Boyhood | Dir. Richard Linklater | E.U.A, 2014
Por: Iván Uriel
De niños pensamos que la vida de adultos es tan aburrida como las clases en el colegio. Nos apesadumbran los regaños, las órdenes y las recomendaciones. Cuando niños nos desvelan las ilusiones, cuando adultos nos desvelan titubeos…Los adultos son complicados, los niños complejos.»
El Surco
Cuando en 1995 Richard Linklater estremeció las emociones del enamoramiento a través de una pareja que se encuentra por casualidad, causalidad o destino en un tren, sabíamos que no sería sencillo olvidar la conversación de sus personajes hasta antes del amanecer. Lo sentimos sobre sus idas y vueltas en un diálogo sin fin, sin pausa y tan natural, que le aguardamos por diez años para confirmar que los “holas” y los “adiós” no tienen tiempo ni olvido en la memoria, esperábamos saber si los personajes podrían encontrar esa magia de las horas, y nos quedamos al suspenso de diez años y hasta antes del atardecer, para observar que la magia de las horas era ahora la realidad de todas las horas, en ese emocional trayecto, sin darnos cuenta, habían sido veinte los años. Linklater nos había regalado una trilogía que desde antes del anochecer, era ya un legado que tendrá un lugar especial en quienes seguimos la trama de lo que había transcurrido en dos noches y después en los años de la vida misma.
En “Boyhood”, el director ha alcanzado su mayor nivel de simpleza, su logro escondido, su herencia cinematográfica. Doce años resumidos en casi tres horas de cinta, doce años de seguimiento, de estar persistente, de ser constante, de acomodar el guión de una y varias vidas, de acompañar los procesos, las rabias, las alegrías, de ser y estar en la precisión de un proyecto que rebasa al cinema para ser una epifanía completa para quienes participan en una propuesta sorprendente, concreta, profunda, dispersa, sensible y honesta; como si el epílogo de los personajes estuviera definido, como si les persiguiera, como si la búsqueda y el encuentro caminaran juntos.
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“Boyhood” se filmó desde antes y hasta el después de la trilogía del antes y el después, con secreto, cautelosa, con paso lento para no ahuyentar las esperas ni las esperanzas.
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Si la infancia se resume en partes, la adolescencia se sintetiza en colmenas, los años que nos definen, las etapas que nos determinan, los traumas, los sueños, los recuerdos, las promesas, la expectativa, todo lo que la vida conlleva a la edad en la que los juegos son parte de la etapa pero las preguntas la etapa misma.
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La duración, más de dos horas y media, no claudica en ningún momento, no hay pausa porque la edición nos ambienta en la etapa de cada uno de los personajes, de los que entran, de los que salen y de los que permanecen durante “los años maravillosos” de Mason, interpretado por el estupendo Ellar Coltraine, un actor que conforme pasan las secuencias crece actoralmente, y que a medida que avanza su edad, asume en sus facciones el mismo rostro del niño que mira hacia el cielo, cuando es el joven que ve pasar sus días en la lejanía de un padre que le advierte lo que es y lo que no es sin ofrecerlo más que en las palabras, y de una madre que busca el amor en donde la violencia confunde protección, mientras su hermana (Lorelei Linklater) es compañera, un testigo pasivo sino activo de la narrativa.
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“Boyhood” no tiene una elipsis perdida ni una trama estrictamente lineal aunque lo parezca, es una toma de las vicisitudes que acompañan a Mason ante el paseo de la cotidianidad que deja sellos. Sin pretensiones, sin argumentos metafísicos ni efectos que jueguen con la realidad, la película nos muestra los instantes perdidos y encontrados que Linklater explora en su trilogía del “antes”, en “Boyhood” los amantes no son los protagonistas pero sí los amores, esos amores que no se vierten en romances ni en parejas, sino de los amores que eslabonan esos antes, esos ahora y esos después.
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Ethan Hawke, actor cómplice del director, y Patricia Arquette, han dado la actuación de sus carreras, una labor admirable que requirió guardar los matices de sus personajes durante el tiempo que acompañó la propuesta de Linklater. Una de las mejores cintas de la década, una innovadora película que tiene en la valentía de realizarla su valor añadido, mientras su mayor valor reside en su simpleza.
Inserto en los personajes, la dialéctica de sus diálogos, la fuerza actoral y los recursos de la cámara como aliado, “Birdman” 2014 (Alejandro G. Iñarritu) me recordó a “Opening Night” 1977 de John Cassavetes; mientras la desnuda realidad de “Boyhood” me hizo resonar al director independiente por antonomasia del cine estadounidense, quien está más presente en la influencia del cine alternativo de ese país. Me gustaría comentar lo anterior con el director italo chileno Andrés Palma Buratta, querido colega, quien es un profundo analista y conocedor de la obra del admirado director neoyorkino.
Así como la maravillosa “Hoop Dreams” 1994 de Steve James, dio seguimiento a las historias de vida de sus protagonistas durante varios años, “Boyhood” lo hace desde la óptica de sus protagonistas, el primero es un documental que parece una película, la segunda una película que bien podría ser un documental, ambas obras de arte, ambas obras maestras de la lente que acompaña, atestigua, que convierte al cine de ficción y no ficción, en memoria de una realidad compartida en sus personajes.
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Boyhood
Dir. Richard Linklater
E.U.A, 2014
Trailer
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http://boyhoodmovie.tumblr.com/
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Iván Uriel Atanacio Medellín | elsurconovela | @ElSurcoNovela | México
Iván Uriel Atanacio Medellín es un escritor, productor, director y politólogo, especialista en sistema político, desarrollo social y migración. Su novela “El Surco, historias cortas para vidas largas” describe los senderos migrantes, cuya narrativa innovadora ha sido reconocida como la aportación mexicana a la literatura posmoderna latinoamericana. Ha diseñado políticas públicas, programas académicos y sido conferencista en diversos congresos internacionales. Su motivación logra la creación del documental “Tú Ciudad…Tus Derechos” y Filmakersmovie.com
“Birdman” inicia esta nueva apuesta cinematográfica, con una toma secuencial que nos recuerda la introducción de cintas emblemáticas como “Rope”, 1948, “The Million” 1934, y “A Touch of Evil” 1959, donde la cámara realiza un viaje sin respiro en su visualidad, y se adentra a la temática de su narrativa desde la primera voz, para no soltarla hasta que la película culmina. Las secuencias no dan tregua y nos brinda la oportunidad de disfrutar la genialidad de Emmanuel Lubezky, quien una vez más, se apodera de las cintas en que participa, para dejar una huella superior a la del director en turno.
Había sucumbido la ciudad de los palacios desde sus ruinas, desolación de los pasos, vacío de la historia, vacío del espacio; vacío de todo lo que abarca, de todo lo que rebasa, había sucumbido la ciudad tras el temblor, había sucumbido la población y la fundacional esperanza; desde sus escombros, emergían los visos de horizontes desdibujados pero existentes, cobijados en la música ligera pero contumaz de un grupo lejano de notas hambrientas, tenaces y liberadoras, notas nacidas bajo el fondo de la dictadura y sobre la liberación, en sus acordes los recuerdos de la guerra, la desaparición y el olvido, en sus acordes el presente y el devenir, un canto para expresar sueños de pesadillas y sombras, puertas para cruzar umbrales de aspiración, ventanas abiertas con miradas a las metáforas.
El imaginario parapsicológico del Doctor Spengler, el atrevimiento emprendedor del Doctor Venkman, y el ánimo idealista en vocación investigadora del Doctor Stanz, aúnan suposiciones e instintos para formar la epifanía que convirtió a “Ghostbusters” 1984, en una cinta de culto, favorita del público y la crítica, comedia ingeniosa de humor melódico, de notas simpáticas en la increíble premisa que dio aún más brillo, a los ya para entonces consagrados Harold Ramis, Bill Murray y Dan Aykroyd.
“Los Cazafantasmas” título en español, invitó a descubrir y disfrutar, al relajamiento y al suspiro, al salir de las salas de cine nos hacía anhelar haberlo vivido en realidad, o añorar que la cinta haya concluido en su muestra. Las dimensiones y relatividad del tiempo que el mismo Ramis magistralmente filmaría precisamente con Murray como protagonista en “Groundhog Day” 1993, el día que se repite una y otra vez, que en cada día más que tedio, brindaba la posibilidad de ser mejor, una oportunidad de cambiar lo malo o preservar lo bueno, ese intento y error que llevaría a los astutos cazadores de miedos, a conquistar literalmente los corazones de la audiencia.

Si la aventura habitase todas las dimensiones de la imaginación, entonces la imaginación debiera ser una aventura. Así podría definir la simple y a la vez compleja cinta “The Iron Giant” ópera prima de director Brad Bird, quien compartiera pupitre con leyendas de la animación como Tim Burton y John Lassester, y diera matices junto a Matt Groening, a decenas de capítulos de “Los Simpson” durante diferentes temporadas.

El fin de la historia, su reescritura, o el fondo de un agujero negro sin fondo, matizaron los últimos meses del año, la esperanza no era una constante, el miedo una posibilidad, la matemática caería y el mundo sucumbiría a sus propias reglas mediante siglas indescifrables. Nada de esto sucedió, al menos como estaba estipulado al darse las cero horas del primer día del año 2000.

La obra literaria es un proceso creativo, nace de la observación de un hecho real, de la interpretación de un suceso; nace de la investigación de un acontecimiento, de la representación de la historia; nace de la inspiración, de imaginar lo ficticio, de la relación entre narrativa e imaginación. Cuando una obra es publicada, el impacto técnico, estructural y comercial obedece a distintos sectores e intereses, pero el mensaje y su poder sensitivo, sólo acontecen cuando las palabras, frases y párrafos tienen un receptor que le da al mensaje y al emisor sentido, es entonces cuando una obra que ha pasado por el proceso de la escritura, desarrollo y edición, al ser leído se cumple.





























