11 febrero, 2026

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Bob Dylan ganó el Nobel

Por: Aprieta Tuercas

Platicaba con un amigo sobre el hecho inaudito de que Bob Dylan obtuviera el premio Nobel de Literatura, y cómo la mayoría en el mundillo de las letras había reaccionado con repudio e indignación, incapaces de esconder su envidia, tomándoselo como una afrenta personal. “Ya ves que tienen la piel muy sensible…” Pero mi amigo me interrumpió y, sin mayor preámbulo, cambió el tema y comenzó a relatarme sobre una borrachera épica (así la llamó) que tuvo al cumplir 24 años, la última vez, según él, que perdió el conocimiento:

 

Eso que le dicen el blackout, apagón, censura, pérdida de conocimiento temporal, cuando la mente queda como suspendida, como máquina atrofiada, y se te borra el cassette de lo que pasó durante gran parte de la noche.

 

Fui a uno de esos bares tan comunes acá, con máquinas y juegos de apuesta, tal vez fue un pequeño casino de esos ilegales, medio clandestinos, no recuerdo bien.

 

A mí me da lo mismo apostar, pero mi amigo, con el que fui a celebrar mi cumpleaños ese día, es medio adicto y se puso a jugar con fervor, apostando de a cien. Pero ni qué decir, porque ganó y, además, me prestó su suerte.

 

Al final, entre los dos, ganamos 2 mil de los billetotes verdes, ¡2 mil dolarucos! Así como lo oyes y, pues, ya en la euforia nos fuimos a otro bar y después a un antro, un night club, como le dicen.

 

No creía mi suerte y comentaba sobre esto con mi amigo cuando un tipo se acercó a nuestra mesa, lo miramos sin detalle, pero entabló conversación fácil porque igual ya andaba borracho, y nos pusimos a brindar en gesto de bienvenida.

 

Habrá tenido unos 20 años más que nosotros, parecía simpático y, en cuestión de minutos, platicábamos ya como si fuéramos amigos. Morgan dijo que se llamaba. Había recorrido pocos caminos, casi como nosotros.
Al cabo de una hora, nos pusimos de acuerdo para ir al night club y seguir la fiesta, “la trufa”, como dijo Morgan.

 

En algún momento de la noche, no recuerdo bien, el tal Morgan desapareció. Yo me colapsé en la pista de baile intentando seguramente bailar como latin lover y mi amigo… pues ni sé qué hacía él. Salimos de ahí o nos sacaron y, a las pocas horas, amaneció.

 

Quizá bebimos unas cervezas antes, ahí por la calle del pueblo, sin dirección a casa, como completos desconocidos a la deriva. A esas horas, el pueblo ya estaba solitario, incluso sin grifos como nosotros.

 

Buscamos un taxi para ir de regreso al hotelucho aquél que, creo, era más bien un motel, aunque no de los de “paso”. Pero ¡ningún mísero taxi pasaba! Yo creo andaban fuera, descansando quizá.

 

Pedimos aventón inútilmente, mientras avanzábamos sin rumbo. Para hacer más poético el asunto, el cielo estaba gris y comenté que se venía un aguacero inminente. Así sería el fin de nuestra fiesta, borrachos y hartos y, encima, empapados.

 

Ya perdida la paciencia y la esperanza, resignados a seguir caminando, resoplando el alcohol por nuestras bocas secas y sudándolo en los sobacos y la espalda, ¡apareció un taxi!

 

Se detuvo en la esquina de la calle donde estábamos, a unos metros nada más. Bajó un tipo y desde la puerta del copiloto nos hizo señal de que subiéramos. Creo que también gritó nuestros nombres. Nos fuimos acercando y resulta que el tipo que nos invitó a subir ¡era Morgan!

 

Volvió al rescate de nuestra dignidad, pensé. “Te dije que seríamos salvados, el Morgan nos salvó de esta condena”, comentó mi amigo exaltado. Le dije secamente que no exagerara, era sólo suerte (our lucky day, bastard!).

 

Saludamos a Morgan con efusividad, seguro hasta le dimos un abrazo. Acto seguido, le dijo al taxista que nos llevara a nuestro hotel y ahí nos dejó a los pocos minutos. Ya en la despedida, nos dijo que había sido una gran noche, ojalá se repitiera, “ustedes son buenos muchachos que, además, saben beber…”

 

No lo volvimos a ver. Al día siguiente, con una cruda mísera nos regresamos a nuestro pueblo y, desde esa vez, no he vuelto a reventar así. La verdad es que recuerdo muy poco de ese día, el dinero no sobró pero, sin duda, como dijo el tal Morgan, del que nunca olvidaré su nombre, fue una gran noche.

Fuente: https://www.theguardian.com/cartoons/nicolajennings/

 

Al terminar su relato, yo continué sobre el tema de Dylan, el bardo, el que adoptó el nombre de pila de ése otro gran poeta irlandés del que la verdad he leído muy poco, Dylan Thomas.

 

Bob Dylan, el cantautor, el vagabundo, aquél que ya recorrió los caminos necesarios para ser considerado hombre, ganó el premio Nobel de Literatura. Primer músico que logra este reconocimiento, músico de rock, que no se nos olvide. Por eso, quizá, el premio se siente tan irreal, algo que no ocurrió pero que tuvo lugar. En estos días, he leído acerca de lo que han escrito los del mundillo de las letras, aquéllos que saben, y el consenso es que es improbable determinar si se lo merecía.

 

Para mí, le dije a mi amigo del relato, todo esto me parece una ficción, como si estuviera viviendo un cuento en el que el músico de rock, Bob Dylan, obtiene el Nobel de Literatura y la explicación oficial es que “a través de sus poemas (que son eso en realidad sus canciones) ha logrado trascender las fronteras de los géneros literarios”. En ese mismo cuento, el magnate Trump fue electo presidente de Estados Unidos; los ingleses decidieron separarse de la Unión Europea; el pueblo de Colombia rechazó los acuerdos de paz de una guerra que llevaba más de 50 años; Fidel Castro, el inmortal, falleció; Leonard Cohen, el poeta (quien declaró que darle a Dylan el Nobel era “como haberle dado una medalla al Everest”), también murió; David Bowie, el alien, abandonó el mundo, despidiéndose con una obra maestra que quizá fue el mejor disco de 2016; los Cubs de Chicago ganaron por fin la serie mundial, después de más de 100 años de no poder hacerlo; y tantos otros sucesos que sería mejor que los enumere y aborde quien escriba la novela de esta ficción en el futuro.

 

Sin embargo, coincidimos mi amigo y yo, el Nobel de Dylan es más que merecido. Ha sido un poeta y músico innovador, un visionario. Aunque, la verdad, nadie sabe quién es Bob Dylan en realidad, que es como decir, nadie sabe quién es en realidad y, por ende, el éxito y la fama son absurdos, una falsificación (a misshapen). Cuando le preguntaron a Dylan si se sentía músico o poeta, respondió “no me siento nada”.

 

Continuamos platicando sobre otro tema, y después mi amigo preguntó si quería una cuba con Captain Morgan. ¡Qué perspicaz!, le dije, y abrimos las cervezas, que eran lo único disponible. En ese momento, creí que éramos el bufón y el ladrón bajo la torre de control, sintiendo que la vida no es más que una broma.

 

Fuente: http://vignette4.wikia.nocookie.net/elderscrolls/images/7/79/Western_Watchtower.png/

                                       

Aprieta Tuercas | morellet.blogspot.com | El Mundo

Por un tiempo fue tesorero del coronel Aureliano Buendía, ahora,  intenta hacer crítica o reseñas literarias en sus ratos libres.

 

Knausgaard y el arte de narrar lo trivial

 Por: Aprieta Tuercas

¿Qué pasaría si decidiera escribir una novela sobre mi vida? Por ejemplo, aquélla vez que me detuve en una gasolinera a orinar y pasé a la tienda a comprar una cerveza. De regreso al auto, mirando la máquina despachadora, me di cuenta que había bajado el precio del combustible, así que decidí llenar el tanque mientras bebía un trago y me decía ‘qué raro, la economía está jodida, pero la gasolina cuesta menos’. Si escribiera eso y múltiples sucesos más no pasaría nada. ¿Alguien leería esa hipotética novela? Probablemente no. ¿Habrá algo digno de relatar sobre mi paso por el mundo? No lo sé.

Sin embargo, un escritor noruego se puso a escribir sobre su vida, relatando cada suceso minuciosamente y se convirtió, ‘de la noche a la mañana’, en sensación literaria. ¿Quiere decir, entonces, que cualquier mortal puede alcanzar el éxito si escribe sobre su vida? Por supuesto que no. Intentaré mostrar, en las líneas que siguen, porqué Karl Ove Knausgaard es una excepción, una anomalía en la industria de los libros porque combina calidad literaria con éxito en ventas.

Knausgaard es un escritor de Noruega que alcanzó la fama mundial con una serie de libros autobiográficos titulados Mi Lucha. A primera vista, podrá parecer que el título hace alusión al panfleto que escribiera Hitler; sin embargo, los libros no guardan ninguna relación con las ideas del dictador alemán. La serie autobiográfica consta de seis libros, publicados entre 2009 y 2011 en su idioma original. Hasta ahora, se han publicado los primeros cinco en español e inglés (y seguramente en otros idiomas también, pero ya es redundante enumerarlos).

El libro al que haré referencia en esta entrada es al primero, A death in the family (La muerte del padre, en su traducción castellana). Escribo el subtítulo en inglés porque lo leí en este idioma, no sabía que Anagrama también ya había publicado las traducciones al español. El primer volumen se centra en la muerte de su padre, víctima de un alcoholismo severo que lo orilló a un final humillante. La muerte ocurrió cuando el autor tenía alrededor de 30 años. ‘Mi padre fue un idiota’, escribe Knausgaard, quien era denigrado frecuentemente por él con burlas o golpes. Pero no paró de llorar el día de su muerte, aceptando que, a pesar de su profundo desprecio, siempre quiso a su padre (‘ahora uso sus botas cuando ando en la casa’ declaró Knausgaard en alguna entrevista).

En mi opinión, lo que más atrae de Knausgaard en el primer libro, más allá de revelar su vida privada, es su estilo, su manera de narrar los hechos, con una atención microscópica a lo que sucede en su pensamiento  -su mundo interior- y alrededor –el mundo exterior- mostrando una conciencia de sí mismo que, por momentos y según su autor, es enfermiza. Y lo que resalta de ese estilo laborioso es que no produce tedio. De alguna manera, que no sé explicar, fluye y uno sigue leyendo sin detenerse cada dos o tres páginas porque las descripciones lo aburrieron.

Foto: Amazon | https://goo.gl/R5SJSG
Foto: Amazon | https://goo.gl/R5SJSG

La mayoría de las historias del primer volumen son acerca de sucesos cotidianos: cenar con los padres, visitar a los abuelos, besar una chica, formar una banda de rock con los amigos o emborracharse en año nuevo. Pero la forma de contarlas hace que el lector se sienta en un mundo distinto por los artificios literarios y, a la vez, familiar, porque está basado en la realidad (esa vaga noción compartida de vivir en el mismo mundo). En ese estilo, que ha sido comparado con el de Proust (y agrego a Joyce, aunque no se parezcan ni de cerca sus técnicas narrativas), reside una de las claves de la admiración hacia la obra de Knausgaard.

Una mejor explicación sobre su estilo la encontré, de paso, en un ensayo de George Orwell sobre Trópico de Cáncer de Henry Miller, titulado Inside the whale (Dentro de la ballena). Por momentos me parecía que hablaba sobre la forma de narrar de Knausgaard. Ambas novelas, la del pulcro Miller y la de Knausgaard, encajan en el género que denomina Orwell como ‘autobiografía en forma de novela’, narradas en primera persona porque no es posible hacerlo de otro modo.

Escribe Orwell que Trópico de Cáncer es de esos libros que abren un mundo nuevo por revelar no lo que es extraño, sino lo que es común: está este mundo en el que hemos vivido desde la infancia, donde los asuntos cotidianos los hemos asumido incomunicables pero, de pronto, aparece alguien que se las ingenia para comunicarlos, logrando designar palabras para aquél mundo tan familiar que habitamos, el cual parece, además, que no amerita ser recreado. Los escritores con esta capacidad, como Miller y Knausgaard, escriben sin miedo y con un ritmo de vértigo, como si un torrente cayera en la calle donde estamos parados, y de pronto se quitaran las ganas de buscar resguardo bajo un techo porque se descubre que la lluvia nos reanima y, misteriosamente, nos reconforta.

Revelar ese universo cotidiano crea, en mi opinión, una atmósfera que permea la escritura de autenticidad, donde no importan tanto los sucesos que se narran, sino esa sensación de reconocimiento, de reflejarnos en el mundo rutinario. Esto genera, dice Orwell, que el lector no se sienta solo. Agrega Orwell que al leer ciertos pasajes de la novela de Miller y del Ulises de Joyce (y yo agrego que también en Mi Lucha), sientes que tu mente y la del escritor son una. En este tipo de novelas, el lector entra en contacto, por un momento, con experiencias en las que logra reconocerse, contrario a lo que sucede con la literatura ordinaria, caracterizada por mentiras, simplificaciones y un estilo ‘afectado’.

Aquello de abolir la soledad del lector, aunque sea temporalmente, es paradójico, ya que las novelas fueron escritas por solitarios incorregibles: Miller, Joyce y Knausgaard, quien no sólo escribió Mi Lucha bajo una soledad radical, confinado en un estudio durante días y meses, sino que, a lo largo del libro, se muestra como una persona solitaria que se regodea de su condición y admite, sin vergüenza, no sentir mayor interés por crear amistades. Su motivación esencial es escribir y, ya se sabe, no se escribe acompañado. Su soledad sólo es atenuada por su familia.

Para observar y escribir, hay que guardar distancia. Inevitablemente, escribir sobre el mundo que uno observa implica un acto de crítica. En opinión de Orwell, la actitud de Miller al compartir sus vivencias en Trópico de Cáncer es la de aceptar el mundo y, de este modo, encontrarlo habitable. Para mí, Knausgaard también acepta este mundo y la vida como son, aunque con cierta sorna y resignación rebelde, sin importar la contradicción.

La frase que resume la actitud de Knausgaard es una que repite varias veces en el primer libro, en boca de su abuela y para la que no encuentro traducción: ‘life is a pitch, the woman said. You know, she couldn’t pronounce well the b.’ El escritor noruego agrega en el libro que escribe movido por el anhelo, la nostalgia y el ansia de no sabe qué. Sólo atina describirlo como un fuerte sentimiento sin ningún propósito o fin que lo ha llevado a querer ‘abrir el mundo’ para tal vez encontrar su fuente o, al menos, agotarlo con la escritura. Ese mundo de anhelo es ficticio y, sin embargo, es el mundo real. Entonces, concluye Knausgaard, ‘escribo ficción para combatir la ficción.’

Fuente:  www.wsj.com
Fuente: www.wsj.com

 

Además del estilo, no hay que olvidar que Knausgaard escribe sobre su vida con una honestidad que, para algunos, cae en la indiscreción. Su esposa dijo al respecto, en una entrevista, que se había casado con el hombre ‘más indiscreto del mundo.’ Esto, por supuesto, también podría explicar su éxito de ventas; sin embargo, sus historias evitan el escándalo y el tono morboso de quien busca saciar perversiones ocultas. Usa un tono confesional pero, en mi opinión, él no se confiesa, sino que escribe de sí mismo como un personaje más, porque no encontró mejor forma de crear ficciones.

 

Pienso que fue muy cuidadoso al elegir qué aspectos contar, usando un proceso selectivo en la crónica de su vida, dejando muchos acontecimientos de lado y centrándose en narrar sólo una parte representativa. En ese sentido, en muchas escenas, el lector se queda con ganas de saber qué hicieron los demás o qué pensó él en realidad. A cambio, él prefiere describir con minuciosidad ciertos hechos, como cuando limpió la casa donde murió su padre.

 

En lugar de ser una mera revelación de detalles íntimos, su libro es una obra literaria inédita porque, al narrar las acciones que –siguiendo con el ejemplo anterior− hizo para limpiar el baño de aquélla casa impregnada de muerte, contando qué marca de detergente usó, el color de las manchas, el interior del escusado, los utensilios del lavabo o el esfuerzo de limpiar, tallando las paredes y barriendo el piso, interna al lector en la atmósfera de esa experiencia paralizante. Ese hecho habitual de limpiar la casa que, en apariencia, no tiene nada de literario ni es digno de ser contado, logra trasmitir el dolor y la humillación de tener que poner en orden la casa (y la vida) después de la muerte del padre.

 

En ese acto de narrar lo ordinario, desocupándose de analizar la vida de su padre o dramatizar la escena con múltiples diálogos y discusiones, reside el arte literario del escritor noruego. A través de relatar lo trivial (que algunos han criticado como un ‘no contar nada’), Knausgaard logra expresar el significado de una vida. Es un acto de transferir lo importante a lo cotidiano (al modo de un trasvase), sin devaluarlo y sin exagerarlo. La historia de Mi lucha es, entonces, la suma de actos triviales que conforman una vida. Y Knausgaard declaró alguna vez que escribió esos libros con el corazón.

 

A modo de resumen, creo que el escritor noruego logró que la gente leyera su vida porque se centró en crear literatura y mostró, con un estilo inimitable, el mérito de narrar las nimiedades de la existencia, esas pequeñeces que, al final, conforman los recuerdos y la verdadera huella que dejamos.

Paquidermo

 

En alguna entrevista, el autor noruego dijo que de niño soñaba ser futbolista profesional. En la adolescencia, después de darse cuenta de su escasa habilidad para el futbol, quiso ser un rockstar. Y en la juventud, al admitir que no tenía talento para la música, decidió que su sueño era ser escritor. Y después…

 

Fuente: Twitter Oslo Davis @OsloDavis para  @readingsbooks
Fuente: Twitter Oslo Davis @OsloDavis para @readingsbooks

Aprieta Tuercas Aprieta Tuercas | morellet.blogspot.com | El Mundo

Por un tiempo fue tesorero del coronel Aureliano Buendía, ahora,  intenta hacer crítica o reseñas literarias en sus ratos libres.

 

Por: Aprieta Tuercas

ElAleph 1
Fuente: La-Philosophie.com

Todo está escrito. Ninguna idea es nueva, ya ha sido pensada antes por alguien. No hay tal cosa como pensamiento original o nuevos conocimientos, sino formas distintas de presentarlos. Esto es a lo único que se puede aspirar, dirán algunos deterministas del pensamiento humano y algo de razón tienen, pero se puede aprender a “jugar el juego” como celebraron los Beatles en All you need is love. Por eso, seguramente la idea que voy a presentar ya ha sido escrita y sometida a un análisis de múltiples perspectivas, pero no la he leído aún en ninguna parte y, por eso, decido escribirla.

 

El clásico cuento del Aleph de Jorge Luis Borges, creador de un canon e imitadores por doquier, tiene su origen, en mi opinión, en las ideas del filósofo alemán Arthur Schopenhauer. El genio del escritor argentino convirtió una idea filosófica en un cuento fantástico que sería el destino inevitable de la filosofía si los filósofos tuvieran más ingenio. Pero esta disciplina se resiste y mantiene su rigor formalista de aspecto real. La física, en cambio, es la rama del conocimiento humano que más se asemeja a una historia fantástica. No de héroes, efectos especiales y seres sobrenaturales, sino al elemento fantástico que contiene cada hecho mundano si se inquiere por sus razones, comportamiento o propósito, ya sea una piedra y sus propiedades o la composición del universo. La física y su lenguaje, bien mirados, son el gran cuento fantástico de la existencia o, de otra forma, la vida y sus diversas formas son tan inconcebibles que su explicación produce ensueño y asombro.

 

ElAleph | Aprieta Tuercas
Fuente: http://www.elarcadigital.com.ar

Antes de entrar en materia, no puedo dejar de referirme al inicio de ese gran cuento que alude a la indiferencia del tiempo por los asuntos humanos y la inexorable melancolía que esto produce en quien lo ve pasar. Borges apunta que el día de la muerte de Beatriz Viterbo notó, con dolor, que habían reemplazado un anuncio de cigarrillos rubios en la Plaza Constitución, primer indicio de que el tiempo seguía su curso imperturbable en un universo que se apartaba sin remedio de la mujer amada. Lo del aviso de los cigarros me trae a la memoria el día que vi con mi padre la película Ni sange, Ni arena de Cantinflas, donde el actor se hace pasar involuntariamente por Manolete al ser confundido por el público a la salida de la plaza de toros. El cómico, vendedor ambulante en la película, no tiene más remedio que asumir su papel de impostor y disfrutar por unos días la gloria del torero.

En una escena memorable que dará pie después a la confusión, el Chato (Cantinflas) intenta junto con su amigo el Charifas (Fernando Soto “Mantequilla”, otro gran cómico) entrar sin pagar a la plaza. Después de dos intentos fallidos y lograr escapar de un policía, ambos se acercan muy dignos a la taquilla para avisar a los vigilantes que “allá hay unos que se están colando”. Acto seguido, los dos corren simulando orientar a los guardias y, dejando que éstos se adelanten, regresan a la entrada e ingresan sin problema, libres de la mirada celadora. Antes de colarse, Cantinflas vende puros afuera de la plaza de toros y detrás suyo aparece un cartel publicitario de Cerveza Monterrey, tipo lager. Con sorpresa, mi padre dijo que esa cerveza era de las más populares cuando era niño, pero se había dejado de fabricar hace años.

 

– ¿Cuál cerveza?, dije. No vi el letrero. 

– Una que ya no existe, respondió, como diciendo “qué importa”. Lo miré y noté un dejo de tristeza en su rostro. Ahora interpreto que la súbita conciencia del paso del tiempo había dejado en él esa “melancólica vanidad” de quien atestigua los cambios que anuncian la vejez e, inútilmente, se contrarrestan pensando: “cambiará el universo pero yo no”. 

 

Volviendo al Aleph, después de registrar el cambio en el anuncio de cigarrillos, Borges visitará periódicamente la casa donde vivía Beatriz, resignado a consagrar su memoria. Para su desventura, tendrá que aguantar las conversaciones de Carlos Argentino Daneri, primo hermano de Beatriz, un charlatán con aires de grandeza en el que se apoyará para ironizar sobre el arte de escribir (ya dijo alguna vez Roberto Bolaño que Borges es, ante todo, un gran humorista). Por ejemplo, cuando Daneri le comparte su idea del hombre moderno, el escritor apunta: “tan ineptas me parecieron estas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura.” En otra visita, Borges le ruega a Carlos Argentino que lea en voz alta unos versos del poema épico en el que está trabajando. Al terminar de escucharlos, le parecen tan lamentables que descubre que el trabajo del poeta no está en la poesía, sino en las razones que se inventa para hacerla admirable. “Naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otros.”

ElAleph 3
Fuente: http://www.arcondebuenosaires.com.ar/estacion_constitucion.htm

 

Será Daneri, sin embargo, quien, desesperado ante la amenaza de ver demolida su casa, muestre a Borges el extraño objeto que da título al cuento, ubicado en el sótano del comedor. Ese “lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos.” Relaciono la idea de aquél objeto extraordinario −una simple esfera “tornasolada, de casi intolerable fulgor” (de dos o tres centímetros de diámetro)− con unas reflexiones de Schopenhauer escritas en el libro The Essays of Arthur SchopenhauerEl vínculo no es sorprendente, ya que el filósofo era, junto con el anglo-irlandés George Berkeley, la principal influencia de Borges en materia de filosofía, lo cual, inclusive, admitió con cierto orgullo el escritor en una entrevista de 1977 con los editores del journal Philosophy and Literature. Apunta Schopenhauer en la sección “Genius and Virtue” de sus ensayos (traducidos al español por mi asistente impersonal):

 

El mundo es en sí mismo un milagro. Me refiero al mundo de los cuerpos materiales. Observé, por ello, dos. Ambos eran pesados, simétricos y hermosos. El primero era un jarrón de jaspe con bordes y manijas de oro. El otro era un organismo, un animal, un hombre. Después de admirar por largo rato su aspecto exterior, le pedí a mi asistente que me dejara examinar el interior de ambos. En el jarrón, no encontré más que la fuerza de gravedad y cierto oscuro deseo, en forma de afinidad química. Pero cuando miré dentro del otro, ¡cómo poder expresar el asombro que me causó lo que vi! Más increíble que todas las fábulas y cuentos de hadas concebidos. En la parte superior del segundo objeto, lo que se denomina cabeza, y exteriormente luce como todo lo demás −un cuerpo en el espacio, pesado, etcétera− hallé no menos que el mundo entero, junto con todo el espacio y la totalidad del tiempo en el que se mueve y, finalmente, todo lo que llena ese tiempo y espacio con sus formas diversas e infinitas. La visión más extraña de esta maravilla, sin embargo, fue verme a mí mismo caminando dentro de él. No era una imagen ni una película, sino la realidad misma.  

 

Contrario a la parquedad de Schopenhauer, Borges –mediante su genio literario− describe con palabras un poco más esclarecedoras la incomparable y aterradora magia de su descubrimiento:Vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. 

 

La idea de la mente como reflejo del mundo y viceversa (los espejos son un tema central en la narrativa borgeana)  sostiene la concepción del universo que tenía el filósofo alemán: Mi pensamiento no es más que el espíritu del mundo intentando expresar su pensamiento, es la naturaleza procurando conocer y comprenderse a sí misma. Yo transformo lo que existe, a través de mi pensamiento, en algo que puede conocerse y pensarse. De otro modo, no existiría ni perduraría. 

 

Por ejemplo, obsérvese un enorme edificio. Ese cuerpo pesado y macizo que ocupa tanto espacio existe, sostengo, solamente en la pulpa suave del cerebro. Sólo ahí, en el cerebro humano, puede tener existencia. 

 

Ese cerebro que contiene el mundo y a uno mismo dentro de él es la misma noción detrás del Aleph: el universo, un objeto que nos abarca y que existe en nuestra mente y en la de los demás. Borges, como Schopenhauer con el cerebro humano, puede verlo y describirlo como podría hacerlo cualquier otro mortal ya que, afirma el filósofo: “este mundo es una idea que todas ellas (las mentes) tienen en común, y expresan su comunidad de pensamiento a través de la palabra “objetividad”. Los objetos externos, como el aleph, se encuentran, paradójicamente, dentro del sujeto que los mira y estudia. Es el intelecto humano, según Schopenhauer, quien permite comprender la realidad al separar lo que existe en sujeto y objeto. De otra forma, sólo se percibiría una unidad caótica e ininteligible. Lo cual confirman quienes han sobrevivido a un infarto cerebral. Sin la mente, el mundo desaparece.

ElAleph Slide
Fuente: https://pildorasinformativas.wordpress.com/2011/08/28/564/

 

Parafraseo, al respecto, un popular misterio: si la rama de un árbol cae y nadie la ve, ¿existe? En opinión de Schopenhauer no. Sólo a través de la mente que la percibe cobra existencia. Aunque según Berkeley (citado por Borges en la entrevista antes mencionada), la rama sí existe porque Dios es el que está pensando en ella. El universo es posible, entonces, porque Dios lo piensa, no porque el hombre lo perciba mentalmente. Ante estos líos conceptuales y antes de perderme en ellos, me apoyo mejor en lo que Borges escribió después de admirar la esfera, el aleph: “sentí infinita veneración, infinita lástima.”

 

Paquidermo

Sobre la entrevista de Borges con los editores de Philosophy and Literature rescato dos ideas:

– Borges no intenta construir un sistema filosófico con su literatura, él solamente es un “hombre de letras”. Usa la filosofía como Dante y Milton utilizaron la teología para su poesía.

– Los argumentos no convencen a nadie, dice el poeta argentino ante la pregunta de si una historia es más persuasiva que una reflexión para presentar un argumento filosófico. Incluso si se piensa en pruebas de la existencia de Dios, las parábolas y las ficciones son mucho más convincentes que un silogismo. Jesucristo, por ejemplo, nunca usó argumentos, sino estilo y ciertas metáforas. Por ejemplo, en lugar de decir “no vengo a traer paz sino guerra”, dijo: “yo no vengo a traer la paz sino la espada.”

Aprieta Tuercas
Aprieta Tuercas

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Por un tiempo fue tesorero del coronel Aureliano Buendía, ahora,  intenta hacer crítica o reseñas literarias en sus ratos libres.

 

 

Por: Aprieta Tuercas

CeratiNacerFMM“Nacer para esto”

¿Qué hace a Gustavo Cerati un gran músico? La respuesta simple y directa sería “su talento”, pero tal vez no es suficiente. Contrario a muchos que se pierden en el ocaso después de uno o dos discos, el argentino permaneció vigente en el universo musical durante toda su carrera, como líder de Soda Stereo y, después, como solista. ¿Por qué?

Primero, porque en lugar de seguir alguna fórmula – que dejó bien establecida en canciones como ‘Cuando pase el temblor’, ‘Persiana americana’ o ‘De música ligera’− al modo que la mayoría hace para ser rentable comercialmente (pienso en Arjona, tan alabado por su capacidad de crear la misma canción durante casi cuatro décadas), Cerati logró reinventarse en cada disco, abriendo brecha por terrenos inexplorados en la música latina. Segundo, porque tuvo la complicidad de Zeta Bosio y Charly Alberti para llevar por buen cauce ese talento, sacudiendo sin reparos el río aletargado del rock latino. El resultado fue que el trío de la Soda creó el sonido más original e influyente en el panorama de lo que se denomina “música alternativa.” De solista, también se rodeó de músicos que lograron expresar con fortuna sus ideas musicales, como Daniel Melero, Flavius Etcheto o Richard Coleman, entre otros.

Y tercero, por la calidad de sus composiciones, que va de la mano con su negativa a conformarse una fórmula, atreviéndose a experimentar con nuevos sonidos y formas de componer. Basta hacer un repaso por la discografía de Soda para confirmar este hecho. De ser una especie de adaptación al español de The Cure + The Police en los primeros discos (Soda Stereo y Nada Personal), pasaron a forjarse una identidad en Signos y Doble Vida, hasta alcanzar el grado de clásico con Canción Animal. En este punto, parecía que el grupo ya había pavimentado su camino hacia una gloria confortable, pero decidió bifurcar por una senda azarosa, probando con sonidos electrónicos y guitarras distorsionadas en Dynamo (su mejor disco, en mi opinión). Después, vendría Sueño Stereo para consolidar la fusión rockera-electrónica. Y cuando parecía que aún habría más ramificaciones en su camino innovador, el grupo decidió separarse en 1997, pero poco antes dejó una joya como consuelo: Comfort y música para volar, el cual reelaboró canciones previas –‘En la ciudad de la furia’, ‘Un misil en mi placard’ o ‘Té para tres’− que ya nunca volvieron a ser escuchadas igual.

CeratiTrovadorFMM1

 

Por otra parte, su calidad también quedó establecida en solitario. Antes de la separación de Soda, Cerati ya había publicado su primer disco solista, Amor Amarillo (1994), que perfeccionaba el experimento iniciado en Dynamo. Para muchos seguidores fieles, éste ha sido su mejor disco ya que dejaba en claro que se había adelantado a su tiempo con su “rock electrónico”. En aquél trabajo había una armonía insospechada entre la música de las consolas (‘Pulsar’ o ‘Ahora es nunca’) y aquélla salida de instrumentos más tradicionales (‘Te llevo para que me lleves’ o ‘Av. Alcorta’).

El uso de computadoras para crear música fue llevado al extremo en Bocanada y Siempre es hoy. El primero es considerado su mejor álbum por la crítica especializada –donde también incluyó una orquesta en la canción ‘Verbo carne’− y el segundo fue una secuela más rockera, con ‘Cosas Imposibles’ como emblema. En Ahí vamos regresó a un sonido más tradicional, usando las guitarras como fundamento apoteósico de un viaje que alcanza su clímax en ‘Lago en el cielo’; y, finalmente, en Fuerza Natural (2009), su último álbum, agregó un poco de folk-country a su sonido electro-rockero.

CeratiTrovadorFMM2

 

Anexos a los discos oficiales quedaron tres experimentos: Colores Santos, +Bien y 11 episodios sinfónicos, que fueron tan imprescindibles en su trayectoria como los “capítulos prescindibles” contenidos en la Rayuela de Cortázar. Para resumir, cada disco de la carrera solista de Cerati fue un peldaño más en la escalera espiral hacia el viento que lo llevó a observar horizontes vedados para músicos y escuchas comunes, a la manera de aquél que pudo asomarse un instante fuera de la cueva platónica y vislumbrar un arquetipo.

 

Breve comparación “Tabú”

Mencioné de pasada a Ricardo Arjona líneas arriba, pero ahora lo uso como ejemplo para contrastar entre un músico regular y un fuera de serie. Para ser más claro, recurro a una comparación literaria para establecer la diferencia entre ambos músicos: Arjona es un equivalente al escritor Jorge Bucay en el campo de las letras, ya que los dos han explotado sus fórmulas de composición aplicando el mismo procedimiento en cada nuevo disco o libro, después de descubrir que eran atractivas para millones. Ser del agrado de la mayoría los ha transformado, sin asombro, en “éxitos de venta” o, para hablar en lengua común, bestsellers. Tener fama y vender mucho no tiene nada de malo –en el fondo, todos quieren una rebanada del pastel− pero utilizo la comparación para resaltar el hecho de que un artista exitoso no necesariamente es un gran artista.

 

En cambio, un gran artista sí puede ser famoso y ese fue el caso de Cerati, quien sería una especie de Julio Cortázar, porque ambos rompieron esquemas, jugaron con las tradiciones para reinventarlas e intentaron algo distinto en cada nueva obra (por cierto, Cerati murió el 4 de septiembre, poco después de la celebración por los 100 años del nacimiento del cronopio, quien “vio la luz” el 26 de agosto de 1914). Por otra parte, músico y escritor fueron sensibles al “pulso” del tiempo y navegaron por la cresta del cambio (the times they are a-changin, sentenció para todas las épocas Bob Dylan), guiando a las nuevas generaciones por sonidos o formas de narrar distintas, más acordes con sus inquietudes y pasiones, indescifradas por la generación anterior. Por ello, tanto Cerati como Cortázar fueron seguidos con fervor por los jóvenes.

 

“Marea de Venus”: la alucinación

A Gustavo Cerati se le califica con frecuencia como “poeta” por la calidad enigmática y evocadora de sus letras. Sin entrar en debate sobre su capacidad lírica, para mí sus letras guardan una cualidad alucinatoria que rima sin cortapisas con su música. No un bardo, pero sí un trovador que comunica los ecos de sueños envueltos en atmósferas claroscuras, de guitarras densas y ligeras (“mójate los labios y sueña”, sugiere en ‘La secuencia inicial’). Poco después del colapso lamentable de 2010 en un concierto en Venezuela, que lo dejó en coma durante cuatro años, un amigo me dijo que Cerati parecía haber anticipado su muerte en las letras sombrías de Fuerza Natural. Yo había escuchado el disco antes, de pasada, sin mayor atención. Pero luego noté que, en algunas, hay un dejo de abandono: Me perdí en el viaje/Nunca me sentí tan bien/Todo por delante/Todo está hablándome (‘Fuerza Natural’); Cerca del final/Sólo falta un paso más/Siento un deja vu (‘Déjà Vu’); En el goteo de la soledad/Es el sonido de alguien que pende de un hilo/¿Hasta dónde lo vamos a estirar? (‘Dominó’); Son los juegos de Neptuno/Quién sabe cuánto habrá que remar/Oh oh oh (‘Sal’); y He visto a Lucy/Cuando entró a la habitación/El espacio se curvó/Vimos luces, y el metrónomo de Dios/Puso el tiempo en suspensión (‘He visto a Lucy’).

 

Por algún tiempo asumí que el argentino había entrevisto el final y lo plasmó en estas letras. Luego pensé que quizá sólo estaba buscando frases que confirmaran esta impresión, porque, por otra parte, en el mismo disco había otras canciones que reafirmaban su alegría de existir (‘Cactus’ o ‘Tracción a sangre’, por ejemplo). Y, de cualquier forma, los mensajes “oscuros” estaban incluidos en álbumes anteriores: Separarse de la especie/Por algo superior/No es soberbia es amor/…Poder decir adiós/Es crecer (‘Adiós’).

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Siempre es arriesgado querer interpretar las canciones para encontrar una intención oculta; puede ser la antesala al ridículo, porque generalmente se escriben siguiendo impulsos ambivalentes, sin reflexiones sesusadas acerca de su significado. Y Cerati, en mi opinión, escribía de esta forma.

La suposición del final previsto quedó desmentida también por una entrevista que el músico concedió a Fernando Rivera Calderón el 3 de septiembre de 2009, para promocionar su último disco. En ella, el autor de ‘Nada Personal’ se muestra relajado, ajeno a grandezas y satisfecho con su vida. Considera a Fuerza Natural un disco evasivo, igual que toda su música, porque el objetivo final de ésta es transportar a otros confines, quizá más placenteros que la realidad ordinaria.

 

Confiesa, además, que escribir las letras es lo que más trabajo le cuesta y lo hace después de crear la música: “Tengo que reconocer de que eso es un mayor trabajo para mí, porque no tengo la costumbre de escribir todo el tiempo y sí de hacer música todo el tiempo.” Por otro lado, afirma que es una persona desequilibrada e incluso un tanto bipolar, como la mayoría de la gente (“Dios es bipolar”, escribió en ‘Fuerza natural’) e, incluso, bromea sobre la posibilidad de que Dios sea también sujeto a terapia: “el psicólogo de Dios me gustaría conocerlo… Imagínate la cantidad de conflictos.” Sin embargo, reconoce que la vida artística es desgastante y a los 50 años su prioridad ya no está en los escenarios, sino en su familia.

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Con respecto a la alucinación, Cerati asocia a ésta con la psicodelia, que considera un modo artístico próximo a lo infantil y absurdo, como la “patafísica” o la ló(gi)ca de Cortázar, contradiciendo la noción común de que lo psicodélico es producto de las drogas ácidas. Cita como ejemplo a Syd Barrett de Pink Floyd con su frase de “te mando una carta por un lavaropa”. Dice Cerati: “Los niños en general tienen una psicodelia inherente, ellos alteran el espacio y el tiempo de una forma que a nosotros cuando vamos creciendo nos cuesta más.” Podría inferirse, entonces, que la intención del argentino al escribir es captar esa cualidad infantil a través de metáforas que se convierten en juegos o asociaciones insensatas, en una especie de Rayuela musical que trastoca el tiempo y espacio habituales.

 

Ya lo anunció Cerati en ‘He visto a Lucy’: “Yo alucino y lo haré mil veces más»

Fernando Rivera Calderón entrevista a Gustavo Cerati

Realizada el 3 de septiembre del 2009 en el programa de radio La Noche W

Canal de YouTube: El Weso

40:19

 

 

Aprieta Tuercas
Aprieta Tuercas

Aprieta Tuercas | morellet.blogspot.com | El Mundo

Por un tiempo fue tesorero del coronel Aureliano Buendía, ahora,  intenta hacer crítica o reseñas literarias en sus ratos libres.

 

Por:  Aprieta Tuercas

 Publicado el viernes, 18 de abril de 2014 en morellet.blogspot.com, ahora compartido por su autor en esta página a modo de breve homenaje.

Buñuel Garcia Márquez
Foto: El Pais

Hoy es día de luto universal. Por ello, en lugar de publicar la última parte de la trilogía sobre la hegemonía y el asesino solitario, esta entrada está dedicada a Gabriel García Márquez, uno de los escritores más queridos y citados, y el mejor periodista que ha habido, según mi opinión ranchera. Acepto que escribir sobre el recién fallecido Nobel colombiano es una decisión un tanto oportunista, pero también está motivada por un sentimiento extraño de tristeza. Es raro sentir pena, porque nunca conocí en persona al escritor y empecé a leerlo cuando ya estaba consolidada su fama y prestigio. Es decir, muchos años después de que publicara su obra cumbre, Cien años de soledad.

Hay un vínculo extraño entre escritor y lector que se consolida por la admiración de quien lee, como si el que cuenta las historias fuera un amigo entrañable no visto durante años, pero que está cerca porque revela aspectos extraordinarios de la vida que nuestra inteligencia pierde en el trajín ordinario de la rutina.

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Esta cercanía la sintieron por Márquez millones de lectores, constituyéndose en su cualidad más misteriosa y envidiada, a tal grado que muchos le decían “el Gabo” con inusitada familiaridad. 

 

Lo primero que leí de Márquez -como tantos porque era la obra más citada y preferida- fueron los cien años solitarios y me pareció la novela más completa por tener un final que cerraba sin fisuras la monumental epopeya de los Buendía. En mi lectura ingenua, pensé que la novela tenía la forma de un círculo perfecto porque principio y fin coincidían en el mismo punto. Como muchos, admiré sin reservas a la obra y al autor. Después, renegué de este entusiasmo al considerar que el colombiano había usado hasta el hartazgo la fórmula del “realismo mágico” y, además, era un best-seller. Otra cualidad (o defecto, según la perspectiva) del escritor era haber logrado que lo leyeran quienes se jactaban de no ser lectores. En lo personal y en un arranque de esnobismo, opté por descalificar el resto de su obra como una derivación marchita de la leyenda de Macondo, influenciado por el movimiento McOndo, creado por el escritor chileno, Alberto Fuguet, para criticar el exotismo desmesurado de las historias del colombiano, refutado por la realidad urbana y sin “fantasías” de Latinoamérica, más parecida al mundo consumista anglosajón. Por otro lado, algunos sostienen que Cien años de soledad fue un hito en la literatura y, por tanto, es injusto medir con esta cumbre el resto de las creaciones de Márquez porque era imposible repetirla. Al respecto, recomiendo la lectura de García Márquez: Historia de un deicidio -largo ensayo sobre la obra del colombiano escrito por su amigo Mario Vargas Llosa- para entender de qué manera se gestó el estilo mágico-realista y cómo todas las novelas previas y posteriores confluyen en la saga de la familia Buendía.

 

Recientemente he revalorizado la obra de García Márquez a través de la lectura intermitente de sus Notas de prensa (1980-1984). El libro es una selección de las columnas publicadas durante esos años en el periódico colombiano El Espectador. En ellas, el autor de El amor en los tiempos del cólera escribió abiertamente sobre cualquier asunto de forma menos adornada y, a mi parecer, más contundente porque expresa en dos o tres cuartillas la esencia de su estilo y de algunas historias incluidas en sus novelas. De ahí que piense que es mejor periodista que novelista porque, además, sin la primera actividad jamás habría sido capaz de escribir sus ficciones. Incluso, algunas de sus historias, como Relato de un náufrago o Noticia de un secuestro, son más cercanas a la crónica periodística. Es un ejemplo escaso de una persona que combinó con fortuna dos actividades creativas, de las cuales la base y la cúspide son el periodismo.

El novelista, en su caso, no logró superar al periodista, actividad que el propio escritor consideraba el “mejor oficio del mundo”. Por ello se sentía tan cercano a Hemingway, quien también se había formado en el periodismo, aunque desconozco si el norteamericano fue mejor novelista porque nunca supe qué sucedió con el “gato bajo la lluvia”. Por ejemplo, con sentido del humor llano e incisivo, Márquez comparte en estas Notas un “domingo de delirio” que vivió en Cartagena de Indias con su editor español, en el cual se juntaron tantos sucesos inconcebibles que el visitante le dijo que ‘no había inventado nada en sus libros’ y, para ser francos, era un ‘simple notario sin imaginación.’ Movido por su humildad de grillo, el colombiano no refuta esta opinión en la nota y se dedica a narrar lo que pasó aquél día, demostrando, de paso, el origen de su estilo “mágico”. De la confusión en el aeropuerto por los letreros que indicaban la salida y entrada de pasajeros, Gabo y su editor vieron después cómo el mercado popular más concurrido había sido sustituido por el Centro de Convenciones, un edificio enorme y de costo estratosférico que las autoridades justificaron bajo el argumento de que era necesario para ‘coronar todos los años a la reina de la belleza.’

 

Antes de poder asimilar semejante astucia, el editor visitó la casa de los padres del escritor y experimentó en carne propia el comportamiento peculiar de una familia en la que el padre de 80 años planeaba una excursión por la selva amazónica; la madre de 76 lavaba los platos por segunda vez porque la lavadora eléctrica no lo había hecho bien; una nieta contaba con naturalidad cómo se había visto a sí misma desde la cama cuando regresaba del baño; y la tía Elvira de 84 años llegaba de improviso a la casa, feliz, abriendo los brazos y declarando que venía a despedirse porque ya casi se iba a morir… Como podría esperarse, el escritor tuvo que esforzarse (¿qué le habría dicho?) para convencer al editor de que ésa era su vida cotidiana. Su proceder como reportero (simple notario que consigna la realidad) al escribir ficción lo confirma su impresión de que los escritores de América Latina y el Caribe tienen que reconocer, ‘con la mano en el corazón’, que la realidad es mejor escritor que todos.

‘Nuestro destino y tal vez nuestra gloria, es tratar de imitarla con humildad, y lo mejor que nos sea posible’. La realidad latina es tan copiosa en detalles insólitos que ya no es necesario imaginarla (transformarla), como intentaría un novelista. La gloria del colombiano reside, entonces, en haber sido el mejor al emular esta realidad.

 

Caricatura-de-Gabriel-Garcia-Marquez-600x848En cuanto a su muerte, las notas de prensa mexicanas y colombianas informaron que el escritor padecía cáncer en fase de metástasis y, por su avanzada edad, se descartó la quimioterapia. Encima, era víctima de Alzheimer, diagnosticado desde 2006. Tenía 87 años recién cumplidos el pasado 6 de marzo y ya había superado previamente un cáncer linfático. Por coincidencia extraña, días antes de su muerte leí en las Notas una columna titulada La vejez juvenil de Luis Buñuel, dedicada a la autobiografía que había publicado el cineasta en 1982, preocupado por su pérdida de la memoria, y que motiva una digresión sobre la vejez. Cita Márquez a Buñuel, sin saber que 24 años después experimentaría algo similar: ‘hay que haber empezado a perder la memoria, aunque sólo sea a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye nuestra vida’. El colombiano apunta que empezará a escribir sus memorias en cuanto antes para acordarse de todo. El resultado fue Vivir para contarla, publicada en 2002, donde hace un recuento de su juventud e infancia. Muchas de las notas incluidas en el libro que refiero incluyen recuerdos de esta época, como el asesinato real que inventó Crónica de una muerte anunciada; el viaje iniciático en buque, de Barranquilla a Bogotá, por el Río Magdalena; o el encuentro a distancia en París con su querido Ernst Hemingway.

 

Para quienes esperaban otro volumen con los recuerdos de la edad adulta deberían adentrarse en esta selección de columnas, que incluyen un sinnúmero de vivencias, como la noche de terror que vivió junto a su esposa en un castillo medieval de la campiña toscana; los cables interceptados y descifrados de la CIA cuando trabajaba en Prensa Latina, que permitieron anticipar el desembarco en la cubana Bahía de Cochinos; la locura vivida durante el día más caluroso en Ámsterdam, donde hasta las computadoras se negaban a funcionar con normalidad; o su último encuentro con el panameño Omar Torrijos, un día antes del accidente fatal del general. Sobre la condición indeseada de hacerse viejo, Márquez da un consejo simple: la vejez se contiene no pensando en ella y viviendo hacia el porvenir.

 

Miro la última fotografía publicada el 6 de marzo por su cumpleaños: Gabo viste impecable de traje gris con una flor en la solapa. Sonríe y aplaude a los reporteros que fueron a su casa a cantarle “Las mañanitas”. Es un viejo joven. Ajeno a sentimentalismos, la muerte del colombiano significa la partida de un escritor universal (de ahí que sostuviera al inicio lo del luto universal) y uno de los más queridos. Al lado de Guerra y Paz, Crimen y Castigo, Madame Bovary, La comedia humana, Historia de dos ciudades y obras afines, estará Cien años de soledad. Como escribió el periodista Jon Lee Anderson, García Márquez será extrañado como un padre.

 

Paquidermo

El mejor cuento de García Márquez fue aquél que cuenta la historia del hombre que se extravió para siempre en sus sueños. Soñaba que dormía en un cuarto igual al que dormía en la realidad y, en ese segundo sueño, soñaba de nuevo que dormía en el mismo cuarto. El despertador sonaba en la mesa de noche de la realidad y el dormido empezaba a despertar. Primero tenía que despertar del tercer al segundo sueño y, lo hizo tan lentamente, que el despertador dejó de sonar. Tuvo entonces la duda de estar en el cuarto real o seguir en el segundo sueño. Cometí el error de dormirme otra vez para intentar descubrir un indicio más certero de la realidad en mi segundo sueño. Fracasé y, por consiguiente, me dormí en este sueño para buscar la realidad en el tercero, después en el cuarto, el quinto y así sucesivamente. Con desesperación, empecé a despertar hacia atrás, del quinto al cuarto, del cuarto al tercero, etcétera, pero perdí la cuenta y pasé de largo por la realidad. Empecé a soñar, qué remedio, detrás de la realidad, en otros cuartos, hasta perderme en la galería sin fin de cuartos iguales. Dormido para siempre se paseaba de un extremo a otro de los sueños incontables, sin encontrar una puerta de salida a la realidad. En un cuarto de número intraducible, la muerte fue su alivio.

–    Ligera alteración del proyecto de cuento nunca escrito por García Márquez, que lo emparentaba con Borges y, a su vez, con Kafka (El mar de mis cuentos perdidos, 25/08/1982).

 

Foto: Aprieta Tuercas
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