Invasión: mapa de una ciudad invisible
Por: Andrés Palma Buratta
Invasión de Hugo Santiago, es considerada, por algunos críticos y expertos en cine, y a pesar de haber sido un fracaso comercial el año en que se estrenó y estar desaparecida por más de 20 años, como la mejor película latinoamericana de la historia, o por lo menos de Argentina. Invasión es una obra inclasificable ya que diversa y compleja, es de esas obras que se nutre de los mismos conflictos en los cuales se origina para dibujar su propia fisionomía y perdurar como pieza cultural relatora de la existencia y conflictos humanos, no como un todo, sino como un abstracto. Invasión fue filmada durante la dictadura argentina de Onganía en 1968, pero se ambienta en 1957, durante la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu. En 1976, otra dictadura militar encabezada por Videla, hizo desaparecer los negativos hasta principio del 2000, lo que ha convertido a Invasión en una obra de culto, en un objeto de deseo, que, por suerte, ahora podemos ver en Youtube. Lo primero que engancha, es que Invasión fue escrita por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, dos referentes de la literatura mundial sin mayor necesidad de presentación, y así fue como se vendió cuando se estrenó en Buenos Aires en el año 1969, como «la película de Borges y Bioy Casares». A días de su estreno, esta película maldita, implementó una campaña similar a la que años antes utilizara Orson Welles en su programa radial “La Guerra de los mundos”, haciendo creer a la población argentina que, efectivamente, existía la amenaza real de una invasión. Nadie lo creyó o poco importó, o más bien, el pueblo argentino ya estaba acostumbrado a las invasiones. Resulta paradójico que los mismos dictadores con los que Borges se sentaba a almorzar, hicieran desaparecer esta obra por considerarla subversiva y que podía influenciar la resistencia al opresor militar, pero ahí está la genialidad laberíntica del escritor argentino.
Invasión es el relato de una resistencia, de la defensa, por parte de un grupo indefinido, abstracto, no ideológico, amoral, pero elegantemente vestido, de la ciudad, “ficticia”, de Aquilea, ante la invasión de parte de otro grupo armado, indefinido, abstracto, más amoral, más ideológico, o por lo menos más armado, también elegantemente vestido, que lo mismo pueden ser gauchos, marines, espías o hit mans al estilo del film noir, en un aparente golpe de estado o apropiación territorial. La verdad es que el conflicto poco importa (aunque visiblemente político, militar, social, permeado sin duda por las constantes tomas de poder dictatoriales y revoluciones que se sucedían en Latinoamérica), su resolución, tampoco. Lo que importa o por lo menos atrae al momento de analizarla, es la construcción de los laberintos, tan presentes en la obra de Borges, donde se lleva a cabo esta lucha. Italo Calvino en el año 1972, publicaba su libro «Las ciudades invisibles», y Aquilea, bien podría ser una de ellas. “Las señales revelan el corazón de la materia, conocer la superficie de las cosas, para adentrarse en lo subterráneo del espíritu. Pero la superficie es inagotable”. En la superficie es, a todas luces, una película de acción, adrenalínica, imparable, donde los personajes palpitan, se mueven, transitan, dialogan, bailan, escuchan tangos y milongas interpretadas por los más reconocidos exponentes del género de la época, comen, luchan, se cuestionan, se adoctrinan, se disparan y todo vuelve a comenzar.
Hugo Santiago, su director e idea original, supo rescatar, del imaginario popular, varias obras que le precedieron para construir este anteproyecto urbano de enfrentamiento sociopolítico. Y sin certezas, más bien con suposiciones, podríamos nombrar el cuento »El matadero» escrito por el argentino Esteban Echeverría en 1871, donde la guerra, en este caso, intestina, se daba entre los estómagos y las conciencias producto de la hambruna provocada por una inundación que arrasó con toda una Buenos Aires de mediados del siglo XIX, dejando un clima de incipiente violencia en la población que habitaba en los alrededores del matadero. El gobierno, atemorizado por las flatulencias intestinales de los habitantes, atribuyendo esos tumultos a un origen revolucionario (los unitarios), sacó a sus esbirros a la calle de una ciudad dividida por puntos cardinales, al igual que Aquilea, para enlutar esta visceral sublevación. En definitiva, todo se resuelve en un destripamiento caníbal en el matadero, no solo de un toro embravecido, sino que también de un “unitario”, un revolucionario, un vecino que iba pasando por ahí, presa del desquiciamiento bestial de la población arengada por un régimen dictatorial enmascarado bajo las vestes de los degolladores del matadero de aquel lejano 1871. Bueno, Invasión, recoge la estafeta y desentraña esas diversas envolturas sociales, políticas y económicas que rodean la gran capital, las grandes capitales, las ciudades invisibles. Pero más patentemente y ampliamente analizado, Hugo Santiago fue influenciado por otra obra de culto como referencia más próxima a su argumento, la novela gráfica “El Eternauta” de 1957, año en que se sitúa la trama de la invasión por cierto, y creada por Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Francisco Solano López. Aunque si en “El Eternauta” la invasión fue de parte de extraterrestres a la tierra, más precisamente a Buenos Aires, y convierte el relato en una sobrevivencia post apocalíptica con tintes políticos, sociales y humanos, como toda obra distópica; Invasión, sin necesariamente alejarse del genero de la ciencia ficción o sin necesitarlo perenemente, coquetea más con el imaginario de lo fantástico, lo extraño, lo metafísico, a veces, incluso, con el surrealista realismo mágico muy de moda en esos años en la región.
Santiago, que venía de ser asistente de dirección del maestro Robert Bresson, (otra gran influencia en la forma de abordar esta obra con elementos muy palpables de esa naciente Nauvelle Vague y Cine Polar Francés) busca, al igual que Godard con la ciudad de Paris en “Alphaville, une étrange aventure de Lemmy Caution” (donde el film-noir de amor se mezcla con la distopía retro futurista, condimentado por citas ¿coincidencia? de Jorge Luís Borges, con un finísimo humor, y adelantando, de alguna manera, su critica a los acontecimientos del mayo del 68), transfigurar Buenos Aires en Aquilea, un alter ego que no deja nunca de ser la capital argentina (se ve la Bombonera, sus calles, almacenes de barrio, cantinas de tango y milonga, arquitectura reconocible, carteles que indican Buenos Aires, etc.) aunque finalmente poco importa si lo es o no, finalmente puede ser cualquier capital sudamericana de principio de los 70 envuelta y revuelta en sus revueltas y escenario perfecto para que estos tres autores dieran rienda suelta a su imaginación de lo real. Lo que sí se establece es que Aquilea está asediada por una guerra entre dos bandos, el invasor y el defensor. Aquí hay una primera aproximación al mito griego de «La Ilíada»; una ciudad sitiada (Troya), la cólera de Aquiles (los griegos pierden las batallas, una y otra vez, al igual que la “resistencia” de Aquilea), el tema del Nostos, el regreso a casa, en este caso de los invasores y finalmente, el enemigo oculto a punto de salir, escondido como el ejercito Aqueo, en el caballo de Troya. Aquilea deja de ser nombre propio para engrosar la lista de ciudades sitiadas, ya sea la Aquilea romana que fue destruida por Atila en 452, después de tres meses de sitio, o el caso del asedio de Montevideo durante la Guerra Grande entre 1839 y 1851. Hugo Santiago, suponemos que, con todo este bagaje, le pide a Borges, del cual había sido alumno, que escriba el guion en conjunto con Bioy Casares. Finalmente, con ese peculiar imaginario del universo Borgiano, la película resulta más ser un ejercicio filosófico, vanguardista, muy a la moda de la Nauvelle Vague, experimental, fantástico, con esa persecución de la existencia humana que caracteriza la obra de Borges, que en una película de invasión. La invasión es solo la superficie explorable, de la que habla Calvino en su libro, para navegar en las aguas de esta sociedad corroída desde el interior, donde flotan a la deriva la carencia de libertad, la sombra de las dictaduras, la gran crítica social y política sobre el barco de la ciencia ficción, lo fantástico, que siempre ha sido un gran vehículo de expresión del descontento social. Lo interesante, sin embargo, son las otras capas por donde se teje un ejercicio estético formal en que la moral se difumina y los bandos carecen de razones y explicación de toda acción. La invasión será eterna (al igual que el asedio a Troya), y Aquilea se subyugará a la teoría del “eterno retorno”, filosofía estoica que postula la repetición del mundo, donde los mismos actos ocurren una y otra vez de forma igual. Así, el final de la película siempre será el comienzo, y la invasión se repetirá en un loop infinito. La invasión siempre termina donde empezó. El mismo Borges describió esa idea en la sinopsis de la película: «Invasión es la leyenda de una ciudad, imaginaria o real, sitiada por fuertes enemigos y defendida por unos pocos hombres, que acaso no son héroes. Lucharán hasta el fin, sin sospechar que su batalla es infinita». Al igual que un juego de ajedrez, donde las piezas avanzan y retroceden, trazando caminos rectos u oblicuos, los invasores, de blanco y la resistencia, de negro, están dispuestos sobre el tablero formado por calles de una ciudad fantasmal, esperando los comandos de poderes fácticos. La invasión está conformada por varias batallas y por ende va perdiendo el heroísmo y su triunfo, si es que hay triunfo, no significa nada, y la derrota, si es que hay derrota, no humilla. Al igual que el ajedrez, bajo el pie del rey destituido queda siempre un cuadro blanco o negro, queda siempre el plano, la ciudad, el mapa. Las guerras, sabemos, se tornan inútiles y perennes. Walter Whitman en su poemario “Canto a mí mismo” escribe: “Yo también, sombra altiva, he cantado a la guerra, a una guerra más prolongada y grande que ninguna, sostenida en mi libro con desigual fortuna, con huidas, avances, retrocesos, con victorias diferidas e inciertas; es el mundo mi campo de batalla…”.
Las interpretaciones más políticas y sociales, superficiales, pueden ser varias e inagotables, sobre todo por los explícitos métodos de tortura de parte de los invasores, los elementos opresores, los elementos de sujeción, remiten y refiguran las dictaduras latinoamericanas. Los signos, la ciudad y los signos, están ahí, el uso de los estadios (las escenas en la Bombonera) como centros de tortura en varias dictaduras latinoamericanas, (En «El Eternauta» el ejercito ocupa el estadio de River Plate como centro de operación contra los invasores) se pueden identificar como una premonición o pre configuración de una clarividencia aterradora de la metodología despótica que estos países vivieran a lo largo de todo el siglo XX. Pero, ya conocida la superficie de las cosas, hay que adentrarse en lo subterráneo del espíritu, y ahí surge esa dualidad que los griegos nominaron con el concepto de Kleos (gloria) ganado en batalla, versus el Nostos (regreso) donde creo que fluctúa esta obra. Aquí no hay vencedores ni vencidos, y no sabemos si el regreso a casa o la gloria de la victoria se sobrepone el uno con el otro, o terminan careciendo de importancia, porqué últimamente Aquilea es solo un mapa, es solo una ciudad invisible, no sabemos que esconde, es un símbolo, es lo impropio; ¿Acaso no todas las invasiones son una lucha iconoclasta?. En una de las líneas más memorables de la película, Julián Herrera brazo armado de la resistencia dirigida por Don Porfirio, le pregunta a este último, “¿A qué morir por gente que no quiere defenderse?”, Don Porfirio mirando el gran mapa de Aquilea que recubre su oficina le responde: “La ciudad es más que sus habitantes”. Porque en última instancia lo único que puebla ese mapa es un conflicto fatuo por un símbolo fantasmal.
Esta idea de “mapa” me lleva a un documental titulado Toponimia del año 2015 dirigido por Jonathan Perel, que narra la compra o más bien, la expropiación territorial, planeación urbana y construcción de cuatro aldeas (de las muchas que hubo) en la provincia de Tucumán, donde, a principios de la década de 1970, se produjo una rebelión armada de campesinos que habitaban en las montañas. El ejército argentino, a modo de Kleos, nombra las aldeas con rangos y nombres militares. Así nacen los poblados de Teniente Berdina o Soldado Maldonado (acaso también pertenecientes al ideal de las ciudades invisibles). Entonces, al igual que Perel, Hugo Santiago fue un “cineasta como cartógrafo de políticas de la memoria” como escribe Irene Depetris Chauvin sobre el documental Toponimia y agrega una cita de Deleuze y Guattari, de «Mil mesetas»: “El mapa es abierto, conectable en todas sus dimensiones, desmontable, alterable, susceptible de recibir constantemente modificaciones. Puede ser roto, alterado, adaptarse a distintos montajes, iniciado por un individuo, un grupo, una formación social. Puede dibujarse en una pared, concebirse como una obra de arte, construirse como una acción política o como una meditación”.
Y haciendo un paralelo entre lo que escribe Italo Calvino en sus ciudades invisibles e Irene Depetris Chauvin en «Geografías de autor sobre la obra de Perel», Invasión, la película en sí, su construcción narrativa, su diseño imaginativo, su alma discursiva, su revestimiento mítico, es un mapa, es una de las tantas ciudades invisibles que Marco Polo relata al Gran Kan o Jan en el libro de Calvino, es un relato cartográfico dentro de la filmografía mundial, que a diferencia de la infinidad de películas bélicas, de guerra fría o de aventura donde la utilización cartográfica corresponde a un mecanismo más bien descriptivo, aquí se utiliza para transformar un espacio real en otro ficticio. Hay un estudio bastante interesante que también discurre sobre este epitome, “La cartografía en el cine: mapas y planos en las producciones cinematográficas occidentales” de Agustín Gámir Orueta.
Aquilea, la capital de Invasión, puede ser una ciudad y la memoria, donde el pasado establece idilios entre los preceptos geográficos y la falta de libertad en las calles, donde la invasión construye el espacio, construye la ciudad, construye la memoria histórica. Antes de la invasión, Aquilea no existe. Puede ser una ciudad y los signos, en la cual las prácticas populares, la música, el baile, el canto, el tango, la milonga, y la imaginación de los individuos, reposiciona los lugares típicos de la idiosincrasia argentina, restituyéndole ese carácter de revolución oprimidos por la ignorancia del poder. La cultura no se expresaba antes de la Invasión. También es una ciudad y los trueques, en la que se intercambian, no solo planes, planos, calles o sitios de interés para la invasión, sino que estados de ánimo, soledad e historias de amor y desamor propio de las sociedades revolucionarias de la época, en las cuales se priorizaba o prioriza el deber sobre el sentimiento. El carácter practico por sobre el emocional. En Aquilea no había revolución antes de la invasión. La ciudad y los deseos. En la obra de Calvino existe la ciudad de Zobeida con calles de giros espirales, que se convierte en una trampa para aquel que la visita. El deseo del Gran Kan es el de recorrer su imperio, dibujado en un atlas, de la mano de las descripciones de Marco Polo y quizás perderse en ese imperio en decadencia, para no ver su propia destrucción. En Invasión, apropiarse del símbolo, del mapa, de esa ciudad que no existe, preservar lo invisible para que sobrevengan próximas invasiones es el deseo tanto de invasores como el de la resistencia. Las más bellas son las ciudades sutiles, y Aquilea es una ciudad donde las percepciones sociales y humanas entran en contradicción, perdidas “en las cartográficas de la dimensión espacial, revelando las fracturas de los procesos históricos en curso, siempre cambiantes, inestables, e incompletos” no lo podría describir mejor Irene Depetris Chauvin, aunque esté hablando de la obra de Perel. “El mapa se ha convertido en una autoridad sobre el lugar” agrega. Sobre ese mapa, podemos trazar los reflejos de las calles, lugares que son y no son al mismo tiempo, ciudades dobles, ciudades sin forma hasta la ocupación, ciudades en defensa, ciudades atacadas, estadios de fútbol que son centro de torturas, cantinas de tango que son lugares de resistencia, el repiqueteo del tecleado en maquinas de escribir dentro de oficinas burocráticas entrecortados por sonidos que irrumpen en la noche como tacones sobre el adoquín sin destinos. El constante movimiento, ese escape del otro para alcanzar el uno. Imposible no reconocer al Alain Delon de “Le samouraï”, estrenada un año antes, en el personaje principal de Invasión, el estoicismo, la dureza y poca expresividad convertida en valentía y nulo miedo a la muerte, para un fin inútil, abstracto, efímero. Aquilea nos sigue figurando en cada toma las ciudades invisibles. Aquilea no existe si no es en el mapa. En fin.
El mismo año, quizás uno antes, Ingmar Bergman escribía y dirigía «Skammen» (Vergüenza), donde una pareja de violinistas en una remota isla nórdica (otra ciudad invisible), queda atrapada entre una guerra civil de bandos inciertos. No sabemos los porqués, y al igual que Invasión, poco importan. Solo importa describir la deshumanización de sistemas políticos dictatoriales, de guerras absurdas y ficticias, destructores de las libertades y las doctrinas gobernantes para sustituirlas por las puramente políticas del crepúsculo moral del humanismo idealista. Es por ello que Invasión se convierte en un hibrido entre la mitología griega, la obra de Calvino, los mapas, el tango, las aldeas de Tucumán, la obra de Perel, la novela gráfica de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López y tanto otros autores, la apropiación y desafío al realismo mágico, el acercamiento al retro futurismo de Alphaville, el relato político de Costa-Gavras en «Z» pero sin la carga ideológica o más bien la pérdida de esos valores producidos por la misma invasión, el cine negro de Jean-Pierre Melville, o la abstracción de los códigos y formalismos del cine negro americano (donde todo se revuelve en giros cada vez más complejos de su trama para llegar a la resolución concreta), el cine de acción de Henri-Georges Clouzot con ese hálito de romanticismo revolucionario, y sin duda ese manto de guerra fría que recubre a todo el mundo reinterpretado en clave de comedia en «The Russians Are Coming the Russians Are Coming» de 1966 dirigida por Norman Jewison donde la paranoia, ese papel de política ficción, se traslapa con las varias capas laberínticas, enmarañadas, complejas y metódicamente caóticas que emanan del universo Borgiano.
La invasión está plagada de laberintos (el mapa de Aquilea es un laberinto), de puntos cardinales en una brújula rota (Aquilea dividida por zonas: Norte, Sur, Este y Oeste), de frases directas, evasivas, mitológicas y teorías circulares del tiempo, del amor que desaparece en la lucha, de genero fantástico e ilusorio. Irene, aparente pareja de Julián Herrera, encarna la facción más joven del movimiento y por ende más revolucionaria e incluso disidente y distante de lo patriarcal de Don Porfirio y Herrera. Actúa por su cuenta a lo largo de la trama sin muchos frutos, pero ultimadamente se convertirá en la nueva líder de la resistencia, cuando le toca al “sur” entrar en acción y darle un carácter más temerario e impulsivo a la resistencia tomando los conceptos militares e ideológicos de una guerrilla urbana. El espíritu heroico es más trascendente que las relaciones amorosas. “Ahora nos toca a nosotros, pero tendrá que ser de otra manera”.
Invasión (1969) Hugo Santiago (Película completa)

Andrés Palma Buratta | IMDb | @andrespalmab
Director y guionista italo-chileno, nos transporta al mundo distópico de una sociedad subterránea en su película Cassette, presentada en el Festival de Cine B, Cineteca Nacional de Chile y el Museo de la Ciudad de México. Ha participado en la producción de la película chilena “Una parte de mi vida” elogiada por la crítica. Su sensibilidad y lucha por defender los derechos humanos lo llevan a realizar el documental “Tú Ciudad…tus derechos”, para la CDHDF. Autor de historias sencillas y profundas. Desarrolló la serie #HoySoyNadie, para Televisa Networks, fue director de Camaleón Films, dirige Filmakers Media Content.


Superación significa vencer obstáculos, pero la palabra superar también implica ser superior a alguien. Idealmente se logra demostrando mejores habilidades y/o conocimientos, no pisotear al otro para lograr sobrepasarlo. ¿Pero, cómo se llega a alcanzar tal maestría? ¿Presionando hasta lograr que la persona sea el mejor o la mejor versión de sí mismo, o dejándolo crecer hasta el punto que ella o él elijan? ¿Hay enseñanza, educación, aprendizaje e instrucción en un escenario en que se exige empujar al otro al límite, o ello conlleva invariablemente abuso, control, dominio y autoritarismo? El problema se vincula con el ejercicio de autoridad en el proceso educativo. El maestro enseña, pero también debería aprender y dirigir su enseñanza con respaldo en una capacidad argumentativa racional que fundamente y legitime su actuar, justo para evitar que sus subordinados, es decir, los alumnos, consideren sus órdenes como impositivas, irracionales, fuera de lugar.
¿Alcanzar la grandeza a toda costa, incluso si esto significa perder humanidad? Educación para llegar el éxito es un camino indispensable en la vida pero, ¿dolor y castigo con tal de ser el mejor, es correcto, lo vale? Estas son algunas de las preguntas que plantea la cinta, ganadora de tres premios Oscar (mejor mezcla de sonido, mejor edición y mejor actor de reparto, para Simmons), además de dos nominaciones más, a mejor película y guión adaptado. En el fondo, una mirada crítica al sistema educativo basado en la autoridad indiscutible de los docentes, en la competencia en las relaciones sociales entre los alumnos y en la falsa idea de que hay un solo camino para enseñar a cualquier estudiante.
¿El profesor enseña, instruye, forma o facilita? Además de que el cómo logre que el alumno encuentre su potencial, es la parte delicada, susceptible a írsele de las manos. No es con abusos ni debería ser bajo esa filosofía de ‘la letra con sangre entra’, un refrán que se refiere a la educación a través de una disciplina exigente que llega a los golpes, a la violencia física, porque la violencia no instruye valores, empatía y ética, sino todo lo contrario. ¿De quién ‘aprende’ más el estudiante, o qué experiencia le hace mejor, aquella en la cual el profesor le condona los errores o aquella en que el profesor se asegura que el alumno no vuelva a cometer ese error? El ideal es el balance. No es dar palmadas compasivas en la espalda para evitar el dolor de la caída, pero tampoco es golpear, metafórica y literalmente hablando, por el error cometido. No es que el profesor infunda tanto miedo en el estudiante como para obligarlo a no volver a cometer una falta, para tampoco es hacer como que ‘no pasa nada’. Es, en todo caso, instruirle en qué se equivocó y en cómo mejorar y cambiar para ser mejor.
Consigue la posición como baterista principal por un error (la partitura del titular se pierde y como él se sabe la melodía de memoria, puede tomar el asiento principal durante una competencia musical) y luego se aferra a su posición creyendo que ha alcanzado el respeto de sus similares. Pero si alcanzar el éxito implica ser el mejor, y a los ojos de Fletcher es imposible ser el mejor, siempre habrá una prueba más arriba de la última prueba. Fletcher llama entonces a otro suplente, para presionar a Andrew a seguir ‘probando su valía’. No importa entonces cuánto se esfuerce y trabaje, sufra y se sacrifique, nunca será lo que el otro quiere que sea. Andrew y los otros no entienden que lo importante no es complacer a su profesor, sino estar contentos con ellos mismos, satisfechos de su propio desempeño. ¿Pero qué significa estar contentos con ellos mismos, como músicos?Parece que no lo saben o no se atreven a preguntárselo, porque la figura de autoridad frente a ellos es tan imponente, que la sombra (el castigo, la crítica y el control) pesa en sus hombros.
¿Cuántos ‘Fletchers’ no hay en la vida de las personas? Sin duda muchos, más de los que se pudiera desear, quizá no igual de abusivos, prepotentes, controladores y crueles, pero sí simbólicamente hablando. Superarse a sí mismo requiere esfuerzos, pero no bajo órdenes sin límites, que llevan a la persona a ser ‘el mejor’, según los estándares de alguien más. ¿Cómo poner y ponerse límites? Para Andrew sucede cuando se ve envuelto en un accidente automovilístico y antes de preocuparse por su bienestar, corre al escenario preocupado por la aceptación y reconocimiento de sus similares en la música. Para otro estudiante, ese límite llega al extremo cuando, derrumbado por la crítica no constructiva, sino hiriente, su estado de angustia y ansiedad lo lleva a la depresión y eventualmente al suicidio.

Polémico sin duda, el producto es altamente recomendable para los fanáticos de los deportes y para una nueva generación de aficionados que no conocían la trayectoria de Michael. El material de archivo es extraordinario, y destacan las secuencias que narran los títulos de 1996, 1997 y 1998, como batallas épicas al tiempo que los vericuentos y visicitudes se suceden uno a uno. Varios temas quedan al debate, qué habría pasado de Jordan de no retirarse un año y medio y con ello prácticamente dos temporadas, 1994-1995, en las cuales los Rockets de Houston de Hakem Olajuwon conquistaron sendos títulos, su paso al béisbol, el profundo dolor que sintió ante la trágica muerte de su padre y su regreso, que ante los resultados primarios le hicieron readaptar su físico al básquetbol y recuperar su cetro. Las imágenes están plenas de nostalgia, especialmente las correspondientes al Dream Team de Barcelona 1992, su segunda medalla de oro, o los detrás de cámaras mientras filmaba la cinta Space Jam de 1996, cuando en 1995 previo a su regreso y a pleno rodaje reunió a varios compañeros para volver a jugar; así mismo, ver a figuras como Spike Lee, Bob Costas, Justin Timberlake, entre otros, ofrece un contexto generacional al que también acompañan jugadores del salón de la fama como Larry Bird, Magic Johnson, John Stockton, Patrick Ewing o Reggie Miller, incluyendo al recientemente fallecido Kobe Bryant o a los ex presidentes Bill Clinton y Barak Obama.
Michael Jordan irrumpió los años ochenta como torbellino el mundo del básquetbol, pero de igual modo el mundo del espectáculo que encumbra figuras afroamericanas de extraordinario talento y carisma, que transformaron la cultura como menciona el mismo ex presidente Obama, Oprah Windfrey, Eddie Murphy, Lionel Richie, Stevie Wonder, Arsenio Hall; deportistas como Walter Peyton, Carl Lewis, Jerry Rice, entre otros, y dominando la escena Michael Jackson, quien en 1992 de la mano del Dangerous, invitó a Jordan para aparecer en el videoclip del sencillo Jam. Michael Jordan se convirtió en un ícono de las marcas deportivas, encumbró a Nike y su propia llínea Air Jordan, y dejó su sello como el acróbata máximo de la liga a finales de los años ochenta, pero sería a partir de su primer título con los Chicago Bulls, que no solo daría inicio a la dinastía más famosa, sino que brindaría a los noventa un dominio abrumador. Incluso en 1994 cuando en plenas finales NBA la atención se volcó sobre el caso de OJ Simpson, el deporte dio cuenta de la valía mediática de Jordan, que entonces estaba retirado.
El legado de Michael Jordan es innegable, como los recuerdos y vivencias que se acompasan al escuchar el tema Sirius de The Alan Parsons Project de 1982 y que durante el segundo triplete, 1996-1998, se convirtió en un sello de la era Jordan. Ningún atleta puede compararse al impacto mediático de Jordan, aunque varios comparten los debates de su olimpo, sea en su propio deporte como Karem Abdul Jabbar, Bill Russell, Wilt Chamberlain o Lebron James, o en otros deportes, Mohamed Alí, Robinson, Marciano, Jesse Owens, Carl Lewis, Usain Bolt, Mike Spitz, Greg Louganis, Michael Phelps, Nadia Comaneci, Simona Biles, Pelé, Maradona, Messi, Laver, Borg, Sampras, Federer, Nadal, Djokovic, Schumacher, Sena, Fangio, Niklaus, Tiger Woods, Joe Montana, Peyton Manning, Johnny Unitas, Walter Payton, Jim Brown o Tom Brady, por citar algunos, que compiten voluntaria, involuntaria o a la consideración de fanáticos y expertos, por ser los mejores de sus deportes o posiciones, una denominación que en inglés se abrevia GOAT, Greatest of All Time, denominación que no por casualidad, inició con Michael Jordan. Ahora bien, lo más atractivo y por demás interesante del serial, es la figura de Jordan como compañero de equipo, como líder y como jugador, tres posiciones distintas, y es ahí donde el debate incrementa el morbo y atención del documental, Jordan no es tan amigable, no es ameno sino duro, difícil, de trato adusto y hasta cierto punto coercitivo hacia los objetivos.
The last dance ha cumplido a todas luces su tarea, informó, removió, cautivo, interesó, emocionó y entretuvo a millones de personas en el mundo en medio de una pandemia que además de enfrentar la lucha por la vida misma, tiene al confinamiento la ausencia de deportiva, el serial provocó a muchas y a muchos atletas para redoblar esfuerzos, algo que lo hicieron incluso hicieron público varias celebridades del medio, pero también a quienes buscan al día a día dar lo mejor de sí, con sacrificios y esfuerzos, con dolor y penas, dando fuerza y aliento. Recordar es vivir gravita en la nostalgia, y el documental hizo evidente que se extraña lo querido, como esas imágenes grabadas para siempre en la memoria y que ahora serán analizadas, valoradas y estilizadas en el aire que e propio Jodan acusó a su vuelo.
Iván Uriel Atanacio Medellín














Es Cynthia misma quien incentiva a Ed a perseguir la relación, más por el interés mercadotécnico detrás de la decisión, que por tacto humano y solidario. A la productora y al canal lo que les interesa es que las personas se enganchen y para ello necesita dirigir la narrativa hacia un punto de inflexión (dramático) que les sea beneficioso y explotable. “Creo que Ed representa la apoteosis de un síndrome muy actual. Antes, las personas eran célebres por algo. Hoy en día, son célebres por ser célebres. La fama se ha vuelto un atributo moral. Es una virtud intrínseca”, dice uno de los personajes analizando el fenómeno social y cultural que catapulta a Ed hacia una fama efímera, pasajera y superflua. En efecto, lo que Ed refleja es ese interés en un espectáculo vacío de contenido que vanagloria la banalidad del ser. ¿Qué atrae entonces al público? ¿La trivialidad de una existencia (Ed) que distrae con un espectáculo pasajero, simple e irrelevante? La audiencia mira mientras haya algo que la mantenga a la expectativa, saciando sus sensaciones y sus emociones, pero quizá la audiencia también mira sólo por mirar.
El canal que produce planea una estrategia para crear ese dramatismo que mantiene un ritmo que alimenta el chisme que corre de boca en boca, esa situación que abra el debate, avive polémicas y cree conflicto de opiniones. Pone valores en conflicto sin asumir una postura ética. El público por ejemplo, siempre tiene algo que decir respecto a Ed y su familia, o sobre Ed y su relación con Shari, o Ed y su relación con otras personas que le rodean. Incluso los medios de comunicación encuentran su impulso alimentando este drama abriendo encuestas y reportando sobre lo que sucede en el programa, para que el entretenimiento y la relación catártica no venga sólo del show en sí, sino de la plática y el debate alrededor de él. “¿El interés del programa no estriba en sacar trapos sucios al sol?”, preguntan algunos periodistas conforme avanza la transmisión y la relación de Ed y Shari entra en conflicto, ya que ella no está muy cómoda con exponer su vida frente a la lente, o cuando el pasado de Ed evoluciona a una crisis familiar con la reaparición de su padre biológico, que desemboca en una serie de giros sobre-dramáticos, situación que lleva a algunas personas, Ed entre ellos, a cuestionarse hasta dónde está dibujado, o desfigurado, el límite de la privacidad y la exposición de la intimidad. Eventualmente Cynthia se da cuenta cómo afecta la vida de Ed y de sus familiares, sus relaciones personales y su propio desarrollo, el ser perseguido por las cámaras de televisión, atropellando la espontanea conducta de las personas involucradas. Todo lo que digan queda registrado, todo lo que hacen está abierto a ser criticado y, por tanto, todo aquello en lo que fallan se convierte en motivo de humillación pública. Su propuesta es finalizar el show antes de que la gente comience a cansarse de Ed, pero su jefe, el directivo del canal, lo ve con otros ojos, con unos más enfocados en la ganancia monetaria y propone, en cambio, continuar explotando el producto (Ed, o la vida de Ed, o la vida y privacidad de Ed) y extender las transmisiones por otros tres meses más.
Ed, viendo cómo la mirada constante de la lente y la invasión de la cámara en todo rincón y aspecto de su vida personal afecta directamente a sus allegados más cercanos (la gente ya no se satisface con saber de él, quieren saber también de las personas que se relaciona y conviven con él), dice que se la pasará todo el día acostado en cama, esperando que esto desanime a los directivos y a la audiencia por igual. La respuesta que recibe es que firmó un contrato y si no realiza su rutina diaria como es usual, como está establecido, podrá significar una pérdida económica para la televisora, que podrá demandarlo por incumpliendo de contrato. El mismo manejo de manipulación, ante el que Ed no tiene armas legales para defenderse, sucede más adelante, cuando el programa evoluciona hacia un nuevo concepto, no sólo seguir a Ed 24 horas al día, sino seguir también a su familia y transmitir a la audiencia la escena más ‘interesante’ que en ese momento esté sucediendo. Tal y como hoy sucede con las transmisiones deportivas, por ejemplo, en donde se busca explotar la jugada más interesante o impactante para incentivar el consumo mediante la explotación de las emociones. Aquí Ed se da cuenta que se ha convertido en un producto más al cual manejar a conveniencia, controlado conforme mejor convenga al canal, quienes ganan en ventas, raitings y mercadotecnia a sus expensas. Él necesita tomar acción y lo logra dándole la vuelta a la lente (casi literal) con un concurso al aire en el cual premiará a quien revele el secreto más bochornoso de alguno de los ejecutivos de la cadena televisiva. Su idea da frutos y alcanza su cometido, así que justo segundos antes de revelar la información personal del ejecutivo involucrado, la transmisión se corta. La audiencia, sin embargo, demuestra la película, no llega del todo a entender ese manejo falto de ética en la transacción; lo que rescata es esa forma como la vida humana, la intimidad personal, puede ser deshumanizada a favor de unos cuantos segundos de fama, de aparecer en la televisión, de ser reconocido en las calles y vitoreado por no hacer nada más que ir a una cita con alguien, asistir a un evento público y tomarse fotografías con otras personas. En suma, exhibir la miseria de su propia cotidianidad. Lo que queda es el deseo de alimentar la exigencia por un contenido sensacionalista que no aporte al desarrollo humano, sino más bien enajene a la audiencia. Las personas, al menos en la historia, no se dan cuenta de cómo la dinámica afectó a los implicados, en su vida o su desarrollo personal y emocional (desde autoestima a ideales, relaciones personales o medio de aprendizaje). Finalizada la transmisión, sólo cambian de canal, esperando encontrar otra banalidad que llene ese vacío.






Iván Uriel Atanacio Medellín
El irlandés ha causado gran expectación tanto en el público como en la crítica, no es para menos, un proyecto gestado hace más de una década y que incluye leyendas como Robert de Niro, Al Pacino, Joe Pesci y Harvey Keitel, por sí mismo resultaría suficiente para capturar la atención de la industria, pero si a eso le sumamos la dirección del maestro Martin Scorsese, entonces el acontecimiento se vuelve un hito, y el hito en un asunto imprescindible para los amantes del cine. Robert De Niro y Al Pacino, junto a Gene Hackman, Dustin Hoffman y Jack Nicholson representan lo más granado del firmamento actoral hollywoodense de los últimos cincuenta años.


Kayla es una joven adolescente en el último grado de la secundaria; tiene pocos amigos pero muchas ganas de conocer el mundo, aunque su vida está consumida por la realidad virtual del postmoderno, así que se la pasa pegada a su celular, navegando en internet y las redes sociales, en lugar de relacionarse con sus similares, algo que en el contexto real, en el trato personal y directo, no sabe hacer. Ella es la protagonista de la película Eighth Grade (EUA, 2018), también conocida en español como La vida de Kayla. El proyecto está escrito y dirigido por Bo Burnham, y protagonizado por Elsie Fisher y Josh Hamilton en los papeles principales, como Kayla Day y Mark Day, su padre soltero.


Diana Miriam Alcántara Meléndez

