Las brujas de Salem
Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez
Los juicios por brujería en Salem, ocurridos en la región que actualmente cubre Massachusetts, en Estados Unidos, entre 1692 y 1693, fueron falsas acusaciones procesadas formalmente por la autoridad. Ese señalamiento, sin fundamentos, que pese a todo fue llevado a juicio y condenado, demuestra no sólo el despliegue del fanatismo religioso, que justificaba el castigo en el incumplimiento de las normas puritanas que se profesaban en esa época, sino también el poder de la calumnia, el rumor y el chisme, así como la forma como el gobierno puede tomar el control y pisotear las garantías individuales de las personas en nombre de un supuesto bien común, que manipula a su beneficio, no el de la comunidad.
Personas fueron procesadas, llevadas a juicio y encontradas culpables, basándose más en lo que se quería creer que en las pruebas mismas. Las acusaciones eran por brujería y herejía, pero el trasfondo de la situación, que dejó cientos de presos y al menos 19 muertos, era mucho más complejo. El hecho histórico se ha estudiado desde diversos puntos de vista, explicándose por algunos, por ejemplo, como un delirio masivo o intoxicación por alucinógenos, que tomó esas ideas puritanas religiosas y las llevó a un extremo que hizo a la gente perder de vista la realidad. Sin poderse saber con exactitud cómo y por qué sucedió este fenómeno social, lo que queda son deducciones sobre el comportamiento humano, sustentado en un análisis de una realidad plagada de perturbación, venganza, manipulación, miedo, palabrería y fanatismo, todo amplificado.
Los juicios marcaron para muchos la forma de percibir la realidad, la religión y las relaciones sociales, pero el acto social como tal dejó su huella en la historia. Desde entonces por ejemplo la frase ‘cacería de brujas’ se refiere a falsas acusaciones que llevan a juicios, literales o no, sustentados en mentiras y calumnias que señalan y acusan de una forma manipuladora y engañosa.
En 1952 el dramaturgo estadounidense Arthur Miller (1915-2005) escribió una obra de teatro basándose en estos juicios, con eco en su propio contexto social, los años 50 y el macartismo, un periodo histórico en Estados Unidos en que el senador Joseph McCarthy (1908-1957) realizó una persecución criminal mediante una serie de acusaciones, interrogatorios y juicios a personas ‘sospechosas de ser comunistas’. Aquella obra de teatro, originalmente titulada ‘The Crucible’, fue adaptada al cine por Miller mismo. En español Las brujas de Salem (EUA, 1996), la película fue dirigida por Nicholas Hytner y protagonizada por Winona Ryder, Daniel Day-Lewis, Paul Scofield, Joan Allen, Bruce Davison y Karron Graves, entre otros. Nominada a dos premios Oscar, mejor guión adaptado y mejor actriz de reparto, para Allen, la historia se centra en Abigail Williams, una joven obsesionada con un hombre casado, John Proctor, de quien desea que su esposa Elizabeth muera, para que él la elija a ella.

Abigail y sus amigas son un grupo unido que, quizá por su edad, los cambios sociales producto de esta vida en ‘el nuevo mundo’ (la región era una colonia británica asentada en Estados Unidos) o ambas cosas, buscaban libertad y divertimento, gustan de bailar y jugar en el bosque, algo no bien visto en la sociedad puritana, con ideas conservadoras profundamente arraigadas, que conducen a la intolerancia y la segregación, así que, cuando alguien sugiere que las jóvenes practican la hechicería, Abigail, la líder, señala a Tituba, una mujer de Barbados, esclava que convive con ellas, como la culpable de todo. Lo que inicia como un juego aparentemente inocente, y después como una mentira exculpatoria, se convierte en una oportunidad para muchos de sacar provecho de la situación. Algunos vuelcan toda su desesperación hacia Tituba, culpándola de bruja, y por tanto, responsabilizándola de sus desgracias. La presión cae sobre el reverendo Parris, tío de Abigail, quien se ve forzado a traer a alguien, el Reverendo Hale, para investigar las acusaciones demoniacas.
La presión hace que Tituba confiese autoculpándose y diga lo que los otros quieren oír. Abigail aprovecha entonces para hacerse la víctima y decirse presa del poder de los espíritus. El juez Thomas Danforth, que es llamado para el juicio, se obsesiona con cubrir su propia agenda, encontrar y enjuiciar, dadas sus ideas fanáticas sobre el asunto (castigar al pecador para mantenerse en la gracia de Dios). Tituba es de antemano encontrada culpable por un pueblo que quiere castigar a cualquiera que puedan culpar de su mala fortuna, así como un grupo de jueces que ejercen el poder que tienen para demostrar su superioridad intelectual y religiosa, la pureza de sus almas y presentarse ante la sociedad como los ‘salvadores’. Desde luego lo que menos importa es el esclarecimiento de los hechos, sino sancionar a los supuestos culpables para que sirva de castigo ejemplar hacia la población. Una práctica común a lo largo de los siglos.

Pero para Abigail sobre todo, más que para las otras chicas, la primera acusación es un intento por librarse del regaño por el baile y sus demás juegos infantiles que de por si tienen prohibido, pero lo que sigue es el uso cruel y premeditado de la influencia que pueden lograr, al darse cuenta de lo fácil que es acusar al otro, para castigar y vengarse, oportunidad que otros, eventualmente, en el pueblo, encuentran también útil para cubrir sus propios fines. Después de todo, en la comunidad hay resentimientos, envidias, recelos, rencores y ánimos de venganza, por hechos pasados y conflictos no resueltos. No tarda para que muchos otros sean señalados por brujería sin el más mínimo fundamento o prueba. La gente acusa a sus enemigos, a sus vecinos, a las personas con las que tienen algún conflicto o a las que consideran culpables de algo que les haya traído penas en el pasado, hasta que, inevitablemente, alguien señala a Elizabeth Proctor.
John sabe, por Abigail, que todo comenzó como una mentira conveniente para ella y las otras niñas, pero confesarlo implica revelar que habló con ella a solas, algo socialmente mal visto dado que él está casado. John insiste que la gente se dará cuenta por sí sola del engaño, pero cuando los que lo hacen también son acusados y Abigail se va sobre Elizabeth, John confiesa al Reverendo Hale lo que sabe, logrando que el otro se dé cuenta, por razón y lógica, que la acusación misma, sin ser investigada, puede ser una mentira bien recubierta. Hale duda, pues entiende que el juicio y la condena que se está haciendo, se realiza sólo en la palabra (el rumor, el chisme), en la acusación, no en las pruebas.

Cuestionar a las únicas personas que hasta ahora no han sido acusadas (Abigail y las chicas), sería la forma más lógica de llegar a la verdad, sin embargo, también la más difícil. Las jóvenes que aseguran ser testigos y víctimas de la brujería tienen ya un poder de convencimiento difícil de refutar, dudar o eludir, y pretender hacerlo e indagar lo verídico de las acusaciones coloca a quien lo hace en el estrado de los inculpados. Los juicios se han guiado por la palabra de un grupo de personas que dice lo que quiere según le conviene, no por lo que es; su palabra se ha tomado como verdadera al grado que es más convincente que la verdad misma, porque así les conviene a los involucrados (los que acusan, los que enjuician o los que se benefician del encarcelamiento de otros), por lo tanto, negarla, analizarla o señalarla, ir en contra de lo aceptado por la mayoría, es mal visto. Para entonces, por conveniencia o por seguridad propia, es más aceptado alinearse con lo que dice la mayoría, que pensar, o decir la verdad, o investigar, porque ir en contra de lo que dice y quiere la gente en el poder conlleva ganarse castigos y venganzas, pena y desdicha.
¿Por qué la gente actúa así? ¿Por qué no razonar e investigar, con temperamento y paciencia? No hay evidencia ni sustento en las acusaciones, pero los aldeanos ven y creen lo que quieren ver y creer, según puede ser usado a su favor y eso es más fácil para ellos. La calumnia y la mentira cobran fuerza cuando lo importante no es la justicia, sino la apariencia de ella. La historia refleja con tino esta realidad aún presente en el siglo XXI, en que las personas pueden ser llevadas a la hoguera, metafórica y literal, al juicio y al señalamiento, por un simple efecto de inercia: alguien acusa sin fundamento, la gente lo toma como verdadero, lo repite y se lo cree, resultando en un castigo basado en nada más que palabrería, justificada y validada no por la demostración de su veracidad, sino por el efecto de repetición masivo y sin razón. Si lo dice alguien con poder es cierto, si lo dice la mayoría es cierto, si lo dice tal o cual medio, personalidad o publicación, es cierto, por ejemplo, son algunas de las creencias ciegas que se oyen en la actualidad. La ignorancia y la estupidez como factores predominantes en las relaciones sociales, hoy como hace 350 años.

“Las apariencias engañan”, dice John en un punto de la historia, pero, ¿cómo darse cuenta de ello? y, más importante, cómo evidenciarlo, justificarlo, demostrarlo y sustentar la justificación, cuando la apariencia es tan beneficiosa para el otro que vivir engañado es mucho más cómodo para todos, o para casi todos. Si alguien quiere tanto creer en la mentira, es difícil hacerle entender no sólo la verdad, sino la importancia y relevancia de ésta. Las personas creen lo que quieren creer. La gente no se atreve a luchar por la verdad cuando hacerlo es castigado y mal visto, cuando la libertad de pensamiento y crítica se enfrenta a la necedad del otro y, por tanto, al señalamiento y el linchamiento. ¿Cuántos acusados inocentes no ha habido a lo largo de la historia, cuya condena se basa en mentiras, rumores y manipulación? Es tan fácil dejar rodar la mentira que crece como bola de nieve para hacer de la falsedad un hecho comúnmente aceptado.
Lo vive por ejemplo Mary, una de las amigas de Abigail, quien trabaja para John, que acepta que todo lo que las chicas dicen sobre ver el demonio y ser presas de la brujería no es más que teatralidad, a veces ensayada, a vece espontánea, pero tan convincente para algunas de las niñas que de verdad se lo creen y reaccionan acorde. Mary confiesa, pero no todos la quieren escuchar, porque validarla implicaría contradecir sus propias palabras, lo que los pondría en evidencia. Aunado a ello, Mary duda si debe hacer lo correcto, porque sabe que las otras chicas se irán en su contra. En efecto, ante la primera oportunidad, acusan a Mary misma de bruja, sabiendo que la simple denuncia es suficiente para que la encarcelen. Mary termina por retractarse y negar la verdad, para librarse del castigo. Y así como Mary, muchos viven en el pánico y la histeria, desconfiados de sus vecinos, vigilando y sabiéndose vigilados, acusando a la primera discrepancia que haya entre ellos.

Qué es negar la verdad sino una forma de mentir, y mentiras son sobre las que se construye esta sociedad. Una vez que los primeros condenados encuentran su muerte y Abigail huye, los jueces se quedan con un pueblo que comienza a resentir lo que está sucediendo. Para dar por concluidos los juicios, que han dejado resentimiento y odio, se decide usar a John como estandarte, como persona respetada del pueblo, para pedirle una confesión falsa y a cambio perdonar a los demás. John tiene mucho que ganar, salvar la vida de su esposa embarazada y la vida de los otros enviados a la muerte, pero tiene aún más que perder.
John tendría que mentir y esto significa no sólo tachar su nombre, el nombre de su familia y el de aquellos que, como él, están acusados falsamente, sino que hacerlo es darle la razón a la gente que ha mentido, los jueces, Abigail, los líderes religiosos. Él considera que es mejor sacrificarse y morir, sabiendo que al menos así demuestra sus principios, su verdad y su ética, sopesando ‘morir en la verdad’ que ‘vivir en la mentira’, por lo cual prefiere elegir el camino que considera el más correcto. ¿Qué clase de persona sería, cómo vivir consigo mismo, qué ejemplo daría a sus hijos, si aceptara una culpa que no le corresponde?

Elizabeth y Hale aceptan su decisión, respetándola, pero cuántos no, al contrario, la condenan. ¿Tiene un precio la verdad? ¿Cómo es que pesa más el rumor y la falsedad, la calumnia y la mentira? ¿Qué se necesita para parar la ‘caza de brujas’? ¿Ética, verdad, persuasión, cultura, conocimiento, razón, o todas las anteriores? ¿Puede hacerse, cuando dados los intereses de por medio, el que gana, gana mucho y el que pierde, puede perderlo todo? Tal como sucedió con los juicios de Salem, el tiempo, la perspectiva, la evolución cultural y la valoración crítica que se gana con el distanciamiento del objeto que se analiza, lo dirán.
Las Brujas de Salem
Dir. Nicholas Hytner
Trailer 2:29

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México
Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.









Superación significa vencer obstáculos, pero la palabra superar también implica ser superior a alguien. Idealmente se logra demostrando mejores habilidades y/o conocimientos, no pisotear al otro para lograr sobrepasarlo. ¿Pero, cómo se llega a alcanzar tal maestría? ¿Presionando hasta lograr que la persona sea el mejor o la mejor versión de sí mismo, o dejándolo crecer hasta el punto que ella o él elijan? ¿Hay enseñanza, educación, aprendizaje e instrucción en un escenario en que se exige empujar al otro al límite, o ello conlleva invariablemente abuso, control, dominio y autoritarismo? El problema se vincula con el ejercicio de autoridad en el proceso educativo. El maestro enseña, pero también debería aprender y dirigir su enseñanza con respaldo en una capacidad argumentativa racional que fundamente y legitime su actuar, justo para evitar que sus subordinados, es decir, los alumnos, consideren sus órdenes como impositivas, irracionales, fuera de lugar.
¿Alcanzar la grandeza a toda costa, incluso si esto significa perder humanidad? Educación para llegar el éxito es un camino indispensable en la vida pero, ¿dolor y castigo con tal de ser el mejor, es correcto, lo vale? Estas son algunas de las preguntas que plantea la cinta, ganadora de tres premios Oscar (mejor mezcla de sonido, mejor edición y mejor actor de reparto, para Simmons), además de dos nominaciones más, a mejor película y guión adaptado. En el fondo, una mirada crítica al sistema educativo basado en la autoridad indiscutible de los docentes, en la competencia en las relaciones sociales entre los alumnos y en la falsa idea de que hay un solo camino para enseñar a cualquier estudiante.
¿El profesor enseña, instruye, forma o facilita? Además de que el cómo logre que el alumno encuentre su potencial, es la parte delicada, susceptible a írsele de las manos. No es con abusos ni debería ser bajo esa filosofía de ‘la letra con sangre entra’, un refrán que se refiere a la educación a través de una disciplina exigente que llega a los golpes, a la violencia física, porque la violencia no instruye valores, empatía y ética, sino todo lo contrario. ¿De quién ‘aprende’ más el estudiante, o qué experiencia le hace mejor, aquella en la cual el profesor le condona los errores o aquella en que el profesor se asegura que el alumno no vuelva a cometer ese error? El ideal es el balance. No es dar palmadas compasivas en la espalda para evitar el dolor de la caída, pero tampoco es golpear, metafórica y literalmente hablando, por el error cometido. No es que el profesor infunda tanto miedo en el estudiante como para obligarlo a no volver a cometer una falta, para tampoco es hacer como que ‘no pasa nada’. Es, en todo caso, instruirle en qué se equivocó y en cómo mejorar y cambiar para ser mejor.
Consigue la posición como baterista principal por un error (la partitura del titular se pierde y como él se sabe la melodía de memoria, puede tomar el asiento principal durante una competencia musical) y luego se aferra a su posición creyendo que ha alcanzado el respeto de sus similares. Pero si alcanzar el éxito implica ser el mejor, y a los ojos de Fletcher es imposible ser el mejor, siempre habrá una prueba más arriba de la última prueba. Fletcher llama entonces a otro suplente, para presionar a Andrew a seguir ‘probando su valía’. No importa entonces cuánto se esfuerce y trabaje, sufra y se sacrifique, nunca será lo que el otro quiere que sea. Andrew y los otros no entienden que lo importante no es complacer a su profesor, sino estar contentos con ellos mismos, satisfechos de su propio desempeño. ¿Pero qué significa estar contentos con ellos mismos, como músicos?Parece que no lo saben o no se atreven a preguntárselo, porque la figura de autoridad frente a ellos es tan imponente, que la sombra (el castigo, la crítica y el control) pesa en sus hombros.
¿Cuántos ‘Fletchers’ no hay en la vida de las personas? Sin duda muchos, más de los que se pudiera desear, quizá no igual de abusivos, prepotentes, controladores y crueles, pero sí simbólicamente hablando. Superarse a sí mismo requiere esfuerzos, pero no bajo órdenes sin límites, que llevan a la persona a ser ‘el mejor’, según los estándares de alguien más. ¿Cómo poner y ponerse límites? Para Andrew sucede cuando se ve envuelto en un accidente automovilístico y antes de preocuparse por su bienestar, corre al escenario preocupado por la aceptación y reconocimiento de sus similares en la música. Para otro estudiante, ese límite llega al extremo cuando, derrumbado por la crítica no constructiva, sino hiriente, su estado de angustia y ansiedad lo lleva a la depresión y eventualmente al suicidio.
Iván Uriel Atanacio Medellín
Evolución es transformación continua. Especies que cambian conforme pasa el tiempo, según lo define el naturalista inglés Charles Darwin (1809 – 1882), quien añade que la selección natural es parte vital de ese proceso de adaptación. Se trata entonces de la forma natural (o curso lógico) como las diferentes especies cambian, crecen, se van modificando y van dando paso a nuevas.
La cinta, protagonizada por Sam Neill, Laura Dern, Jeff Goldblum, Richard Attenborough, Bob Peck, Martin Ferrero, Samuel L. Jackson, Wayne Knight, Joseph Mazzello y Ariana Richards, trata de un empresario que quiere, a solicitud de los inversionistas de su proyecto, el aval de un grupo de expertos en diferentes ramas de la ciencia para un parque de atracciones caracterizado por la presencia de dinosaurios, cuyo ADN ha sido mutado genéticamente y luego clonado. Mientras la aventura y el relato de supervivencia y acción crece por una serie de errores humanos que provocan que los dinosaurios puedan salir de sus jaulas y atacar, empujando a los visitantes a huir para salvarse, el planteamiento trae consigo más que secuencias fantásticas y una revolución tecnológica, sobre todo para su época, en el terreno de los efectos visuales, pues también plantea preguntas importantes sobre temas como la evolución, la experimentación científica y genética y sus peligros, la ambición corporativa y las consecuencias de los imprevistos de la vida, la incertidumbre, y la mala planeación o preparación para afrontarlos.
El personal de los laboratorios de este parque espera tener el control de la situación porque ha mantenido todo bajo la lupa de sus microscopios, pero ese control nunca es posible de alcanzar al cien por ciento porque no pueden esperar que animales que no conocen actúen de la forma como ellos quieren que actúen, en lugar de la que su instinto natural les dicta. No prevén tampoco que la modificación genética que han hecho al ADN cambie de una forma u otra al dinosaurio en sí. Éste caza, depreda, destruye y no puede ser contenido por un grupo de humanos que no conocen lo que significa la dimensión de un ecosistema antiguo y extinto, traído a la actualidad. Subestimarlo es subestimar a la evolución misma y a la naturaleza como fuerza incontrolable que se rige bajo sus propias reglas. “No es posible reprimir un instinto primitivo que tiene 65 millones de años”, dice uno de los paleontólogos, cuando se dan cuenta que el Tiranosaurio Rex no hace caso a la cabra que los cuidadores le presentan como alimento en medio de su jaula. El tiranosaurio no quiere comer, quiere cazar.
La reflexión es importante porque cuestiona la falta de ética, pero al mismo tiempo analiza cómo estas personas se escudan en un estandarte de aparente progreso, con fines mucho más allá que el del mero avance científico. El progreso como estímulo y meta del quehacer humano que con tanto optimismo han proclamado los defensores de la industrialización a ultranza, de la urbanización como mejor forma de vida y del saber de expertos como la palabra definitiva para hacer las cosas, sin ponerse a considerar el aspecto humano, solidario y de interés colectivo que el bienestar social también exige. El sabotaje de las instalaciones, por ejemplo, es producto de un acto de venganza de uno de los trabajadores, que ha encontrado a quien vender la información genética que hace posible el proyecto, en un intento también de la competencia (corporativa y del capital), por no quedarse rezagados. Su traición satisface su ego y el robo llena esa satisfacción, mientras la venganza, hacer que los sistemas operativos colapsen, no es más que ese sentimiento traducido en una necesidad de llenar su ambición y perjudicar al otro. En suma, valora el progreso en términos de su bienestar personal, igual que lo hace el empresario que desarrolla el proyecto del parque de diversiones, o los científicos que sienten que dominan a la evolución natural.
“Nunca ha tenido el control. Esa es la ilusión”, le reclama una de las personas invitadas como observadores al visionario creador del parque, con respecto a cómo el proyecto no es más que un espejismo, nunca realmente tangible, real o posible. Él, el empresario, explica que de niño tenía un circo de pulgas, que en realidad no tenía pulgas, sólo juegos que se movían mecánicamente. La gente, sin embargo, parecía convencida de ver a los animales. Por tanto, él espera esa misma reacción, ese mismo asombro de parte de los asistentes al parque, pero esta vez a partir de algo real, dinosaurios que están ahí, no que la gente se imagina que están ahí. En este caso su sueño es más grande que él, porque es un imposible, algo que, como le dicen, nunca estuvo realmente en sus manos para poder presentárselo al mundo.
El constructivismo ruso, movimiento artístico y arquitectónico que apareció antes de la revolución rusa pero que cobra su importancia durante la misma y sobretodo después, a modo de representación icónica de la victoria sobre el imperialismo zarista, funciona como revestimiento mítico del cambio de identidad que la sociedad rusa estaba demandando después del octubre de 1917. Pasar de la Rusia zarista y una sociedad en su mayoría campesina, oprimida, esclavizada, a esta nueva sociedad industrial, futurista, capitalista y socialista, requería, por un lado, un arte que representará esas coyunturas ideológicas, políticas e idiosincráticas y por otro una narrativa filosófica para la naciente Unión Soviética. No es un concepto nuevo a estas alturas, y lo vemos en todos los gobiernos del color que quieran a lo largo y ancho de la historia qué, a través de la construcción (del diseño e ingeniería más pura y dura) de las obras públicas, se aspire visibilizar la idea megalómana del progreso, la modernidad, el avance positivista. Mientras más apoteósicas y grandilocuentes sean esas obras, mayor la marca que se deja en el recuerdo del ciudadano que sin duda servirá en la próxima votación. Pero, más allá de lo concreto del movimiento como manifiesto de una época y un estilo para relatar la nueva imagen país a través de un rol protagónico de las artes y la arquitectura, de la mano de su aplicación material en el cambio social, desde una lógica completamente funcional, a través de propuestas objetuales utilitarias para la industria, que sirvan al tiempo, al entorno, al régimen y que respondan a un método organizado que plasme las ideas socialistas en edificios monumentales, que a su vez representen la grandeza del proletariado y el socialismo, lo interesante, y el objetivo de este artículo, es discernir, discutir, analizar la conexión, de como este movimiento influenció, o más bien, sus conceptos más ideológicos fueron tomados para construir ciertas obras de ciencia ficción creadas 50 años después, en plena guerra fría, en los grises años 80 del bloque de una Unión Soviética, donde justamente, toda esa obra constructivista estaba completamente resquebrajada, lleno de moho, humedad, derruida, convertida en elefantes blancos, abandonada, molesta, estéticamente despreciada (locaciones perfectas para la escenografía de lo post apocalíptico que justifica y da pie a varias de esas películas) como la misma ideológica agónica que aún trataba de mantener en pie estas grandes construcciones canónicas del socialismo. El constructivismo como símbolo, que seguía existiendo en esos tardíos años del bloque, se negaba a morir, seguía siendo parte del entorno, obras muy presentes, indestructibles y por lo tanto muy permeantes dentro de la sociedad. Estos fueron sus decorados, la arquitectura convertida en personaje, la distopía como telón de fondo y los temas teóricos las interrogantes.
Por otra venía, me parece que el existencialismo, o más bien, algunos elementos de esta corriente literaria y filosófica, también son parte de la construcción de personajes que pululan estás historias postnucleares que repletan el imaginario de la ciencia ficción de los últimos años del bloque soviético. Es cosa de analizar los personajes de Dostoyevski para encontrar esas similitudes en los protagonistas de estos filmes. Personajes sin mucho aprecio por la vida, más bien con un desprecio profeso, un auto desprecio, con esa carga de contradicción que finalmente no te hace asegurar nada en concreto porque tu lucha con la existencia es un constante tormento y lo único que provoca es vivir en estados febriles que hacen que estos seres divaguen entre la realidad y el sueño constantemente. Tomando como puntapié la obra “Memorias del subsuelo” vemos como el Hombre del subsuelo protagoniza un deambular persistente y miserable (al igual que su propia consideración) por las ciudades, frías, oscuras, sucias (los personajes de Dostoyevski vivían en la época zarista) en busca de esas experiencias fenomenológicas del individuo que constituyen a través de sus actos la naturaleza humana. A pesar de la carencia de cualquier creencia ajena a él (aunque el existencialismo de Dostoyesvki partía desde la moral cristiana, temática bastante recurrente en la ciencia ficción soviética) desemboca en esa necesidad de saber el significado de la vida, el génesis de la especie, la creación de una nueva sociedad (ya no del individuo, sino del organismo), la llegada del mesías bajo formas de fantasías salvajes, el constructivismo como símbolo de una nueva raza, el relato mítico, rituales arcaicos, el abandono de los dioses, la existencia de la libertad, o más bien la falta de ella, ya sea física o metafísica (La libertad se convertiría en el mayor tópico del cine de ciencia ficción no solo Ruso). Un claro ejemplo de la presencia de estos signos se da en Na srebrnym globie (1988) de Andrzej Zulawski, donde un grupo de astronautas llegan a un planeta similar a la tierra, buscando libertad, pero paulatinamente van muriendo, dejando descendientes que evolucionan de forma primitiva, creando nuevos mitos y dioses. Esperando esa llegada del mesías, que eventualmente llega en la forma de otro astronauta, que es convertido en dios.
La yuxtaposición de estos personajes existencialistas con el universo del constructivismo ruso revela a la perfección ese momento álgido del socialismo utópico de la ciencia ficción soviética de los 80. No deja de ser interesante, además, que el fin de la existencia sea protagonizado justamente por los existencialistas, personajes rebeldes, sí, con un marcado sentimiento apático frente a la existencia, el nihilismo en su máxima expresión, “La vida no vale la pena, pero hay que vivirla” escribe Camus, pero sin perder esos elementos paradójico y de parodia presente en la obra existencialistas. El absurdo, la mistificación de la existencia, que aparece ya en ciertas obras como Ga-ga: Glory to the Heroes (1986) de Piotr Szulkin.
Andrés Palma Buratta

Polémico sin duda, el producto es altamente recomendable para los fanáticos de los deportes y para una nueva generación de aficionados que no conocían la trayectoria de Michael. El material de archivo es extraordinario, y destacan las secuencias que narran los títulos de 1996, 1997 y 1998, como batallas épicas al tiempo que los vericuentos y visicitudes se suceden uno a uno. Varios temas quedan al debate, qué habría pasado de Jordan de no retirarse un año y medio y con ello prácticamente dos temporadas, 1994-1995, en las cuales los Rockets de Houston de Hakem Olajuwon conquistaron sendos títulos, su paso al béisbol, el profundo dolor que sintió ante la trágica muerte de su padre y su regreso, que ante los resultados primarios le hicieron readaptar su físico al básquetbol y recuperar su cetro. Las imágenes están plenas de nostalgia, especialmente las correspondientes al Dream Team de Barcelona 1992, su segunda medalla de oro, o los detrás de cámaras mientras filmaba la cinta Space Jam de 1996, cuando en 1995 previo a su regreso y a pleno rodaje reunió a varios compañeros para volver a jugar; así mismo, ver a figuras como Spike Lee, Bob Costas, Justin Timberlake, entre otros, ofrece un contexto generacional al que también acompañan jugadores del salón de la fama como Larry Bird, Magic Johnson, John Stockton, Patrick Ewing o Reggie Miller, incluyendo al recientemente fallecido Kobe Bryant o a los ex presidentes Bill Clinton y Barak Obama.
Michael Jordan irrumpió los años ochenta como torbellino el mundo del básquetbol, pero de igual modo el mundo del espectáculo que encumbra figuras afroamericanas de extraordinario talento y carisma, que transformaron la cultura como menciona el mismo ex presidente Obama, Oprah Windfrey, Eddie Murphy, Lionel Richie, Stevie Wonder, Arsenio Hall; deportistas como Walter Peyton, Carl Lewis, Jerry Rice, entre otros, y dominando la escena Michael Jackson, quien en 1992 de la mano del Dangerous, invitó a Jordan para aparecer en el videoclip del sencillo Jam. Michael Jordan se convirtió en un ícono de las marcas deportivas, encumbró a Nike y su propia llínea Air Jordan, y dejó su sello como el acróbata máximo de la liga a finales de los años ochenta, pero sería a partir de su primer título con los Chicago Bulls, que no solo daría inicio a la dinastía más famosa, sino que brindaría a los noventa un dominio abrumador. Incluso en 1994 cuando en plenas finales NBA la atención se volcó sobre el caso de OJ Simpson, el deporte dio cuenta de la valía mediática de Jordan, que entonces estaba retirado.
El legado de Michael Jordan es innegable, como los recuerdos y vivencias que se acompasan al escuchar el tema Sirius de The Alan Parsons Project de 1982 y que durante el segundo triplete, 1996-1998, se convirtió en un sello de la era Jordan. Ningún atleta puede compararse al impacto mediático de Jordan, aunque varios comparten los debates de su olimpo, sea en su propio deporte como Karem Abdul Jabbar, Bill Russell, Wilt Chamberlain o Lebron James, o en otros deportes, Mohamed Alí, Robinson, Marciano, Jesse Owens, Carl Lewis, Usain Bolt, Mike Spitz, Greg Louganis, Michael Phelps, Nadia Comaneci, Simona Biles, Pelé, Maradona, Messi, Laver, Borg, Sampras, Federer, Nadal, Djokovic, Schumacher, Sena, Fangio, Niklaus, Tiger Woods, Joe Montana, Peyton Manning, Johnny Unitas, Walter Payton, Jim Brown o Tom Brady, por citar algunos, que compiten voluntaria, involuntaria o a la consideración de fanáticos y expertos, por ser los mejores de sus deportes o posiciones, una denominación que en inglés se abrevia GOAT, Greatest of All Time, denominación que no por casualidad, inició con Michael Jordan. Ahora bien, lo más atractivo y por demás interesante del serial, es la figura de Jordan como compañero de equipo, como líder y como jugador, tres posiciones distintas, y es ahí donde el debate incrementa el morbo y atención del documental, Jordan no es tan amigable, no es ameno sino duro, difícil, de trato adusto y hasta cierto punto coercitivo hacia los objetivos.
The last dance ha cumplido a todas luces su tarea, informó, removió, cautivo, interesó, emocionó y entretuvo a millones de personas en el mundo en medio de una pandemia que además de enfrentar la lucha por la vida misma, tiene al confinamiento la ausencia de deportiva, el serial provocó a muchas y a muchos atletas para redoblar esfuerzos, algo que lo hicieron incluso hicieron público varias celebridades del medio, pero también a quienes buscan al día a día dar lo mejor de sí, con sacrificios y esfuerzos, con dolor y penas, dando fuerza y aliento. Recordar es vivir gravita en la nostalgia, y el documental hizo evidente que se extraña lo querido, como esas imágenes grabadas para siempre en la memoria y que ahora serán analizadas, valoradas y estilizadas en el aire que e propio Jodan acusó a su vuelo.
Iván Uriel Atanacio Medellín
No es que todo contenido en medios audiovisuales, desde películas hasta publicidad, o el material compartido por usuarios personales o empresas en las plataformas por internet, sea así (aunque sí la mayoría) ,es sólo que la fuerte influencia que éstos espacios tienen en el modelo sociocultural, los vuelve herramienta clave en los procesos de manipulación y control.
Pese a que primero duda de lo que este grupo proclama, John descubre que tienen razón y que la sociedad está siendo dominada, sometida y de alguna forma amaestrada y condicionada, por medio de mensajes codificados y espacios publicitarios controlados por nada menos que alienígenas, mensajes encubiertos que incitan a la población, entre otras cosas, a comprar, consumir, obedecer, mirar la televisión, aceptar el estatus quo y dejar de pensar por sí mismos. La intención evidente es promover el consumo, asumir una actitud conformista y de pasividad extrema ante la vida, bloqueando así la posibilidad de crítica, todo ello mediante la repetición sistemática de consignas que están contenidas en forma subliminal en la publicidad emitida.
Esta idea lleva al segundo pilar importante de esta ideología de control. Comprar, consumir, distraerse, dejar de pensar y seguir por inercia aquello que se le dice a la gente. Las personas, que miran los comerciales que venden productos que no necesitan y que promueven ideas no realistas pero a las que la gente aspira, que festejan y valoran los bienes materiales como la riqueza, la fama y la moda novedosa pero insustancial, son moldeadas bajo ideales prestablecidos, pensados precisamente para mantener a las personas cautivas. Un proceso de ‘aniquilación de la conciencia’, dice la película.
Los aliens ven a la Tierra como un planeta del ‘tercer mundo’ al que explotar hasta destruir, y luego, pasar al siguiente lugar al que puedan aniquilar, plantea la historia. Una especie de colonialismo interplanetario. El eco en general es amplio pero específico, la gente con o en el poder, empresarios, gobernantes o quienes sean, que moldean por medio de manipulación a la sociedad para que no se dé cuenta de su explotación, hasta que no haya nada más que sacar de ellos, y se proceda hacia un siguiente objetivo. “¿Por qué veneramos la avaricia?”, pregunta uno de los personajes, expresando un sentimiento de duda que no todos poseen porque viven enajenados, aceptando la avaricia como algo natural.












