El Hoyo
Por Diana Miriam Alcántara Meléndez

Igualdad significa que haya una correspondencia o similitud entre dos o más entes, expresando proporción, equivalencia, uniformidad y, en el caso de una sociedad o comunidad, de derechos y obligaciones para vivir en armonía. La igualdad social es un anhelo democrático presente en las sociedades desde, por lo menos, la revolución francesa del siglo XVIII. ¿Pero, puede realmente existir tal?
No hay dos idénticos en este mundo, eso está claro, todos viven, piensan y experimentan diferente, pero en cuanto al espectro social se refiere, la igualdad clama, no porque todos piensen y actúen igual, sino porque cada individuo sea valorado por quién es y cuáles son sus habilidades, es decir, la forma como las diferentes mentes, perspectivas y vidas, ayudan a construir un mundo en el que todos forman parte importante dentro de la comunidad, con las mismas oportunidades y responsabilidades, que deben asumir con el mismo nivel de compromiso social, es decir, el beneficio no de uno, sino de todos. No es sencillo alcanzar esta idea, más utópica que realista de lo que debería ser, porque, cuando la organización del sistema llama a las jerarquías, las clases sociales, la distinción del poder y los niveles socioeconómicos, y las personas lo siguen sin cuestionarlo, el resultado es un distanciamiento inequitativo.

La reflexión está presente en la película El hoyo (España, 2019), dirigida por Galder Gaztelu-Urrutia, escrita por David Desola y Pedro Rivero, y protagonizada por Iván Massagué, Zorion Eguileor, Alexandra Masangkay, Antonia San Juan y Emilio Buale. ‘El hoyo’ es una prisión vertical, dividida por niveles. Cada celda, con dos personas dentro, es un nivel y hay al menos 200 peldaños. La comida baja a diario del punto más alto, el nivel 1, al más bajo, a través de una plataforma que transporta un festín, o al menos así es como comienza su recorrido. En lugar de racionar el consumo y respetar víveres para los demás, lo que sucede es que en las primeras celdas se abalanzan por la comida, dejando a los niveles medios con poco, sólo restos y sobras, y a los últimos, sin nada.
Cada mes las personas en cada celda despiertan en un nuevo nivel, sin saber si les tocará ‘arriba’ o ‘abajo’. Si por suerte están en un punto superior en la escala, tendrán comida asegurada, pero esto puede llevarlos a un punto de desesperación, ya sea el saber que potencialmente les espera un nivel muy inferior el siguiente mes, o porque, sin nada más que hacer que ‘comer y dormir’, pierden la razón o desperdician irresponsablemente los alimentos a su alcance. Si despiertan en un punto muy por debajo de la torre, están esencialmente destinados a la muerte, ya sea por la falta de alimento o porque el hambre empuja a muchos a matar para intentar sobrevivir.
Goreng, el protagonista de esta historia, cuyo compañero de celda, Trimagasi, durante su primer mes, en el nivel 48, le explica esta cruda dinámica de vida, entró como voluntario, pero no por simple buen carácter, sino a cambio de un título homologado. Cada persona puede traer consigo un objeto personal y Goreng eligió el libro de El Quijote de la Mancha. Trimagasi, que trajo un cuchillo, al que mira no sólo como un arma, sino como el causante de que esté ahí (lo vio en un infomercial, lo compró y el siguiente infomercial que vio era de su cuchillo, pero una edición mejorada, por lo que en un arranque de ira tiró su televisión por la ventana y mató a alguien), no quiere otra cosa más que Goreng le lea pasajes del Quijote.

El libro puede ser fácilmente visto como un objeto no esencial, porque en un escenario de vida o muerte, ‘no serviría para nada’. El libro distrae, entretiene, enseña, cultiva y nutre al ser. La cultura es base para el desarrollo de las personas. Pero el libro es ‘inútil’ en un escenario de practicidad. Alguien en los primeros niveles, sin más que pasar el día, encontrará en el libro la clave para su supervivencia. Un libro en los niveles más bajos no obstante, es sólo un objeto más. Eventualmente, cuando Goreng llega a un nivel muy abajo, termina incluso comiéndose las páginas.
¿Qué es entonces ‘el hoyo’? El espacio permite poner a prueba ideas de fe, ética y juicio. Imoguiri, otra compañera de celda que Goreng eventualmente tiene, le dice que ella sabe, porque trabajó en la “Administración”, entrevistando voluntarios, que el propósito del hoyo es promover la ‘solidaridad espontánea’. Es decir, que al ver su realidad y la realidad de todos, en la que un día pueden estar más arriba pero en cualquier momento pueden caer en el opuesto y experimentar la desdicha, ello generará a una ética moral social en la que la gente aprenda a colaborar, trabajar en conjunto, organizar la distribución de la comida para que les alcance a todos y, por tanto, lograr que esta división de niveles ya no afecte o apremie a las personas, sólo por el hecho de la escala en la que están.
Imoguiri se desvive por convencer a los de la celda de abajo, el nivel 34, que preparen raciones de comida, tomen sólo lo necesario y dejen suficiente para que todos los niveles, que ella cree son sólo 200, coman lo mismo, equitativamente. Su plan nunca da frutos mientras apela a la razón y el entendimiento. Los de abajo sólo acceden cuando Goreng amenaza con defecar en su comida si no siguen las instrucciones. ¿Por qué la celda 34 sólo escucha cuando hay una amenaza de por medio? ¿Por qué el camino de razonar con el otro, una estrategia por la comprensión de la lucha por el bien común, llega a oídos sordos en escenarios extremos como el que se ve aquí? ¿Depende del contexto, depende de la realidad o depende de qué tanto tenga que sacrificar una persona? ¿La humanidad es en esencia egoísta?

Baharat, por ejemplo, otro compañero de celda de Goreng, es un hombre que trajo consigo una cuerda. Su idea es usarla para subir los niveles y lograr eventualmente salir. El día que despierta en el nivel 6, se sabe lo suficientemente cerca de la salida para estar seguro de que su plan al fin dará resultado. La celda 5, sin embargo, se burla de él y no lo deja subir. ¿Qué tienen que perder los del nivel 5 con ayudarlo? Nada, no hay castigo de por medio por ayudar a los demás, ni está explícitamente prohibido, de hecho, Baharat cuenta que ha habido ocasiones pasadas en las que otros le han permitido el paso. ¿Qué lleva entonces a la celda 5 a no querer ayudar? ¿No lo hacen por el simple hecho de saberse en un punto superior de la escala, acto que refleja puro egocentrismo? Y entonces la gente que en el pasado ayudó, ¿lo hizo porque estaban en un punto muy debajo de la escala o porque eran en su esencia buenas personas? ¿Dicta entonces el contexto social la percepción y puesta en práctica de conductas y valores? No es ‘el hoyo’ el que prohíbe que Baharat encuentre la salida, son las personas que en él se encuentran.
Miharu es una mujer que cada mes baja por la plataforma buscando a su hijo, pese a que Imoguiri insiste que tal niño no existe pues nadie menor de 16 años puede entrar al hoyo. Miharu tiene, sin embargo, el objetivo bien trazado que la motiva a seguir adelanta: velar por alguien más. La gente no lo ve así y todos llaman a Miharu una asesina, ya que no repara en matar a cualquiera que se interponga en su camino. ¿Puede ella recibir las mismas consideraciones, o falta de, que un par de personas que bajan nivel por nivel matando a los demás, por el hecho de poder y querer hacerlo?
¿No está diseñada esta división clasista para empujar a las personas a reaccionar así? ¿O quizá el problema no es la forma de organización, sino cómo las personas la asumen y responden a ella? La esperanza de que saldrán, la esperanza de que el siguiente mes les puede tocar un mejor nivel o la esperanza de la ‘solidaridad espontánea’ son una falacia, una utopía que alberga en sí misma un método de control, mientras la gente misma no cambie. ¿Qué hace alguien en el punto más bajo de la pirámide, cuando llega arriba? ¿Qué hace alguien cuando tras estar arriba, se ve de pronto en el punto más bajo? Los individuos ahí se mueven entre el miedo y la esperanza.

Aquí no hay guardias ni hay castigos de ningún tipo, a menos que se rompa la regla de no guardar comida una vez que la plataforma ha bajado a otro nivel. No hay reglas explícitas de prohibiciones ni lineamientos de conducta. El órgano administrativo no es el ideal, pero por eso mismo deja a las personas hacer lo que quieran con lo que tienen enfrente, decidir por ellos mismos. Pero en lugar de organizarse por el bien común, los involucrados olvidan que viven rodeados de otros en las mismas condiciones y realidad que ellos. Este escenario es en gran medida producto del sistema quebrantado, con un guiño muy directo al capitalismo, pero que funciona porque la gente hace que funcione, o permite y acepta el cómo funciona.
No todos en ‘el hoyo’ son crueles, poco solidarios, impulsivos o ignorantes, es sólo que con uno que lo sea, es sencillo perder el objetivo, reinar el caos e interrumpir el orden. La prisión está quizá diseñada para que la gente muera y no se dé cuenta de ello sino hasta que ya es demasiado tarde; pero no darse cuenta de la realidad es culpa de la persona misma. La dinámica se alimenta del miedo, el egoísmo, el lado más inhumano del ser, la desigualdad, el individualismo y la crueldad; entonces, ¿sería la vida en el hoyo diferente, si las personas fueran exactamente lo opuesto (solidarias, trabajadoras, éticas)?
El sistema no es perfecto, nunca lo será, pero sigue siendo imperfecto porque las personas alimentan que siga siendo así. Goreng y Baharat eventualmente deciden encargarse de racionar la comida y se suben a la plataforma para repartirla equitativamente. Al hacerlo se asumen responsables del orden, por tanto, se obligan a imponer su voluntad, a ser la autoridad, sin serlo legítimamente ¿El resultado? Terminan matando o golpeando a la mitad de los que se supone bajaron a ayudar. En corto, la respuesta, el cambio, no es un camino sencillo, ni se logra sin la ayuda de los demás.

Al final Goreng se queda ahí, en el fondo de la escala, sin nada más por qué vivir, sin nada con qué vivir. En el último nivel, el 333, encuentra a la hija de Miharu y la manda al nivel cero subida en la plataforma de comida (que automáticamente regresa al punto de partida tras tocar fondo). La niña pese a todo pronóstico, sigue viva, y ello implica o que alguien la ayudó (quizá Miharu siempre la tuvo escondida ahí) o que al menos, nadie la hirió. Cualquiera que sea el escenario, esto también dice mucho de la gente que habita en el hoyo.
‘La niña es el mensaje’, repiten varias veces los personajes, pero la niña no representa una ‘esperanza’ como tal, sino que simbólicamente habla de la posibilidad de cambiar el sistema. Quizá la niña no existe y todo sea una alucinación de Goreng, pero eso no es realmente lo importante, sino que a través de su decisión de enviarla hacia arriba, entiende qué era lo que debía hacerse. Es decir, ni Goreng ni Baharat, ni muchos otros como ellos o antes que ellos, pueden realizar el cambio solos, simplemente pueden facilitar que suceda. El mensaje no necesita un medio para hacerse escuchar, ‘el mensaje es el mensaje’, una idea básica, filosófica, simple y evidente que también se repite en la película, no obstante, una idea también difícil de entender para muchos en la misma posición. ¿Logrará el mensaje, después de todo esto, ser finalmente escuchado? La respuesta, como es evidente (obvio, diría Trimagasi), nadie la sabe.
El Hoyo (2019)
Director: Galder Gaztelu-Urrutia

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México
Escritora, periodista y amante del cine, además de estudiosa de la comunicación, el guionismo y el cine en general. Leer, escribir y ver películas son algunas de sus grandes pasiones. Tiene publicados dos libros: ‘De Cine’ y ‘Reflexiones sobre guionismo.
Superación significa vencer obstáculos, pero la palabra superar también implica ser superior a alguien. Idealmente se logra demostrando mejores habilidades y/o conocimientos, no pisotear al otro para lograr sobrepasarlo. ¿Pero, cómo se llega a alcanzar tal maestría? ¿Presionando hasta lograr que la persona sea el mejor o la mejor versión de sí mismo, o dejándolo crecer hasta el punto que ella o él elijan? ¿Hay enseñanza, educación, aprendizaje e instrucción en un escenario en que se exige empujar al otro al límite, o ello conlleva invariablemente abuso, control, dominio y autoritarismo? El problema se vincula con el ejercicio de autoridad en el proceso educativo. El maestro enseña, pero también debería aprender y dirigir su enseñanza con respaldo en una capacidad argumentativa racional que fundamente y legitime su actuar, justo para evitar que sus subordinados, es decir, los alumnos, consideren sus órdenes como impositivas, irracionales, fuera de lugar.
¿Alcanzar la grandeza a toda costa, incluso si esto significa perder humanidad? Educación para llegar el éxito es un camino indispensable en la vida pero, ¿dolor y castigo con tal de ser el mejor, es correcto, lo vale? Estas son algunas de las preguntas que plantea la cinta, ganadora de tres premios Oscar (mejor mezcla de sonido, mejor edición y mejor actor de reparto, para Simmons), además de dos nominaciones más, a mejor película y guión adaptado. En el fondo, una mirada crítica al sistema educativo basado en la autoridad indiscutible de los docentes, en la competencia en las relaciones sociales entre los alumnos y en la falsa idea de que hay un solo camino para enseñar a cualquier estudiante.
¿El profesor enseña, instruye, forma o facilita? Además de que el cómo logre que el alumno encuentre su potencial, es la parte delicada, susceptible a írsele de las manos. No es con abusos ni debería ser bajo esa filosofía de ‘la letra con sangre entra’, un refrán que se refiere a la educación a través de una disciplina exigente que llega a los golpes, a la violencia física, porque la violencia no instruye valores, empatía y ética, sino todo lo contrario. ¿De quién ‘aprende’ más el estudiante, o qué experiencia le hace mejor, aquella en la cual el profesor le condona los errores o aquella en que el profesor se asegura que el alumno no vuelva a cometer ese error? El ideal es el balance. No es dar palmadas compasivas en la espalda para evitar el dolor de la caída, pero tampoco es golpear, metafórica y literalmente hablando, por el error cometido. No es que el profesor infunda tanto miedo en el estudiante como para obligarlo a no volver a cometer una falta, para tampoco es hacer como que ‘no pasa nada’. Es, en todo caso, instruirle en qué se equivocó y en cómo mejorar y cambiar para ser mejor.
Consigue la posición como baterista principal por un error (la partitura del titular se pierde y como él se sabe la melodía de memoria, puede tomar el asiento principal durante una competencia musical) y luego se aferra a su posición creyendo que ha alcanzado el respeto de sus similares. Pero si alcanzar el éxito implica ser el mejor, y a los ojos de Fletcher es imposible ser el mejor, siempre habrá una prueba más arriba de la última prueba. Fletcher llama entonces a otro suplente, para presionar a Andrew a seguir ‘probando su valía’. No importa entonces cuánto se esfuerce y trabaje, sufra y se sacrifique, nunca será lo que el otro quiere que sea. Andrew y los otros no entienden que lo importante no es complacer a su profesor, sino estar contentos con ellos mismos, satisfechos de su propio desempeño. ¿Pero qué significa estar contentos con ellos mismos, como músicos?Parece que no lo saben o no se atreven a preguntárselo, porque la figura de autoridad frente a ellos es tan imponente, que la sombra (el castigo, la crítica y el control) pesa en sus hombros.
¿Cuántos ‘Fletchers’ no hay en la vida de las personas? Sin duda muchos, más de los que se pudiera desear, quizá no igual de abusivos, prepotentes, controladores y crueles, pero sí simbólicamente hablando. Superarse a sí mismo requiere esfuerzos, pero no bajo órdenes sin límites, que llevan a la persona a ser ‘el mejor’, según los estándares de alguien más. ¿Cómo poner y ponerse límites? Para Andrew sucede cuando se ve envuelto en un accidente automovilístico y antes de preocuparse por su bienestar, corre al escenario preocupado por la aceptación y reconocimiento de sus similares en la música. Para otro estudiante, ese límite llega al extremo cuando, derrumbado por la crítica no constructiva, sino hiriente, su estado de angustia y ansiedad lo lleva a la depresión y eventualmente al suicidio.
Iván Uriel Atanacio Medellín
Evolución es transformación continua. Especies que cambian conforme pasa el tiempo, según lo define el naturalista inglés Charles Darwin (1809 – 1882), quien añade que la selección natural es parte vital de ese proceso de adaptación. Se trata entonces de la forma natural (o curso lógico) como las diferentes especies cambian, crecen, se van modificando y van dando paso a nuevas.
La cinta, protagonizada por Sam Neill, Laura Dern, Jeff Goldblum, Richard Attenborough, Bob Peck, Martin Ferrero, Samuel L. Jackson, Wayne Knight, Joseph Mazzello y Ariana Richards, trata de un empresario que quiere, a solicitud de los inversionistas de su proyecto, el aval de un grupo de expertos en diferentes ramas de la ciencia para un parque de atracciones caracterizado por la presencia de dinosaurios, cuyo ADN ha sido mutado genéticamente y luego clonado. Mientras la aventura y el relato de supervivencia y acción crece por una serie de errores humanos que provocan que los dinosaurios puedan salir de sus jaulas y atacar, empujando a los visitantes a huir para salvarse, el planteamiento trae consigo más que secuencias fantásticas y una revolución tecnológica, sobre todo para su época, en el terreno de los efectos visuales, pues también plantea preguntas importantes sobre temas como la evolución, la experimentación científica y genética y sus peligros, la ambición corporativa y las consecuencias de los imprevistos de la vida, la incertidumbre, y la mala planeación o preparación para afrontarlos.
El personal de los laboratorios de este parque espera tener el control de la situación porque ha mantenido todo bajo la lupa de sus microscopios, pero ese control nunca es posible de alcanzar al cien por ciento porque no pueden esperar que animales que no conocen actúen de la forma como ellos quieren que actúen, en lugar de la que su instinto natural les dicta. No prevén tampoco que la modificación genética que han hecho al ADN cambie de una forma u otra al dinosaurio en sí. Éste caza, depreda, destruye y no puede ser contenido por un grupo de humanos que no conocen lo que significa la dimensión de un ecosistema antiguo y extinto, traído a la actualidad. Subestimarlo es subestimar a la evolución misma y a la naturaleza como fuerza incontrolable que se rige bajo sus propias reglas. “No es posible reprimir un instinto primitivo que tiene 65 millones de años”, dice uno de los paleontólogos, cuando se dan cuenta que el Tiranosaurio Rex no hace caso a la cabra que los cuidadores le presentan como alimento en medio de su jaula. El tiranosaurio no quiere comer, quiere cazar.
La reflexión es importante porque cuestiona la falta de ética, pero al mismo tiempo analiza cómo estas personas se escudan en un estandarte de aparente progreso, con fines mucho más allá que el del mero avance científico. El progreso como estímulo y meta del quehacer humano que con tanto optimismo han proclamado los defensores de la industrialización a ultranza, de la urbanización como mejor forma de vida y del saber de expertos como la palabra definitiva para hacer las cosas, sin ponerse a considerar el aspecto humano, solidario y de interés colectivo que el bienestar social también exige. El sabotaje de las instalaciones, por ejemplo, es producto de un acto de venganza de uno de los trabajadores, que ha encontrado a quien vender la información genética que hace posible el proyecto, en un intento también de la competencia (corporativa y del capital), por no quedarse rezagados. Su traición satisface su ego y el robo llena esa satisfacción, mientras la venganza, hacer que los sistemas operativos colapsen, no es más que ese sentimiento traducido en una necesidad de llenar su ambición y perjudicar al otro. En suma, valora el progreso en términos de su bienestar personal, igual que lo hace el empresario que desarrolla el proyecto del parque de diversiones, o los científicos que sienten que dominan a la evolución natural.
“Nunca ha tenido el control. Esa es la ilusión”, le reclama una de las personas invitadas como observadores al visionario creador del parque, con respecto a cómo el proyecto no es más que un espejismo, nunca realmente tangible, real o posible. Él, el empresario, explica que de niño tenía un circo de pulgas, que en realidad no tenía pulgas, sólo juegos que se movían mecánicamente. La gente, sin embargo, parecía convencida de ver a los animales. Por tanto, él espera esa misma reacción, ese mismo asombro de parte de los asistentes al parque, pero esta vez a partir de algo real, dinosaurios que están ahí, no que la gente se imagina que están ahí. En este caso su sueño es más grande que él, porque es un imposible, algo que, como le dicen, nunca estuvo realmente en sus manos para poder presentárselo al mundo.
El constructivismo ruso, movimiento artístico y arquitectónico que apareció antes de la revolución rusa pero que cobra su importancia durante la misma y sobretodo después, a modo de representación icónica de la victoria sobre el imperialismo zarista, funciona como revestimiento mítico del cambio de identidad que la sociedad rusa estaba demandando después del octubre de 1917. Pasar de la Rusia zarista y una sociedad en su mayoría campesina, oprimida, esclavizada, a esta nueva sociedad industrial, futurista, capitalista y socialista, requería, por un lado, un arte que representará esas coyunturas ideológicas, políticas e idiosincráticas y por otro una narrativa filosófica para la naciente Unión Soviética. No es un concepto nuevo a estas alturas, y lo vemos en todos los gobiernos del color que quieran a lo largo y ancho de la historia qué, a través de la construcción (del diseño e ingeniería más pura y dura) de las obras públicas, se aspire visibilizar la idea megalómana del progreso, la modernidad, el avance positivista. Mientras más apoteósicas y grandilocuentes sean esas obras, mayor la marca que se deja en el recuerdo del ciudadano que sin duda servirá en la próxima votación. Pero, más allá de lo concreto del movimiento como manifiesto de una época y un estilo para relatar la nueva imagen país a través de un rol protagónico de las artes y la arquitectura, de la mano de su aplicación material en el cambio social, desde una lógica completamente funcional, a través de propuestas objetuales utilitarias para la industria, que sirvan al tiempo, al entorno, al régimen y que respondan a un método organizado que plasme las ideas socialistas en edificios monumentales, que a su vez representen la grandeza del proletariado y el socialismo, lo interesante, y el objetivo de este artículo, es discernir, discutir, analizar la conexión, de como este movimiento influenció, o más bien, sus conceptos más ideológicos fueron tomados para construir ciertas obras de ciencia ficción creadas 50 años después, en plena guerra fría, en los grises años 80 del bloque de una Unión Soviética, donde justamente, toda esa obra constructivista estaba completamente resquebrajada, lleno de moho, humedad, derruida, convertida en elefantes blancos, abandonada, molesta, estéticamente despreciada (locaciones perfectas para la escenografía de lo post apocalíptico que justifica y da pie a varias de esas películas) como la misma ideológica agónica que aún trataba de mantener en pie estas grandes construcciones canónicas del socialismo. El constructivismo como símbolo, que seguía existiendo en esos tardíos años del bloque, se negaba a morir, seguía siendo parte del entorno, obras muy presentes, indestructibles y por lo tanto muy permeantes dentro de la sociedad. Estos fueron sus decorados, la arquitectura convertida en personaje, la distopía como telón de fondo y los temas teóricos las interrogantes.
Por otra venía, me parece que el existencialismo, o más bien, algunos elementos de esta corriente literaria y filosófica, también son parte de la construcción de personajes que pululan estás historias postnucleares que repletan el imaginario de la ciencia ficción de los últimos años del bloque soviético. Es cosa de analizar los personajes de Dostoyevski para encontrar esas similitudes en los protagonistas de estos filmes. Personajes sin mucho aprecio por la vida, más bien con un desprecio profeso, un auto desprecio, con esa carga de contradicción que finalmente no te hace asegurar nada en concreto porque tu lucha con la existencia es un constante tormento y lo único que provoca es vivir en estados febriles que hacen que estos seres divaguen entre la realidad y el sueño constantemente. Tomando como puntapié la obra “Memorias del subsuelo” vemos como el Hombre del subsuelo protagoniza un deambular persistente y miserable (al igual que su propia consideración) por las ciudades, frías, oscuras, sucias (los personajes de Dostoyevski vivían en la época zarista) en busca de esas experiencias fenomenológicas del individuo que constituyen a través de sus actos la naturaleza humana. A pesar de la carencia de cualquier creencia ajena a él (aunque el existencialismo de Dostoyesvki partía desde la moral cristiana, temática bastante recurrente en la ciencia ficción soviética) desemboca en esa necesidad de saber el significado de la vida, el génesis de la especie, la creación de una nueva sociedad (ya no del individuo, sino del organismo), la llegada del mesías bajo formas de fantasías salvajes, el constructivismo como símbolo de una nueva raza, el relato mítico, rituales arcaicos, el abandono de los dioses, la existencia de la libertad, o más bien la falta de ella, ya sea física o metafísica (La libertad se convertiría en el mayor tópico del cine de ciencia ficción no solo Ruso). Un claro ejemplo de la presencia de estos signos se da en Na srebrnym globie (1988) de Andrzej Zulawski, donde un grupo de astronautas llegan a un planeta similar a la tierra, buscando libertad, pero paulatinamente van muriendo, dejando descendientes que evolucionan de forma primitiva, creando nuevos mitos y dioses. Esperando esa llegada del mesías, que eventualmente llega en la forma de otro astronauta, que es convertido en dios.
La yuxtaposición de estos personajes existencialistas con el universo del constructivismo ruso revela a la perfección ese momento álgido del socialismo utópico de la ciencia ficción soviética de los 80. No deja de ser interesante, además, que el fin de la existencia sea protagonizado justamente por los existencialistas, personajes rebeldes, sí, con un marcado sentimiento apático frente a la existencia, el nihilismo en su máxima expresión, “La vida no vale la pena, pero hay que vivirla” escribe Camus, pero sin perder esos elementos paradójico y de parodia presente en la obra existencialistas. El absurdo, la mistificación de la existencia, que aparece ya en ciertas obras como Ga-ga: Glory to the Heroes (1986) de Piotr Szulkin.
Andrés Palma Buratta

Polémico sin duda, el producto es altamente recomendable para los fanáticos de los deportes y para una nueva generación de aficionados que no conocían la trayectoria de Michael. El material de archivo es extraordinario, y destacan las secuencias que narran los títulos de 1996, 1997 y 1998, como batallas épicas al tiempo que los vericuentos y visicitudes se suceden uno a uno. Varios temas quedan al debate, qué habría pasado de Jordan de no retirarse un año y medio y con ello prácticamente dos temporadas, 1994-1995, en las cuales los Rockets de Houston de Hakem Olajuwon conquistaron sendos títulos, su paso al béisbol, el profundo dolor que sintió ante la trágica muerte de su padre y su regreso, que ante los resultados primarios le hicieron readaptar su físico al básquetbol y recuperar su cetro. Las imágenes están plenas de nostalgia, especialmente las correspondientes al Dream Team de Barcelona 1992, su segunda medalla de oro, o los detrás de cámaras mientras filmaba la cinta Space Jam de 1996, cuando en 1995 previo a su regreso y a pleno rodaje reunió a varios compañeros para volver a jugar; así mismo, ver a figuras como Spike Lee, Bob Costas, Justin Timberlake, entre otros, ofrece un contexto generacional al que también acompañan jugadores del salón de la fama como Larry Bird, Magic Johnson, John Stockton, Patrick Ewing o Reggie Miller, incluyendo al recientemente fallecido Kobe Bryant o a los ex presidentes Bill Clinton y Barak Obama.
Michael Jordan irrumpió los años ochenta como torbellino el mundo del básquetbol, pero de igual modo el mundo del espectáculo que encumbra figuras afroamericanas de extraordinario talento y carisma, que transformaron la cultura como menciona el mismo ex presidente Obama, Oprah Windfrey, Eddie Murphy, Lionel Richie, Stevie Wonder, Arsenio Hall; deportistas como Walter Peyton, Carl Lewis, Jerry Rice, entre otros, y dominando la escena Michael Jackson, quien en 1992 de la mano del Dangerous, invitó a Jordan para aparecer en el videoclip del sencillo Jam. Michael Jordan se convirtió en un ícono de las marcas deportivas, encumbró a Nike y su propia llínea Air Jordan, y dejó su sello como el acróbata máximo de la liga a finales de los años ochenta, pero sería a partir de su primer título con los Chicago Bulls, que no solo daría inicio a la dinastía más famosa, sino que brindaría a los noventa un dominio abrumador. Incluso en 1994 cuando en plenas finales NBA la atención se volcó sobre el caso de OJ Simpson, el deporte dio cuenta de la valía mediática de Jordan, que entonces estaba retirado.
El legado de Michael Jordan es innegable, como los recuerdos y vivencias que se acompasan al escuchar el tema Sirius de The Alan Parsons Project de 1982 y que durante el segundo triplete, 1996-1998, se convirtió en un sello de la era Jordan. Ningún atleta puede compararse al impacto mediático de Jordan, aunque varios comparten los debates de su olimpo, sea en su propio deporte como Karem Abdul Jabbar, Bill Russell, Wilt Chamberlain o Lebron James, o en otros deportes, Mohamed Alí, Robinson, Marciano, Jesse Owens, Carl Lewis, Usain Bolt, Mike Spitz, Greg Louganis, Michael Phelps, Nadia Comaneci, Simona Biles, Pelé, Maradona, Messi, Laver, Borg, Sampras, Federer, Nadal, Djokovic, Schumacher, Sena, Fangio, Niklaus, Tiger Woods, Joe Montana, Peyton Manning, Johnny Unitas, Walter Payton, Jim Brown o Tom Brady, por citar algunos, que compiten voluntaria, involuntaria o a la consideración de fanáticos y expertos, por ser los mejores de sus deportes o posiciones, una denominación que en inglés se abrevia GOAT, Greatest of All Time, denominación que no por casualidad, inició con Michael Jordan. Ahora bien, lo más atractivo y por demás interesante del serial, es la figura de Jordan como compañero de equipo, como líder y como jugador, tres posiciones distintas, y es ahí donde el debate incrementa el morbo y atención del documental, Jordan no es tan amigable, no es ameno sino duro, difícil, de trato adusto y hasta cierto punto coercitivo hacia los objetivos.
The last dance ha cumplido a todas luces su tarea, informó, removió, cautivo, interesó, emocionó y entretuvo a millones de personas en el mundo en medio de una pandemia que además de enfrentar la lucha por la vida misma, tiene al confinamiento la ausencia de deportiva, el serial provocó a muchas y a muchos atletas para redoblar esfuerzos, algo que lo hicieron incluso hicieron público varias celebridades del medio, pero también a quienes buscan al día a día dar lo mejor de sí, con sacrificios y esfuerzos, con dolor y penas, dando fuerza y aliento. Recordar es vivir gravita en la nostalgia, y el documental hizo evidente que se extraña lo querido, como esas imágenes grabadas para siempre en la memoria y que ahora serán analizadas, valoradas y estilizadas en el aire que e propio Jodan acusó a su vuelo.
Iván Uriel Atanacio Medellín
No es que todo contenido en medios audiovisuales, desde películas hasta publicidad, o el material compartido por usuarios personales o empresas en las plataformas por internet, sea así (aunque sí la mayoría) ,es sólo que la fuerte influencia que éstos espacios tienen en el modelo sociocultural, los vuelve herramienta clave en los procesos de manipulación y control.
Pese a que primero duda de lo que este grupo proclama, John descubre que tienen razón y que la sociedad está siendo dominada, sometida y de alguna forma amaestrada y condicionada, por medio de mensajes codificados y espacios publicitarios controlados por nada menos que alienígenas, mensajes encubiertos que incitan a la población, entre otras cosas, a comprar, consumir, obedecer, mirar la televisión, aceptar el estatus quo y dejar de pensar por sí mismos. La intención evidente es promover el consumo, asumir una actitud conformista y de pasividad extrema ante la vida, bloqueando así la posibilidad de crítica, todo ello mediante la repetición sistemática de consignas que están contenidas en forma subliminal en la publicidad emitida.
Esta idea lleva al segundo pilar importante de esta ideología de control. Comprar, consumir, distraerse, dejar de pensar y seguir por inercia aquello que se le dice a la gente. Las personas, que miran los comerciales que venden productos que no necesitan y que promueven ideas no realistas pero a las que la gente aspira, que festejan y valoran los bienes materiales como la riqueza, la fama y la moda novedosa pero insustancial, son moldeadas bajo ideales prestablecidos, pensados precisamente para mantener a las personas cautivas. Un proceso de ‘aniquilación de la conciencia’, dice la película.
Los aliens ven a la Tierra como un planeta del ‘tercer mundo’ al que explotar hasta destruir, y luego, pasar al siguiente lugar al que puedan aniquilar, plantea la historia. Una especie de colonialismo interplanetario. El eco en general es amplio pero específico, la gente con o en el poder, empresarios, gobernantes o quienes sean, que moldean por medio de manipulación a la sociedad para que no se dé cuenta de su explotación, hasta que no haya nada más que sacar de ellos, y se proceda hacia un siguiente objetivo. “¿Por qué veneramos la avaricia?”, pregunta uno de los personajes, expresando un sentimiento de duda que no todos poseen porque viven enajenados, aceptando la avaricia como algo natural.



















Perla Atanacio





