Justicia Artificial
Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez
La tecnología está en todas partes, ha sido base del desarrollo económico a lo largo de la historia de la humanidad y hoy, junto con el saber científico, es parte fundamental de los mecanismos de toma de decisiones tanto a nivel empresarial como gubernamental; lo importante es qué tanto se le ha utilizado para insertarse en la vida cotidiana de las personas, invadiendo incluso su intimidad hasta tomar control de las normas de convivencia social y dictar funciones, reglas y dinámicas para la gente, impactando directamente en su existencia y evolución. Si las máquinas y los programas de software son herramientas, por qué se les deja elegir cómo deben actuar, pensar, decidir y relacionarse los humanos.

Es claro que la sociedad busca transformarse y progresar, adaptándose a las circunstancias, necesidades y realidad actual de su población. Si algo no funciona, en su organización o sus reglas, tiene que cambiar; el problema recae en si al hacerlo se pierde de vista su objetivo y existencia, por ejemplo, si las leyes dejan de proteger y comienzan a afectar a los ciudadanos, si la tecnología deja de ser instrumento de ayuda para, en su lugar, servir para controlar, vigilar, inducir, someter y dictar normas de comportamiento; o si la política y la economía dejan de velar por el bienestar de la comunidad para en cambio responder sólo a los intereses de unos cuantos con el poder, operando siempre el sistema jurídico para proteger los intereses de ese grupo social dominante. De aquí parte la película Justicia Artificial (España-Portugal, 2024), dirigida por Simón Casal, quien coescribe junto a Víctor Sierra, y protagonizada por Verónica Echegui, Tamar Novas, Alba Galocha y Alberto Ammann. Se ambienta en un futuro alternativo en España, en el que un programa de inteligencia artificial (IA) llamado Thente se usa para asistir a los jueces en sus casos, analizando la evidencia, la biografía y el perfil de los acusados y sugiriendo sentencias y condenas. Hasta ese momento el software está habilitado como una simple herramienta de apoyo, una máquina que proporciona a los jueces una información que les sea útil en sus decisiones, sin embargo, se espera que eventualmente la inteligencia artificial sustituya por completo al humano y las personas sean juzgadas por el algoritmo en los procesos legales. El gobierno y la empresa privada dueña de Thente trabajan en conjunto para hacerlo posible y lanzan un referéndum para votar si se está o no de acuerdo en que se haga efectivo; el punto, argumentan, es que al recurrir a la inteligencia artificial para analizar, dictaminar y sancionar, los acuerdos serán más objetivos, se hará más rápido, eficiente y eficaz el sistema jurídico, además de disminuir gastos en el aparato de gobierno. Las perspectivas parecen favorables, no obstante las reservas de algunos sectores sociales, especialmente de especialistas en materia judicial. Si bien, cuando la desarrolladora de la IA, cofundadora de Thente, fallece en misteriosas circunstancias, el resultado de la votación, hasta ahora inclinado por el ‘sí’, comienza a tambalearse, al hacer evidente que aquellos directamente implicados están más interesados en la ganancia monetaria y las alianzas de poder, que en modernizar un sistema legal ya insuficiente para las necesidades de la población, o en hacer valer una justicia objetiva e imparcial para la ciudadanía.

A fin de mejorar su imagen pública y para validar la efectividad de la IA, Thente invita a la juez Carmen Costa a auditar el programa, una interacción que a su vez que permita mejorar el algoritmo del proyecto. La realidad detrás de la decisión es, sin embargo, una estrategia de persuasión y convencimiento, considerando que Carmen es de las pocas personas que aún cuestionan la viabilidad de la IA en los procesos legales y el sistema de justicia (humano). Por un lado, que el software pueda evaluar su funcionamiento al comparar sus procesos con el trabajo de una persona real facilita el pulido de datos y algoritmo; la IA ‘aprende’ de Carmen, dicen informalmente, pero en realidad lo que el programa hace es emular al humano y construir un modelo, un diagrama de flujo a partir de patrones de comportamiento o decisiones, mediante valoración de la información que, es obvio, puede agrupar y procesar más rápido que el humano. En el fondo lo que Thente pretende es aprovechar o aprovecharse de la experiencia legal y profesional de Carmen, no sólo para la mejora del algoritmo sino también para la certificación, al menos indirecta, del mismo, intentando asociar a la empresa con el prestigio de la abogada a raíz de la relación directa creada, más bien plantada o forzada por la auditoría. Alguien incluso le asegura a Carmen que la idea es ‘comprarla’, es decir, ponerla de su parte para favorecer a Thente, ya sea convenciéndola de la efectividad del programa u ofreciéndole cualquier incentivo a cambio, ya que su respaldo es la legitimización del uso de la IA. En corto, lo que importa es poner el algoritmo en marcha a toda costa, distrayendo de la conversación verdaderamente relevante: ¿el uso de inteligencia artificial dentro del sistema de justicia de un país es favorable para los involucrados o será factor de injusticias y corrupción? El problema aquí es que el uso de un algoritmo para analizar y dictaminar procesos humanos que pueden afectar la vida de personas, es difuminado en una parafernalia mediática que oculta el interés financiero y político de sus promotores, explotando las evidentes carencias del sistema judicial.

Todas aquellas campañas de mercadotecnia en las que un producto está avalado o supuestamente respaldado por una profesional u organización oficial, lo que hacen no es comprobar certeramente la efectividad del producto o servicio, sino convencer al cliente o usuario de su aparente efectividad por medio de una instancia o entidad que presuntamente le da su aprobación. La cuestión es si esa aprobación es honesta y verídica, o comprada, quizá amañada o tergiversada. Esto es lo que sucede con Carmen, no es que ella haya aprobado el uso de Thente como auxiliar o sustituto del papel de un juez, es que al colaborar con la empresa detrás de la IA, se da la apariencia de que es así, consiguiéndose la percepción social de que los profesionales en el campo laboral están de acuerdo con su uso, cuando en realidad es todo lo contrario, la asociación de jueces no respalda al algoritmo, no sólo porque los desplaza laboralmente, sino porque éticamente resulta inquietante que una máquina determine la vida humana. Para Carmen lo importante recae en preguntar si Thente realmente es objetivo, imparcial y justo, o si puede realmente serlo tomando en cuenta que es un programa de software sistematizado. ¿Se puede estar seguro de que no hay margen de error en sus datos?, de que ¿hay funcionalidad real y óptima en su implementación?, y sobre todo, ¿hay ética en su participación o decisión? ¿Puede la conducta ética ser programada? ¿Cómo es que un programa de software o una inteligencia artificial ‘juzga’ un acto humano? Thente se guía a partir de patrones de datos, diagramas de flujo, información acumulada y respuestas predeterminadas, sin embargo, lo que tiene enfrente son personas cambiantes, emocionales, inseguras, impredecibles e impulsivas, incluso cuando sus respuestas sean racionales y sus actos sigan modelos de conducta estudiados.

Cuando Carmen es invitada a un foro para discutir el uso de la IA, ella señala que un problema que encuentra en el uso del algoritmo es que sus observaciones y conclusiones de un caso cualquiera siempre están basadas en información pasada. La inteligencia artificial podrá repasar la evidencia y analizar el comportamiento del acusado previo a su crimen o durante su juicio, pero no puede predecir el pensamiento en ese instante de esa persona. La IA se adelanta a predecir las acciones futuras de los acusados, calculando las probabilidades de reincidencia por ejemplo, pero una estadística no es más que un porcentaje de posibilidad, nunca una certeza. Por qué basar decisiones humanas sólo en estadísticas, por qué creer que la informática tiene todas las repuestas si la tecnología no es más que una programación creada por el propio hombre. El lado humano es el elemento más importante, el contexto, las sensaciones, la redención, la compasión, la generosidad y muchos otros valores intangibles que la inteligencia artificial puede definir, plantear e intentar medir, pero nunca entender, porque no es una persona. Los resultados y respuestas de la IA están programadas, preestablecidas por el software que le hace funcionar, pero en esencia preestablecidas por los humanos que lo codifican. Los que están a favor del uso de Thente insisten que su utilización no sólo optimiza los procesos legales, cada vez más saturados e ineficientes, aquellos que el humano ya es incapaz de resolver en tiempo y forma porque les supera en número y complejidad, sino que, dicen, al automatizar los procesos no sólo hay mayor eficiencia, también se despolitiza el sistema judicial. La idea detrás del argumento es que el factor humano en la estructura legal es un elemento más perjudicial que favorable, a raíz de la corrupción tanto personal como del sistema. El humano, aquí el juez, es lento, susceptible al error, inclinado al prejuicio y potencialmente corruptible a través de sobornos, presión, persuasión y mecanismos similares para obtener su favor. Lo que no se señala es que detrás de esta supuesta preocupación por la despolitización, lo que le sustituye es la privatización, en donde el que gana no es el ciudadano promedio ni el sistema legal, sino el capital, en este caso, una empresa privada dueña de la inteligencia artificial a la que ahora se le planea delegar un proceso gubernamental moderado y administrado por el Estado. Transportándolo a la realidad los sistemas de salud y de seguridad ya lo viven, incluso, por cierto, algunos judiciales, dirigidos por organizaciones privadas que ofrecen resultados al mejor postor y por ende responden a los intereses de quien paga, no de quien se supone tienen que ayudar. Esto no sólo dificulta la imparcialidad de los procesos sino que propicia discriminación, exclusividad y clasismo. El algoritmo, la inteligencia artificial o el sistema implementado responde a su dueño y su dueño es quien tiene el poder, o el dinero, para desarrollarlo e implementarlo. Carmen finalmente lo dimensiona cuando comienza a cuestionar la muerte de Alicia, al enterarse de que, pese a asegurarse que la programadora estaba a favor del lanzamiento de Thente, la realidad era que quería frenarlo, retrasar o anular su puesta en marcha sabiendo las consecuencias reales de la intromisión de la IA en la vida humana, al permitirle desplazar al humano, substituyendo al juez en lugar de sólo asistirlo o apoyarlo. Alicia quería que la IA hiciera posible la democratización de la justicia, procesos más transparentes, ágiles, suficientemente analizados y por ende justos; en cambio, lo que se había conseguido con Thente hasta ahora era promover un algoritmo que se implementaba para favorecer a unos cuantos gracias a bases de datos manipuladas, programadas para analizar de manera diferente a las personas, ya que se podía comprar un trato ‘especial’, o VIP, si se pagaba lo suficiente por ello. El algoritmo no recibe nada a cambio, no ‘decide’ quién recibe un trato especial, son los programadores de la IA quienes reciben un beneficio a cambio de modificar el funcionamiento del programa. Si los dueños de Thente y el gobierno eligen cómo la IA procesa sus bases de datos, si la IA es un programa creado por una persona, cómo es que puede existir objetividad en su ejecución. Trasladando al mundo actual, cómo es que no se analiza más a fondo la forma en que la tecnología está inmersa en todo aspecto de la vida, almacena, rastrea, procesa y cataloga toda la información en la red, no para dar respuestas funcionales a los humanos, sino para favorecer a las personas con el poder y el dinero para hacer que las máquinas sean programadas para rastrear y procesar información que luego utilizan según sus intereses, para vender, convencer o manipular a la sociedad, ya sea que se hable de la venta de un producto o una elección gubernamental, por ejemplo.

Asimismo, además de hablar del desplazamiento del humano a partir de la automatización y digitalización de los procesos, o del uso ciego, incontrolado, invasivo y poco ético de la inteligencia artificial, la película también ahonda en la ineficacia del sistema judicial. Aunque ambientada en España, revela una verdad universal: es imposible que haya justicia honesta, imparcial e íntegra en un mundo donde todo es susceptible a la corrupción, donde la democracia es una muletilla, porque aparentarla es la pantalla perfecta para no ponerla en práctica, o donde la burocracia y los intereses políticos y económicos de la clase o grupo social dominante son los verdaderos operadores del sistema. Si bien la cinta plantea cómo la tecnología y la informática se modernizan, también cuestiona y critica cómo es que la organización institucional para la que trabaja no lo hace a la par, sea en la cultura, la ciencia, la política, la economía o cualquier sistema social, en este caso, el judicial. Ejemplificándolo con la película, por qué importa más la actualización de las computadoras, el uso de la informática y el empleo de inteligencia artificial en juicios y sentencias, si las leyes y los procesos democráticos a los que sirven continúan siendo los mismos que hace años. Quizá Thente, o la inteligencia artificial en general, no tenga sesgos, ideologías, prejuicios o intención específica, sólo analiza datos y produce resultados, pero no puede ni podrá sustituir nunca al humano, es éste quien la produce y la puede utilizar; así que, por qué actuar como si lo fuera. Al final ya no sólo se trata de cuestionar quién controla al sistema sino quien controla a la IA, que es ya en la actualidad la fuerza detrás de todo sistema. En ese sentido la prioridad no es mejorar el orden y la estructura social, sus normas y sus funciones, sino utilizar la inteligencia artificial para controlar la dinámica social e incrementar las ganancias de las grandes corporaciones que monopolizan la producción de esa tecnología. En la narrativa de la película, ¿por qué dictar sentencias con algoritmos, tomar decisiones a partir de estadísticas, construir ideologías desde datos procesados y resolver acciones según lo que dice un algoritmo o una máquina? La respuesta, incluso en nuestra realidad social: para mantener y reproducir al sistema socioeconómico, su estructura de clase y los beneficios económicos y políticos de los propietarios de los medios e instrumentos de producción.
Justicia Artificial, 2024, Dir: Simón Casal de Miguel
Diana Miriam Alcántara Meléndez | México
Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.



Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.



El plan es aparentar una cosa y hacer otra, para no levantar sospechas, así que Marla y Fran se dedican a elegir personas que, apoyadas en la doctora que trabaja para ellas, sean catalogados como incapaces o débiles, usualmente pacientes (potencialmente mal etiquetados) con demencia o algún deterioro mental similar que obligue a la ley a intervenir. Entonces trasladan a esa persona a un asilo de acianos, en donde el encargado controla al paciente tanto como Marla lo solicita y luego estos personajes proceden a hacerse de todos los bienes del adulto mayor en cuestión, al tener legalmente control de su dinero y poder de decisión, lo que incluye documentos que firman bajo los excesivos medicamentos que se les suministran, a partir de la aseveración de Marla de que son a su favor. Marla se justifica diciendo que lo que hace es vender las propiedades de esas personas para pagar tanto sus honorarios como el ingreso y mensualidad del asilo, pero en realidad, como guardián legal absoluto, ella administra de tal forma que tiene posesión de la vida de las personas como si fueran objetos, suplantando su voluntad, manipulando sus decisiones, para vender sus propiedades y pertenencias y así obtener el mayor dinero posible durante el mayor tiempo posible, o sea, hasta que la persona fallezca. O lo que es lo mismo, convierte a un humano en una fuente de ingresos, explotándole bajo el respaldo de las autoridades que lo facilitan creyendo que el modelo de tutela o guardia legal beneficia en lugar de afectar a las personas. La trampa de Marla ni siquiera es una trampa propia, es una realidad de la que se aprovecha, el sistema de tutela que opera en Estados Unidos donde se desarrolla la historia, convirtiendo a personas con problemas de salud en seres sin derechos, sujetos a la voluntad ajena por decisión legal; una forma de esclavitud justificada y avalada por la ley. Marla interpreta la ley, compra conciencias y voluntad de profesionistas que aprovechan para obtener ingreso adicional y abusa de la debilidad física y aislamiento familiar de las personas a quienes convierte en sus presas.









Andrés Palma Buratta



Por ello mismo Elisabeth vive angustiada por su exterior, por su imagen, consciente de que el mundo en el que vive, en el que vivimos todos, demanda una imagen muy específica de ella y, por extensión, de las mujeres como ella, como si su valor dependiera exclusivamente de su atractivo y juventud. En su cumpleaños 50 Elisabeth es despedida, discriminada y excluida por su edad, en función de prejuicios al respecto, al margen de cómo se ve y la calidad de su trabajo. Según Harvey, su jefe, Elisabeth ha alcanzado una ‘fecha de caducidad’ a partir de la que ya no importa realmente cómo luzca, sino la percepción social comúnmente aceptada que el mundo se hace de ella, que desde ese momento la cataloga como no joven, por tanto no bella y, según ellos, sin algo que ofrecer al mundo. Tanto Elisabeth como todas las mujeres, especialmente en el ambiente del espectáculo y el de las figuras públicas (analiza la película), completamente reducidas a objetos, a cosas, para cumplir una función, la de complacer al público y a un mercado hambriento de novedades aplicadas en todo aspecto y relación social, para luego ser ‘desechadas’, desplazadas por versiones más jóvenes de su persona que ofrecen lo que ellas ya no representan: belleza y juventud. Angustiada por este desprecio propiciado por una obsesión mediática por cosificar a la mujer e imponer estándares de belleza excluyentes más que incluyentes (cuando la inclusión se guía más bien por una moda o la apariencia de equidad, en lugar de verdadera revolución social), Elisabeth entra en crisis sobre todo consigo misma, ya que ni siquiera ella se acepta tal cual es pues ha sacrificado todo (no tiene amigos ni familia cercana) por cumplir los caprichos de una industria que ahora fácilmente le da la espalda. Elisabeth no se mira en el espejo queriendo quererse, se mira buscando los defectos que otros puedan adjudicarle, así que vive insatisfecha con su propio ser, aterrada por ser desplazada, ansiosa por encontrar ‘la fuente de la juventud’, autodestructiva por la crueldad del mundo a su alrededor para con la mujer, el cuerpo de la mujer, la edad de la mujer, el físico de la mujer y el atractivo sexual de la mujer. Elisabeth ya no sólo se preocupa excesivamente por su apariencia, está convencida, porque lo escucha a través de Harvey, que el medio artístico como industria del espectáculo ha moldeado una imagen específica de las celebridades para que las personas aspiren a ella y hagan todo por alcanzarla, al tiempo que también crean o manufacturan figuras ‘exitosas’, tanto para explotarlas de una forma redituable, como para después, así mismo, sacar provecho al destruirlas. Esto significa que Elisabeth no es la primera ni será la última mujer que será desplazada por alguien más joven, más ‘bella’ y más ‘vendible’, con énfasis en que el verdadero problema es que quien decide y define la palabra ‘belleza’ es el mercado del entretenimiento, orientado a imponer modas y estereotipos que impulsen el consumismo y a favorecer determinada imagen estética. A raíz de ello, especialmente el anhelo por la atención, los reflectores y la validación, Elisabeth acepta la propuesta de un extraño para usar ‘la sustancia’, un compuesto químico capaz de convertirla en una versión “más joven, más hermosa y más perfecta” de sí misma, según dice la propia campaña publicitaria en forma de promesa de este suero del mercado negro; una droga, en esencia, que capitaliza, al volver a las personas dependientes de ella, a partir de las inseguridades personales y la fijación por mantener ese estándar de belleza y juventud impuesto por el medio.
La sustancia básicamente crea una versión más joven de Elisabeth que ‘nace’, se desprende o sale de su propio cuerpo. Las instrucciones del producto hacen hincapié en dos puntos clave: la necesidad de alternar cada semana entre la matriz (Elisabeth) y su versión más joven (que se autonombra Sue), pues mientras una vive la otra permanece inconsciente; y dos, tener clara la noción de que se trata de dos versiones de la misma persona, no dos entes diferentes. Aquí lo interesante no es sólo la desesperación por seguir siendo relevante y trascender, incluso la necesidad por encontrar un grado de reconocimiento como nutriente de autoconfianza, que motivan a Elisabeth a aceptar la propuesta de ‘la sustancia’, sino que, pese a lo dicho, finalmente Elisabeth y Sue sí son dos personas diferentes, dos consciencias distintas. Sue nace literalmente del cuerpo de su matriz original, eso es cierto, pero Elisabeth desconoce por completo lo que la otra hace durante la semana en la que está activa, o despierta, o consciente, y viceversa. La relación es simbiótica pero sólo hasta cierto sentido; sí, hay una integración o interacción biológica, pero en realidad no existe un beneficio mutuo como sí una dinámica parasitaria. Para sobrevivir Sue tiene que extraer líquido cefalorraquídeo de Elisabeth, denominado, para los fines de la ciencia ficción, como ‘líquido estabilizador’; sin embargo, esto significa que la versión más joven de Elisabeth sólo toma de ella pero no da u ofrece nada a cambio. Si Elisabeth no puede experimentar en carne propia los ‘beneficios’ de haber creado una versión más joven de sí, ¿cuál es entonces el beneficio final que ella recibe del trato? En cierto sentido la historia refleja con esto el engaño comercial detrás los productos adictivos que ofrecen falsas promesas a sus clientes, específicamente alrededor del mercado relacionado con la belleza y el cuidado físico. Mientras Elisabeth sacrifica su propio cuerpo persiguiendo una idea que ni siquiera disfruta, porque en realidad la otra vive su vida aparte, Sue en el fondo no hace más que gozar su propia existencia sin tener que dar nada de su parte. Desconociendo por completo la rutina y quehaceres de su versión complementaria, las perspectivas de vida de cada una difieren por completo y Sue comienza a deleitarse con las atenciones y oportunidades que le traen su edad, físico, juventud y belleza, hasta alimentar una vanidad que se vuelve tan ambiciosa como tóxica, reflejo en cierto sentido de las propias obsesiones de su matriz, de Elisabeth. Las puertas se le abren por el atractivo de su imagen exterior, retroalimentando así esa idea distorsionada de que su única valía proviene de su físico. En las audiciones para encontrar a la nueva conductora que reemplazará a Elisabeth, los encargados sólo miran el cuerpo de las aspirantes y descartan candidatas ante cualquier imperfección que no se alinee con el molde de mujer ‘perfecta’ que se ha impuesto a la sociedad: la siempre dispuesta, la que siempre sonríe y la que siempre es coqueta, como si eso fuera todo lo que pudiera ser o importara en una mujer. Eventualmente Sue no sólo desplaza muy literalmente a Elisabeth, tomando su lugar en la cadena televisiva, sino que la aceptación, los aplausos y las atenciones, todo aquello que la otra anhelaba, se convierten igual para Sue en un motor autodestructivo, detonante además de una codicia despiadada. Lo que esto desencadena en ella es el abuso de ‘la sustancia’, porque Sue no se conforma, no quiere vivir sólo 7 días para quedar inconsciente 7 más. Ella está hambrienta de elogios y no se da cuenta que su ascenso es reflejo de la banalidad de la sociedad para con los valores humanos, porque, así como Elisabeth, Sue está convencida que la fama, efímera o no, significa éxito y placeres, lo que a su vez significa realización personal, algo que ansía, empujándola a caer en el mismo ciclo de sexualización de la mujer que la llevó a estar donde está, toda vez que su programa de aeróbics está más orientado a mostrar en pantalla sus atributos físicos que a enseñar a su audiencia la mejor rutina de ejercicio. En cuanto Sue comienza a abusar de Elisabeth, negándose a cambiar de lugar con ella y extrayendo más ‘líquido estabilizador’ del permitido, la consecuencia directa la sufre la otra, que paga con lo más valioso para ella, su belleza, su cuerpo y sobre todo su juventud, ya que cuando Sue no cumple con los plazos, el resultado para Elisabeth es que su cuerpo se avejenta más rápido de lo normal. El mundo de Elisabeth comienza a tambalearse cuando todo lo que le importa parece desaparecer e, inevitablemente, comparándose con Sue, termina por sentirse poco importante, imposiblemente amada y dolosamente criticada. Todo lo que valora es absorbido por alguien más, que irónicamente es ella misma. Sin embargo, ¿lo es? Sue no responde leal y honorable porque ella es la creación, la copia, la criatura forjada a partir de las partes de un original, como si de la criatura de Frankenstein, o ‘el nuevo Prometeo’ se tratara, una historia de Mary Shelley que en efecto habla tanto de la intromisión en el orden natural del ciclo de la vida, la aniquilación de la vida misma, el rechazo a partir de las apariencias, la desdicha que destruye al humano y la soledad que sufren las personas que además de no saber relacionarse, son incapaces de valorarse o estimarse a sí mismas. Esa es Elisabeth, alguien tan desconectada de todo que construye su identidad no a partir de quién es o quiere ser, sino a partir del trato y percepción de los demás hacia ella. Su anhelo es encontrar de nuevo aceptación, pero mide este valor a partir de la banalidad de la sociedad en función a su fijación con la belleza física. Cuando Elisabeth tiene, por ejemplo, una cita, se maquilla, desmaquilla, peina, despeina y cambia de ropa tantas veces como puede, en parte buscando la imagen ideal con la que sentirse satisfecha con lo que mira en el espejo, pero la verdad es que le es imposible estar a gusto en su propia piel y termina por faltar a la cita, insatisfecha por completo con su persona.
Si en ‘El nuevo Prometeo’ la criatura se enfrenta a su creador cuestionando la razón por la que existe, en este caso Sue no enfrenta sino más bien se venga hasta apartar y tomar el lugar de Elisabeth, asumiendo su propia existencia como más valiosa y digna que la de la otra, su ´creadora´, hasta consumir, como en la novela literaria de Mary Shelley, la vida, aquí muy literalmente, de su benefactor, de su creador, de quien no se siente ni su semejante, ni se identifica con ella emocionalmente. Como se podría esperar, al igual que Elisabeth, Sue se ve devorada por su obsesión tanto por la belleza y la perfección como por la necesidad de ser aclamada y reconocida hasta un punto presuntuoso y engreído. Sólo entonces ambas parecen ser en efecto dos versiones de la misma persona, con las mismas inseguridades, la misma manipulable baja autoestima, la misma urgencia por saberse el objeto del deseo de la multitud, al habitar en un mundo donde la superficialidad, la futilidad en todo aspecto de la vida, es aceptada y promovida, volviendo a las personas desinteresadas, superfluas, desconectadas, persuasibles, carentes de opinión, de carácter, de capacidad de análisis y de juicio constructivo, de tal forma que lo único que les importa es la fachada, las apariencias, la opinión de los demás; la belleza es asumida como atractivo seductor, como símbolo sexual, donde lo importante es ser llamativo a toda costa, por encima de ser auténtico. La persona es tratada en el mundo del espectáculo como objeto y ellas, o ellos, se asumen como tales, conformándose con la fama estéril que, sin embargo, los hace sentirse realizados. Lo cual nos muestra la miseria de la cultura. Habiendo explotado al máximo a Elisabeth, quien trágicamente, tras resentir la explotación de otros, termina siendo presa de auto-explotación (viendo a Sue como una versión salida de sí misma), Sue recurre a reusar al máximo ‘la sustancia’ y asumirse como ‘la original’, ignorando las explícitas instrucciones que prohíben la reutilización del producto, dando como resultado una segunda criatura, ahora un monstruo que fusiona ambas versiones anteriores, la original (Elisabeth) y la copia (Sue). Este híbrido grotesco, llamado ‘Monstruo Elisasue’, es el epítome de todo lo que está mal con la sociedad; representa su obsesión con la belleza física externa hasta un extremo lamentablemente risible, refleja el odio que la gente siente hacia sí misma por no poder alcanzar estándares irreales de vida impuestos precisamente para que sigan anhelando en lugar de encontrando realización, donde la meta ya no sólo es la imagen perfecta, también es la vida perfecta, la pareja perfecta, el empleo perfecto, la comida perfecta, la velada perfecta, el viaje perfecto, etcétera. El monstruo también es una manifestación del sensacionalismo ya no sólo mediático sino como forma de vida; entre más grande, extravagante, caricaturesco y ridículo sea el espectáculo, más afición, miradas y audiencia atrae. Esto aplica a las noticias, las redes sociales y las dinámicas mismas incluso en la política. La belleza definida como cualidades que son percibidas placenteras, una obra de arte o un atardecer, ya no es la única forma de emocionar y atraer la atención, ahora parece que los mejores resultados se consiguen haciendo todo lo contrario, ofreciendo escándalo, controversia, sensacionalismo, contenido macabro, siniestro y aberrante.
Curiosamente la película elige este camino narrativo, la de una historia visualmente inquietante y repulsiva, como para recordarle al público que se trata de una sátira surrealista que combina ciencia ficción y terror; un relato con crítica social que pone el dedo en la llaga y es desagradable en pantalla a propósito, porque de eso se trata la sátira como género narrativo, presentar un discurso y análisis mordaz y punzante para hablar, en este caso, de la fama ligada a la popularidad efímera o transitoria, la enfermiza fijación con el físico y la juventud al que las personas son sometidas y arrinconadas, la ambición como medio a la autodestrucción, la presión social por cumplir estándares o roles específicos, la cosificación y discriminación como rutinas aceptadas y ampliamente reproducidas, la explotación que hay en la sociedad misma del prójimo y la trivialidad del ser como medio o medida de convivencia social. El verdadero terror es que lo que presenta la película no es un imaginario probable sino una realidad palpable, en donde la gente ansía la fama porque quiere atención, porque cree que sólo así puede sentirse bien consigo; en donde se ansía ser amados por las masas, porque se es incapaz de amarse uno mismo; donde el miedo constante a ser tratado como insignificante o invisible llegada cierta edad es verdadero, abrumador; y donde el problema no es sólo la constante crítica al físico de las personas, sino que parece que ya estamos condicionados a ser así de intolerantes y racistas respecto a la apariencia de los demás y, sobre todo, autoexigentes por alcanzar determinada imagen hasta un punto de autodestrucción. Así que tal vez, si la historia es visualmente desagradable y grotesca, es porque en relación con la temática que se aborda, la sociedad es exactamente igual.
Diana Miriam Alcántara Meléndez
Una conversación con los protagonistas y sus historias en las artes, conducido por el escritor mexicano Iván Uriel Atanacio Medellín. En cada capitulo conversaremos con artistas del Cine, Teatro, Televisión y la Sociedad, quienes comparten reflexiones den vida y trayectoria.
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