por suerte están en un punto superior en la escala, tendrán comida asegurada, pero esto puede llevarlos a un punto de desesperación, ya sea el saber que potencialmente les espera un nivel muy inferior el siguiente mes, o porque, sin nada más que hacer que ‘comer y dormir’, pierden la razón o desperdician irresponsablemente los alimentos a su alcance. Si despiertan en un punto muy por debajo de la torre, están esencialmente destinados a la muerte, ya sea por la falta de alimento o porque el hambre empuja a muchos a matar para intentar sobrevivir.

Goreng, el protagonista de esta historia, cuyo compañero de celda, Trimagasi, durante su primer mes, en el nivel 48, le explica esta cruda dinámica de vida, entró como voluntario, pero no por simple buen carácter, sino a cambio de un título homologado. Cada persona puede traer consigo un objeto personal y Goreng eligió el libro de El Quijote de la Mancha. Trimagasi, que trajo un cuchillo, al que mira no sólo como un arma, sino como el causante de que esté ahí (lo vio en un infomercial, lo compró y el siguiente infomercial que vio era de su cuchillo, pero una edición mejorada, por lo que en un arranque de ira tiró su televisión por la ventana y mató a alguien), no quiere otra cosa más que Goreng le lea pasajes del Quijote.

El libro puede ser fácilmente visto como un objeto no esencial, porque en un escenario de vida o muerte, ‘no serviría para nada’. El libro distrae, entretiene, enseña, cultiva y nutre al ser. La cultura es base para el desarrollo de las personas. Pero el libro es ‘inútil’ en un escenario de practicidad. Alguien en los primeros niveles, sin más que pasar el día, encontrará en el libro la clave para su supervivencia. Un libro en los niveles más bajos no obstante, es sólo un objeto más. Eventualmente, cuando Goreng llega a un nivel muy abajo, termina incluso comiéndose las páginas.

¿Qué es entonces ‘el hoyo’? El espacio permite poner a prueba ideas de fe, ética y juicio. Imoguiri, otra compañera de celda que Goreng eventualmente tiene, le dice que ella sabe, porque trabajó en la “Administración”, entrevistando voluntarios, que el propósito del hoyo es promover la ‘solidaridad espontánea’. Es decir, que al ver su realidad y la realidad de todos, en la que un día pueden estar más arriba pero en cualquier momento pueden caer en el opuesto y experimentar la desdicha, ello generará a una ética moral social en la que la gente aprenda a colaborar, trabajar en conjunto, organizar la distribución de la comida para que les alcance a todos y, por tanto, lograr que esta división de niveles ya no afecte o apremie a las personas, sólo por el hecho de la escala en la que están.

Imoguiri se desvive por convencer a los de la celda de abajo, el nivel 34, que preparen raciones de comida, tomen sólo lo necesario y dejen suficiente para que todos los niveles, que ella cree son sólo 200, coman lo mismo, equitativamente. Su plan nunca da frutos mientras apela a la razón y el entendimiento. Los de abajo sólo acceden cuando Goreng amenaza con defecar en su comida si no siguen las instrucciones. ¿Por qué la celda 34 sólo escucha cuando hay una amenaza de por medio? ¿Por qué el camino de razonar con el otro, una estrategia por la comprensión de la lucha por el bien común, llega a oídos sordos en escenarios extremos como el que se ve aquí? ¿Depende del contexto, depende de la realidad o depende de qué tanto tenga que sacrificar una persona? ¿La humanidad es en esencia egoísta?

Baharat, por ejemplo, otro compañero de celda de Goreng, es un hombre que trajo consigo una cuerda. Su idea es usarla para subir los niveles y lograr eventualmente salir. El día que despierta en el nivel 6, se sabe lo suficientemente cerca de la salida para estar seguro de que su plan al fin dará resultado. La celda 5, sin embargo, se burla de él y no lo deja subir. ¿Qué tienen que perder los del nivel 5 con ayudarlo? Nada, no hay castigo de por medio por ayudar a los demás, ni está explícitamente prohibido, de hecho, Baharat cuenta que ha habido ocasiones pasadas en las que otros le han permitido el paso. ¿Qué lleva entonces a la celda 5 a no querer ayudar? ¿No lo hacen por el simple hecho de saberse en un punto superior de la escala, acto que refleja puro egocentrismo? Y entonces la gente que en el pasado ayudó, ¿lo hizo porque estaban en un punto muy debajo de la escala o porque eran en su esencia buenas personas? ¿Dicta entonces el contexto social la percepción y puesta en práctica de conductas y valores? No es ‘el hoyo’ el que prohíbe que Baharat encuentre la salida, son las personas que en él se encuentran.

Miharu es una mujer que cada mes baja por la plataforma buscando a su hijo, pese a que Imoguiri insiste que tal niño no existe pues nadie menor de 16 años puede entrar al hoyo. Miharu tiene, sin embargo, el objetivo bien trazado que la motiva a seguir adelanta: velar por alguien más. La gente no lo ve así y todos llaman a Miharu una asesina, ya que no repara en matar a cualquiera que se interponga en su camino. ¿Puede ella recibir las mismas consideraciones, o falta de, que un par de personas que bajan nivel por nivel matando a los demás, por el hecho de poder y querer hacerlo?

¿No está diseñada esta división clasista para empujar a las personas a reaccionar así? ¿O quizá el problema no es la forma de organización, sino cómo las personas la asumen y responden a ella? La esperanza de que saldrán, la esperanza de que el siguiente mes les puede tocar un mejor nivel o la esperanza de la ‘solidaridad espontánea’ son una falacia, una utopía que alberga en sí misma un método de control, mientras la gente misma no cambie.  ¿Qué hace alguien en el punto más bajo de la pirámide, cuando llega arriba? ¿Qué hace alguien cuando tras estar arriba, se ve de pronto en el punto más bajo? Los individuos ahí se mueven entre el miedo y la esperanza.

Aquí no hay guardias ni hay castigos de ningún tipo, a menos que se rompa la regla de no guardar comida una vez que la plataforma ha bajado a otro nivel. No hay reglas explícitas de prohibiciones ni lineamientos de conducta. El órgano administrativo no es el ideal,  pero por eso mismo deja a las personas hacer lo que quieran con lo que tienen enfrente, decidir por ellos mismos. Pero en lugar de organizarse por el bien común, los involucrados olvidan que viven rodeados de otros en las mismas condiciones y realidad que ellos. Este escenario es en gran medida producto del sistema quebrantado, con un guiño muy directo al capitalismo, pero que funciona porque la gente hace que funcione, o permite y acepta el cómo funciona.

No todos en ‘el hoyo’ son crueles, poco solidarios, impulsivos o ignorantes, es sólo que con uno que lo sea, es sencillo perder el objetivo, reinar el caos e interrumpir el orden. La prisión está quizá diseñada para que la gente muera y no se dé cuenta de ello sino hasta que ya es demasiado tarde; pero no darse cuenta de la realidad es culpa de la persona misma. La dinámica se alimenta del miedo, el egoísmo, el lado más inhumano del ser, la desigualdad, el individualismo y la crueldad; entonces, ¿sería la vida en el hoyo diferente, si las personas fueran exactamente lo opuesto (solidarias, trabajadoras, éticas)?

El sistema no es perfecto, nunca lo será, pero sigue siendo imperfecto porque las personas alimentan que siga siendo así. Goreng y Baharat eventualmente deciden encargarse de racionar la comida y se suben a la plataforma para repartirla equitativamente. Al hacerlo se asumen responsables del orden,  por tanto, se obligan a imponer su voluntad, a ser la autoridad, sin serlo legítimamente ¿El resultado? Terminan matando o golpeando a la mitad de los que se supone bajaron a ayudar. En corto, la respuesta, el cambio, no es un camino sencillo, ni se logra sin la ayuda de los demás.

Al final Goreng se queda ahí, en el fondo de la escala, sin nada más por qué vivir, sin nada con qué vivir. En el último nivel, el 333, encuentra a la hija de Miharu y la manda al nivel cero subida en la plataforma de comida (que automáticamente regresa al punto de partida tras tocar fondo). La niña pese a todo pronóstico, sigue viva, y ello implica o que alguien la ayudó (quizá Miharu siempre la tuvo escondida ahí) o que al menos, nadie la hirió. Cualquiera que sea el escenario, esto también dice mucho de la gente que habita en el hoyo.

‘La niña es el mensaje’, repiten varias veces los personajes, pero la niña no representa una ‘esperanza’ como tal, sino que simbólicamente habla de la posibilidad de cambiar el  sistema. Quizá la niña no existe y todo sea una alucinación de Goreng, pero eso no es realmente lo importante, sino que a través de su decisión de enviarla hacia arriba, entiende qué era lo que debía hacerse. Es decir, ni Goreng ni Baharat, ni muchos otros como ellos o antes que ellos, pueden realizar el cambio solos, simplemente pueden facilitar que suceda. El mensaje no necesita un medio para hacerse escuchar, ‘el mensaje es el mensaje’, una idea básica, filosófica, simple y evidente que también se repite en la película, no obstante, una idea también difícil de entender para muchos en la misma posición. ¿Logrará el mensaje, después de todo esto, ser finalmente escuchado? La respuesta, como es evidente (obvio, diría Trimagasi), nadie la sabe.

El Hoyo (2019)

Director: Galder Gaztelu-Urrutia

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

Whiplash: Música & Obsesión

Por Diana Miriam Alcántara Meléndez

Superación significa vencer obstáculos, pero la palabra superar también implica ser superior a alguien. Idealmente se logra demostrando mejores habilidades y/o conocimientos, no pisotear al otro para lograr sobrepasarlo. ¿Pero, cómo se llega a alcanzar tal maestría? ¿Presionando hasta lograr que la persona sea el mejor o la mejor versión de sí mismo, o dejándolo crecer hasta el punto que ella o él elijan? ¿Hay enseñanza, educación, aprendizaje e instrucción en un escenario en que se exige empujar al otro al límite, o ello conlleva invariablemente abuso, control, dominio y autoritarismo? El problema se vincula con el ejercicio de autoridad en el proceso educativo. El maestro enseña, pero también debería aprender y dirigir su enseñanza con respaldo en una capacidad argumentativa racional que fundamente y legitime su actuar, justo para evitar que sus subordinados, es decir, los alumnos, consideren sus órdenes como impositivas, irracionales, fuera de lugar.

En Whiplash: Música & Obsesión (EUA, 2014), cinta escrita y dirigida por Damien Chazelle, y protagonizada por Miles Teller, J. K. Simmons y Paul Reiser, Andrew es un estudiante de primer año en una escuela de música, decidido a convertirse en el mejor jazzista de la historia. Su oportunidad llega cuando es invitado a la orquesta del profesor Fletcher, un hombre exigente e intransigente que pide acato y disciplina de sus alumnos. Su idea es empujarlos a ser los mejores, pero en el proceso abusa física y emocionalmente de ellos, bajo la idea de que sólo así se esforzarán lo suficiente como para alcanzar su máximo potencial. Su autoridad como maestro le otorga la capacidad, la facultad para dictar las actividades orientadas al mejor aprovechamiento de sus estudiantes, para desarrollar sus capacidades, su potencial intelectual, sus habilidades, pero al hacerlo está obligado a respetar a los mismos estudiantes como personas pensantes, como individuos en proceso de formación; o al menos así debería ser.

¿Alcanzar la grandeza a toda costa, incluso si esto significa perder humanidad? Educación para llegar el éxito es un camino indispensable en la vida pero, ¿dolor y castigo con tal de ser el mejor, es correcto, lo vale? Estas son algunas de las preguntas que plantea la cinta, ganadora de tres premios Oscar (mejor mezcla de sonido, mejor edición y mejor actor de reparto, para Simmons), además de dos nominaciones más, a mejor película y guión adaptado. En el fondo, una mirada crítica al sistema educativo basado en la autoridad indiscutible de los docentes, en la competencia en las relaciones sociales entre los alumnos y en la falsa idea de que hay un solo camino para enseñar a cualquier estudiante.

Andrew es un joven inseguro pero con potencial, dedicado pero no siempre decidido, disciplinado, pero quizá conformista. Para llegar a su máximo potencial debe cambiar su actitud, fortalecer su carácter, el problema es el cómo. No lo sabe, no lo entiende y entonces deja que la situación lo moldee, en lugar de tomar él las riendas.

Fletcher al contrario, es una persona decidida, segura y capaz, que se excusa en exigir lo mejor para entonces abusar de su poder. El profesor no es, quizá en el fondo, una persona mala como tal, pues en verdad cree que la única forma de lograr el potencial del alumno es presionarlo hasta llegar a su límite, físico y emocional, incluso para quebrarlos, antes de indicarles cómo reconstruir su proyecto; el problema es que la forma como lo hace y la manera de asumir su papel en la dinámica de enseñanza aprendizaje, perjudica la mente de sus estudiantes, que se convierten en blanco de humillaciones y agresiones a las que no se atreven a retar, o contradecir, por miedo al fracaso, tanto académico como personal, que impacta indirectamente en las posibles represalias secundarias, entiéndase ser degradados o hasta expulsados del conservatorio.

¿El profesor enseña, instruye, forma o facilita? Además de que el cómo logre que el alumno encuentre su potencial, es la parte delicada, susceptible a írsele de las manos. No es con abusos ni debería ser bajo esa filosofía de ‘la letra con sangre entra’, un refrán que se refiere a la educación a través de una disciplina exigente que llega a los golpes, a la violencia física, porque la violencia no instruye valores, empatía y ética, sino todo lo contrario. ¿De quién ‘aprende’ más el estudiante, o qué experiencia le hace mejor, aquella en la cual el profesor le condona los errores o aquella en que el profesor se asegura que el alumno no vuelva a cometer ese error? El ideal es el balance. No es dar palmadas compasivas en la espalda para evitar el dolor de la caída, pero tampoco es golpear, metafórica y literalmente hablando, por el error cometido. No es que el profesor infunda tanto miedo en el estudiante como para obligarlo a no volver a cometer una falta, para tampoco es hacer como que ‘no pasa nada’. Es, en todo caso, instruirle en qué se equivocó y en cómo mejorar y cambiar para ser mejor.

En este caso Fletcher dirige a los jóvenes para hacer lo que ya saben, pero de una mejor manera, o de una manera más precisa, como él quiere, sabiéndose además el experto en el área. Su método es la mano dura, que más que exigir, castiga. Lo que crea con el abuso y la crueldad es una relación tóxica, dependiente, sumisa, mansa y manipulable, en que el alumno no crece y no mejora, sólo aprende a seguir órdenes y cubrir expectativas. El alumno se vuelve entonces sumiso, obediente, eficiente para repetir con calidad lo que se le obliga, pero no surge su motivación personal, su entusiasmo, su creatividad. ¿Las expectativas son altas porque el nivel que pide el profesor del alumno está en efecto en los más altos estándares de calidad musical? Sí. ¿Puede el alumno mejorar si se le exige ser el mejor? Sí. ¿Puede el alumno mejorar, como artista y como persona, si se le demanda esa disciplina con sólo castigos y humillación? No realmente, porque además no es ese el único camino para llegar hasta ahí.

El problema de Andrew, y del resto de sus compañeros, es que viven cegados por la idea de grandeza, que idealizan y comparan en relación con Fletcher; es decir, la figura del otro, del maestro, pesa tanto, que se convierte en la única. Predispuestos a alcanzar el reconocimiento a toda costa en medio de una competitividad malsana promovida por su profesor, y sabiendo que si la orquesta de Fletcher es la más prestigiada y estar en ella los hace por asociación destacables, lo que cada alumno aprende es a ser el mejor, según los estándares del otro. Andrew practica, se aísla, termina la relación con su novia, para dedicar todos sus días a los ensayos y, eventualmente, deja de ser él mismo, para ser el tipo de persona que su profesor quiere que sea.

Consigue la posición como baterista principal por un error (la partitura del titular se pierde y como él se sabe la melodía de memoria, puede tomar el asiento principal durante una competencia musical) y luego se aferra a su posición creyendo que ha alcanzado el respeto de sus similares. Pero si alcanzar el éxito implica ser el mejor, y a los ojos de Fletcher es imposible ser el mejor, siempre habrá una prueba más arriba de la última prueba. Fletcher llama entonces a otro suplente, para presionar a Andrew a seguir ‘probando su valía’. No importa entonces cuánto se esfuerce y trabaje, sufra y se sacrifique, nunca será lo que el otro quiere que sea. Andrew y los otros no entienden que lo importante no es complacer a su profesor, sino estar contentos con ellos mismos, satisfechos de su propio desempeño. ¿Pero qué significa estar contentos con ellos mismos, como músicos?Parece que no lo saben o no se atreven a preguntárselo, porque la figura de autoridad frente a ellos es tan imponente, que la sombra (el castigo, la crítica y el control) pesa en sus hombros.

La dinámica continúa así hasta que se llega a un punto de ebullición, hasta que Andrew alcanza el punto de quiebre y deja de preocuparse por él y la gente a su alrededor, con tal de demostrarle a su profesor no sólo su talento, sino que es indispensable, algo que él cree posible pero que en realidad no lo es.

¿Qué implica el éxito?, ¿es acaso alcanzar lo que se anhela, o es lograr lo que otros quieren para cada uno?, ¿somos exitosos al alcanzar las metas que la sociedad nos impone, o al superar los retos personales? Andrew duda de sí mismo y busca la aprobación de otros, dejando así que personas como Fletcher moldeen su identidad. El chico se olvida de sus prioridades por miedo al fracaso y esto le cuesta todo.

¿Cuántos ‘Fletchers’ no hay en la vida de las personas? Sin duda muchos, más de los que se pudiera desear, quizá no igual de abusivos, prepotentes, controladores y crueles, pero sí simbólicamente hablando. Superarse a sí mismo requiere esfuerzos, pero no bajo órdenes sin límites, que llevan a la persona a ser ‘el mejor’, según los estándares de alguien más. ¿Cómo poner y ponerse límites? Para Andrew sucede cuando se ve envuelto en un accidente automovilístico y antes de preocuparse por su bienestar, corre al escenario preocupado por la aceptación y reconocimiento de sus similares en la música. Para otro estudiante, ese límite llega al extremo cuando, derrumbado por la crítica no constructiva, sino hiriente, su estado de angustia y ansiedad lo lleva a la depresión y eventualmente al suicidio.

No es sólo si el sacrificio vale la pena, sino hasta qué punto. ¿Qué se gana, qué se pierde y qué es lo que realmente se quiere? Cuando Andrew dice que quiere ser el mejor músico de jazz, ¿qué significa esto para él? Si alcanza esa maestría como músico, ¿la alcanza porque lo sacrifica todo o porque aprende a sacar provecho de su talento, guiándolo?

Exigir lo mejor de alguien no está mal, trabajar por alcanzar lo que se quiere tampoco; requiere disciplina y sacrificio, pero también honestidad, especialmente con uno mismo. Lo importante es saber definir las propias metas y prioridades, encontrando la razón motivacional para construir un proyecto de vida. Los maestros están para guiar los esfuerzos de sus estudiantes y deben ejercer su autoridad con rigurosidad, pero también con solidaridad y generosidad. Lo que no se condona es la autoridad que se excede, que se vuelve arbitraria, y que se esconde en estas ideas de éxito y logros, fomentando una competitividad despiadada que deshumaniza tanto a maestros como a los alumnos. Al final, quién pone los límites, debe ser uno mismo.

Whiplash, 2014, Dir. Damien Chazelle

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

 

Jurassic Park (Parque Jurásico)

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Evolución es transformación continua. Especies que cambian conforme pasa el tiempo, según lo define el naturalista inglés Charles Darwin (1809 – 1882), quien añade que la selección natural es parte vital de ese proceso de adaptación. Se trata entonces de la forma natural (o curso lógico) como las diferentes especies cambian, crecen, se van modificando y van dando paso a nuevas.

“La naturaleza se abre camino”, dice uno de los personajes en la película Parque Jurásico (EUA, 1993), dirigida por Steven Spielberg y escrita por Michael Crichton y David Koepp, que se basan en la novela homónima de Michael Crichton, dando a entender que las especies evolucionan no sólo mediante la sobrevivencia de los que mejor se adaptan a los cambios (Darwin dice), sino también a que los cambios en la naturaleza se producen en el interior natural, biológico digamos, de cada especie, o más aún, de cada ser viviente en particular.

La cinta, protagonizada por Sam Neill, Laura Dern, Jeff Goldblum, Richard Attenborough, Bob Peck, Martin Ferrero, Samuel L. Jackson, Wayne Knight, Joseph Mazzello y Ariana Richards, trata de un empresario que quiere, a solicitud de los inversionistas de su proyecto, el aval de un grupo de expertos en diferentes ramas de la ciencia para un parque de atracciones caracterizado por la presencia de dinosaurios, cuyo ADN ha sido mutado genéticamente y luego clonado. Mientras la aventura y el relato de supervivencia y acción crece por una serie de errores humanos que provocan que los dinosaurios puedan salir de sus jaulas y atacar, empujando a los visitantes a huir para salvarse, el planteamiento trae consigo más que secuencias fantásticas y una revolución tecnológica, sobre todo para su época, en el terreno de los efectos visuales, pues también plantea preguntas importantes sobre temas como la evolución, la experimentación científica y genética y sus peligros, la ambición corporativa y las consecuencias de los imprevistos de la vida, la incertidumbre, y la mala planeación o preparación para afrontarlos.

Como siguiendo la Ley de Murphy (que a grandes rasgos dice que si algo puede salir mal, así será), lo que sucede dentro del relato es una catastrófica saga de decisiones equivocadas que dan paso a lo que mejor define la cinta por sí misma: el caos. Tal como lo explica uno de los personajes, la teoría del caos se sustenta en conceptos como la impredecibilidad, variables cambiantes, causa-efecto múltiples y el azar. Hay cosas que se pueden suponer y proyectar, pero eso no significa que salgan exactamente igual a como se espera, o que sucedan exactamente igual dos o más veces, porque las condiciones y la situación en la que se desenvuelven los elementos participantes cambian por todo tipo de factores. “Si algo nos ha enseñado la historia de la evolución es que no podemos refrendar la vida. Se libera. Se extiende a nuevos territorios y rompe barreras. La evolución encuentra su camino de forma dolorosa, tal vez peligrosa”, explica aquel personaje.

El personal de los laboratorios de este parque espera tener el control de la situación porque ha mantenido todo bajo la lupa de sus microscopios, pero ese control nunca es posible de alcanzar al cien por ciento porque no pueden esperar que animales que no conocen actúen de la forma como ellos quieren que actúen, en lugar de la que su instinto natural les dicta. No prevén tampoco que la modificación genética que han hecho al ADN cambie de una forma u otra al dinosaurio en sí. Éste caza, depreda, destruye y no puede ser contenido por un grupo de humanos que no conocen lo que significa la dimensión de un ecosistema antiguo y extinto, traído a la actualidad. Subestimarlo es subestimar a la evolución misma y a la naturaleza como fuerza incontrolable que se rige bajo sus propias reglas. “No es posible reprimir un instinto primitivo que tiene 65 millones de años”, dice uno de los paleontólogos, cuando se dan cuenta que el Tiranosaurio Rex no hace caso a la cabra que los cuidadores le presentan como alimento en medio de su jaula. El tiranosaurio no quiere comer, quiere cazar.

Esta gente además ha automatizado las funciones dentro de las instalaciones del parque, han olvidado muchas medidas de seguridad creyendo que no habría problema pasarlas por alto y tampoco han previsto todas las necesidades que una atracción de esta magnitud representa para el público al que se dirigen, los niños. Si a eso se le suma la caída del sistema provocada adrede por un trabajador que ha encontrado la forma de ganar dinero robando información confidencial para venderla al mejor postor (ambición, egoísmo, deslealtad, como características de la conducta humana), más una tormenta tropical azotando la zona en esta isla del Atlántico, en efecto, todo lo que puede salir mal, saldrá mal, y cada elemento de riesgo aumentará potencialmente, y peligrosamente, por esos tropiezos e imprevistos para los que estas personas no están preparadas. No se trata de un escenario pesimista, sino de una realidad provocada por el hombre, por las circunstancias naturales, por las modificaciones genéticas que recrean a especies extintas naturalmente, situación que eventualmente explota frente a los involucrados.

Las malas decisiones tienen consecuencias y hacer las cosas en la propia vanidad del ser es, de alguna forma, la ostentación del individuo en su arrogancia, en su máxima expresión de soberbia, presumiendo y explotando sus propios avances tecnológicos e industriales, en una forma de colonización de la Tierra (o el planeta), por un deseo de maravillar al prójimo a partir de sus propios logros, pero sobretodo, en busca de obtener ganancias, de invertir capital para explotar la tierra, la manipulación genética, el desarrollo tecno-científico y las emociones humanas. No dimensionar la situación puede significar tanto presunción como falta de preparación y organización. Hacer las cosas antes que los demás (aprovecharse de la oportunidad más que aprovechar la oportunidad) por una simple sed de poder, que provoca precipitaciones, es forzar a algo sin dejar que corra su curso natural (una idea con impacto directo en el tema de la clonación y la experimentación genética). Para todos, la presencia de los dinosaurios y el parque significan algo diferente, un descubrimiento o avance científico, una posibilidad de explorar lo desconocido, un negocio, un acuerdo estratégico empresarial y hasta una fuente de ingresos. Los científicos se pueden maravillar con la presencia de los animales y el cómo su creación fue posible, mientras los abogados ven en ellos un negocio que potencialmente traerá grandes ingresos a sus manos. La ambición no es sólo ser el primero, sino el más grande, y el todo se convierte en un circo, metafórica y literalmente hablando. “Sus científicos están tan preocupados por saber si podían, que no se detuvieron a pensar si debían”, reclama el paleontólogo.

La reflexión es importante porque cuestiona la falta de ética, pero al mismo tiempo analiza cómo estas personas se escudan en un estandarte de aparente progreso, con fines mucho más allá que el del mero avance científico. El progreso como estímulo y meta del quehacer humano que con tanto optimismo han proclamado los defensores de la industrialización a ultranza, de la urbanización como mejor forma de vida y del saber de expertos como la palabra definitiva para hacer las cosas, sin ponerse a considerar el aspecto humano, solidario y de interés colectivo que el bienestar social también exige. El sabotaje de las instalaciones, por ejemplo, es producto de un acto de venganza de uno de los trabajadores, que ha encontrado a quien vender la información genética que hace posible el proyecto, en un intento también de la competencia (corporativa y del capital), por no quedarse rezagados.  Su traición satisface su ego y el robo llena esa satisfacción, mientras la venganza, hacer que los sistemas operativos colapsen, no es más que ese sentimiento traducido en una necesidad de llenar su ambición y perjudicar al otro. En suma, valora el progreso en términos de su bienestar personal, igual que lo hace el empresario que desarrolla el proyecto del parque de diversiones, o los científicos que sienten que dominan a la evolución natural.

“Nunca ha tenido el control. Esa es la ilusión”, le reclama una de las personas invitadas como observadores al visionario creador del parque,  con respecto a cómo el proyecto no es más que un espejismo, nunca realmente tangible, real o posible. Él, el empresario, explica que de niño tenía un circo de pulgas, que en realidad no tenía pulgas, sólo juegos que se movían mecánicamente. La gente, sin embargo, parecía convencida de ver a los animales. Por tanto, él espera esa misma reacción, ese mismo asombro de parte de los asistentes al parque, pero esta vez a partir de algo real, dinosaurios que están ahí, no que la gente se imagina que están ahí. En este caso su sueño es más grande que él, porque es un imposible, algo que, como le dicen, nunca estuvo realmente en sus manos para poder presentárselo al mundo.

Los dinosaurios, la recreación de su medio ambiente semejante al de hace millones de años, las modificaciones genéticas, y la intención de ofrecer todo ello como atracción turística, es más que simple entretenimiento-espectáculo, es más bien, o antes que nada, experimentación científica, posibilidad de creación y reproducción; también naturaleza y evolución, o como dicen algunos, jugar a ser dios y empresario al mismo tiempo. ¿Por qué crear entonces a los dinosaurios? ¿Entretenimiento para el público o poder, dinero y control sobre los demás? Más interesante reflexionar es preguntarse si los involucrados alguna vez se cuestionaron si la iniciativa estaba destinada a fracasar, o si sopesaron, antes de comenzar, las consecuencias de jugar, apostar y manipular el curso natural de la evolución. Al final, el verdadero responsable de la catástrofe no es el dinosaurio siguiendo sus instintos, sino el hombre siguiendo los suyos.

Jurassic Park, 1993, dir. Steven Spielberg

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.