La última gran actuación
Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez
“Las cosas no cambian; cambiamos nosotros”, señala una frase del escritor, poeta y filósofo Henry David Thoreau (1817-1862). Sus palabras hablan de un mundo en movimiento, de la importancia y necesidad de adaptarse, evolucionar e incluso de que progreso y crecimiento no se miden en función de los demás, sino de uno mismo, de tal forma que si las cosas no cambian como esperamos es porque no nos esforzamos lo suficiente, ni en la línea correcta, o bien, porque no comprendemos las circunstancias cambiantes a nuestro alrededor.

Estas son algunas de las ideas que plantea la película La última gran actuación, o The Last Showgirl (EUA, 2024), dirigida por Gia Coppola, escrita por Kate Gersten y protagonizada por Pamela Anderson, Jamie Lee Curtis, Billie Lourd, Dave Bautista, Kiernan Shipka, Brenda Song y Jason Schwartzman. La historia sigue a Shelly, una mujer de 57 años que lleva los últimos 38 trabajando como bailarina en un espectáculo llamado ‘Le Razzle Dazzle’ en un casino de Las Vegas. Su vida entera gira en torno a esto, a ser tiempo completo una ‘showgirl’, que es como se les denomina a las bailarinas de un show teatral donde el énfasis recae en mostrar los atributos físicos de las intérpretes, a menudo vestidas con poca ropa o atuendos que explícitamente acentúen su desnudez. Debido a que Shelly lo ha dado todo por Le Razzle Dazzle por más de la mitad de su vida, dejó atrás toda oportunidad de crecimiento, sea personal, profesional, social y hasta familiar, todo con tal de ser parte de un espectáculo que la hace sentir bien consigo misma y aparentemente feliz. Todo cambia cuando se ve obligada a replantear sus decisiones, esas que moldearon su pasado y todavía dan forma a su futuro, una vez que se le informa que el casino cancelará definitivamente el show en el que participa, para ser sustituido por un circo burlesque que ha demostrado tener mayor éxito, apoderándose del escenario, hasta ahora alternando ambos espectáculos. El desplazamiento, simbólico y literal, lanza a Shelly a una crisis, ya que el hecho de ser sustituida por una presencia más novedosa y moderna la hace sentir fracasada. Lo que no quiere ver es que si las cosas no cambian el individuo se estanca. Shelly insiste que el show es un clásico, como si eso significara tener un valor histórico único insubstituible; sin embargo, aunque sea cierto en parte, otros asumen el calificativo como sinónimo de anticuado, antiguo u obsoleto; por tanto, para mantenerse relevante, necesita ser renovado y actualizado.

El espectador quiere nuevas ideas, nuevas propuestas, también intérpretes más jóvenes y conceptos más osados, que se adecúen a la forma de pensar actual, no a la de hace 30 años o más. Proceso de reajuste y reinvención que es normal y necesario, que sucede en todo aspecto de la vida: en las personas, las ideas, los empleos, la cultura, las leyes, la tecnología, los procesos y mecanismos de producción, en la sociedad misma. “Renovarse o morir”, dice una frase popular que señala que los pilares de supervivencia, evolución y progreso son la adaptación y la reinvención. Para Shelly este reajuste significa un reto, pero uno que se niega a enfrentar porque no está segura de ser capaz de superarlo. Desde su perspectiva, al dar por concluida una puesta en escena como Le Razzle Dazzle, es como darla por terminada también a ella; así que calificar el espectáculo como ‘viejo’, es como si a ella también se le viera así, alguien del pasado, a quien es momento de olvidar y reemplazar. La triste realidad no sólo recae en la imposibilidad de Shelly de aceptarse y abrazar el punto de vida en el que se encuentra, es también reconocer que en el mundo artístico en el que se desenvuelve las cosas son de esta manera, medios en los que la obsesión con la juventud y la belleza es tan grande que se vuelve insana, en que se castiga y repele el envejecimiento, como si no fuera algo natural, bello y humano, sino maligno, trágico y reprobable. Shelly es, en este contexto, una veterana, que puede ser celebrada por su experiencia y conocimiento, pero también rechazada por las mismas razones. Lo preocupante es que es así para todas las personas, sujetas a una sociedad que determina función y funcionalidad, productividad y progreso a partir de un número: la edad, y que por ende trata, rechaza, discrimina, excluye o incluye, a partir de variables banales, sin tomar en cuenta qué puede hacer o qué tanto conoce y es capaz una persona, para, en cambio, juzgarla a partir de cómo luce y se ve físicamente, para explotarla por su belleza y juventud, ignorando experiencia y saberes.

Productividad, ganancia, explotación. Los dueños de los casinos en Las Vegas, así como los dueños de empresas, espectáculos de entretenimiento y productos vendibles de cualquier tipo, quieren éxitos, atractivo y fascinación, porque finalmente se mueven en función de la fama, el renombre y el dinero. Si los espectáculos que ofrecen se estancan, si ya no destacan o si son percibidos como algo del pasado, el público deja de interesarse en ellos y la ganancia disminuye. Es cuando es momento de desechar e intentar algo nuevo. En forma de analogía, para Shelly es lo mismo; si es ella quien se estanca al no poder adaptarse a los cambios, tampoco puede avanzar e inevitablemente es olvidada. Le sucede a su mejor amiga, Annette, antes una bailarina aclamada, ahora una servidora de cocteles, atrapada en una rutina sin futuro, sin espacio para ser algo más, ganar más dinero o mejorar en cualquier sentido, constantemente relegada en favor de jovencitas más capaces y dispuestas. Lo curioso es que, ¿no es ésta la historia de la humanidad? Adaptación y cambio, sí, pero también un ciclo de vida que implica primero transformación, después reemplazo y eventualmente olvido. También una incorrecta falta de valoración del pasado, la historia, la experiencia y la vejez. El verdadero problema para Shelly es negarse a cambiar. Lleva 30 años haciendo lo mismo, por lo que, cuando se modifican circunstancias y la dinámica a su alrededor, entra en conflicto y no sabe qué hacer. ¿Qué tiene que ofrecerle al mundo después de estar tantos años en el mismo lugar, bajo la misma esfera cíclica y sin intención, ambición, interés o necesidad de ser diferente? Tal vez una pregunta más importante es por qué Shelly no quiere cambiar; a qué le teme o qué tan insegura está de sí misma como para preferir ser siempre la misma en lugar de arriesgarse por algo más.

Sus amigas y compañeras de elenco, Jodie y Mary-Anne, ambas mucho más jóvenes que ella, la miran como la experimentada, aunque como una variable fija y estática, de la que hay mucho que aprender pero que es incapaz de hacer algo más para sí misma; de manera que tener experiencia puede ser visto como sabiduría y crecimiento, pero también como un camino terminado, cerrado, que ya no puede aportar nada nuevo. Es lo que pasa con Shelly, se deja llevar por la inercia, no se renueva ni busca oportunidades porque se siente cómoda donde está, porque sabe que esas cuatro paredes en las que vive se han convertido en su burbuja de bienestar, en donde no hay más esfuerzo porque no lo requiere, aunque al mismo tiempo eso significa que tampoco hay más crecimiento personal, ni social, ni laboral ni de ningún tipo. Hasta ahora su limitada realidad había funcionado, cubriendo necesidades básicas, aunque sacrificando aquello que demandaba cambio, uno en especial que decidió no asumir, o que asumió delegando responsabilidades: su hija Hannah, a quien negligentemente atendió, hasta que la llevó a vivir con otros familiares, asegurando que era lo mejor para ambas, pero más bien anteponiendo sus intereses personales a su rol como madre y lo que formar una familia significaba, incluyendo sacrificios, restructuración de prioridades y compromiso.

Al reencontrarse ahora con Hannah y sabiendo que el empleo que antepuso sobre su hija está a punto de darle una conclusión forzada a esta etapa de su vida, Shelly no tiene otra que enfrentar esas decisiones pasadas, marcadamente en su relación con Hannah, quien ve a su madre como una extraña, distante, porque su relación nunca ha sido estrecha, ni constante, ni significativa. Hannah está a punto de graduarse, en busca de definir su propio camino, presionada por inclinarse por una profesión que pueda potencialmente asegurarle un futuro laboral estable. El problema es que nadie puede realmente garantizarle esto, porque variables como preparación, oportunidades, desempeño y contexto entran en juego; pero además, el detalle está en que Hannah misma no está interesada en lo que le sugieren ‘debe’ estudiar, prefiriendo en su lugar un área más artística como la fotografía, que sí le apasiona pero que es, quizá erróneamente, calificada como ‘fácil’, poco importante y poco redituable. Hacer lo que quiere frente a lo que debe se vuelven dos opuestos que aparentemente no tienen conciliación, pues se perciben antagónicos no como complementarios. Ambas perspectivas no obstante tienen su grado de verdad; por un lado, sopesar posibilidades con viabilidad, que es lo que se le sugiere a Hannah, es encontrar algo que le interese pero que también tenga un campo laboral abierto al crecimiento, en especial el económico. Por otra parte, el argumento de Shelly también es muy válido: “Cuando tu vocación está ahí, esperándote, el dinero no mejora un trabajo aburrido”, dice, hablando de que encontrar aquello que nos apasiona es parte importante para encontrar plenitud y satisfacción, porque de lo contrario no hay realización personal. Sin más experiencia que su propia historia como bailarina, considerándose a sí misma ejemplo de éxito dentro de un contexto que califica como creativo y artístico, comparando con lo que le interesa a Hannah, la fotografía, Shelly invita a su hija a ver por primera vez el espectáculo del casino, guiándose por la idea de que, como ella, hacer algo que le gusta y la hace sentir bien es lo más importa en la vida. “Hacer un trabajo que no amas, eso es lo difícil”, insiste Shelly. Lo que Hannah eventualmente entiende es que a pesar de sus buenas intenciones, Shelly nunca ha sido realista, tampoco objetiva. Soñar no está mal, pero aterrizar los sueños también es importante. Lo dimensiona mejor luego de aceptar la invitación de su madre para ver el espectáculo Le Razzle Dazzle. Al percibir que la coreografía es sólo un pretexto y el espectáculo una excusa para su madre por verse día a día bajo los reflectores, Hannah inevitablemente le reclama a Shelly las decisiones que tomó en el pasado y cuyo efecto todavía arrastra en el presente, preguntándose y preguntándole por qué habría elegido una vida así, exponiendo su cuerpo ante los ojos de gente que no conoce, a cambio de admiración momentánea, en lugar de elegirla a ella y la posibilidad de una vida en familia, con una relación madre e hija verdaderamente afectiva. Evidentemente, Hannah y Shelly no ven las cosas desde la misma perspectiva. La primera resiente a la mujer que considera la abandonó en favor de aplausos que no son más que instantes banales que glorifican el físico de la mujer, dentro de las paredes de la superficialidad, la cosificación y la fama efímera, nunca celebrando el arte, la danza o a la mujer misma, sino convirtiéndola en un fetiche morboso, casi denigrante. Para Shelly es lo contrario, Le Razzle Dazzle es un camino hacia el aprecio y el reconocimiento que, no obstante, concibe con base en, precisamente, lo que Hannah señala, es decir, recibir atención a cualquier precio, vendiendo su cuerpo y, de alguna forma, vendiéndose ella. “Me encanta el show, lo amo. Ahí me siento bien conmigo misma […] Los trajes, los escenarios, estar bajo las luces noche tras noche. Sentirme bien, sentirme hermosa. Eso es poderoso. Y no me imagino mi vida sin ello”, explica Shelly y su opinión es válida; su error, si lo hay, es convertir eso en la única medida para su autovaloración. No está ‘mal’ que busque atención, no está ‘mal’ que se sienta bella y apreciada cuando alguien la ve, literal y simbólicamente hablando, ni siquiera está ‘mal’ que se dedique a lo que se dedica, que baile como baila y que lo haga con la cantidad de ropa y tipo de vestuario que elija, mientras esto la haga feliz; lo equivocado consiste en que se valore siempre en función de otros, a partir de aspectos superficiales, insulsos, no con factores que expresen su esencia como ser humano. Shelly siente un vacío y lo llena a partir de lo que cree es la aprobación de otros. En el fondo no se traza metas porque no tiene aspiraciones ni sabe lo que quiere, no tiene parámetros de auto-realización, felicidad o plenitud porque se ha conformado con vivir del aplauso que considera validación, cuando en realidad no es más que una reacción social dirigida al espectáculo o a la puesta en escena, no a ella. Shelly no tiene los pies en la tierra, más bien sueña despierta, sin descifrar que el mundo a su alrededor y la gente en él cambian constantemente; ella tendría que hacer lo mismo pero no lo sabe. Su felicidad está ligada a la nostalgia y es incapaz de existir fuera de esa realidad; incapaz sobre todo de darse cuenta que ella misma ya no es lo que era y, por lo tanto, no puede seguir pretendiendo que es así. Tampoco acepta que es reemplazable, que si una bailarina deja el espectáculo o si una joven deja la ciudad, alguien más llegará a tomar su lugar, alguien más joven, talentosa, entusiasta y motivada; una realidad cruel pero constante. Mary-Anne se queja de que una vez que tiene que salir a buscar otro empleo, los productores le dicen que ya es demasiado ‘grande’, aunque apenas tenga 30 años de edad. Esa es la lamentable realidad del mundo del espectáculo, nuevo y novedoso, lo que significa que o se adapta uno al cambio o se es reemplazado. Lo que no se añade es que, eventualmente, todo y todos seremos desplazados. “Soy mayor que tú. No vieja”, se queja Shelly al hablar con Jodie, aunque el relevo generacional sea inevitable y probablemente marcado por la discriminación. Shelly no es vieja, sólo es mayor que las demás; desgraciadamente este es un mundo donde las oportunidades suelen estar ligadas a la juventud y la belleza, juzgando, particularmente a las mujeres, a partir de esos parámetros.

¿Qué pasa cuando juventud y belleza se acaban? El resultado son personas e historias como la de Shelly, existiendo de percepciones, espejismos, autoengaño, mentiras, autoexplotación y el sacrificio en todo sentido, convenciéndose de que es lo necesario, lo correcto, lo normal para ser feliz o para triunfar. Para las otras bailarinas Le Razzle Dazzle es un trabajo, para Shelly es su identidad. Cuando la cortina se cierra y el show acaba, no puede sino preguntarse si valió la pena y, más que nada, preguntarse quién es ella más allá de ese molde autoimpuesto. Shelly se quiebra cuando enfrenta la realidad, la burbuja se rompe y le hacen ver que su vida fue producto de las vicisitudes, pues su belleza y juventud era lo que la gente quería ver y aplaudir hace 30 años. Reclama saberse y sentirse todavía bella, pero el mundo a su alrededor, que se guía bajo parámetros banales de apreciación, ya no lo ve así. En retrospectiva, Shelly sacrificó todo por perseguir sus sueños, convencida de que eso era más importante que cualquier otra cosa, y lo era, simplemente no supo cómo balancear esto con los otros aspectos de su vida, roles como el de madre, novia, esposa, pareja, amiga, mentora y bailarina. Al final parece que Shelly sacrificó todo por nada y eso es lo que le queda. Este es un temor que experimenta cualquier persona, sobre todo mujeres: con el tiempo y a pesar de los sacrificios, terminar sintiéndose irrelevante.
The Last Showgirl, 2024, Dir: Gia Coppola
Diana Miriam Alcántara Meléndez | México
Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.










Diana Miriam Alcántara Meléndez















Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.



Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.





Andrés Palma Buratta



Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.
Se afirma que la verdad es relativa porque no puede ser absoluta, porque al analizar un hecho o proceso entran en juego el contexto, las circunstancias, las sensaciones, los prejuicios y hasta la información o narrativas generadas alrededor de ella, ya que esto la moldea, le da perspectiva, le confiere valor, permite apreciarla, sopesarla, evaluarla y decidir. Por eso los puntos de vista cambian, porque se construyen a partir del entorno histórico, político, social, cultural, personal y relacional, de forma que cada quien vive y juzga una experiencia en función de su situación y posición ante las variables que rodean cualquier evento. Si bien no hay una sola verdad, sí puede haber muchas mentiras; si bien no hay una sola versión de los hechos, no todos son forzosamente verdaderos o contados con veracidad. De esto trata la película El último duelo (EUA, 2021), dirigida por Ridley Scott y escrita por Ben Affleck, Matt Damon y Nicole Holofcener a partir del libro ‘The Last Duel: A True Story of Trial de Combat in Medieval France’ (El último duelo: una historia real de crimen, escándalo y juicio por combate en la Francia medieval) de Eric Jager. Protagonizada por Damon y Affleck junto a Jodie Comer, Adam Driver y Harriet Walter, la historia se basa en un hecho real, el último duelo judicial o juicio por combate permitido que se haya documentado en Francia.
Este duelo a muerte era un sistema oficialmente reconocido para resolver acusaciones que se suponía no se podían solucionar a través de un juicio más tradicional con base en las pruebas disponibles, de forma que quien ganara el duelo en esencia ganaba el juicio y esto era visto como que aquella persona tenía la razón, pues su victoria ‘era respaldada por Dios’. El duelo en cuestión se llevó a cabo en 1386 e involucra a Sir Jean de Carrouges, un caballero noble que acusa al escudero Jacques le Gris de violar a su esposa Marguerite. La cinta presenta los hechos a partir de los tres puntos de vista de los involucrados, señalando así similitudes y divergencias en el recuento de lo sucedido y revelando, con ello, cómo es que lo que una persona puede percibir insignificante, otro puede verlo como trascendental, significativo para su propia vida; o cómo es que un mismo acontecimiento puede sopesarse de una forma tan distinta según hizo sentir, pensar o reflexionar a los implicados. Lo que para uno es olvidable para el otro lo marca de por vida. El recuento en tres versiones distintas también hace evidente la deteriorada relación entre Carrouges y Le Gris, que pasaron de ser amigos a enemigos por las vicisitudes de sus relaciones económicas, políticas y sociales, dejando a Marguerite en medio de todo, a la defensiva, en desventaja y defendiendo su verdad en un mundo acostumbrado a no escuchar a las mujeres o en el que, especialmente en aquella época, el abuso sexual era algo que se callaba e incluso aceptaba como algo normal y cotidiano, porque, en el mejor de los casos, no se veía como una falta hacia la mujer, sino a su esposo, en calidad de propietario y responsable de su esposa. Marguerite pues, queda en medio de dos egos que la miran como un premio, de forma que el duelo no pretende hacer justicia plena, más bien resulta ser la excusa perfecta para poner fin a una rivalidad sustentada en envidia, egoísmo y vanidad.
Carrouges, por ejemplo, no demanda a Le Gris y luego lo reta a un duelo a muerte para defender el honor de su esposa, sino para salvaguardar su propia reputación y, desde luego, para dar cauce a su especial interés en denigrar, condenar y matar para vengarse de un hombre al que tacha como responsable de su mala fortuna; un Le Gris que, según Carrouges, que lleva años orquestando una campaña en su contra, traicionándolo, humillándolo y robándole su gloria. Posible esto porque el escudero tiene el respaldo absoluto, como favorito que es, del Conde Pierre d’Alençon, el Regente de las tierras en las que viven, la Corte de Argentan, quien es, a su vez, primo del rey Carlos VI, lo que le confiere un poder y autoridad sin restricciones, pues sólo responde ante el Rey. Los acontecimientos, desde los ojos de Carrouges, presentan un Le Gris más bien poco talentoso, inepto en algunas cosas pero taimado y traidor, que se la ingenia para conseguir el favor y la gracia del Conde con persuasión, sumisión y manipulación, eventualmente llevándolo a hacerse de favores traducidos en tierras y títulos que, por azares del destino, o tal vez, inducidos por el mismo, recibe quitándoselos a Carrouges. Según éste, Le Gris es alguien que siempre ha querido lo que él tiene y, en consecuencia, es alguien que lo menosprecia. Según Carrouges, él es el héroe y Le Gris el villano. En su opinión la afectada no es su esposa sino él mismo, ya que ve la agresión como una venganza o falta dirigida hacia él; esta idea demuestra una actitud tan machista y misógina como egocéntrica, alimentada por una sociedad en la que el hombre se ve a sí mismo en el centro de todo, en la que incluso para la ley, sus representantes y todo el sistema social quien importa es el varón, nunca la mujer, pues quien tiene derechos, honor, propiedades y valor es él, no ella. Carrouges quiere venganza para saciar sus emociones y está convencido que sus acciones son nobles, pues pelea batallas a favor de su Rey y, por ende, se considera merecedor de alabanzas; lo que en el fondo revela la posición social de Marguerite, un bien más de su esposo, tratada como un objeto, como propiedad, no como una persona. A pesar de haber sido agredida, no tenía derechos ni control ni poder, ni ella ni cualquier mujer en este contexto; acusada de infidelidad, provocación, escándalo y promiscuidad, arrinconada a tener que cumplir expectativas, de la época y sobre todo de los hombres, para sobrevivir, exigiéndole ser fiel, recatada, obediente, sumisa y callada.
Las cosas no son muy diferentes desde la perspectiva de Le Gris, que se mira a sí mismo también como víctima. Insiste que nunca hubo una violación porque la relación sexual, según él, fue consensuada, ya que, igualmente según él, la atracción con Marguerite era evidente a raíz de la que considera una relación marital insatisfactoria para ella, o lo que es lo mismo, culpa y responsabiliza a Marguerite de sus propias acciones, convencido de que lo que hizo estuvo bien y además era su derecho, en relación directa a verse más honorable y digno que Carrouges, el esposo de ella. Ello es reflejo de la perspectiva autoritaria y patriarcal de los señores propietarios de la época, acostumbrados a tratar a las mujeres con prepotencia, violencia y como simple objeto sexual. La idea de fondo, al contrastar ambas versiones de los hechos, es que los hombres se atreven a decidir sobre lo que suponen Marguerite quiere, piensa, siente o necesita; su esposo dicta y reprueba el abuso en función de su papel como marido, no de lo que realmente vivió ella. Le Gris a su vez también actúa en busca de imponer su voluntad, porque está convencido que su palabra, su versión de los hechos y su opinión, es la correcta, o la verdadera. Le Gris y Carrouges se comportan como si el problema social, legal, ético y moral no recayera en una acusación de violación o el abuso a una mujer, sino en una rivalidad entre hombres que no pelean ‘justamente’ entre ellos, una enemistad que se sostiene en su propio machismo. Según Le Gris es él y no el otro quien buscó conciliación, atribuyendo el favoritismo del Conde a su habilidad militar e intelecto erudito, por tanto, justificando el rechazo del primo del Rey hacia Carrouges en lo que cree es un constante intento de su examigo por menospreciarlo y atacarlo. En corto, para Le Gris sólo importa Le Gris y para Carrouges, sólo importa Carrouges. El detalle es que el verdadero error de ambos es medir los problemas sociales en función de su propio narcisismo, ejemplificando cómo las normas y la organización del sistema no están para hacer justicia sino para inclinarse a favor de aquellos con más dinero, influencia o posición social. Carrouges, por ejemplo, se niega a presentarse a la audiencia con el Conde porque sabe que de hacerlo la demanda sería decidida por él, quien fallará automáticamente a favor de su amigo, haciendo evidente que el sistema de justicia, administrativo y legal, no tiene nada que ver con velar por el bien de la comunidad, sino por los intereses de aquellos cercanos a las esferas de poder. El propio Pierre se lo dice a Le Gris cuando le explica que si el caso cae en sus manos, con facilidad podrá decidir sobre la situación, absolverlo a él y argumentar que Marguerite inventó o soñó lo sucedido, menospreciando y minimizando así su voz y su verdad, callándola en lugar de escucharla e, indirectamente, validando como aceptable la actitud de su amigo, un Le Gris que habría abusado de ella por el mero hecho de poder y querer hacerlo.
El duelo mismo no representa ni verdad ni justicia, es simplemente una estrategia para difuminar la conversación verdaderamente importante: el trato equívoco, injusto y reprobable que hace la sociedad hacia la mujer; y el intento de aminorar e ignorar los abusos hacia ellas que se presentan tan imperceptibles como insignificantes. La creencia aquí es que en un duelo judicial, ‘Dios decide el caso’, como si la justicia fuera divina y mágica, como si escapara de las manos de la sociedad, sus normas, su organización y los derechos que todo individuo debería tener por el simple hecho de ser humanos, ciudadanos, personas. Sin embargo, esa ‘justicia divina’ tampoco rectifica las cosas para Marguerite. En algún punto, hacia el final de la cinta, Carrouges le reclama a su esposa, alegando que su denuncia podría costarle la vida, como si luchar por la verdad fuera un error, como si la verdad no importara o como si ella no importara. Lo que Carrouges olvida y que ella bien le reclama es que Marguerite misma está sacrificando tanto o más que él, pero además en nombre de la justo y correcto, no de la presunción y la soberbia, como hacen tanto Carrouges como Le Gris.
Marguerite habla de lo sucedido y reclama ser escuchada sabiendo que la gente desaprobará y señalará sus acciones, la volverá blanco de burlas, rumores, calumnias y críticas, porque asumen que miente o que ella es la culpable del abuso, por el simple hecho de que si sucedió, ella lo permitió. Si Marguerite defiende la verdad a pesar de la vergüenza, errores de juicio y habladurías, es porque exige ser tratada con dignidad, porque lo que dice importa, porque la verdad importa, lo suficiente para desafiar los cánones, prejuicios, al sistema y a las instituciones; todo está en contra de ella, ya sea que hablemos de su esposo, su Rey, la Corte y la iglesia, entendiendo que de perder Carrouges el duelo, ella pagará también con su vida pues será acusada por haber levantado falsas acusaciones, recordando que quien pierde el duelo no tiene el respaldo de la verdad, para entonces ya convertida en un espejismo, un pretexto. Todo termina por ser un circo, un espectáculo para las masas, un duelo que en realidad funge como medio de entretenimiento, una lucha a muerte que al final no tiene nada que ver ni con la denuncia ni con la falta cometida, un enfrentamiento en el que Marguerite no gana, sólo pierde, sin importar cuál de los dos hombres salga victorioso. Si lo hace Le Gris, ella será torturada y quemada viva al encontrársele culpable de adulterio y de calumniar a un caballero; por ende, de haber cometido un pecado; si lo hace Carrouges, entonces su esposo se lleva los aplausos y la gloria, dejándola en la misma posición de desventaja social y familiar, en la que nada cambia, vista y tratada como un objeto o propiedad del hombre a su lado, como era común catalogar y, así, denigrar a las mujeres en aquella época. “La violación no es un delito contra la mujer. Es un delito de propiedad contra su tutor masculino”, dice en algún momento un clérigo consultado para llevar la defensa de Le Gris, dejando ver que para las personas en ese contexto histórico, político y social, la mujer no importa ni vale nada; por consiguiente, cualquier acción en su contra es sólo una vía para barajear otros asuntos, como juegos de poder y de supervivencia, de traición o venganza.
El tercer recuento de los hechos, el de Marguerite, muestra que nada es lo que parece, que ni Carrouges ni Le Gris son perfectos como ellos se pintan, que en cambio, ambos son toscos, petulantes y soberbios, no sólo con ella, también con cualquiera a su alrededor, una situación normalizada y aceptada socialmente. Realidad que cientos de años después de cuando la historia tuvo lugar sigue siendo vigente, preocupante y recurrente: hombres con poder, egocéntricos, que se preocupan y ocupan con sus venganzas y autocomplacencias, que se ven a sí mismos como héroes, al menos de sus propias historias, escudándose en conceptos como honor, justicia o verdad, legalidad o divinidad, que arrebatan y someten porque creen que es su derecho, porque en su mundo alardear, presumir y pasar sobre otros es la base del éxito. Para cualquier persona que se mira por encima de los demás, peor que perder no es no ganar, es ni siquiera participar y pelear, es no ser protagonista, por eso su versión de los hechos siempre está por encima de todo, porque no la ven como una porción de la realidad, sino como un absoluto que no se puede desafiar y que, por lo mismo, quieren imponer siempre su punto de vista, sus creencias su ideología y su cultura; ese es el mayor peligro que enfrenta la sociedad actual.







Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.