2 marzo, 2026

Diana Alcántara

El Artista

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

Un artista es una persona que crea, con técnica y sensibilidad, habilidad de expresión y disciplina, que se dedica a explorar, nutrir y reinventar todo aquello que tenga que ver con la expresión estética, el arte y la cultura, que esté relacionado con el discurso comunicativo, de reflejo y reflexión de la vida y la naturaleza, la humana incluida. Técnica, oficio o medio de expresión creativo, el arte se aprecia y se valora en función a las sensaciones y emociones que produce, a la habilidad y capacidad de su autor para manifestar ideas y reflexiones en su trabajo con estética y sensibilidad. Sin embargo, en un sistema movido por el capital y el dinero, el arte también es un producto o artículo del que se saca una ganancia; en el que se invierte y renueva con el objetivo de obtener un beneficio monetario en respuesta.

 

El cine, considerado una de las bellas artes, el ‘séptimo arte’, no es ajeno a esto, a la utilidad de lucro que se deposita en la cinematografía como industria, donde puede llegar a pesar más la cantidad que la calidad; la parafernalia que la sustancia; la técnica que el contenido: y la venta, producción y rendimiento, por sobre cualquier otra cosa.

 

La película El Artista (Francia, 2011) habla sobre todo ello, ambientando en la época en que se vivió un forzoso proceso de transformación, adaptación y cambio ante la llegada del cine sonoro, reflexionando con su historia respecto a cómo afectó el sonido a la realización y consumo de películas, pero también lo que ello significó para el modelo de negocios y creatividad dentro del cine, donde la realidad del momento -que sigue vigente-, se podía resumir en aquella frase que bien dice: renovarse o morir.

 

Escrita y dirigida por Michel Hazanavicius y protagonizada por Jean Dujardin, Bérénice Bejo, John Goodman, James Cromwell y Penelope Ann Miller, la cinta ganó cinco (mejor película, director, actor, banda sonora y diseño de vestuario) de los diez premios Oscar a los que estuvo nominada (actriz de reparto, guión original, fotografía, montaje y dirección artística fueron las nominaciones restantes). Realizada como película muda y en blanco y negro, en honor a aquel pasado histórico de antaño (imágenes sin sonido sincronizado), la historia se ambienta entre 1927 y 1934 y se centra en George Valentin, un actor del cine mudo, de actitud egocéntrica, que se jacta con demasiado orgullo de su éxito, a quien las nuevas tecnologías llegan a desplazarlo de su pedestal, por asumir una actitud de rechazo a ellas.

 

Tras el estreno de su más reciente película, George conoce a una aspirante a actriz, Peppy Miller, con quien después se reencuentra cuando ella es elegida como extra en su siguiente trabajo fílmico. El jefe del estudio, Al Zimmer, no está muy contento con la presencia de Peppy, cuya interacción con George frente a las cámaras acaparó la atención de los medios de comunicación, que terminaron hablando en sus páginas de periódico de ella y no de la película, algo reprobable para Zimmer, pues significó perder publicidad, promoción y, por ende, ganancias para su filme.

 

George, por el contrario, ve en Peppy potencial escénico, convence a Al de contratarla, y le da a ella un consejo vital: encontrar aquello que la haga destacar entre las demás actrices, para que, al ser reconocida por un distintivo, ello le abra puertas en el competitivo mundo actoral. En esencia, la sugerencia de George es saber sobresalir y distinguirse, para demostrar al mundo que puede ofrecer algo que los demás no tienen.

 

 

La actitud de Al y George reflejan, respectivamente, a su vez, puntos de vista que parecen contrarios, pero que en esencia son igual de importantes respecto al cine como industria, como espacio de oferta y demanda, donde el mar de posibilidades llaman a pelear por la atención del público, igual que la del inversionista, del productor, del realizador o cualquier otro factor de decisión. Peppy, por ejemplo, debe abrirse camino con talento y dedicación, pero también necesita demostrar que su presencia y trabajo en pantalla ofrecen algo que no repite lo que otras actrices hayan aportado ya con anterioridad. Esto habla de competitividad pero también de abrir oportunidades, a veces con habilidad y maña, a veces con más astucia que suerte.

 

Así mismo, esto también aplica al razonamiento de Al, que, como ejecutivo, lo que busca es el éxito del producto que tiene en las manos, las películas que hace, o mejor dicho, en que invierte. Su táctica es una promoción y publicidad sustentada, para ese entonces, ‘el viejo Hollywood’, en la estrella frente a la pantalla, más que el director, la historia u otro. Así, Al ve las cosas en función del rendimiento, lucro y beneficio, que no es más que ofrecer un producto que se distinga de entre los otros, para que la inversión llegue de vuelta e incrementada, lo que a su vez, permita hacer más películas y reinicie el ciclo.

 

Tras ese primer encuentro, las vidas de Peppy y George toman caminos distintos, toda vez que el cine sonoro llega a revolucionar la forma de hacer películas. Para George, la nueva tecnología es un insignificante sin sustento, del que él se cree más grande y más exitoso. Está tan seguro de su fama, que la asume con arrogancia, pero, al mismo tiempo, es indiferente y reacio a la importancia de la adaptación, que se niega a cambiar y aprovechar la oportunidad de renovación. Rechaza hacer películas sonoras porque no le ve un futuro a este cine, pero no porque objetivamente sopese los pros y los contras, sino porque piensa que la gente va al cine únicamente para verlo a él. En el fondo George en realidad teme a la incertidumbre de una nueva era de la que no solo no sabe nada, sino para la que no está preparado, lo que significa la posibilidad de fracasar.

 

En consecuencia, la vida profesional de George comienza a irse en picada; Al lo corre del estudio por su falta de disposición y colaboración; entonces George usa todos sus ahorros para hacer una película propia muda, que no logra competir frente a la novedad del cine sonoro (ni la inversión maximizada del estudio detrás que lo promueve), que demuestra ser tan llamativo como exitoso, provocando un desplome en las finanzas de George, situación depresiva que se acrecienta por la de por sí crisis financiera que se vive en Estados Unidos en 1929; todo esto finalmente impacta también en su vida personal, que lo vuelve distante de su prometida Doris, quien finalmente lo deja. En parte es la soberbia de George lo que sepulta sus posibilidades, pues se niega, sin mente abierta o humildad, a adaptarse a los cambios del mundo y ambiente profesional en que se desenvuelve. En parte es también su falta de visión, que descarta el cine sonoro como posibilidad de nuevas formas de contar historias, expresarse y acercare al público, sin siquiera examinar, conocer o entender qué significa este cambio, producto más de su mala actitud, petulante y vanidosa, que de una ignorancia intelectual.

Efectivamente, el paso del cine mudo al sonoro representó una evolución y revolución dentro de la industria cinematográfica. No todos los que trabajaban haciendo películas, delante o detrás de cámaras, pudieron entender y responder al cambio. Fue hasta, alrededor de 1927, que las grandes productoras de Hollywood solidificaron la transición, al dejar de hacer películas mudas para optar por ‘el nuevo cine’, en el sentido comercial. Como en todo cambio, la transición fue gradual, primero necesaria y luego obligada, a la que no todos, en este caso el público incluido, pudo adaptarse [Tal y como ahora algunos sectores se resisten a ver el cine hecho y proyectado en plataformas digitales]. La nueva era tampoco salió libre de críticas pero como principal consecuencia, la cinematografía tomó un paso sin vuelta atrás, cambiando la tecnología con que se filmaba,  el modelo de trabajo y hasta la venta del producto; evolución imparable y en constante movimiento, como todo en la vida, que no deja, hasta la fecha, de seguir renovando y proponiendo nuevas formas de ver, hacer y consumir cine.

 

También como en todo, no todo cambio aporta algo sustancial, ni modifica de igual manera la esencia base que pretende revolucionar, o tiene la efectividad y transformación que busca lograr con su propuesta. Dentro del cine, no todos los cambios que se han hecho o intentado han tenido el mismo eco o aporte; no todos ‘mejoran’ la forma de ver y hacer cine, ni todos duran o impactan tan significativamente a la industria y al arte cinematográfico como procesos creativos y comerciales. Es el tiempo, la visión, el contexto y hasta la inversión y construcción de cada transformación lo que dicta y refleja la permanencia de la modificación. El cine en tercera dimensión, por ejemplo, fue más pasajero que el cine digital, que eventualmente se volvió la norma recurrente por encima del análogo, que no obstante no ha dejado de existir, experimentar, evolucionar y trascender.

 

En el caso de la película en comento, George asume al cine sonoro como una moda pasajera (y modas pasajeras en la historia del cine, ha habido); un artefacto de venta novedoso que no hallará su lugar simbólico porque no aporta desde su punto de vista algo ‘nuevo’. La pregunta es, ¿cómo es que George no vio el potencial innovador de una técnica que abrió tantas posibilidades creativas? Su problema quizá no es que no lo haya advertido o entendido, sino que incluso siendo testigo de ello, no lo acepta, en parte porque mira la transformación como una máquina de venta que rechaza, pues sólo pretende hacer dinero, no arte; o como una renovación forzada que obliga a traer nuevo talento y sacar de cartelera a los actores que, como él, comienzan a ‘pasar de moda’; o como truco comercial a través del cual el cine se convierta en medio enajenante, más que artístico. En resumen, él no percibe la conveniencia del cambio y las circunstancias del mismo lo expulsan del camino del éxito.

 

“No soy una marioneta. Soy un artista”, insiste George, porque ‘crea’ historias, no ‘vende’ productos. Su punto de vista tiene sentido; el productor y su estudio están interesados en la ‘máquina mercantil’, pero el realizador no puede trabajar en función al eje comercial, sino al proceso de imaginación, invención y de expresión que se encuentra en el cine. La clave en todo caso sería no enfocarse exclusivamente en las películas como generadoras de dinero, sino en mantener la cualidad creativa cinematográfica, pero sabiendo con suficiente inteligencia sacar provecho del cambio o innovación hasta adaptarlo a favor. Más, en este caso, en donde el desarrollo tecnológico ofrece la posibilidad de percibir en pantalla a las personas tal y como se ven en la vida real.

 

En su orgullo, George no ve que la fama es efímera; que el cine es arte pero también industria; que como en todo en la vida, la adaptación es parte natural del curso de las cosas, pero también que la transformación misma es parte de la vida. Una vez que Peppy escala a la cima del éxito, con intuición y talento en pantalla, que la llevan a convertirse en una de las nuevas estrellas actorales del estudio, ella se da cuenta que su éxito es posible en paralelo con el declive de otra celebridad que llega a substituir. Cuando George le hace ver que el problema no es el cambio generacional, sino que la nueva generación no asuma con consideración y respeto el pasado, Peppy finalmente comprende el reclamo de George: ‘lo viejo abre el paso a lo nuevo’; es decir, el presente no es posible sin un pasado.

 

En este caso la situación es muy literal: George no ‘hizo’ a Peppy, ella recorre su propio camino y se abre oportunidades sola, pero ella aprende considerablemente sobre el terreno que transita gracias a la voz de la experiencia, George, y como él, todos aquellos que forjaron los primeros pasos del mundo del cine hasta convertirlo en lo que ahora es, incluyendo las oportunidades presentes, que ahora pueden existir para gente ‘nueva’.

La esencia es la misma en todas las cosas, en la historia, las sociedades, las familias, las empresas y las personas; cada agrupación, colectivo o estructura es resultado de aquellos que estuvieron antes; de sus antepasados, sus enseñanzas, sus aciertos y sus errores. En breve, la evolución es la marca del progreso del hombre, en lo individual y como especie, por eso, se aprende conociendo, comprendiendo el pasado, aprovechando los saberes de generaciones anteriores; nadie obtiene éxito de la nada, sino que éste es resultado de saberes asimilados.

 

El reconocimiento y/o la popularidad no son nada si no se reconoce a aquellos que también son parte de su formación. Algo que la película reflexiona es que el éxito o la fama es una ilusión, si no se aprecia el logro, esfuerzo y sacrificio colectivo, más allá de la banalidad del aplauso, el elogio o la fortuna que pueda traer consigo.

 

La disputa entre la finalidad, utilidad y aporte del cine artístico frente al comercial, no inicia ni termina en esta época de cambio de los años 20’s y 30’s de Hollywood, conocida como la edad de oro del cine clásico. La distinción sigue vigente, cambiante y constante; necesaria e inevitable. Pero el cambio así no sólo existe en el cine; es así en la vida de George, de Peppy y,  por ende, razona la película, en toda persona, situación, historia y contexto. La transformación es tan natural como obligada.

 

La película, finalmente, enfatiza más que nada el trabajo del artista como creador, y del creador enfrentando la insistencia del enfoque comercial que valora no la calidad, sino la utilidad de lo que cada trabajo o creación propone. El artista adaptándose a su contexto, la tecnología, las innovaciones y las necesidad de la sociedad en la que vive, pero además, asumiendo el reto de forma que no sirva en exclusiva a las exigencias del otro, u otros, sino nutra su contenido y propuesta a partir de aquello característico del mundo en el que vive, para que así el arte, el cine, no pierdan su capacidad de observar, meditar, analizar, criticar, plasmar y razonar sobre la sociedad y la realidad que tiene enfrente, cual es parte de su función, misión y/o propósito.

El Artista / The Artist

Dir. Michel Hazanavicius

Francia, 2011

 

Diana AlcántaraDiana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

El trabajo de mis sueños

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

Las personas son sus experiencias, son la gente que conocen, las historias que escuchan, los tropiezos que viven, las vidas que coinciden en algún punto con las suyas y las lecciones que aprenden de las circunstancias en que se sumergen. Para un escritor, toda experiencia de vida, no siempre sólo la propia, es de vital importancia, pues a partir de todo esto conoce, crea, imagina, construye e idea. Para Joanna Rakoff ello no puede ser más cierto, ya que plasma su lapso trabajando en una agencia literaria de Nueva York como base para su novela ‘My Salinger Year’, que a su vez sirve de plataforma para la película El trabajo de mis sueños (Canadá-Irlanda, 2020), dirigida y adaptada a guión por Philippe Falardeau.

 

Estelarizada por Margaret Qualley, Sigourney Weaver, Douglas Booth, Colm Feore y Brían F. O’Byrne, la cinta habla sobre trazar metas, perseguir sueños, aterrizar ideales, aprender, evolucionar, adaptarse y cambiar para ser mejor, sin perder de vista quién se es y qué se quiere. Aquí, Joanna es una joven que debe alejarse temporalmente de sus sueños para así ganar perspectiva con la cual aprender a aferrarse a ellos, para, con la distancia, entender qué gana, qué pierde y qué tan lejos quiere y puede llegar.

 

La historia comienza luego de que Joanna, de visita en Nueva York desde Los Ángeles, donde estudia, encuentra en la ciudad el ambiente artístico y creativo en que quiere desenvolverse, como aspirante a escritora y poeta, por lo que decide quedarse, dejando atrás toda su vida anterior, incluyendo las personas en ella, como su novio, para comenzar su propia aventura. Es así que toma como iniciativa conseguir un empleo en un área afín y se convierte en asistente de Margaret, la encargada de la agencia literaria que representa, entre otros, al escritor      J. D. Salinger (1919-2010), autor de la aclamada novela The Catcher in the Rye (El Guardián entre el Centeno; una historia sobre un adolescente rebelde e inadaptado, crítico de su entorno, la superficialidad y la falsedad del ser, en su propio proceso de autodescubrimiento pero marcado por la desdicha que permea en la sociedad,  la presión por crecer y la crisis existencial propia de su edad); escritor que en la fecha en que se desarrolla la narrativa cinematográfica -1995- pasa sus días recluido, alejado del ojo público. Por ello, toda correspondencia enviada por sus fans y seguidores, pero también publicistas, productores de cine, editores de revistas o dueños de editoriales, es retenida, evitando que las cartas lleguen a Salinger.

 

 

Joanna ahora es la encargada de leer y contestar la correspondencia, con una respuesta siempre idéntica, impersonal y parca, que dice al remitente que la carta que envió no puede ser entregada. Para Joanna, la idea resulta catastrófica, ignorar a esa persona que se ha tomado el tiempo e interés por contactarse con el autor, por razones que van desde buscar un consejo de vida, referirle cómo  relatos cambiaron su forma de ver y vivir el mundo o simplemente invitarlo a participar, incentivando a estudiantes, en programas de escritura escolar.

 

El mensaje importante que recalca la película es que cada persona ve las circunstancias desde su propia perspectiva, de acuerdo con su historia de vida. Para Margaret, la editora, no enviar las cartas a Salinger es una forma de protegerlo, de respetar su deseo de aislamiento, pero para Joanna, lo que se hace es negar al escritor el contacto con la gente que lo estima, admira y busca por el impacto que sus textos han tenido en sus vidas.

 

La joven decide entonces romper las reglas, colocándose en la delgada línea entre mostrar iniciativa o violar las normas desafiando a la autoridad y responder ella misma el correo postal, firmando con su nombre. Ética y legalmente, sus acciones pueden meterla en problemas, así que en la agencia deciden pasar por alto su falta, advirtiéndole no repetirla. No obstante, para ella es la experiencia en la interacción -aunque sea distante- y la comunicación -escribir respuestas personalizadas-, lo que la hace recordar la razón que la motiva: la palabra escrita, el contacto, no directo pero sí simbólico, entre personas a través de este medio; así como la expresión y posibilidad de crecimiento y aprendizaje, escribiendo.

 

 

Es en ese momento que entiende que se adentra a una profesión donde lo importante, como dicen, es ‘el amor al arte’, escribir porque no hay nada más en la vida que se quiera hacer. “Escribir te hace escritor. Publicar es sólo comercio”, afirma Don, el nuevo novio de Joanna, un también aspirante a escritor trabajando en su primera novela y para quien el sueño es la fama y la ganancia más que cualquier otra cosa, por lo que mide la realidad de su situación en función a sus aspiraciones y logros: nulos en el terreno literario, que auto-justifican su fracaso como autor. ‘Si escribo, soy escritor’, razona él; claro que su lógica es simplista, pues la acción de escribir no es lo que hace en verdad a un escritor. Estilo y técnica para comunicar ideas, manejo adecuado y pertinente del lenguaje, eso sí; igual sensibilidad y capacidad de seducción y encanto, pero además, intención.

 

Lo que Don ignora es que el escritor crea para que sus historias cobren vida y se vuelvan inmortales una vez plasmadas en la página, dado que de otra manera, el relato ‘muere’. En el fondo sus palabras tienen cierto sentido, publicar un texto en la era contemporánea va ligado a una máquina de venta y mercadotecnia que poco tienen que ver con el autor, pero no considera que la esencia del creador no puede ser arrancada de él.

 

La compleja relación ‘arte creativo’ frente a ‘ganancia monetaria’ se hace varias veces más presente en la película, reflexionando en el proceso sobre cómo balancear esta realidad a la que se enfrenta todo autor, cuando es valorado por su habilidad de escritura, pero, al mismo tiempo, -en ocasiones más que menos- por el potencial de venta de su trabajo. Por ejemplo, Joanna eventualmente recibe indicación de leer el nuevo trabajo de una popular y conocida autora de libros para niños, que ella encuentra fascinante por su contenido y propuesta, un libro de corte infantil, cuyas reflexiones van más bien dirigidas a los adultos. Joanna elogia este contraste e idea narrativa, pero Margaret no hace más que mirar el potencial comercial del libro, decidiendo, al final, descartarlo por no encontrarlo ‘vendible’.

 

 

Con el tiempo, Margaret le pregunta su opinión a Joanna sobre la decisión de la autora de dejar la agencia, a lo que la joven reflexiona sobre el trato humano que el autor espera de sus agentes. Joanna analiza que aunque el libro no tuviera espacio de viabilidad que justifique la inversión en comparación con la potencial ganancia, Margaret pudo tener más tacto para tratar a la autora como creativa, no como producto, por ejemplo, centrándose en sus puntos a favor, su proceso de escritura, no sólo en el valor monetario que el mercado coloca en su trabajo.

 

La idea es simple pero clara: el arte convertido en presa del sistema capital, al convertirlo en un ícono (exclusividad, renombre y marca) por el mero interés lucrativo, no literario, ni artístico o cultural. En el fondo la función de Margaret como agente literaria es, en efecto, encontrar el mejor espacio para un autor para presentar, vender y hacer llegar al público su trabajo; frente a ello lo que Joanna recalca es no perder la sensibilidad humana en el proceso. Ella misma lo ha entendido en su continuo, aunque mínimo y distante, contacto con el propio Salinger, quien llama periódicamente por teléfono a la oficina. Recluido y distante, extraño y extravagante, el autor es más que este sello con que lo etiquetan; Saligner es también inspirador, gracioso, directo pero emotivo; y aunque no la conoce, la invita a escribir todos los días, si esa es su verdadera pasión.

 

Para Joanna como para el mundo, Salinger es ese personaje místico e idolatrado, pero que al final no es más que un humano como cualquier otro, con su visión revolucionaria, sus ideas analíticas y sus rarezas como individuo, sólo que plasmadas en papel.  Lo que la historia enfatiza, tomando a este autor realmente como modelo para ejemplificar, es que así como él, todos los autores, todas las figuras públicas, todos los individuos en general, son personas que piensan, sienten, dudan, crecen, se estancan, proponen, tropiezan y, sobre todo, ‘viven’ del contacto con otros, pues incluso cuando el escritor trabaja para sí, para el arte y para sus ideas, su historia ya no es sólo suya, una vez que es compartida.

 

Así es la vida de quien escribe: constante creación e ideas flotando, prioridades chocando con responsabilidades, sueños convertidos en ideas y la convicción de que en la literatura, la pasión por lo que se hace es lo más importante.

 

 

Joanna también entiende que las cartas enviadas a Salinger no son ‘medida’ de éxito, devoción, fracaso u obsesión, sino, en ello mismo, las voces que demuestran el alcance de una voz, la del autor, lograda por su trabajo. Puede haber tanta pasión en el que escribe, como en el que lee el texto ya escrito, porque es el lector quien al absorberlo lo revive y le da una inmortalidad.

 

La historia se centra en el sueño literario de Joanna, persiguiendo su propia visión del futuro, el suyo, como amante de las letras, sensible a la naturaleza del hombre, transitando entre las circunstancias y sus aspiraciones, que persiste pese a la melancolía de su entorno, las dificultades de las vicisitudes de la vida independiente y la clave de su decisión: descubrir cuál es el valor, el sentido y la importancia que le da a la literatura, en general y en su vida, a partir de las experiencias (de vida) de aquellos a su alrededor, que juzgan conforme a sus propias visiones del mundo; ya sea Margaret, la agente literaria que se mueve en función del mercado; Don, un vago que se justifica auto-engañándose, sin rumbo fijo, deambulando por la vida sin saber qué hacer con la suya propia; Salinger mismo, un autor reconocido, atrapado en una isla impuesta y autoimpuesta; o hasta Jenny, la mejor amiga de Joanna, aspirante a autora en su momento, igual que ella, pero que por las circunstancias y decisiones de vida ha cambiado sus metas, anhelos y presente, acomodando nuevos ideales de realización y felicidad de acuerdo a su realidad y momentos vitales.

 

Es este transcurrir, que habla de un proceso de madurez, profesional y personal, con el que Joanna logra no sólo ganarse el respeto de su jefa, sino un respeto por sí misma, una construcción de identidad y dignidad, que pese a estar envuelto en una estructura narrativa genérica, de tono ligero y caracterizado por el mismo espíritu entusiasta de su protagonista, anima al espectador a recordar un mensaje no siempre valorado: que el gusto por escribir radica en que se tiene algo que decir.

 

 

El trabajo de mis sueños

Dir. Philippe Falardeau

Canadá, Irlanda, 2020

 

 

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

8 Mile: Calle de las ilusiones

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

 

El hip hop es un género musical, también una subcultura, que surge en Nueva York alrededor de 1970. Entre sus elementos, dentro de la música, se encuentra el rap (Ritmo y Poesía; en inglés: Rhythm And Poetry), un estilo de rima rítmica, cuyos inicios se remontan a la década de 1980 en Estados Unidos. Nace en los barrios pobres, afroamericanos e hispanos, y sus textos en forma de monólogo, más hablados que cantados, fueron, y aún son, una forma de expresión de denuncia social según la realidad del contexto, con letras que hablan sobre conflictos como el racismo, el sexismo, la violencia o la lucha contra el sistema establecido, por mencionar algunos. Ambientada en Detroit en 1995, la película 8 Mile: Calle de las ilusiones (EUA, 2002) cuenta la historia de Jimmy, un joven de pocos recursos que trabaja en una fábrica de metales, cuya pasión y habilidad para el rap le hacen destacar, pero quien es rechazado por otros grupos dentro de su propia comunidad, por considerarlo alguien externo, o ajeno, al no ser afroamericano como ellos.

 

Con un guión de Scott Silver y dirigida por Curtis Hanson, la cinta está protagonizada por Eminem, Mekhi Phifer, Brittany Murphy, Kim Basinger, Anthony Mackie, Eugene Byrd y Michael Shannon. La historia está inspirada, en parte, en las experiencias del propio Eminem, abriéndose camino como cantante de rap hasta ganarse el respeto de los demás intérpretes y del público dentro de dicho escenario musical. El título de la película a su vez hace referencia a la avenida (la Milla 8), que divide la ciudad de Detroit en dos; por un lado, los barrios de la clase privilegiada (los de los ‘blancos’), y por el otro, los de aquellos con menor poder adquisitivo, afroamericanos principalmente.

 

James, apodado artísticamente como B-Bunny, vive en la zona con más pobreza; a falta de dinero y tras romper su relación con su novia, regresa a vivir con su madre a una caravana rodante, pero ella también tiene sus propias deudas y conflictos emocionales, y sobrevive con la esperanza de que su novio, un hombre violento pero del que depende, la ayude económicamente.

Para Jimmy, como para sus amigos, vecinos y hasta compañeros de trabajo, el rap es un medio para expresar lo que ven y viven día a día, en ese contexto social difícil, lleno de miseria y hundido en la pobreza, donde el empleo ocasional no alcanza para pagar las cuentas, las relaciones de pareja son inestables y pasajeras, porque las expectativas a futuro son pocas y la falta de oportunidades provoca que las personas sueñen anhelando una vida mejor, sobrellevando así su propio presente impregnado de carencias, pero sabiendo que es casi imposible alcanzar algo mejor, dado que no hay condiciones para que su situación social cambie.

8 Mile

En medio de este estilo de vida, en que la personas apenas tiene los recursos para sobrevivir al día, el rap se convierte en una vía de denuncia y crítica social, vehículo para compartir el sentir de desesperanza y la realidad decadente que permea, pero también la oportunidad para reflexionar sobre el presente, su realidad asfixiante resultado de alguna manera de una combinación entre malas decisiones, falta de valores inculcados y aprendidos, carencias de recursos económicos por desempleo o subempleo mal pagado, viviendas urbanas sin los apropiado servicios de sanidad, la inhabilidad para tomar acción más allá de la crítica destructiva y sin sentido, el estancamiento inculcado bajo ideas como el conformismo y la indiferencia y la ausencia de apoyo por parte del gobierno que prefiere dar la espalda antes que hacer algo por mejorar la infraestructura de su comunidad.

 

El arte, la música y la rima poética se convierten así en una forma diálogo, análisis y reflexión; y específicamente para Jimmy, de reconocimiento, realización y valoración, incluso hacia sí mismo. Triunfar como cantante le significa trascender, algo que no lograría de ninguna otra manera, no en su trabajo, su educación, su familia o cualquier otro aspecto de su vida; trascender significa la posibilidad de una mejor vida, dentro del espectro de la escala social, algo que anhela, dada la realidad de miseria que ve y vive en su cotidianeidad.

 

El sueño es más idílico que realista, pues se basa en la excepción a la regla; en esas historias de éxito que cree pueden reproducirse con facilidad, producto tanto de la banalidad con que se asumen y repiten, como de la falsa motivación cimentada en las promesas vacías; el clásico sueño americano de triunfar con un poco de suerte y saberes en el mundo de las oportunidades: El problema es que la “suerte” poco influye en un mundo dominado por las leyes de la mercantilización y menos puede hacer frente al caos y la incertidumbre que la dinámica del mercado impone; las “oportunidades” para este segmento de población marginalizada y empobrecida son de hecho inexistentes.

 

Ilusión, o esperanza de éxito que, en Jimmy, se alimenta por ideas que vienen de uno de sus vecinos, al que él cree su amigo, Wink, quien le asegura, fanfarronea al vacío más bien, que tiene contactos en la industria musical que podrían ganarle un contrato discográfico que lo lance a la fama, dado que lo considera una ‘promesa musical’.  Y la pregunta importante es, ¿qué quiere realmente Jimmy; a qué aspira en la vida? ¿Es talentoso por su iniciativa observadora o es de verdad una ‘promesa musical’ con la meta de convertirse en un cantante famoso? ¿Es alguien que gusta del rap como hobby y ve en él el camino hacia el respeto y la aceptación de sus similares o sólo es alguien que repite los patrones a su alrededor, porque es la realidad cotidiana del espacio en que se desenvuelve?

 

Su barrio está sumido en la violencia y el desamparo, donde el abandono es el común denominador; renunciar y huir es más fácil que luchar y enfrentarse, para sobreponerse a las adversidades. La gente aspira a más de lo que realmente puede alcanzar, porque ese es su escape de la realidad, fantasioso, no concreto; así que encuentran en las pequeñas victorias un sentir de realización importante, y valido, pese a que su realidad de vida es más desdicha que fortuna, más desgracia que prosperidad; circunstancias de vida causadas en gran parte por el sistema piramidal en que viven, que está diseñado para olvidarlos, hacerlos a un lado y dejarlos a su suerte, al encontrarse al fondo de la estructura en la escala social.

 

Si el mundo que le rodea es así, triste y desdichado, Jimmy no tiene puntos de referencia para superarse y al final, aprende a ser así para todo: a claudicar cuando la situación se presenta adversa; a asumir la desgracia y la tragedia como la única realidad posible; a soñar con poder tenerlo todo, cuando lo cierto es que sus aspiraciones son irrealizables. ¿Qué falta entonces para ayudar al círculo social en que se vive? ¿Cómo superarse y superar las adversidades, para evitar que el entorno determine la vida y el futuro de la gente?

 

El miedo al fracaso es constante y fuerte; lo hace renunciar a una competencia de rap en la que creía triunfaría fácilmente, lo que deriva en que se le asocie con decepción y derrota, resultando en burlas y humillaciones. Es sólo después de varios tropiezos que Jimmy entiende que para reconstruir necesita decisión y agallas, y que para no cometer el mismo error, primero tiene que afrontar su realidad, lo cual implica también enfrentar sus miedos, su negatividad y su incapacidad para creer en sí mismo.

 

En la competencia final, donde tiene que probarse él mismo, para poder probar a los demás que puede, se adelanta a la humillación y al ataque del otro, riéndose y señalándose a sí mismo para evitar darle la oportunidad a su oponente de que lo haga. Sabiendo que el discurso de rima en el escenario se sirve de señalar los defectos y características del competidor de enfrente, burlándose de la realidad, con crítica sagaz y punzante, precisamente para sacar a la competencia de su zona de confort, Jimmy asume el control de la narrativa y decide ser honesto con quien es, hasta aceptarlo y entonces aprovechar para convertirlo conscientemente en una fortaleza, de forma que así el de enfrente ya no pueda usarlo como muletilla para ofenderlo o avergonzarlo.

 

Tropezar y caer no es fracasar, pero no afrontar la caída es obstaculizar el propio camino hacia la superación. Esto aplica para Jimmy, como cantante de rap, pero también para la sociedad que le rodea, que critica, denuncia y reprocha, pero nunca hace nada por tomar acción y hacer algo al respecto. Sin duda es más fácil señalar al otro; pues cuesta más entender qué se necesita para ser propositivo.

 

 

Jimmy sabe que la realidad del mundo en el que vive impacta en su vida, pero no tiene por qué limitarlo o prescribir su futuro. Interiorizar sus experiencias y asimilarlas, para retratar esa vida desgastada, quebrantada y rota, cual es la realidad para las personas que viven en los mismos barrios que él, es parte de la esencia y característica del rap, que tiene el potencial para proponer una reflexión catártica y crítica, pero también propositiva, si se hace con habilidad de observación y la inteligencia para reconocer la realidad tal cual es, no como se cree que es o se desearía que fuera. Superar adversidades en medio de un contexto a veces hostil y en decadencia, para evitar ser moldeado por las circunstancias, es la importante lección de vida que la historia de Jimmy proporciona al espectador.

 

La lucha social a través de la música, el arte, los sonidos y la palabra, que se atreven a hablar de un entorno trágico, crudo, despiadado, expresando con honestidad y sin miedo para señalar lo desagradable y triste de la desgracia humana, de la vida imperfecta o la complejidad del ser, es ejemplo de que es posible imaginar un cambio, particularmente porque el mundo alrededor se niega a hacerlo por cuenta propia.

 

Lo que Jimmy siempre quiso, renunciar al pasado, finalmente es aquello que lo hace más fuerte. Así que cuando decide quedarse y encontrar su propio lugar, justo donde está, no fracasa, más bien acoge quien es y, más importante, asume la responsabilidad de la decisión que ha tomado, para entonces crecer a partir de este punto. No todos lo hacen, porque es más fácil aferrarse a un ideal que aceptar la vida como es, pues implica sopesar aquello que lastima y duele, y afrontarlo para evitar que siga siendo un punto débil que hace daño; encarar en vez de huir, es algo que se puede aprender, nos dice la película, a través de la música. “Si tuvieras una posibilidad, una sola oportunidad, para alcanzar todo lo que alguna vez quisiste, en un momento, ¿lo capturarías o lo dejarías escapar?”, dice la canción ‘Lose Yourself’, tema de la película, escrito por Eminem durante la filmación, y que ganó el Oscar a mejor canción original.

 

8 Mile

Dir. Curtis Hanson

Trailer

 

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

La Favorita

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

El oportunista aprovecha las circunstancias para sacar algo a su favor, el manipulador maneja hábilmente el medio a su alcance para influir hasta que las cosas salgan como desea, y el convenenciero es alguien que vela sólo por sus intereses y deseos, sin reparar en preocupaciones o repercusiones. Las tres personalidades están bien representadas en la película La favorita (Reino Unido-Irlanda-EUA, 2018), una historia sobre engaños y mentiras, sobre manipular y plantar trampas para que la caída del otro beneficie a quien las planea; sobre escalar en la pirámide social procediendo por medio de falsedades e intrigas, y sobre valorar el beneficio propio hasta el punto en que destruir para sobresalir se vuelve la única filosofía de vida.

 

Protagonizada por Olivia Colman, Rachel Weisz, Emma Stone, Nicholas Hoult y Joe Alwyny, se trata de una historia sobre la lucha por el poder a través de personajes que avanzan sin escrúpulos ni honestidad. Dirigida por Yorgos Lanthimos y escrita por Deborah Davis y Tony McNamara, la cinta obtuvo diez nominaciones al Oscar: mejor película, director, guión original, actriz (para Colman), actriz de reparto (para Weisz y Stone), fotografía, diseño de producción, diseño de vestuario y montaje, ganando solamente uno: actriz principal. La historia se centra en la relación entre Ana Estuardo, Reina de Gran Bretaña e Irlanda(1665-1714), con su confidente y amiga Sarah Churchill, Duquesa de Marlborough (1660-1744), ante la llegada de la prima de ésta, Abigail Masham (1670-1734), quien eventualmente consigue el favor de la reina por encima de la duquesa, una vez que aquella, que administra los asuntos políticos del país, se inclina por los intereses de los ‘whigs’, el partido liberal, pese a que Ana no desea alejarse de los ‘tories’, el partido conservador, llevando al deterioro de la relación entre ellas, que Abigail aprovecha hábilmente a su favor.

 

Según plantea la cinta, la división entre partidos y posturas, más las intrigas políticas, así  como la discordia, fomentada por Abigail con insidia, entre Ana y Sarah, son la clave para que la recién llegada alcance su meta: escalar en sociedad y obtener favores y privilegios; así pues, en la duda y con intriga se encarga de entretejer rivalidad, desprecio y distanciamiento entre las, una vez, íntimas amigas. Su modo de operar es una actitud amable, aunque convenenciera, donde la sonrisa es falsa y la solidaridad calculada y llena de hipocresía, de modo que su aparente fiel y amigable presencia contraste hasta dañar la imagen de Sarah, una mujer de carácter más duro y regio.

 

 

El fin último tanto para Sarah como para Abigail es el poder de influencia, que saben pueden ganar sobre una débil de temperamento e insegura Reina Ana, marcada por el dolor de la pérdida de sus 17 hijos y la enfermedad de gota que limita su existencia, ahora manifiesta como consecuencia de ello en profunda tristeza, desinterés y la soledad. Sus motivaciones sin embargo, obedecen a razones ligeramente distintas; Sarah anhela, desea control sobre el gobierno y las decisiones del Estado, dado que su esposo se encuentra en el campo de batalla peleando una guerra contra Francia, pero además consciente de que su influencia puede cambiar las cosas tanto para ella como para el reino, toda vez que ganar la guerra traerá prestigio a su esposo, pero también colocaría a Gran Bretaña por encima de una potencia en ascenso como era Francia, por lo que varios, la Duquesa incluida, creían que la conquista era mejor estrategia, -si bien implica subir impuestos al pueblo-, que un acuerdo de paz, que es lo que proponía, y eventualmente logra, el partido opuesto.

 

Abigail, por su parte, actúa bajo intereses más personales, en el simple deseo de escalar socialmente hasta alcanzar un estatus privilegiado, lleno de comodidades, como cree que le corresponde, ya que fue educada en la alta sociedad pero su familia terminó en la pobreza por las malas inversiones de su padre, un comerciante, por lo que Abigail tuvo que trabajar como sirvienta para sobrevivir, tomando además la responsabilidad de velar por el futuro de sus allegados y hasta de su propio apellido.

 

 

La joven llega a la casa real a un puesto de servidumbre, patrocinado por Sarah, donde la realidad más dura no es el trabajo manual de cada día, sino las humillaciones y rechazo del resto de la servidumbre, que actúa así por el simple gusto de poder burlarse del más desafortunado. La lección que Abigail aprende en estas circunstancias es que sólo cuenta con ella misma para salir adelante y si quiere un cambio, no se trata de pedirlo, sino arrebatarlo. La falta de solidaridad y las oportunidades truncadas por la propia gente en su misma posición, la llevan a deducir que una actitud aparentemente débil bajará la guardia del otro y que en un mundo donde todos son enemigos, la falsa amistad es camino para derrocar al prójimo. Así comienza a trazar su plan, sirviéndose de información secreta que descubre por casualidad, actuando falsamente en favor de otros cuando es sólo una palanca para empujar sus propios objetivos, pero, especialmente creando discordia, desacuerdos y choque entre Ana y Sarah, de modo que para la Reina parezca que ella está de su lado  y su prima en su contra. El toque final es darle a Ana precisamente lo que quiere, para complacerla: atenciones y mimos, preferencias, alabanzas y halagos, a diferencia de Sarah, que procede bajo una dinámica más directa y honesta, bajo el entendido de que en su actuar concreto, verdadero y sin engaños hace evidente su lealtad y compromiso, porque así es ella quien controla la narrativa, manipulando a Ana, en lugar de reaccionar a lo que la Reina desea, que es el proceder de Abigail.

 

La película es una comedia negra, porque en la ficción exageran estos manejos mañosos de actuar convenenciero para influir con malas intenciones, pero al mismo tiempo, dibuja acertadamente un escenario de lucha por el poder, vil y maquiavélico, presente no sólo en la política, sino también en las relaciones humanas en general, donde las personas se aprovechan de las circunstancias, calumniando a otros, mintiendo fría y calculadoramente, provocando enturbiar el panorama o colocándose como víctimas para hacerse del favor de los demás.

 

La historia se plaga de personajes oportunistas, falsos, mentirosos e hipócritas, que proceden interesadamente, manejando la información y a las personas con astucia sigilosa, presiones emocionales, favores sexuales, confabulación cínica y chantajes despiadados que obliguen la situación para su beneficio.

 

Otro ejemplo claro es Robert Harley, cuyo interés por terminar la guerra y acordar un tratado de paz en realidad tiene el propósito de impulsarlo al puesto de Primer Ministro, que por ahora tiene el principal aliado de Sarah. Harley inicialmente encuentra un camino oportuno al notar cómo la división de las atenciones de la Reina hacia Sara y Abigail está creando una división de lealtades entre las tres, por lo que comienza con amenazar a la segunda a cambio de conseguirle información útil que pueda usar ventajosamente en el Parlamento para hacer quedar mal al partido contrario, y quedar bien él ante el ojo del resto de los políticos. Viéndose en desventaja ante la dinámica en la que Harley saca un beneficio de su relación y ella no, Abigail luego exige un favor a cambio, de modo que su alianza se sostiene por el grado de ventaja que las partes obtienen de la relación, no la lealtad mutua o intereses similares de los involucrados.

 

Ningún personaje es particularmente honorable, al contrario, su actuar se caracteriza por una falta de valores y humanidad. Sarah podrá justificarse en la responsabilidad que siente, aunque en realidad anhela y disfruta guiar al país si la Reina no tiene la capacidad para hacerlo; Abigail puede argumentar que el mundo injusto y cruel la ha empujado a hacer todo por sobrevivir, pues de cualquier otra forma terminará siendo nada ni nadie en la vida, porque el modelo social no está diseñado para que las personas encuentren oportunidades o superación; y Ana misma podrá pensar que la realidad de su trágica vida, en la que como Reina es una figura simbólica y como mujer no es valorada ni escuchada, la han llevado a un encierro enfermizo marcado por las falsedades, pues todos la tratan y se le acercan escondiendo sus propios intereses bajo la manga; al final, el proceder de todos es el mismo, ruin por el simple deseo de lograr el beneficio propio a toda costa, poniendo la agenda personal por encima de cualquier cosa, dado que el prójimo hará exactamente lo mismo. Una lucha de personalidades y poderes para sobresalir sobre los demás.

 

Como lo escenifica y plantea la película, la esperanza parece no estar de parte de la humanidad cuando toda relación social se construye en el odio y el desprecio, la desconfianza y la rivalidad;  el enfermo es tachado de inútil,  el débil es explotado o marginado, la política sirve a quienes tienen el poder pero no ayuda a quienes se supone tiene que servir; el pueblo, el individuo más abajo en la escala social no opina ni aspira a nada, y quien está arriba en la escala social sólo está interesado en la banalidad de una vida privilegiada llena de lujos y ostentaciones, así que es más importante alardear y esconder los problemas tras una aparente felicidad, que descubrir qué tanto se esconde el individuo como persona de la tan presente decadencia humana.

 

Con ello, la película habla también de cómo las cosas pueden ser hábilmente manejadas tras hilos invisibles de manipulación e intriga, que trazados con pericia parecen imperceptibles. Ana flaquea como Reina por su carácter dependiente y débil, así como por su falta de decisión y firmeza; quien la controla a ella controla la circunstancias, no sólo políticas, sino también sociales. Harley desea convertirse en Primer Ministro para tomar ventaja en el Parlamento y fortalecer su carrera política, en tanto Abigail, por ejemplo, cobra sus favores a fin de abrirse camino para escalar socialmente, arreglando un matrimonio y título de nobleza que le gane un estatus específico; ambos además procediendo con una estrategia cruel que sólo alimenta el deseo de venganza de aquellos a quienes pisotean. ¿Son ellos peores personas que Sarah, que manipula, pero al menos se muestra leal con sus allegados, a diferencia de los otros que actúan sin el mínimo rastro de apego emocional hacia nadie? Los objetivos buscados –beneficio social, prestigio ideológico o poder político, según el caso- ¿son factor que justifica sus conductas (el fin justifica los medios) o pretextos ideológicos que encubren conductas egoístas y discriminatorias?

 

En un ambiente en que las personas administran secretos, la iniciativa para parecer proactivo es un plan con maña, las amenazas van escondidas en el protocolo social y cada quien juega su propio juego. ¿Es posible que haya honor entre las personas? ¿Las relaciones sociales se convierten o son en esencia un juego de poder?

 

La sátira social de la cinta va directamente enfocada a la ambición como vehículo de la perversión del ser, que destruye anhelos, genera envidias, divide sociedades y promueve la corrupción, en el sistema pero también en las personas. ¿Qué queda en una sociedad en la que todos pelean contra todos, buscando sólo su propio beneficio? ¿Quién prevalece, o quién ‘gana’, cuando la destrucción manda a las personas hacia el declive humano y social? ¿Sarah, quien es desterrada pero finalmente se libra del yugo de una reina que la asfixia y un sistema que la excluye? ¿Ana, que pierde una amiga pero gana una doncella que le dirá todo lo que quiere oír, que alimenta su vanidad mientras gane algo a cambio? ¿O Abigail, que consigue su posición social privilegiada para pagar con humillaciones de una Reina que nunca le dará verdadero poder ni la considera su amiga porque la resiente por lo que representa, el destierro de su amiga?

 

La respuesta simple es ‘ninguna’, porque así es el poder, pasajero, relativo, escurridizo, depredador y más distante que palpable, incluso cuando se tiene en las manos; retorcido y despreciable, como la historia presenta a estos personajes y sus historias, basados en personalidades de la vida real pero construidos en la ficción, aunque reflejando más que nada, cínica, pero así también crítica y reflexivamente, verdades palpables del actuar humano oscuro y destructor en el mundo contemporáneo.

 

La Favorita

Dir. Yorgos Lanthimos

UK, 2019

Trailer

2:08

 

 

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

Donnie Darko

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

Hay películas que trascienden porque abordan sus ideas con estilos narrativos o estéticos poco convencionales, pero creativos y propositivos; gracias a ello dejan una huella no sólo en el séptimo arte, sino también en la cultura popular. Donnie Darko (EUA, 2001) es de esos casos; una película de culto: aborda fantasía, ciencia ficción, romance y thriller psicológico, pero también un relato sobre decisiones, escapismo, sacrificio y espejismos; sobre lo que es y lo que parece ser, conviviendo en un mismo plano, cambiante según la perspectiva con que se mire y asimile, y que por ende resulta en muchas válidas interpretaciones.

 

Escrita y dirigida por Richard Kelly, la película está protagonizada por Jake Gyllenhaal, Mary McDonnell, Jena Malone, Maggie Gyllenhaal, Holmes Osborn, James Duval, Drew Barrymore, Patrick Swayze, Noah Wyle, Katharine Ross, Beth Grant y Daveigh Chase. Se ambienta en 1988 en Estados Unidos y sigue el viaje de Donnie, un joven contrariado, inadaptado y confrontativo, muy probablemente producto de su rebeldía adolescente y la incertidumbre respecto al futuro que muy pronto tendrá que forjarse, al entrar a la adultez. El joven comienza a ver en sus noches sonámbulas una figura disfrazada de conejo, Frank, que le dice que el mundo llegará a su fin en 28 días, 6 horas, 42 minutos y 12 segundos. Ese día Donnie regresa a casa para descubrir que el motor de un avión ha caído sobre su habitación. Su estancia fuera, en parte causada por sus aparentes alucinaciones o interacciones con lo desconocido, le salvaron la vida, pero dejan un importante misterio que lo marca; ¿coincidencia, buena suerte o destino?, la duda surge pues las autoridades no están seguras de dónde vino el artefacto, ya que ningún avión pasó por ahí la noche anterior.

 

Donnie le cuenta a su psicoterapeuta sobre las visiones y cómo siente que Frank lo ‘incita’ a actos de vandalismo, pero ella adjudica las alucinaciones a una esquizofrenia paranoica, a un diagnóstico de ‘desapego de la realidad’ que, considera, podría poner en peligro la vida del chico, dado que constantemente habla de muerte, violencia y ‘el fin’. Donnie, no obstante, platicando con su profesor de ciencias, en busca de una explicación, no forzosamente lógica, sino alternativa, se plantea la posibilidad de que se encuentre en medio de una de las vertientes resultantes de un viaje en el tiempo, de modo que lo que está viendo, Frank incluido, son manifestaciones de la energía que lo hace posible [las alteraciones en el orden natural del tiempo y el espacio], que se le presentan con el fin de ‘decirle algo’.

 

La realidad de su presente y las consecuencias de sus decisiones presionan cuando conoce a Gretchen, una joven recién mudada a la ciudad, porque su padre apuñaló a su madre; o cuando descubre que una antigua profesora de escuela escribió un libro sobre viajes en el tiempo, en que la autora describe exactamente todo lo que Donnie está experimentando; y finalmente cuando el círculo social que le rodea se desmorona mientras se autodestruye. Por un lado, está el choque político entre su padre Eddie y su hermana Elizabeth, ella a favor del candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, cuyas ideas progresistas hacen que Eddie insista en que su hija no está suficientemente informada o preparada como para tomar decisiones y/o para formarse un pensamiento crítico ‘válido’; reacción y rechazo que en parte refleja un cambio generacional de pensamiento, aunado a un padre, conservador, patriarcal, que quiere imponer sus ideales en lugar de dejar que Elizabeth asuma con responsabilidad su papel en la sociedad, como mayor de edad en su primera votación, y para fines prácticos, entrando activamente a la dinámica laboral y económica (productiva). El escenario es una sátira crítica a la familia ‘perfecta’ de los suburbios, aparentemente ideal, pero que esconde muchos problemas bajo la alfombra y que, aunque los conoce, se niega a cambiar, a fin de mantener las apariencias, que transmite de generación en generación, repitiendo el patrón tóxico una y otra vez.

 

Lo que sucede en casa de Donnie es muy parecido a lo que ocurre en su escuela, donde el intento de censura y el rechazo a las formas de expresión, arte y libertad se presenta luego de que una profesora propone a sus alumnos la lectura crítica del cuento ‘Los destructores’, de Graham Greene, libro que algunos de los maestros y padres más conservadores acusan de incitar a la rebelión. La lectura se orienta como intento de reflexión a partir de un acto vandálico en las instalaciones escolares, que en el fondo expresa una inconformidad general con el sistema [escolar, social y organizacional] y que fue realizado porque Frank ‘manda a Donnie’ a hacerlo.

 

La crítica y discordancia con la autoridad, las reglas y el orden establecido, impuesto y no siempre funcional, son algo propio de una sociedad truncada, fallida o estancada, predispuesta a rechazar al que quiere romper con el molde. Esta ‘rebelión’, que muchas veces no es más que ‘levantar la voz para defender un ideal que se cree correcto’ es, especialmente, una característica innata entre los jóvenes en etapa de formación, dado que están en proceso de conformar una opinión propia, crítica. ¿No es la rebeldía, con argumento y razón, esencial dentro de la evolución social? No todos reaccionan como Donnie, o como Elizabeth, o como Gretchen; muchos de sus compañeros son en efecto lo opuesto, el epítome de la indiferencia y la irresponsabilidad. ¿Qué tanto Elizabeth le lleva la contraria a su padre ‘sólo para molestarlo’ y qué tanto sus ideas se justifican en un argumento bien informado sobre la democracia? ¿Qué tanto los abusadores de la escuela sólo actúan recreando la negatividad de la que son testigos?

 

El cuento ‘Los destructores’ trata de una pandilla que derriba la casa de un hombre, desde dentro hacia afuera. Karen, la profesora de literatura, pregunta a Donnie su opinión sobre el relato. Él dice que la historia pretende ser irónica. “La destrucción es una forma de creación”, comenta, enfatizando también una de las ideas base de la película misma: la necesidad de derribar o destruir a fin de cambiar aquello que, de otra forma, no podría serlo. Habla de un fin como puerta a un nuevo comienzo.

 

Para Karen el texto no pretende enseñar que la respuesta es la violencia, o la destrucción literal, como acusan las autoridades escolares, sino busca más bien reflexionar sobre las ideas obsesivas alrededor del tema, que destruyen mucho más que el acto mismo, que es finalmente lo que sucede en la película: el acontecimiento de vandalismo es mínimo, en comparación con las reacciones que provoca y el choque de ideas que ello desata, entre opiniones encontradas, negadas al diálogo, propensas a imponerse sobre otras distintas y desencadenando una serie de eventos que llevarán precisamente a la tragedia.

 

Los profesores acusan que el escrito y la clase de literatura misma, la profesora incluida, están incitando a la sedición, a una insubordinación que altera el molde establecido y, por ende, conlleva al caos, al desorden, a romper reglas de tradición social. Pero si reaccionan radicalmente en lugar de intentar entender el mensaje realmente importante, incurren exactamente en aquello que reniegan, la incomprensión de todo lo que no empata con su modo de pensar.

 

Finalmente, la vida de estas personas se ve alterada por la presencia del orador motivacional Jim Cunningham, a quien Donnie considera un falso profeta que manipula con promesas de esperanza y bondad, para sacar provecho de los demás; que engaña explotando a personas de carácter débil, con un discurso manipulador de auto-amor, vendiendo videos motivacionales a través de su empresa de autoayuda.

 

Durante una de las clases, en que la profesora Kitty propone un ejercicio ético construido a partir de las enseñanzas de Jim, los estudiantes deben debatir si escenarios imaginarios que se les presentan son demostraciones de ‘amor’ o ‘miedo’, bajo la idea de que cada acto humano responde a uno u otro espectro. Donnie difiere e insiste que la vida no puede ser catalogada en dos rubros opuestos; bien y mal, correcto o incorrecto, positivo y negativo, sino que las cosas tienen sus matices, pues las decisiones responden a muchos factores del contexto, dado que la ética y el hombre no obedecen a concretos unidimensionales. El dilema empuja a la persona a elegir, pero no entre absolutos que forzosamente se contrarresten; de ahí la dificultad de elegir con sabiduría, consideración y practicidad, todo al mismo tiempo.

Frank puede ser visto como esa figura simbólica que representa la maldad, que corrompe a Donnie, pero el chico no hace nada que directamente dañe a alguien más, mientras se encuentra actuando bajo la ‘influencia’ de Frank, lo que entra en perspectiva especialmente al final, cuando sus acciones (Donnie quema la casa de Jim) develan que el orador motivacional era parte de una red de pornografía infantil, información que no habría sido descubierta de no haber sido por lo que Donnie hizo. ¿Es Frank entonces un aliado o un enemigo? Quizá no es ‘bueno’ ni ‘malo’ estrictamente hablando, porque no puede juzgársele sin conocer a fondo todo aquello que es; sus motivaciones. Qué tanto Donnie ‘tiene’ que hacer lo que Frank le dice, cuando parece que no tiene el mínimo control de sus actos, es además, debatible. Puede asumirse, desde otra perspectiva, que Donnie siempre ha estado en control de sus decisiones y sólo opta por escudarse en Frank para no tomar responsabilidad inmediata (y hablar con su psicoterapeuta de ello, puede ser una interesante referencia), porque para fines prácticos, Frank no es sino una manifestación de Donnie, de sus frustraciones miedos y dudas, escondidos en los pliegues de su inseguridad e incertidumbre.

 

Constantemente el chico lucha contra sus propias emociones, una crisis de identidad, de necesidad de control, y/o de liberarse del control de los demás, exigencia libertaria que surge una vez que es testigo de que todos, especialmente los adultos que mira como modelo o guía a seguir, parecen usualmente tan confundidos como él. Las ocasionales buenas intenciones, pero acompañadas de indiferencia e ignorancia de sus mayores, no engañan al ojo observador y ágil de alguien como Donnie. Karen quiere empujar a los alumnos a pensar críticamente a partir del sentido común, pero no encuentra ni las condiciones ni la disponibilidad de su entorno (escuela y colegas) para hacerlo. Kitty realmente cree en mejorar el mundo, pero su sueño idílico no es realista ni práctico, porque opta por la apariencia de felicidad en la superficie, presa de los engaños de la sociedad decadente en la que en realidad vive. Rose misma, la madre de Donnie, se preocupa por sus hijos y se interesa, pero nunca más allá de su ‘obligación como madre’, de esa tarea y fachada formal que la sociedad demanda de ella, distante entonces en el fondo de la realidad e interacción con su familia.

 

¿El mundo se acabará en 28 días para Donnie, porque va a morir, o se acabará para todos, no literalmente, sino en el sentido de que, con la muerte de él, todo cambiará para la mayoría de quienes viven a su alrededor?

 

Una vez que Donnie se planeta la idea de la posibilidad de los viajes en el tiempo, comienza a preguntarse sobre la viabilidad de cambiar el pasado o el futuro. Su instinto es que, si Frank y ese gusano temporal que tiene la habilidad de ver en el tiempo, le permiten conocer qué sucederá, con ese conocimiento puede decidir cada desenlace a su antojo, cambiando el pasado o el futuro según elija. El análisis lleva a una reflexión sobre destino frente a libre albedrío, e incluso la predisposición a creer, o querer creer, en una fuerza o poder divino que ‘mueve los hilos’ y que, al convertirse en ello, Donnie es quien coloca las piezas en el tablero. “Toda entidad viviente sigue un sendero preestablecido. Y si puedes ver tu sendero o canal, entonces podrías ver el futuro. Esa es una forma de viajar en el tiempo”, plantea Donnie. A lo que su profesor le responde: “Estás contradiciéndote. Si pudiésemos ver nuestros destinos manifestarse visualmente, entonces tendríamos la opción de traicionarlos. El simple hecho de que esa opción existe, sería el fin de todos los destinos establecidos”.

 

Aceptar el miedo y la soledad, la apatía dentro de su propia existencia, cambiando conforme acumula experiencias, impactan a Donnie de una forma que lo invita a dejar de sostenerse en los otros. La historia se desarrolla en un mundo o sociedad que se desmorona por las piezas frágiles que la sostienen, pero que eligen la aparente sensación de funcionar, producto de una autodestrucción que, sin darse cuenta o entenderlo, enajena, promoviendo estancamiento, no soluciones, y miedo, no iniciativa, que es lo que sucede aquí; que es lo que sucede en muchos rincones de la sociedad moderna. A veces la confusión es la respuesta y la solución recae en la duda, en aceptar que hay cosas que no se pueden entender.

 

¿Donnie realmente padece esquizofrenia o imagina todo y las alucinaciones están sólo en su cabeza?; o, ¿es Donnie el ‘elegido’ por una fuerza X que le da la habilidad de cambiar el mundo y de mejorarlo, viajando en el tiempo (como parece estar predestinado)?

 

La historia habla de una cadena de eventos que, aunque se sirva narrativamente de ‘la paradoja de predestinación’ (un bucle temporal que, por principio, corre dentro un ciclo predestinado: el futuro sucede porque el pasado ya ha sido cambiado, así que ese viaje para influir en el pasado, ya sucedió, de ahí que el futuro sea como es), usa la herramienta para hablar sobre decisiones y consecuencias, sobre responsabilidad y compromiso, pero también para evidenciar la realidad de que, a veces, no se puede, ni debe, controlarlo todo.

 

En la cinta, se han creado dos universos paralelos, una realidad alternativa que podría colapsar con la otra en cualquier momento (o en 28 días). El concepto permite hablar de la forma como las personas están interconectadas por sus decisiones, tomando acciones que, muchas veces sin notarlo, impactan en la vida de otros. Es esa estructura no convencional, si bien de pronto confusa y no siempre fluida, la que permite poner en perspectiva esto, gracias a que en ella, en el juego entre tiempo y realidad, la historia plantea preguntar: ¿Cambiaríamos algo si supiéramos que el futuro no es el perfecto soñado que siempre ideamos? ¿Modificaríamos el presente si supiéramos que la oportunidad de un futuro mejor está en nuestras propias decisiones? En ambos casos, ¿no es así la vida, un incierto que se recorre, esperando ayudar a construir el mejor de los escenarios posibles?  Quién es Donnie sino simplemente alguien (todos nosotros) dándose cuenta que el futuro existe porque el presente se forjó (en decisiones), a partir de un pasado (experiencias).

 

Donnie Darko

Dir. Richard Kelly

Estados Unidos, 2000

 

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

 

Bird Box: a ciegas

 

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Lo sentidos son los mecanismos mediante los cuales el cuerpo percibe estímulos; son algo así como receptores de todo aquello que está alrededor de una persona y que ésta distingue mediante distintos órganos, que mandan la información al sistema nervioso y de ahí al cerebro. Los seres humanos tiene cinco sentidos: olfato, oído, tacto, gusto y vista. Cada uno recoge información del medio ambiente que le otorga a la persona la capacidad para conocer y entender sus alrededores. El cerebro interpreta cada sensación y así se construye una imagen del mundo, lo que le permite entender su contexto y también tomar decisiones. Los sentidos operan en conjunto para dar un panorama suficientemente amplio al individuo; así, si alguno llega a faltar, los otros se agudizan para compensar y seguir dando a la persona toda la información que necesita.

 

¿Cómo sobrevivir sin uno de los cinco sentidos? ¿Cómo confiar en uno mismo cuando existe la sensación de no tener claro el panorama completo? En la película Bird box: a ciegas (EUA, 2018), la humanidad debe prescindir del uso de la vista cuando unos extraños entes, a través de este sentido, llevan a las personas al suicidio. Para evitarlo la gente debe dejar de usar la vista, pero esto acrecienta el reto de sobrevivir. Con un guión de Eric Heisserer, que se basa en la novela homónima de Josh Malerman, publicada en 2014, y dirigida por Susanne Bier, la película está protagonizada por Sandra Bullock, Trevante Rhodes, John Malkovich, Tom Hollander, Danielle Macdonald y Sarah Paulson.

 

Malorie, la protagonista, una mujer embarazada acostumbrada al poco contacto social, termina refugiándose en la casa de un extraño cuando esta fuerza sobrenatural se extiende, causando suicidios masivos en todo el mundo. Junto con ella, un grupo de sobrevivientes se organiza para mantenerse en pie, con la esperanza de que las autoridades retomen el control. Cuando esto no sucede y la comida comienza a escasear, el grupo decide arriesgarse a salir en busca de medios de sobrevivencia, como la única última opción.

 

Esto divide opiniones, pues cada uno cuenta con sus propias prioridades y aunque todos quieren el privilegio de la seguridad, el resguardo y alimento, pocos están dispuestos a sacrificarse por él, en una combinación de temor, incertidumbre, conveniencia e individualidad. Se trata de un escenario en que gente desconocida se ve obligada a trabajar en equipo, rodeada de un mundo hostil y peligroso que los lleva a desconfiar y por tanto a aislarse. Malorie es especialmente astuta para darse cuenta que pese a sus diferencias de opinión, personalidad y carácter, lo importante es encontrar un punto de entendimiento entre las partes, bajo la prioridad única que a todos interesa: sobrevivir.

 

El resultado es un choque de actitudes que inevitablemente forma grupos, según se encuentra la afinidad con otros, en algo que los identifique o en que converjan. Olympia, por ejemplo, una joven embarazada a la que le dan también refugio, busca en Malorie apoyo sobre todo emocional, sabiendo el punto concordante que las une, el nacimiento próximo de sus hijos; pero mientras la joven actúan con una solidaridad casi dependiente, Malorie prefiere mantener sentimientos, intimidad y acercamiento al margen, sabiendo que no hay nadie en quien realmente sienta que puede confiar.

 

Olympia no tiene malas intenciones, al contrario, su personalidad es la de ayudar al prójimo, pero Malorie no sabe cómo relacionarse ni tiene las intenciones para hacerlo, pues vive más cómoda y ‘segura’ en su propia isla o burbuja. El problema es que Malorie debe aprender a detectar que a veces es importante e inteligente pedir ayuda, antes que querer hacerlo todo sola.

 

A lo largo de la película parece que la protagonista mira a Olympia como alguien débil por su carácter sereno, al que asocia con ingenuidad y fragilidad, específicamente emocional en efecto, pero aunque la otra es claramente más vulnerable por eso, su actitud también tiene su lado positivo, pues representa un grado de bondad, sentimiento significativo para rescatar en un mundo marcado por una condición predominantemente opuesta. Con el tiempo, Malorie entiende que la vida no puede ser ni absoluta dureza ni ingenua inocencia, sino el balance entre ambas. Olympia quizá pudo salvarse de haber sido más crítica y selectiva, desconfiada y distante, pero al mismo tiempo, Malorie, que es así,  solo podrá salvarse si, en el opuesto, acepta la importancia ser más sensible, humilde y abierta; vulnerable, pero no en el sentido de alguien indefenso, sino como alguien humano, con sus fortalezas pero también defectos, valor pero también temores.

 

La vida no es absoluta certeza, al contrario, está llena de incertidumbre, y la incertidumbre implica tener miedo; que esto sea así no es malo, al contrario, conlleva retos y, por tanto, posibilidad de superación. La fuerza sobrenatural que provoca que la gente desee suicidarse en cuanto la ven, de alguna manera ataca este sentir de duda, remordimiento y desesperanza en la persona. No importa tanto qué es o de donde vino esta fuerza, este ente, sino lo que representa y lo que provoca en las personas, obligadas a enfrentarse a sus temores y lo que estos significan o simbolizan. ¿A qué teme el hombre más que a morir? ¿A sufrir, a quedarse solo?, ¿a perder la esperanza, a claudicar cuando otros dependen de ellos?

Créditos: This image released by Netflix shows Sandra Bullock in a scene from the film, «Bird Box.» (Merrick Morton/Netflix via AP)

 

Los sobrevivientes entienden que tienen que aprender a vivir sin usar sus ojos, y a ver, no en el sentido literal sino en el metafórico, valorando sus alrededores y la visión que tienen, la imagen mental que saben y se han hecho, del mundo y de las personas. La película de esta forma se aventura, también, a preguntar qué tanto dependen las personas de sus sentidos para sobrevivir,  específicamente de la vista. Aquí, la memoria debe jugar un papel fundamental en el proceso de adaptación, pues al no ser ciegos de nacimiento, conocen (¿recuerdan?) el medio ambiente en donde deberán sobrevivir: la ciudad, las calles, ubicación de lugares, funcionamiento de aparatos, distancias, etc.

 

Estas personas se enfrentan a una realidad complicada cuando se dan cuenta que dependen de sus ojos para casi todo y que, ante el limitado uso que ahora pueden darles, no tienen otra opción más que adaptarse. Si quisieran buscar un nuevo refugio, atender sus heridas, advertir amenazas o ubicarse en un espacio, están acostumbrados a depender siempre de sus ojos para poder cumplir con la tarea. El desafío es poder realizar esas acciones empleando sus otros sentidos y su memoria. Cuando necesitan llegar a un supermercado por provisiones, por ejemplo, caen en cuenta que caminen o manejen hasta ahí, están casi indefensos si no pueden guiarse con la vista. Lo importante es dar respuestas, adelantarse a los hechos, avecinar posibles alternativas y escuchar, a veces muy literalmente. Para lograr su meta alguien propone usar el GPS del auto, una respuesta que aunque no ideal, resuelve de momento el problema aprovechando lo que saben, las herramientas con las que cuentan y los sentidos que aún pueden usar, más que nada el oído.

 

Poco a poco todos terminan dependiendo más de sus otros sentidos, pero mientras esto ayuda a pelear contra los entes que acechan, la indiferencia e individualidad humana, el egoísmo y la altanería no desaparecen, al contrario, siguen muy presentes en la sociedad y con el peligro de empujarla a la autodestrucción. La convivencia en confinamiento, además en un espacio relativamente pequeño, provoca tensión entre los integrantes del grupo, al tiempo que la disminución de víveres y la amenaza del peligro externo conducen a cada uno a pensar más en su sobrevivencia individual que en el bienestar del colectivo.

 

Douglas, el esposo de la mujer que salvó a Malorie en la calle, y quien muere por ello, adopta una actitud patana y poco solidaria, primordialmente porque sabe que el peligro que tienen enfrente demandará de cada uno de ellos orden, disciplina y decisión, algo que de entrada no se percibe a primera vista en todos. Pero su postura, por ejemplo, nunca es tan egoísta como la de los chicos que huyen con las provisiones y el único auto en la casa, todo con tal de salvaguardar su propia supervivencia, dejando a los otros a su suerte; un acto oportunista y sin más trasfondo que la traición y deslealtad, que ejemplifica cómo las personas explotan la debilidad del otro, aprovechando cada ocasión en que creen que pueden sacar ventaja.

 

La historia también habla de una relación social afectiva importante, además de esta dinámica tóxica en las relaciones humanas: la relación del hombre con su contexto y todo aquello que da por sentado. Al respecto, al inicio de la película, Malorie, quien pinta artísticamente, le presenta a su hermana su más reciente cuadro, en el que se observa a un grupo de personas reunidas pero al mismo tiempo aisladas, porque cada una parece estar sumida en su mundo, sin interactuar, sin relacionarse, sin observar el mundo o las personas a su alrededor. La hermana de Malorie atinadamente le dice que el cuadro se siente como un grupo de personas juntas pero separadas; y esto es precisamente de lo que habla la historia, de un mundo siempre conectado por todas las vías posibles, sin embargo, viviendo en su propio espacio, alejado de los demás. Esta indiferencia social se hace presente a todas horas y en distintos niveles, a veces conscientemente, a veces de manera inconsciente.

 

Malorie sobrevive gracias a que alguien le ayuda, pero Malorie misma tarda en confiar en otros pensando que quizá este sea el camino por el que los demás se aprovechen de ella. La desconfianza la pone en alerta, tanto a ella como a los demás, y aunque en la casa está rodeada de gente, ante la situación de peligro, se siente sola. Cuando en el mundo real todos actúan de alguna forma de esta manera, el resultado es un conjunto de humanos parados unos al lado de otros, pero desinteresados de aquellos a su alrededor, ignorándolos, discriminándolos, evitándolos o simplemente ni conscientes de su presencia, o su existencia. La indiferencia como forma de conducta y el egoísmo como valor moral predominante.

 

 

Los entes no acechan al grupo, acechan al individuo porque saben que pueden debilitarlo y explotar su miedo y su aislamiento. Para ello ‘infectan’ a personas que eventualmente se encargan de que otros ‘vean’ lo que ellos consideran la verdad, o la salvación, la “luz” que los conduce a la felicidad, a la belleza, rompiendo la indiferencia social por medio del sacrificio personal, aunque, en este caso los lleve luego a la muerte. Uno de estos hombres es Gary, quien llega a la casa con esa intención, bajo la mentira de que es alguien buscando la caridad de un alma que lo acoja y le de refugio. Gary es uno de los muchos que han visto a los entes y en lugar de suicidarse, obligan a otros ‘a ver’, creyendo que de esta forma ‘purificarán al mundo’.

 

Sus falsas profecías y su fe retorcida no es más que un entendimiento trastornado de lo que significa libertad, redención y ayuda. Gary y otros como él están seguros que ‘ver’ y/o abrir los ojos, simbólica y literalmente, es el camino a la salvación; el problema es que su creencia se basa en que la persona misma no está a gusto con su propia vida, su mundo o su realidad, o que las personas aceptarán ver antes que buscar entender. Pretenden imponer un camino, una conducta, al margen del sentir y del interés de los demás.

 

Los entes atraen a las personas presionando sus debilidades y llenándolas de desolación, porque quebrantar el espíritu del hombre es el camino más directo para destruir su voluntad de vivir. Contrarrestarlo no es sólo luchar por sobrevivir, es luchar sabiendo que el camino está lleno de adversidades y aún así, o sobre todo por ello, seguir adelante para realmente vivir, para decidir por uno mismo la forma de ser y estar en este mundo.

 

Cada mente forma su propia idea de lo que sucede y le busca su propia explicación al fenómeno; algunos personajes creen que es el fin del mundo, otros creen que es un castigo de un ser divino, otros, por momentos, teorizan si se trata de algún virus que se transmite y contagia; pero al final, las teorías de conspiración y las creencias de fe son sólo elementos en los que la mente se sostiene para entender e interpretar su realidad, son expresión de la cultura, valores, creencias y temores de cada quien. El ente significa lo que cada persona quiere que signifique y se combate cuando la persona enfrenta esos miedos, debilidades y su espíritu quebrantado.

 

La mujer que salva a Malorie ve a su madre fallecida, quizá porque detrás existe un remordimiento en ella; la hermana de Malorie ve algo que la asusta, quizá revelando algún miedo intenso que guarda o esconde;  Malorie misma cuando es tentada camino a un refugio en el bosque, oye voces que le invitan a claudicar y abandonar a los niños que la acompañan (su propio hijo y la hija de Olympia), exponiendo así su resentimiento consigo misma y sentimientos de culpa por lo que ha sucedido, por las muertes que no pudo evitar, por los caídos que se han quedado en el camino, algunos fallecidos por acudir en su auxilio.

 

 

En el fondo, tal cual explica la hermana de Malorie al inicio de la película, hablando ella del cuadro pintado por la protagonista, lo que el relato refleja es una inhabilidad de las personas para conectar con otros y con el mundo que les rodea. El hombre mira pero no siempre observa; habla pero no siempre se comunica. El dicho dice que ‘nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde’ y en esta historia los personajes aprenden a valorar lo que tienen y a quienes les acompañan en su camino, incluyendo las buenas y las malas influencias o las opiniones de aquellos con quienes concuerdan, pero también la de aquellos con quienes difieren.

 

 

La pregunta es si el hombre aprenderá a ser suficientemente receptivo a través de sus sentidos, perceptivo ante todo tipo de mensaje, para entenderlo, para comunicarse, para participar y no sólo para estar, para sobrevivir. El problema es si le dará sentido a la vida misma, tanto al concepto de estar vivo, como al mundo en el que están plantados y todo lo que en él está inmerso: las cosas, los otros seres vivos, el ambiente natural, la flora, la fauna, el aire que respiran, la tecnología, la cultura, el arte, la comida, los inventos, las relaciones sociales y humanas, el contacto con otros, el proceso de aprendizaje a su alcance y los retos que les permiten crecer y evolucionar.

 

En un mundo en donde uno de sus sentidos se vuelve en contra de él, ¿es posible desarrollar otras capacidades para saber escuchar (no únicamente otras voces sino todos los sonidos producidos a su alrededor) y valorarlos, interpretarlos, para tener una percepción puntual del ambiente en el que ahora vive y de los peligros que asechan? El riesgo alternativo es la extinción; aunque para la humanidad existe la alternativa de los ciegos de nacimiento, planteando otro reto a los demás ¿hasta dónde podemos ser capaces de confiar en alguien a quien no conocemos?

 

Bird Box:  a ciegas

Netflix

Trailer: 2:15

 

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.

Las brujas de Salem

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

 

Los juicios por brujería en Salem, ocurridos en la región que actualmente cubre Massachusetts, en Estados Unidos, entre 1692 y 1693, fueron falsas acusaciones procesadas formalmente por la autoridad. Ese señalamiento, sin fundamentos, que pese a todo fue llevado a juicio y condenado, demuestra no sólo el despliegue del fanatismo religioso, que justificaba el castigo en el incumplimiento de las normas puritanas que se profesaban en esa época, sino también el poder de la calumnia, el rumor y el chisme, así como la forma como el gobierno puede tomar el control y pisotear las garantías individuales de las personas en nombre de un supuesto bien común, que manipula a su beneficio, no el de la comunidad.

 

Personas fueron procesadas, llevadas a juicio y encontradas culpables, basándose más en lo que se quería creer que en las pruebas mismas. Las acusaciones eran por brujería y herejía, pero el trasfondo de la situación, que dejó cientos de presos y al menos 19 muertos, era mucho más complejo. El hecho histórico se ha estudiado desde diversos puntos de vista, explicándose por algunos, por ejemplo, como un delirio masivo o intoxicación por alucinógenos, que tomó esas ideas puritanas religiosas y las llevó a un extremo que hizo a la gente perder de vista la realidad. Sin poderse saber con exactitud cómo y por qué sucedió este fenómeno social, lo que queda son deducciones sobre el comportamiento humano, sustentado en un análisis de una realidad plagada de perturbación, venganza, manipulación, miedo, palabrería y fanatismo, todo amplificado.

 

Los juicios marcaron para muchos la forma de percibir la realidad, la religión y las relaciones sociales, pero el acto social como tal dejó su huella en la historia. Desde entonces por ejemplo la frase ‘cacería de brujas’ se refiere a falsas acusaciones que llevan a juicios, literales o no, sustentados en mentiras y calumnias que señalan y acusan de una forma manipuladora y engañosa.

 

En 1952 el dramaturgo estadounidense Arthur Miller (1915-2005) escribió una obra de teatro basándose en estos juicios, con eco en su propio contexto social, los años 50 y el macartismo, un periodo histórico en Estados Unidos en que el senador Joseph McCarthy (1908-1957) realizó una persecución criminal mediante una serie de acusaciones, interrogatorios y juicios a personas ‘sospechosas de ser comunistas’.  Aquella obra de teatro, originalmente titulada ‘The Crucible’, fue adaptada al cine por Miller mismo. En español Las brujas de Salem (EUA, 1996), la película fue dirigida por Nicholas Hytner y protagonizada por Winona Ryder, Daniel Day-Lewis, Paul Scofield, Joan Allen, Bruce Davison y Karron Graves, entre otros. Nominada a dos premios Oscar, mejor guión adaptado y mejor actriz de reparto, para Allen, la historia se centra en Abigail Williams, una joven obsesionada con un hombre casado, John Proctor,  de quien desea que su esposa Elizabeth muera, para que él la elija a ella.

 

 

Abigail y sus amigas son un grupo unido que, quizá por su edad, los cambios sociales producto de esta vida en ‘el nuevo mundo’ (la región era una colonia británica asentada en Estados Unidos) o ambas cosas, buscaban libertad y divertimento, gustan de bailar y jugar en el bosque, algo no bien visto en la sociedad puritana, con ideas conservadoras profundamente arraigadas, que conducen a la intolerancia y la segregación, así que, cuando alguien sugiere que las jóvenes practican la hechicería, Abigail, la líder, señala a Tituba, una mujer de Barbados, esclava que convive con ellas, como la culpable de todo. Lo que inicia como un juego aparentemente inocente, y después como una mentira exculpatoria, se convierte en una oportunidad para muchos de sacar provecho de la situación. Algunos vuelcan toda su desesperación hacia Tituba, culpándola de bruja, y por tanto, responsabilizándola de sus desgracias. La presión cae sobre el reverendo Parris, tío de Abigail, quien se ve forzado a traer a alguien, el Reverendo Hale, para investigar las acusaciones demoniacas.

 

La presión hace que Tituba confiese autoculpándose y diga lo que los otros quieren oír. Abigail aprovecha entonces para hacerse la víctima y decirse presa del poder de los espíritus. El juez Thomas Danforth, que es llamado para el juicio, se obsesiona con cubrir su propia agenda, encontrar y enjuiciar, dadas sus ideas fanáticas sobre el asunto (castigar al pecador para mantenerse en la gracia de Dios). Tituba es de antemano encontrada culpable por un pueblo que quiere castigar a cualquiera que puedan culpar de su mala fortuna, así como un grupo de jueces que ejercen el poder que tienen para demostrar su superioridad intelectual y religiosa, la pureza de sus almas y presentarse ante la sociedad como los ‘salvadores’. Desde luego lo que menos importa es el esclarecimiento de los hechos, sino sancionar a los supuestos culpables para que sirva de castigo ejemplar hacia la población. Una práctica común a lo largo de los siglos.

 

 

 

 

Pero para Abigail sobre todo, más que para las otras chicas, la primera acusación es un intento por librarse del regaño por el baile y sus demás juegos infantiles que de por si tienen prohibido, pero lo que sigue es el uso cruel y premeditado de la influencia que pueden lograr, al darse cuenta de lo fácil que es acusar al otro, para castigar y vengarse, oportunidad que otros, eventualmente, en el pueblo, encuentran también útil para cubrir sus propios fines. Después de todo, en la comunidad hay resentimientos, envidias, recelos, rencores y ánimos de venganza, por hechos pasados y conflictos no resueltos. No tarda para que muchos otros sean señalados por brujería sin el más mínimo fundamento o prueba. La gente acusa a sus enemigos, a sus vecinos, a las personas con las que tienen algún conflicto o a las que consideran culpables de algo que les haya traído penas en el pasado, hasta que, inevitablemente, alguien señala a Elizabeth Proctor.

 

 

John sabe, por Abigail, que todo comenzó como una mentira conveniente para ella y las otras niñas, pero confesarlo implica revelar que habló con ella a solas, algo socialmente mal visto dado que él está casado. John insiste que la gente se dará cuenta por sí sola del engaño, pero cuando los que lo hacen también son acusados y Abigail se va sobre Elizabeth, John confiesa al Reverendo Hale lo que sabe, logrando que el otro se dé cuenta, por razón y lógica, que la acusación misma, sin ser investigada, puede ser una mentira bien recubierta. Hale duda, pues entiende que el juicio y la condena que se está haciendo, se realiza sólo en la palabra (el rumor, el chisme), en la acusación, no en las pruebas.

 

 

Cuestionar a las únicas personas que hasta ahora no han sido acusadas (Abigail y las chicas), sería la forma más lógica de llegar a la verdad, sin embargo, también la más difícil. Las jóvenes que aseguran ser testigos y víctimas de la brujería tienen ya un poder de convencimiento difícil de refutar, dudar o eludir, y pretender hacerlo e indagar lo verídico de las acusaciones coloca a quien lo hace en el estrado de los inculpados. Los juicios se han guiado por la palabra de un grupo de personas que dice lo que quiere según le conviene, no  por lo que es; su palabra se ha tomado como verdadera al grado que es más convincente que la verdad misma, porque así les conviene a los involucrados (los que acusan, los que enjuician o los que se benefician del encarcelamiento de otros), por lo tanto, negarla, analizarla o señalarla, ir en contra de lo aceptado por la mayoría, es mal visto. Para entonces, por conveniencia o por seguridad propia, es más aceptado alinearse con lo que dice la mayoría, que pensar, o decir la verdad, o investigar, porque ir en contra de lo que dice y quiere la gente en el poder conlleva ganarse castigos y venganzas, pena y desdicha.

 

¿Por qué la gente actúa así? ¿Por qué no razonar e investigar, con temperamento y paciencia? No hay evidencia ni sustento en las acusaciones, pero los aldeanos ven y creen lo que quieren ver y creer, según puede ser usado a su favor y eso es más fácil para ellos. La calumnia y la mentira cobran fuerza cuando lo importante no es la justicia, sino la apariencia de ella. La historia refleja con tino esta realidad aún presente en el siglo XXI, en que las personas pueden ser llevadas a la hoguera, metafórica y literal, al juicio y al señalamiento, por un simple efecto de inercia: alguien acusa sin fundamento, la gente lo toma como verdadero, lo repite y se lo cree, resultando en un castigo basado en nada más que palabrería, justificada y validada no por la demostración de su veracidad, sino por el efecto de repetición masivo y sin razón. Si lo dice alguien con poder es cierto, si lo dice la mayoría es cierto, si lo dice tal o cual medio, personalidad o publicación, es cierto, por ejemplo, son algunas de las creencias ciegas que se oyen en la actualidad. La ignorancia y la estupidez como factores predominantes en las relaciones sociales, hoy como hace 350 años.

 

 

“Las apariencias engañan”, dice John en un punto de la historia, pero, ¿cómo darse cuenta de ello? y, más importante, cómo evidenciarlo, justificarlo, demostrarlo y sustentar la justificación, cuando la apariencia es tan beneficiosa para el otro que vivir engañado es mucho más cómodo para todos, o para casi todos. Si alguien quiere tanto creer en la mentira, es difícil hacerle entender no sólo la verdad, sino la importancia y relevancia de ésta. Las personas creen lo que quieren creer. La gente no se atreve a luchar por la verdad cuando hacerlo es castigado y mal visto, cuando la libertad de pensamiento y crítica se enfrenta a la necedad del otro y, por tanto, al señalamiento y el linchamiento. ¿Cuántos acusados inocentes no ha habido a lo largo de la historia, cuya condena se basa en mentiras, rumores y manipulación? Es tan fácil dejar rodar la mentira que crece como bola de nieve para hacer de la falsedad un hecho comúnmente aceptado.

 

Lo vive por ejemplo Mary, una de las amigas de Abigail, quien trabaja para John, que acepta que todo lo que las chicas dicen sobre ver el demonio y ser presas de la brujería no es más que teatralidad, a veces ensayada, a vece espontánea, pero tan convincente para algunas de las niñas que de verdad se lo creen y reaccionan acorde. Mary confiesa, pero no todos la quieren escuchar, porque validarla implicaría contradecir sus propias palabras, lo que los pondría en evidencia. Aunado a ello, Mary duda si debe hacer lo correcto, porque sabe que las otras chicas se irán en su contra. En efecto, ante la primera oportunidad, acusan a Mary misma de bruja, sabiendo que la simple denuncia es suficiente para que la encarcelen. Mary termina por retractarse y negar la verdad, para librarse del castigo. Y así como Mary, muchos viven en el pánico y la histeria, desconfiados de sus vecinos, vigilando y sabiéndose vigilados, acusando a la primera discrepancia que haya entre ellos.

 

 

Qué es negar la verdad sino una forma de mentir, y mentiras son sobre las que se construye esta sociedad. Una vez que los primeros condenados encuentran su muerte y Abigail huye, los jueces se quedan con un pueblo que comienza a resentir lo que está sucediendo. Para dar por concluidos los juicios, que han dejado resentimiento y odio, se decide usar a John como estandarte, como persona respetada del pueblo, para pedirle una confesión falsa y a cambio perdonar a los demás. John tiene mucho que ganar, salvar la vida de su esposa embarazada y la vida de los otros enviados a la muerte, pero tiene aún más que perder.

 

John tendría que mentir y esto significa no sólo tachar su nombre, el nombre de su familia y el de aquellos que, como él, están acusados falsamente, sino que hacerlo es darle la razón a la gente que ha mentido, los jueces, Abigail, los líderes religiosos. Él considera que es mejor sacrificarse y morir, sabiendo que al menos así demuestra sus principios, su verdad y su ética, sopesando ‘morir en la verdad’ que ‘vivir en la mentira’, por lo cual prefiere elegir el camino que considera el más correcto. ¿Qué clase de persona sería, cómo vivir consigo mismo, qué ejemplo daría a sus hijos, si aceptara una culpa que no le corresponde?

 

 

Elizabeth y Hale aceptan su decisión, respetándola, pero cuántos no, al contrario, la condenan. ¿Tiene un precio la verdad? ¿Cómo es que pesa más el rumor y la falsedad, la calumnia y la mentira? ¿Qué se necesita para parar la ‘caza de brujas’? ¿Ética, verdad, persuasión, cultura, conocimiento, razón, o todas las anteriores? ¿Puede hacerse, cuando dados los intereses de por medio, el que gana, gana mucho y el que pierde, puede perderlo todo? Tal como sucedió con los juicios de Salem, el tiempo, la perspectiva, la evolución cultural y la valoración crítica que se gana con el distanciamiento del objeto que se analiza, lo dirán.

 

Las Brujas de Salem

Dir. Nicholas Hytner 

Trailer 2:29

 

 

Foto: Diana Alcántara

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo  y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.