La Favorita
Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez
El oportunista aprovecha las circunstancias para sacar algo a su favor, el manipulador maneja hábilmente el medio a su alcance para influir hasta que las cosas salgan como desea, y el convenenciero es alguien que vela sólo por sus intereses y deseos, sin reparar en preocupaciones o repercusiones. Las tres personalidades están bien representadas en la película La favorita (Reino Unido-Irlanda-EUA, 2018), una historia sobre engaños y mentiras, sobre manipular y plantar trampas para que la caída del otro beneficie a quien las planea; sobre escalar en la pirámide social procediendo por medio de falsedades e intrigas, y sobre valorar el beneficio propio hasta el punto en que destruir para sobresalir se vuelve la única filosofía de vida.

Protagonizada por Olivia Colman, Rachel Weisz, Emma Stone, Nicholas Hoult y Joe Alwyny, se trata de una historia sobre la lucha por el poder a través de personajes que avanzan sin escrúpulos ni honestidad. Dirigida por Yorgos Lanthimos y escrita por Deborah Davis y Tony McNamara, la cinta obtuvo diez nominaciones al Oscar: mejor película, director, guión original, actriz (para Colman), actriz de reparto (para Weisz y Stone), fotografía, diseño de producción, diseño de vestuario y montaje, ganando solamente uno: actriz principal. La historia se centra en la relación entre Ana Estuardo, Reina de Gran Bretaña e Irlanda(1665-1714), con su confidente y amiga Sarah Churchill, Duquesa de Marlborough (1660-1744), ante la llegada de la prima de ésta, Abigail Masham (1670-1734), quien eventualmente consigue el favor de la reina por encima de la duquesa, una vez que aquella, que administra los asuntos políticos del país, se inclina por los intereses de los ‘whigs’, el partido liberal, pese a que Ana no desea alejarse de los ‘tories’, el partido conservador, llevando al deterioro de la relación entre ellas, que Abigail aprovecha hábilmente a su favor.
Según plantea la cinta, la división entre partidos y posturas, más las intrigas políticas, así como la discordia, fomentada por Abigail con insidia, entre Ana y Sarah, son la clave para que la recién llegada alcance su meta: escalar en sociedad y obtener favores y privilegios; así pues, en la duda y con intriga se encarga de entretejer rivalidad, desprecio y distanciamiento entre las, una vez, íntimas amigas. Su modo de operar es una actitud amable, aunque convenenciera, donde la sonrisa es falsa y la solidaridad calculada y llena de hipocresía, de modo que su aparente fiel y amigable presencia contraste hasta dañar la imagen de Sarah, una mujer de carácter más duro y regio.
El fin último tanto para Sarah como para Abigail es el poder de influencia, que saben pueden ganar sobre una débil de temperamento e insegura Reina Ana, marcada por el dolor de la pérdida de sus 17 hijos y la enfermedad de gota que limita su existencia, ahora manifiesta como consecuencia de ello en profunda tristeza, desinterés y la soledad. Sus motivaciones sin embargo, obedecen a razones ligeramente distintas; Sarah anhela, desea control sobre el gobierno y las decisiones del Estado, dado que su esposo se encuentra en el campo de batalla peleando una guerra contra Francia, pero además consciente de que su influencia puede cambiar las cosas tanto para ella como para el reino, toda vez que ganar la guerra traerá prestigio a su esposo, pero también colocaría a Gran Bretaña por encima de una potencia en ascenso como era Francia, por lo que varios, la Duquesa incluida, creían que la conquista era mejor estrategia, -si bien implica subir impuestos al pueblo-, que un acuerdo de paz, que es lo que proponía, y eventualmente logra, el partido opuesto.
Abigail, por su parte, actúa bajo intereses más personales, en el simple deseo de escalar socialmente hasta alcanzar un estatus privilegiado, lleno de comodidades, como cree que le corresponde, ya que fue educada en la alta sociedad pero su familia terminó en la pobreza por las malas inversiones de su padre, un comerciante, por lo que Abigail tuvo que trabajar como sirvienta para sobrevivir, tomando además la responsabilidad de velar por el futuro de sus allegados y hasta de su propio apellido.

La joven llega a la casa real a un puesto de servidumbre, patrocinado por Sarah, donde la realidad más dura no es el trabajo manual de cada día, sino las humillaciones y rechazo del resto de la servidumbre, que actúa así por el simple gusto de poder burlarse del más desafortunado. La lección que Abigail aprende en estas circunstancias es que sólo cuenta con ella misma para salir adelante y si quiere un cambio, no se trata de pedirlo, sino arrebatarlo. La falta de solidaridad y las oportunidades truncadas por la propia gente en su misma posición, la llevan a deducir que una actitud aparentemente débil bajará la guardia del otro y que en un mundo donde todos son enemigos, la falsa amistad es camino para derrocar al prójimo. Así comienza a trazar su plan, sirviéndose de información secreta que descubre por casualidad, actuando falsamente en favor de otros cuando es sólo una palanca para empujar sus propios objetivos, pero, especialmente creando discordia, desacuerdos y choque entre Ana y Sarah, de modo que para la Reina parezca que ella está de su lado y su prima en su contra. El toque final es darle a Ana precisamente lo que quiere, para complacerla: atenciones y mimos, preferencias, alabanzas y halagos, a diferencia de Sarah, que procede bajo una dinámica más directa y honesta, bajo el entendido de que en su actuar concreto, verdadero y sin engaños hace evidente su lealtad y compromiso, porque así es ella quien controla la narrativa, manipulando a Ana, en lugar de reaccionar a lo que la Reina desea, que es el proceder de Abigail.
La película es una comedia negra, porque en la ficción exageran estos manejos mañosos de actuar convenenciero para influir con malas intenciones, pero al mismo tiempo, dibuja acertadamente un escenario de lucha por el poder, vil y maquiavélico, presente no sólo en la política, sino también en las relaciones humanas en general, donde las personas se aprovechan de las circunstancias, calumniando a otros, mintiendo fría y calculadoramente, provocando enturbiar el panorama o colocándose como víctimas para hacerse del favor de los demás.
La historia se plaga de personajes oportunistas, falsos, mentirosos e hipócritas, que proceden interesadamente, manejando la información y a las personas con astucia sigilosa, presiones emocionales, favores sexuales, confabulación cínica y chantajes despiadados que obliguen la situación para su beneficio.

Otro ejemplo claro es Robert Harley, cuyo interés por terminar la guerra y acordar un tratado de paz en realidad tiene el propósito de impulsarlo al puesto de Primer Ministro, que por ahora tiene el principal aliado de Sarah. Harley inicialmente encuentra un camino oportuno al notar cómo la división de las atenciones de la Reina hacia Sara y Abigail está creando una división de lealtades entre las tres, por lo que comienza con amenazar a la segunda a cambio de conseguirle información útil que pueda usar ventajosamente en el Parlamento para hacer quedar mal al partido contrario, y quedar bien él ante el ojo del resto de los políticos. Viéndose en desventaja ante la dinámica en la que Harley saca un beneficio de su relación y ella no, Abigail luego exige un favor a cambio, de modo que su alianza se sostiene por el grado de ventaja que las partes obtienen de la relación, no la lealtad mutua o intereses similares de los involucrados.
Ningún personaje es particularmente honorable, al contrario, su actuar se caracteriza por una falta de valores y humanidad. Sarah podrá justificarse en la responsabilidad que siente, aunque en realidad anhela y disfruta guiar al país si la Reina no tiene la capacidad para hacerlo; Abigail puede argumentar que el mundo injusto y cruel la ha empujado a hacer todo por sobrevivir, pues de cualquier otra forma terminará siendo nada ni nadie en la vida, porque el modelo social no está diseñado para que las personas encuentren oportunidades o superación; y Ana misma podrá pensar que la realidad de su trágica vida, en la que como Reina es una figura simbólica y como mujer no es valorada ni escuchada, la han llevado a un encierro enfermizo marcado por las falsedades, pues todos la tratan y se le acercan escondiendo sus propios intereses bajo la manga; al final, el proceder de todos es el mismo, ruin por el simple deseo de lograr el beneficio propio a toda costa, poniendo la agenda personal por encima de cualquier cosa, dado que el prójimo hará exactamente lo mismo. Una lucha de personalidades y poderes para sobresalir sobre los demás.
Como lo escenifica y plantea la película, la esperanza parece no estar de parte de la humanidad cuando toda relación social se construye en el odio y el desprecio, la desconfianza y la rivalidad; el enfermo es tachado de inútil, el débil es explotado o marginado, la política sirve a quienes tienen el poder pero no ayuda a quienes se supone tiene que servir; el pueblo, el individuo más abajo en la escala social no opina ni aspira a nada, y quien está arriba en la escala social sólo está interesado en la banalidad de una vida privilegiada llena de lujos y ostentaciones, así que es más importante alardear y esconder los problemas tras una aparente felicidad, que descubrir qué tanto se esconde el individuo como persona de la tan presente decadencia humana.

Con ello, la película habla también de cómo las cosas pueden ser hábilmente manejadas tras hilos invisibles de manipulación e intriga, que trazados con pericia parecen imperceptibles. Ana flaquea como Reina por su carácter dependiente y débil, así como por su falta de decisión y firmeza; quien la controla a ella controla la circunstancias, no sólo políticas, sino también sociales. Harley desea convertirse en Primer Ministro para tomar ventaja en el Parlamento y fortalecer su carrera política, en tanto Abigail, por ejemplo, cobra sus favores a fin de abrirse camino para escalar socialmente, arreglando un matrimonio y título de nobleza que le gane un estatus específico; ambos además procediendo con una estrategia cruel que sólo alimenta el deseo de venganza de aquellos a quienes pisotean. ¿Son ellos peores personas que Sarah, que manipula, pero al menos se muestra leal con sus allegados, a diferencia de los otros que actúan sin el mínimo rastro de apego emocional hacia nadie? Los objetivos buscados –beneficio social, prestigio ideológico o poder político, según el caso- ¿son factor que justifica sus conductas (el fin justifica los medios) o pretextos ideológicos que encubren conductas egoístas y discriminatorias?
En un ambiente en que las personas administran secretos, la iniciativa para parecer proactivo es un plan con maña, las amenazas van escondidas en el protocolo social y cada quien juega su propio juego. ¿Es posible que haya honor entre las personas? ¿Las relaciones sociales se convierten o son en esencia un juego de poder?
La sátira social de la cinta va directamente enfocada a la ambición como vehículo de la perversión del ser, que destruye anhelos, genera envidias, divide sociedades y promueve la corrupción, en el sistema pero también en las personas. ¿Qué queda en una sociedad en la que todos pelean contra todos, buscando sólo su propio beneficio? ¿Quién prevalece, o quién ‘gana’, cuando la destrucción manda a las personas hacia el declive humano y social? ¿Sarah, quien es desterrada pero finalmente se libra del yugo de una reina que la asfixia y un sistema que la excluye? ¿Ana, que pierde una amiga pero gana una doncella que le dirá todo lo que quiere oír, que alimenta su vanidad mientras gane algo a cambio? ¿O Abigail, que consigue su posición social privilegiada para pagar con humillaciones de una Reina que nunca le dará verdadero poder ni la considera su amiga porque la resiente por lo que representa, el destierro de su amiga?
La respuesta simple es ‘ninguna’, porque así es el poder, pasajero, relativo, escurridizo, depredador y más distante que palpable, incluso cuando se tiene en las manos; retorcido y despreciable, como la historia presenta a estos personajes y sus historias, basados en personalidades de la vida real pero construidos en la ficción, aunque reflejando más que nada, cínica, pero así también crítica y reflexivamente, verdades palpables del actuar humano oscuro y destructor en el mundo contemporáneo.
La Favorita
Dir. Yorgos Lanthimos
UK, 2019
Trailer
2:08

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México
Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.







Los juicios por brujería en Salem, ocurridos en la región que actualmente cubre Massachusetts, en Estados Unidos, entre 1692 y 1693, fueron falsas acusaciones procesadas formalmente por la autoridad. Ese señalamiento, sin fundamentos, que pese a todo fue llevado a juicio y condenado, demuestra no sólo el despliegue del fanatismo religioso, que justificaba el castigo en el incumplimiento de las normas puritanas que se profesaban en esa época, sino también el poder de la calumnia, el rumor y el chisme, así como la forma como el gobierno puede tomar el control y pisotear las garantías individuales de las personas en nombre de un supuesto bien común, que manipula a su beneficio, no el de la comunidad.










Superación significa vencer obstáculos, pero la palabra superar también implica ser superior a alguien. Idealmente se logra demostrando mejores habilidades y/o conocimientos, no pisotear al otro para lograr sobrepasarlo. ¿Pero, cómo se llega a alcanzar tal maestría? ¿Presionando hasta lograr que la persona sea el mejor o la mejor versión de sí mismo, o dejándolo crecer hasta el punto que ella o él elijan? ¿Hay enseñanza, educación, aprendizaje e instrucción en un escenario en que se exige empujar al otro al límite, o ello conlleva invariablemente abuso, control, dominio y autoritarismo? El problema se vincula con el ejercicio de autoridad en el proceso educativo. El maestro enseña, pero también debería aprender y dirigir su enseñanza con respaldo en una capacidad argumentativa racional que fundamente y legitime su actuar, justo para evitar que sus subordinados, es decir, los alumnos, consideren sus órdenes como impositivas, irracionales, fuera de lugar.
¿Alcanzar la grandeza a toda costa, incluso si esto significa perder humanidad? Educación para llegar el éxito es un camino indispensable en la vida pero, ¿dolor y castigo con tal de ser el mejor, es correcto, lo vale? Estas son algunas de las preguntas que plantea la cinta, ganadora de tres premios Oscar (mejor mezcla de sonido, mejor edición y mejor actor de reparto, para Simmons), además de dos nominaciones más, a mejor película y guión adaptado. En el fondo, una mirada crítica al sistema educativo basado en la autoridad indiscutible de los docentes, en la competencia en las relaciones sociales entre los alumnos y en la falsa idea de que hay un solo camino para enseñar a cualquier estudiante.
¿El profesor enseña, instruye, forma o facilita? Además de que el cómo logre que el alumno encuentre su potencial, es la parte delicada, susceptible a írsele de las manos. No es con abusos ni debería ser bajo esa filosofía de ‘la letra con sangre entra’, un refrán que se refiere a la educación a través de una disciplina exigente que llega a los golpes, a la violencia física, porque la violencia no instruye valores, empatía y ética, sino todo lo contrario. ¿De quién ‘aprende’ más el estudiante, o qué experiencia le hace mejor, aquella en la cual el profesor le condona los errores o aquella en que el profesor se asegura que el alumno no vuelva a cometer ese error? El ideal es el balance. No es dar palmadas compasivas en la espalda para evitar el dolor de la caída, pero tampoco es golpear, metafórica y literalmente hablando, por el error cometido. No es que el profesor infunda tanto miedo en el estudiante como para obligarlo a no volver a cometer una falta, para tampoco es hacer como que ‘no pasa nada’. Es, en todo caso, instruirle en qué se equivocó y en cómo mejorar y cambiar para ser mejor.
Consigue la posición como baterista principal por un error (la partitura del titular se pierde y como él se sabe la melodía de memoria, puede tomar el asiento principal durante una competencia musical) y luego se aferra a su posición creyendo que ha alcanzado el respeto de sus similares. Pero si alcanzar el éxito implica ser el mejor, y a los ojos de Fletcher es imposible ser el mejor, siempre habrá una prueba más arriba de la última prueba. Fletcher llama entonces a otro suplente, para presionar a Andrew a seguir ‘probando su valía’. No importa entonces cuánto se esfuerce y trabaje, sufra y se sacrifique, nunca será lo que el otro quiere que sea. Andrew y los otros no entienden que lo importante no es complacer a su profesor, sino estar contentos con ellos mismos, satisfechos de su propio desempeño. ¿Pero qué significa estar contentos con ellos mismos, como músicos?Parece que no lo saben o no se atreven a preguntárselo, porque la figura de autoridad frente a ellos es tan imponente, que la sombra (el castigo, la crítica y el control) pesa en sus hombros.
¿Cuántos ‘Fletchers’ no hay en la vida de las personas? Sin duda muchos, más de los que se pudiera desear, quizá no igual de abusivos, prepotentes, controladores y crueles, pero sí simbólicamente hablando. Superarse a sí mismo requiere esfuerzos, pero no bajo órdenes sin límites, que llevan a la persona a ser ‘el mejor’, según los estándares de alguien más. ¿Cómo poner y ponerse límites? Para Andrew sucede cuando se ve envuelto en un accidente automovilístico y antes de preocuparse por su bienestar, corre al escenario preocupado por la aceptación y reconocimiento de sus similares en la música. Para otro estudiante, ese límite llega al extremo cuando, derrumbado por la crítica no constructiva, sino hiriente, su estado de angustia y ansiedad lo lleva a la depresión y eventualmente al suicidio.
Evolución es transformación continua. Especies que cambian conforme pasa el tiempo, según lo define el naturalista inglés Charles Darwin (1809 – 1882), quien añade que la selección natural es parte vital de ese proceso de adaptación. Se trata entonces de la forma natural (o curso lógico) como las diferentes especies cambian, crecen, se van modificando y van dando paso a nuevas.
La cinta, protagonizada por Sam Neill, Laura Dern, Jeff Goldblum, Richard Attenborough, Bob Peck, Martin Ferrero, Samuel L. Jackson, Wayne Knight, Joseph Mazzello y Ariana Richards, trata de un empresario que quiere, a solicitud de los inversionistas de su proyecto, el aval de un grupo de expertos en diferentes ramas de la ciencia para un parque de atracciones caracterizado por la presencia de dinosaurios, cuyo ADN ha sido mutado genéticamente y luego clonado. Mientras la aventura y el relato de supervivencia y acción crece por una serie de errores humanos que provocan que los dinosaurios puedan salir de sus jaulas y atacar, empujando a los visitantes a huir para salvarse, el planteamiento trae consigo más que secuencias fantásticas y una revolución tecnológica, sobre todo para su época, en el terreno de los efectos visuales, pues también plantea preguntas importantes sobre temas como la evolución, la experimentación científica y genética y sus peligros, la ambición corporativa y las consecuencias de los imprevistos de la vida, la incertidumbre, y la mala planeación o preparación para afrontarlos.
El personal de los laboratorios de este parque espera tener el control de la situación porque ha mantenido todo bajo la lupa de sus microscopios, pero ese control nunca es posible de alcanzar al cien por ciento porque no pueden esperar que animales que no conocen actúen de la forma como ellos quieren que actúen, en lugar de la que su instinto natural les dicta. No prevén tampoco que la modificación genética que han hecho al ADN cambie de una forma u otra al dinosaurio en sí. Éste caza, depreda, destruye y no puede ser contenido por un grupo de humanos que no conocen lo que significa la dimensión de un ecosistema antiguo y extinto, traído a la actualidad. Subestimarlo es subestimar a la evolución misma y a la naturaleza como fuerza incontrolable que se rige bajo sus propias reglas. “No es posible reprimir un instinto primitivo que tiene 65 millones de años”, dice uno de los paleontólogos, cuando se dan cuenta que el Tiranosaurio Rex no hace caso a la cabra que los cuidadores le presentan como alimento en medio de su jaula. El tiranosaurio no quiere comer, quiere cazar.
La reflexión es importante porque cuestiona la falta de ética, pero al mismo tiempo analiza cómo estas personas se escudan en un estandarte de aparente progreso, con fines mucho más allá que el del mero avance científico. El progreso como estímulo y meta del quehacer humano que con tanto optimismo han proclamado los defensores de la industrialización a ultranza, de la urbanización como mejor forma de vida y del saber de expertos como la palabra definitiva para hacer las cosas, sin ponerse a considerar el aspecto humano, solidario y de interés colectivo que el bienestar social también exige. El sabotaje de las instalaciones, por ejemplo, es producto de un acto de venganza de uno de los trabajadores, que ha encontrado a quien vender la información genética que hace posible el proyecto, en un intento también de la competencia (corporativa y del capital), por no quedarse rezagados. Su traición satisface su ego y el robo llena esa satisfacción, mientras la venganza, hacer que los sistemas operativos colapsen, no es más que ese sentimiento traducido en una necesidad de llenar su ambición y perjudicar al otro. En suma, valora el progreso en términos de su bienestar personal, igual que lo hace el empresario que desarrolla el proyecto del parque de diversiones, o los científicos que sienten que dominan a la evolución natural.
“Nunca ha tenido el control. Esa es la ilusión”, le reclama una de las personas invitadas como observadores al visionario creador del parque, con respecto a cómo el proyecto no es más que un espejismo, nunca realmente tangible, real o posible. Él, el empresario, explica que de niño tenía un circo de pulgas, que en realidad no tenía pulgas, sólo juegos que se movían mecánicamente. La gente, sin embargo, parecía convencida de ver a los animales. Por tanto, él espera esa misma reacción, ese mismo asombro de parte de los asistentes al parque, pero esta vez a partir de algo real, dinosaurios que están ahí, no que la gente se imagina que están ahí. En este caso su sueño es más grande que él, porque es un imposible, algo que, como le dicen, nunca estuvo realmente en sus manos para poder presentárselo al mundo.
No es que todo contenido en medios audiovisuales, desde películas hasta publicidad, o el material compartido por usuarios personales o empresas en las plataformas por internet, sea así (aunque sí la mayoría) ,es sólo que la fuerte influencia que éstos espacios tienen en el modelo sociocultural, los vuelve herramienta clave en los procesos de manipulación y control.
Pese a que primero duda de lo que este grupo proclama, John descubre que tienen razón y que la sociedad está siendo dominada, sometida y de alguna forma amaestrada y condicionada, por medio de mensajes codificados y espacios publicitarios controlados por nada menos que alienígenas, mensajes encubiertos que incitan a la población, entre otras cosas, a comprar, consumir, obedecer, mirar la televisión, aceptar el estatus quo y dejar de pensar por sí mismos. La intención evidente es promover el consumo, asumir una actitud conformista y de pasividad extrema ante la vida, bloqueando así la posibilidad de crítica, todo ello mediante la repetición sistemática de consignas que están contenidas en forma subliminal en la publicidad emitida.
Esta idea lleva al segundo pilar importante de esta ideología de control. Comprar, consumir, distraerse, dejar de pensar y seguir por inercia aquello que se le dice a la gente. Las personas, que miran los comerciales que venden productos que no necesitan y que promueven ideas no realistas pero a las que la gente aspira, que festejan y valoran los bienes materiales como la riqueza, la fama y la moda novedosa pero insustancial, son moldeadas bajo ideales prestablecidos, pensados precisamente para mantener a las personas cautivas. Un proceso de ‘aniquilación de la conciencia’, dice la película.
Los aliens ven a la Tierra como un planeta del ‘tercer mundo’ al que explotar hasta destruir, y luego, pasar al siguiente lugar al que puedan aniquilar, plantea la historia. Una especie de colonialismo interplanetario. El eco en general es amplio pero específico, la gente con o en el poder, empresarios, gobernantes o quienes sean, que moldean por medio de manipulación a la sociedad para que no se dé cuenta de su explotación, hasta que no haya nada más que sacar de ellos, y se proceda hacia un siguiente objetivo. “¿Por qué veneramos la avaricia?”, pregunta uno de los personajes, expresando un sentimiento de duda que no todos poseen porque viven enajenados, aceptando la avaricia como algo natural.




















Es Cynthia misma quien incentiva a Ed a perseguir la relación, más por el interés mercadotécnico detrás de la decisión, que por tacto humano y solidario. A la productora y al canal lo que les interesa es que las personas se enganchen y para ello necesita dirigir la narrativa hacia un punto de inflexión (dramático) que les sea beneficioso y explotable. “Creo que Ed representa la apoteosis de un síndrome muy actual. Antes, las personas eran célebres por algo. Hoy en día, son célebres por ser célebres. La fama se ha vuelto un atributo moral. Es una virtud intrínseca”, dice uno de los personajes analizando el fenómeno social y cultural que catapulta a Ed hacia una fama efímera, pasajera y superflua. En efecto, lo que Ed refleja es ese interés en un espectáculo vacío de contenido que vanagloria la banalidad del ser. ¿Qué atrae entonces al público? ¿La trivialidad de una existencia (Ed) que distrae con un espectáculo pasajero, simple e irrelevante? La audiencia mira mientras haya algo que la mantenga a la expectativa, saciando sus sensaciones y sus emociones, pero quizá la audiencia también mira sólo por mirar.
El canal que produce planea una estrategia para crear ese dramatismo que mantiene un ritmo que alimenta el chisme que corre de boca en boca, esa situación que abra el debate, avive polémicas y cree conflicto de opiniones. Pone valores en conflicto sin asumir una postura ética. El público por ejemplo, siempre tiene algo que decir respecto a Ed y su familia, o sobre Ed y su relación con Shari, o Ed y su relación con otras personas que le rodean. Incluso los medios de comunicación encuentran su impulso alimentando este drama abriendo encuestas y reportando sobre lo que sucede en el programa, para que el entretenimiento y la relación catártica no venga sólo del show en sí, sino de la plática y el debate alrededor de él. “¿El interés del programa no estriba en sacar trapos sucios al sol?”, preguntan algunos periodistas conforme avanza la transmisión y la relación de Ed y Shari entra en conflicto, ya que ella no está muy cómoda con exponer su vida frente a la lente, o cuando el pasado de Ed evoluciona a una crisis familiar con la reaparición de su padre biológico, que desemboca en una serie de giros sobre-dramáticos, situación que lleva a algunas personas, Ed entre ellos, a cuestionarse hasta dónde está dibujado, o desfigurado, el límite de la privacidad y la exposición de la intimidad. Eventualmente Cynthia se da cuenta cómo afecta la vida de Ed y de sus familiares, sus relaciones personales y su propio desarrollo, el ser perseguido por las cámaras de televisión, atropellando la espontanea conducta de las personas involucradas. Todo lo que digan queda registrado, todo lo que hacen está abierto a ser criticado y, por tanto, todo aquello en lo que fallan se convierte en motivo de humillación pública. Su propuesta es finalizar el show antes de que la gente comience a cansarse de Ed, pero su jefe, el directivo del canal, lo ve con otros ojos, con unos más enfocados en la ganancia monetaria y propone, en cambio, continuar explotando el producto (Ed, o la vida de Ed, o la vida y privacidad de Ed) y extender las transmisiones por otros tres meses más.
Ed, viendo cómo la mirada constante de la lente y la invasión de la cámara en todo rincón y aspecto de su vida personal afecta directamente a sus allegados más cercanos (la gente ya no se satisface con saber de él, quieren saber también de las personas que se relaciona y conviven con él), dice que se la pasará todo el día acostado en cama, esperando que esto desanime a los directivos y a la audiencia por igual. La respuesta que recibe es que firmó un contrato y si no realiza su rutina diaria como es usual, como está establecido, podrá significar una pérdida económica para la televisora, que podrá demandarlo por incumpliendo de contrato. El mismo manejo de manipulación, ante el que Ed no tiene armas legales para defenderse, sucede más adelante, cuando el programa evoluciona hacia un nuevo concepto, no sólo seguir a Ed 24 horas al día, sino seguir también a su familia y transmitir a la audiencia la escena más ‘interesante’ que en ese momento esté sucediendo. Tal y como hoy sucede con las transmisiones deportivas, por ejemplo, en donde se busca explotar la jugada más interesante o impactante para incentivar el consumo mediante la explotación de las emociones. Aquí Ed se da cuenta que se ha convertido en un producto más al cual manejar a conveniencia, controlado conforme mejor convenga al canal, quienes ganan en ventas, raitings y mercadotecnia a sus expensas. Él necesita tomar acción y lo logra dándole la vuelta a la lente (casi literal) con un concurso al aire en el cual premiará a quien revele el secreto más bochornoso de alguno de los ejecutivos de la cadena televisiva. Su idea da frutos y alcanza su cometido, así que justo segundos antes de revelar la información personal del ejecutivo involucrado, la transmisión se corta. La audiencia, sin embargo, demuestra la película, no llega del todo a entender ese manejo falto de ética en la transacción; lo que rescata es esa forma como la vida humana, la intimidad personal, puede ser deshumanizada a favor de unos cuantos segundos de fama, de aparecer en la televisión, de ser reconocido en las calles y vitoreado por no hacer nada más que ir a una cita con alguien, asistir a un evento público y tomarse fotografías con otras personas. En suma, exhibir la miseria de su propia cotidianidad. Lo que queda es el deseo de alimentar la exigencia por un contenido sensacionalista que no aporte al desarrollo humano, sino más bien enajene a la audiencia. Las personas, al menos en la historia, no se dan cuenta de cómo la dinámica afectó a los implicados, en su vida o su desarrollo personal y emocional (desde autoestima a ideales, relaciones personales o medio de aprendizaje). Finalizada la transmisión, sólo cambian de canal, esperando encontrar otra banalidad que llene ese vacío.