Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

Para la literatura el paso de la ficción al realismo fue un momento contundente en su desarrollo. En la narración, en el estilo, en la forma de escritura, manufactura y lectura, el cambio significó una nueva forma de asimilar el arte. Pero las bases del realismo no están sustentadas simplemente en apegarse lo más posible a la realidad del existir y del ser, implican también la forma de relación entre el que escribe y el que lee, cómo esta relación se manifiesta, se forja y se sostiene.

 

Diana Alcántara_ Museo de Durango

Foto: Diana Alcántara, México, 2016

Para el cine la división entre realidad y ficción siempre ha sido una línea tomada con demasiada ligereza, por parte de los que lo hacen y por parte de los que lo miran. Si bien las primeras formas de cine captan la realidad del hombre a través del cinematógrafo (Por ejemplo “Salida de la fábrica” o “La llegada del tren”, ambos trabajos de 1896, de los hermanos Lumière), pronto la imaginación y el relato como narrativa tomó partido en la evolución de este arte; los cuentos fantásticos, los cuentos de hadas y las historias mágicas forjaron las bases de las primeras formas de cine, pero siempre dotadas de cierto grado de realidad palpable que permitiera al espectador relacionarse con el relato que se le presenta.

 

En la actualidad la división de géneros cinematográficos permite hacer una clara diferencia entre historias de ficción y de no ficción; fantasía, terror o acción, por ejemplo, dentro el primer rubro, o historias de vida, biografías y documentales dentro del segundo. Pero la construcción de una película, de cualquier índole, siempre tiene un poco de ficción y un poco de realidad; el guión está construido con una intención empática y estructural determinada, la dirección está orientada hacia una intención audiovisual de impacto, los efectos especiales, el sonido, las actuaciones o los escenarios, todos son componentes del quehacer cinematográfico, trabajados bajo una determinada finalidad e intencionalidad. La noción clara y el entendimiento de esta “realidad” es una de las bases más importantes para el cine.

 

Una película basada en hechos reales está, precisamente, construida a partir de eventos verídicos de los personajes, los contextos o la historia, pero su construcción dentro de los parámetros artísticos y técnicos de la cinematografía obligan a que ésta pase de ser verídica a ser verosímil, esto es, nunca idéntica del escenario en que se formó, pero lo suficientemente apegada a él como para darle su lugar como fundamento inspirador del relato.

 

El lenguaje cinematográfico busca crear tensión y conflicto, despertar intereses o provocar exaltación y, para hacerlo, modifica sus formas con el fin encontrar la vía más plausible para lograr en el espectador el mejor y mayor impacto (sin importar el género del que se trate, lo mismo es para una historia de amor que para una tragedia o para un thriller). Un encuentro entre dos personajes, una huida por parte de los protagonistas, una investigación, un interrogatorio, una pelea, el cine siempre exagera la realidad pues su fin último es establecer una conexión con el espectador.

 

La mímesis es la imitación de la naturaleza (entendida como la esencia de algo), es decir, el reflejo de un sujeto u objeto; la catarsis es liberación, transformación, es una identificación mimética; a través de estas dos formas del discurso las historias son creadas, el fin común es aquella identificación entre la historia y el espectador.

 

Lo más importante es recalcar que para que esa relación se suscite, no es necesario que una historia sea lo más real posible, sino lo más verosímil posible; es factible lograr una identificación mimética con los personajes de una película, con su situación o con su contexto, sin ser necesario vender una idea de realidad absoluta; la ciencia ficción pone en alto esta situación, por ejemplo, haciendo uso de las formas retóricas para hacerlo; lo mismo logran las historias de fantasía, cuya respuesta puede ser tan exacta como las de relatos realistas; o muchas otras historias más, ambientadas en la posmodernidad, pero sin intenciones de absolutismo, sino en su calidad de visión actual.

 

El espectador, por tanto, nunca debe perder de vista la línea divisora entre realidad y ficción, El cine, por más apegado al entorno que presente y refleje (y esa base crítica de análisis al relacionar su historia ficticia con la realidad palpable no es menos importante, al contrario), siempre es un trabajo de ficción, modificado y manipulado desde su creación hasta su distribución y haciendo uso, para ello, de sus herramientas: música,  iluminación o  edición, por mencionar algunas.

 

Si bien el propósito del cine es diverso (informar, entretener, educar, reflejar, reflexionar) respecto a los temas que trata, sus historias siempre van de la mano de un grupo de personas trabajando por alcanzar a una audiencia, con relatos emocionantes, creíbles, mágicos, divertidos, chocantes, etcétera, pero hablando, sin duda, en lenguaje cinematográfico.  El que hace cine debe saber eso, el que ve cine, también.

La llegada del tren

Auguste y Louis Lumière

Francia, 1895

00:49

Foto: Diana Alcántara

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | diana@filmakersmovie.com | México

Guionista y amante del cine, ha estudiado Comunicación, Producción y Guionismo a los largo de los años con el fin de aportar a la industria cinematográfica una perspectiva fresca, entrenada y apasionada. Actualmente cursa un Máster en Comunicación, Periodismo y Humanidades a propósito de enriquecer su mente y trabajo.