Mujercitas
Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez
“Las mujeres tienen mente y tienen alma, no sólo corazón… tienen ambición y tienen talento, no sólo belleza; estoy harta de que la gente diga que una mujer sólo sirve para el amor, estoy harta de eso”, dice Jo. La contradicción esta en que a pesar de luchar por su libertad, también lucha por sobrellevar la soledad que esto a veces trae a su vida.

Mujercitas es una novela literaria de la autora Louisa May Alcott que narra la historia de vida de las cuatro hermanas March: Meg, Jo, Beth y Amy, en su transición de la niñez a la edad adulta, en Estados Unidos, luego de la Guerra Civil (1861-1865) de su país, cuyo principal eje socioeconómico era la esclavitud, enfrentándose los abolicionistas del norte contra los estados del sur que la defendían como un derecho. A través de sus relaciones familiares, sociales y afectivas, el texto es un relato que profundiza en lo que significa para sus personajes principales la búsqueda por la libertad y la independencia, en un mundo en el que las mujeres tienen que abrirse camino a contracorriente para derribar estándares de todo tipo, no sólo de género sino también culturales y políticos. Una sociedad en reconstrucción, una cultura cambiante, una intención accidentada a la apertura hacia ideas y personas con nuevas propuestas o con el simple deseo de oportunidades igualitarias, son realidades presentes en el trabajo literario, que resuenan porque siguen vigentes en la actualidad, 160 años después. Esa es la esencia de la historia, una ficción que habla sobre las dificultades constantes de una familia de clase media-baja para sobrevivir, combinado con las experiencias que forman a sus personajes hacia la madurez, mientras rompen lo más posible el molde de una organización social patriarcal que limita el desarrollo de la mayoría de sus ciudadanos. Un relato ambientado a mediados del siglo XIX con reflexiones muy actuales sobre el papel de la mujer en la sociedad, esa es la columna vertebral de la película Mujercitas (EUA, 2019), adaptación del libro homónimo, escrita y dirigida por Greta Gerwig y protagonizada por Saoirse Ronan, Emma Watson, Florence Pugh, Eliza Scanlen, Laura Dern, Timothée Chalamet, Meryl Streep, Bob Odenkirk, James Norton, Louis Garrel y Chris Cooper. El proyecto recibió seis nominaciones al Oscar: mejor película, mejor actriz (Saoirse Ronan), mejor actriz de reparto (Florence Pugh), mejor banda sonora, mejor guion adaptado y mejor diseño de vestuario, categoría en la cual recibió el premio.

La narrativa entrelaza la vida de las hermanas March durante su adolescencia para luego llegar a la adultez y cómo cada decisión que toman impacta en su búsqueda por su identidad. A través de este viaje y cada diferente perspectiva o personalidad, la historia profundiza en los retos que atraviesan las personas para cumplir moldes y al mismo tiempo construir su propio destino, en especial, cuando las reglas sociales son tan insistentes en cubrir prototipos y cánones sociales específicos, en este caso, tan conservadores que se atreven a dictar que puede y no puede hacer una mujer. En el fondo, cada una de las hermanas se enfrenta al dilema de saber qué desea ser y cómo conseguirlo.

Jo es una joven de alma libre que anhela la oportunidad de superar todo reto que se proponga, por eso, está decepcionada con la restrictiva realidad que para ella representan los roles sociales, casi misóginos en una época en la que no se le permite tomar control de sus propias decisiones y aspiraciones. Se convierte en escritora por su pasión para expresar sus ideas y pensamientos, una necesidad de decir y hacer algo con todo aquello que observa y analiza; pero, al mismo tiempo, cuando se hace mayor cede a las publicaciones sensacionalistas y de moda, aunque con poca creatividad literaria, porque es lo que el mercado demanda, lo que vende y deja el dinero que necesita para apoyar a su familia. Su opinión sobre defender sus ideales artísticos frente a la presión popular de dar lo que se le exige, cambia cuando conoce al profesor Bhaer, alguien que valora su talento con sensibilidad, por ser auténtica en sus trabajos escritos. Él la anima a escribir fiel a su realidad en lugar de evocar la banalidad de las historias comerciales, por mucho que la gente las consuma al por mayor, porque, en la lógica del profesor, el verdadero escritor no debe como prioridad complacer a su lector, sino a sí mismo. Jo, no obstante, debe superar primero su miedo a crecer a partir de las críticas y el reto de desafiar los roles marcados por las exigencias de género, asumiendo con madurez y valentía las consecuencias de sus actos. Mucho del recorrido de Jo está también definido por su relación con sus hermanas y con su vecino Laurie, el adinerado joven que no sabe qué hacer con todas las oportunidades a su favor, ya que no conoce el sufrimiento que implica una situación económica precaria, desfavorable, de carencias, en un mundo que valora el dinero y el capital, y que tampoco enfrenta situaciones generadas por discriminación de género, raza o posición social. Otro ejemplo que muestra conflictos derivados de perspectivas personales y/o sociales se aprecia cuando Jo entra en conflicto cuando sus sueños de independencia chocan, a su parecer, con los de Meg, toda vez que su hermana mayor ansía una vida más tradicional, valorada así en función a la emoción que experimenta por casarse y formar una familia. Para Jo esto es casi como darle la espalda a la posibilidad de crecer como persona, pues significaría alinearse con la idea de que las responsabilidades familiares y domésticas son exclusivas de la mujer y que es lo único a lo que puede aspirar; pero para Meg su pasión está precisamente en ese lugar y en la realidad que construye para sí, por lo que querer una vida en familia no es, según ella, ponerse en una posición de sumisión, sino construirse el futuro que cree la puede hacer feliz. “Solo porque mis sueños son diferentes a los tuyos, no significa que no sean importantes”, le dice Meg a su hermana.

A pesar de esto, Meg sí reciente de alguna manera las expectativas que se le asignan desde pequeña por tratarse de la hermana mayor, responsabilidades dadas por sentado y asumidas por las normas sociales que imperan, sumado más tarde el sacrificio que tiene que enfrentar por la posición socioeconómica desfavorable en la que está. Meg soñó con fiestas, vestidos lujosos y derroche, pero sabe que no es algo que podrá conseguir a menos que se case con un hombre rico y adinerado, que no sabe si algún día llegará a su vida. Meg ama al tutor de Laurie, John Brooke, consciente de que al no ser ninguno económicamente privilegiado, el futuro implicará carencias y sacrificios. Pero este es el aspecto interesante, porque la sobrevivencia cotidiana en este mundo capitalista implica trabajo, vender su capacidad física e intelectual <es lo que hace Jo> y al no poder hacerlo Meg asume el rol de cuidadora del hogar, dejando también al esposo el rol tradicional de proveedor. La pregunta obligada es: ¿por qué no puede funcionar?; ella conseguiría la felicidad compartida y contribuiría a administrar el patrimonio familiar. No cualquiera; diría más; casi nadie puede conseguir el príncipe azul que las llene de riqueza. Y en el escenario social, la relación matrimonial en un mundo capitalista no puede dejar de tener contenido mercantil. Lo dice Amy en un diálogo con Laurie. Esta realidad, aunque vista desde otra perspectiva, es de igual forma a lo que se enfrenta Amy, alguien que desea un futuro prominente y estable y quien está decidida a seguir el camino necesario para conseguirlo, puliendo para ello todas sus características como persona, intelectual, social y artísticamente hablando. Amy quiere ser grandiosa a través de ganarse el respeto y aprecio de los demás con su propio esfuerzo, no reducida a una etiqueta, es decir, quiere ser valorada como persona, no como objeto; alguien que aporta con sus capacidades tanto a la relación como a la sociedad, no simplemente un ente que no existe más allá de su papel como esposa. Sabe que su madre no es así, su tía no es así, Jo no es así y por ende, ella tampoco quiere ser así.

Amy sabe lo que quiere y no se avergüenza de quien es, de su belleza y feminidad, como de su fuerza y determinación. Así que es aparentemente el molde de mujer que la sociedad espera de una joven como ella, pero no se limita a ser lo que el canon impone, sino que busca conseguir lo que la motiva y encontrar lo que le satisface. Vive, no obstante según ella, a la sombra de sus hermanas, sobre todo de Jo, porque sabe que, como la hermana menor, la gente espera algo muy específico de ella; cada persona a su alrededor tiene su propia expectativa sobre ella, que no necesariamente coincide con sus propias aspiraciones y deseos. Pero Amy lo tiene claro, quiere éxito, distinción, reconocimiento, brillar pero no en la superficialidad, sino sobresaliendo en cualquier experiencia. En ello Amy tiene claro que la única forma de llegar a ser una mujer con poder es hacerlo con dinero <se lo dice su tía, quien afirma que es soltera, orgullosa y no trabaja porque es rica>, porque esa es la realidad social en la que vive, en donde una mujer difícilmente es apreciada por sus habilidades, saberes y logros. Amy no busca un hombre con quien casarse por el mero interés de ganar así un renombre, sino que trabaja por convertirse en la mejor versión de sí misma, para que ello la lleve a estar a la par de las personas que considera más distinguidas, donde podría encontrar un igual con quien ser feliz. Como bien reflexiona cuando habla con Laurie, en esta sociedad mercantil, individualista y patriarcal, para las mujeres cualquier búsqueda de éxito o realización está condicionada por los roles de género, lo que convierte al matrimonio en una relación también mercantil, porque el matrimonio es la única forma de sobresalir, subsistir, crecer y escalar, reflejo de la contrariedad que hay hacia la feminidad, que invita a romper el molde para encontrar un camino propio, pero que no puede negar la presión social de no poder lograr muchas cosas, si no es a través de ciertos estándares sociales, como la vida en pareja, el matrimonio o la unión en familia.
“Las mujeres tienen mente y tienen alma, no sólo corazón… tienen ambición y tienen talento, no sólo belleza; estoy harta de que la gente diga que una mujer sólo sirve para el amor, estoy harta de eso”, dice Jo.
La contradicción esta en que a pesar de luchar por su libertad, también lucha por sobrellevar la soledad que esto a veces trae a su vida. Es una ‘transacción económica’, le dice Amy a Laurie cuando le habla sobre lo que significa realmente para muchas mujeres de esa época, e incluso en el presente, el matrimonio. Amy está consciente de que el mundo constantemente no la mira, considera o respeta a ella como mujer en sí, sino como la mujer al lado de un hombre, sin importar su propia historia de vida, características o capacidades, ya que al final, no dejará de ser ante los ojos del colectivo y los cánones corrientes, la hija, la esposa, la madre, la hermana o la ama de casa; el ‘ornamento’, dice ella.
“Como mujer no tengo forma de ganar dinero por mi cuenta, no el suficiente como para ganarme la vida o como para mantener a mi familia. Y si tuviera dinero, que no lo tengo, ese dinero le pertenecería a mi marido en el momento en que nos casáramos y si tuviéramos hijos, serían suyos, no míos; serían de su propiedad. Así que no te sientes ahí a decirme que el matrimonio no es más que una proposición económica, porque lo es”, detalla Amy en otro momento.
Sabiendo que esa es la realidad a la que se enfrenta, la propia rebeldía de Amy consiste en ser más que ese prototipo, para destacar como un ser independiente y honorable, más allá de la persona a su lado y a sabiendas de que en el contexto tradicionalista en que vive, es él quien tiene poder sobre ella, sobre su dinero, su apellido, sus hijos, sus acciones y hasta sus palabras. El reto sería resolver las contradicciones en el seno familiar, modificar el rol asignado para compartir responsabilidades, al margen de lo representado ante la sociedad. En alguna escena Amy insinúa, con su actitud, que esto es viable. En el fondo todas estas mujeres quieren ser más que lo que dicta la sociedad; luchan por ser definidas por algo diferente al estereotipo, cada una a su manera. Incluso en el caso de Beth, la más callada y tranquila de las cuatro hermanas, alguien que adora la música, la compañía de sus seres queridos y el apoyo solidario que pueda brindar a quienes necesitan afecto y comprensión. Pero no sólo le gusta la música, es ella también artista, una excelente pianista que busca disfrutar y agradar más que sobresalir en lo social o con dinero. Su corazón es más humanitario que el de cualquiera porque no aspira a una vida llena de lujos o grandes proezas; tampoco es que se conforme o descalifique los sueños de los demás, simplemente aprecia las simplicidades del mundo y es feliz con una pasiva existencia, sin pretensiones o complicaciones. Sus gustos son sencillos, pero eso no la hace una persona simple, la hace alguien capaz de poner el ejemplo y ver lo mejor de cualquier individuo, confiando en que incluso su peor defecto no es lo que los define. Su ruta de vida es distinta a sus hermanas justo porque por su nobleza se ve afectada por una enfermedad que daña seriamente su salud y por eso, involuntariamente sirve como eje de reagrupamiento familiar en determinadas circunstancias. ¿Trágico? Tal vez, pero al igual que sus hermanas pasa por el proceso de crecimiento preguntándose qué desea ser y a qué aspira en su vida. Hay una escena inolvidable en donde nos muestra que está aprendiendo a morir.

El texto trata en el fondo sobre la emancipación de la mujer, presentada de una manera delicada pero significativa. Ninguno de los personajes femeninos se define por los hombres en sus vidas, sino por sus propias convicciones, decisiones y personalidades. Jo es inquieta, decidida y rebelde; Meg es fuerte, segura y demasiado autoconsciente de la realidad; Amy es ambiciosa, objetiva, con alta autoestima, sabe lo que quiere; Beth es talentosa, sensible, afectuosa, solidaria; la propia Marmee (madre de todas ellas) es amorosa pero sin miedo a presentar sus propias opiniones, aunque con prudencia y crítica constructiva; y la tía March es una mujer práctica y realista al ser consciente que hay normas, por muy misóginas que sean, que no pueden cambiar de la noche a la mañana, requieren proceso, y para ello, los medios (económicos, sociales, culturales y políticos) para lograrlo. Qué hace falta para cambiar las reglas, sino una perspectiva objetiva sobre lo que es la realidad En este caso, por ejemplo, la historia lo reflexiona al mostrar el matrimonio entendido como un acto de unión en que amor, respeto y equidad son uno solo, a través de las experiencias de Meg, pero sin hacer menos las reflexiones de Amy de que, muchas veces, ese mismo matrimonio no es más que una convención institucional mercantil en donde la unión de pareja más que ser expresión de amor, lo es de conveniencia y supervivencia. Exigir respeto en todo aspecto de la vida, que las personas puedan encontrar su independencia derribando cualquier tipo de barrera social, que su camino para alcanzar sus sueños no sea determinado por su género, religión, raza, posición socioeconómica o cualquier otra cosa; de esto habla la película. Jo le reclama a la tía March que ella puede hacer lo que quiere porque tiene la soltura económica que la deja en una posición privilegiada al no tener que depender para nada de un hombre, ni para fines prácticos de nadie. No es que Jo no pueda aspirar a esto, es que para lograrlo tiene que tomar en cuenta su contexto social, elegir bien sus batallas y ser fiel a sus convicciones sin sacrificar sus capacidades, pero consciente de que sí hay sacrificios que realizar. Y lo hace, cuando escribe una novela basada en sus experiencias con sus hermanas, exigiendo el control (los derechos de autor) de su trabajo, si bien concediendo el final feliz a su heroína como su editor se lo exige, una escena que hace eco a lo que hizo Louisa May Alcott en la vida real con su trabajo en Mujercitas. Esto es parte del mensaje que resuena en la actualidad, la negativa de la mujer para existir meramente a partir de las reglas sociales que se aceptan por inercia, costumbre o imposición, sobre todo cuando existen para servir a un orden que no tiene claro que la liberación de la mujer no pretende desplazar a nadie, sino busca no dejar a nadie al margen de la historia o de la sociedad. “Las chicas deben salir al mundo y formar sus propias opiniones”, dicen Marmee en un punto de la película. Su visión, más allá de dar libertad a sus hijas para vivir sus propias experiencias, cometer sus propios errores y darse cuenta del significado de sus propios sueños, habla también de la importancia de permitir a las personas en general libertad para formarse juicios y tomar decisiones. El relato se ambienta en un contexto social donde las mujeres no tenían muchas oportunidades ni opciones para construirse una vida. Los tiempos han cambiado y, sin embargo, hay actualmente, todavía, impedimentos sociales varios que imposibilitan a las mujeres una libertad real. Si Jo rechaza una propuesta de matrimonio o se niega a casarse, no es porque deteste el amor o la vida en pareja, es porque está renuente a ser presa de un estándar social que podría potencialmente dejarla atrapada en una jaula simbólica. Es como si fuera imposible tenerlo todo, como si la única forma de ser feliz fuera sacrificar todo lo que se cree que significa felicidad. Pero como bien dijera Louisa May Alcott en su libro Mujercitas: “Todos llevamos cargas, tenemos un camino por recorrer y nuestro anhelo de hacer el bien y alcanzar la felicidad nos guía para superar los contratiempos y los errores que nos separan de la paz”.
Little Women, 2019, Dir: Greta Gerwig
Diana Miriam Alcántara Meléndez | México
Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.



Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.



Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.





Andrés Palma Buratta



Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.
Se afirma que la verdad es relativa porque no puede ser absoluta, porque al analizar un hecho o proceso entran en juego el contexto, las circunstancias, las sensaciones, los prejuicios y hasta la información o narrativas generadas alrededor de ella, ya que esto la moldea, le da perspectiva, le confiere valor, permite apreciarla, sopesarla, evaluarla y decidir. Por eso los puntos de vista cambian, porque se construyen a partir del entorno histórico, político, social, cultural, personal y relacional, de forma que cada quien vive y juzga una experiencia en función de su situación y posición ante las variables que rodean cualquier evento. Si bien no hay una sola verdad, sí puede haber muchas mentiras; si bien no hay una sola versión de los hechos, no todos son forzosamente verdaderos o contados con veracidad. De esto trata la película El último duelo (EUA, 2021), dirigida por Ridley Scott y escrita por Ben Affleck, Matt Damon y Nicole Holofcener a partir del libro ‘The Last Duel: A True Story of Trial de Combat in Medieval France’ (El último duelo: una historia real de crimen, escándalo y juicio por combate en la Francia medieval) de Eric Jager. Protagonizada por Damon y Affleck junto a Jodie Comer, Adam Driver y Harriet Walter, la historia se basa en un hecho real, el último duelo judicial o juicio por combate permitido que se haya documentado en Francia.
Este duelo a muerte era un sistema oficialmente reconocido para resolver acusaciones que se suponía no se podían solucionar a través de un juicio más tradicional con base en las pruebas disponibles, de forma que quien ganara el duelo en esencia ganaba el juicio y esto era visto como que aquella persona tenía la razón, pues su victoria ‘era respaldada por Dios’. El duelo en cuestión se llevó a cabo en 1386 e involucra a Sir Jean de Carrouges, un caballero noble que acusa al escudero Jacques le Gris de violar a su esposa Marguerite. La cinta presenta los hechos a partir de los tres puntos de vista de los involucrados, señalando así similitudes y divergencias en el recuento de lo sucedido y revelando, con ello, cómo es que lo que una persona puede percibir insignificante, otro puede verlo como trascendental, significativo para su propia vida; o cómo es que un mismo acontecimiento puede sopesarse de una forma tan distinta según hizo sentir, pensar o reflexionar a los implicados. Lo que para uno es olvidable para el otro lo marca de por vida. El recuento en tres versiones distintas también hace evidente la deteriorada relación entre Carrouges y Le Gris, que pasaron de ser amigos a enemigos por las vicisitudes de sus relaciones económicas, políticas y sociales, dejando a Marguerite en medio de todo, a la defensiva, en desventaja y defendiendo su verdad en un mundo acostumbrado a no escuchar a las mujeres o en el que, especialmente en aquella época, el abuso sexual era algo que se callaba e incluso aceptaba como algo normal y cotidiano, porque, en el mejor de los casos, no se veía como una falta hacia la mujer, sino a su esposo, en calidad de propietario y responsable de su esposa. Marguerite pues, queda en medio de dos egos que la miran como un premio, de forma que el duelo no pretende hacer justicia plena, más bien resulta ser la excusa perfecta para poner fin a una rivalidad sustentada en envidia, egoísmo y vanidad.
Carrouges, por ejemplo, no demanda a Le Gris y luego lo reta a un duelo a muerte para defender el honor de su esposa, sino para salvaguardar su propia reputación y, desde luego, para dar cauce a su especial interés en denigrar, condenar y matar para vengarse de un hombre al que tacha como responsable de su mala fortuna; un Le Gris que, según Carrouges, que lleva años orquestando una campaña en su contra, traicionándolo, humillándolo y robándole su gloria. Posible esto porque el escudero tiene el respaldo absoluto, como favorito que es, del Conde Pierre d’Alençon, el Regente de las tierras en las que viven, la Corte de Argentan, quien es, a su vez, primo del rey Carlos VI, lo que le confiere un poder y autoridad sin restricciones, pues sólo responde ante el Rey. Los acontecimientos, desde los ojos de Carrouges, presentan un Le Gris más bien poco talentoso, inepto en algunas cosas pero taimado y traidor, que se la ingenia para conseguir el favor y la gracia del Conde con persuasión, sumisión y manipulación, eventualmente llevándolo a hacerse de favores traducidos en tierras y títulos que, por azares del destino, o tal vez, inducidos por el mismo, recibe quitándoselos a Carrouges. Según éste, Le Gris es alguien que siempre ha querido lo que él tiene y, en consecuencia, es alguien que lo menosprecia. Según Carrouges, él es el héroe y Le Gris el villano. En su opinión la afectada no es su esposa sino él mismo, ya que ve la agresión como una venganza o falta dirigida hacia él; esta idea demuestra una actitud tan machista y misógina como egocéntrica, alimentada por una sociedad en la que el hombre se ve a sí mismo en el centro de todo, en la que incluso para la ley, sus representantes y todo el sistema social quien importa es el varón, nunca la mujer, pues quien tiene derechos, honor, propiedades y valor es él, no ella. Carrouges quiere venganza para saciar sus emociones y está convencido que sus acciones son nobles, pues pelea batallas a favor de su Rey y, por ende, se considera merecedor de alabanzas; lo que en el fondo revela la posición social de Marguerite, un bien más de su esposo, tratada como un objeto, como propiedad, no como una persona. A pesar de haber sido agredida, no tenía derechos ni control ni poder, ni ella ni cualquier mujer en este contexto; acusada de infidelidad, provocación, escándalo y promiscuidad, arrinconada a tener que cumplir expectativas, de la época y sobre todo de los hombres, para sobrevivir, exigiéndole ser fiel, recatada, obediente, sumisa y callada.
Las cosas no son muy diferentes desde la perspectiva de Le Gris, que se mira a sí mismo también como víctima. Insiste que nunca hubo una violación porque la relación sexual, según él, fue consensuada, ya que, igualmente según él, la atracción con Marguerite era evidente a raíz de la que considera una relación marital insatisfactoria para ella, o lo que es lo mismo, culpa y responsabiliza a Marguerite de sus propias acciones, convencido de que lo que hizo estuvo bien y además era su derecho, en relación directa a verse más honorable y digno que Carrouges, el esposo de ella. Ello es reflejo de la perspectiva autoritaria y patriarcal de los señores propietarios de la época, acostumbrados a tratar a las mujeres con prepotencia, violencia y como simple objeto sexual. La idea de fondo, al contrastar ambas versiones de los hechos, es que los hombres se atreven a decidir sobre lo que suponen Marguerite quiere, piensa, siente o necesita; su esposo dicta y reprueba el abuso en función de su papel como marido, no de lo que realmente vivió ella. Le Gris a su vez también actúa en busca de imponer su voluntad, porque está convencido que su palabra, su versión de los hechos y su opinión, es la correcta, o la verdadera. Le Gris y Carrouges se comportan como si el problema social, legal, ético y moral no recayera en una acusación de violación o el abuso a una mujer, sino en una rivalidad entre hombres que no pelean ‘justamente’ entre ellos, una enemistad que se sostiene en su propio machismo. Según Le Gris es él y no el otro quien buscó conciliación, atribuyendo el favoritismo del Conde a su habilidad militar e intelecto erudito, por tanto, justificando el rechazo del primo del Rey hacia Carrouges en lo que cree es un constante intento de su examigo por menospreciarlo y atacarlo. En corto, para Le Gris sólo importa Le Gris y para Carrouges, sólo importa Carrouges. El detalle es que el verdadero error de ambos es medir los problemas sociales en función de su propio narcisismo, ejemplificando cómo las normas y la organización del sistema no están para hacer justicia sino para inclinarse a favor de aquellos con más dinero, influencia o posición social. Carrouges, por ejemplo, se niega a presentarse a la audiencia con el Conde porque sabe que de hacerlo la demanda sería decidida por él, quien fallará automáticamente a favor de su amigo, haciendo evidente que el sistema de justicia, administrativo y legal, no tiene nada que ver con velar por el bien de la comunidad, sino por los intereses de aquellos cercanos a las esferas de poder. El propio Pierre se lo dice a Le Gris cuando le explica que si el caso cae en sus manos, con facilidad podrá decidir sobre la situación, absolverlo a él y argumentar que Marguerite inventó o soñó lo sucedido, menospreciando y minimizando así su voz y su verdad, callándola en lugar de escucharla e, indirectamente, validando como aceptable la actitud de su amigo, un Le Gris que habría abusado de ella por el mero hecho de poder y querer hacerlo.
El duelo mismo no representa ni verdad ni justicia, es simplemente una estrategia para difuminar la conversación verdaderamente importante: el trato equívoco, injusto y reprobable que hace la sociedad hacia la mujer; y el intento de aminorar e ignorar los abusos hacia ellas que se presentan tan imperceptibles como insignificantes. La creencia aquí es que en un duelo judicial, ‘Dios decide el caso’, como si la justicia fuera divina y mágica, como si escapara de las manos de la sociedad, sus normas, su organización y los derechos que todo individuo debería tener por el simple hecho de ser humanos, ciudadanos, personas. Sin embargo, esa ‘justicia divina’ tampoco rectifica las cosas para Marguerite. En algún punto, hacia el final de la cinta, Carrouges le reclama a su esposa, alegando que su denuncia podría costarle la vida, como si luchar por la verdad fuera un error, como si la verdad no importara o como si ella no importara. Lo que Carrouges olvida y que ella bien le reclama es que Marguerite misma está sacrificando tanto o más que él, pero además en nombre de la justo y correcto, no de la presunción y la soberbia, como hacen tanto Carrouges como Le Gris.
Marguerite habla de lo sucedido y reclama ser escuchada sabiendo que la gente desaprobará y señalará sus acciones, la volverá blanco de burlas, rumores, calumnias y críticas, porque asumen que miente o que ella es la culpable del abuso, por el simple hecho de que si sucedió, ella lo permitió. Si Marguerite defiende la verdad a pesar de la vergüenza, errores de juicio y habladurías, es porque exige ser tratada con dignidad, porque lo que dice importa, porque la verdad importa, lo suficiente para desafiar los cánones, prejuicios, al sistema y a las instituciones; todo está en contra de ella, ya sea que hablemos de su esposo, su Rey, la Corte y la iglesia, entendiendo que de perder Carrouges el duelo, ella pagará también con su vida pues será acusada por haber levantado falsas acusaciones, recordando que quien pierde el duelo no tiene el respaldo de la verdad, para entonces ya convertida en un espejismo, un pretexto. Todo termina por ser un circo, un espectáculo para las masas, un duelo que en realidad funge como medio de entretenimiento, una lucha a muerte que al final no tiene nada que ver ni con la denuncia ni con la falta cometida, un enfrentamiento en el que Marguerite no gana, sólo pierde, sin importar cuál de los dos hombres salga victorioso. Si lo hace Le Gris, ella será torturada y quemada viva al encontrársele culpable de adulterio y de calumniar a un caballero; por ende, de haber cometido un pecado; si lo hace Carrouges, entonces su esposo se lleva los aplausos y la gloria, dejándola en la misma posición de desventaja social y familiar, en la que nada cambia, vista y tratada como un objeto o propiedad del hombre a su lado, como era común catalogar y, así, denigrar a las mujeres en aquella época. “La violación no es un delito contra la mujer. Es un delito de propiedad contra su tutor masculino”, dice en algún momento un clérigo consultado para llevar la defensa de Le Gris, dejando ver que para las personas en ese contexto histórico, político y social, la mujer no importa ni vale nada; por consiguiente, cualquier acción en su contra es sólo una vía para barajear otros asuntos, como juegos de poder y de supervivencia, de traición o venganza.
El tercer recuento de los hechos, el de Marguerite, muestra que nada es lo que parece, que ni Carrouges ni Le Gris son perfectos como ellos se pintan, que en cambio, ambos son toscos, petulantes y soberbios, no sólo con ella, también con cualquiera a su alrededor, una situación normalizada y aceptada socialmente. Realidad que cientos de años después de cuando la historia tuvo lugar sigue siendo vigente, preocupante y recurrente: hombres con poder, egocéntricos, que se preocupan y ocupan con sus venganzas y autocomplacencias, que se ven a sí mismos como héroes, al menos de sus propias historias, escudándose en conceptos como honor, justicia o verdad, legalidad o divinidad, que arrebatan y someten porque creen que es su derecho, porque en su mundo alardear, presumir y pasar sobre otros es la base del éxito. Para cualquier persona que se mira por encima de los demás, peor que perder no es no ganar, es ni siquiera participar y pelear, es no ser protagonista, por eso su versión de los hechos siempre está por encima de todo, porque no la ven como una porción de la realidad, sino como un absoluto que no se puede desafiar y que, por lo mismo, quieren imponer siempre su punto de vista, sus creencias su ideología y su cultura; ese es el mayor peligro que enfrenta la sociedad actual.







Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.



El plan es aparentar una cosa y hacer otra, para no levantar sospechas, así que Marla y Fran se dedican a elegir personas que, apoyadas en la doctora que trabaja para ellas, sean catalogados como incapaces o débiles, usualmente pacientes (potencialmente mal etiquetados) con demencia o algún deterioro mental similar que obligue a la ley a intervenir. Entonces trasladan a esa persona a un asilo de acianos, en donde el encargado controla al paciente tanto como Marla lo solicita y luego estos personajes proceden a hacerse de todos los bienes del adulto mayor en cuestión, al tener legalmente control de su dinero y poder de decisión, lo que incluye documentos que firman bajo los excesivos medicamentos que se les suministran, a partir de la aseveración de Marla de que son a su favor. Marla se justifica diciendo que lo que hace es vender las propiedades de esas personas para pagar tanto sus honorarios como el ingreso y mensualidad del asilo, pero en realidad, como guardián legal absoluto, ella administra de tal forma que tiene posesión de la vida de las personas como si fueran objetos, suplantando su voluntad, manipulando sus decisiones, para vender sus propiedades y pertenencias y así obtener el mayor dinero posible durante el mayor tiempo posible, o sea, hasta que la persona fallezca. O lo que es lo mismo, convierte a un humano en una fuente de ingresos, explotándole bajo el respaldo de las autoridades que lo facilitan creyendo que el modelo de tutela o guardia legal beneficia en lugar de afectar a las personas. La trampa de Marla ni siquiera es una trampa propia, es una realidad de la que se aprovecha, el sistema de tutela que opera en Estados Unidos donde se desarrolla la historia, convirtiendo a personas con problemas de salud en seres sin derechos, sujetos a la voluntad ajena por decisión legal; una forma de esclavitud justificada y avalada por la ley. Marla interpreta la ley, compra conciencias y voluntad de profesionistas que aprovechan para obtener ingreso adicional y abusa de la debilidad física y aislamiento familiar de las personas a quienes convierte en sus presas.











Por ello mismo Elisabeth vive angustiada por su exterior, por su imagen, consciente de que el mundo en el que vive, en el que vivimos todos, demanda una imagen muy específica de ella y, por extensión, de las mujeres como ella, como si su valor dependiera exclusivamente de su atractivo y juventud. En su cumpleaños 50 Elisabeth es despedida, discriminada y excluida por su edad, en función de prejuicios al respecto, al margen de cómo se ve y la calidad de su trabajo. Según Harvey, su jefe, Elisabeth ha alcanzado una ‘fecha de caducidad’ a partir de la que ya no importa realmente cómo luzca, sino la percepción social comúnmente aceptada que el mundo se hace de ella, que desde ese momento la cataloga como no joven, por tanto no bella y, según ellos, sin algo que ofrecer al mundo. Tanto Elisabeth como todas las mujeres, especialmente en el ambiente del espectáculo y el de las figuras públicas (analiza la película), completamente reducidas a objetos, a cosas, para cumplir una función, la de complacer al público y a un mercado hambriento de novedades aplicadas en todo aspecto y relación social, para luego ser ‘desechadas’, desplazadas por versiones más jóvenes de su persona que ofrecen lo que ellas ya no representan: belleza y juventud. Angustiada por este desprecio propiciado por una obsesión mediática por cosificar a la mujer e imponer estándares de belleza excluyentes más que incluyentes (cuando la inclusión se guía más bien por una moda o la apariencia de equidad, en lugar de verdadera revolución social), Elisabeth entra en crisis sobre todo consigo misma, ya que ni siquiera ella se acepta tal cual es pues ha sacrificado todo (no tiene amigos ni familia cercana) por cumplir los caprichos de una industria que ahora fácilmente le da la espalda. Elisabeth no se mira en el espejo queriendo quererse, se mira buscando los defectos que otros puedan adjudicarle, así que vive insatisfecha con su propio ser, aterrada por ser desplazada, ansiosa por encontrar ‘la fuente de la juventud’, autodestructiva por la crueldad del mundo a su alrededor para con la mujer, el cuerpo de la mujer, la edad de la mujer, el físico de la mujer y el atractivo sexual de la mujer. Elisabeth ya no sólo se preocupa excesivamente por su apariencia, está convencida, porque lo escucha a través de Harvey, que el medio artístico como industria del espectáculo ha moldeado una imagen específica de las celebridades para que las personas aspiren a ella y hagan todo por alcanzarla, al tiempo que también crean o manufacturan figuras ‘exitosas’, tanto para explotarlas de una forma redituable, como para después, así mismo, sacar provecho al destruirlas. Esto significa que Elisabeth no es la primera ni será la última mujer que será desplazada por alguien más joven, más ‘bella’ y más ‘vendible’, con énfasis en que el verdadero problema es que quien decide y define la palabra ‘belleza’ es el mercado del entretenimiento, orientado a imponer modas y estereotipos que impulsen el consumismo y a favorecer determinada imagen estética. A raíz de ello, especialmente el anhelo por la atención, los reflectores y la validación, Elisabeth acepta la propuesta de un extraño para usar ‘la sustancia’, un compuesto químico capaz de convertirla en una versión “más joven, más hermosa y más perfecta” de sí misma, según dice la propia campaña publicitaria en forma de promesa de este suero del mercado negro; una droga, en esencia, que capitaliza, al volver a las personas dependientes de ella, a partir de las inseguridades personales y la fijación por mantener ese estándar de belleza y juventud impuesto por el medio.
La sustancia básicamente crea una versión más joven de Elisabeth que ‘nace’, se desprende o sale de su propio cuerpo. Las instrucciones del producto hacen hincapié en dos puntos clave: la necesidad de alternar cada semana entre la matriz (Elisabeth) y su versión más joven (que se autonombra Sue), pues mientras una vive la otra permanece inconsciente; y dos, tener clara la noción de que se trata de dos versiones de la misma persona, no dos entes diferentes. Aquí lo interesante no es sólo la desesperación por seguir siendo relevante y trascender, incluso la necesidad por encontrar un grado de reconocimiento como nutriente de autoconfianza, que motivan a Elisabeth a aceptar la propuesta de ‘la sustancia’, sino que, pese a lo dicho, finalmente Elisabeth y Sue sí son dos personas diferentes, dos consciencias distintas. Sue nace literalmente del cuerpo de su matriz original, eso es cierto, pero Elisabeth desconoce por completo lo que la otra hace durante la semana en la que está activa, o despierta, o consciente, y viceversa. La relación es simbiótica pero sólo hasta cierto sentido; sí, hay una integración o interacción biológica, pero en realidad no existe un beneficio mutuo como sí una dinámica parasitaria. Para sobrevivir Sue tiene que extraer líquido cefalorraquídeo de Elisabeth, denominado, para los fines de la ciencia ficción, como ‘líquido estabilizador’; sin embargo, esto significa que la versión más joven de Elisabeth sólo toma de ella pero no da u ofrece nada a cambio. Si Elisabeth no puede experimentar en carne propia los ‘beneficios’ de haber creado una versión más joven de sí, ¿cuál es entonces el beneficio final que ella recibe del trato? En cierto sentido la historia refleja con esto el engaño comercial detrás los productos adictivos que ofrecen falsas promesas a sus clientes, específicamente alrededor del mercado relacionado con la belleza y el cuidado físico. Mientras Elisabeth sacrifica su propio cuerpo persiguiendo una idea que ni siquiera disfruta, porque en realidad la otra vive su vida aparte, Sue en el fondo no hace más que gozar su propia existencia sin tener que dar nada de su parte. Desconociendo por completo la rutina y quehaceres de su versión complementaria, las perspectivas de vida de cada una difieren por completo y Sue comienza a deleitarse con las atenciones y oportunidades que le traen su edad, físico, juventud y belleza, hasta alimentar una vanidad que se vuelve tan ambiciosa como tóxica, reflejo en cierto sentido de las propias obsesiones de su matriz, de Elisabeth. Las puertas se le abren por el atractivo de su imagen exterior, retroalimentando así esa idea distorsionada de que su única valía proviene de su físico. En las audiciones para encontrar a la nueva conductora que reemplazará a Elisabeth, los encargados sólo miran el cuerpo de las aspirantes y descartan candidatas ante cualquier imperfección que no se alinee con el molde de mujer ‘perfecta’ que se ha impuesto a la sociedad: la siempre dispuesta, la que siempre sonríe y la que siempre es coqueta, como si eso fuera todo lo que pudiera ser o importara en una mujer. Eventualmente Sue no sólo desplaza muy literalmente a Elisabeth, tomando su lugar en la cadena televisiva, sino que la aceptación, los aplausos y las atenciones, todo aquello que la otra anhelaba, se convierten igual para Sue en un motor autodestructivo, detonante además de una codicia despiadada. Lo que esto desencadena en ella es el abuso de ‘la sustancia’, porque Sue no se conforma, no quiere vivir sólo 7 días para quedar inconsciente 7 más. Ella está hambrienta de elogios y no se da cuenta que su ascenso es reflejo de la banalidad de la sociedad para con los valores humanos, porque, así como Elisabeth, Sue está convencida que la fama, efímera o no, significa éxito y placeres, lo que a su vez significa realización personal, algo que ansía, empujándola a caer en el mismo ciclo de sexualización de la mujer que la llevó a estar donde está, toda vez que su programa de aeróbics está más orientado a mostrar en pantalla sus atributos físicos que a enseñar a su audiencia la mejor rutina de ejercicio. En cuanto Sue comienza a abusar de Elisabeth, negándose a cambiar de lugar con ella y extrayendo más ‘líquido estabilizador’ del permitido, la consecuencia directa la sufre la otra, que paga con lo más valioso para ella, su belleza, su cuerpo y sobre todo su juventud, ya que cuando Sue no cumple con los plazos, el resultado para Elisabeth es que su cuerpo se avejenta más rápido de lo normal. El mundo de Elisabeth comienza a tambalearse cuando todo lo que le importa parece desaparecer e, inevitablemente, comparándose con Sue, termina por sentirse poco importante, imposiblemente amada y dolosamente criticada. Todo lo que valora es absorbido por alguien más, que irónicamente es ella misma. Sin embargo, ¿lo es? Sue no responde leal y honorable porque ella es la creación, la copia, la criatura forjada a partir de las partes de un original, como si de la criatura de Frankenstein, o ‘el nuevo Prometeo’ se tratara, una historia de Mary Shelley que en efecto habla tanto de la intromisión en el orden natural del ciclo de la vida, la aniquilación de la vida misma, el rechazo a partir de las apariencias, la desdicha que destruye al humano y la soledad que sufren las personas que además de no saber relacionarse, son incapaces de valorarse o estimarse a sí mismas. Esa es Elisabeth, alguien tan desconectada de todo que construye su identidad no a partir de quién es o quiere ser, sino a partir del trato y percepción de los demás hacia ella. Su anhelo es encontrar de nuevo aceptación, pero mide este valor a partir de la banalidad de la sociedad en función a su fijación con la belleza física. Cuando Elisabeth tiene, por ejemplo, una cita, se maquilla, desmaquilla, peina, despeina y cambia de ropa tantas veces como puede, en parte buscando la imagen ideal con la que sentirse satisfecha con lo que mira en el espejo, pero la verdad es que le es imposible estar a gusto en su propia piel y termina por faltar a la cita, insatisfecha por completo con su persona.
Si en ‘El nuevo Prometeo’ la criatura se enfrenta a su creador cuestionando la razón por la que existe, en este caso Sue no enfrenta sino más bien se venga hasta apartar y tomar el lugar de Elisabeth, asumiendo su propia existencia como más valiosa y digna que la de la otra, su ´creadora´, hasta consumir, como en la novela literaria de Mary Shelley, la vida, aquí muy literalmente, de su benefactor, de su creador, de quien no se siente ni su semejante, ni se identifica con ella emocionalmente. Como se podría esperar, al igual que Elisabeth, Sue se ve devorada por su obsesión tanto por la belleza y la perfección como por la necesidad de ser aclamada y reconocida hasta un punto presuntuoso y engreído. Sólo entonces ambas parecen ser en efecto dos versiones de la misma persona, con las mismas inseguridades, la misma manipulable baja autoestima, la misma urgencia por saberse el objeto del deseo de la multitud, al habitar en un mundo donde la superficialidad, la futilidad en todo aspecto de la vida, es aceptada y promovida, volviendo a las personas desinteresadas, superfluas, desconectadas, persuasibles, carentes de opinión, de carácter, de capacidad de análisis y de juicio constructivo, de tal forma que lo único que les importa es la fachada, las apariencias, la opinión de los demás; la belleza es asumida como atractivo seductor, como símbolo sexual, donde lo importante es ser llamativo a toda costa, por encima de ser auténtico. La persona es tratada en el mundo del espectáculo como objeto y ellas, o ellos, se asumen como tales, conformándose con la fama estéril que, sin embargo, los hace sentirse realizados. Lo cual nos muestra la miseria de la cultura. Habiendo explotado al máximo a Elisabeth, quien trágicamente, tras resentir la explotación de otros, termina siendo presa de auto-explotación (viendo a Sue como una versión salida de sí misma), Sue recurre a reusar al máximo ‘la sustancia’ y asumirse como ‘la original’, ignorando las explícitas instrucciones que prohíben la reutilización del producto, dando como resultado una segunda criatura, ahora un monstruo que fusiona ambas versiones anteriores, la original (Elisabeth) y la copia (Sue). Este híbrido grotesco, llamado ‘Monstruo Elisasue’, es el epítome de todo lo que está mal con la sociedad; representa su obsesión con la belleza física externa hasta un extremo lamentablemente risible, refleja el odio que la gente siente hacia sí misma por no poder alcanzar estándares irreales de vida impuestos precisamente para que sigan anhelando en lugar de encontrando realización, donde la meta ya no sólo es la imagen perfecta, también es la vida perfecta, la pareja perfecta, el empleo perfecto, la comida perfecta, la velada perfecta, el viaje perfecto, etcétera. El monstruo también es una manifestación del sensacionalismo ya no sólo mediático sino como forma de vida; entre más grande, extravagante, caricaturesco y ridículo sea el espectáculo, más afición, miradas y audiencia atrae. Esto aplica a las noticias, las redes sociales y las dinámicas mismas incluso en la política. La belleza definida como cualidades que son percibidas placenteras, una obra de arte o un atardecer, ya no es la única forma de emocionar y atraer la atención, ahora parece que los mejores resultados se consiguen haciendo todo lo contrario, ofreciendo escándalo, controversia, sensacionalismo, contenido macabro, siniestro y aberrante.
Curiosamente la película elige este camino narrativo, la de una historia visualmente inquietante y repulsiva, como para recordarle al público que se trata de una sátira surrealista que combina ciencia ficción y terror; un relato con crítica social que pone el dedo en la llaga y es desagradable en pantalla a propósito, porque de eso se trata la sátira como género narrativo, presentar un discurso y análisis mordaz y punzante para hablar, en este caso, de la fama ligada a la popularidad efímera o transitoria, la enfermiza fijación con el físico y la juventud al que las personas son sometidas y arrinconadas, la ambición como medio a la autodestrucción, la presión social por cumplir estándares o roles específicos, la cosificación y discriminación como rutinas aceptadas y ampliamente reproducidas, la explotación que hay en la sociedad misma del prójimo y la trivialidad del ser como medio o medida de convivencia social. El verdadero terror es que lo que presenta la película no es un imaginario probable sino una realidad palpable, en donde la gente ansía la fama porque quiere atención, porque cree que sólo así puede sentirse bien consigo; en donde se ansía ser amados por las masas, porque se es incapaz de amarse uno mismo; donde el miedo constante a ser tratado como insignificante o invisible llegada cierta edad es verdadero, abrumador; y donde el problema no es sólo la constante crítica al físico de las personas, sino que parece que ya estamos condicionados a ser así de intolerantes y racistas respecto a la apariencia de los demás y, sobre todo, autoexigentes por alcanzar determinada imagen hasta un punto de autodestrucción. Así que tal vez, si la historia es visualmente desagradable y grotesca, es porque en relación con la temática que se aborda, la sociedad es exactamente igual.
Diana Miriam Alcántara Meléndez