16 abril, 2026

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Whiplash: Música & Obsesión

Por Diana Miriam Alcántara Meléndez

Superación significa vencer obstáculos, pero la palabra superar también implica ser superior a alguien. Idealmente se logra demostrando mejores habilidades y/o conocimientos, no pisotear al otro para lograr sobrepasarlo. ¿Pero, cómo se llega a alcanzar tal maestría? ¿Presionando hasta lograr que la persona sea el mejor o la mejor versión de sí mismo, o dejándolo crecer hasta el punto que ella o él elijan? ¿Hay enseñanza, educación, aprendizaje e instrucción en un escenario en que se exige empujar al otro al límite, o ello conlleva invariablemente abuso, control, dominio y autoritarismo? El problema se vincula con el ejercicio de autoridad en el proceso educativo. El maestro enseña, pero también debería aprender y dirigir su enseñanza con respaldo en una capacidad argumentativa racional que fundamente y legitime su actuar, justo para evitar que sus subordinados, es decir, los alumnos, consideren sus órdenes como impositivas, irracionales, fuera de lugar.

En Whiplash: Música & Obsesión (EUA, 2014), cinta escrita y dirigida por Damien Chazelle, y protagonizada por Miles Teller, J. K. Simmons y Paul Reiser, Andrew es un estudiante de primer año en una escuela de música, decidido a convertirse en el mejor jazzista de la historia. Su oportunidad llega cuando es invitado a la orquesta del profesor Fletcher, un hombre exigente e intransigente que pide acato y disciplina de sus alumnos. Su idea es empujarlos a ser los mejores, pero en el proceso abusa física y emocionalmente de ellos, bajo la idea de que sólo así se esforzarán lo suficiente como para alcanzar su máximo potencial. Su autoridad como maestro le otorga la capacidad, la facultad para dictar las actividades orientadas al mejor aprovechamiento de sus estudiantes, para desarrollar sus capacidades, su potencial intelectual, sus habilidades, pero al hacerlo está obligado a respetar a los mismos estudiantes como personas pensantes, como individuos en proceso de formación; o al menos así debería ser.

¿Alcanzar la grandeza a toda costa, incluso si esto significa perder humanidad? Educación para llegar el éxito es un camino indispensable en la vida pero, ¿dolor y castigo con tal de ser el mejor, es correcto, lo vale? Estas son algunas de las preguntas que plantea la cinta, ganadora de tres premios Oscar (mejor mezcla de sonido, mejor edición y mejor actor de reparto, para Simmons), además de dos nominaciones más, a mejor película y guión adaptado. En el fondo, una mirada crítica al sistema educativo basado en la autoridad indiscutible de los docentes, en la competencia en las relaciones sociales entre los alumnos y en la falsa idea de que hay un solo camino para enseñar a cualquier estudiante.

Andrew es un joven inseguro pero con potencial, dedicado pero no siempre decidido, disciplinado, pero quizá conformista. Para llegar a su máximo potencial debe cambiar su actitud, fortalecer su carácter, el problema es el cómo. No lo sabe, no lo entiende y entonces deja que la situación lo moldee, en lugar de tomar él las riendas.

Fletcher al contrario, es una persona decidida, segura y capaz, que se excusa en exigir lo mejor para entonces abusar de su poder. El profesor no es, quizá en el fondo, una persona mala como tal, pues en verdad cree que la única forma de lograr el potencial del alumno es presionarlo hasta llegar a su límite, físico y emocional, incluso para quebrarlos, antes de indicarles cómo reconstruir su proyecto; el problema es que la forma como lo hace y la manera de asumir su papel en la dinámica de enseñanza aprendizaje, perjudica la mente de sus estudiantes, que se convierten en blanco de humillaciones y agresiones a las que no se atreven a retar, o contradecir, por miedo al fracaso, tanto académico como personal, que impacta indirectamente en las posibles represalias secundarias, entiéndase ser degradados o hasta expulsados del conservatorio.

¿El profesor enseña, instruye, forma o facilita? Además de que el cómo logre que el alumno encuentre su potencial, es la parte delicada, susceptible a írsele de las manos. No es con abusos ni debería ser bajo esa filosofía de ‘la letra con sangre entra’, un refrán que se refiere a la educación a través de una disciplina exigente que llega a los golpes, a la violencia física, porque la violencia no instruye valores, empatía y ética, sino todo lo contrario. ¿De quién ‘aprende’ más el estudiante, o qué experiencia le hace mejor, aquella en la cual el profesor le condona los errores o aquella en que el profesor se asegura que el alumno no vuelva a cometer ese error? El ideal es el balance. No es dar palmadas compasivas en la espalda para evitar el dolor de la caída, pero tampoco es golpear, metafórica y literalmente hablando, por el error cometido. No es que el profesor infunda tanto miedo en el estudiante como para obligarlo a no volver a cometer una falta, para tampoco es hacer como que ‘no pasa nada’. Es, en todo caso, instruirle en qué se equivocó y en cómo mejorar y cambiar para ser mejor.

En este caso Fletcher dirige a los jóvenes para hacer lo que ya saben, pero de una mejor manera, o de una manera más precisa, como él quiere, sabiéndose además el experto en el área. Su método es la mano dura, que más que exigir, castiga. Lo que crea con el abuso y la crueldad es una relación tóxica, dependiente, sumisa, mansa y manipulable, en que el alumno no crece y no mejora, sólo aprende a seguir órdenes y cubrir expectativas. El alumno se vuelve entonces sumiso, obediente, eficiente para repetir con calidad lo que se le obliga, pero no surge su motivación personal, su entusiasmo, su creatividad. ¿Las expectativas son altas porque el nivel que pide el profesor del alumno está en efecto en los más altos estándares de calidad musical? Sí. ¿Puede el alumno mejorar si se le exige ser el mejor? Sí. ¿Puede el alumno mejorar, como artista y como persona, si se le demanda esa disciplina con sólo castigos y humillación? No realmente, porque además no es ese el único camino para llegar hasta ahí.

El problema de Andrew, y del resto de sus compañeros, es que viven cegados por la idea de grandeza, que idealizan y comparan en relación con Fletcher; es decir, la figura del otro, del maestro, pesa tanto, que se convierte en la única. Predispuestos a alcanzar el reconocimiento a toda costa en medio de una competitividad malsana promovida por su profesor, y sabiendo que si la orquesta de Fletcher es la más prestigiada y estar en ella los hace por asociación destacables, lo que cada alumno aprende es a ser el mejor, según los estándares del otro. Andrew practica, se aísla, termina la relación con su novia, para dedicar todos sus días a los ensayos y, eventualmente, deja de ser él mismo, para ser el tipo de persona que su profesor quiere que sea.

Consigue la posición como baterista principal por un error (la partitura del titular se pierde y como él se sabe la melodía de memoria, puede tomar el asiento principal durante una competencia musical) y luego se aferra a su posición creyendo que ha alcanzado el respeto de sus similares. Pero si alcanzar el éxito implica ser el mejor, y a los ojos de Fletcher es imposible ser el mejor, siempre habrá una prueba más arriba de la última prueba. Fletcher llama entonces a otro suplente, para presionar a Andrew a seguir ‘probando su valía’. No importa entonces cuánto se esfuerce y trabaje, sufra y se sacrifique, nunca será lo que el otro quiere que sea. Andrew y los otros no entienden que lo importante no es complacer a su profesor, sino estar contentos con ellos mismos, satisfechos de su propio desempeño. ¿Pero qué significa estar contentos con ellos mismos, como músicos?Parece que no lo saben o no se atreven a preguntárselo, porque la figura de autoridad frente a ellos es tan imponente, que la sombra (el castigo, la crítica y el control) pesa en sus hombros.

La dinámica continúa así hasta que se llega a un punto de ebullición, hasta que Andrew alcanza el punto de quiebre y deja de preocuparse por él y la gente a su alrededor, con tal de demostrarle a su profesor no sólo su talento, sino que es indispensable, algo que él cree posible pero que en realidad no lo es.

¿Qué implica el éxito?, ¿es acaso alcanzar lo que se anhela, o es lograr lo que otros quieren para cada uno?, ¿somos exitosos al alcanzar las metas que la sociedad nos impone, o al superar los retos personales? Andrew duda de sí mismo y busca la aprobación de otros, dejando así que personas como Fletcher moldeen su identidad. El chico se olvida de sus prioridades por miedo al fracaso y esto le cuesta todo.

¿Cuántos ‘Fletchers’ no hay en la vida de las personas? Sin duda muchos, más de los que se pudiera desear, quizá no igual de abusivos, prepotentes, controladores y crueles, pero sí simbólicamente hablando. Superarse a sí mismo requiere esfuerzos, pero no bajo órdenes sin límites, que llevan a la persona a ser ‘el mejor’, según los estándares de alguien más. ¿Cómo poner y ponerse límites? Para Andrew sucede cuando se ve envuelto en un accidente automovilístico y antes de preocuparse por su bienestar, corre al escenario preocupado por la aceptación y reconocimiento de sus similares en la música. Para otro estudiante, ese límite llega al extremo cuando, derrumbado por la crítica no constructiva, sino hiriente, su estado de angustia y ansiedad lo lleva a la depresión y eventualmente al suicidio.

No es sólo si el sacrificio vale la pena, sino hasta qué punto. ¿Qué se gana, qué se pierde y qué es lo que realmente se quiere? Cuando Andrew dice que quiere ser el mejor músico de jazz, ¿qué significa esto para él? Si alcanza esa maestría como músico, ¿la alcanza porque lo sacrifica todo o porque aprende a sacar provecho de su talento, guiándolo?

Exigir lo mejor de alguien no está mal, trabajar por alcanzar lo que se quiere tampoco; requiere disciplina y sacrificio, pero también honestidad, especialmente con uno mismo. Lo importante es saber definir las propias metas y prioridades, encontrando la razón motivacional para construir un proyecto de vida. Los maestros están para guiar los esfuerzos de sus estudiantes y deben ejercer su autoridad con rigurosidad, pero también con solidaridad y generosidad. Lo que no se condona es la autoridad que se excede, que se vuelve arbitraria, y que se esconde en estas ideas de éxito y logros, fomentando una competitividad despiadada que deshumaniza tanto a maestros como a los alumnos. Al final, quién pone los límites, debe ser uno mismo.

Whiplash, 2014, Dir. Damien Chazelle

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

 

Jurassic Park (Parque Jurásico)

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Evolución es transformación continua. Especies que cambian conforme pasa el tiempo, según lo define el naturalista inglés Charles Darwin (1809 – 1882), quien añade que la selección natural es parte vital de ese proceso de adaptación. Se trata entonces de la forma natural (o curso lógico) como las diferentes especies cambian, crecen, se van modificando y van dando paso a nuevas.

“La naturaleza se abre camino”, dice uno de los personajes en la película Parque Jurásico (EUA, 1993), dirigida por Steven Spielberg y escrita por Michael Crichton y David Koepp, que se basan en la novela homónima de Michael Crichton, dando a entender que las especies evolucionan no sólo mediante la sobrevivencia de los que mejor se adaptan a los cambios (Darwin dice), sino también a que los cambios en la naturaleza se producen en el interior natural, biológico digamos, de cada especie, o más aún, de cada ser viviente en particular.

La cinta, protagonizada por Sam Neill, Laura Dern, Jeff Goldblum, Richard Attenborough, Bob Peck, Martin Ferrero, Samuel L. Jackson, Wayne Knight, Joseph Mazzello y Ariana Richards, trata de un empresario que quiere, a solicitud de los inversionistas de su proyecto, el aval de un grupo de expertos en diferentes ramas de la ciencia para un parque de atracciones caracterizado por la presencia de dinosaurios, cuyo ADN ha sido mutado genéticamente y luego clonado. Mientras la aventura y el relato de supervivencia y acción crece por una serie de errores humanos que provocan que los dinosaurios puedan salir de sus jaulas y atacar, empujando a los visitantes a huir para salvarse, el planteamiento trae consigo más que secuencias fantásticas y una revolución tecnológica, sobre todo para su época, en el terreno de los efectos visuales, pues también plantea preguntas importantes sobre temas como la evolución, la experimentación científica y genética y sus peligros, la ambición corporativa y las consecuencias de los imprevistos de la vida, la incertidumbre, y la mala planeación o preparación para afrontarlos.

Como siguiendo la Ley de Murphy (que a grandes rasgos dice que si algo puede salir mal, así será), lo que sucede dentro del relato es una catastrófica saga de decisiones equivocadas que dan paso a lo que mejor define la cinta por sí misma: el caos. Tal como lo explica uno de los personajes, la teoría del caos se sustenta en conceptos como la impredecibilidad, variables cambiantes, causa-efecto múltiples y el azar. Hay cosas que se pueden suponer y proyectar, pero eso no significa que salgan exactamente igual a como se espera, o que sucedan exactamente igual dos o más veces, porque las condiciones y la situación en la que se desenvuelven los elementos participantes cambian por todo tipo de factores. “Si algo nos ha enseñado la historia de la evolución es que no podemos refrendar la vida. Se libera. Se extiende a nuevos territorios y rompe barreras. La evolución encuentra su camino de forma dolorosa, tal vez peligrosa”, explica aquel personaje.

El personal de los laboratorios de este parque espera tener el control de la situación porque ha mantenido todo bajo la lupa de sus microscopios, pero ese control nunca es posible de alcanzar al cien por ciento porque no pueden esperar que animales que no conocen actúen de la forma como ellos quieren que actúen, en lugar de la que su instinto natural les dicta. No prevén tampoco que la modificación genética que han hecho al ADN cambie de una forma u otra al dinosaurio en sí. Éste caza, depreda, destruye y no puede ser contenido por un grupo de humanos que no conocen lo que significa la dimensión de un ecosistema antiguo y extinto, traído a la actualidad. Subestimarlo es subestimar a la evolución misma y a la naturaleza como fuerza incontrolable que se rige bajo sus propias reglas. “No es posible reprimir un instinto primitivo que tiene 65 millones de años”, dice uno de los paleontólogos, cuando se dan cuenta que el Tiranosaurio Rex no hace caso a la cabra que los cuidadores le presentan como alimento en medio de su jaula. El tiranosaurio no quiere comer, quiere cazar.

Esta gente además ha automatizado las funciones dentro de las instalaciones del parque, han olvidado muchas medidas de seguridad creyendo que no habría problema pasarlas por alto y tampoco han previsto todas las necesidades que una atracción de esta magnitud representa para el público al que se dirigen, los niños. Si a eso se le suma la caída del sistema provocada adrede por un trabajador que ha encontrado la forma de ganar dinero robando información confidencial para venderla al mejor postor (ambición, egoísmo, deslealtad, como características de la conducta humana), más una tormenta tropical azotando la zona en esta isla del Atlántico, en efecto, todo lo que puede salir mal, saldrá mal, y cada elemento de riesgo aumentará potencialmente, y peligrosamente, por esos tropiezos e imprevistos para los que estas personas no están preparadas. No se trata de un escenario pesimista, sino de una realidad provocada por el hombre, por las circunstancias naturales, por las modificaciones genéticas que recrean a especies extintas naturalmente, situación que eventualmente explota frente a los involucrados.

Las malas decisiones tienen consecuencias y hacer las cosas en la propia vanidad del ser es, de alguna forma, la ostentación del individuo en su arrogancia, en su máxima expresión de soberbia, presumiendo y explotando sus propios avances tecnológicos e industriales, en una forma de colonización de la Tierra (o el planeta), por un deseo de maravillar al prójimo a partir de sus propios logros, pero sobretodo, en busca de obtener ganancias, de invertir capital para explotar la tierra, la manipulación genética, el desarrollo tecno-científico y las emociones humanas. No dimensionar la situación puede significar tanto presunción como falta de preparación y organización. Hacer las cosas antes que los demás (aprovecharse de la oportunidad más que aprovechar la oportunidad) por una simple sed de poder, que provoca precipitaciones, es forzar a algo sin dejar que corra su curso natural (una idea con impacto directo en el tema de la clonación y la experimentación genética). Para todos, la presencia de los dinosaurios y el parque significan algo diferente, un descubrimiento o avance científico, una posibilidad de explorar lo desconocido, un negocio, un acuerdo estratégico empresarial y hasta una fuente de ingresos. Los científicos se pueden maravillar con la presencia de los animales y el cómo su creación fue posible, mientras los abogados ven en ellos un negocio que potencialmente traerá grandes ingresos a sus manos. La ambición no es sólo ser el primero, sino el más grande, y el todo se convierte en un circo, metafórica y literalmente hablando. “Sus científicos están tan preocupados por saber si podían, que no se detuvieron a pensar si debían”, reclama el paleontólogo.

La reflexión es importante porque cuestiona la falta de ética, pero al mismo tiempo analiza cómo estas personas se escudan en un estandarte de aparente progreso, con fines mucho más allá que el del mero avance científico. El progreso como estímulo y meta del quehacer humano que con tanto optimismo han proclamado los defensores de la industrialización a ultranza, de la urbanización como mejor forma de vida y del saber de expertos como la palabra definitiva para hacer las cosas, sin ponerse a considerar el aspecto humano, solidario y de interés colectivo que el bienestar social también exige. El sabotaje de las instalaciones, por ejemplo, es producto de un acto de venganza de uno de los trabajadores, que ha encontrado a quien vender la información genética que hace posible el proyecto, en un intento también de la competencia (corporativa y del capital), por no quedarse rezagados.  Su traición satisface su ego y el robo llena esa satisfacción, mientras la venganza, hacer que los sistemas operativos colapsen, no es más que ese sentimiento traducido en una necesidad de llenar su ambición y perjudicar al otro. En suma, valora el progreso en términos de su bienestar personal, igual que lo hace el empresario que desarrolla el proyecto del parque de diversiones, o los científicos que sienten que dominan a la evolución natural.

“Nunca ha tenido el control. Esa es la ilusión”, le reclama una de las personas invitadas como observadores al visionario creador del parque,  con respecto a cómo el proyecto no es más que un espejismo, nunca realmente tangible, real o posible. Él, el empresario, explica que de niño tenía un circo de pulgas, que en realidad no tenía pulgas, sólo juegos que se movían mecánicamente. La gente, sin embargo, parecía convencida de ver a los animales. Por tanto, él espera esa misma reacción, ese mismo asombro de parte de los asistentes al parque, pero esta vez a partir de algo real, dinosaurios que están ahí, no que la gente se imagina que están ahí. En este caso su sueño es más grande que él, porque es un imposible, algo que, como le dicen, nunca estuvo realmente en sus manos para poder presentárselo al mundo.

Los dinosaurios, la recreación de su medio ambiente semejante al de hace millones de años, las modificaciones genéticas, y la intención de ofrecer todo ello como atracción turística, es más que simple entretenimiento-espectáculo, es más bien, o antes que nada, experimentación científica, posibilidad de creación y reproducción; también naturaleza y evolución, o como dicen algunos, jugar a ser dios y empresario al mismo tiempo. ¿Por qué crear entonces a los dinosaurios? ¿Entretenimiento para el público o poder, dinero y control sobre los demás? Más interesante reflexionar es preguntarse si los involucrados alguna vez se cuestionaron si la iniciativa estaba destinada a fracasar, o si sopesaron, antes de comenzar, las consecuencias de jugar, apostar y manipular el curso natural de la evolución. Al final, el verdadero responsable de la catástrofe no es el dinosaurio siguiendo sus instintos, sino el hombre siguiendo los suyos.

Jurassic Park, 1993, dir. Steven Spielberg

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

 

They Live (Ellos viven)

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Sumisión significa sometimiento, es que alguien acate la orden de juicio de otra persona y se subordine, en sus acciones o ideas, respecto a las dictadas por otro. Mucho tiene que ver con la pérdida de libertad, con la inexistencia del libre albedrío, con el control y la manipulación, hasta con la conformidad y la indiferencia, porque si alguien se somete o es obligado a hacerlo, alguien más ejerce el poder de dominio sobre la voluntad de las personas. Para ponerlo en práctica se necesita el uso de mecanismos tradicionales de poder, tales como la fuerza física ejercida por los aparatos policiacos y el sistema jurídico de cualquier sociedad, pero también con demasiada frecuencia, y cada vez en mayor medida, se recurre a mecanismos de persuasión, pero sobre todo, de manipulación; mecanismos de gran alcance e impacto, con poder de convencimiento que funcionan como instrumentos de reproducción ideológica para conducir a la enajenación de las grandes masas de población. Algunos ejemplos, dentro de la actual sociedad moderna industrializada y altamente digitalizada, pueden ser los medios de comunicación y las redes sociales, la publicidad y la propaganda, que ayudan a crear modelos específicos sociales que delimitan valores sociales, estilos de vida y formas de pensamiento, a través, por ejemplo, del uso de la desinformación, la distorsión o visión parcial de hechos o conductas sociales, la propagación de noticias falsas e, incluso, promoviendo lo banal, lo superfluo, el pensamiento mágico, la indiferencia, el conformismo y el excesivo egocentrismo del ser humano por medio de la exaltación de la fama momentánea, superficial y pasajera.

No es que todo contenido en medios audiovisuales, desde películas hasta publicidad, o el material compartido por usuarios personales o empresas en las plataformas por internet, sea así (aunque sí la mayoría) ,es sólo que la fuerte influencia que éstos espacios tienen en el modelo sociocultural, los vuelve herramienta clave en los procesos de manipulación y control.

Un ejemplo de este modelo de control social, si bien ficticio pero con gran similitud con la realidad contemporánea (asumiendo la metáfora de los alienígenas como casta superior que explota y domina al conjunto de la sociedad) con eco para la reflexión sobre la sociedad moderna, se observa en la película Ellos viven (EUA, 1988), una cinta de suspenso y ciencia ficción escrita y dirigida por John Carpenter, quien se basa en la historia corta de 1963 llamada «Eight O’Clock in the Morning» (A las ocho de la mañana), de Ray Nelson.

Protagonizada por Roddy Piper, Keith David y Meg Foster, la narrativa sigue a John Nada, un hombre que llega a Los Ángeles en busca de trabajo, quien recibe ayuda de otros que, como él, se encuentran en una situación socioeconómica difícil, tratando de sobrevivir al día. John, sin embargo, se da cuenta que hay un grupo de personas, perseguidas por el gobierno, que se están organizando en contra de aquellos que, dicen, han encontrado la forma de controlar y mantener sumisa a la sociedad.

Pese a que primero duda de lo que este grupo proclama, John descubre que tienen razón y que la sociedad está siendo dominada, sometida y de alguna forma amaestrada y condicionada, por medio de mensajes codificados y espacios publicitarios controlados por nada menos que alienígenas, mensajes encubiertos que incitan a la población, entre otras cosas, a comprar, consumir, obedecer, mirar la televisión, aceptar el estatus quo y dejar de pensar por sí mismos. La intención evidente es promover el consumo, asumir una actitud conformista y de pasividad extrema ante la vida, bloqueando así la posibilidad de crítica, todo ello mediante la repetición sistemática de consignas que están contenidas en forma subliminal en la publicidad emitida.

El modo de operar que se pone en práctica, lo hace bajo ideas centrales que tienen su respectiva crítica social, a saber: 1) La división de clases sociales. 2) El consumismo, la comercialización y la competitividad. Y, 3) El proceso de manipulación de masas.

John, los rebeldes y toda la gente con la que él convive, son personas de bajos recursos pero que trabajan día a día por salir adelante, a pesar de las limitantes de las reglas dictadas por la gente privilegiada en el poder, que no siempre entiende sus necesidades, o su realidad social. El escenario puede, en efecto, ser un reflejo de modelos sociales actuales, pero, al menos en la historia, ello ahonda en temas como la discriminación y la división social a favor de la clase alta.

Los alienígenas, en la película, se esconden entre las más altas esferas de poder para alimentar la idea de que el privilegio, el dinero, el consumo selectivo de bienes de consumo y los clubes en compañía de otros exclusivamente ‘elegidos’ dentro de este círculo social, es sinónimo de excelencia. ¿Y qué hacen con la siguiente escala social, con la que hace cumplir esas normas que ellos imponen? La compran, chantajean y pagan favores para que, por ejemplo, la policía haga lo que ellos quieren que se haga con las personas en el fondo de la pirámide social.

Esta idea lleva al segundo pilar importante de esta ideología de control. Comprar, consumir, distraerse, dejar de pensar y seguir por inercia aquello que se le dice a la gente. Las personas, que miran los comerciales que venden productos que no necesitan y que promueven ideas no realistas pero a las que la gente aspira, que festejan y valoran los bienes materiales como la riqueza, la fama y la moda novedosa pero insustancial, son moldeadas bajo ideales prestablecidos, pensados precisamente para mantener a las personas cautivas. Un proceso de ‘aniquilación de la conciencia’, dice la película.

Los mensajes no son directos, sino que se opta por una publicidad subliminal que cumpla su función. Las revistas no promueven la ayuda al más necesitado, promueven la idea de gastar en viajes y joyas, incluso si no se tiene el dinero para pagarlos, pero además, escondidos detrás de esas capas, están los verdaderos mensajes que se le envían a la sociedad, una publicidad oculta, no siempre evidente, que John y compañía pueden ver gracias a unos lentes especiales que muestra la realidad detrás de la fachada, cuyo contenido son órdenes directas como: obedece, compra, sométete, consume, ve televisión, no pienses, cásate, confórmate, etcétera. . “Ellos viven, nosotros dormimos”, se afirma en la película.

Esa es la manipulación de masas, procesos de alienación a través de mensajes engañosos que promueven ideales específicos que favorecen sólo a algunos sectores de la sociedad, las minorías privilegiadas, empujando al resto hacia una dinámica de falta de oportunidades en la que se pierde el interés por alimentar la mente y progresar, para convertirse, en efecto, en un conjunto no pensante, porque no se tiene espacio ni para la cultura ni para el conocimiento ni para la duda, sino más bien un grupo maleable, prescindible y poco importante, porque lo que se espera del individuo no es que destaque, sino que se funda con el resto de la ‘masa’. Vivir en una aparente libertad sin darse cuenta que en realidad no lo es.

Los aliens ven a la Tierra como un planeta del ‘tercer mundo’ al que explotar hasta destruir, y luego, pasar al siguiente lugar al que puedan aniquilar, plantea la historia. Una especie de colonialismo interplanetario. El eco en general es amplio pero específico, la gente con o en el poder, empresarios, gobernantes o quienes sean, que moldean por medio de manipulación a la sociedad para que no se dé cuenta de su explotación, hasta que no haya nada más que sacar de ellos, y se proceda hacia un siguiente objetivo. “¿Por qué veneramos la avaricia?”, pregunta uno de los personajes, expresando un sentimiento de duda que no todos poseen porque viven enajenados, aceptando la avaricia como algo natural.

Todo está a la venta, se reflexiona sobre el mundo moderno, tomando como base lo que plantea la película. Todo representa un impuesto y todo se llena de publicidad para vender cosas, a veces innecesarias, a veces de necesidad básica. Todo está monetizado, los servicios de salud, los servicios de educación, nacer, comer, morir, la privacidad, una mejor vista en un departamento, un hotel incluso; todo, todo está plagado de mensajes que llevan al dinero. El problema es que muchos de esos mensajes, de una manera sutil, contienen ideas preconcebidas que guían pensamientos: este producto es mejor que el otro, este sitio web es el mejor donde ver o hacer esto, esta aplicación es la más popular, esta marca está ligada a un estatus social superior que la otra, entre muchos otros.

Curiosamente, John ve con sus lentes la realidad escondida en matices blanco y negro, en un sentido no radical, sino pragmático y esclarecedor, porque pareciera que todo método de engaño y manipulación es más efectivo si es más llamativo, más colorido, escandaloso, estrambótico, espectacular y sensacionalista. Y lo es, a veces en el sentido literal, a veces en cambio, o también, en el metafórico. ¿Qué hay en realidad detrás de todas esas capas de color? A veces nada, a veces mucho, a veces todo. Se trata del mundo de las apariencias en donde lo importante es lo que se exhibe, no lo esencia de quien se es; y las redes sociales del mundo digital o virtual favorecen esas relaciones de falsedad y superficialidad. Pero a diferencia de John Nada (y la nombre de John ya es significativo pues es Nada, es decir, es Nadie, no representa ningún valor) la sociedad no tiene lentes especiales para ver detrás de la mentira, carece de pensamiento crítico. O los tiene (los lentes representan, para fines prácticos, una capacidad de análisis, de duda, de crítica, de libre albedrío, de pensamiento en donde se cuestionen órdenes dudosas y se desafíen ideologías sesgadas, entre otros), pero no los usa.

They Live (1988)

Dir: John Carpenter

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

 

Miss Sloane, Sola contra el poder

Por Diana Miriam Alcántara Meléndez

Estrategia significa planificación, coordinación, disciplina y audacia; es tomar acción y decisiones encaminadas a un objetivo específico; es la voluntad puesta en movimiento para la consecución de un fin, porque el fin último es trazar el camino que facilite llegar a esa meta determinada. Cabildear es la habilidad o conjunto de saberes y destrezas para gestionar algo específico que se quiere conseguir de, o para, una corporación. Para lograrlo se necesita planeación y estrategia metódica; tener conocimiento, pero también experiencia, en cuanto a lo relacionado con los procesos que entran en juego en esta dinámica de convencimiento y negociación.

“Cabildear es tener visión. Es anticiparse a tu oponente y diseñar contraataques. El ganador va un paso adelante de la oposición y se juega su carta ganadora justo después de que ellos jueguen la suya. Es asegurarte de sorprenderlos y de que ellos no te sorprendan a ti”, dice el personaje de Elizabeth Sloane, la protagonista de la película Sola contra el poder (Francia-EUA, 2016). Escrita por Jonathan Perera y dirigida por John Madden, la cinta está protagonizada por Jessica Chastain, Mark Strong, Gugu Mbatha-Raw, Michael Stuhlbarg, Alison Pill, Jake Lacy, John Lithgow y Sam Waterston. La historia se centra en las estrategias de acción de Elizabeth Sloane, una consultora que trabaja en un ‘lobby’, firmas que representan a colectivos específicos para promover decisiones a favor de sus clientes en el sector público o privado.

Cuando le  piden ayudar a un grupo de personas trabajando en una campaña a favor del derecho a portar armas y en contra de la propuesta de aprobar que se pongan medidas más estrictas para dar permisos de compra (una ley que haga obligatorio realizar investigación de antecedentes del comprador antes de la venta), esta ‘lobbista’ (o cabildera), decide renunciar a su trabajo para incorporarse al grupo contrario, es decir, aquel que pugna por mayores restricciones para la venta y portación legal de armas. A pesar de que ella, su equipo  y el lobby trabajando en esta campaña para la prevención en el uso de armas parecen tenerlo todo en su contra, pues necesitan convencer a varios Senadores de votar a su favor, la clave se encuentra en planear cada paso con precisión, esto es, seguir una ruta precisa que los lleve a su objetivo, haciendo no sólo lo necesario para reforzar los puntos importantes de su propia propuesta, sino también previniendo aquello que la competencia podría hacer para obstaculizar este plan.

“A un lobbista con convicciones no le basta creer que puede ganar”, dice ella en un punto de la historia, dando a entender que se trata de ganar siempre, a cualquier precio. Su trabajo, en efecto, no sólo es hacer el mejor esfuerzo, sino dar resultados, y la pregunta entonces es qué tanto se arriesgará por obtenerlos, con todo lo que implica, el engaño, el convencimiento, la competencia desleal y hasta el cruzar la línea ética en esta competencia, porque eso es lo que harán los otros. No es entonces creer que se puede ganar, es ganar a toda costa, pero ¿lo vale? ¿Vale el sacrificio, cualquier tipo de sacrificio? Tal vez depende de la causa y, en este caso, para Sloane, la respuesta es afirmativa. Ella misma dice que inicialmente la campaña pudo asumirla como un reto personal y profesional, pero no se decidió a pelear exclusivamente porque el triunfo o la caída le afectara directamente, sino porque el ideal detrás del proyecto tiene un sustento lógico que ella comparte: seguridad para la sociedad, traducido en evitar que cualquier persona pueda comprar con tanta facilidad un arma en Estados Unidos sin la más mínima restricción de ley para hacerlo.

Se trata pues de proceder con raciocinio y no alrededor del aspecto sentimental que lo envuelve. Una cosa es actuar porque se cree en la propuesta, como muchos en el equipo de Sloane lo  hacen, y otra es hacerlo porque significa un sueldo mayor a su favor, o la satisfacción de alimentar su ego con la victoria, que es lo que motiva a la firma del lobby contrario. Es entonces cuando se hace más importante el trabajo del cabildero, porque convencer al otro no tiene nada que ver con el beneficio que pueda sacar la sociedad de una u otra propuesta que rodea esta iniciativa de ley, sino de cómo el voto, a favor o en contra, según sea el caso, beneficia o perjudica a los que involucra directa e indirectamente, incluidos cada uno de los Senadores votantes. Ese es el proceso de convencimiento que se debe trazar con razonamiento y pericia, convencer no respecto al contenido de la iniciativa, o el por qué no aprobarla, sino empujar a través del interés personal, explicando la manera como el voto involucra o repercute intrínsecamente a cada Senador. La estrategia para hacerlo, claro está, se hace recurriendo a todo truco a la mano, por ejemplo, forzar al votante para hablar públicamente del tema y así registrar dentro del ojo mediático su posición en la balanza, o resaltando en la estrategia de convencimiento la forma como su propia imagen política puede beneficiarse, o verse perjudicada, si se vota de una u otra forma.

A pesar de la importancia del tópico que incumbe a la campaña, los que no quieren que se apruebe la ley defienden su derecho a la Segunda Enmienda en la Constitución de los Estados Unidos, (que dice que todo ciudadano estadounidense tiene el derecho a poseer y portar armas, con todos los intereses económicos, políticos y sociales que vienen detrás); mientras que los otros consideran que las medidas que otorgan este derecho deben estar mejor reguladas, de ahí exigir que se investigue al comprador antes de permitirle hacerse con una pistola, un rifle u otro armamento similar. Lo que se recalca no es, sin embargo, el sustento argumentativo de cada postura, sino la retórica alrededor de lo que se propone. Para unos, fríamente hablando, es recordarles a las personas (específicamente a una madre, que es el público cautivo al que más se les ha dificultado llegar a los defensores de la Segunda Enmienda) que un arma puede ayudarles a proteger a sus hijos; para los otros, la idea es que esa misma arma puede provocarles perder a sus hijos (con énfasis y eco en los tiroteos que se han registrado en escuelas y lugares públicos en aquel país).

“Trabajo por las causas en las que creo”, insiste la protagonista, cansada de que le pregunten si ha elegido apoyar la campaña en favor de las medidas de prevención respecto a la compra de armas porque ha sido víctima, o conoce a alguien que ha sido víctima, de algún crimen relacionado con violencia de ese tipo. Querer ganar tal vez es lo más importante, pero querer hacerlo por una causa correcta es más que un doble incentivo, es responder a esa consciencia social que lleva a las personas a pelear a pesar del sacrificio, o a aceptar el sacrificio con tal de ganar una pelea que se sostiene en ideales en los que creen.

Sloane convierte a una integrante de su equipo en portavoz de la causa en los medios de comunicación y luego devela un secreto sobre ella: que es la sobreviviente de un tiroteo escolar sucedido años atrás. ¿Fue deshonesta con su propio equipo? Sí, de alguna forma. ¿Podría esto darle resultados a su favor? Probablemente. Este enfoque, sin embargo, termina siendo contraproducente cuando esta mujer es salvada por un hombre portando un arma registrada, que la defiende cuando alguien intenta atacarla.

La historia y cómo se cuentan los hechos es también parte de la estrategia y de la narrativa, de la percepción social; y el equipo contrario lo sabe, volteando entonces el interés de los medios y de la opinión pública hacia el hombre defensor, convertido por ellos en héroe, que salva una vida gracias al arma que porta. En ambos casos, ¿realmente el fin último justifica los medios? Una vez que Sloane se logra sacudir algunas tácticas deshonestas de su competencia, como plantar a un informante que reporte todos los movimientos de su campaña, y de trazar con habilidad todos los caminos posibles que sus competidores puedan idear para alcanzar lo que todos quieren, ganar, el otro lobby no tiene otra opción que llevar la lucha al terreno personal (no es lo que diga la campaña, sino la percepción que se tiene de la gente involucrada).

El ataque directo de desprestigio va dirigido hacia Sloane y la táctica es quitarle credibilidad para, haciéndolo, obligar a los involucrados, los Senadores y las mismas personas a favor de la propuesta, a cortar relaciones con ella o absorber las consecuencias al respecto. Así, se le pone en el ojo del huracán con una audiencia frente al Congreso relacionada con trabajos anteriores en los que, según evidencia, habría infringido la ley. Y se le investiga más por cuestiones técnicas que habrían facilitado resultados dentro de sus casos, que por, en verdad, estar detrás de algún tipo de acción delictiva; porque la audiencia es un pretexto que ayude a volcar el foco de atención hacia otra parte, y a descabezar a la oposición en la medida que se desprestigia a su mejor representante, la propia Sloane. Con ello se espera la distracción del público del tema realmente importante. La difamación hacia su persona es un acto desesperado y poco ético, pues también cae en lo ilegal. Como bien lo dice Sloane en un punto de la historia, la clave de su éxito como cabildera es esperar a que el otro lance su última carta, para entonces presentar la propia, en este caso, adelantarse al engaño o hacer evidente el mismo. Para equilibrar la balanza, Sloane devela una grabación hecha en secreto en que el equipo de la campaña contraria, sus propios antiguos jefes, chantajearon al Senador de preside la audiencia con tal de llevarla a ella a juicio y encontrarla culpable.

Como Sloane misma lo dice en más de una ocasión, el problema principal detrás de todos estos dimes y diretes es la existencia de un sistema roto, en donde no siempre importa lo correcto, sino  ganar, conseguir los objetivos para beneficio propio. Es así para el Senador que acepta favores a cambio de proceder con la audiencia; es así para el grupo de personas esperando frenar la ley que exige investigar antecedentes de los compradores de armas; es así para la propia empresa en la que Sloane trabajaba, que toma el caso en sus manos sin importar realmente el contenido de fondo; es así para el cabildero que se mueve escondido bajo tácticas de engaño; y especialmente es así dentro del mundo político y de negocios en el que esta gente se desenvuelve y en el que el pan de cada día es esta misma tergiversación de datos e información, acomodada a favor de unos, gracias a los huecos e inconsistencias dentro de las mismas leyes y procesos que rigen el sistema. Gestionar es administrar, organizar y conducir una iniciativa o proyecto para que salga adelante como está planeado, a pesar de cualquier problema o dificultad con que se tope. Como tal, la definición no habla de correctos o incorrectos, de hacer o no lo que sea con tal de alcanzar ese objetivo; porque la estrategia no es la falla del sistema, sino lo pertinente conforme al contexto en el en que se encuentra.

La definición de cabildear es, en efecto, gestionar con habilidad y maña, es decir, con destreza y astucia, que de alguna manera significa una cierta habilidad para el engaño. En este caso la parte importante aquí no es realizar ese engaño como tal, o volverse presa de él, sino, como logra Sloane, adelantarse a la trampa o artimaña del otro, después de todo, una forma esencial y efectiva de la estrategia.

Miss Sloane (2016) EE.UU.

Director: John Madden

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

Rumores

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Veracidad significa que aquello que se dice siempre se encuentre respaldado con un conocimiento objetivo, demostrable empíricamente, es decir, que expresa la verdad de manera clara, pero, veracidad no sólo es congruencia entre lo que se dice, se siente y se piensa, es también claridad de proposición, que lo que se asegura no se pueda negar o no se puede refutar como falso, porque hay un sustento teórico y práctico que lo respalda. ¿Hay cabida para la verdad en el rumor, esencialmente cuando éste es considerado un ‘ruido’ entre voces, una distorsión que deja de ir acorde con el resto de la armonía?

Hay quien dice que el rumor siempre tiene algo de verdad, porque, aunque opinión o información inventada (tergiversada o forzada), tiene que partir de un acontecimiento real. Como ruido, el rumor también es entendido como un obstáculo u obstrucción en la comunicación, que muchas veces contrarresta (o deforma, o desvía) la propia verdad que se dice, es decir, el mensaje que viaja del punto A al punto B. El problema surge porque el rumor como canal de comunicación no define un origen de fuente confiable, y circula como comentarios superficiales insinuando hechos y cosas, o plantando dudas acerca de lo comentado.

Las varias caras de esta moneda es desde donde parte la película Rumores (EUA, 2000), dirigida por Davis Guggenheim y escrita por Gregory Poirier y Theresa Rebeck. La cinta está protagonizada por Lena Headey, James Marsden, Norman Reedus, Kate Hudson, Joshua Jackson y Eric Bogosian en los papeles principales, y trata de un grupo de amigos universitarios, Cathy, Derrick y Travis, que deciden, para un proyecto de clase, iniciar un rumor y seguirlo, para ver cómo se modifica y se esparce (o se modifica al esparcirse).

Inicialmente parece una iniciativa propositiva para demostrar que las palabras al vacío que se repiten indistinta e indiscriminadamente, no son más que eso, palabras sin argumento, sin sustento, sin mucha veracidad, pero, al mismo tiempo, con mucho peso. No obstante, la importancia que se le da cambia según el contexto, según las personas, según el rumor y la intención, porque la palabra misma tiene un importante poder representativo, evocativo, especulativo, simbólico y lleno de significado.

Derrick propone durante su intervención en clase que “el chisme divierte”, entretiene a la gente, porque es parte de la naturaleza del hombre contar historias y repetirlas, tal cual es la esencia del rumor, que se trasmite en forma oral. ¿Pero, qué diferencia a la noticia informativa del chisme morboso, cuando esta tesis se transporta a, por ejemplo, los medios masivos de comunicación o las redes sociales? Recordemos que una característica del presente digital y virtualizado, en donde el desarrollo tecnológico permite crear personalidades, lugares y hechos falsos, alterados o simplemente inventados, ha dado origen a lo que se denomina noticias falsas (fake news), es decir, la desinformación ha acelerado su crecimiento y ampliado su nivel de influencia, dando paso a la política del rumor como forma de conducta social. Las implicaciones éticas de ello es lo que la narrativa en Rumores llama a reflexionar.

Gossip (2000)

Dimensionarlo ayuda a entender precisamente que la base sensacionalista que funge como pilar de notas amarillistas alimentan y se alimentan de los círculos sociales en donde lo importante no es la verdad, la información, la comunicación o el conocimiento, sino el espectáculo, el exhibicionismo, la morbosidad, la comercialización de la vida privada y el linchamiento mediático como forma de “justicia social”. Una sociedad en la que aquella dinámica de hablar del otro, o hablar solamente por hablar (parlotear), no es comunicarse o informar, sino apelar a la distracción, al entretenimiento propio a costa del otro, usualmente a partir de la desdicha o mala fortuna del prójimo, que enaltece el yo y el exhibicionismo, la sobre-exposición y la degradación, o denigración de una persona y su privacidad.

Le sucede a Cathy, quien se molesta porque cree que Naomi, la estudiante nueva, de familia adinerada y aparente imagen puritana que se acaba de transferir a la universidad, inventó un rumor sobre ella y su profesor. Resentida, acepta el plan de Derrick para contar que Naomi y su novio tuvieron relaciones sexuales en una fiesta, aunque él asegura que esto no sucedió en realidad.

El factor que vuelve tan atractiva y creíble la información llevada al morbo dentro de la comuna estudiantil, para usarlo como rumor base, es que Naomi nunca accede a una relación sexual con sus novios, por lo cual el estudiantado ya tiene una fijación de saña respecto al tema. Esa pieza precedente es razón suficiente para que las palabras comiencen a rondar con tanta facilidad y rapidez para crecer como bola de nieve.

El rumor comienza a cambiar y a evolucionar porque las personas que comentan y repiten van añadiendo elementos hasta convertirlo en un ‘imaginario colectivo’, para, eventualmente, modificarse en algo más preocupante: la posibilidad de una violación; dado que Naomi no recuerda nada porque estaba borracha, seminconsciente, y al escuchar el rumor tantas veces, de tantas fuentes que lo reproducen con tanta falsa certeza, se convence de que hubo una relación forzada, precisamente porque los demás lo dicen y ella no lo recuerda con seguridad.

En un modelo básico de comunicación, el rumor afecta la forma como un mensaje viaja entre emisor y receptor; y ya que el rumor nunca puede ser verificado, eventualmente desplaza el curso mismo del mensaje, porque el mensaje en sí es una inexactitud y, en consecuencia, se puede transformar en cualquier otra falsedad  respaldada sólo en la fuerza de la creencia con que lo asumen quienes escuchan y repiten. Cathy, Derrick y Travis lanzan un rumor, que eventualmente se vuelve la verdad aceptada por el conglomerado, aunque en realidad no lo sea. “Lo que la gente cree que es verdad, es más real que la verdad”, dice Travis en un punto de la historia.

Esa evolución sucede porque mientras el rumor se esparce, usualmente, por ello, se simplifica, perdiendo cada vez más rápido cualquier grado de ‘verdad’ que haya tenido. ¿Por qué es que participar en un rumor resulta tan atractivo? ¿Por qué es que es tan fácil que un rumor tome tanta importancia dentro de un colectivo? ¿Por qué es que un rumor alcanza tan fácilmente una amplitud más extensa que los hechos mismos, reales y veraces? En parte, por el contexto social; ¿qué valor le dan los estudiantes a este rumor específico dentro de su círculo directo de interacción y cómo pesa, socialmente hablando, repetirlo, intervenir y participar?

“No es verdad. Sólo son palabras. ¿Qué tan grave puede ser?”, insiste Derrick; sin embargo, es él quien tiene la clave de verdad detrás de la propuesta, pues él conoce a Naomi, ya que ambos asistieron a la misma escuela, y no sólo eso, fueron novios y luego él fue acusado de violarla (de ahí la actitud precautoria, reacia, de Naomi a una relación íntima con sus parejas). Derrick guarda esa información para sí, miente y luego con ella manipula, utilizando para ello desinformación, o ‘ruido’ en la comunicación. Su motivación es la venganza y su medio para hacerlo es la mentira, disfrazada del rumor. ¿Es entonces el rumor una mentira? ¿Una mentira a medias? ¿Una verdad a medias? Lo cierto es que un rumor no es una verdad objetiva, quien lo genera actúa dolosamente pues sabe que sus dichos serán repetidos sin valoración y que con ello puede afectar la reputación de personas e instituciones. En la actualidad la comunicación digitalizada en gran medida facilita esta práctica nociva para la convivencia humana, razón importante por la cual es relevante dudar y aprender a diferenciar de entre las fuentes originales y confiables a aquellas que no lo son.

En la historia, Naomi termina escuchando tantas veces los relatos que cuentan sobre aquella noche de fiesta, que duda de lo que sabe y se convence en cambio de lo que dicen, al punto que elige, con base en esos rumores, hacer una denuncia por violación en contra de su novio Beau. El rumor pues deja de ser un simple malentendido cuando se vuelve tan convincente que acaba siendo ‘más verdadero que la verdad misma’, pero lo hace no sólo porque la información no fue verificada en primer lugar, sino porque la gente asume y supone que ya lo es (cuando en los hechos nunca sucedió).

¿El rumor tiene control, tiene utilidad? Eventualmente, en la película, Cathy decide tomar el control de las cosas y usar el rumor, una nueva fachada inventada, en contra de Derrick, para obligarlo a confesar. Orquesta junto con Travis, Beau, Naomi y otras personas un plan en el que supuestamente Naomi es asesinada y todo apunta a que él es el responsable.

Cuando Derrick explota y confiesa, les reclama a sus amigos, y extensivamente a los involucrados en el primer rumor (incluyendo a todos lo que en algún punto lo repitieron), que participaron en él gustosamente, divirtiéndose y disfrutando atraídos por el escándalo, alimentando información de la que no tenían certeza. Él dice que cada persona  que comentó, al menos una vez, lo que se decía de Naomi y Beau (quien evidentemente no la violó, pues fue Derrick quien sí lo hizo), se entretuvieron con la palabrería indiferente e irresponsablemente, sin medir consecuencias, sin valorar las implicaciones morales ni el daño que pudieran causar, y son, por tanto, también, culpables de cualquier consecuencia derivada de aquellas mentiras.

Con estas palabras Derrick busca defenderse, excusarse incluso, pero su reclamo tiene su grado de verdad. ¿Acaso no tiene responsabilidad tanto el que inicia el rumor, como el que lo repite y lo esparce? ¿No tiene su grado de irresponsabilidad (ética y social), circular información de la que no se sabe con certeza si es verdadera o falsa? ¿No se hace esto cuando se comparte en un clic algo que en el fondo tal vez no sea información, sino sólo opinión, pero promovida como verdad? ¿Es porque pesa como presión social? Un rumor no es un hecho, y el problema no es el rumor, sino no saber distinguir entre información veraz y un rumor.

Gossip (2000) EE.UU.

Dir. Davis Guggenheim

Diana MiriamDiana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

Si no despierto

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

La alteridad se refiere a la capacidad de ser otro, a la capacidad de sentir y ver el mundo desde un punto de vista ajeno a nosotros. Esta (también llamada) “otredad’ consiste en  entender al ‘yo’, consciente y/o considerando la perspectiva del otro. Se relaciona un tanto con la idea de empatía, sin embargo, mientras ésta se refiere a ‘ponerse en los zapatos del otro’, la alteridad es más bien entender que hay ‘otros’ aparte de mí y que en la realidad de estos ‘otros’, existo ‘yo’.

El término, de alguna forma filosófico, ayuda a entender el papel de mi persona en relación con el mundo que [me] rodea, lo que lleva al individuo a entenderse a sí mismo en su papel con su contexto. El resultado es una armonía de respeto, pues implica la aceptación de la diversidad. En corto, es entenderse y entender al mundo, conforme cómo nos relacionamos con los demás.

Este es el tema central de Si no despierto (EUA, 2017), película dirigida por Ry Russo-Young y  escrita por Maria Maggenti, quien desarrolla su historia con base en la novela  homónima de Lauren Oliver, publicada en 2010. Oliver en una carta de 2009, contenida en el libro, dice: “La alteridad exige comprensión y tolerancia. Con demasiada frecuencia dejamos que las personas se conviertan en una proyección de nuestros propios anhelos, miedos o deseos. Las odiamos o las amamos dependiendo de las historias que inventamos sobre ellos. Dejamos de verlas como son, para verlas como nosotros creemos que son”.

Protagonizada en pantalla por Zoey Deutch, Halston Sage, Logan Miller, Jennifer Beals y Elena Kampouris, la historia sigue a Samantha Kingston, una joven preparatoriana atrapada en un bucle temporal en que vive y revive, una y otra vez, el mismo día. Es hasta darse cuenta de la situación en que se encuentra, repitiendo su experiencia vital, como descubre los detalles a su alrededor y la forma cómo se relaciona, misma que hasta entonces daba por sentado: su dinámica con sus padres y hermana, su amistad con sus aliadas más cercanas, Lindsay, Elody y Ally, y hasta su limitada, nula y prejuiciosa convivencia con aquellos con quienes cree no tener nada en común, específicamente algunos de sus compañeros del colegio. Relaciones todas que le parecen “normales” (cualquiera que sea el concepto que ella tuviera de “normal”) pero que desafortunadamente presentan vicios que influyen para obstaculizar su plena felicidad y logros de diverso tipo.

Primero rompiendo la rutina y luego desafiándola, la experiencia del bucle temporal le permite a Sam ir entendiendo la oportunidad que tiene enfrente para conocer a las personas con las que se relaciona (y con las que no), dando paso así a la viabilidad de conocerse a sí misma. Es un proceso de análisis autorreflexivo sobre sus actitudes, su comportamiento, incluso respecto a los valores que cree poseer y la congruencia de ello con sus actos.

Repetir el día es algo simbólico, con remembranzas en el mito de Sísifo, quien es castigado por los dioses a empujar una piedra hacia la cima de una montaña, sólo para, llegando a lo alto, aventarla por el borde y comenzar con el mismo proceso una y otra vez. La referencia mítica habla de una vida sinsentido, monótona, en donde el esfuerzo no conduce a nada porque el final Sísifo tiene que reiniciar el ascenso sobre la ladera de la montaña. No obstante la repetición de la experiencia le permite la satisfacción de alcanzar una y otra vez la cima, por lo que el castigo deja sentir una forma de victoria efímera, acorde con la astucia que se le atribuía.

En este caso para Samantha no se trata en realidad de un castigo, sino de una segunda (y tercera, cuarta, quinta, sexta y séptima…) oportunidad. Es después de varias vueltas reiniciando que comienza a preguntarse ¿cuál es el objetivo?, ¿cuál es el sentido de todo? y, por tanto, ¿para qué y por qué vivo?

Abordar ese mismo día y en las mismas situaciones, pero cambiando las decisiones que ella toma, le da a Sam la oportunidad de reflexionar sobre ellas y valorar el impacto que en su devenir tienen. Por ejemplo, se había estado apartando de su madre, enfriando la relación, entonces, en uno de estos días decide acercarse a ella, platicar, intercambiar opiniones, dándose cuenta que el apoyo y afecto que creía había desaparecido entre ellas subsiste plenamente. Sam también se había distanciado de Ken, su amigo de la infancia, hasta etiquetarlo marginalmente por inercia, pero un día se encuentra inesperadamente con él y, sin más que perder, porque sabe que en poco tiempo el día reiniciará otra vez, decide entablar una conversación y conocer así una experiencia de vida y un punto de vista cuya perspectiva en ese momento ayuda a Sam con una importante lección: no siempre somos quienes creemos que somos, pero tampoco somos lo que los otros creen que somos.

Este bucle de tiempo lo que hace es ofrecer a la joven protagonista la puerta abierta para vivir, pero en toda la extensión de la palabra, conociendo, arriesgándose, opinando, escuchando a los demás y procurando entender su sentir y no sólo oyendo en forma vaga o selectiva. Es entender que la vida no sólo es una decisión tras otra, sino el conjunto de ellas y cómo éstas dan sentido a la existencia; valorar cada momento, cada detalle, cada plática, convivencia y ocasión.

Para Sam, la rutina monótona y por inercia era su verdadero purgatorio, porque daba por sentado lo que hacía y por qué lo hacía, lo que dejaba un gran hueco de ‘nada’, un vacío en su vida. Su problema, como para muchas personas en la realidad, era no darse cuenta a tiempo de lo intrascendente en que se volvía su existencia y en lo banal de sus actos. En la historia, Sam tuvo que revivir el último día de su vida varias veces para poder entenderlo, y para comprender que el sacrificio (la lección y la decisión que vienen implícitas) no sólo la involucra a ella, porque como ser humano, como ser social, forma parte también de la realidad de vida de otras personas.

En lugar de intentar cambiar a los demás, decide entonces respetarlos y cambiar ella misma, haciendo, decidiendo, con acciones que tengan su impacto para con los demás. No le dice a su mejor amiga, Lindsay, que cambie, aún sabiendo sus fallas y errores, en cambio, prefiere darle ánimos enfocándose en sus cualidades positivas, para ayudarla así a mejorar. Sam tampoco le dice a su hermana menor que se defienda si la ofenden (su hermana pequeña tiene un problema de seseo), en cambio prefiere hacerle ver que la quiere como es y que no hay nada malo con su persona. Y, finalmente, Sam buscar hacer entender a Juliet, la joven a la que ella y sus amigas le hacían bullying, que la respuesta no está en huir, sino en enfrentar el problema, hacerse respetar y darse cuenta que eso que haga es legítimo y necesario porque vale la pena vivir.

“Tal vez para ti haya un mañana. Tal vez para ti haya mil, o tres mil, o diez. Pero para algunos de nosotros, sólo existe el presente. Y lo que hagas hoy importa. En ese momento y tal vez hasta el infinito. Sólo veo mis grandes éxitos. Veo las cosas que quiero recordar. Y por las que quiero que me recuerden. Ahí me di cuenta de que ciertos momentos duran para siempre. Aunque hayan terminado, siguen existiendo”, dice Sam al inicio y al final de la película.

Samantha en realidad no define los mejores momentos de una vida como los recuerdos más felices, sino como <<las cosas que quieres recordar y por las que quieres ser recordado>>”, escribe Oliver en un ensayo publicado en la novela. Más adelante añade: “Puede existir sentido sin felicidad, por supuesto, pero no puede haber una felicidad auténtica sin sentido”.

Esa es la clave para la protagonista y la lección que deja al espectador, que reflexiona junto a ella. Para Sam no se trataba de ser feliz, sino de encontrar la motivación que la llevará a querer ser feliz, para anhelarlo, disfrutarlo, vivirlo y compartirlo. Ella vivía ya en un ciclo vacío incluso antes de comenzar a repetir el mismo día, precisamente porque no alcanzaba a comprender la importancia de valorar y valorarse en el mundo. En efecto, como ella misma finalmente analiza, “Lo que haces hoy importa”, y lo hace en tu vida, pero también en la de los demás. No es fácil aprenderlo, pero además, es que no siempre todos tendrán, como Sam, esa literal (aunque sí simbólica) ‘segunda oportunidad’. La lección entonces es actuar éticamente en busca del mejor sentido para la propia vida, porque, tal vez, no habrá una segunda oportunidad.

Before I Fall (2017) EE.UU.

Director: Ry Russo-Young

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

EDtv

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

La primera película de la historia es una proyección de 46 segundos de los hermanos Lumière, presentada el 22 de marzo de 1895, que consistía en la documentación de una escena de la vida cotidiana, la salida de los obreros de una fábrica. En marzo de 1989, Tim Berners Lee describió un protocolo de transferencias de hipertextos que daría paso a un programa llamado Web Browser. En agosto de 1991 y usando ese código base, fue lanzada la primera página web del mundo (info.cern.ch), que tenía un acceso restringido para los trabajadores de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN). En agosto de ese año, el dominio fue abierto a todo público. Dos años después ya había 100 ‘World Wide Webs’ y para 1997, 200 mil. En ese 1997, Ana Voog era una de las personas más famosas en internet gracias a un proyecto llamado  ‘anacam’, que consistía en la transmisión en vivo de su vida las 24 horas al día. Solo un año después, 7 millones de personas la veían diariamente. Las transmisiones no tenían sonido pero recogían todo aspecto de la vida de esta artista y música, ya fuera comer, dormir, tener relaciones sexuales y hasta dar a luz a su primer hijo.“Hice esto antes de Facebook y las redes sociales e Instagram, y de compartir hasta el último momento sobre ti a través de las redes sociales como todos lo hacen ahora. Todavía plantea preguntas, como ¿cuál ES importante de la ‘información’ para guardar? ¿Guardo sólo las fotos «interesantes» que hago o muestro todas, las aburridas también?», le dijo en 2009, recapitulando su legado, al diario británico Independent.

Ella es uno de los primeros ejemplos de una tendencia que después crecería y se acrecentaría, en efecto, con la aparición de las redes sociales: la fama ganada por compartir y hacer públicos los detalles privados de las personas.

El primero video de YouTube es, por ejemplo, otra escena de la vida diaria, un clip publicado en 2005 en el que aparece Jawed Karim, cofundador de YouTube, en el zoológico de San Diego. Hay mucho camino recorrido entre la primera película, el primer video de YouTube y la realidad actual de las redes sociales en las que las personas transmiten su vida y comparten a través de publicaciones, imágenes o video, lo que hacen, lo que comen, la hora a la que duermen, lo que compran cuando salen a la calle y hasta las conversaciones que tienen con otros usuarios en redes.

La explotación de la intimidad se encuentra en un punto en el que el espectáculo de las masas es la exposición de la privacidad del otro, celebrada conforme más detallada sea esa mirada a la que la propia persona abre las puertas.

Dentro de este espectro de ideas se desarrolla la película EdTV (EUA, 1999), basada en el filme francés de 1994 llamado ‘Louis 19, King of the Airwaves’. Esta versión está dirigida por Ron Howard y escrita por Lowell Ganz y Babaloo Mandel; protagonizada por Matthew McConaughey, Jenna Elfman, Woody Harrelson, Ellen DeGeneres, Sally Kirkland, Martin Landau, Rob Reiner, Dennis Hopper y Elizabeth Hurley. La historia se centra en Ed Pekurny, un joven que acepta la propuesta de una televisora de hacer un programa sobre él, su vida cotidiana, en donde las cámaras de la televisora lo seguirán las 24 horas del día.

La idea pensada por Cynthia Topping, una productora del canal televisivo que hace la oferta, tiene como objetivo interesar a la audiencia a través de un programa más bien adictivo. “La persona elegida no tiene que ser interesante. Si lo es, bien. Si no, mejor. Al público le fascinan los accidentes. Pasan manejando, deseando que no haya una cabeza rodando, pero miran. Pues pondremos a alguien en la pantalla y veremos si acaba rodando alguna cabeza. Así se divierte toda la familia”, dice ella cuando explica el programa a sus compañeros, que depositan su confianza en la propuesta esperando que el show les traiga la audiencia que tanto necesitan. La propuesta consiste en poner a prueba, por un mes, y ver cómo reacciona el público. El primer día, en efecto, la gente sintoniza sin saber bien por qué ve. ¿Interés, morbo, curiosidad? Pero conforme pasan los días, ya no sólo quieren ver, sino que no pueden no ver qué sucede después. La estrategia de Cynthia es acrecentar el drama de vida que exponen las cámaras. La gente conecta y se identifica con un hombre simpático pero que parece ordinario, sin embargo, se obsesiona con su vida personal cuando se ve inmerso en un triángulo amoroso que lo involucra a él, a su hermano Ray y a la novia de su hermano, Shari.

Es Cynthia misma quien incentiva a Ed a perseguir la relación, más por el interés mercadotécnico detrás de la decisión, que por tacto humano y solidario. A la productora y al canal lo que les interesa es que las personas se enganchen y para ello necesita dirigir la narrativa hacia un punto de inflexión (dramático) que les sea beneficioso y explotable. “Creo que Ed representa la apoteosis de un síndrome muy actual. Antes, las personas eran célebres por algo. Hoy en día, son célebres por ser célebres. La fama se ha vuelto un atributo moral. Es una virtud intrínseca”, dice uno de los personajes analizando el fenómeno social y cultural que catapulta a Ed hacia una fama efímera, pasajera y superflua. En efecto, lo que Ed refleja es ese interés en un espectáculo vacío de contenido que vanagloria la banalidad del ser. ¿Qué atrae entonces al público? ¿La trivialidad de una existencia (Ed) que distrae con un espectáculo pasajero, simple e irrelevante? La audiencia mira mientras haya algo que la mantenga a la expectativa, saciando sus sensaciones y sus emociones, pero quizá la audiencia también mira sólo por mirar.

El canal que produce planea una estrategia para crear ese dramatismo que mantiene un ritmo que alimenta el chisme que corre de boca en boca, esa situación que abra el debate, avive polémicas y cree conflicto de opiniones. Pone valores en conflicto sin asumir una postura ética. El público por ejemplo, siempre tiene algo que decir respecto a Ed y su familia, o sobre Ed y su relación con Shari, o Ed y su relación con otras personas que le rodean. Incluso los medios de comunicación encuentran su impulso alimentando este drama abriendo encuestas y reportando sobre lo que sucede en el programa, para que el entretenimiento y la relación catártica no venga sólo del show en sí, sino de la plática y el debate alrededor de él. “¿El interés del programa no estriba en sacar trapos sucios al sol?”, preguntan algunos periodistas conforme avanza la transmisión y la relación de Ed y Shari entra en conflicto, ya que ella no está muy cómoda con exponer su vida frente a la lente, o cuando el pasado de Ed evoluciona a una crisis familiar con la reaparición de su padre biológico, que desemboca en una serie de giros sobre-dramáticos, situación que lleva a algunas personas, Ed entre ellos, a cuestionarse hasta dónde está dibujado, o desfigurado, el límite de la privacidad y la exposición de la intimidad. Eventualmente Cynthia se da cuenta cómo afecta la vida de Ed y de sus familiares, sus relaciones personales y su propio desarrollo, el ser perseguido por las cámaras de televisión, atropellando la espontanea conducta de las personas involucradas. Todo lo que digan queda registrado, todo lo que hacen está abierto a ser criticado y, por tanto, todo aquello en lo que fallan se convierte en motivo de humillación pública. Su propuesta es finalizar el show antes de que la gente comience a cansarse de Ed, pero su jefe, el directivo del canal, lo ve con otros ojos, con unos más enfocados en la ganancia monetaria y propone, en cambio, continuar explotando el producto (Ed, o la vida de Ed, o la vida y privacidad de Ed) y extender las transmisiones por otros tres meses más.

Ed, viendo cómo la mirada constante de la lente y la invasión de la cámara en todo rincón y aspecto de su vida personal afecta directamente a sus allegados más cercanos (la gente ya no se satisface con saber de él, quieren saber también de las personas que se relaciona y conviven con él), dice que se la pasará todo el día acostado en cama, esperando que esto desanime a los directivos y a la audiencia por igual. La respuesta que recibe es que firmó un contrato y si no realiza su rutina diaria como es usual, como está establecido, podrá significar una pérdida económica para la televisora, que podrá demandarlo por incumpliendo de contrato. El mismo manejo de manipulación, ante el que Ed no tiene armas legales para defenderse, sucede más adelante, cuando el programa evoluciona hacia un nuevo concepto, no sólo seguir a Ed 24 horas al día, sino seguir también a su familia y transmitir a la audiencia la escena más ‘interesante’ que en ese momento esté sucediendo. Tal y como hoy sucede con las transmisiones deportivas, por ejemplo, en donde se busca explotar la jugada más interesante o impactante para incentivar el consumo mediante la explotación de las emociones. Aquí Ed se da cuenta que se ha convertido en un producto más al cual manejar a conveniencia, controlado conforme mejor convenga al canal, quienes ganan en ventas, raitings y mercadotecnia a sus expensas. Él necesita tomar acción y lo logra dándole la vuelta a la lente (casi literal) con un concurso al aire en el cual premiará a quien revele el secreto más bochornoso de alguno de los ejecutivos de la cadena televisiva. Su idea da frutos y alcanza su cometido, así que justo segundos antes de revelar la información personal del ejecutivo involucrado, la transmisión se corta. La audiencia, sin embargo, demuestra la película, no llega del todo a entender ese manejo falto de ética en la transacción; lo que rescata es esa forma como la vida humana, la intimidad personal, puede ser deshumanizada a favor de unos cuantos segundos de fama, de aparecer en la televisión, de ser reconocido en las calles y vitoreado por no hacer nada más que ir a una cita con alguien, asistir a un evento público y tomarse fotografías con otras personas. En suma, exhibir la miseria de su propia cotidianidad. Lo que queda es el deseo de alimentar la exigencia por un contenido sensacionalista que no aporte al desarrollo humano, sino más bien enajene a la audiencia. Las personas, al menos en la historia, no se dan cuenta de cómo la dinámica afectó a los implicados, en su vida o su desarrollo personal y emocional (desde autoestima a ideales, relaciones personales o medio de aprendizaje). Finalizada la transmisión, sólo cambian de canal, esperando encontrar otra banalidad que llene ese vacío.

La cinta es una comedia en forma de sátira que devela todos aquellos manejos, dimes y diretes, vericuetos y manipulaciones alrededor de la fijación mediática y social por entrar a la vida íntima de las personas; explorando también la idea de la fama como un nivel de espectáculo y exposición, mayor o más magnánimo que el de junto, donde el que más se expone, se humilla o se degrada, es el más aplaudido. La exageración de la historia parece poco plausible, pero no lo es, ¿no varios ‘bloggers’ e ‘influencers’ viven de exponer cada detalle íntimo de su vida, simplemente abriendo las puertas de cada pormenor de su rutina cotidiana?, ¿y no se les aplaude más, conforme más ‘reales’ sean en su andar frente a la cámara, para que el mundo conozca todo lo que son y quiénes son? El problema en el fondo es que al final tales sujetos terminan siendo lo que aparentan, personas vacías de contenido, superficiales, sin valores, indiferentes hacia los demás y egocéntricas.

Un programa que sigue a alguien las 24 horas suena como a una sociedad en conflicto consigo misma, con personas incapaces de vivir y ser felices con su propia vida, pero Ana Voog ya era ejemplo en 1997 de que programas así existen. En noviembre de 2019, por ejemplo, informó en su momento el New York Post, el hotel Business Ryokan Asahi de Fukuoka, en Japón, lanzó la oferta de habitaciones a precio de un dólar la noche, a cambio de que el cliente aceptara la transmisión de su estadía en vivo a través de su canal de YouTube, con sus respectivas restricciones de no desnudos ni actividad sexual, para no violar las políticas de la plataforma.

No es cuestión ya de saber si programas así existen, sino reflexionar por qué existen. ¿Por qué la gente ve y por qué hay público para todos aquellos programas de seudorrealidad, como los de concursos de talentos, o programas que tratan sobre la vida cotidiana de personalidades del medio del espectáculo, o canales en distintas plataformas que tienen éxito por transmitir la vida de alguien en su rutina diaria, sus tropiezos, logros, sinsabores y metas cumplidas? Quizá haga falta ver de fondo, cuáles son las implicaciones políticas, sociales, económicas, psicológicas y culturales que tienen que ver con este tipo de programas (la transmisión y la visualización), el cómo el fenómeno comenzó a hacerse una tendencia y cómo, no sólo se ve influido por el contexto social, sino también cómo lo afecta. ¿Qué me aporta?, podría ser la pregunta clave, donde la respuesta resultará incluso más importante aún.

EDtv (1999) EE.UU.

Director: Ron Howard

 

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

Thank You for Smoking (Gracias por fumar)

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Competir es contender, pero, como todo, tiene sus matices. En un escenario deportivo o en un ambiente escolar por ejemplo, es desempeñarse a mayor nivel de perfección que el otro, en cuanto a respeto y honestidad, pero en un escenario de contienda o batalla, tal vez no se trate de un simple ganar o perder, sino de darlo todo con tal de pasar por encima del otro, es decir, una competitividad injusta, desleal, carente de ética y honor. El tipo de competencia que alimenta y estimula el mercado en la búsqueda de la máxima ganancia y para desplazar o eliminar competidores con intenciones monopólicas.

Esta realidad se hace presente en varias esferas del poder alrededor del mundo contemporáneo, caracterizado por estructuras industriales y comerciales monopolizadas por grandes empresas trasnacionales; la película Gracias por fumar (EUA, 2005) trata de algunos de estos ejemplos, específicamente enfocándose dentro de la industria tabacalera, tema que aborda con tono de sátira y comedia negra.

Escrita y dirigida por Jason Reitman, la cinta está protagonizada por Aaron Eckhart, J. K. Simmons, Robert Duvall, Katie Holmes, Cameron Bright, William H. Macy, Maria Bello, David Koechner, Sam Elliott, Adam Brody y Rob Lowe. Se centra en el personaje ficticio de Nick Naylor, un lobista, o cabildero, que funge como vocero y vicepresidente de la Academia de Estudios del Tabaco, organización manejada por una corporativa que produce y mercantiliza precisamente este producto.

Su trabajo no consiste en defender lo indefendible, el que el fumar puede llegar a ser nocivo para la salud, sino darle la vuelta a la conversación con ágil manipulación en su discurso. Si un niño o adolescente que fuma enferma de cáncer, la industria tabacalera pierde un potencial cliente, expone cínicamente Naylor durante un programa de televisión al que es invitado para afrontar a varios grupos y organizaciones sociales que pelean en su contra.

Ese mensaje que redirige y/o esquiva la conversación alrededor del tema del consumo del cigarro se basa en una posición argumentativa en donde no tiene cabida la ética. Una ‘moral flexible’, dice Naylor, es lo que se necesita para hacer su trabajo, particularmente cuestionable, y más aún si, como pretende, se vuelve ejemplo a seguir de su propio hijo adolescente. Él se enorgullece, no obstante, de sus logros, no directamente relacionados con la industria que lo contrata, sino con su habilidad de persuasión engañosa, con su capacidad discursiva, con su personalidad seductora, convincente. Cuando una reportera la pregunta por qué hace lo que hace, él responde bajo el principio básico de indiferencia: para pagar la hipoteca.

Sin embargo, la presión social en contra del consumo de tabaco crece, especialmente a raíz de la propuesta de un Senador en Estados Unidos que exige se coloque el logo de una calavera en los paquetes de cigarros, para dejarle así saber al público, dice él, que su consumo puede provocar la muerte.

Naylor nunca repara en cuestiones relacionadas con la verdad o la culpa, más bien se apega a lo que su trabajo y sus empleadores exigen de él: convencer a costa de lo que sea, haya una verdad o no detrás de las acusaciones en su contra. En su mente no hay espacio para lo correcto o lo incorrecto, sino para la ganancia, para triunfar sobre el otro, para hacer prevalecer los intereses de la compañía. ¿Sabe que sus palabras manipulan la verdad? Sí. ¿Sabe que el lugar en donde trabaja fue creado con el simple propósito de ser un respaldo para refutar (con supuesto sustento científico válido) estudios que demuestran el daño que ocasiona en la salud el fumar? Sí. Pero es porque lo sabe, que descubre el hueco por donde deslizar su estrategia para tergiversar las palabras.

Para explicárselo mejor a su hijo le pone un ejemplo. Él defenderá el helado de chocolate y el chico el de vainilla. Naylor dice entonces que como es una discusión que no se puede ganar, su argumento se basará en que la disputa trata de mucho más que sólo el helado de chocolate y vainilla, pues hay también otros sabores de helado. Su hijo le dice que no sólo no es eso de lo que están hablando, sino que además, con esas palabras, él no queda convencido de que el helado de chocolate sea mejor que el de vainilla. Su padre le contesta que ese es el punto, él no demostró que el chocolate sea mejor, pero demostró que la vainilla tampoco lo es, y más importante, hizo que el resto de las personas pensaran así. Eso es lo que hace Naylor en su trabajo, sus palabras no van dirigidas hacia los ambientalistas que refutan a la industria tabacalera, sino que sólo busca convencer a sus clientes pasivos de, al menos, considerar la posibilidad de fumar.

La estrategia no es limpia sino manipuladora, diseñada, además, para que no parezca una manipulación en sí, sino una forma lógica de interpretar los hechos. En este caso, que no es culpa de los comerciantes de cigarros que la gente muera, sino de los consumidores mismos por fumar. ¿La lógica tiene razón? De alguna forma sí, porque cada persona es responsable de sus propios actos; el detalle que Naylor deja fuera es que ellos facilitan esa situación. Su labor entonces es distanciar esa información del ojo público, de la mente de las personas. “Si discutes correctamente, nunca te equivocas”, insiste él.

Para enfatizarlo, durante una audiencia ante el Congreso de los Estados Unidos, el lobista insiste en que no se le demanda al fabricante de autos si alguien muere en un accidente de tránsito, y se vale de esa lógica, convenientemente presentada, para deslindar la responsabilidad de sus empleadores en los casos de fumadores enfermos de cáncer y otras afecciones.

“¿Por qué poner una advertencia para algo que todos saben? […] ¿Alguien cree que los cigarrillos no son potencialmente dañinos?”, espeta él durante su intervención. Ese es el hueco de la lógica, el problema dentro del problema, la ética desviada, o esquivada, o malinterpretada, o inexistente. La gente sabe que los cigarros son dañinos y aún así fuma. De ello se vale la industria tabacalera para deslindarse de toda consecuencia derivada de su papel dentro de la ecuación. De eso y de la imagen pública bien manejada y manipulada, que incluye precisamente la creación de esa Academia de Estudios del Tabaco, o las constantes donaciones para la investigación y apoyo a enfermos fumadores. Una estrategia a conveniencia que por cierto trabaja hacia y para ambas partes. “Cuando lleves a un niño con cáncer, debe parecer desahuciado. Debe de estar en silla de ruedas. Casi no debe poder hablar”, le reclama el Senador a su mano derecha luego de la participación de Naylor en el programa de televisión, en donde ellos también querían aprovechar para explotar su posición, igual aparentemente correcta y a favor de la ciudadanía, pero con sus propios intereses políticos.

El trasfondo es la transacción y la ganancia, económica principalmente, pero también de muchas otras índoles. El ‘yo’ antes del ‘nosotros’. Naylor más tarde es enviado a sobornar al ‘hombre Marlboro’, ese sujeto que posó para la marca y se convirtió en su ícono y quien ahora, enfermo de cáncer, habla en contra de la industria tabacalera, a quien Naylor ofrece dinero por su silencio y lo convence de aceptarlo, no razonando de que su decisión no irá en contra de aquellos que, como él, están enfermos, sino a favor de su propia familia, la cual necesitará apoyo económico cuando él muera.

Así mismo, Naylor también idea un plan para seguir enalteciendo el producto: posicionamiento dentro de películas mostrando a personalidades famosas fumando con placer (estrategia efectivamente usada en el Hollywood de antaño). Como le expone un ejecutivo, no importa la historia sino la estrella que aparece en pantalla y la forma como el efecto subliminal se relaciona a la acción: el personaje no fuma en un momento cualquiera de la trama, sino en el punto importante, de impacto dentro de la película.

El producto ya es cool, disponible y adictivo”, la mitad del trabajo ya está hecho, le dice su jefe a Nick, dejando ver que lo importante no es posicionarlo, sino elevarlo, explotar aquellas particularidades ya ligadas a él, a través de medios que alcancen al potencial cliente, la cultura popular, la publicidad ingeniosa, los atributos mismos con que se le relaciona, y de ahí la importancia de enfatizar su lado ‘cool’ y ocultar (alejar o desestimar) que sea dañino para la salud.

Cuando una reportera se acerca a Naylor y en la intimidad le saca toda esta información, publica su artículo desnudando la forma de ser y pensar de él. Entonces la imagen pública del lobista decrece de tal forma que sus jefes lo mandan a la banca temiendo que la mala imagen los alcance a ellos. Pero el hijo de Naylor le insiste que si su trabajo es darle un giro conveniente a la verdad, este no es un escenario diferente a lo que usualmente hace para los demás. Acto seguido el personaje procede a desacreditar a la reportera, quien hizo lo mismo que él, engañar para obtener lo que quería, y quien termina perdiendo tanto prestigio como su empleo. Lo interesante aquí es comparar ambas realidades; ninguno actúa con ética y en forma correcta, ninguno respeta al otro, pero es el cómo afrontan la crítica lo que define la forma como el público los percibe (ella termina ridiculizada y él termina como un héroe, defendiéndose de lo que llama una difamación [aunque no lo es exactamente] en su contra). Ninguno dice la verdad, es sólo que uno sabe mentir mejor que el otro.

Esa es la realidad injusta que se vive en muchos escenarios del contexto actual, donde la imposibilidad de distinguir el filtro que enmascara la verdad existe debido a eso que Naylor llama ‘flexibilidad moral’, la mentira disfrazada, o el no decir una mentira, eligiendo en cambio tampoco decir la verdad. El que oculta o dice sólo parte de lo que sabe no miente, solo se reserva información, es la lógica que guía la conducta del cabildero, y que lo hace como una táctica para proteger los intereses de su empleador. “¿En qué se enfoca tu artículo? ¿En cómo aguanta mi conciencia?”, le pregunta Nick a la reportera. Ella contesta: “No, no creo que ese sea un gran problema”. Y en efecto, la realidad es que, aunque debiera, no lo es. ¿Cómo apelar a los valores morales y sociales, cuando el contexto en que se vive tampoco se rige por ellos?

Thank You for Smoking (2005) EE.UU.

Director: Jason Reitman

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

Exterminio
Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

La ira es enojo, pero con deseo de venganza; un enfado tan grande que lleva a la violencia, lo que implica poner al ser en un punto de ebullición, específicamente en su temperamento, y mientras su enfado o indignación pueden ser razonados, o razonables, su reacción tiende a resultar en un acto más reaccionario y visceral, es decir, actuar con saña, rencor, alevosía y crueldad.

La idea es lo que rodea el trasfondo de Exterminio (Reino Unido, 2002), o 28 Days Later (28 días después), título original que hace relación a los días que han pasado desde que un virus ha infectado a las personas en Reino Unido, volviéndolas violentas y peligrosas, que es el escenario donde se desarrolla la película, escrita por Alex Garland y dirigida por Danny Boyle. Los actores que protagonizan son Cillian Murphy, Naomie Harris, Brendan Gleeson, Christopher Eccleston y Megan Burns, quienes interpretan a un grupo de sobrevivientes huyendo de la catástrofe, el caos y la destrucción de su sociedad, y lidiando, al mismo tiempo, con el mundo sin reglas que tienen enfrente, consecuencia de la destrucción.

 

Todo inicia con un experimento en un laboratorio al que activistas ambientalistas llegan para liberar a los primates con los que se está estudiando su reacción a la violencia, exponiéndolos a imágenes de guerra y conflictos. El problema es la impulsividad de acción de los activistas, quienes en lugar de pensar las consecuencias de sus actos, pugnan por dejar libres a los animales aparentemente para que no sean objeto de malos tratos o de tortura. El plan de esta gente es liberar indistintamente a los animales, sin notar que no se trata de enviarlos simplemente de vuelta a su hábitat, sino dejar al descubierto el virus con el que han sido infectados y del que no se tiene control. No se rescata con consciencia, más bien se procede respondiendo a intereses arrogantes y soberbios, al vanagloriarse por el acto de creer estar haciendo lo correcto en lugar de asumir la responsabilidad misma de hacerlo; sentirse bien con ellos mismos en lugar de pensar el bien o el mal que traen sus acciones, o todo lo que implica que los animales estén cautivos y encerrados en primer lugar.

Personas actuando para su propio beneficio antes que el de los demás, individuos creyendo que son poseedores de la verdad, personas engañándose de que hacen el bien; misma actitud que pueden tomar también los científicos que están detrás de las pruebas, cuando en realidad su interés es más personal que social. Y esta actitud sólo puede resultar el algo inminente: un choque que se convierte en caos y un caos que se convierte en devastación.

Es entonces cuando entra en la historia Jim, un hombre que acaba de despertar de coma, 28 días después de que inicia la propagación del virus, que está a punto de descubrir la devastación que ha marcado el declive social del mundo que conocía, donde la gente lucha por sobrevivir más que por entender el origen del problema, o la búsqueda para la solución a la pandemia y al consecuente caos. Huir porque es la única opción que queda, pelear porque es la única salida posible, matar porque es lo único que conocen aquellos que les rodean.

La esperanza de una cura parece imposible, irreal, y esto mismo crea un estado de desolación. ¿Por qué pelear si no parece que haya en el futuro cercano una vida próspera a la cual aspirar, una meta a alcanzar?

Jim es rescatado por Selena y juntos se topan con Hannah y su padre Frank, otros dos sobrevivientes que creen, o quieren creer, que la transmisión militar que dice tener una cura para el virus es el camino que deben seguir. Su viaje implicará más que sacrificio, pues, en efecto, en más de una ocasión deberán preguntarse ¿qué sucederá después, mañana, pasado? y así sucesivamente. Sobreviven un día, sobreviven el siguiente pero, ¿y después?

La transmisión los lleva hasta un complejo militar donde un puñado de militares que han construido un fuerte dentro de una propiedad resultan en realidad ser igual o más peligrosos aún que los propios infectados. El virus despierta la ira de la gente y la convierte en una especie de zombis violentos que atacan indistintamente pero, efectivamente, el virus no es ira, la furia, la agresividad, ya está dentro del hombre.

Es entonces cuando es importante analizar al ser en su naturaleza cruel, violenta, impulsiva y temperamental, que apuesta por su supervivencia incluso a expensas de otros. Jim se da cuenta que la transmisión era una trampa, una carnada para atraer gente, específicamente mujeres de quienes abusar y a quienes a cambio de protección se les exige hacer lo que ellos quieren. No podrán estar infectados pero sus acciones son tan letales como la mordedura de uno de los zombis. No muerden de forma literal, sino metafóricamente hablando.

“Gente matando gente”, dice el comandante a cargo de los militares, refiriéndose al escenario que se vive en cada rincón de Reino Unido a partir de la propagación del virus; un mundo en el que se pelea por la vida de uno mismo pero no por la de los demás, en donde la violencia parece la última medida útil para mantenerse con vida.

Aunque él insiste, en una aseveración no tan retorcida de los hechos, que el virus no existe y que lo único que pasa es que hay gente matando a sus semejantes, como siempre se ha visto que sucede en el planeta a lo largo de los años, la frase, y su analogía, sirven para entender y explicar la propia analogía de la película. Existe un virus, sí, pero un escenario de violencia por la simple violencia no está exactamente tan alejado de realidades que, no sólo se han vivido en la historia de la humanidad, sino de las que se puede ser testigo en el presente, desde guerras entre países para controlar los recursos naturales, o conflictos entre personas peleando por el mejor asiento, o por el primer lugar en la fila, o por el mejor punto desde donde tomar una fotografía. ¿Está en la naturaleza del hombre ser violento? ¿Hay algo que ‘active’ o ‘desactive’ la violencia? ¿Hay algo que la incite? ¿Hay algo que la controle?

Son las buenas intenciones usualmente mal dirigidas el común denominador de la historia; gente agresiva porque sabe, copia y puede reproducirla, pero violenta también por las circunstancias hostiles a las que es arrojada. Un mundo tan lleno de conflicto y plagado de violencia que, en algún punto y de una manera u otra, termina propagándose como una infección.

Y es entonces cuando el hombre es más vulnerable. Una propuesta que la película se encarga de plantear de forma simbólica, Jim al despertar desnudo y confundido rodeado de una infección y una ciudad desolada, o Jim siendo atacado por los infectados la primera vez dentro de una iglesia, un lugar de fe, por nada menos que un cura. ‘No debemos movernos solos’ o ‘Nos necesitamos’ son algunas de las insistencias de Jim, apelando a la idea de que el trabajo en equipo es más efectivo que la individualidad en este caso; el mundo no se puede construir, o reconstruir por una sola persona, se requiere el trabajo del hombre organizado colectivamente.

¿Quiénes somos y qué futuro nos depara si no dejamos de destruirnos entre nosotros mismos, destruyendo de paso nuestra sociedad?, pregunta la película, que funciona de manera tan emblemática porque resulta familiarmente realista al punto que uno olvida que se trata antes que nada de una ficción del género zombi. Una película de horror, pero más que por las escenas violentas, porque esa misma violencia que no es más que un reflejo, tal vez exagerado, de la dura realidad.

28 Days Later…(2002) U.K.

Director: Danny Boyle

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

Eighth Grade

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Kayla es una joven adolescente en el último grado de la secundaria; tiene pocos amigos pero muchas ganas de conocer el mundo, aunque su vida está consumida por la realidad virtual del postmoderno, así que se la pasa pegada a su celular, navegando en internet y las redes sociales, en lugar de relacionarse con sus similares, algo que en el contexto real, en el trato personal y directo, no sabe hacer. Ella es la protagonista de la película Eighth Grade (EUA, 2018), también conocida en español como La vida de Kayla. El proyecto está escrito y dirigido por Bo Burnham, y protagonizado por Elsie Fisher y Josh Hamilton en los papeles principales, como Kayla Day y Mark Day, su padre soltero.

La historia toca temas como las relaciones sociales y la forma como se desenvuelven y llevan a cabo en estos tiempos contemporáneos, plagados por una constante presencia ‘en línea’ que si bien puede acercar a las personas, igual puede alejarlas y ser un obstáculo para alcanzar amistad o intimidad, según se haga uso de la tecnología. Pero la película también aborda otras ideas, como la ansiedad, la maduración, la soledad, la búsqueda por una identidad y las presiones sociales, especialmente aquellas de la vida adolescente relacionadas con el desarrollo personal.

 

Es importante por ello la manera como Kayla está representada y cuál es su camino hacia el crecimiento, ya que su viaje significativo permite a cualquier persona identificarse y empatizar con las dudas, inseguridades y dificultades durante una etapa de vida marcada por la transición de maduración. “Ser uno mismo se trata de no cambiar para complacer a los demás”,dice la joven en sus videos publicados en la red (vlogs – combinación de video y blog), práctica que Kayla realiza como modo de interactuar con un mundo del que se mantiene a distancia porque es lo mismo que los otros chicos de su edad hacen, pero también como barrera protectora de auto conservación y, de alguna forma, como modo de expresión a su alcance y, al menos aparentemente, bajo su control.

Ella vive su vida a través de una personalidad virtual que no es del todo fiel a su yo real, dando consejos sobre la vida, buenos consejos, pero que no sabe cómo poner en práctica, deseando más lo que dice, que haciéndolo en realidad, como cuando habla sobre hacer amigos y arriesgarse a relacionarse con gente con la que normalmente no lo haría. Kayla va a la fiesta de cumpleaños de la estudiante popular de su escuela gracias a una invitación que recibió porque la madre de la festejada obligó a su hija extenderle una. En su video Kayla habla sobre una supuesta fiesta que ella tuvo en la que decidió hablar con alguien (una chica rara, describe ella), a quien usualmente no se acercaría, para descubrir que es un gran persona. El ejemplo es un imaginario para exponer su idea, pero Kayla de alguna forma habla de lo que quisiera que le pasara a ella en aquella fiesta, que alguien le hablara y descubriera que tiene mucho que ofrecer; ciertamente no es que Kayla no intente acercarse a otros, es que su timidez es tan grande que termina eligiendo pasar desapercibida antes que arriesgarse a más.

Entonces, aunque sabe que lo importante es ser fiel a uno mismo, aceptarse y aceptar a los demás, respetar y actuar como uno quiere y decide, no como los demás dictan, ella misma sabe que la realidad no es tan sencilla cuando vive en un mundo cargado de presiones del exterior. Su padre tiene expectativas en ella pero lo que más quiere es verla desarrollarse, por lo que insiste que salga al mundo, pero Kayla no entiende al momento sus palabras, afecto y apoyo; al contrario, reniega de él. Sus compañeros de escuela limitan su mundo al alcance de su celular y se preocupan, como les ha enseñado la banalidad de la realidad social en la que viven, en apariencias, ideales irreales, fachadas y una perfección inexistente, intereses que Kayla no comparte del todo (sólo en cierto grado, si bien repite, igual que los demás) dado que su curiosidad y conocimiento, incluso valores, suelen ser diferentes al común denominador que le rodea. Es por ello que al momento ser diferente se siente como algo malo, en lugar de ser un rasgo distintivo que le permite un punto de vista más amplio, más pensante incluso.

Finalmente está el contexto social en que Kayla vive y a través del que ella misma se ha aislado. Tiene mil preguntas sobre su persona, la sexualidad, el futuro, la vida y la gente que le rodea, pero no tiene a nadie a quien preguntarle (en confianza), así que recurre al único lugar que conoce que sabe que en su anonimato no podrá juzgarla directamente: internet (o específicamente un buscador en internet).

Hay un contraste en su vida porque cara a cara no puede relacionarse, por timidez, miedo, precaución, inexperiencia y hasta estrés, así que recurre a un mundo, en la nube, del que puede mantenerse a una distancia ‘segura’ para ella, de pantalla a pantalla, siguiendo las cuentas de redes sociales de sus compañeros de clase y conociéndolos a través de sus publicaciones, o ella misma compartiendo fotografías y pensamientos, con sus respectivos filtros, literales, simbólicos y todo lo que ello implica (técnicamente el filtro es una capa de edición que cambia el aspecto de lo que se expone para moldearlo hacia una determinada percepción guiada), crear la ilusión de que se relaciona con otros, cuando no lo hace realmente, sino sólo se escuda tras la pantalla.

Si alguien se ha preguntado cómo afectan los avances tecnológicos y su uso constante en la vida diaria las relaciones sociales, la película es un buen ejemplo para entenderlo. Kayla no miente al mostrarse en pantalla en sus videos, pero sí se esconde del resto del mundo a través de ellos. Sabe que lo que dice es cierto, que cuando comenta “no se puede ser valiente sin tener miedo”,sus palabras son verdaderas, es sólo que decir y hacer son dos cosas diferentesy dar ese primer paso implica, en efecto, ser valiente. Evidentemente tiene miedo, porque el mundo la juzgará (lo que sucederá sin importar lo que haga). Ese miedo es natural, porque nada es perfecto y no siempre es justo, pero siempre es complicado. Es sólo que Kayla, a su edad, aún no lo entiende, asimila, afronta y se adapta. Y no podrá hacerlo mientras viva a través de la virtualidad; se enoja cuando su padre le pide que se aparte del celular para que compartan, pero al mismo tiempo lo único que conoce es a través de la red, y se aferra a ello.

Cuando reconoce y entiende que no puede seguir esperando ser aceptada cuando ella misma no lo hace, decide dejar de esperar de los demás algo que sólo ella puede darse, amor hacia sí misma, autoconfianza, seguridad. Al publicar su último video aclara que no puede hacer todas esas cosas que aconseja, porque ella misma está en una búsqueda por entenderlas, que es, finalmente, lo más honesto, porque implica que ha entendido que ser nerviosa, tener inseguridades, tener una opinión pero no gritarla siempre a los cuatro vientos, es parte de su personalidad, lo cual está bien, porque es parte del proceso de formación de carácter y, porque, probablemente hay muchos otros como ella en busca de su propio crecimiento, con las mismas preocupaciones, ansiedades, inseguridades o dudas.

Un día, durante un programa escolar en el que pasa la jornada acompañando a una estudiante de preparatoria como preparación para su siguiente grado académico, conoce a Olivia, una joven a punto de graduarse hacia la universidad. Kayla sólo espera caerle bien y que todo salga ‘perfecto’, o en corto, que la acepten, para entonces sentirse validada. Sabiendo que en su propia escuela la gente la ha catalogado como callada  (literalmente le dan el título en una votación escolar de superlativos), Kayla se aferra a la esperanza de que su futuro en la preparatoria se dibuje diferente basándose en esta experiencia.

La situación se torna distinta, pero igual. Olivia le da ánimos, la acepta y le abre la puerta a la convivencia y comunicación entre ambas, pero el mismo día uno de los amigos de la joven intenta aprovechar la inexperiencia sexual de Kayla para obligarla a hacer algo que ella no quiere, y que con decisión ella detiene una vez que se siente incómoda con el momento. Sin embargo Kayla se disculpa del rechazo, reflejando con ello que no entiende del todo que ella no ha hecho nada malo, sino el otro joven.

Lo que ambos escenarios opuestos demuestran es un patrón de lo que siempre ocurrirá en la vida: no importa lugar, espacio o tiempo, siempre existirán todo tipo de personas, amables, dedicadas, pero también las abusivas e irresponsables. La lección empuja a Kayla a preguntarse ¿quién soy? y ¿quién quiero ser? (en comparación con quién es la gente allá afuera), que es una de las reflexiones valiosas que saca de la experiencia.

A partir de ese momento elige ver el mundo a través de sus ojos, no de una pantalla, porque no importa lo mucho que la gente escriba, comparta, comente, grabe o diga, la vida virtual nunca será la vida real. No importa qué tanto aprenda de maquillaje en los tutoriales que mira y copia en la red, o qué tanto cree que conoce del mundo leyendo sobre ello en su computadora, nada la preparará para una u otra situación hasta que la viva en carne propia.

Los amigos de Olivia están seguros que su discrepancia de edad los hace ‘diferentes’. “No tenía Twitter en la secundaria, como nosotros”, dicen ellos. Y en otro ejemplo: “Ya nadie usa Facebook”,le dice la chica de la fiesta de cumpleaños a su madre cuando ésta le dice que invite a Kayla a su casa. Pero, ¿no es sólo que la tecnología es la ‘diferente’, y es ello lo que afecta a las personas y a la relación entre personas?

El uso de la tecnología y las redes sociales pueden afectar la salud mental de las personas, según expone la película; ya no sólo es importante entender que lo hace y cómo lo hace, sino cómo lidiar, intervenir, educar, aprender, adaptarse y entender (Kayla vendría siendo la generación ‘postmillennial’, o generación Z). ¿Estar constantemente expuestos en y a las redes sociales hace a la gente, o la obliga a ser, más autoconsciente, crítica y dura consigo misma? ¿Qué hay de bueno y qué hay de malo en ello?¿Cómo es vivir rodeado de cámaras, publicaciones en línea, información (y desinformación) al alcance de un clic, aislamiento virtual, relaciones no tangibles y  por tanto una vida más expuesta?Vale la pena entonces preguntar: ¿Cómo es y cómo queremos que sea?

Eighth Grade (2018), EE.UU.

Director: Bo Burnham

https://www.youtube.com/watch?v=A_QRy0jhJJM

Diana MiriamDiana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

La gran apuesta

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

Una crisis económica afecta a casi toda la ciudadanía porque todo se relaciona con el capital, con el proceso de acumulación de capital y la búsqueda de la mayor tasa de ganancia posible.  Empresas, empleos, mercado, dinero, productos, servicios, etcétera. La relación en sí no es tanto el problema, sino la forma como cada sector y cada grupo social se organiza a sí mismo en un juego de oportunidades promovido por el deseo de ganar por sobre el orden establecido, que puede dar pie al simple engaño, al autoengaño y a la manipulación. En breve, se actúa en la economía en función de apariencias y expectativas, dejando de lado las necesidades de las personas que cada día producen la riqueza social.

 

Esto propició la caída en la bolsa de valores que dio paso a la crisis económica mundial que se vivió en 2008, según explica la cinta La gran apuesta (EUA, 2015), escrita por Adam McKay y Charles Randolph, y dirigida por el mismo McKay, siendo protagonizada por Christian Bale, Steve Carell, Ryan Gosling, Brad Pitt, Hamish Linklater, Rafe Spall, Jeremy Strong, Finn Wittrock y John Magaro, entre otros. Estuvo nominada al Oscar en las categorías de mejor película, director, actor (para Bale) y edición, mientras ganó en mejor guión adaptado. La historia se centra en diferentes personas analizando los datos, previendo y apostando en contra de lo que la mayoría profesaba era la tendencia a la alza, y perdiendo fe en un sistema que, se dan cuenta, tiene más fallas que aciertos, lo sepa la gente que trabaja en él o no, o quieran saberlo o no.

 

Para fines prácticos, el sistema del mercado es una serie de recovecos, «dimes y diretes» enfocados a una sola cosa: la venta como instrumento para acrecentar ganancias. No siempre se trata de los mejores acuerdos y negociaciones, sino de la mejor forma para cubrirlos y recubrirlos con estrategias de compra-venta que sean dinámicas, cambiantes, inestables y redituables, que hagan ganar a unos, el dinero de otros. La gente a cargo de la administración busca formas de encontrar, siempre, una manera de sacar provecho monetario, de lo que llega a sus manos, sea lo que sea y signifique lo que signifique, mientras la población parece seguir adelante y elegir no fijarse en esta especie de artificios comerciales, con tal de vivir en un aparente progreso.

 

Darle la espalda el suficiente tiempo a las fallas de la economía y rellenar sus inconsistencias con parches, eventualmente se convertirá en una bola de nieve a punto de explotar. No todos pierden, sólo aquellos que no prevén esa caída (los que por cierto, son mayoría), lo que significa que el que gana es el capaz de darse cuenta del momento en que la trampa ha dado todo de sí, y saber manipularlo a su favor.

 

Durante la crisis económica inmobiliaria, específicamente en Estados Unidos, donde se desarrolla la película, lo que sucedió es que la gente no pudo pagar más sus hipotecas. Esto se convirtió en un efecto dominó de alguna manera predecible: si la gente no paga lo que debe, la deuda se hace más grande, y entonces ventas, prestamos, cuentas, inversiones y demás, se vuelven dinero al aire, impagable, inexistente, apostado a pesar de conocerse la pérdida. Ahora, ese dinero no sólo desaparece, alguien lo gana. ¿Quién? El que apuesta en contra, en este caso, los protagonistas de esta historia.

 

Uno de ellos y quien se da cuenta de los patrones y la forma como están a punto de colapsar los número rojos es Michael Burry, un gestor de fondos con pocas habilidades sociales pero la suficiente astucia para entender que lo que se vive en la economía es una burbuja que crece en mentiras y promesas que no podrán ser cumplidas, y a pesar de la insistencia de colaboradores, inversionistas, socios y banqueros con quienes trata, que lo consideran un loco por querer apostar contra algo que, hasta ahora, siempre había parecido seguro: los bienes inmobiliarios.

 

 

Los demás personajes de la película son personas capaces de descifrar las dimensiones de la propuesta del modelo de Burry, entre ellos, Jared Vennett, un vendedor que decide sacar provecho de la desgracia de los demás, pero que sólo puede ganar su inversión con ayuda de Mark Baum y su equipo, corredores de bolsa dispuestos a arriesgarse a comprar swaps (contratos de intercambio de bienes), una vez que comprueban la dinámica que ha propiciado esta burbuja de falso progreso. Para corroborarlo deciden ir directamente con los implicados, por ejemplo, las zonas habitacionales abandonadas por gente que ya no pudo pagar sus hipotecas, o vendedores de bienes raíces aprobando ventas y préstamos a todo el que los solicite, sin importar qué ingresos tengan o si hay alguien que los avalen o no, en un modelo de ganancia monetaria rápida, pero no a largo plazo.

 

Finalmente se encuentran Charlie Geller y Jamie Shipley, dos jóvenes inversionistas que hayan su ganancia apostando, no ‘a lo seguro’ sino ‘a lo grande’, es decir, sobre hipotecas usualmente catalogadas como absolutamente seguras (el resto apostaba en contra de las hipotecas de más baja denominación, es decir, las más ‘baratas’). Cuando se dan cuenta que los bancos mantienen el nivel de sus activos (el valor garantizado de la deuda, o también entendidos como los bonos de deuda), y que no suben ni bajan a pesar de la evidente crisis por crecimiento de adeudos, concluyen una estrategia engañosa de los bancos para aparentar una supuesta estabilidad. El fin último de este engaño es que ese ‘riesgo por impago’ no se dispare, provocando así la crisis; una medida temporal ante un colapso de la bolsa que ya es inminente. Entendiendo esta acción Geller y Shipley intentan alertar a la gente, al tiempo que entienden que esta mentira o realidad escondida, que principalmente bancos y mercados de la bolsa intentan ocultar, no es más que un recurso por cuidar la propia imagen pública de las empresas (y darles tiempo para arreglar lo mejor posible sus acuerdos para amortiguar la caída). Una vez más la gente no sólo no está interesada en la verdad, sino que no pretenden arriesgarse para señalar a una dinámica económica que nunca antes ha sido cuestionada.

 

Lo que te mete en problemas no es lo que no sabes. Es lo que estás seguro que sabes, pero que simplemente no es así”, anuncia la película, citando a Mark Twain. La idea es simple, hay cosas que se creen, que la mayoría de la gente cree, acepta, y guía su conducta por ellas, ideas que simplemente no son así en los hechos reales. Y a veces, saber lo que está mal es una responsabilidad más difícil de cargar sobre los hombros, porque para las personas es más fácil vivir en la ignorancia, o aprovecharse de la ignorancia del otro. El motivo es que no sólo la verdad, por extraño que parezca, puede ser muy complicada de comprobar, sino que ir en contra de lo que dice la mayoría, es básicamente ir a contracorriente, lo que socialmente parece no ser bien aceptado.

 

Saber lo que está mal es una cosa, querer cambiarlo, es otra. Burry entiende qué es lo que está mal con la organización del sistema económico inmobiliario, porque ha entendido la inclinación matemática del cómo los números en combinación con los movimientos sociales se están yendo en picada, pero las personas no escuchan sus consejos y se ríen de él cuando les dice que quiere apostar en contra de los bonos de deuda inmobiliarios, porque su voz es contraria a la de muchos, incluso si la de los muchos es la incorrecta.

 

Sus palabras son de alguna forma una advertencia, pero aquellos que encuentran su propuesta viable tampoco salen a decirle a la gente que las cosas deben cambiar; no, los agentes de ventas idean, a partir de esa información, su propia forma de subirse a este barco que se mantendrá a flote cuando la burbuja explote, y se mantendrá a flote porque se harán del dinero que todas esas personas perderán una vez que la forma engañosa como el sistema se está auto validando, en el supuesto de progreso y ganancias, termine retrocediendo con pérdidas financieras.

 

“Wall Street usa términos confusos para parecer indispensable. O todavía mejor, para que los dejes en paz”, dice Vennett en un punto de la historia. La frase parece resumir la forma más simple para entender el mercado de la bolsa y mucha de la economía actual capitalista. Nada es simple, todo es enredado, confuso (siempre a propósito), y los acuerdos y negociaciones de venta son improvisaciones para resolver al momento. La gente no intenta entenderlo, porque muchos de los que se dedican a ello tampoco lo hacen, y sólo algunos visionarios e ingeniosos perciben esos recovecos, problemáticos por la forma como el mismo sistema parece haberles enseñado a estas personas que lo importante no es resolverlos, sino sacar provecho de ellos. Así es el modelo de ciudadano promedio neoliberal capitalista: egoísta, mediocre, consumista y cínico.

 

“La gente subestima las probabilidades de que les pasen cosas malas”, dice el personaje de Geller en otro momento de la película. Esa es probablemente la forma más sencilla (tal vez sólo socialmente hablando) de entender por qué pocos hacen algo, o de entender, simple y llano, una crisis económica. Se cree que la crisis le pegará a otros, menos exitosos que uno mismo. Lo cual es falso, pues la incertidumbre se cierne sobre todos por igual.

 

La gran apuesta / The Big Short

Estados Unidos, 2016

Dir. Adam McKay

 

 

Diana MiriamDiana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

 

Consumir contenido audiovisual en esta actualidad

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Vivimos en una época (si bien no es algo nuevo, sólo diferente que antes) en la que ver, hacer, planear, pensar, proyectar y trazar una película es un proceso creativo en todas direcciones. Consumir es extinguir, o agotar, que ese algo (que se consume) satisfaga necesidades. En el caso del cine, esto arroja dos preguntas vitales; uno, ¿el cine alguna vez se agotará?, y dos, ¿hasta cuándo o en qué punto deja de satisfacer una necesidad? O lo que es lo mismo, ¿por qué elegimos ver películas o no hacerlo y cuándo determinamos que ya no cubren una necesidad?

Lo importante a recordar es que las películas pueden ser tanto un medio de comunicación como uno artístico, informativo, de entretenimiento, de distracción y demás. Quien lo hace tiene una intención, quien lo mira también. Quien lo produce tiene un objetivo, el que lo consume, también. En suma, como arte y como industria el cine está destinado a satisfacer necesidades tanto de creadores, distribuidores como de consumidores, finales o intermedios, y, en este sentido se enfoca en atender tanto los cambios conductuales de los consumidores como las variantes que se generan en el mercado.

https://www.youtube.com/watch?v=U0JuWx5Pr0I

El cine de hoy es una mezcla de arte y tecnología”, dice el cinematógrafo Vittorio Storaro en la cinta Side by side, documental de 2012 que explora la evolución del cine en paralelo con la tecnología y la forma como una se adapta a la otra. Esto es, el cine no es una cosa homogénea, insensible a las variantes del desarrollo social, por el contrario, cambia y avanza conforme la sociedad también lo hace; en tanto arte es sujeto de la imaginación, curiosidad, audacia y sensibilidad de los creadores, y en tanto industria se ve fuertemente influenciado, incluso condicionado, por el acelerado desarrollo de la ciencia y la tecnología, a un ritmo tal en cuestión de imagen, sonido y efectos especiales que hacen ver a millones de años luz el incipiente paso del cine mudo al cine sonoro. La influencia va más allá de las cuestiones técnicas,  por ejemplo, el cómo utilizar cámaras análogas frente a las digitales, o la forma como las computadoras abrieron paso hacia un uso de efectos digitales cada vez más especializados y detallados. Ir de la mano de la tecnología en la evolución cinematográfica también influye en la forma como se oferta una película y hasta en el cómo se acerca la gente a verla, mediante cuáles medios de proyección se consume, y/o las circunstancias en que se observa la película.

Los servicios streaming (de retransmisión), como Netflix, Hulu o Amazon, no sólo están llegando a cambiar la forma como se hace cine, sino también como se mira, reacomodando el proceso como la industria se organiza a sí misma. No se trata sólo de una sana competitividad, sino del control que se le da a la audiencia, que puede ver ahora lo que quiera, cuando quiera y como quiera, en un celular, en una computadora, en la televisión y hasta en las salas de proyección, en su cama, en la sala de su casa, en el metro y hasta a mitad de algún otro evento; así como el sistema, o aquellos que tienen los medios de producción a su alcance, intentan controlar esta aparente nueva libertad.

Y es por ello que la cinematografía también cambia, por dentro y por fuera. El cómo se cuenta una película y qué aspecto visual tiene son dos aspectos que se ven a la par del cómo comercializar y vender el producto. Pensemos tan sólo en el motivo detrás por el que Disney haya decidido comprar Marvel, LucasFilm y después la productora de Fox, haciéndose dueños de todo un conglomerado de producciones en miras a dar fuerza a su propio servicio, exclusivo, streaming (Disney Plus). Eso nos deja, dentro de Hollywood, con técnicamente sólo un puñado de grandes productoras (entre ellas Sony, Paramount, Universal o Warner Bros) trabajando con sus propias distribuidoras, con criterios determinados por ellos en cuanto a negociaciones, acuerdos de proyección, distribución, comercialización, publicidad, etcétera. Es el fenómeno comercial predominante en el mundo capitalista globalizado caracterizado por oligarquías monopólicas en casi todas, sino es que en la totalidad, las ramas de producción. Son pues estas grandes empresas cinematográficas las que determinan el rumbo, contenido y orientación de la actividad cinematográfica, siempre bajo la perspectiva de la búsqueda de la máxima ganancia posible.

Es casi como si el cine se volviera más bien un concepto mercantil, una actividad fetichizada atenta a los estudios de mercadotecnia y cada vez más limitada en su creatividad experimental. La muerte del cine como séptimo arte y su relanzamiento como parte integrante fundamental de la industria del espectáculo.

¿Cuáles son las películas que quiere ver la gente? ¿Cuáles son los contenidos que quiere que se le ofrezcan? ¿Cambiarán el entretenimiento del cine por el entretenimiento más inmediato y pasajero, entiéndanse los videos compartidos y publicados en redes sociales? ¿Es que las productoras están pensando en ello y por eso crean fuerzas que las refuercen, como Disney hace con sus recientes adquisiciones y su siguiente gran paso con Disney Plus? ¿Es por eso que los grandes estudios programan lanzamientos de superproducciones uno tras otro a lo largo del año, por muy imposible y poco eficiente que esto a la larga pueda resultar (porque cuántas superproducciones puede una casa productora sostener realmente sin eventualmente reciclarse o flaquear)?

En 2017 Samsung lanzó una película conceptual llamada Washing Machine: The Feature Film, cinta que básicamente consiste en 70 minutos, a una sola toma, de un ciclo de lavado. Una idea mitad campaña publicitaria mitad llamada de atención a la sociedad, y es que la propia empresa aseguró que en sus investigaciones descubrió que las personas, específicamente la gente británica, donde realizaron su estudio, pasa al menos 1,481 horas de su vida mirando cómo se lava la ropa.

Paint Drying es una película de 2016, de 10 horas de duración, dirigida y creada por Charlie Lyne, la cual consiste en ver cómo se seca la pintura en una pared (si bien Lyne la realizó como protesta por las prácticas de censura de la Junta Británica de Clasificación de Películas). Más interesante, el proyecto consiguió el dinero para su realización a través de una campaña en Kickstarter, una página web en donde diversos proyectos buscan financiamiento a través de donaciones. Ya en 2004 por cierto existió un reality que se veía a través de internet, por el canal satelital UKTV, en el que la cámara se colocaba frente a diferentes paredes acabadas de pintar, y la gente votaba por la que creían ‘había quedado mejor’.

Estos diversos ejemplos son sólo una mirada a la rutina de consumo de una sociedad en cuanto a material audiovisual en la modernidad se refiere y la forma como esto sigue cambiando por motivos variados, desde publicidad hasta creatividad, enfoque artístico, creación de polémica o simple experimentación. ¿Pero qué tan alejados están estos ejemplos de los miles de clips virales que se comparten en redes diariamente? ¿Qué tanto de corrupción, morbosidad y perversidad se encuentra presente en estas conductas de consumo social?

Gogglebox es un programa reality documental de la cadena británica Channel 4, que se transmite desde 2013, y que consiste en ver a gente viendo televisión. La idea, según los realizadores, es entender el impacto (emocional, social y cultural, por ejemplo) del contenido televisivo en la vida de las personas y el cómo estas reaccionan a lo que se les presenta. Ver a personas viendo gente es casi como una paradoja que llega a tildar en lo ilógico, absurdo o inconsistente, pero, ¿qué opinaríamos respecto a un programa en el que la gente comenta lo que ve, que es lo que hace por ejemplo Talking Dead, un show televisivo en el que los invitados discuten lo que acaba de suceder en el último capítulo de la serie de zombis, The Walking Dead? Y entonces, ¿cómo se distancia esto de los diversos programas reality que existen actualmente en la televisión, o de los documentales y programas de debate?

La línea es delgada, porque ‘ver a gente hablando de las cotidianeidades y sus impresiones sobre algún tema en especial’, ¿no es acaso la idea básica detrás de los videos compartidos en plataformas como Instagram o YouTube?

Aquella historias personales y de contenido inmediato casi con seguridad no es cine, pero eso no significa que el cine no esté pensando cómo incluir estas ideas en su contenido, como séptimo arte, y en su acercamiento hacia el público, es decir, en la comercialización de su industria.

En el documental Side by side, Keanu Reeves, quien conduce las entrevistas, le pregunta al director James Cameron si el uso de tecnología digital no cambia o distorsiona la forma como se percibe la ‘realidad’. “Estás presentando una irrealidad completa y haciéndoles sentir que es real, mientras que, antes, era capturado en la realidad”, dice el actor. A lo que Cameron contesta: “¿Cuándo fue real?”. Respecto al mismo tema del uso de imágenes generadas por computadora, el director Martin Scorsese plantea una idea también reflexiva: “No sé si las generaciones más jóvenes sigan creyendo en todo lo que ven en pantalla. No es real”.

La sobresaturación está en todas partes, en el cómo se hacen películas (edición de imagen exagerada y no siempre justificada, efectos especiales eclipsando la historia o conceptos temáticos lanzados al aire aunque no siempre aterrizados), pero también en el cómo compiten con el resto del contenido audiovisual que se comparte en los ‘nuevos’ medios, específicamente las redes sociales. ¿Cómo competir?, se preguntan algunos, aunque a lo mejor más importante es plantearse ¿cómo dejar de hacerlo?, o sencillamente ¿por qué no mejor dejar de hacerlo?

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo’