Donnie Darko
Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Hay películas que trascienden porque abordan sus ideas con estilos narrativos o estéticos poco convencionales, pero creativos y propositivos; gracias a ello dejan una huella no sólo en el séptimo arte, sino también en la cultura popular. Donnie Darko (EUA, 2001) es de esos casos; una película de culto: aborda fantasía, ciencia ficción, romance y thriller psicológico, pero también un relato sobre decisiones, escapismo, sacrificio y espejismos; sobre lo que es y lo que parece ser, conviviendo en un mismo plano, cambiante según la perspectiva con que se mire y asimile, y que por ende resulta en muchas válidas interpretaciones.
Escrita y dirigida por Richard Kelly, la película está protagonizada por Jake Gyllenhaal, Mary McDonnell, Jena Malone, Maggie Gyllenhaal, Holmes Osborn, James Duval, Drew Barrymore, Patrick Swayze, Noah Wyle, Katharine Ross, Beth Grant y Daveigh Chase. Se ambienta en 1988 en Estados Unidos y sigue el viaje de Donnie, un joven contrariado, inadaptado y confrontativo, muy probablemente producto de su rebeldía adolescente y la incertidumbre respecto al futuro que muy pronto tendrá que forjarse, al entrar a la adultez. El joven comienza a ver en sus noches sonámbulas una figura disfrazada de conejo, Frank, que le dice que el mundo llegará a su fin en 28 días, 6 horas, 42 minutos y 12 segundos. Ese día Donnie regresa a casa para descubrir que el motor de un avión ha caído sobre su habitación. Su estancia fuera, en parte causada por sus aparentes alucinaciones o interacciones con lo desconocido, le salvaron la vida, pero dejan un importante misterio que lo marca; ¿coincidencia, buena suerte o destino?, la duda surge pues las autoridades no están seguras de dónde vino el artefacto, ya que ningún avión pasó por ahí la noche anterior.
Donnie le cuenta a su psicoterapeuta sobre las visiones y cómo siente que Frank lo ‘incita’ a actos de vandalismo, pero ella adjudica las alucinaciones a una esquizofrenia paranoica, a un diagnóstico de ‘desapego de la realidad’ que, considera, podría poner en peligro la vida del chico, dado que constantemente habla de muerte, violencia y ‘el fin’. Donnie, no obstante, platicando con su profesor de ciencias, en busca de una explicación, no forzosamente lógica, sino alternativa, se plantea la posibilidad de que se encuentre en medio de una de las vertientes resultantes de un viaje en el tiempo, de modo que lo que está viendo, Frank incluido, son manifestaciones de la energía que lo hace posible [las alteraciones en el orden natural del tiempo y el espacio], que se le presentan con el fin de ‘decirle algo’.
La realidad de su presente y las consecuencias de sus decisiones presionan cuando conoce a Gretchen, una joven recién mudada a la ciudad, porque su padre apuñaló a su madre; o cuando descubre que una antigua profesora de escuela escribió un libro sobre viajes en el tiempo, en que la autora describe exactamente todo lo que Donnie está experimentando; y finalmente cuando el círculo social que le rodea se desmorona mientras se autodestruye. Por un lado, está el choque político entre su padre Eddie y su hermana Elizabeth, ella a favor del candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, cuyas ideas progresistas hacen que Eddie insista en que su hija no está suficientemente informada o preparada como para tomar decisiones y/o para formarse un pensamiento crítico ‘válido’; reacción y rechazo que en parte refleja un cambio generacional de pensamiento, aunado a un padre, conservador, patriarcal, que quiere imponer sus ideales en lugar de dejar que Elizabeth asuma con responsabilidad su papel en la sociedad, como mayor de edad en su primera votación, y para fines prácticos, entrando activamente a la dinámica laboral y económica (productiva). El escenario es una sátira crítica a la familia ‘perfecta’ de los suburbios, aparentemente ideal, pero que esconde muchos problemas bajo la alfombra y que, aunque los conoce, se niega a cambiar, a fin de mantener las apariencias, que transmite de generación en generación, repitiendo el patrón tóxico una y otra vez.
Lo que sucede en casa de Donnie es muy parecido a lo que ocurre en su escuela, donde el intento de censura y el rechazo a las formas de expresión, arte y libertad se presenta luego de que una profesora propone a sus alumnos la lectura crítica del cuento ‘Los destructores’, de Graham Greene, libro que algunos de los maestros y padres más conservadores acusan de incitar a la rebelión. La lectura se orienta como intento de reflexión a partir de un acto vandálico en las instalaciones escolares, que en el fondo expresa una inconformidad general con el sistema [escolar, social y organizacional] y que fue realizado porque Frank ‘manda a Donnie’ a hacerlo.
La crítica y discordancia con la autoridad, las reglas y el orden establecido, impuesto y no siempre funcional, son algo propio de una sociedad truncada, fallida o estancada, predispuesta a rechazar al que quiere romper con el molde. Esta ‘rebelión’, que muchas veces no es más que ‘levantar la voz para defender un ideal que se cree correcto’ es, especialmente, una característica innata entre los jóvenes en etapa de formación, dado que están en proceso de conformar una opinión propia, crítica. ¿No es la rebeldía, con argumento y razón, esencial dentro de la evolución social? No todos reaccionan como Donnie, o como Elizabeth, o como Gretchen; muchos de sus compañeros son en efecto lo opuesto, el epítome de la indiferencia y la irresponsabilidad. ¿Qué tanto Elizabeth le lleva la contraria a su padre ‘sólo para molestarlo’ y qué tanto sus ideas se justifican en un argumento bien informado sobre la democracia? ¿Qué tanto los abusadores de la escuela sólo actúan recreando la negatividad de la que son testigos?

El cuento ‘Los destructores’ trata de una pandilla que derriba la casa de un hombre, desde dentro hacia afuera. Karen, la profesora de literatura, pregunta a Donnie su opinión sobre el relato. Él dice que la historia pretende ser irónica. “La destrucción es una forma de creación”, comenta, enfatizando también una de las ideas base de la película misma: la necesidad de derribar o destruir a fin de cambiar aquello que, de otra forma, no podría serlo. Habla de un fin como puerta a un nuevo comienzo.
Para Karen el texto no pretende enseñar que la respuesta es la violencia, o la destrucción literal, como acusan las autoridades escolares, sino busca más bien reflexionar sobre las ideas obsesivas alrededor del tema, que destruyen mucho más que el acto mismo, que es finalmente lo que sucede en la película: el acontecimiento de vandalismo es mínimo, en comparación con las reacciones que provoca y el choque de ideas que ello desata, entre opiniones encontradas, negadas al diálogo, propensas a imponerse sobre otras distintas y desencadenando una serie de eventos que llevarán precisamente a la tragedia.
Los profesores acusan que el escrito y la clase de literatura misma, la profesora incluida, están incitando a la sedición, a una insubordinación que altera el molde establecido y, por ende, conlleva al caos, al desorden, a romper reglas de tradición social. Pero si reaccionan radicalmente en lugar de intentar entender el mensaje realmente importante, incurren exactamente en aquello que reniegan, la incomprensión de todo lo que no empata con su modo de pensar.
Finalmente, la vida de estas personas se ve alterada por la presencia del orador motivacional Jim Cunningham, a quien Donnie considera un falso profeta que manipula con promesas de esperanza y bondad, para sacar provecho de los demás; que engaña explotando a personas de carácter débil, con un discurso manipulador de auto-amor, vendiendo videos motivacionales a través de su empresa de autoayuda.
Durante una de las clases, en que la profesora Kitty propone un ejercicio ético construido a partir de las enseñanzas de Jim, los estudiantes deben debatir si escenarios imaginarios que se les presentan son demostraciones de ‘amor’ o ‘miedo’, bajo la idea de que cada acto humano responde a uno u otro espectro. Donnie difiere e insiste que la vida no puede ser catalogada en dos rubros opuestos; bien y mal, correcto o incorrecto, positivo y negativo, sino que las cosas tienen sus matices, pues las decisiones responden a muchos factores del contexto, dado que la ética y el hombre no obedecen a concretos unidimensionales. El dilema empuja a la persona a elegir, pero no entre absolutos que forzosamente se contrarresten; de ahí la dificultad de elegir con sabiduría, consideración y practicidad, todo al mismo tiempo.

Frank puede ser visto como esa figura simbólica que representa la maldad, que corrompe a Donnie, pero el chico no hace nada que directamente dañe a alguien más, mientras se encuentra actuando bajo la ‘influencia’ de Frank, lo que entra en perspectiva especialmente al final, cuando sus acciones (Donnie quema la casa de Jim) develan que el orador motivacional era parte de una red de pornografía infantil, información que no habría sido descubierta de no haber sido por lo que Donnie hizo. ¿Es Frank entonces un aliado o un enemigo? Quizá no es ‘bueno’ ni ‘malo’ estrictamente hablando, porque no puede juzgársele sin conocer a fondo todo aquello que es; sus motivaciones. Qué tanto Donnie ‘tiene’ que hacer lo que Frank le dice, cuando parece que no tiene el mínimo control de sus actos, es además, debatible. Puede asumirse, desde otra perspectiva, que Donnie siempre ha estado en control de sus decisiones y sólo opta por escudarse en Frank para no tomar responsabilidad inmediata (y hablar con su psicoterapeuta de ello, puede ser una interesante referencia), porque para fines prácticos, Frank no es sino una manifestación de Donnie, de sus frustraciones miedos y dudas, escondidos en los pliegues de su inseguridad e incertidumbre.
Constantemente el chico lucha contra sus propias emociones, una crisis de identidad, de necesidad de control, y/o de liberarse del control de los demás, exigencia libertaria que surge una vez que es testigo de que todos, especialmente los adultos que mira como modelo o guía a seguir, parecen usualmente tan confundidos como él. Las ocasionales buenas intenciones, pero acompañadas de indiferencia e ignorancia de sus mayores, no engañan al ojo observador y ágil de alguien como Donnie. Karen quiere empujar a los alumnos a pensar críticamente a partir del sentido común, pero no encuentra ni las condiciones ni la disponibilidad de su entorno (escuela y colegas) para hacerlo. Kitty realmente cree en mejorar el mundo, pero su sueño idílico no es realista ni práctico, porque opta por la apariencia de felicidad en la superficie, presa de los engaños de la sociedad decadente en la que en realidad vive. Rose misma, la madre de Donnie, se preocupa por sus hijos y se interesa, pero nunca más allá de su ‘obligación como madre’, de esa tarea y fachada formal que la sociedad demanda de ella, distante entonces en el fondo de la realidad e interacción con su familia.
¿El mundo se acabará en 28 días para Donnie, porque va a morir, o se acabará para todos, no literalmente, sino en el sentido de que, con la muerte de él, todo cambiará para la mayoría de quienes viven a su alrededor?
Una vez que Donnie se planeta la idea de la posibilidad de los viajes en el tiempo, comienza a preguntarse sobre la viabilidad de cambiar el pasado o el futuro. Su instinto es que, si Frank y ese gusano temporal que tiene la habilidad de ver en el tiempo, le permiten conocer qué sucederá, con ese conocimiento puede decidir cada desenlace a su antojo, cambiando el pasado o el futuro según elija. El análisis lleva a una reflexión sobre destino frente a libre albedrío, e incluso la predisposición a creer, o querer creer, en una fuerza o poder divino que ‘mueve los hilos’ y que, al convertirse en ello, Donnie es quien coloca las piezas en el tablero. “Toda entidad viviente sigue un sendero preestablecido. Y si puedes ver tu sendero o canal, entonces podrías ver el futuro. Esa es una forma de viajar en el tiempo”, plantea Donnie. A lo que su profesor le responde: “Estás contradiciéndote. Si pudiésemos ver nuestros destinos manifestarse visualmente, entonces tendríamos la opción de traicionarlos. El simple hecho de que esa opción existe, sería el fin de todos los destinos establecidos”.
Aceptar el miedo y la soledad, la apatía dentro de su propia existencia, cambiando conforme acumula experiencias, impactan a Donnie de una forma que lo invita a dejar de sostenerse en los otros. La historia se desarrolla en un mundo o sociedad que se desmorona por las piezas frágiles que la sostienen, pero que eligen la aparente sensación de funcionar, producto de una autodestrucción que, sin darse cuenta o entenderlo, enajena, promoviendo estancamiento, no soluciones, y miedo, no iniciativa, que es lo que sucede aquí; que es lo que sucede en muchos rincones de la sociedad moderna. A veces la confusión es la respuesta y la solución recae en la duda, en aceptar que hay cosas que no se pueden entender.

¿Donnie realmente padece esquizofrenia o imagina todo y las alucinaciones están sólo en su cabeza?; o, ¿es Donnie el ‘elegido’ por una fuerza X que le da la habilidad de cambiar el mundo y de mejorarlo, viajando en el tiempo (como parece estar predestinado)?
La historia habla de una cadena de eventos que, aunque se sirva narrativamente de ‘la paradoja de predestinación’ (un bucle temporal que, por principio, corre dentro un ciclo predestinado: el futuro sucede porque el pasado ya ha sido cambiado, así que ese viaje para influir en el pasado, ya sucedió, de ahí que el futuro sea como es), usa la herramienta para hablar sobre decisiones y consecuencias, sobre responsabilidad y compromiso, pero también para evidenciar la realidad de que, a veces, no se puede, ni debe, controlarlo todo.
En la cinta, se han creado dos universos paralelos, una realidad alternativa que podría colapsar con la otra en cualquier momento (o en 28 días). El concepto permite hablar de la forma como las personas están interconectadas por sus decisiones, tomando acciones que, muchas veces sin notarlo, impactan en la vida de otros. Es esa estructura no convencional, si bien de pronto confusa y no siempre fluida, la que permite poner en perspectiva esto, gracias a que en ella, en el juego entre tiempo y realidad, la historia plantea preguntar: ¿Cambiaríamos algo si supiéramos que el futuro no es el perfecto soñado que siempre ideamos? ¿Modificaríamos el presente si supiéramos que la oportunidad de un futuro mejor está en nuestras propias decisiones? En ambos casos, ¿no es así la vida, un incierto que se recorre, esperando ayudar a construir el mejor de los escenarios posibles? Quién es Donnie sino simplemente alguien (todos nosotros) dándose cuenta que el futuro existe porque el presente se forjó (en decisiones), a partir de un pasado (experiencias).
Donnie Darko
Dir. Richard Kelly
Estados Unidos, 2000

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México
Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.



Los juicios por brujería en Salem, ocurridos en la región que actualmente cubre Massachusetts, en Estados Unidos, entre 1692 y 1693, fueron falsas acusaciones procesadas formalmente por la autoridad. Ese señalamiento, sin fundamentos, que pese a todo fue llevado a juicio y condenado, demuestra no sólo el despliegue del fanatismo religioso, que justificaba el castigo en el incumplimiento de las normas puritanas que se profesaban en esa época, sino también el poder de la calumnia, el rumor y el chisme, así como la forma como el gobierno puede tomar el control y pisotear las garantías individuales de las personas en nombre de un supuesto bien común, que manipula a su beneficio, no el de la comunidad.










Superación significa vencer obstáculos, pero la palabra superar también implica ser superior a alguien. Idealmente se logra demostrando mejores habilidades y/o conocimientos, no pisotear al otro para lograr sobrepasarlo. ¿Pero, cómo se llega a alcanzar tal maestría? ¿Presionando hasta lograr que la persona sea el mejor o la mejor versión de sí mismo, o dejándolo crecer hasta el punto que ella o él elijan? ¿Hay enseñanza, educación, aprendizaje e instrucción en un escenario en que se exige empujar al otro al límite, o ello conlleva invariablemente abuso, control, dominio y autoritarismo? El problema se vincula con el ejercicio de autoridad en el proceso educativo. El maestro enseña, pero también debería aprender y dirigir su enseñanza con respaldo en una capacidad argumentativa racional que fundamente y legitime su actuar, justo para evitar que sus subordinados, es decir, los alumnos, consideren sus órdenes como impositivas, irracionales, fuera de lugar.
¿Alcanzar la grandeza a toda costa, incluso si esto significa perder humanidad? Educación para llegar el éxito es un camino indispensable en la vida pero, ¿dolor y castigo con tal de ser el mejor, es correcto, lo vale? Estas son algunas de las preguntas que plantea la cinta, ganadora de tres premios Oscar (mejor mezcla de sonido, mejor edición y mejor actor de reparto, para Simmons), además de dos nominaciones más, a mejor película y guión adaptado. En el fondo, una mirada crítica al sistema educativo basado en la autoridad indiscutible de los docentes, en la competencia en las relaciones sociales entre los alumnos y en la falsa idea de que hay un solo camino para enseñar a cualquier estudiante.
¿El profesor enseña, instruye, forma o facilita? Además de que el cómo logre que el alumno encuentre su potencial, es la parte delicada, susceptible a írsele de las manos. No es con abusos ni debería ser bajo esa filosofía de ‘la letra con sangre entra’, un refrán que se refiere a la educación a través de una disciplina exigente que llega a los golpes, a la violencia física, porque la violencia no instruye valores, empatía y ética, sino todo lo contrario. ¿De quién ‘aprende’ más el estudiante, o qué experiencia le hace mejor, aquella en la cual el profesor le condona los errores o aquella en que el profesor se asegura que el alumno no vuelva a cometer ese error? El ideal es el balance. No es dar palmadas compasivas en la espalda para evitar el dolor de la caída, pero tampoco es golpear, metafórica y literalmente hablando, por el error cometido. No es que el profesor infunda tanto miedo en el estudiante como para obligarlo a no volver a cometer una falta, para tampoco es hacer como que ‘no pasa nada’. Es, en todo caso, instruirle en qué se equivocó y en cómo mejorar y cambiar para ser mejor.
Consigue la posición como baterista principal por un error (la partitura del titular se pierde y como él se sabe la melodía de memoria, puede tomar el asiento principal durante una competencia musical) y luego se aferra a su posición creyendo que ha alcanzado el respeto de sus similares. Pero si alcanzar el éxito implica ser el mejor, y a los ojos de Fletcher es imposible ser el mejor, siempre habrá una prueba más arriba de la última prueba. Fletcher llama entonces a otro suplente, para presionar a Andrew a seguir ‘probando su valía’. No importa entonces cuánto se esfuerce y trabaje, sufra y se sacrifique, nunca será lo que el otro quiere que sea. Andrew y los otros no entienden que lo importante no es complacer a su profesor, sino estar contentos con ellos mismos, satisfechos de su propio desempeño. ¿Pero qué significa estar contentos con ellos mismos, como músicos?Parece que no lo saben o no se atreven a preguntárselo, porque la figura de autoridad frente a ellos es tan imponente, que la sombra (el castigo, la crítica y el control) pesa en sus hombros.
¿Cuántos ‘Fletchers’ no hay en la vida de las personas? Sin duda muchos, más de los que se pudiera desear, quizá no igual de abusivos, prepotentes, controladores y crueles, pero sí simbólicamente hablando. Superarse a sí mismo requiere esfuerzos, pero no bajo órdenes sin límites, que llevan a la persona a ser ‘el mejor’, según los estándares de alguien más. ¿Cómo poner y ponerse límites? Para Andrew sucede cuando se ve envuelto en un accidente automovilístico y antes de preocuparse por su bienestar, corre al escenario preocupado por la aceptación y reconocimiento de sus similares en la música. Para otro estudiante, ese límite llega al extremo cuando, derrumbado por la crítica no constructiva, sino hiriente, su estado de angustia y ansiedad lo lleva a la depresión y eventualmente al suicidio.
Evolución es transformación continua. Especies que cambian conforme pasa el tiempo, según lo define el naturalista inglés Charles Darwin (1809 – 1882), quien añade que la selección natural es parte vital de ese proceso de adaptación. Se trata entonces de la forma natural (o curso lógico) como las diferentes especies cambian, crecen, se van modificando y van dando paso a nuevas.
La cinta, protagonizada por Sam Neill, Laura Dern, Jeff Goldblum, Richard Attenborough, Bob Peck, Martin Ferrero, Samuel L. Jackson, Wayne Knight, Joseph Mazzello y Ariana Richards, trata de un empresario que quiere, a solicitud de los inversionistas de su proyecto, el aval de un grupo de expertos en diferentes ramas de la ciencia para un parque de atracciones caracterizado por la presencia de dinosaurios, cuyo ADN ha sido mutado genéticamente y luego clonado. Mientras la aventura y el relato de supervivencia y acción crece por una serie de errores humanos que provocan que los dinosaurios puedan salir de sus jaulas y atacar, empujando a los visitantes a huir para salvarse, el planteamiento trae consigo más que secuencias fantásticas y una revolución tecnológica, sobre todo para su época, en el terreno de los efectos visuales, pues también plantea preguntas importantes sobre temas como la evolución, la experimentación científica y genética y sus peligros, la ambición corporativa y las consecuencias de los imprevistos de la vida, la incertidumbre, y la mala planeación o preparación para afrontarlos.
El personal de los laboratorios de este parque espera tener el control de la situación porque ha mantenido todo bajo la lupa de sus microscopios, pero ese control nunca es posible de alcanzar al cien por ciento porque no pueden esperar que animales que no conocen actúen de la forma como ellos quieren que actúen, en lugar de la que su instinto natural les dicta. No prevén tampoco que la modificación genética que han hecho al ADN cambie de una forma u otra al dinosaurio en sí. Éste caza, depreda, destruye y no puede ser contenido por un grupo de humanos que no conocen lo que significa la dimensión de un ecosistema antiguo y extinto, traído a la actualidad. Subestimarlo es subestimar a la evolución misma y a la naturaleza como fuerza incontrolable que se rige bajo sus propias reglas. “No es posible reprimir un instinto primitivo que tiene 65 millones de años”, dice uno de los paleontólogos, cuando se dan cuenta que el Tiranosaurio Rex no hace caso a la cabra que los cuidadores le presentan como alimento en medio de su jaula. El tiranosaurio no quiere comer, quiere cazar.
La reflexión es importante porque cuestiona la falta de ética, pero al mismo tiempo analiza cómo estas personas se escudan en un estandarte de aparente progreso, con fines mucho más allá que el del mero avance científico. El progreso como estímulo y meta del quehacer humano que con tanto optimismo han proclamado los defensores de la industrialización a ultranza, de la urbanización como mejor forma de vida y del saber de expertos como la palabra definitiva para hacer las cosas, sin ponerse a considerar el aspecto humano, solidario y de interés colectivo que el bienestar social también exige. El sabotaje de las instalaciones, por ejemplo, es producto de un acto de venganza de uno de los trabajadores, que ha encontrado a quien vender la información genética que hace posible el proyecto, en un intento también de la competencia (corporativa y del capital), por no quedarse rezagados. Su traición satisface su ego y el robo llena esa satisfacción, mientras la venganza, hacer que los sistemas operativos colapsen, no es más que ese sentimiento traducido en una necesidad de llenar su ambición y perjudicar al otro. En suma, valora el progreso en términos de su bienestar personal, igual que lo hace el empresario que desarrolla el proyecto del parque de diversiones, o los científicos que sienten que dominan a la evolución natural.
“Nunca ha tenido el control. Esa es la ilusión”, le reclama una de las personas invitadas como observadores al visionario creador del parque, con respecto a cómo el proyecto no es más que un espejismo, nunca realmente tangible, real o posible. Él, el empresario, explica que de niño tenía un circo de pulgas, que en realidad no tenía pulgas, sólo juegos que se movían mecánicamente. La gente, sin embargo, parecía convencida de ver a los animales. Por tanto, él espera esa misma reacción, ese mismo asombro de parte de los asistentes al parque, pero esta vez a partir de algo real, dinosaurios que están ahí, no que la gente se imagina que están ahí. En este caso su sueño es más grande que él, porque es un imposible, algo que, como le dicen, nunca estuvo realmente en sus manos para poder presentárselo al mundo.
No es que todo contenido en medios audiovisuales, desde películas hasta publicidad, o el material compartido por usuarios personales o empresas en las plataformas por internet, sea así (aunque sí la mayoría) ,es sólo que la fuerte influencia que éstos espacios tienen en el modelo sociocultural, los vuelve herramienta clave en los procesos de manipulación y control.
Pese a que primero duda de lo que este grupo proclama, John descubre que tienen razón y que la sociedad está siendo dominada, sometida y de alguna forma amaestrada y condicionada, por medio de mensajes codificados y espacios publicitarios controlados por nada menos que alienígenas, mensajes encubiertos que incitan a la población, entre otras cosas, a comprar, consumir, obedecer, mirar la televisión, aceptar el estatus quo y dejar de pensar por sí mismos. La intención evidente es promover el consumo, asumir una actitud conformista y de pasividad extrema ante la vida, bloqueando así la posibilidad de crítica, todo ello mediante la repetición sistemática de consignas que están contenidas en forma subliminal en la publicidad emitida.
Esta idea lleva al segundo pilar importante de esta ideología de control. Comprar, consumir, distraerse, dejar de pensar y seguir por inercia aquello que se le dice a la gente. Las personas, que miran los comerciales que venden productos que no necesitan y que promueven ideas no realistas pero a las que la gente aspira, que festejan y valoran los bienes materiales como la riqueza, la fama y la moda novedosa pero insustancial, son moldeadas bajo ideales prestablecidos, pensados precisamente para mantener a las personas cautivas. Un proceso de ‘aniquilación de la conciencia’, dice la película.
Los aliens ven a la Tierra como un planeta del ‘tercer mundo’ al que explotar hasta destruir, y luego, pasar al siguiente lugar al que puedan aniquilar, plantea la historia. Una especie de colonialismo interplanetario. El eco en general es amplio pero específico, la gente con o en el poder, empresarios, gobernantes o quienes sean, que moldean por medio de manipulación a la sociedad para que no se dé cuenta de su explotación, hasta que no haya nada más que sacar de ellos, y se proceda hacia un siguiente objetivo. “¿Por qué veneramos la avaricia?”, pregunta uno de los personajes, expresando un sentimiento de duda que no todos poseen porque viven enajenados, aceptando la avaricia como algo natural.




















Es Cynthia misma quien incentiva a Ed a perseguir la relación, más por el interés mercadotécnico detrás de la decisión, que por tacto humano y solidario. A la productora y al canal lo que les interesa es que las personas se enganchen y para ello necesita dirigir la narrativa hacia un punto de inflexión (dramático) que les sea beneficioso y explotable. “Creo que Ed representa la apoteosis de un síndrome muy actual. Antes, las personas eran célebres por algo. Hoy en día, son célebres por ser célebres. La fama se ha vuelto un atributo moral. Es una virtud intrínseca”, dice uno de los personajes analizando el fenómeno social y cultural que catapulta a Ed hacia una fama efímera, pasajera y superflua. En efecto, lo que Ed refleja es ese interés en un espectáculo vacío de contenido que vanagloria la banalidad del ser. ¿Qué atrae entonces al público? ¿La trivialidad de una existencia (Ed) que distrae con un espectáculo pasajero, simple e irrelevante? La audiencia mira mientras haya algo que la mantenga a la expectativa, saciando sus sensaciones y sus emociones, pero quizá la audiencia también mira sólo por mirar.
El canal que produce planea una estrategia para crear ese dramatismo que mantiene un ritmo que alimenta el chisme que corre de boca en boca, esa situación que abra el debate, avive polémicas y cree conflicto de opiniones. Pone valores en conflicto sin asumir una postura ética. El público por ejemplo, siempre tiene algo que decir respecto a Ed y su familia, o sobre Ed y su relación con Shari, o Ed y su relación con otras personas que le rodean. Incluso los medios de comunicación encuentran su impulso alimentando este drama abriendo encuestas y reportando sobre lo que sucede en el programa, para que el entretenimiento y la relación catártica no venga sólo del show en sí, sino de la plática y el debate alrededor de él. “¿El interés del programa no estriba en sacar trapos sucios al sol?”, preguntan algunos periodistas conforme avanza la transmisión y la relación de Ed y Shari entra en conflicto, ya que ella no está muy cómoda con exponer su vida frente a la lente, o cuando el pasado de Ed evoluciona a una crisis familiar con la reaparición de su padre biológico, que desemboca en una serie de giros sobre-dramáticos, situación que lleva a algunas personas, Ed entre ellos, a cuestionarse hasta dónde está dibujado, o desfigurado, el límite de la privacidad y la exposición de la intimidad. Eventualmente Cynthia se da cuenta cómo afecta la vida de Ed y de sus familiares, sus relaciones personales y su propio desarrollo, el ser perseguido por las cámaras de televisión, atropellando la espontanea conducta de las personas involucradas. Todo lo que digan queda registrado, todo lo que hacen está abierto a ser criticado y, por tanto, todo aquello en lo que fallan se convierte en motivo de humillación pública. Su propuesta es finalizar el show antes de que la gente comience a cansarse de Ed, pero su jefe, el directivo del canal, lo ve con otros ojos, con unos más enfocados en la ganancia monetaria y propone, en cambio, continuar explotando el producto (Ed, o la vida de Ed, o la vida y privacidad de Ed) y extender las transmisiones por otros tres meses más.
Ed, viendo cómo la mirada constante de la lente y la invasión de la cámara en todo rincón y aspecto de su vida personal afecta directamente a sus allegados más cercanos (la gente ya no se satisface con saber de él, quieren saber también de las personas que se relaciona y conviven con él), dice que se la pasará todo el día acostado en cama, esperando que esto desanime a los directivos y a la audiencia por igual. La respuesta que recibe es que firmó un contrato y si no realiza su rutina diaria como es usual, como está establecido, podrá significar una pérdida económica para la televisora, que podrá demandarlo por incumpliendo de contrato. El mismo manejo de manipulación, ante el que Ed no tiene armas legales para defenderse, sucede más adelante, cuando el programa evoluciona hacia un nuevo concepto, no sólo seguir a Ed 24 horas al día, sino seguir también a su familia y transmitir a la audiencia la escena más ‘interesante’ que en ese momento esté sucediendo. Tal y como hoy sucede con las transmisiones deportivas, por ejemplo, en donde se busca explotar la jugada más interesante o impactante para incentivar el consumo mediante la explotación de las emociones. Aquí Ed se da cuenta que se ha convertido en un producto más al cual manejar a conveniencia, controlado conforme mejor convenga al canal, quienes ganan en ventas, raitings y mercadotecnia a sus expensas. Él necesita tomar acción y lo logra dándole la vuelta a la lente (casi literal) con un concurso al aire en el cual premiará a quien revele el secreto más bochornoso de alguno de los ejecutivos de la cadena televisiva. Su idea da frutos y alcanza su cometido, así que justo segundos antes de revelar la información personal del ejecutivo involucrado, la transmisión se corta. La audiencia, sin embargo, demuestra la película, no llega del todo a entender ese manejo falto de ética en la transacción; lo que rescata es esa forma como la vida humana, la intimidad personal, puede ser deshumanizada a favor de unos cuantos segundos de fama, de aparecer en la televisión, de ser reconocido en las calles y vitoreado por no hacer nada más que ir a una cita con alguien, asistir a un evento público y tomarse fotografías con otras personas. En suma, exhibir la miseria de su propia cotidianidad. Lo que queda es el deseo de alimentar la exigencia por un contenido sensacionalista que no aporte al desarrollo humano, sino más bien enajene a la audiencia. Las personas, al menos en la historia, no se dan cuenta de cómo la dinámica afectó a los implicados, en su vida o su desarrollo personal y emocional (desde autoestima a ideales, relaciones personales o medio de aprendizaje). Finalizada la transmisión, sólo cambian de canal, esperando encontrar otra banalidad que llene ese vacío.
Competir es contender, pero, como todo, tiene sus matices. En un escenario deportivo o en un ambiente escolar por ejemplo, es desempeñarse a mayor nivel de perfección que el otro, en cuanto a respeto y honestidad, pero en un escenario de contienda o batalla, tal vez no se trate de un simple ganar o perder, sino de darlo todo con tal de pasar por encima del otro, es decir, una competitividad injusta, desleal, carente de ética y honor. El tipo de competencia que alimenta y estimula el mercado en la búsqueda de la máxima ganancia y para desplazar o eliminar competidores con intenciones monopólicas.


