20 julio, 2026

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Anora, 2024, Dir: Sean Baker

Por: Andrés Palma Buratta

El cine de Baker no es una simple reivindicación de las minorías sexuales o de los marginales, el cine de Baker es un ejemplo de otredad. Y es ahí donde comienzan todos los matices de la obra de Baker.

Anora es una bailarina de lapdance en un striptease de New York que se deja cautivar por un muy joven multimillonario hijo de oligarcas rusos y vive, por una semana, lo que ella cree es la vida de una princesa. El tema de los reinos, las princesas, Disneyland, se repite a lo largo de la filmografía de Sean Baker, ya sea en el personaje de la prostituta transgénero Sin-Dee Rella en Tangerine, o la historia de una madre desempleada y su pequeña hija en un motel a las afueras de Disneyland. Anora se suma a ese universo “outsider” donde Sean Beaker hace gala, nuevamente, de su capacidad para darle voz a estas “minorías sexuales”, pero sin caer en la moralina condescendiente y lastimera de la que peca la mayoría del cine comercial Hollywoodense e incluso del cine mal llamado independiente. Harmony Korine lo intentó alguna vez, pero, al igual que Audiard y su Emilia Pérez privilegió un elenco de estrellas pop con miles de seguidores en las redes sociales pegadas en fondos de cartón estridentes, por sobre estos descubrimientos que resultan ser Ani, interpretada por una muy convincente Mikey Madison e Iván (Mark Eydelshteyn), que bien pudieron haber salido en cualquier película del director californiano o su amigo Larry Clark, con su propia estridencia, inmadurez y detestable personalidad, pero que sin embargo, Baker fue capaz de devolverle a esas disonancias un papel de performer. La actriz/actor vuelve a ser más importante que el maquillaje.

Baker utiliza la vieja, pero nunca oxidada, formula de la comedia física que tanto significó para el cine de los años 30/40 y que repercutió durante generaciones en las filmografías de tantos otros directores que con más o menos fortuna la siguieron llevando a la pantalla grande hasta el día de hoy. Ver Anora es ver a los Hermanos Marx, inevitable no pensar en el trio cómico al momento de la llegada de los tres guardaespaldas “rusos” que acompaña a Anora, pero también es ver a Buster Keaton (no por nada la mayoría del arte de vanguardia se inclina por la pureza mecánica de Keaton sobre Chaplin o Laurel y Hardy) o Harold Lloyd, las comedia de los años 40, mezclada con la frescura del mejor Godard de Pierrot le fou o Bande à part, pero sobre todo de Jules et Jim, donde el amor naif, juvenil, alocado se convierte en tragedia, en finalidad narrativa aunque despreciada por los círculos académicos y críticos de la alta alcurnia cinéfila. Anora, corrió con mejor suerte y ya fue premiada en Cannes.
Anora es un nuevo slapstick de neón y estupefacientes que sigue un poco la línea de Red Rocket, en cuanto a la seguidilla de gags sobre la que Baker construye estos frenéticos mundos circunstanciales, muchas veces políticamente incorrectos, pero totalmente queribles o por lo menos entendibles. Baker parece conocer o por lo menos saber cómo se mueve ese mundo y elige el lenguaje cinematográfico adecuado para exponerlos en pantalla, con mucha dignidad (dicho sea de paso), tensión latente y sin caer en la intelectualización del relato, con personajes que expelen emoción que deriva en dramaturgia.

Pero más allá de la película en sí, creo que Baker ha entendido la sociedad actual mejor que muchos sociólogos, antropólogos y para que decir políticos que se adjudican las banderas de las nuevas luchas post capitalista.
Por mucho tiempo se habló sobre la representación de la realidad en el cine, el “como si fuera real”, la eterna y académica lucha entre la diégesis Platónica y la mímesis Aristotélica, donde la imitación de la naturaleza se resiste a la comparación con el referente y se convierte en el original. Donde se busca reproducir una semejanza con hechos naturales o sociales y por otro lado se busca crear un propio mundo y obedecer sus propias reglas. ¿Qué es Anora entonces? Los dos, ninguna de las dos, Anora es más que una película.
Anora es entender el posmodernismo, el hipercapitalismo, es la digitalización de las relaciones humanas, es el intercambio de amor por dinero y ojalá subido a las redes sociales que caracteriza las actuales formas y fondos de relacionarse sentimentales, sexuales, políticas, económicas y sociales de nuestras sociedades, o por los menos de nuestras nuevas generaciones químicamente emborrachadas. Y cuando hablo en plural, es porque personalmente ya no identifico las barreras ideológicas, filosóficas o intelectuales de antaño en los jóvenes y tampoco en los viejos. Los revolucionarios del ayer, son los reaccionarios del hoy.
El cine de Baker no es una simple reivindicación de las minorías sexuales o de los marginales, el cine de Baker es un ejemplo de otredad. Y es ahí donde comienzan todos los matices de la obra de Baker.
Baker centra su mirada en los “otros”, aquellos personajes que no comparten identidad con “nosotros”, creando esa pertenecía y diferenciándose de esos grupos históricamente dominantes, para convertir aquellas estigmatizaciones y discriminaciones en potenciales recursos de inclusión, justicia y empatía. Convierte entonces al “otro” en comunicación, base de la diversidad y cooperación para la sobrevivencia (véase The Florida Project) en antítesis a la jerarquización sistémicas de grupos hegemónicos.
Sin embargo, Baker, al igual que Audiard, no ha estado exento de polémicas por una serie de tweets que parecieran ser más bien reaccionarios, apoyando al culpable de asesinar a dos manifestantes durante los disturbios civiles en Kenosha, Wisconsin. ¿Es acaso posible entonces, que la «derecha» también haga cine, buen cine y relate la humanidad en películas más progresistas que los mismos progresistas en su cine conservador, llenos de juicios morales evangelizadores?

Y es que Sean Baker es capaz de ver y plasmar de forma muy palpitante las últimas etapas de los imperios, sociedades reconstruidas sobre la opulencia de antaño, bañados por ese oro oxidado, deshecho por su avaricia, megalomanía y estupidez. Pero Baker también entiende que esas sociedades todavía se niegan a morir, sociedades que aún no se sacuden de la guerra fría y miran el mundo en blanco y negro y que de vez en cuando da unos últimos estertores de brillo y expanden sus mensajes vociferantes a través de plataformas masivas de comunicación antes de colapsarse. No es nada nuevo. Ya en los años ‘40 Orson Welles con el Ciudadano Kane había reflejado el delirio y su poder mediático. Pero Baker quizás dio voz a los adolescentes apolíticos aburridos de vivir en la pobreza sin oportunidades y atemorizados por terminar como sus padres que terminaron votando por Milei, o a la mayoría de migrantes del cono sur y centro América que votaron por Trump porque las promesas de la izquierda los dejó en un vacío ideal y económico o a todos aquellos que ven en Luigi Mangioni una suerte de super héroe post anárquico.
Se rompe la dicotomía de izquierda y derecha fabricada sobre castillos de arena.
Anora es una sutileza capaz de descifrar las millones de ideas y vidas simuladas que pululan el mundo. Hay toda una vida allá afuera que la mayoría ansia creada superficialmente, digitalmente, virtualmente. Todo es posible porque nada de eso existe o nada de lo que vemos debe haber sucedido antes en la realidad. El trap, el reggaetón, el descapotable por Miami, la Gucci, el all inclusive, los casinos, tiendas caras, zapatillas de marcas, la fama, el dinero, el poder, desde las poblaciones hasta la clase alta, en New York, Singapur o Madrid, todos quieren champagne en un yate alguna vez en la vida y en el caso de Anora vivir el sueño de la princesa. Simular que vivimos en un gran video juego sin reglas ni códigos morales y éticos, en una eterna evasión burguesa ante el profundo misterio del destino humano. Ya no son los castillos de arena, son castillos de token o bitcoin. Y por ende las relaciones afectivas, políticas, sociales y sexuales cambian. Yo no sé cómo. Me cuesta descifrar. Habrá que preguntarles a los chavos. ¿Es eso aspiracional, superficial, arribista, reaccionario o es la nueva realidad real?
El problema es como volver a esta sociedad del “nosotros” cuando el sueño del “otro” se acaba. La sociedad es la misma, el mundo también, la vida también, plásticamente son iguales, es muy difícil diferenciar un viaje mágico de uno banal, pero la diferencia de intensidad en el efecto que ejerció sobre nosotros esa quimera es incuestionable. Se puede regresar destruido emocionalmente y volver a ser el “otro”, o se puede volver rompiendo la vida real, resistiéndose, aunque sea con lágrimas, sudor y sexo, al sometimiento del capitalismo y todas sus accesiones, neo, hiper, post, etc. Cualquiera de las dos interpretaciones es válida para el final de Anora.
Anora es casi un estudio etnográfico ficcionado hacia la comedia, una especie de Nanuk, el esquimal contemporáneo. Quizás funcione como epifanía de la vida más allá de la realidad, más allá de la otredad. Quizás no pretende nada de eso. Lo que podemos afirmar con certeza es que Anora dio fin a la guerra fría.

Anora, 2024, Dir: Sean Baker

Andrés Palma Buratta |  IMDb @andrespalmab

Director y guionista italo-chileno, nos transporta al mundo distópico de una sociedad subterránea en su película Cassette, presentada en el Festival de Cine B, Cineteca Nacional de Chile y el Museo de la Ciudad de México. Ha participado en la producción de la película chilena “Una parte de mi vida” elogiada por la crítica. Su sensibilidad y lucha por defender los derechos humanos lo llevan a realizar el documental “Tú Ciudad…tus derechos”, para la CDHDF. Autor de historias sencillas y profundas. Desarrolló  la serie #HoySoyNadie, para Televisa Networks, fue director de Camaleón Films, dirige Filmakers Media Content.

La sustancia

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

La búsqueda por la perfección siempre traerá insatisfacción, mientras que la insatisfacción, irónicamente, es uno de los detonantes que llevan a querer alcanzar la perfección. El ciclo es tan interminable como tóxico porque habla de un anhelo por tener lo que no se tiene y una añoranza constante hacia lo imposible. El ser perfecto no existe.

Los marcados e irreales estándares de belleza que se promueven como parte de la cultura social, especialmente los dirigidos hacia las mujeres, la fama efímera determinada por la popularidad y la discriminación, después impuestas como medida de éxito o realización, la sensación de fracaso y la inconformidad con la vida, incluso con uno mismo, la auto-exigencia que ha rebasado la búsqueda por la excelencia y se ha convertido en el intento por una grandiosidad exenta de fallas, errores y defectos, a pesar de que la imperfección es parte de lo que nos hace humanos; la ambición alrededor de la popularidad, la crueldad dentro del mundo del espectáculo y los peligros de las adicciones o los vicios, sustentados en promesas irreales, especialmente dentro de la industria de la belleza, como las dietas o pastillas para bajar de peso o las cremas y tratamientos para mejorar la imagen física, son algunas de las ideas que se abordan en la película La sustancia (Francia-EUA-Reino Unido, 2024), escrita y dirigida por Coralie Fargeat; protagonizada por Demi Moore, Margaret Qualley y Dennis Quaid.

La historia se centra en Elisabeth Sparkle, una actriz de Hollywood que en su mayor apogeo fue aclamada y celebrada tanto por el público como por la industria del espectáculo, pero ahora que su fama se ha disipado trabaja como conductora en un programa televisivo matutino de ejercicios aeróbicos. Presionada por el ambiente laboral y social en el que se encuentra, donde la imagen externa es el tema más explotado en el medio y la cultura popular, en una industria cultural obsesionada con la perfección, la belleza y la juventud, Elisabeth hace todo por mantenerse vigente y sobre todo atractiva, guiada por los estándares de gracia y belleza que se imponen en el colectivo, lo que la hace estar especialmente enfrascada con su físico, al que dedica la más estricta atención y cuidado posible. En realidad Elisabeth no es apreciada por su carrera, logros, talentos, conocimientos, habilidades o capacidades, sino por la explotación que se pueda hacer de su imagen, así que en esencia Elisabeth es tratada como un producto que se valora según qué tan redituable o vendible puede ser. Su jefe y la cadena televisiva para la que trabaja no la respetan por quién es, sino por qué tanta gente la conoce, la sigue, mira su programa y por ende representa para ellos una ganancia, a partir del número de espectadores que consumen un producto: ella.

Por ello mismo Elisabeth vive angustiada por su exterior, por su imagen, consciente de que el mundo en el que vive, en el que vivimos todos, demanda una imagen muy específica de ella y, por extensión, de las mujeres como ella, como si su valor dependiera exclusivamente de su atractivo y juventud. En su cumpleaños 50 Elisabeth es despedida, discriminada y excluida por su edad, en función de prejuicios al respecto, al margen de cómo se ve y la calidad de su trabajo. Según Harvey, su jefe, Elisabeth ha alcanzado una ‘fecha de caducidad’ a partir de la que ya no importa realmente cómo luzca, sino la percepción social comúnmente aceptada que el mundo se hace de ella, que desde ese momento la cataloga como no joven, por tanto no bella y, según ellos, sin algo que ofrecer al mundo. Tanto Elisabeth como todas las mujeres, especialmente en el ambiente del espectáculo y el de las figuras públicas (analiza la película), completamente reducidas a objetos, a cosas, para cumplir una función, la de complacer al público y a un mercado hambriento de novedades aplicadas en todo aspecto y relación social, para luego ser ‘desechadas’, desplazadas por versiones más jóvenes de su persona que ofrecen lo que ellas ya no representan: belleza y juventud. Angustiada por este desprecio propiciado por una obsesión mediática por cosificar a la mujer e imponer estándares de belleza excluyentes más que incluyentes (cuando la inclusión se guía más bien por una moda o la apariencia de equidad, en lugar de verdadera revolución social), Elisabeth entra en crisis sobre todo consigo misma, ya que ni siquiera ella se acepta tal cual es pues ha sacrificado todo (no tiene amigos ni familia cercana) por cumplir los caprichos de una industria que ahora fácilmente le da la espalda. Elisabeth no se mira en el espejo queriendo quererse, se mira buscando los defectos que otros puedan adjudicarle, así que vive insatisfecha con su propio ser, aterrada por ser desplazada, ansiosa por encontrar ‘la fuente de la juventud’, autodestructiva por la crueldad del mundo a su alrededor para con la mujer, el cuerpo de la mujer, la edad de la mujer, el físico de la mujer y el atractivo sexual de la mujer. Elisabeth ya no sólo se preocupa excesivamente por su apariencia, está convencida, porque lo escucha a través de Harvey, que el medio artístico como industria del espectáculo ha moldeado una imagen específica de las celebridades para que las personas aspiren a ella y hagan todo por alcanzarla, al tiempo que también crean o manufacturan figuras ‘exitosas’, tanto para explotarlas de una forma redituable, como para después, así mismo, sacar provecho al destruirlas. Esto significa que Elisabeth no es la primera ni será la última mujer que será desplazada por alguien más joven, más ‘bella’ y más ‘vendible’, con énfasis en que el verdadero problema es que quien decide y define la palabra ‘belleza’ es el mercado del entretenimiento, orientado a imponer modas y estereotipos que impulsen el consumismo y a favorecer determinada imagen estética. A raíz de ello, especialmente el anhelo por la atención, los reflectores y la validación, Elisabeth acepta la propuesta de un extraño para usar ‘la sustancia’, un compuesto químico capaz de convertirla en una versión “más joven, más hermosa y más perfecta” de sí misma, según dice la propia campaña publicitaria en forma de promesa de este suero del mercado negro; una droga, en esencia, que capitaliza, al volver a las personas dependientes de ella, a partir de las inseguridades personales y la fijación por mantener ese estándar de belleza y juventud impuesto por el medio.

La sustancia básicamente crea una versión más joven de Elisabeth que ‘nace’, se desprende o sale de su propio cuerpo. Las instrucciones del producto hacen hincapié en dos puntos clave: la necesidad de alternar cada semana entre la matriz (Elisabeth) y su versión más joven (que se autonombra Sue), pues mientras una vive la otra permanece inconsciente; y dos, tener clara la noción de que se trata de dos versiones de la misma persona, no dos entes diferentes. Aquí lo interesante no es sólo la desesperación por seguir siendo relevante y trascender, incluso la necesidad por encontrar un grado de reconocimiento como nutriente de autoconfianza, que motivan a Elisabeth a aceptar la propuesta de ‘la sustancia’, sino que, pese a lo dicho, finalmente Elisabeth y Sue sí son dos personas diferentes, dos consciencias distintas. Sue nace literalmente del cuerpo de su matriz original, eso es cierto, pero Elisabeth desconoce por completo lo que la otra hace durante la semana en la que está activa, o despierta, o consciente, y viceversa. La relación es simbiótica pero sólo hasta cierto sentido; sí, hay una integración o interacción biológica, pero en realidad no existe un beneficio mutuo como sí una dinámica parasitaria. Para sobrevivir Sue tiene que extraer líquido cefalorraquídeo de Elisabeth, denominado, para los fines de la ciencia ficción, como ‘líquido estabilizador’; sin embargo, esto significa que la versión más joven de Elisabeth sólo toma de ella pero no da u ofrece nada a cambio. Si Elisabeth no puede experimentar en carne propia los ‘beneficios’ de haber creado una versión más joven de sí, ¿cuál es entonces el beneficio final que ella recibe del trato? En cierto sentido la historia refleja con esto el engaño comercial detrás los productos adictivos que ofrecen falsas promesas a sus clientes, específicamente alrededor del mercado relacionado con la belleza y el cuidado físico. Mientras Elisabeth sacrifica su propio cuerpo persiguiendo una idea que ni siquiera disfruta, porque en realidad la otra vive su vida aparte, Sue en el fondo no hace más que gozar su propia existencia sin tener que dar nada de su parte. Desconociendo por completo la rutina y quehaceres de su versión complementaria, las perspectivas de vida de cada una difieren por completo y Sue comienza a deleitarse con las atenciones y oportunidades que le traen su edad, físico, juventud y belleza, hasta alimentar una vanidad que se vuelve tan ambiciosa como tóxica, reflejo en cierto sentido de las propias obsesiones de su matriz, de Elisabeth. Las puertas se le abren por el atractivo de su imagen exterior, retroalimentando así esa idea distorsionada de que su única valía proviene de su físico. En las audiciones para encontrar a la nueva conductora que reemplazará a Elisabeth, los encargados sólo miran el cuerpo de las aspirantes y descartan candidatas ante cualquier imperfección que no se alinee con el molde de mujer ‘perfecta’ que se ha impuesto a la sociedad: la siempre dispuesta, la que siempre sonríe y la que siempre es coqueta, como si eso fuera todo lo que pudiera ser o importara en una mujer. Eventualmente Sue no sólo desplaza muy literalmente a Elisabeth, tomando su lugar en la cadena televisiva, sino que la aceptación, los aplausos y las atenciones, todo aquello que la otra anhelaba, se convierten igual para Sue en un motor autodestructivo, detonante además de una codicia despiadada. Lo que esto desencadena en ella es el abuso de ‘la sustancia’, porque Sue no se conforma, no quiere  vivir sólo 7 días para quedar inconsciente 7 más. Ella está hambrienta de elogios y no se da cuenta que su ascenso es reflejo de la banalidad de la sociedad para con los valores humanos, porque, así como Elisabeth, Sue está convencida que la fama, efímera o no, significa éxito y placeres, lo que a su vez significa realización personal, algo que ansía, empujándola a caer en el mismo ciclo de sexualización de la mujer que la llevó a estar donde está, toda vez que su programa de aeróbics está más orientado a mostrar en pantalla sus atributos físicos que a enseñar a su audiencia la mejor rutina de ejercicio. En cuanto Sue comienza a abusar de Elisabeth, negándose a cambiar de lugar con ella y extrayendo más ‘líquido estabilizador’ del permitido, la consecuencia directa la sufre la otra, que paga con lo más valioso para ella, su belleza, su cuerpo y sobre todo su juventud, ya que cuando Sue no cumple con los plazos, el resultado para Elisabeth es que su cuerpo se avejenta más rápido de lo normal. El mundo de Elisabeth comienza a tambalearse cuando todo lo que le importa parece desaparecer e, inevitablemente, comparándose con Sue, termina por sentirse poco importante, imposiblemente amada y dolosamente criticada. Todo lo que valora es absorbido por alguien más, que irónicamente es ella misma. Sin embargo, ¿lo es? Sue no responde leal y honorable porque ella es la creación, la copia, la criatura forjada a partir de las partes de un original, como si de la criatura de Frankenstein, o ‘el nuevo Prometeo’ se tratara, una historia de Mary Shelley que en efecto habla tanto de la intromisión en el orden natural del ciclo de la vida, la aniquilación de la vida misma, el rechazo a partir de las apariencias, la desdicha que destruye al humano y la soledad que sufren las personas que además de no saber relacionarse, son incapaces de valorarse o estimarse a sí mismas. Esa es Elisabeth, alguien tan desconectada de todo que construye su identidad no a partir de quién es o quiere ser, sino a partir del trato y percepción de los demás hacia ella. Su anhelo es encontrar de nuevo aceptación, pero mide este valor a partir de la banalidad de la sociedad en función a su fijación con la belleza física. Cuando Elisabeth tiene, por ejemplo, una cita, se maquilla, desmaquilla, peina, despeina y cambia de ropa tantas veces como puede, en parte buscando la imagen ideal con la que sentirse satisfecha con lo que mira en el espejo, pero la verdad es que le es imposible estar a gusto en su propia piel y termina por faltar a la cita, insatisfecha por completo con su persona.

Si en ‘El nuevo Prometeo’ la criatura se enfrenta a su creador cuestionando la razón por la que existe, en este caso Sue no enfrenta sino más bien se venga hasta apartar y tomar el lugar de Elisabeth, asumiendo su propia existencia como más valiosa y digna que la de la otra, su ´creadora´, hasta consumir, como en la novela literaria de Mary Shelley, la vida, aquí muy literalmente, de su benefactor, de su creador, de quien no se siente ni su semejante, ni se identifica con ella emocionalmente. Como se podría esperar, al igual que Elisabeth, Sue se ve devorada por su obsesión tanto por la belleza y la perfección como por la necesidad de ser aclamada y reconocida hasta un punto presuntuoso y engreído. Sólo entonces ambas parecen ser en efecto dos versiones de la misma persona, con las mismas inseguridades, la misma manipulable baja autoestima, la misma urgencia por saberse el objeto del deseo de la multitud, al habitar en un mundo donde la superficialidad, la futilidad en todo aspecto de la vida, es aceptada y promovida, volviendo a las personas desinteresadas, superfluas, desconectadas, persuasibles, carentes de opinión, de carácter, de capacidad de análisis y de juicio constructivo, de tal forma que lo único que les importa es la fachada, las apariencias, la opinión de los demás; la belleza es asumida como atractivo seductor, como símbolo sexual, donde lo importante es ser llamativo a toda costa, por encima de ser auténtico. La persona es tratada en el mundo del espectáculo como objeto y ellas, o ellos, se asumen como tales, conformándose con la fama estéril que, sin embargo, los hace sentirse realizados. Lo cual nos muestra la miseria de la cultura. Habiendo explotado al máximo a Elisabeth, quien trágicamente, tras resentir la explotación de otros, termina siendo presa de auto-explotación (viendo a Sue como una versión salida de sí misma), Sue recurre a reusar al máximo ‘la sustancia’ y asumirse como ‘la original’, ignorando las explícitas instrucciones que prohíben la reutilización del producto, dando como resultado una segunda criatura, ahora un monstruo que fusiona ambas versiones anteriores, la original (Elisabeth) y la copia (Sue). Este híbrido grotesco, llamado ‘Monstruo Elisasue’, es el epítome de todo lo que está mal con la sociedad; representa su obsesión con la belleza física externa hasta un extremo lamentablemente risible, refleja el odio que la gente siente hacia sí misma por no poder alcanzar estándares irreales de vida impuestos precisamente para que sigan anhelando en lugar de encontrando realización, donde la meta ya no sólo es la imagen perfecta, también es la vida perfecta, la pareja perfecta, el empleo perfecto, la comida perfecta, la velada perfecta, el viaje perfecto, etcétera. El monstruo también es una manifestación del sensacionalismo ya no sólo mediático sino como forma de vida; entre más grande, extravagante, caricaturesco y ridículo sea el espectáculo, más afición, miradas y audiencia atrae. Esto aplica a las noticias, las redes sociales y las dinámicas mismas incluso en la política. La belleza definida como cualidades que son percibidas placenteras, una obra de arte o un atardecer, ya no es la única forma de emocionar y atraer la atención, ahora parece que los mejores resultados se consiguen haciendo todo lo contrario, ofreciendo escándalo, controversia, sensacionalismo, contenido macabro, siniestro y aberrante.

Curiosamente la película elige este camino narrativo, la de una historia visualmente inquietante y repulsiva, como para recordarle al público que se trata de una sátira surrealista que combina ciencia ficción y terror; un relato con crítica social que pone el dedo en la llaga y es desagradable en pantalla a propósito, porque de eso se trata la sátira como género narrativo, presentar un discurso y análisis mordaz y punzante para hablar, en este caso, de la fama ligada a la popularidad efímera o transitoria, la enfermiza fijación con el físico y la juventud al que las personas son sometidas y arrinconadas, la ambición como medio a la autodestrucción, la presión social por cumplir estándares o roles específicos, la cosificación y discriminación como rutinas aceptadas y ampliamente reproducidas, la explotación que hay en la sociedad misma del prójimo y la trivialidad del ser como medio o medida de convivencia social. El verdadero terror es que lo que presenta la película no es un imaginario probable sino una realidad palpable, en donde la gente ansía la fama porque quiere atención, porque cree que sólo así puede sentirse bien consigo; en donde se ansía ser amados por las masas, porque se es incapaz de amarse uno mismo; donde el miedo constante a ser tratado como insignificante o invisible llegada cierta edad es verdadero, abrumador; y donde el problema no es sólo la constante crítica al físico de las personas, sino que parece que ya estamos condicionados a ser así de intolerantes y racistas respecto a la apariencia de los demás y, sobre todo, autoexigentes por alcanzar determinada imagen hasta un punto de autodestrucción. Así que tal vez, si la historia es visualmente desagradable y grotesca, es porque en relación con la temática que se aborda, la sociedad es exactamente igual.

The Substance, 2024, Dir: Coralie Fargeat

 

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Los perfectos días de Wim Wenders

Por: Iván Uriel Atanacio Medellín

Un juego inesperado, una visita espontánea, una sonrisa en la mirada, la oquedad que muestra un aliciente para la esperanza, son elementos desplegados con la maestría de quien acude a los pasos para delinear un camino que no aparece al mapa, pues el protagonista lo dibuja en cada mañana

Protagonizada por el extraordinario Kōji Yakusho, Perfect Days es una oda a la vida desde la pasión por vivirla; los días y sus horas, acompasadas en la cotidianidad que desempeña un oficio, y vertida en los avatares infinitos de una sonrisa, en la profundidad del silencio o en las notas enhebradas por sentimientos expresados en las líneas de cada una de las canciones que acompañan al protagonista, reflejan la maestría literal de Wim Wenders para anidarse en el movimiento desde la imagen que la naturalidad avista.

Escrita por Takuma Takasaki y el propio Wenders, Perfect Days comparte los perfectos días que no requieren más allá de una rutina que de suyo resulta simple y asombrosa, del gusto por la comida del día a día en el mismo lugar, y  el acontecimiento de acudir a un sitio que distinto es el mismo que hace del fin de semana un remanso del trabajo, pero no del recogimiento que advierte el inicio de una conversación entre símbolos sin palabras, que llevan a la mirada del protagonista, un limpiador de baño en Tokio, a hacer de su trabajo como conserje, en un arte de comunicación con la interioridad y con quienes le rodean, más allá de las palabras que nos llevan por el ruido, para anidarnos en la contemplación. En una reminiscencia nostálgica de París Texas, en la vaciedad de la imagen que el director nos ofrece en Palermo Shooting, o incluso desde la mira testigo de quien siente cada poro de los sentidos en Wings of desire, el protagonista realiza su trabajo tras despertar rodeado de la música que lleva consigo en su vehículo, habiendo abrazado la noche en la lectura de un libro, y acudiendo a cada baño con el ritual ceremonioso de su oficio.

Un juego inesperado, una visita espontánea, una sonrisa en la mirada, la oquedad que muestra un aliciente para la esperanza, son elementos desplegados con la maestría de quien acude a los pasos para delinear un camino que no aparece al mapa, pues el protagonista lo dibuja en cada mañana. Perfect Days es una oda a la vida al vivirla, es un recordatorio de todo aquello que el alma expresa desde y hacia la mirada, y el espíritu del amanecer que no ceja la noche, porque al siguiente día es capaz de guardar la sonrisa que habita en la interioridad, y que desde la otredad, al compartirla, acaricia cada despertar, al escuchar House Of The Rising Sun de The Animals, Otis Readding, Sittin On The Dock Of The Bay, o Perfect Day de Lou Reed, hallará en los rayos del sol, una señal para no desesperar las horas sino ceñirlas, y a no cavilar hastió, sino encontrar en el asombro del día, la perfección del respiro.

Perfect Days, 2023, Dir: Wim Wenders

Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.

Emilia Pérez, 2023 Dir: Jacques Audiard

Por: Andrés Palma Buratta

Vamos a pasar por alto la aburridísima y naif polémica sobre las habilidades en español de Selena Gómez, o si la cultura e idiosincrasia mexicana está bien o mal retratada, e incluso si el tema de la violencia está bien abordado o no.

Difícil análisis. Lo primero, decir que la película no es un bodrio ni una falta de respeto a la mexicanidad ni una muestra de insensibilidad con la violencia generada por los narcos, como he leído en ese submundo crítico de filmtwitter. Tampoco es la mejor, o de las mejores películas de Audiard, quién, años atrás sí nos deslumbrara con Sur mes lèvres, Un prophète o De rouille et d’os, aunque ya desde ese entonces se podía entrever una falta de equivocación en su cine. ¿A qué me refiero? Audiard cae en el «catolicismo» del cine, donde la culpa, la redención, la expiación de los pecados y la vida eterna (en el caso de Emilia Pérez bajo las pestes y vestes de una virgen) no deja aire al error humano o al error del propio director. Audiard se ha aprovechado, de manera efectiva y efectista, de ese dramático realismo crudo tan propio de la «pornomiseria» que magistralmente Mayolo y Ospina plasmaran en Agarrando Pueblo y que tantos premios ha entregado a este lado del charco, para ganarse los suyos y agradar a las elites europeas. Su cine es una suerte de neo colonialismo que se aferra a la desazón que vive la sociedad contemporánea cuando realiza que por más que grites nada cambia, y que solo a través del derramamiento de sangre la humanidad puede progresar. En un momento, Audiard, se dio cuenta que el drama marginal no era lo suyo y quiso entrar en un terreno de experimentación formal, pero sobre todo de tonos. Ya lo intentó en The Sisters Brothers, pero tampoco la comedia es para Audiard, definitivamente. En Emilia Pérez hay un claro ejemplo de esta experimentación, religando el tema de la violencia y la desaparición de hombres, mujeres y niños a manos de bandas criminales organizadas en México, a una opereta lánguida falta de ritmo, pero sobre todo de pobre composición, mezclada con una telenovela mexicana de las 4 de la tarde, donde extrañamente, la película se mueve mejor.

Vamos a pasar por alto la aburridísima y naif polémica sobre las habilidades en español de Selena Gómez, o si la cultura e idiosincrasia mexicana está bien o mal retratada, e incluso si el tema de la violencia está bien abordado o no. En su defensa hay que decir que hay mucho cine mexicano que aborda la extrema violencia del narco de igual o peor manera que lo hace esta película, es cosa de ver La Civil, dirigida por una directora y guionista rumana residente en Bélgica,​ un culebrón meloso que diluye el problema como miel en el té. Parece entonces, que la violencia en México se convierte en un especie de comodín, una suerte de afiliación a la Unicef, para que los directores extranjeros hagan su obra de caridad porque pobrecitos los mexicanos parecen que sufren y nadie ha hecho una película buena de eso.  Bueno, pero también cualquier película de Amat Escalante o Michel Franco, tan premiados como Audiard en Europa, o Temporada de Huracanes de Elisa Miller, una coctelera de morbo y tragedia excesiva que cansa a los 10 minutos, deberían sufrir el escarnio público a través de filtwitter. Si a Audiard se le culpa del hecho de que por no ser mexicano no conoce la realidad del país y por ende no sabe representarla con todos sus claro oscuros, a Miller, Franco y Escalante se le puede achacar que son unos ricos privilegiados que usufructúan del pueblo de la sierra mexicana azotada por esa extrema violencia desde la comodidad de la Condesa o Polanco.  Pero también es justo decir que el cine mexicano lleva años retratando la problemática y hay otro cine que sí afronta la temática de manera maravillosa, véase El Violín de Francisco Vargas, Noche de fuego, Sin señas particulares, La libertad del diablo, en fin, hay mucho y muy buen cine para tomar conocimiento y conciencia. Repito, no entraremos en ese soporífero debate, esta película la pudo haber dirigido cualquier mexicano y no te asegura que hubiese sido mejor.

Quizás uno de los mayores problemas de Emilia Pérez, sea la moralina que instala desde el primer minuto su relato. Esa exacerbada necesidad de enjuiciar el mensaje volviéndolo tan obvio que todo se vuelve predecible y no permite ulteriores lecturas, o mayor libertad a la hora de deambular por los terrenos escabroso y más difícil de juzgar tanto de la realidad, como de toda la temática trans que hila la historia. La infamia, el terror, el horror, las zonas erógenas (hay un pudor casi católico del director en mostrar el cambio de sexo de la protagonista) no dan paso a segundas lecturas. La arcaica idea de redimir a tu personaje. Por eso Sean Baker en Red Rocket logra construir un personaje moralmente cuestionable e incluso odiable pero sincero, por eso Baker es de lo mejor que ronda en los cines últimamente. Nuevamente a favor de Audiard, mucho cine mexicano también peca de ese exceso de emancipación, o al contario lleva el relato a niveles tan grotescos que el europeo no quiere ver. ¿De qué manera retratamos la violencia sin caer en esa moralina típica de documental antropológico y político donde el mensaje se interpone constantemente?. Yo creo que el director, en algún minuto, sintió una verdadera impotencia por lo que sucedía en México, de corazón, sinceramente, le dolió y decidió levantar su voz, para saciar su necesidad de justicia; seguramente sintió la obligación, de manera egoísta e ignorante (del fondo del origen de la violencia en México) de dejar su testamento. Resultó un experimento hidropónico, sin raíces. Quizás su siguiente película esté ambientada en Gaza porque Audiard no soporta la injusticia y necesita que Cannes vea que él es un director socialmente responsable y así pueda recoger el benevolente saludo y ovaciones de 9 minutos de parte de los críticos y cineastas snob que van al festival de Cannes mientras toman vino y comen ostras en la Croisette condenando la violencia venga de donde venga. Pero una violencia digerible, no vaya a afectar la digestión de la bouillabaise. Finalmente, Audiard, convierte a Emilia Pérez en una película que provoca a los piadosos pero que al mismo tiempo sea soportable para competir por los premios en todo el mundo y ganarlos, obvio. Una buena estrategia de discurso buenista.

Un pequeño paréntesis, los y las directoras de cine no son profetas ni sabios sociólogos a los cuales hay que creerle todo lo que ampulosamente dicen. No. Es gente con los mismos niveles intelectuales de muchos de nosotros que incluso resultan ser bastante más reaccionarios que el peor político de derecha, o de izquierda.

Pero volviendo a Emilia Pérez, la cual, a pesar de todo, no me molestó en absoluto, a pesar de convertir a sus personajes en eso, personajes, interpretaciones, mascaras barrocas, cargándole la mochila con miles de conflictos éticos, morales, emocionales, financieros, de pareja, de profesión que puede tener, que se yo, Emily en París, por ejemplo. No sé si me explico. El problema de estas narraciones es que se olvidan del “menos es más” y quieren llenar de capas dramáticas a sus personajes, para que la vida se les haga más pesada. El drama, entonces, se hace más ancho, pero no más espeso.  Pero lo que más le faltó a Audiard al momento de imaginar su musical, fueron los corridos tumbados. Le faltó cumbia rebajada, le faltó trap, le faltó entender que México no se cuenta a través de una opereta francesa recitada sobre tambores afro cubanos (en el mejor de los casos), sino que necesita ritmo, atmosfera, le faltó olor, color (no el color sepia), ritmo, aire, música, música que se escucha aquí, en todos lados, a todas horas, esa banda sonora que te acompaña cada vez que recorres México. Le faltó raza, le faltó banda. Y eso que, al principio, con esa mezcla de mariachi, música electropop y el mítico voceo de “Se compran colchones, tambores, refrigeradores, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que venda” proveniente de destartalados altoparlantes sobre viejas trocas pintaba bien. Pero eso desapareció a los 5 minutos. En realidad, a todos los países por donde se mueve la historia le falta su identidad musical. En Londres uno esperaría una secuencia punk al ritmo de Sex Pistols o The Clash, y si no, bueno, por último, un balada estilo Adele. En Bangkok, cuando Zoe Saldaña va a visitar la primera clínica para realizar el cambio de sexo de su jefe, era la oportunidad perfecta para escenificar una coreografía de bailes tailandeses multicolores y frenéticos. Pero no, se optó por unas cancioncitas sobre pianitos de stock. Mis subtítulos, en las partes musicales, decían “Música coral etérea”. Creo que no hay mejor adjetivo que eso para describir este muy buen musical de Disney con una adolescente Selena Gómez sufriendo por amor. Extrañamente, como decía al principio, ese es el terreno donde mejor funciona la película. Cuando Emilia Pérez se asume como una novela de Televisa de las 4 de la tarde, con tintes de comercial de Carnation, con esa manía caricaturesca de la familia mexicana que come chilaquiles sentados en la mesa de la cocina, mientras se miran sospechosamente los unos con los otros, saliendo del drama social y vagabundeando los pantanos del melodrama es donde mejor resalta la figura de Karla Sofía Gascón, de muy buena actuación dicho sea y de Selena Gómez, que finalmente interpreta de forma correcta a una infantil e inmadura esposa de narco. Y entonces, hasta te entretienes de verlas cantar y bailar. Pero cuando las música cesa, vuelves a ver ese infantil e inmaduro retrato de México. El final es pura desesperación por provocar redención, efecto boomerang, que los malos paguen por sus pecados, y todo el mea culpa que jamás va a existir.

Emilia Pérez, 2023 Dir: Jacques Audiard

Andrés Palma Buratta |  IMDb @andrespalmab

Director y guionista italo-chileno, nos transporta al mundo distópico de una sociedad subterránea en su película Cassette, presentada en el Festival de Cine B, Cineteca Nacional de Chile y el Museo de la Ciudad de México. Ha participado en la producción de la película chilena “Una parte de mi vida” elogiada por la crítica. Su sensibilidad y lucha por defender los derechos humanos lo llevan a realizar el documental “Tú Ciudad…tus derechos”, para la CDHDF. Autor de historias sencillas y profundas. Desarrolló  la serie #HoySoyNadie, para Televisa Networks, fue director de Camaleón Films, dirige Filmakers Media Content.

Center Stage, 1991, Dir: Stanley Kwan

Por: Andrés Palma Buratta

Cuando haces que una maravillosa actriz interprete a una leyenda del cine, tienes una de las mejores y más bellas película biográficas de la historia del cine. Cuando haces que una futura leyenda, interprete a una leyenda del pasado, tienes un sueño, un ensueño.

 

En la docuficción Center Stage o Centre Stage de Stanley Kwan le preguntan a Maggie Cheung, quien interpreta el papel de la leyenda de la cinematografía china, Ruan Lingyu, si le gustaría ser recordada medio siglo después. La joven Maggie de 27 años, lo piensa, toma aire y responde “Eso no es tan importante para mí. Pero si la gente me recuerda, será en una situación diferente a la de Ruan, ya que ella interrumpió su carrera cuando estaba en su máximo esplendor, a los 25 años de edad. Ahora es una leyenda”. Poco antes le habían contado los orígenes de la carrera de Ruan Lingyu, empezando por pequeños papeles hasta convertirse en una, si es que no en la más reconocida actriz hongkonesa de la historia, hasta la llegada de la propia Maggie Cheung por supuesto; a lo que ella respondió con su encantadora sonrisa “Entonces compartimos destinos similares.” Quizás Maggie en ese momento no sabía que se convertiría en una leyenda y que también pondría fin abruptamente a su carrera actoral, en su caso no por suicidio como Ruan, sino que, por decisiones personales, después de convertirse en un icono del cine gracias en buena parte a sus magníficos roles en la cinematografía de Wong Kar-wai. Pero Maggie Cheung, ya desde Centre Stage, actuación que le valió el premio a mejor actriz en el Festival Internacional de Cine de Berlín en 1992, dejaba ver ese halo un poco difuminado, sosegado, elegante y romántico, melancólicamente romántico (pero ese romanticismo de un bolero apenas rasgueado bajo los pórticos de algún puerto caribeño o alguna selva tropical asiática, bajo los últimos rayos de sol en pleno verano) que repetiría no solo en As Tears Go By, In the Mood for Love o Days of Being Wild, sino también en Irma Vep o en las varias películas cómicas y policiales con las cuales dio comienzo a su carrera, al igual que Ruan. Maggie, medio siglo después, sería recordada, es recordada, como una leyenda.

Cuando haces que una maravillosa actriz interprete a una leyenda del cine, tienes una de las mejores y más bellas película biográficas de la historia del cine. Cuando haces que una futura leyenda, interprete a una leyenda del pasado, tienes un sueño, un ensueño. La sutileza en los gestos, las miradas cedidas, la delicadeza en los movimientos envueltos en un halo (no solo dado por el filtro difumando que cubrió los rostros de las más grandes estrellas del star system y que se siguió usando en buena parte de la cinematografía asiática de los años 80 y 90), dominados por una bruma que descansa en la calidez, la tranquilidad y la claridad. Los planos se van sucediendo como aquellas calurosas tardes de primavera entre ficción y realidad, entre sonrisas exageradas del cine de los años 30, y la cándida e inocente sonrisa de Maggie. Y Maggie se deja filmar sin reconocerse como leyenda, alejada del ocaso de una estrella, despreocupada de la memoria de la imagen que la perpetuará en el tiempo. Al igual que Errol Morris, el director Stanley Kwan, reconocido por ser parte de la New Wave del cine Hongkonés, reinterpreta el formato del cine biográfico, del documental ficcionado, creando una pieza que a lo largo de su metraje va difuminando las fronteras del relato e incluso del tiempo. Ya no sabes si estás viendo a Maggie interpretando a Ruan, o a Maggie interpretándose a sí misma en el pasado o en el futuro. Hay mucho de las películas de Ruan de los años 30 en In the Mood for love, hay mucho de Maggie para que In the Mood for love sea la joya que es. Y es que Wong Kar-wai utiliza muy bien el reciclaje de las formas anteriores adaptadas a un pastiche claramente asiático. Y hay mucho de Stanley Kwan en Wong Kar-wai. Hay mucho de Ruan en Maggie y mucho más de Maggie para que Ruan se nos muestre en todas sus dimensiones. Center Stage se mueve entre fragmentos de películas de Ruan, entrevistas con sus co estrellas que aún vivián o viven y conversaciones entre Maggie, los directores y productores (Uno de ellos el artista de artes marciales y reconocido actor cómico Jackie Chan), con una elegancia y parsimonia en la búsqueda de planos y tempo que fluye en la pantalla sin sobresaltos. Un montaje milimétrico al compás de ondulantes bailes en club nocturnos e hipnóticas secuencias en escaleras que se repiten una y otra vez, donde Ruan/Maggie sube y baja, se detiene, baja dos escalones, vuelve a subir, indecisa, a veces segura, a veces de paso lánguido dictaminando el tiempo de su carrera. Hay una escena donde el director Bu Wancang o Pu Wan-chang, le dice a Ruan que ella es una actriz asociada al elitismo y que lo que buscan es un rostro de drama social. Esa escena, de la cual no tenemos registro, es recreada de manera superlativa por Maggie Cheung. Hay una trasformación de actriz super estrella a mujer proletaria en cuestión de segundos que vale más que mil películas. A Ruan, en algún minuto le hicieron interpretar esos papeles de mujeres afligidas en dramas políticos de confrontación (sobre todo contra la ocupación japonesa). Eventualmente Maggie, en la vida real, dejaría de ser una leyenda para convertirse en una mujer “normal” dedicada a la música, la producción y la filantropía. Quizás Maggie estaba consciente del drama que conlleva ser una leyenda, incapaz, al igual que Ruan de enfrentar esas batallas emocionales que da el estrellato.

El resto de la película transcurre más o menos acorde a los cánones de una pieza autobiográfica, con secuencias muy bien logradas y otras excesivas. Quizás su punto más baja es la secuencia final de despedida de Ruan, con esos cierres infinitos, los falsos cierres, que se suceden uno tras otro de manera melodramática. Pero sin duda que Center Stage es un documento filmográfico, no solo biográfico, de cierta formalidad y estética, sin necesariamente ser el primero, y rescatando la estética y tempo del cine de Nagisa Ōshima o Hiroshi Teshigahara entre otros, que claramente tiene muchos elementos reconocibles que alcanzarían su fama con las películas de Wong Kar-wai, Kim Ki-duk o Gan Bi.

Center Stage, 1991, Dir: Stanley Kwan

Andrés Palma Buratta |  IMDb @andrespalmab

Director y guionista italo-chileno, nos transporta al mundo distópico de una sociedad subterránea en su película Cassette, presentada en el Festival de Cine B, Cineteca Nacional de Chile y el Museo de la Ciudad de México. Ha participado en la producción de la película chilena “Una parte de mi vida” elogiada por la crítica. Su sensibilidad y lucha por defender los derechos humanos lo llevan a realizar el documental “Tú Ciudad…tus derechos”, para la CDHDF. Autor de historias sencillas y profundas. Desarrolló  la serie #HoySoyNadie, para Televisa Networks, fue director de Camaleón Films, dirige Filmakers Media Content.

 

Korotkiye vstrechi (Brief Encounters) 1967, Dir: Kira Muratova
Por: Andrés Palma Buratta
A diferencia de mucho cine soviético que se desarrolló en su mayoría en entornos rurales, típicamente soviéticos, pequeños pueblos, ciudades de provincia, o más bien con escenarios como fábricas, huelgas, revueltas, o derechamente fantástico, siempre bajo la lupa del partido y sus obstrucciones, Murotova se aleja de ese realismo soviético para introducirnos en la urbe.

Quería abordar este texto dejando de lado los elementos políticos e históricos que tiene el cine en general y en particular el soviético, sobre todo post guerra y además dirigido por una mujer. Quería enfocarme en elementos más emocionales de la historia, pero Brief Encounters estuvo censurada durante 20 años hasta que Mijail Gorbachov introdujo la glásnost (esta especie de apertura de las libertades del sistema político y comunicacional que aflojó las restricciones a la prensa y la cultura) en 1987. Por ende, me fue imposible hacer esa separación epistemológica ya que la construcción de una nación no se puede separar de la reconstrucción de la vida de estas mujeres.

Brief Encounters es una especie de triángulo amoroso entre Valentina, interpretada por la misma Murotova (con un increíble parecido a Giuletta Masina), su marido, un geólogo interpretado por el famoso cantante y actor Vladimir Vysotsky, que, dicho sea de paso, con sus canciones va hilvanando su propio relato, y una chica que proviene del campo a trabajar a la casa de la protagonista. Sin embargo, este Ménage à trois no se da al interior del gran departamento de Valentina, ni en una de las misiones del geólogo cantante en busca de oro donde conoció a la chica mesera en un pequeño restaurante rural. De hecho, el triángulo amoroso nunca se da, porque nadie sabe que el uno está enamorado del otro. Solamente lo podemos suponer, gracias a que la chica al momento de despedirse le regala una guitarra al geólogo, misma que después vemos colgada en una de las paredes del departamento de Valentina. ¿Casualidad o causalidad? Poco importa ya que la película tiene ese tono onírico, fantasioso, bizarro tan propio del cine soviético y heredero de esos mundos plasmados en la literatura de Dostoyevski, donde múltiples personajes con múltiples nombres, sobrenombres, apodos, entraban y salían de escena sin aparente explicación, bajo circunstancias misteriosas que a medida que avanzaba la obra se iba dilucidando el espectro más ininteligible de una sociedad siempre fascinante pero más bien desconocida para este lado del mundo. Murotova, a todo este entuerto, le agrega, además, saltos temporales no cronológicos que nos van contando estas historias de amor y como se vuelve casi un thriller romántico ya que no sabemos a ciencia cierta las intenciones de esta chica interpretada por Nina Ruslanova en su primer papel cinematográfico.

Podríamos hablar de estudio humano, de disección del corazón, del amor, el desamor, de investigación microscópica de los sentimientos y las acciones sensibles y completas que hasta en el sufrimiento tiene una lógica y una corrección, una causa y un efecto, un principio y un final, un set up y un pay off, pero todo eso no sería suficiente para abordar el cine de Murotova. A diferencia de mucho cine soviético que se desarrolló en su mayoría en entornos rurales, típicamente soviéticos, pequeños pueblos, ciudades de provincia, o más bien con escenarios como fábricas, huelgas, revueltas, o derechamente fantástico, siempre bajo la lupa del partido y sus obstrucciones, Murotova se aleja de ese realismo soviético para introducirnos en la urbe, en este caso, en Odesa, y particularmente en una gran zona de construcción de edificios de interés social. Valentina es la supervisora de estos proyectos, es la que entrega la revisión final de estos nuevos departamentos destinados al proletariado. Pero, como buena burócrata del sistema, niega la firma final por problemas en el suministro de agua. Una decisión responsable, pero que inmediatamente deja a la vista esa separación sistémica en la sociedad soviética, puesto que un grupo de viejos que esperan ocupar sus pequeños apartamentos le suplican que se los entregue lo antes posibles ya que no tienen donde vivir, versus el gigantesco departamento donde vive Valentina, con tantas habitaciones que se hace necesario contratar a alguien que le ayuda en la limpieza, y es ahí donde entra el personaje de Ruslanova, Nadia. Valentina es el modelo de mujer soviética, burócrata, abnegada, implacable pero muy profesionista, incluso al punto de ya no ser una figura femenina, sino una representación figurativa del partido. Una forma que le da cierta autonomía social, que le quita esa imagen sufrida por el despecho que podemos reconocer en otras tantas películas de encuentros fugaces como Un homme et une femme, su versión moderna Before Sunrise, la misma Brief Encounter de David Lean o Hiroshima, mon amor, Il grido de Antonioni, pasando por The Postman Always Rings Twice. En fin, hay miles de ejemplos, cada uno con diverso tratamiento y contexto que podríamos seguir enlistando, pero la idea es ir tejiendo hilos, conexiones, ideas que vayan más allá de la cinefilia masoquista…la primerísima Agnes Varda con La Pointe-Courte, Jules et Jim, etc. Aunque, por ese mismo empoderamiento femenino, es que los censores del partido establecieron que la película era un desdén a las instituciones estatales, de motivaciones burguesas, falta de realismo y deliberadamente complicadas, “amaneradas”, sin motivación. Los saltos temporales tampoco ayudaron a Murotova para librarse de la censura, ya que estos sugerían también una afrenta a ese norte a perseguir que es el futuro utópico, y convertía el tiempo en algo fragmentado que ponía en duda, entonces, el ritmo de la doctrina colectiva positivista.

A lo largo de la cinematografía de Muratova, conocida por su obra maestra y película más famosa The Asthenic Syndrome, la figura femenina suele deambular por una expresa soledad en las relaciones a la par de la representación de los valores matrimoniales que provocarían cierto rechazo entre las visiones más feministas del progresismo. En Brief Encounter no es la excepción. Los estados emocionales se van amalgamando con el universo ideológico en una sola red. Sin bien, Valentina parece profundamente enamorada  de la subyugada, superflua e insegura figura del hombre geólogo en busca de oro, pero que solo encuentra plata, ella teoriza la figura del camarada, como si tener un compañero es parte del paquete identitario comunista. Más que una pertenencia afectiva, el camarada se convierte en una pertenecía política parte de una práctica materialista con un fin único, obedecer los mandatos del partido. Incluso en la relación que se construye entre Valentina y Nadia, inconscientes de amar al mismo hombre, se va forjando una camaradería paralela a sus aspiraciones románticas, mientras esta última acompaña a su patrona en las inspecciones, la escucha ensayar un discurso que tiene que dar en una asamblea u ordena la guitarra colgada en la habitación de Maxim, el geólogo, la otra trata de cobijarla, educarla, empujarla a que ella también se convierta en un engranaje más de la maquinaria. Esa extrapolación del término permite que las protagonistas, se imaginen, se inventen, nunca terminen de conocerse. Como escribe Jodi Dean en su Comrade: An Essay on Political Belonging, “el camarada no es una identidad que simplemente habitamos, sino una práctica humana que nos orienta hacia el horizonte comunista.”

Korotkiye vstrechi (Brief Encounters) 1967, Kira Muratova

(Película completa)

Andrés Palma Buratta |  IMDb @andrespalmab

Director y guionista italo-chileno, nos transporta al mundo distópico de una sociedad subterránea en su película Cassette, presentada en el Festival de Cine B, Cineteca Nacional de Chile y el Museo de la Ciudad de México. Ha participado en la producción de la película chilena “Una parte de mi vida” elogiada por la crítica. Su sensibilidad y lucha por defender los derechos humanos lo llevan a realizar el documental “Tú Ciudad…tus derechos”, para la CDHDF. Autor de historias sencillas y profundas. Desarrolló  la serie #HoySoyNadie, para Televisa Networks, fue director de Camaleón Films, dirige Filmakers Media Content.

Top Gun: Maverick, la secuela perfecta

Por: Iván Uriel Atanacio Medellín

En el verano de 1986, mientras el mundo atestiguaba las proezas de Diego Armando Maradona en la Copa Mundial de Fútbol México 86, la temporada de estrenos cinematográficos veía emerger un éxito inusitado para una cinta que apostaba continuar una seguidilla de realizaciones atrevidas con buena recepción en taquilla, pero no el fenómeno masivo que se convertiría en un ícono de la cultura pop de la segunda mitad de los años ochenta. Protagonizada por el joven actor promesa, Tom Cruise, pleno de carisma y dinamismo, quien ya había conquistado audiencias con su protagónico en Negocios Riesgosos en 1983, Top Gun ganaría adeptos semana a semana, hasta consolidarse como la cinta más taquillera del año, ganadora del Premio Óscar a Mejor Canción Original, un premio que bien representaba un reconocimiento para una de las más importantes, impactantes y trascedentes bandas sonoras de la historia del cine; la cinta, dirigida por Tony Scott y producida por el exitoso binomio Don Simpson y Jerry Bruckheimer, narra vicisitudes, experiencias y vivencias de un grupo de pilotos en sus avatares por los jornales de la escuela naval Top Gun. Maverick, Goose e Iceman, quedaron impregnados en el imaginario cultural de una generación como personajes referentes, los aviadores lentes de sol, las motocicletas, las chaquetas de aviador y un serial de frases icónicas, se hicieron recurrentes, cimentando al paso de los años el estatus de culto, y registrado patrimonio cinematográfico del National Film Registry de los Estados Unidos.

Las secuencias aéreas, acrobacias, y el compás de escenas románticas, de playa, e incluso de la tragedia y redención desde la competitividad y el honor, legó un contexto geopolítico y económico determinado capturado en sus escenas. Su influencia incluso se notó en la música pop de América Latina, con el video La Incondicional, uno de los himnos musicales de otra leyenda, Luis Miguel. Hacer una secuela de una película con tal impacto representaba un reto, y su apuesta un riesgo que bien ha tenido dividendos con la realización de Top Gun: Maverick, producida también por el propio Jerry Bruckheimer y protagonizada de nuevo por la estrella de cine más importante de los últimos cuarenta años, Tom Cruise. La proeza incluía filmar en los jets, uniendo a los actores junto a pilotos de la Fuerza Aérea estadounidense para dar realismo a cada una de las escenas, elaborar un guión coherente y congruente a las décadas que han pasado desde su estreno, y todo ello en el marco de un elenco que combinara frescura, vivacidad, empatía, y brindara un variopinto universo de emociones creativas con el equipo liderado por Joseph Kosinsky en la dirección, y Christopher Macquarie liderando el grupo de escritores. Mediante una fotografía extraordinaria del chileno Claudio Miranda, innovando la captura de imágenes dentro de la cabina de los pilotos, delineando su vuelo con el realismo que solamente puede lograr el realismo mismo y no la pantalla verde inmersa en el uso de CGI, la película es una obra de arte fotográfica que vale apreciarse en la pantalla más grande y al mejor sonido posibles, es en síntesis, una película hecha para verse en el cine, y, ante a circunstancia que vivimos en el mundo, y los retrasos de su estreno por más de dos años, el azar, la colocó como la cinta que tenía la responsabilidad de traer de vuelta a las salas de cine a una generación que había reusado volver, y a otra que acude a cintas de súper héroes o repletas de efectos visuales hechos en computadora.

La banda sonora y canción principal, homenaje a la original partitura del Harold Faltermeyer y a las míticas notas de Danger Zone que despegan desde la voz de Kenny Loggins; Hans Zimmer, Lady Gaga y Lorne Balfe confieren ambientación al elenco que trae de vuelta a Val Kilmer, protagonista de la cinta original y ejemplo de entereza en Hollywood; así como Jon Hamm, Jennifer Connelly y Miles Teller, quienes junto a Ed Harris, integran el dinámico crisol de talentos personificados por en nuevos rostros como Glen Powell o Mónica Barbaro.  Una historia que apela al corazón, a la nostalgia, a la cultura generacional que dialoga entre los visos de secuencias de acción que permite disfrutar la intensidad del vuelo, del aire y los parajes que dibujan las siluetas de jets que mantienen al borde del siento a las y los espectadores y que a la industria ofrece un viso aliento de esperanza para la elaboración de películas que puedan virar en el pasado de efectos visuales prácticos al devenir de los efectos visuales que brindan cohesión a la tecnología y al talento como un hito del entretenimiento. Inmersos en un mundo polarizado, tratando de apartar posicionamientos ideológicos y enviar mensajes en la misma manufactura de su cometido, Top Gun: Maverick es un homenaje a cintas clásicas que forjaron el denominado género del blockbuster que semeja ser la creativa alternativa cinematográfica al rescate de las tradicionales salas de cine que sufren el embate de la pandemia, que obviamente ha postergado el esparcimiento por la sobrevivencia. Una vez que parece podrá verse una luz en el camino de los años ya sumados de la contingencia, y como una opción ante la dominante presencia de las cintas de súper héroes y seres creados al ordenador, la nueva apuesta de Tom Cruise ha recibido aclamación de la crítica y de la audiencia con tal efervescencia que nos  recuerda con puntillosa recomendación, que la capacidad de asombro no se reduce a las pantallas verdes, sino que habita en cualquier manifiesto creativo que apele al ingenio y a la emoción. Nuestro consejo, ver la película en la mejor pantalla posible, pero, sobre todo, con actitud y la disposición a tener los sentires y anhelos dispuestos a emprender el vuelo.

Top Gun: Maverick, 2022, Joseph Kosinski

Iván Uriel Atanacio Medellín  | elsurconovela | México Escritor y documentalista. Considerado uno de los principales exponentes de la literatura testimonial en lengua hispana. Sus novelas El SurcoEl Ítamo y El Muro, que abordan la migración universal, han sido estudiadas en diversas universidades a nivel internacional. Dirigió los documentales La Voz Humana y Día de Descanso. Es Director Editorial de Filmakersmovie.com

Bloody Nose, Empty Pockets, 2020, Dir:  Turner Ross, Bill Ross IV

Por: Andrés Palma Buratta

En Bloody Nose, Empty Pockets el bar, The Roaring 20s, debe cerrar para siempre, probablemente para ser reemplazado por un lugar de moda para hipsters. Para despedirlo, sus clientes deciden tomar hasta morir.

A medida que uno avanza en el documental Bloody Nose, Empty Pockets de los hermanos Ross, responsables de la destacada road movie adolescente Gasoline Rainbow (2023) —la cual sigue el viaje de un grupo de jóvenes de un pequeño pueblo en Oregón que quiere llegar a una fiesta en la playa—, uno se va convenciendo que estos tipos saben capturar como pocos la realidad profunda, a veces empobrecida y marginal, de Estados Unidos. En su estilo cinematográfico y en su lenguaje narrativo coral, los Ross encuentran similitudes que atraviesan su obra. Aunque Bloody Nose, Empty Pockets se presenta como documental, mientras que Gasoline Rainbow es una ficción, ambos reflejan el verdadero cine independiente, alejado de ese indie de estudio tipo A24, que cuenta con grandes presupuestos y se camufla como home video. Aquí, en cambio, los hermanos Ross filman con dos cámaras semiprofesionales, documentando las últimas horas de un típico bar estadounidense en la periferia de Las Vegas, lejos del glamour de los casinos, donde los clientes comienzan a beber a las 10 de la mañana y no paran hasta el amanecer.
Ya en su primer documental 45365, código de área de su natal Sidney, Ohio, se respiraba ese aire al adentrarse en la vida común de sus habitantes. Tchoupitoulas su segundo film, en Western e incluso Contemporary Color, documental producido por David Byrne (otro que supo destapar esa discordancia tanto en su música como en su película True Stories de esa extraña y compleja identidad estadunidense) que une artistas como Nelly Furtado, Devonte Hynes, Ad-Rock y St. Vincent, con diez grupos de guardias de color de todo Estados Unidos. Entre medio de la filmación del show, los hermanos Ross incluyen unas secuencias de estos chicos en algunos suburbios que parecen sacadas del Detroit de Barbarian, bailando, ensayando en la mitad de la calles, en sus garage.
En Bloody Nose, Empty Pockets el bar, The Roaring 20s, debe cerrar para siempre, probablemente para ser reemplazado por un lugar de moda para hipsters. Para despedirlo, sus clientes deciden tomar hasta morir. No es casual que el bar tenga ese nombre: aparte de algunas noticias sobre la elección presidencial de 2016 en la mañana, el resto del día una televisión colgada entre botellas a medio terminar transmite películas en blanco y negro de distintos años y temáticas, como si el canal TCM estuviera sintonizado las 24 horas para acompañar el jolgorio y “felicidad” de los comensales que van ocupando los viejos sillines dispuestos a lo largo de la barra, algunos de ellos, de principio a fin de la fiesta.

Y es así como te vas encontrando con un actor retirado, que parece salido de alguna película de Cassavetes, lo que le entrega ya de por sí una atmosfera especial, que a veces duerme en los sillones del bar. El barman, un hombre de gran tamaño y barba tupida, que recuerda a un tipo irlandés. Toca la guitarra y canta para los primeros clientes, quienes llegan alrededor de las 11 de la mañana para beber su primera cerveza con donas. Su turno termina a media tarde y es reemplazado por una mujer en sus cuarenta, que hace de madre de los clientes y cuida a su hijo skater, quien deambula por el lugar, fumando marihuana y robando cervezas del bar. No podía faltar el veterano de vietnam que a medida que el alcohol inunda su ya saturado hígado, se va desmoronando física y psicológicamente atormentado por sus fantasmas. Hay otro posible veterano o rockero, más joven y con una apariencia estilo Aerosmith que parece cautivar a todos, desde el personaje Moskowitz hasta una mujer que, increíblemente, mantiene su rostro y conversación intactos durante las 16 horas de fiesta. En el transcurso de la velada se presentan otros personajes notables: una drag queen, un Donald Shuterland hippie, y varios personajes de notables actuaciones. Sí, actuaciones. [SPOILER ALERTA]

[SPOILER ALERTA]
Lo que a simple vista parece un documental —y uno de los mejores que he visto— resulta ser en realidad una ficción, un mockumentary. ¿Es esto traicionar el famoso “pacto de lectura”, al descubrir que todos son actores, quizás no profesionales, pero seleccionados mediante un casting? No lo sé, no creo. Ni siquiera el bar está realmente en Las Vegas, sino en Nueva Orleans. A estas alturas, poco importa si es un documental, un falso documental o una ficción: Bloody Nose, Empty Pockets es una joya. La empecé a ver como una ficción filmada de manera casual, con la apariencia de un home video: el reflejo de los directores en los vidrios detrás de la barra, cámaras no profesionales, movimientos erráticos, una fotografía proporcionada por la luz natural, escenarios familiares, una sola locación, montaje mínimo, sin banda sonora… En fin, todos los preceptos de Dogma 95 aquí se adoptan naturalmente, casi en un estilo antropológico al estilo de Krisha de Trey Edward Shults o de las películas de Ted Fendt o Jem Cohen, Tyler Taormina, Ricky D’Ambrose, Martine Syms, Khalik Allah por nombrar algunos cineastas independientes del independentismo. [FIN DE L’ALERTA SPOILER]

No caeré en la crítica fácil ni en el paternalismo, y mucho menos en juicios morales o lecturas simplistas de esta película. Podríamos hablar de tristeza, marginalidad, soledad, redención o de la representación de una sociedad fracturada, pero lo que creo que logran los hermanos Ross en Bloody Nose, Empty Pockets es humanizar esa América profunda, darle dimensión y removerle esa máscara de caricatura que tanto sirve al cine para hacer crítica social. Está claro que la vida afuera es una mierda y que cada uno de nosotros debe encontrar un refugio, pero la manera de hacerlo es una cuestión personal. Como en Druk de Thomas Vinterberg, aquí uno también siente sed. Vemos personas bebiendo todo el día, participando en concursos de televisión desde la barra, ojeando viejas películas y bailando al ritmo de una rockola que va desde viejos blues hasta las Spice Girls. Esa dicotomía define también a la cultura estadounidense. Estos personajes no son como los Peaky Blinders con sus grandes planes de conquista; estos son personajes salidos de los mejores textos de Tennessee Williams. Más bien son los referentes e inspiración del dramaturgo americano. Ni en sus mejores diálogos nació tanta sabiduría popular donde cada uno recibe atención de parte del otro cuando le toca despotricar o enunciar las bellezas de la vida que se va hundiendo cada vez más en grados etílicos, algunas más coherentes que otras. Aquí se escribe la verdadera “academia”. Hay más verdad en un grupo de alcohólicos peleándose en un estacionamiento que en todo el falso puritanismo del mundo exterior. Cada cual es libre de vivir el sueño americano, mientras más se emborracha. Finalmente, lo único real de esta película son los litros de cerveza y cócteles servidos en vasos plásticos, como parte de la mise en scène de esta preciosa película… documental.

Y ya comienzo a caer en la moralina que tanto crítico, así que mejor me despido.

Bloody Nose, Empty Pockets, 2020, Turner Ross, Bill Ross IV

Andrés Palma Buratta |  IMDb @andrespalmab

Director y guionista italo-chileno, nos transporta al mundo distópico de una sociedad subterránea en su película Cassette, presentada en el Festival de Cine B, Cineteca Nacional de Chile y el Museo de la Ciudad de México. Ha participado en la producción de la película chilena “Una parte de mi vida” elogiada por la crítica. Su sensibilidad y lucha por defender los derechos humanos lo llevan a realizar el documental “Tú Ciudad…tus derechos”, para la CDHDF. Autor de historias sencillas y profundas. Desarrolló  la serie #HoySoyNadie, para Televisa Networks, fue director de Camaleón Films, dirige Filmakers Media Content.

Riddle of fire, 2023, Dir: Weston Razooli

Por: Andrés Palma Buratta

“En una misión para entregar un pastel, tres niños traviesos se embarcan en una odisea en el bosque para luchar contra una bruja, burlar a un cazador, hacerse amigos de un hada y convertirse en mejores amigos para siempre en este encantador debut del director Weston Razooli.”

Riddle of fire/página official

Riddle of Fire, ópera prima de Weston Razooli, es una aventura infantil que rescata el imaginario ochentero de Los Goonies o Stand by Me, pero con la estética de Bertrand Mandico en Les Garçons Sauvages o incluso de Albert Serra en Pacification. En esta obra, lo fantástico se entrelaza con la esencia del profundo Midwest estadounidense. Es por eso que, a primera vista, la película de Razooli parece diseñada para ser deconstruida. He leído comparaciones con Neil Gaiman, Mark Twain, Miyazaki, Tarantino, Wes Anderson, Maurice Sendak, Charles Dickens y The Little Rascals. Yo añadiría que Riddle of Fire es como si un grupo de niños grunge de los noventa de Montana, Utah o Wyoming se encontrara con la familia Manson en su camino hacia una masacre, todo en clave de cuento de hadas. En Riddle of Fire desfilan extraños personajes que, sin embargo, resultan familiares en los rincones más recónditos de Estados Unidos: rednecks, brujas modernas, hadas, sectas paganas, traficantes y consumidores de metanfetaminas (o de la droga que esté de moda), niñas angelicales, mellizas diabólicas y un sinfín de elementos psicodélicos. En medio de todo esto, dos hermanos y su amiga Alice recorren paisajes maravillosos y salvajes en motocross, disparando bolas de pintura a quienes interfieren en su misión: conseguir la clave del televisor para jugar en la consola de videojuegos que acaban de robar de una bodega tipo Amazon perdida en mitad de la nada donde, eventualmente, llegará Frances McDormand a trabajar en Nomadland.

 

Y es que el mundo es ese. Los outsider al servicio de lo fantástico, que al igual que la comedia, nos cuenta mucho más claramente la idiosincrasia de la sociedad. La aventura comienza cuando los tres niños, liderados por Alice —más madura y visceral que sus compañeros— se disponen a jugar, pero descubren que su madre ha puesto una contraseña en el televisor. La madre, que parece una princesa en su lecho de muerte (sin que sepamos si padece un cáncer terminal o simplemente un resfriado), les pone una condición: les devolverá la clave si le traen un “blueberry pie”, una típica tarta americana que parece salida de una película de comedia adolescente pero ambientada en un pueblo estilo “Hansel y Gretel” y no un aburrido suburbio americano. A partir de ahí, se desarrolla una aventura infantil llena de peripecias, acontecimientos inesperados y giros azarosos. La narrativa avanza de manera errática y frenética, evocando a Mad Max o a Wake in Fright, la icónica cinta de la Ozploitation australiana de los años setenta. La vitalidad, la locura y el tratamiento de los espacios abiertos están presentes en esta película, cuyo registro audiovisual en 16 mm, con tonos difusos y multicolores, capta la belleza de los bosques y montañas del centro de Estados Unidos evocando un poco esa visualidad mágica de La historia sin fin (The Neverending Story). Lo que distingue a Riddle of Fire del cine infantil convencional es su rechazo a la infantilización excesiva y al dramatismo exacerbado. Aquí, la realidad tóxica del mundo adulto está siempre presente como fuerza opositora, y es violenta. Pero los tres protagonistas, ya familiarizados con esa violencia, juegan su propio videojuego con pistolas de pintura, planes irracionales y enfrentamientos directos, en una narrativa plástica que recuerda a Dennis Hopper en Blue Velvet. De hecho, algunas escenas evocan las cortinas de colores rojas o azules, tan propias del universo de David Lynch, de donde emergen y desaparecen personajes excéntricos y frikis.
Sin duda vale la pena seguir la carrera de Razooli, que con su opera prima, sugiere un guiño al inconformismo del Hollywood de finales de los sesenta, pero bajo la estructura de un cuento de los hermanos Grimm.

Riddle of fire, 2023, Weston Razooli

 

Andrés Palma Buratta |  IMDb @andrespalmab

Director y guionista italo-chileno, nos transporta al mundo distópico de una sociedad subterránea en su película Cassette, presentada en el Festival de Cine B, Cineteca Nacional de Chile y el Museo de la Ciudad de México. Ha participado en la producción de la película chilena “Una parte de mi vida” elogiada por la crítica. Su sensibilidad y lucha por defender los derechos humanos lo llevan a realizar el documental “Tú Ciudad…tus derechos”, para la CDHDF. Autor de historias sencillas y profundas. Desarrolló  la serie #HoySoyNadie, para Televisa Networks, fue director de Camaleón Films, dirige Filmakers Media Content.

 

El Águila y el Gusano
Una película basada en hechos más o menos reales

Redacción: Filmakersmovie

19 de octubre 2023, México

En un emocionante encuentro, tuvimos el privilegio de conversar con la destacada documentalista y directora de cine Guita Schyfter, cuyo impresionante historial incluye un Ariel al mejor mediometraje documental por su obra maestra «Xochimilco, historia de un paisaje» en 1990, entre otras creaciones inolvidables. Schyfter nos brindó la oportunidad de sumergirnos en su mundo cinematográfico una vez más, esta vez a través de su más reciente largometraje titulado «El Águila y El Gusano», que será presentado de forma excepcional, en el prestigioso 21 Festival Internacional de Cine de Morelia.

La cita está programada para el próximo miércoles 25 a las 20:45 en el emblemático Teatro Matamoros, donde se espera que la magia del cine se despliegue en toda su gloria. Schyfter nos acompañó en esta entrevista exclusiva, compartiendo sus inspiraciones y desafíos al crear esta nueva obra maestra.

Acompañando a Guita Schyfter, estuvo el productor de la película, Yair Ponce, cuyo trabajo ha sido esencial en la realización de «El Águila y El Gusano». Juntos, prometen regalarnos una experiencia cinematográfica inolvidable en el marco del Festival Internacional de Cine de Morelia. ¡No se pueden perder esta oportunidad de sumergirse en el arte y la narrativa del cine!

A continuación puede leer la entrevista completa:

Filmakersmovie: Hola Guita, antes que todo muchas gracias por aceptar conversar con nosotros, por tu tiempo. Es un honor poder conocerte, poder hablar de tu película.

Guita Schyfter: Muchas gracias a ustedes

F.: Primero que todo, felicidades por este nuevo proyecto y te deseamos un súper éxito la próxima semana en la proyección especial dentro del marco del 21 Festival Internacional de cine de Morelia.

G.S.: De tu boca, los oídos de Dios.

F.: Guita cuéntanos ¿Cómo nace El Águila y el Gusano?

G.S.: Bueno, pues mira, ya pasaron muchos años. En ese entonces estaba hablando yo con mi editor de otro proyecto y le dije, quiero hacer una serie para televisión, porque en aquellas épocas empezaban las series. Quería ir a tomar un curso, pero ya no había lugar. Entonces le dije, fíjate que sólo queda uno en comedia y a mí no me interesa. Y entonces él me contestó, “Uy, pues la comedia es lo más difícil que hay”, y yo le contesté “¿De veras?” (risas) Entonces me fui a tomar el curso. Y mientras estaba tomando ese curso, me di cuenta que Hugo (Hugo Hiriart, escritor mexicano, autor de la novela homónima sobre la cual está basada la película) acababa de sacar un libro, que se llama el Águila y el Gusano y que cumplía con lo que decía el maestro del curso de comedia, él decía “La comedia es el arte de estar enojado, del enojo” Entonces yo pensé, eso es, esta novela es oro.

F.: ¿Tú trabajaste la adaptación de la novela o contrataste un guionista, o el mismísimo Hugo Hiriart la adaptó? ¿Cómo fue ese proceso?

G.S.: En este caso en especial, yo adapté la novela. Porque la manera de contar historias, digamos, mía y de Hugo, somos muy, muy diferentes. Yo necesito agarrarme un poco de la realidad y él es pura fantasía, pura imaginación. Porque para Hugo el plot no es importante, lo que es importante, para él, son los personajes y lo que ellos van contando y lo que a ellos les pasa. Y en cine se necesita un plot, por lo menos yo lo necesito. Entonces empecé a adaptarlo, y se lo enseñé a Hugo y le pregunté, “¿Dime, si crees que te destruí la novela? (Risas) Entonces él, que es muy generoso, dijo, no, no, no, esto está muy bien y yo qué sé. Entonces a partir de eso ya empezamos a trabajar en la adaptación.

F.: ¿Cómo fue este proceso de acercamiento a la comedia? ¿Habías escrito antes alguna vez comedia o fue la primera vez?

G.S.: Yo no escribo nada (risas) el que escribe es Hugo, pero lo que yo sí puedo hacer, es decir como desarrollar personajes, no sé, yo puedo, sobre el trabajo de otra persona, adaptar una historia que yo quisiera contar. El Águila y el Gusano es una novela muy enloquecida, entonces yo agarré y traté de darle una estructura cinematográfica.

Yair Ponce (Productor): Oye, Guita, perdón, ¿En qué año fue este curso? O sea, porque podemos decir que ahí fue cuando surgió por primera vez la idea del Águila y el Gusano, ¿no?

G.S.: Pues sí, fíjate que fue cuando estaba terminando otra película que se llamaba “Huérfanos” que fue 2013 por ahí. Esta película está hecha en dos tiempos. Las primeras adaptaciones que hice, que las trabajé con Hugo, y que las empecé a trabajar con el mismo equipo con el que habíamos hecho “Huérfanos” tardaron mucho, porque yo no podía conseguir el dinero, y no podía conseguir el dinero porque no es una historia parecida a las que se hacen en México; es una historia diferente, y como es diferente la gente decía “¿Qué es esto?”  (Risas) O sea, no entendían, yo no sé, tal vez (pausa) ¿Yair es un guion difícil de leer, o de imaginar?

Y.P.: No, no, no, no, no es un guion difícil de leer. Al contrario, es un guion fácil de leer. O sea, yo me acuerdo la primera vez que recibí este guion fue en 2016, y recuerdo que lo leí y me encantó el guion, o sea, desde que me senté lo leí, pero yo no sabía que era a partir de una novela, ya después leí la novela. Pero es un guion muy fácil de leer, desde el momento en que lo tienes en tus manos, te sientas y no paras de leer. Es un guion muy dinámico en ese sentido y como bien dice Guita, es un guion de muchos personajes, o sea, es una construcción a partir de los contextos de los personajes realmente extraordinario. Es un guion muy peculiar en el sentido de que no es fácil encontrar ese tipo de historias, es muy distintas de las historias de la época actual, yo no he encontrado historias similares o particulares, al menos de ese calibre.

F.: Y hablando un poco de la historia Guita ¿Qué es el Águila y el Gusano? ¿De qué trata? ¿Cuál es el alma de la historia?

G.S.: El alma de la novela es una sátira sobre el México que nos tocó vivir. El México actual. El guion es una adaptación, pues de alguno de esos personajes, aunque en la película nunca aparece la mención a México ni al Ángel de la Independencia, ya sabes. Pero es una sátira de los tiempos que nos tocó vivir y lo que “ellos” hacen sobre nosotros, cómo nos cambian, cómo nos afectan. De alguna manera podría ser cualquier país de Latinoamérica, aunque la gente que la ha visto dice que es muy mexicana.

Y.P.: Tú la puedes ver y sucede en cualquier parte de Latinoamérica, pero la gente que la ha visto por obvias razones y por contexto de actores y todo identifica y dice que obviamente es México, pero sucede en cualquier parte de Latinoamérica.

F.: Guita ¿Qué tanto cambió esa sátira del México del 2016 al de ahora? ¿Sigue siendo actual esa sátira?

G.S.: Completamente. Es más, a mí hasta me llama la atención, porque la gente va a creer que uno está copiando personajes o que está copiando situaciones que están pasando ahora, cuando la historia fue escrita mucho antes.

Y.P.: Por eso es una película, ¿Cómo la llamas Guita? Es película basada en hechos más o menos reales (risas)

F.: ¿Cómo siguió el camino después de la adaptación?

G.S.: Bueno, primero existía todo un equipo diferente y algunos actores diferentes, y tardaba, tardaba, tardaba el financiamiento, y entonces cada quien agarró por su lado y se fueron a otros proyectos y me quedé sola. Fue ahí que busqué a Yair. Y entonces le dije, “Yair, yo tengo esto, quiero levantarlo, quiero hacerlo” y entonces Yair me contestó, “Yo te ayudo y te acompaño” te lo quiero recordar Yair. (risas) Todo el proceso, hasta el final.

Y.P.: Y aquí estamos.

G.S.: Y entonces, bueno, se volvió a armar todo aquello con un equipo diferente. Algunos actores también cambiaron. Pero fíjate que mi papá decía, “Uno tiene que andar caminando, caminando y si llegas a una pared, mira, le das con la cabeza y sigues caminando, sigues”. La película ya tenía muchísimo trabajo, ya había tomado mi curso, ya había hecho 10 versiones de este guion, entonces como que uno siente que tiene que seguir adelante, ahora, te voy a decir una cosa; Yo he trabajado con Hugo por 30, 40 años, no sé cuántos, en los que yo siempre le decía, “Oye, quiero hacer una película de estas judías” “ahora quiero hacer una de mi tía, mi prima, que sacrificó a sus hijos por irse con…” (pausa) Y él, aunque no eran sus temas ni nada, siempre se sentaba y me escribía los guiones. Entonces un día dije “Ha llegado el momento en que yo tengo que retribuir eso, adaptando una novela de Hugo”. Es como homenaje, un agradecimiento. Y, además, mira a mí después del cine, lo que más me gusta es la historia de México. Me encanta la historia de México. Y entonces pensé, bueno, ya hice Ocampo, que es el siglo 19, la fundación de este país. Y entonces después quiero hacer otra que es el siglo 20, y ahora hice la del México actual que es El Águila y el Gusano. Para mi esas son las tres grandes etapas de México.

Y.P.: Nada más para contextualizar un poquito, y cerrar lo que dice Guita en cuanto a la persistencia, yo tengo que confesarte que si hay una persona persistente, resistente y resiliente ante todas las circunstancias es Guita Schyfter. Porque como bien te dije, yo recibí el guion en 2016, sin embargo, ese guion ya tenía años de trabajo y tenía un equipo anterior. Pero sí, fue una película muy complicada de consolidar y de financiar. Recuerdo que cuando yo entré ya formalmente al proyecto, ya habían aplicado si no me equivoco, dos o tres veces ante todo tipo de estímulos y nada, y entonces me acuerdo muy bien que era la última oportunidad en ese entonces para nosotros de aplicar a Eficine, porque en ese momento había cierta caducidad, entonces era nuestra última oportunidad y me acuerdo bien que era un domingo, que teníamos que subir y finalmente lo logramos, aplicamos. Y recuerdo que yo salí de viaje en esa época, y de pronto me entero que salió el estímulo. Le mando un mensaje a Guita, le dije, “Guita, felicidades, qué gusto me da”. No sé por qué en ese momento yo no era el productor, había alguien más, pero por cuestiones de agenda esa productora ya no podía continuar y yo le dije “Hay que consolidar” porque era una película de presupuesto alto, “Ya tenemos una parte del dinero, hay que consolidar”, y me responde “No Yair, yo ya no voy a esperar más tiempo, vamos a hacer esa película y tú eres responsable de llevarla a cabo” y yo así en el teléfono (Risas de emoción). Mucha gente entró, mucha gente se salió, muchos actores por agenda se salieron. Y justo tuvimos la oportunidad de arrancar en 2019, marzo de 2019, y a dos semanas de filmar cae pandemia. Nadie estaba preparado para eso. O sea, no sabíamos qué hacer. Yo pensaba “No, seguro, en dos semanas estamos bien, no sé que”, pero la película se retrasó y se retrasó. De por sí, la película ya estaba golpeada presupuestalmente por obvias razones, y con esto de la pandemia nos vino a dar más en la torre.

G.S.: Era lo que le faltaba a este proyecto, una pandemia. (Risas)

Y.P.: Exacto, pero al final creo que fue muy acertada esa pausa, porque como que se afinaron muchas cosas, los actores son los actores que tenían que estar en esa película, la gente del crew era la que tenía que estar en ese equipo, o sea, como que ese último estirón, que prolongó la película, hizo que cayera la cereza en el pastel para que cuajara todo. Entonces regresamos al siguiente año ya con toda la percha y todo el callo posible ante esta pandemia y ya nada nos detuvo y así logramos filmar todo. Retomando esto, quiero reiterar que si hablamos de alguien aguerrido y guerrera todo el tiempo es aquí mi querida Guita, a la cual le aprendí un montón de cosas.

F.: ¿Cuál ha sido el camino una vez que estuvo lista la película?

G.S.: Yo sin Yair no lo hubiera logrado, también es aguantador como yo.

Y.P.: Pues más bien fue un camino muy tortuoso en el sentido que es una película demasiado grande. Es una película que si tú la ves te sorprendes por la calidad de la historia que se construyó con el capital que se tuvo. Entonces mucho se hizo gracias también a, obviamente, el prestigio y el nombre que tiene Guita, por eso mucha gente se sumó. Al terminar la película, sin embargo, por reglas del Eficine, nosotros teníamos fechas estipuladas de entrega, entonces, ya habíamos hecho una prórroga y se hicieron muchas estrategias internas, tanto de Guita como de varia gente involucrada, para aguantar y poder lograr tener una salida como se merece, sin embargo, no se logró por fechas y compromisos de Eficine. Entonces lo que se hizo fue una premier muy chiquita hace un par de meses, lo cual desafortunadamente invalidó que la película tuviera un estreno comercial en festivales. Sin embargo, existe esta función especial, muy merecida porque no es en cualquier lugar, es en el teatro Mariano Matamoros en donde se presentan todas las grandes cineastas en el Festival Internacional de cine de Morelia, y este 25 de octubre a las 20:45 dentro del marco del festival, si bien no está en competencia, la película se presentará en una función especial, gracias a la trayectoria de esta señora presente aquí.

G.S.:  Tengo un reparto increíble también

Y.P.: Tiene un reparto increíble, la historia está increíble, y cuando vean la película la van a disfrutar, se van a divertir muchísimo. La intención es justo trazar una corrida comercial en “Theatrical”, para que finalmente se logre colocar en alguna plataforma.

F.: ¿Cómo recibes este homenaje Guita?

G.S.: Muy emocionante, sí, y además, el apoyo de todos los que trabajaron ahí, que ellos también están muy emocionados y muchos van a ir al estreno en Morelia. Entonces es como una fiesta, y yo estoy muy contenta y claro, estoy nerviosa.

Y.P.: Básicamente Morelia fue una invitación directa, para Guita Schyfter, por obvias razones, pues Guita, tiene una trayectoria como tú bien sabes, grande, y lograr tener una función especial en el Festival Internacional de Cine de Morelia, resultó muy alentador, para que la película pudiera tener una proyección merecida en pantalla grande.

F.: ¿Qué se va a llevar el público de esta película cuando la vayan a ver?

G.S.: Pues mira, yo creo que uno se puede divertir y como es una película que es como una cebolla que se puede pelar e ir descubriendo, algunos se van a identificar, algunos van a decir que los personajes son muy enloquecidos y pues cada quien sabrá. Bueno, yo creo que divertida sí está.

Y.P.: Muy, muy divertida, muy entretenida, grandes personajes, gran dirección y qué mejor de una directora que ya lleva una trayectoria bastante interesante y picando piedra en el cine nacional. Eso es importante destacar. Entonces que no se olviden, este próximo miércoles 25 de octubre a las 20:45, en el teatro Mariano Matamoros, dentro del Festival Internacional de Cine de Morelia.

Para asistir a la función y tener mayor información sobre la venta de boletos, visite el sitio oficial del 21 Festival Internacional de cine de Morelia, donde podrá adquirir los tickets para esta función especial de El Águila y el Gusano. https://moreliafilmfest.com/peliculas/el-aguila-y-el-gusano

Sinopsis:

La fábula arranca cuando Calixta, dueña de un salón de belleza y spa aplica masaje a su clienta, una guapa cuarentona, la Güera Peñaloza. Durante la efusiva y enérgica limpia, la Güera se arquea y cae muerta. Calixta, asustadísima de que la acusen de asesinato llama a Pifas para que disponga del cuerpo. Con este arranque tipo policíaco empieza la película basada en la vertiginosa novela de Hugo Hiriart.
Los personajes, todos ellos resultado de la invención del escritor, no corresponden a ninguna persona en
particular, pero en su conjunto captan el espíritu de nuestra época. Vamos a conocer a Valdivieso (Germán Jaramillo), un político que experimente una súbita conversión religiosa y, en una inesperada transformación, se vuelve un santo vociferante ante la mirada atónita de su asesor y amigo el periodista Campuzano
(Marcelo Alonso). Un misterioso investigador, Bolos (Alan Alarcón) interroga a Calixta (Dolores Heredia), en su salón de belleza. Ella, temerosa, sospecha que es un policía encubierto indagando sobre la desaparición de su clienta la Güera Peñaloza (Fabiana Perzabal).
Los caminos de estos personajes se entrecruzan con los de Canudas, (Gerardo Trejoluna) pintor y marchant, la doctora Montejo (Laura Almela) conocida historiadora del arte, Epazote, (Horacio Castelo) millonario de dudosa reputación y obsesivo coleccionista de arte moderno. Finalmente, el desenlace tiene lugar en el hotel que la excéntrica europea Madame Parodí (Angélica Aragón) tiene en la selva.

BELFAST, nostalgia de la infancia, memoria del contexto

Por: Iván Uriel Atanacio Medellín

 

 

Belfast remembra como suerte de un azaroso viaje a través de la nostalgia, aquellos días de la infancia que vemos reflejados en el espejo de quienes acompañaron nuestro paso, la familia, los amigos, el colegio, el parque, las calles, y aunado al espacio que el tiempo pasma al pensarle, surge el contexto del entorno que vivimos. Kenneth Branagh avista una palestra de sentimientos vertidos en la memoria, donde la infancia es testigo del devenir que se advierte incierto, que no alcanza a comprenderse a la luz del juego ni al amparo del amor fraternos que no descifra los adioses y hasta luego, de forma, el director suscribe los pasajes de su vida envueltos en una historia individual y colectiva, en los ojos de un niño que desde las vicisitudes de su familia, intenta comprender el encono político, el posicionamiento ideológico, el azar religioso y la migración como un hado irrenunciable porque no hay más alternativa.

 

Situada durante los agitados años sesenta en Irlanda del Norte, Belfast es una oda cuyo centro narrativo apela volver a la infancia para dar sentido a la vida o despejar los misterios de las decisiones que los padres, amigos o nosotros mismos tomamos ante el contexto que nos configura. La incomprensión, el prejuicio, los dogmas, la intolerancia, son parte del escenario histórico que nos presenta la cinta, donde la violencia amenaza y la pobreza acusa buscar otros horizontes para el sustento, como si el destino y por ende la determinación, estuvieran determinados por el contexto.

 

Jude Hill interpreta a Buddy, el pequeño testigo de los anhelos infantes que avistan la pérdida de la inocencia ante el desasosiego de una realidad que le implica y de la cual no puede alejarle ningún juego. Caitríona Balfe y Jamie Dornan, representan a los padres de Buddy, en una relación de amor que revisita la separación por designio del empleo, de una mejor oportunidad, o por la resignación de la circunstancia, y al medio, Buddy muestra el dolo que le causa no descifrar lo que sucede alrededor, pero cavila la situación como un laberinto de emociones que rebasa el horizonte confuso que ofrece la cerrazón política, el fanatismo religioso, la prebenda social, o el ansia de cambio que viste al colorido blanco y negro la hermosa fotografía de Haris Zambarloukus.

 

Ciarán Hinds y la extraordinaria Judy Dench como los abuelos, brindan actuaciones memorables, recompensadas con las nominaciones al premio Óscar en la categoría de reparto, a las que se adhieren las obtenidas por el propio Kenneth Branagh, nominado a Mejor Película, Director y Guión Original, para una historia que brindan a Buddy ese lugar propio que buscamos cuando el abrigo del cielo que nos cobija, primero se aleja en la ausencia de los seres queridos, y luego nos confronta en un discernimiento que no nos permite decidir, si seguir el camino por seguirles, o quedarnos en la nostalgia de la pérdida.

 

La complicidad, la empatía y el amor, resultan ser la maravillosa constante que hace de la cotidianidad una oportunidad para avistar el asombro, la utopía y la redención, y en esa dinámica, la audiencia se vuelve un observador consciente, informado y a la vez lejano que al acudir a las causas y consecuencias, queda prendado de reflexiones que van más allá de la época que describe el director, y describe sin la ambientación de los hechos, los acontecimientos actuales que parecen indicar, el tiempo no ha pasado o el contexto solo ha cambiado de lugar, o quizá por lo contrario, se quedó suspendido en el tiempo, haciendo de la cinta una referencia que trasciende las fronteras por su tema universal, la resiliencia, la supervivencia, y la búsqueda de la felicidad.

Undated handout still issued by Brown O’Connor Communications of (left to right) Jude Hill, Lewis McAskie and writer/director Kenneth Branagh on the set of the film Belfast. Issue date: Thursday November 4, 2021. PA Photo. The film, written and directed by Sir Kenneth Branagh, is set in Northern Ireland in 1969 and stars Jamie Dornan and Caitriona Balfe as the parents of young boy Buddy, while Dame Judi Dench plays his grandmother. See PA story SHOWBIZ Belfast . Photo credit should read: Rob Youngson/Focus Features/PA Wire

La evocadora cinta de Kenneth Branagh, comparte la ansiedad de una familia en la ilusión de atenderla, y avista la esperanza entre la desolación, la melancolía y el caos que consiga recubrir con espesas humaredas a protestas, reprendas, a la  desilusión. Extraordinaria, pertinente y reveladora, Belfast nos resuena que el tiempo pasa pero los dejos de las heridas no se borran, y en esas huellas hace consciencia de lo vivido, de lo que no queremos repetir, de lo que no hemos olvidado, de lo que aguarda al devenir.

 

 

Iván Uriel Atanacio Medellín  | elsurconovela | México Escritor y documentalista. Considerado uno de los principales exponentes de la literatura testimonial en lengua hispana. Sus novelas El SurcoEl Ítamo y El Muro, que abordan la migración universal, han sido estudiadas en diversas universidades a nivel internacional. Dirigió los documentales La Voz Humana y Día de Descanso. Es Director Editorial de Filmakersmovie.com

 

CINESCOPIO: Jane Campion

La contemplación de las relaciones humanas

Por: Iván Uriel Atanacio Medellín

 

THE POWER OF THE DOG (L to R): PHIL JONES (ASSOCIATE PRODUCER – 1ST ASSISTANT DIRECTOR), JANE CAMPION (DIRECTOR – PRODUCER – WRITER). Cr. KIRSTY GRIFFIN/NETFLIX © 2021

Ganadora de la Palma de Oro del Festival Internacional de Cine de Cannes en 1993,  y dos veces nominada al premio Óscar a Mejor Directora, Jane Campion una referente de la cinematografía universal, gracias a la profundidad temática de sus películas, a la calidad interpretativa de sus protagonistas, y a la forma en que hace de la cinematografía, un aforo para el debate, la reflexión y el diálogo multi temático a partir de la descripción, la narración, el uso de los silencios y del eco de la interioridad que se expresa mediante las emociones vertidas en sus trama.

 

Jane Campion refleja en la contemplación de su obra fílmica, el corolario intencional, la introspección de quien mira, y la observación de quien refleja en su actuar el entorno de la circunstancia, del camino como un hado destino, y de la sorpresa como una suerte de azar inadvertido o un acontecimiento que, transforma el acaecer de quienes, a partir de una historia, comparten de su vida los tomentos, deseos y anhelos que les configuran.

 

El Piano, obra maestra estelarizada por las imponentes actuaciones corales de Hellen Hunter, Anna Paquin, Harvey Keitel y Sam Neil, la cual ofrece desde la perspectiva de la audiencia, una forma de sumergirse entre las olas de paisajes extraordinarios, al tiempo que el sufrimiento, la resignación y la esperanza, acompasan la armónica irresolución de un piano que en la callada nota es bruma y es destello; una aproximación antropológica que denota los estudios en estas áreas de la reconocida Alumni de la Universidad de Wellington en su natal Nueva Zelanda.

 

En Swetiee, Jane Campion examina temas que había explorado previamente en sus trabajos iniciales, las vicisitudes de una mujer ante su entorno, las relaciones humanas que la implican alrededor de su familia, el amor y de sus padres desde las percepciones que se tienen de la edad, la época y la vida. An Agel In My Table, aborda la biografía de la extraordinaria escritora neozelandesa Jatet Frames, narración audiovisual que ofrece un recorrido en diferentes etapas de la vida de la autora, amparada en las autobiografías y en la escaleta de las edades que muestran su visión del arte y de la vida.

 

Campion captura la atención de los circuitos de festivales internacionales como el Festival de Venecia, que afirmaban el reconocimiento de su ópera prima y predisponían a la escena cinematográfica, hacia el arribo de su obra maestra, El Piano. Campion logra con esta cinta cimbrar el canon fílmico y en su legado, lega una pieza de análisis que lo mismo nos adentra en la relación de una madre y su hija, de una artista y su instrumento, como de una condena y el castigo, la justicia, la inocencia, la discapacidad, la liberación y el arte musical de un piano como el colofón emocional de la expresión humana.

 

El Piano obtuvo el premio Óscar a Mejor Actriz para Hunter y Actriz de Reparto para Paquin, al tiempo que brindó a Campion el Óscar a Mejor Guión Original para una épica cinta de sentimientos vertidos en su fotografía, asimilados en la dual humanidad de sus personajes, en la vuelta del silencio y en la ambientación vivencial de una resolución que deja a la audiencia en el resoplo del suspiro y el aliento.

 

The Portrait of a Lady, Holy Smoke!, In the Cut, y Bright Star, conducen el trabajo de Campion por las historias de época, la exploración de las intenciones, la reacción de los seres humanos ante las amenazas, los deseos y el prejuicio, así como el intento de hacer de cada cinta una entrega diferente desde la óptica de la artista. Tres décadas que vieron la transición e Campion por la última década del siglo XX y las dos primeras décadas del nuevo milenio, en las cuales la contemplación, el misticismo y el recogimiento, hicieron del sutil movimiento, de la mirada, del movimiento de las manos, del caminar y del propio respiro, un sello que coronaría la excelsa realización de The Power of the Dog, una cinta monumental, que desde el testimonio de miradas, de la muerte como un paisaje cobrizo, y del llano como un escenario donde el amor, el deseo, la obsesión, la ira, la envidia y el recelo, acusan en sus protagonistas la descripción de una historia que tenue hace densa la percepción poética de su esmero.

 

Cortesía : Netflix / Jane Campion / The power of the dog

 

The Power of the Dog, recibió sendas nominaciones para todo su elenco, un hito en la historia de las entregas del premio Óscar, Benedict Cumberbatch, Kirsten Dunst, Jesse Plemons y Kodi Smith MacPhee, quienes integran un reparto estelar para un drama que vira entre la psicología de sus personajes, la determinación de sus intenciones y la brisa que no plana la llanura porque no hay cabida al respiro de la oquedad. Polémica, aguda y profunda, la cinta impacta desde la conjetura de su título, y las contemplaciones como una complicidad manifiesta del espectador y la salida al laberinto sin salida que atestigua.

 

Pionera, precursora y creadora de un cine fundacional, Jane Campion ha labrado su andar cinematográfico a través de películas que no advierten una composición definida, sino abren las posibilidades interpretativas como un abanico de paisajes donde la cámara coadyuba en la audiencia el ejercicio de la contemplación que impulsa la dinámica de la consciencia, el debate, el análisis y el torrente de emociones, sensaciones y reacciones que hacen de la obra fílmica, una palestra emocional de las relaciones humanas y de su entorno.

 

 

Iván Uriel Atanacio Medellín  | elsurconovela | México Escritor y documentalista. Considerado uno de los principales exponentes de la literatura testimonial en lengua hispana. Sus novelas El SurcoEl Ítamo y El Muro, que abordan la migración universal, han sido estudiadas en diversas universidades a nivel internacional. Dirigió los documentales La Voz Humana y Día de Descanso. Es Director Editorial de Filmakersmovie.com