Mickey 17
Por Diana Miriam Alcántara Meléndez
Si se analiza la historia de la humanidad, el ser humano bien podría ser catalogado como un depredador nato; destrucción y aniquilación de ecosistemas, apropiación de tierras y colonización constante, explotación de otros entes o recursos para su beneficio, es parte de lo que caracteriza a cualquier sociedad, pasada o presente. La manipulación y el daño de sus alrededores, sean personas, espacios, lugares, relaciones, instituciones y, por supuesto, otras especies.

La película Mickey 17 (EUA-Corea del Sur, 2025) habla de esto, pero también reflexiona temas derivados, como la valoración de la vida en función de una relación productividad-desempeño-aporte, el llamado capital humano llevado al límite de su capacidad para ser superexplotado, las jerarquías sociales inequitativas o la estructuración de sociedades sometidas y poco pensantes, enajenadas y explotadas en favor de una minoría que se cree superior y controla a partir de abuso, opresión, violencia e ignorancia. Escrita y dirigida por Bong Joon-ho, basándose en la novela literaria homónima de Edward Ashton, la cinta está protagonizada por Robert Pattinson, Naomi Ackie, Steven Yeun, Toni Collette, Mark Ruffalo y Anamaria Vartolomei. Se ambienta en un futuro distópico, 2054, en que la vida en la Tierra es casi imposible debido al deterioro del planeta, por lo que se están enviando misiones espaciales hacia otras galaxias, con la intención de encontrar un lugar habitable para colonizar. Mickey Barnes, el protagonista, se une a una de estas misiones huyendo de un usurero que amenaza con matarlo si no paga el dinero que debe por un negocio fallido, en el que Mickey se vio envuelto por confiar en su oportunista supuesto mejor amigo, Timo. Convencido de que no tiene nada que aportar, sin ningún oficio o habilidad que resulte ‘útil’, se ofrece (sin haber realmente leído la letra pequeña del contrato), como ‘prescindible’, que es como se les denomina a personas que aceptan ser regeneradas cada vez que mueren, por medio de una tecnología prohibida en la Tierra, que ‘reimprime’ su cuerpo y reimplanta sus recuerdos. La nueva condición de Mickey deriva en que le asignen tareas peligrosas, bajo la justificación de que su sacrificio se hace en nombre de la humanidad. Sin embargo, en el entendido de que si muere no hay consecuencias, porque simplemente es ‘reimpreso’, poco a poco deja de vérsele como una persona, un ser que piensa, siente, vive y experimenta, para pasar a ser tratado como un objeto, uno que no importa, cuya vida no vale, a quien se ‘recicla’ una y otra vez, sin tomar en cuenta el impacto emocional que el constante ciclo vivir-morir pueda tener en él.

¿Cuánto vale una vida y quién decide su valor? Mickey asume que se mide en función de rendimiento, eficiencia y producción; en esta lógica, si no hay nada práctico que pueda hacer dentro de la nave, ¿cuál es su aporte, función u objetivo? Desde luego no se toman realmente en cuenta sus ideas, decisiones, experiencias, aspiraciones, capacidades, sueños y trascendencia. La realidad es que el mundo en el que vive lo plantea así, inequitativa y deliberadamente, a través de jerarquías sociales, derechos de propiedad y valores costo-beneficio: cuánto se invierte en alguien, lo que come, viste, en dónde duerme y qué necesita, en relación a los beneficios, participación y contribución que puede ofrecer. Aquí el ‘prescindible’ es visto como desechable, al grado que no importa quién es Mickey, sino para qué propósito sirve su particular condición y cómo es más redituable o ventajoso explotarla. Por ejemplo, si hay un virus del que se busque una cura, una reparación necesaria que hacer en el exterior de la nave o un medicamento experimental que probarse, Mickey es el elegido para la tarea, justo porque su vida no es vista como la de cualquier otra persona, sino como una mercancía-objeto que se utiliza y puede repararse; algo que se aprovecha, no alguien que existe. A raíz de esto el único sostén emocional de Mickey es Nasha, su novia, alguien que parece valorarlo por quien es, no por lo que pueda sacar de provecho de él, aunque eventualmente así suceda, si bien sólo sea por un breve momento, una vez que aparecen dos clones de Mickey y ella propone la forma más ventajosa para ella, sexualmente hablando, de aprovechar ese escenario.

Luego de 16 fatídicas muertes y de finalmente aterrizar en Niflheim, un planeta helado, tras cuatro años de viaje y otro más de acople a las condiciones de la superficie, Mickey 17 es enviado a explorar. El problema es que cuando lo dan por muerto, eligiendo por él ese destino en lugar de esforzarse por ayudarlo a salir de la cueva en que cayó, Mickey hace contacto con la especie nativa, unos seres que parecen insectos gigantes; éstos, eventualmente bautizados por el humano con el nombre de Gusanos, lo salvan y ayudan a regresar a su nave. Para entonces Mickey ya ha sido sometido al proceso de ‘reimpresión’, resultando en los dos clones que Nasha elige inicialmente esconder, más para sacar partido de esto que preocupada por las consecuencias, Mickey 17 y Mickey 18. ‘Múltiples’ es como se les denomina a las varias copias de una misma persona existiendo en un mismo espacio y tiempo, un escenario que trae consigo preguntas éticas dentro de la ciencia, pero también en relación al comportamiento humano. Aquí los múltiples han sido prohibidos debido a un previo abuso de la tecnología que hace posible la ‘reimpresión’ de un individuo, que es en esencia un acto de clonación que pone en entredicho la esencia, individualidad e identidad de las personas. ¿Qué nos hace humanos? ¿Ser únicos, vivir, morir, existir o pensar? Los múltiples y la tecnología de clonación fueron prohibidas en la Tierra precisamente porque jugaban irresponsablemente con ideas como creación, muerte, eternidad, identidad e individualidad. ¿Qué significa en una persona ser o saberse original? ¿Qué significa para alguien ser un clon? ¿Es la clonación una extensión del ser original o un individuo independiente, con sus propios derechos, responsabilidades, decisiones y autonomía? ¿Es el ser original responsable de las acciones de sus clones? ¿Si alguno de ellos comete un crimen, qué tan culpables o cómplices son los demás? Deseoso por vivir, Mickey 18 intenta matar a Mickey 17, alegando que es ‘su turno’ ya que, en esa lógica el otro ya tuvo un periodo vital para sí mismo. Su razonamiento plantea la noción de que cada Mickey es la continuación de una misma vida, un Mickey original que sigue existiendo, simplemente en un nuevo cuerpo cada que el anterior perece. No obstante, Mickey 17 plantea que pesar de esta apreciación, en realidad, si se trata de dos clones de un mismo original el ciclo se rompe, evidenciando que no es un mismo hombre que haya vivido 17 vidas, sino que hay 16 humanos que han muerto sin que nadie tome consciencia de ello. “¿Tienes miedo de morir? Has muerto muchas veces. ¿De qué tienes tanto miedo?”, pregunta Mickey 18 al otro. “Hasta ahora, he muerto y sólo nacía de nuevo. Sentí que era yo quien continuaba. Pero ahora una vez que me muera se habrá acabado para mí. Serás tú quien siga viviendo”, contesta aquel. Sus inquietudes muestran tanto el temor humano a la muerte, vista como un fin definitivo, contrario a la idea de continuidad que implica la existencia de los múltiples, como revelan también que cada uno de esos clones vive, experimenta, piensa y siente de forma única, porque no es el mismo ser, sino seres autónomos que comparten los mismos recuerdos de alguien más.

Según Nasha, explica Mickey, cada una de sus versiones es y se comporta de manera distinta, tienen una personalidad única, ideas propias y pensamientos particulares; ningún Mickey es igual al anterior, por mucho que su físico sea el mismo y sus recuerdos vengan del mismo disco duro que los almacena. Su pasado no está alterado, pero su presente sí, por lo que Mickey 17 y 18 no son precisamente idénticos, ni por dentro ni por fuera. Mickey 18 es más osado, directo y agresivo, mientras su versión anterior es callado, introvertido, complaciente. Ante la perspectiva de su aniquilación, porque los múltiples están prohibidos, ambos se plantean la posibilidad de una existencia en paralelo, de alternar cada aspecto de su vida con el fin de coexistir, compartir en lugar de exterminar, un razonamiento que se vuelve importante una vez que Kenneth Marshall, el político a cargo de esta misión espacial, plantea masacrar a los Gusanos a fin de instalar su colonia en Niflheim, pues aunque éste es su planeta, su tierra y su derecho, la actitud del humano es arrebatar, asumiendo que son superiores, mejores, más dignos de tener, vivir y regir sobre este espacio. La mentalidad de Marshall alimenta esta filosofía depredadora, al ser un hombre que profesa una ideología de supremacía, de superioridad de raza y exclusividad de derechos, que cree que hay personas más ‘puras’ y sólo ellos pueden y deben prosperar. Su pensamiento es conservador al extremo, discrimina, cree que la gente a su alrededor sólo está para servirle y de paso consiguió que su misión espacial fuera financiada por una organización religiosa que lo alaba como profeta, porque se alinea con sus ideas a conveniencia y a cambio de su dinero, reflejo de un modelo capitalista (la oligarquía capitalista: grupos empresariales y de propiedad privada con el poder político de influir en su beneficio), tan actual como preocupante. Marshall es egocéntrico, se afianza al poder controlando y engañando; no le importa la misión sino la parafernalia mediática y publicitaria con la que pueda promoverse a raíz de ella; se la pasa posando para las cámaras que documentan todo lo que hace en lugar de ser un líder que inspire y guíe a su gente hacia la colaboración, el trabajo en equipo y la supervivencia. A Marshall no le importa que el hombre viva, le interesa que los libros de historia lo recuerden a él como precursor, así que no le importa matar a toda una especie para tomar control de su planeta, sino hacer alarde de que fue él quien lo hizo. Cuando comienza a trazar el plan a futuro, por ejemplo, elige a una joven que según él cumple con los requisitos del tipo de individuo que alaba: Kai, una mujer bella, inteligente, capaz y en plenitud. “Corriste a unirte a nuestra expedición en lugar de a uno de esos patéticos planetas donde plantan microchips en sus embriones inseminados artificialmente. Realmente eres la candidata perfecta para el programa de parto natural de Niflheim, ¿no te parece, querida?”, le dice a ella. “Señor Marshall, ¿soy sólo un útero para usted?”, responde Kai. “Nada de eso. No, este hombre no es de los que cosifican a las mujeres. Todo lo que mi marido quiere decir es que tiene estándares muy altos. Su único sueño es un planeta exclusivamente para una raza humana pura. Que consume cosechas reales y carne real y cenas con salsas delicadas y deliciosas. La salsa es la verdadera prueba de fuego de la civilización. Las personas que devoran carne quemada, son bárbaros”, defiende Ylfa, la esposa de Marshall, una mujer igual de egocéntrica que él, manipuladora, banal, que se aprovecha de aquellos a su alrededor y sólo actúa en favor de alimentar su vanidad y arrogancia; que con sus palabras esconde o disfraza algo que Kai acertadamente ha señalado: ha sido elegida para un programa que pretende encasillarla en el papel de madre, limitándola en su desarrollo, y sí, cosificándola, instrumentalizándola.

En el fondo, en efecto, la verdadera intención de Marshall e Ylfa es invadir y arrasar, a pesar de que, como bien señala Nasha, en Niflheim los alienígenas son ellos, no la especie nativa. Asimismo, la intención del humano es huir de su planeta para colonizar otro en lugar de sanar y reconstruir; la sociedad condena la clonación humana, más por motivos religiosos que por reflexiones científicas, pero la acepta si se realiza fuera de la Tierra, como si no ver lo que sucede elimine los problemas éticos; usarla, aunque sea incorrecto, mientras se haga a su favor y lejos de su mirada y responsabilidad. Las acciones de casi todos estos personajes parecen resumirse en abusar de otros para beneficiarse a sus expensas, reflejo del humano como especie. Una sociedad que coloniza y explota en nombre del progreso, como hace con Mickey y al llegar a un planeta hasta entonces desconocido. Todo es ganancia y beneficio. Aunque el humano está obsesionado con la inmortalidad y la vida eterna, que es una extensión de su deseo de trascender y continuar con su narcisismo, el problema es que en lugar de ganar con ello libertad, esclaviza al individuo. Sucede claramente con Mickey y su calidad de prescindible, destinado a morir y renacer por toda la eternidad, casi como si se tratara del mito de Sísifo, visto en negativo y no en positivo, un castigo en lugar de una oportunidad de crecimiento. La realidad es que en el modelo gubernamental, social y organizacional como el que impone Marshall, de autoritarismo, es que en él todos son prescindibles, no sólo Mickey. Aquí nadie es único ni especial, menos imprescindible, ni siquiera aquella minoría al control que maneja los hilos de manipulación, aquellos que convierten todo en espectáculo, especialmente la violencia y la muerte. Si somos tan indiferentes y fácilmente reemplazables, si el capital logra que todo pueda ser cada vez más controlado por el 1% y la ciencia consigue que todo se deshumanice y automatice, ¿cuánto vale una vida en este escenario, en donde nacer, vivir y morir es cada vez más banal e irrelevante? Da la impresión que no habrá mañana si hoy el humano lo depreda todo.
Mickey 17, 2025, Dir: Bong Joon-ho
Diana Miriam Alcántara Meléndez | México
Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.














Diana Miriam Alcántara Meléndez



Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.





Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.





Andrés Palma Buratta




Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.
Se afirma que la verdad es relativa porque no puede ser absoluta, porque al analizar un hecho o proceso entran en juego el contexto, las circunstancias, las sensaciones, los prejuicios y hasta la información o narrativas generadas alrededor de ella, ya que esto la moldea, le da perspectiva, le confiere valor, permite apreciarla, sopesarla, evaluarla y decidir. Por eso los puntos de vista cambian, porque se construyen a partir del entorno histórico, político, social, cultural, personal y relacional, de forma que cada quien vive y juzga una experiencia en función de su situación y posición ante las variables que rodean cualquier evento. Si bien no hay una sola verdad, sí puede haber muchas mentiras; si bien no hay una sola versión de los hechos, no todos son forzosamente verdaderos o contados con veracidad. De esto trata la película El último duelo (EUA, 2021), dirigida por Ridley Scott y escrita por Ben Affleck, Matt Damon y Nicole Holofcener a partir del libro ‘The Last Duel: A True Story of Trial de Combat in Medieval France’ (El último duelo: una historia real de crimen, escándalo y juicio por combate en la Francia medieval) de Eric Jager. Protagonizada por Damon y Affleck junto a Jodie Comer, Adam Driver y Harriet Walter, la historia se basa en un hecho real, el último duelo judicial o juicio por combate permitido que se haya documentado en Francia.
Este duelo a muerte era un sistema oficialmente reconocido para resolver acusaciones que se suponía no se podían solucionar a través de un juicio más tradicional con base en las pruebas disponibles, de forma que quien ganara el duelo en esencia ganaba el juicio y esto era visto como que aquella persona tenía la razón, pues su victoria ‘era respaldada por Dios’. El duelo en cuestión se llevó a cabo en 1386 e involucra a Sir Jean de Carrouges, un caballero noble que acusa al escudero Jacques le Gris de violar a su esposa Marguerite. La cinta presenta los hechos a partir de los tres puntos de vista de los involucrados, señalando así similitudes y divergencias en el recuento de lo sucedido y revelando, con ello, cómo es que lo que una persona puede percibir insignificante, otro puede verlo como trascendental, significativo para su propia vida; o cómo es que un mismo acontecimiento puede sopesarse de una forma tan distinta según hizo sentir, pensar o reflexionar a los implicados. Lo que para uno es olvidable para el otro lo marca de por vida. El recuento en tres versiones distintas también hace evidente la deteriorada relación entre Carrouges y Le Gris, que pasaron de ser amigos a enemigos por las vicisitudes de sus relaciones económicas, políticas y sociales, dejando a Marguerite en medio de todo, a la defensiva, en desventaja y defendiendo su verdad en un mundo acostumbrado a no escuchar a las mujeres o en el que, especialmente en aquella época, el abuso sexual era algo que se callaba e incluso aceptaba como algo normal y cotidiano, porque, en el mejor de los casos, no se veía como una falta hacia la mujer, sino a su esposo, en calidad de propietario y responsable de su esposa. Marguerite pues, queda en medio de dos egos que la miran como un premio, de forma que el duelo no pretende hacer justicia plena, más bien resulta ser la excusa perfecta para poner fin a una rivalidad sustentada en envidia, egoísmo y vanidad.
Carrouges, por ejemplo, no demanda a Le Gris y luego lo reta a un duelo a muerte para defender el honor de su esposa, sino para salvaguardar su propia reputación y, desde luego, para dar cauce a su especial interés en denigrar, condenar y matar para vengarse de un hombre al que tacha como responsable de su mala fortuna; un Le Gris que, según Carrouges, que lleva años orquestando una campaña en su contra, traicionándolo, humillándolo y robándole su gloria. Posible esto porque el escudero tiene el respaldo absoluto, como favorito que es, del Conde Pierre d’Alençon, el Regente de las tierras en las que viven, la Corte de Argentan, quien es, a su vez, primo del rey Carlos VI, lo que le confiere un poder y autoridad sin restricciones, pues sólo responde ante el Rey. Los acontecimientos, desde los ojos de Carrouges, presentan un Le Gris más bien poco talentoso, inepto en algunas cosas pero taimado y traidor, que se la ingenia para conseguir el favor y la gracia del Conde con persuasión, sumisión y manipulación, eventualmente llevándolo a hacerse de favores traducidos en tierras y títulos que, por azares del destino, o tal vez, inducidos por el mismo, recibe quitándoselos a Carrouges. Según éste, Le Gris es alguien que siempre ha querido lo que él tiene y, en consecuencia, es alguien que lo menosprecia. Según Carrouges, él es el héroe y Le Gris el villano. En su opinión la afectada no es su esposa sino él mismo, ya que ve la agresión como una venganza o falta dirigida hacia él; esta idea demuestra una actitud tan machista y misógina como egocéntrica, alimentada por una sociedad en la que el hombre se ve a sí mismo en el centro de todo, en la que incluso para la ley, sus representantes y todo el sistema social quien importa es el varón, nunca la mujer, pues quien tiene derechos, honor, propiedades y valor es él, no ella. Carrouges quiere venganza para saciar sus emociones y está convencido que sus acciones son nobles, pues pelea batallas a favor de su Rey y, por ende, se considera merecedor de alabanzas; lo que en el fondo revela la posición social de Marguerite, un bien más de su esposo, tratada como un objeto, como propiedad, no como una persona. A pesar de haber sido agredida, no tenía derechos ni control ni poder, ni ella ni cualquier mujer en este contexto; acusada de infidelidad, provocación, escándalo y promiscuidad, arrinconada a tener que cumplir expectativas, de la época y sobre todo de los hombres, para sobrevivir, exigiéndole ser fiel, recatada, obediente, sumisa y callada.
Las cosas no son muy diferentes desde la perspectiva de Le Gris, que se mira a sí mismo también como víctima. Insiste que nunca hubo una violación porque la relación sexual, según él, fue consensuada, ya que, igualmente según él, la atracción con Marguerite era evidente a raíz de la que considera una relación marital insatisfactoria para ella, o lo que es lo mismo, culpa y responsabiliza a Marguerite de sus propias acciones, convencido de que lo que hizo estuvo bien y además era su derecho, en relación directa a verse más honorable y digno que Carrouges, el esposo de ella. Ello es reflejo de la perspectiva autoritaria y patriarcal de los señores propietarios de la época, acostumbrados a tratar a las mujeres con prepotencia, violencia y como simple objeto sexual. La idea de fondo, al contrastar ambas versiones de los hechos, es que los hombres se atreven a decidir sobre lo que suponen Marguerite quiere, piensa, siente o necesita; su esposo dicta y reprueba el abuso en función de su papel como marido, no de lo que realmente vivió ella. Le Gris a su vez también actúa en busca de imponer su voluntad, porque está convencido que su palabra, su versión de los hechos y su opinión, es la correcta, o la verdadera. Le Gris y Carrouges se comportan como si el problema social, legal, ético y moral no recayera en una acusación de violación o el abuso a una mujer, sino en una rivalidad entre hombres que no pelean ‘justamente’ entre ellos, una enemistad que se sostiene en su propio machismo. Según Le Gris es él y no el otro quien buscó conciliación, atribuyendo el favoritismo del Conde a su habilidad militar e intelecto erudito, por tanto, justificando el rechazo del primo del Rey hacia Carrouges en lo que cree es un constante intento de su examigo por menospreciarlo y atacarlo. En corto, para Le Gris sólo importa Le Gris y para Carrouges, sólo importa Carrouges. El detalle es que el verdadero error de ambos es medir los problemas sociales en función de su propio narcisismo, ejemplificando cómo las normas y la organización del sistema no están para hacer justicia sino para inclinarse a favor de aquellos con más dinero, influencia o posición social. Carrouges, por ejemplo, se niega a presentarse a la audiencia con el Conde porque sabe que de hacerlo la demanda sería decidida por él, quien fallará automáticamente a favor de su amigo, haciendo evidente que el sistema de justicia, administrativo y legal, no tiene nada que ver con velar por el bien de la comunidad, sino por los intereses de aquellos cercanos a las esferas de poder. El propio Pierre se lo dice a Le Gris cuando le explica que si el caso cae en sus manos, con facilidad podrá decidir sobre la situación, absolverlo a él y argumentar que Marguerite inventó o soñó lo sucedido, menospreciando y minimizando así su voz y su verdad, callándola en lugar de escucharla e, indirectamente, validando como aceptable la actitud de su amigo, un Le Gris que habría abusado de ella por el mero hecho de poder y querer hacerlo.
El duelo mismo no representa ni verdad ni justicia, es simplemente una estrategia para difuminar la conversación verdaderamente importante: el trato equívoco, injusto y reprobable que hace la sociedad hacia la mujer; y el intento de aminorar e ignorar los abusos hacia ellas que se presentan tan imperceptibles como insignificantes. La creencia aquí es que en un duelo judicial, ‘Dios decide el caso’, como si la justicia fuera divina y mágica, como si escapara de las manos de la sociedad, sus normas, su organización y los derechos que todo individuo debería tener por el simple hecho de ser humanos, ciudadanos, personas. Sin embargo, esa ‘justicia divina’ tampoco rectifica las cosas para Marguerite. En algún punto, hacia el final de la cinta, Carrouges le reclama a su esposa, alegando que su denuncia podría costarle la vida, como si luchar por la verdad fuera un error, como si la verdad no importara o como si ella no importara. Lo que Carrouges olvida y que ella bien le reclama es que Marguerite misma está sacrificando tanto o más que él, pero además en nombre de la justo y correcto, no de la presunción y la soberbia, como hacen tanto Carrouges como Le Gris.
Marguerite habla de lo sucedido y reclama ser escuchada sabiendo que la gente desaprobará y señalará sus acciones, la volverá blanco de burlas, rumores, calumnias y críticas, porque asumen que miente o que ella es la culpable del abuso, por el simple hecho de que si sucedió, ella lo permitió. Si Marguerite defiende la verdad a pesar de la vergüenza, errores de juicio y habladurías, es porque exige ser tratada con dignidad, porque lo que dice importa, porque la verdad importa, lo suficiente para desafiar los cánones, prejuicios, al sistema y a las instituciones; todo está en contra de ella, ya sea que hablemos de su esposo, su Rey, la Corte y la iglesia, entendiendo que de perder Carrouges el duelo, ella pagará también con su vida pues será acusada por haber levantado falsas acusaciones, recordando que quien pierde el duelo no tiene el respaldo de la verdad, para entonces ya convertida en un espejismo, un pretexto. Todo termina por ser un circo, un espectáculo para las masas, un duelo que en realidad funge como medio de entretenimiento, una lucha a muerte que al final no tiene nada que ver ni con la denuncia ni con la falta cometida, un enfrentamiento en el que Marguerite no gana, sólo pierde, sin importar cuál de los dos hombres salga victorioso. Si lo hace Le Gris, ella será torturada y quemada viva al encontrársele culpable de adulterio y de calumniar a un caballero; por ende, de haber cometido un pecado; si lo hace Carrouges, entonces su esposo se lleva los aplausos y la gloria, dejándola en la misma posición de desventaja social y familiar, en la que nada cambia, vista y tratada como un objeto o propiedad del hombre a su lado, como era común catalogar y, así, denigrar a las mujeres en aquella época. “La violación no es un delito contra la mujer. Es un delito de propiedad contra su tutor masculino”, dice en algún momento un clérigo consultado para llevar la defensa de Le Gris, dejando ver que para las personas en ese contexto histórico, político y social, la mujer no importa ni vale nada; por consiguiente, cualquier acción en su contra es sólo una vía para barajear otros asuntos, como juegos de poder y de supervivencia, de traición o venganza.
El tercer recuento de los hechos, el de Marguerite, muestra que nada es lo que parece, que ni Carrouges ni Le Gris son perfectos como ellos se pintan, que en cambio, ambos son toscos, petulantes y soberbios, no sólo con ella, también con cualquiera a su alrededor, una situación normalizada y aceptada socialmente. Realidad que cientos de años después de cuando la historia tuvo lugar sigue siendo vigente, preocupante y recurrente: hombres con poder, egocéntricos, que se preocupan y ocupan con sus venganzas y autocomplacencias, que se ven a sí mismos como héroes, al menos de sus propias historias, escudándose en conceptos como honor, justicia o verdad, legalidad o divinidad, que arrebatan y someten porque creen que es su derecho, porque en su mundo alardear, presumir y pasar sobre otros es la base del éxito. Para cualquier persona que se mira por encima de los demás, peor que perder no es no ganar, es ni siquiera participar y pelear, es no ser protagonista, por eso su versión de los hechos siempre está por encima de todo, porque no la ven como una porción de la realidad, sino como un absoluto que no se puede desafiar y que, por lo mismo, quieren imponer siempre su punto de vista, sus creencias su ideología y su cultura; ese es el mayor peligro que enfrenta la sociedad actual.