17 enero, 2026

Reseñas

Tigre blanco

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

El emprendedor tiene la iniciativa de abrirse camino por sí solo; busca oportunidades y, con ingenio capacidad o habilidad, convierte planes o proyectos en resultados. No sólo tiene que arriesgarse, también tiene que resistir, pues si bien su meta es la cima, el recorrido está plagado de incertidumbre, obstáculos y sobre todo competidores. En un mundo en el que hay esencialmente dos clases sociales, opuestas y distantes, el emprendedor que inicia de la nada aspira a ascender hasta llegar a la élite privilegiada, no obstante, muchas veces se queda estancado en el punto intermedio, lo que para algunos es una historia de éxito y, para otros, de fracaso.

Si el emprendedor siempre busca oportunidades, en qué punto se convierte en oportunista, entendido como la persona que aprovecha, incluso explota al máximo las circunstancias a su favor, algo que bien puede definir a muchos de los emprendedores actuales. Este es el escenario en que se desenvuelve la película El tigre blanco (India-Estados Unidos, 2021), escrita y dirigida por Ramin Bahrani, basándose en la novela literaria de Aravind Adiga, y protagonizada por Adarsh Gourav, Rajkummar Rao y Priyanka Chopra. La historia se centra en Balram Halwai, un joven proveniente de una región pobre en la India, lo que se traduce en falta de oportunidades y derechos, incluso los básicos, como educación, atención médica o un hogar digno. Forzado a trabajar desde pequeño para ganar dinero, en parte porque hay que pagar impuestos al terrateniente del pueblo, Balram crece convencido de dos cosas: primero, que las personas de las clases desfavorecidas, como él, están acostumbradas, porque así se les ha enseñado, a vivir atrapadas en el sistema de castas. Se les ha adoctrinado a servir, según su analogía, como gallinas en un gallinero, aceptando su realidad y destino, sin intención de protestar o escapar, pese a saber el futuro de miseria que les espera; segundo, que, según promueven los políticos en nombre de la democracia y libertad, cualquier persona puede lograr lo que se proponga, a pesar de que todo parezca estar en su contra, de manera que incluso alguien nacido en una realidad de pobreza extrema, como Balram, podría convertirse en presidente de una nación.

Este mensaje es tan idealista como inspirador, los mismo que poco realista y demasiado desconectado de lo que en verdad sucede, pues si bien alienta la idea de que las posibilidades de progreso no deben ser excluyentes y que, con preparación y disciplina, cualquiera puede alcanzar sus metas, la cierto es que a veces las circunstancias y el contexto socioeconómico, sí son una fuerte limitante. Balram, por ejemplo, había demostrado de niño habilidades académicas que le ganaron una beca, pero, sin dinero para pagar las cuotas secundarias ligadas a su nueva escuela, más la muerte de su padre a causa de una falta de atención medica en la región, lo obligan a entrar al mercado laboral desde pequeño, truncando toda oportunidad de crecimiento, no sólo escolar, también intelectual, social y personal. Balram aprende a sobrevivir en estas circunstancias y, ya como adulto, está acostumbrado a abrirse camino por sí solo, no solidaria sino individualistamente, porque el mundo le ha enseñado que, si no se ayuda él, nadie lo hará, y que si quiere ayudar a otros, tiene que hacer sacrificios él mismo. Su recorrido se tiñe de ambición, engaño y maña, porque ha descifrado que para avanzar tiene que quitar cualquier obstáculo al frente, al grado que, llegando su vida adulta, para él ya no se trata de mejorar o de ser el mejor, sino de sobrevivir a toda costa. Convence a su abuela de que su iniciativa de convertirse en chofer beneficiará a todos en su familia, se muda a la ciudad de Deli y se las ingenia con convencimiento y buena administración de la información, escuchando conversaciones privadas, para convertirse en el segundo chofer del hijo menor de una familia adinerada, la del mismo terrateniente que rige sobre el pueblo de donde él proviene. En ese instante y con un primer sueño cumplido, cree que su vida es suficiente o que ha alcanzado lo más que podría lograr, habiendo huido de la realidad en que nació y del futuro ‘atrapado en el gallinero’ que le esperaba. Así que, cuando su abuela le sugiere casarse, alegando que ya tiene apalabrada una novia, más el antecedente de que su propio hermano ya vivió un matrimonio arreglado, Balram corta toda comunicación con su familia y deja de enviarles el dinero mensual que había prometido. Su perspectiva ahora es otra, al ser testigo de la vida privilegiada y llena de lujos de sus empleadores, Ashok y su esposa Pinky, ambos formados escolarmente en Estados Unidos, recién mudados de vuelta a la India.

El escenario no es idílico, la realidad es que Balram no ha escapado de la pirámide social ni de la posición en que se encuentra. Se le continúa tratando con desprecio por su origen de casta y por el trabajo que desempeña. Por la misma razón por la que se le niegan oportunidades significativas, también se le exige obediencia y lealtad como obligación; se le sigue marginando, a pesar de que sólo busca la aprobación de sus patrones. Entonces se da cuenta que no se trata solamente de oportunidades o falta de ellas, sino de cómo éstas van ligadas a su educación y cultura. No se trata sólo de la pobreza en que nació y creció, sino también de lo que esto significa en su formación y cultura; por ejemplo, no cuida de su persona, su higiene o vestimenta, porque nadie le enseñó a hacerlo, porque en el medio en que vivía esto no tenía importancia, todos eran igual que él, pues había otras prioridades: comer, pagar deudas, en corto, sobrevivir. En su nuevo presente inevitablemente se compara con las personas para las que trabaja y, entonces, entiende que sus vidas no podrían ser más diferentes. Ashok y Pinky ordenan, exigen y hacen lo que quieren, como quieren y cuando quieren. Barlam en cambio acata, sirve y tiene de paso que ser servicial, sin alzar la voz ni quejarse, incluso cuando lo denigran o humillan. En particular el hermano y el padre de Ashok acostumbran a tratar a sus empleados con desprecio y agresividad, con mano dura, para dejar bien clara la división entre unos y otros. Esta mentalidad permea en ellos en su rol de patrón y criado. Sólo Ashok y Pinky parecen desaprobar este trato inhumano, defendiendo a gente como Balram, miembros de la clase trabajadora pero también de las castas más pobres, bajo la idea de que, aunque se les paga por una labor, son personas al fin y al cabo, por ende, merecen respeto y, una vida y trato digno. No obstante, el matrimonio no es siempre realista, no pueden evitar moverse cotidianamente a su conveniencia, ni dejar de aferrarse a su posición de privilegio y poder. ¿Qué tanto su empatía y humanidad es genuina y qué tanto es sólo fachada? Dicho de otra manera, ¿qué tanto su actitud solidaria sólo sirve para sentirse bien consigo mismos? Porque al final se consideran mejores que las castas inferiores; son invariablemente propensos a aferrarse a su ventaja socioeconómica cuando es necesario. Esto se hace evidente cuando, tras una noche de fiesta, entre la adrenalina del juego y del alcohol, Pinky toma el volante y atropella a alguien. Entre los tres, Pinky, Ashok y Balram, deciden que es mejor huir y callar, para evitar cualquier tipo de represalias, desde la cárcel hasta el escándalo. A la pareja se le hace sencillo pensar que todo se resuelve gracias a su posición social y que el hecho no tendrá consecuencias. El padre de Ashok lo sabe, pero, a diferencias de ellos, él toma medidas más concretas y empuja, obligando a que Balram firme una confesión echándose la culpa del accidente en caso de que la policía investigue los hechos. Aunque esto no sucede, ellos se quedan con la confesión, como vía alternativa para chantajearlo y asegurar su silencio.

Tanto servir, agachar la cabeza, aguantar golpes, groserías y complacer a sus patrones, para nada. “El rico nace con oportunidades que puede desperdiciar, mientras el pobre…”, es lo que más adelante reflexiona Balram, dimensionando que para Pinky y Ashok, y por extensión para cualquiera en lo más alto de la pirámide social, los problemas se resuelven con dinero, contactos, ventaja y poder, mientras que para gente como Balram, los problemas no se van, al contrario, ellos son las personas que sus patrones sacrifican para obtener y lograr lo que quieren, sabiendo que en esta sociedad las castas más bajas no son nadie, ni siquiera ante la ley. El atropellamiento, por ejemplo, nunca es investigado porque la víctima es una persona pobre, por quien nadie reclama, ni exige justicia, no llora ni pregunta. Hasta ese momento Balram se sentía satisfecho y feliz con satisfacer a sus amos. Pinky había sido la única que se había detenido a cuestionar esta actitud, no sólo porque vivir para servir ciegamente a otros es incorrecto, sino porque el actuar sumiso y servicial del chofer es, en cierta forma, un arma de doble filo: si la identidad de Balram depende de aquellos para quienes trabaja, sus empleadores se convierten en su centro focal, en su obsesión; no es una lealtad devota sino más bien una vía para sobrevivir y, de ser posible, escalar. El problema aquí es que tanto los de arriba como los de abajo refuerzan esta dinámica de dependencia que hay de unos hacia otros, obligando a que persista, porque las condiciones para que se reproduzca se imponen a través de relaciones de poder, corrupción, intereses monetarios y explotación. Balram, por ejemplo, descubre que, así como Ashok, a quienes se encuentran en las esferas más altas no les importan sus empleados ni lo que hagan, qué vidas lleven o cuáles sean sus necesidades y condiciones de existencia; no pueden ver más allá de su burbuja ni pueden entender la realidad de millones de personas en situaciones menos favorecidas. Están habituados a sacar algo a favor y desechan aquello que no se traduzca en ganancia o rendimiento. Ashok y su padre lo hacen pagando sobornos al gobierno para que su empresa de carbón continúe prosperando sin trabas, pero, además, escondiendo toda actividad ilegal que puedan estar ejerciendo; el político en cuestión recibe a cambio el financiamiento y respaldo social necesarios para mantener firme su posición en el poder. Es decir, ambos se salvaguardan entre sí, descuidando o negando cualquier tipo de apoyo o protección hacia el resto de la población. Si la confesión que le obligaron a firmar a Balram ya le había enseñado que no es imprescindible, que se le tiene ahí mientras se le necesite y que se le dará la espalda cuando ya no, esto se confirma luego de que Pinky abandona a su esposo. Balram se desvive por complacer y cuidar de Ashok, adjudicándolo como su deber, como empleado leal. “Qué es un sirviente sin un amo”, se repite a sí mismo, asumiéndose por inercia y costumbre como inferior, incapaz, sin autonomía ni libertad; sólo para ser tratado de nuevo como alguien desechable, al descubrir que están buscando ya su reemplazo.

“La integridad de los sirvientes es tan sólida que pueden ponerles en la mano la llave de su emancipación y ellos la arrojarán de vuelta con maldiciones”, reflexiona Balram en algún momento, analizando cómo las personas como él, los empleados que son tratados con indiferencia y menosprecio, la clase trabajadora y la población más pobre que está aleccionada a servir y callar, vive entre las sombras, porque el sistema no crea las condiciones para que su situación cambie o mejore.

Balram había hecho todo por llegar hasta la posición en la que está, acató órdenes sin cuestionar o reprochar, se deshizo de la competencia, astuta pero deslealmente, para favorecerse a sí mismo, aceptó labores que no le correspondían porque, aunque era chofer, también tenía que limpiar si se le pedía; ahora, a pesar de haberlo dado todo está a punto de quedarse sin nada. Cansado y harto de esta realidad, sintiéndose traicionado, como última salida se inclina por lo único que sabe seguro: para sobrevivir tiene que sacar beneficio de las fallas del sistema y aprovecharse de los otros. Su razonamiento es que, aunque la sublevación parecería imposible entre las castas más pobres, porque se les ha enseñado a servir sin pedir nada a cambio, el trato que reciben les da el derecho a rebelarse, ante unos ricos mezquinos, cuyas humillaciones y explotación constante, facilitada por un sistema corrupto, injusto y selectivo, derivan, no en una revolución sino en el odio y la sed de venganza. Por consiguiente, Balram ya no quiere ser empleado, quiere ser empleador. No quiere ser pobre, quiere ser rico; ya no está interesado en acatar órdenes, quiere darlas. Si para llegar alto tiene que aprovechar oportunidades, en este mundo capitalista debe creárselas y lo consigue haciendo lo que sabe que tantas personas hacen: robando a sus patrones y beneficiándose de las necesidades de aquellos menos favorecidos que él, por ejemplo, vendiendo el combustible del auto de Ashok, usándolo para trabajar como taxista privado y alegando reparaciones automovilísticas falsas para quedarse con el dinero que se le da para atenderlas.

“El emprendedor crea la oportunidad”, insiste Balram, lo que pasa es que tiene que hacerlo a través de deshonestidad, engaños y oportunismo. “Nuestra nación carece de agua potable, electricidad, sistema de drenaje, transporte público, sentido de higiene, disciplina, cortesía o puntualidad, pero tiene emprendedores”, explica, notando cómo, en una realidad de inequidad, escasez y miseria, lo que la sociedad ha aprendido a valorar y promover es la explotación humana, la supervivencia a partir del uso y abuso de otros, creyendo en la falsa idea de que ser emprendedor conduce al éxito. Alimentada porque más de uno ha llegado hasta donde está sin lealtades, pasando sobre otros, siendo egoísta, engañando y manipulando. Sin embargo, la respuesta debería ser un cambio radical del sistema, para que derechos y oportunidades se otorguen a todos por igual, sin condiciones ni exclusiones.

La película describe esto llevándolo al extremo, en un acto de radicalización (el humor negro en la cinta es la clave para su crítica social), pues para lograr su meta Balram roba, engaña, miente y también mata. Luego justifica sus acciones creyendo que la desigualdad, la injusticia y la marcada división de clases sociales lo obligaron, actuando sin escrúpulos, porque la consciencia y la ética son un obstáculo. Esa es la realidad en la sociedad posmoderna, una en la que el sistema crea y forma a personas como Balram, cuyas opciones son aceptar ser marginados o aceptar formar parte de una estructura que alienta la competencia despiadada, con el despojo y explotación de los más débiles. “Llevas años buscando la llave, pero la puerta siempre estuvo abierta”, señala una reflexión dentro de la película, retomando la idea que menciona Balram de que al sirviente se le puede dar la llave de su libertad y aun así no la usará. Personas como él podrán pensar que decir que la puerta siempre estuvo abierta se refiere a que libertad significa poder hacer lo que quieran, pero en realidad la frase habla más bien del condicionamiento como forma efectiva de control, que eventualmente evoluciona a la prisión autoimpuesta y la autoexplotación, que es exactamente lo que hace el emprendedor. «Hoy la gente se explota a sí misma voluntariamente, creyendo que así se realiza», reflexiona al respecto el filósofo surcoreano Byung-Chul Han.

The White Tiger, 2021, Dir: Ramin Bahrani

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

La última gran actuación

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

“Las cosas no cambian; cambiamos nosotros”, señala una frase del escritor, poeta y filósofo Henry David Thoreau (1817-1862). Sus palabras hablan de un mundo en movimiento, de la importancia y necesidad de adaptarse, evolucionar e incluso de que progreso y crecimiento no se miden en función de los demás, sino de uno mismo, de tal forma que si las cosas no cambian como esperamos es porque no nos esforzamos lo suficiente, ni en la línea correcta, o bien, porque no comprendemos las circunstancias cambiantes a nuestro alrededor.

Estas son algunas de las ideas que plantea la película La última gran actuación, o The Last Showgirl (EUA, 2024), dirigida por Gia Coppola, escrita por Kate Gersten y protagonizada por Pamela Anderson, Jamie Lee Curtis, Billie Lourd, Dave Bautista, Kiernan Shipka, Brenda Song y Jason Schwartzman. La historia sigue a Shelly, una mujer de 57 años que lleva los últimos 38 trabajando como bailarina en un espectáculo llamado ‘Le Razzle Dazzle’ en un casino de Las Vegas. Su vida entera gira en torno a esto, a ser tiempo completo una ‘showgirl’, que es como se les denomina a las bailarinas de un show teatral donde el énfasis recae en mostrar los atributos físicos de las intérpretes, a menudo vestidas con poca ropa o atuendos que explícitamente acentúen su desnudez. Debido a que Shelly lo ha dado todo por Le Razzle Dazzle por más de la mitad de su vida, dejó atrás toda oportunidad de crecimiento, sea personal, profesional, social y hasta familiar, todo con tal de ser parte de un espectáculo que la hace sentir bien consigo misma y aparentemente feliz. Todo cambia cuando se ve obligada a replantear sus decisiones, esas que moldearon su pasado y todavía dan forma a su futuro, una vez que se le informa que el casino cancelará definitivamente el show en el que participa, para ser sustituido por un circo burlesque que ha demostrado tener mayor éxito, apoderándose del escenario, hasta ahora alternando ambos espectáculos. El desplazamiento, simbólico y literal, lanza a Shelly a una crisis, ya que el hecho de ser sustituida por una presencia más novedosa y moderna la hace sentir fracasada. Lo que no quiere ver es que si las cosas no cambian el individuo se estanca. Shelly insiste que el show es un clásico, como si eso significara tener un valor histórico único insubstituible; sin embargo, aunque sea cierto en parte, otros asumen el calificativo como sinónimo de anticuado, antiguo u obsoleto; por tanto, para mantenerse relevante, necesita ser renovado y actualizado.

El espectador quiere nuevas ideas, nuevas propuestas, también intérpretes más jóvenes y conceptos más osados, que se adecúen a la forma de pensar actual, no a la de hace 30 años o más. Proceso de reajuste y reinvención que es normal y necesario, que sucede en todo aspecto de la vida: en las personas, las ideas, los empleos, la cultura, las leyes, la tecnología, los procesos y mecanismos de producción, en la sociedad misma. “Renovarse o morir”, dice una frase popular que señala que los pilares de supervivencia, evolución y progreso son la adaptación y la reinvención. Para Shelly este reajuste significa un reto, pero uno que se niega a enfrentar porque no está segura de ser capaz de superarlo. Desde su perspectiva, al dar por concluida una puesta en escena como Le Razzle Dazzle, es como darla por terminada también a ella; así que calificar el espectáculo como ‘viejo’, es como si a ella también se le viera así, alguien del pasado, a quien es momento de olvidar y reemplazar. La triste realidad no sólo recae en la imposibilidad de Shelly de aceptarse y abrazar el punto de vida en el que se encuentra, es también reconocer que en el mundo artístico en el que se desenvuelve las cosas son de esta manera, medios en los que la obsesión con la juventud y la belleza es tan grande que se vuelve insana, en que se castiga y repele el envejecimiento, como si no fuera algo natural, bello y humano, sino maligno, trágico y reprobable. Shelly es, en este contexto, una veterana, que puede ser celebrada por su experiencia y conocimiento, pero también rechazada por las mismas razones. Lo preocupante es que es así para todas las personas, sujetas a una sociedad que determina función y funcionalidad, productividad y progreso a partir de un número: la edad, y que por ende trata, rechaza, discrimina, excluye o incluye, a partir de variables banales, sin tomar en cuenta qué puede hacer o qué tanto conoce y es capaz una persona, para, en cambio, juzgarla a partir de cómo luce y se ve físicamente, para explotarla por su belleza y juventud, ignorando experiencia y saberes.

Productividad, ganancia, explotación. Los dueños de los casinos en Las Vegas, así como los dueños de empresas, espectáculos de entretenimiento y productos vendibles de cualquier tipo, quieren éxitos, atractivo y fascinación, porque finalmente se mueven en función de la fama, el renombre y el dinero. Si los espectáculos que ofrecen se estancan, si ya no destacan o si son percibidos como algo del pasado, el público deja de interesarse en ellos y la ganancia disminuye. Es cuando es momento de desechar e intentar algo nuevo. En forma de analogía, para Shelly es lo mismo; si es ella quien se estanca al no poder adaptarse a los cambios, tampoco puede avanzar e inevitablemente es olvidada. Le sucede a su mejor amiga, Annette, antes una bailarina aclamada, ahora una servidora de cocteles, atrapada en una rutina sin futuro, sin espacio para ser algo más, ganar más dinero o mejorar en cualquier sentido, constantemente relegada en favor de jovencitas más capaces y dispuestas. Lo curioso es que, ¿no es ésta la historia de la humanidad? Adaptación y cambio, sí, pero también un ciclo de vida que implica primero transformación, después reemplazo y eventualmente olvido. También una incorrecta falta de valoración del pasado, la historia, la experiencia y la vejez. El verdadero problema para Shelly es negarse a cambiar. Lleva 30 años haciendo lo mismo, por lo que, cuando se modifican circunstancias y la dinámica a su alrededor, entra en conflicto y no sabe qué hacer. ¿Qué tiene que ofrecerle al mundo después de estar tantos años en el mismo lugar, bajo la misma esfera cíclica y sin intención, ambición, interés o necesidad de ser diferente? Tal vez una pregunta más importante es por qué Shelly no quiere cambiar; a qué le teme o qué tan insegura está de sí misma como para preferir ser siempre la misma en lugar de arriesgarse por algo más.

Sus amigas y compañeras de elenco, Jodie y Mary-Anne, ambas mucho más jóvenes que ella, la miran como la experimentada, aunque como una variable fija y estática, de la que hay mucho que aprender pero que es incapaz de hacer algo más para sí misma; de manera que tener experiencia puede ser visto como sabiduría y crecimiento, pero también como un camino terminado, cerrado, que ya no puede aportar nada nuevo. Es lo que pasa con Shelly, se deja llevar por la inercia, no se renueva ni busca oportunidades porque se siente cómoda donde está, porque sabe que esas cuatro paredes en las que vive se han convertido en su burbuja de bienestar, en donde no hay más esfuerzo porque no lo requiere, aunque al mismo tiempo eso significa que tampoco hay más crecimiento personal, ni social, ni laboral ni de ningún tipo. Hasta ahora su limitada realidad había funcionado, cubriendo necesidades básicas, aunque sacrificando aquello que demandaba cambio, uno en especial que decidió no asumir, o que asumió delegando responsabilidades: su hija Hannah, a quien negligentemente atendió, hasta que la llevó a vivir con otros familiares, asegurando que era lo mejor para ambas, pero más bien anteponiendo sus intereses personales a su rol como madre y lo que formar una familia significaba, incluyendo sacrificios, restructuración de prioridades y compromiso.

Al reencontrarse ahora con Hannah y sabiendo que el empleo que antepuso sobre su hija está a punto de darle una conclusión forzada a esta etapa de su vida, Shelly no tiene otra que enfrentar esas decisiones pasadas, marcadamente en su relación con Hannah, quien ve a su madre como una extraña, distante, porque su relación nunca ha sido estrecha, ni constante, ni significativa. Hannah está a punto de graduarse, en busca de definir su propio camino, presionada por inclinarse por una profesión que pueda potencialmente asegurarle un futuro laboral estable. El problema es que nadie puede realmente garantizarle esto, porque variables como preparación, oportunidades, desempeño y contexto entran en juego; pero además, el detalle está en que Hannah misma no está interesada en lo que le sugieren ‘debe’ estudiar, prefiriendo en su lugar un área más artística como la fotografía, que sí le apasiona pero que es, quizá erróneamente, calificada como ‘fácil’, poco importante y poco redituable. Hacer lo que quiere frente a lo que debe se vuelven dos opuestos que aparentemente no tienen conciliación, pues se perciben antagónicos no como complementarios. Ambas perspectivas no obstante tienen su grado de verdad; por un lado, sopesar posibilidades con viabilidad, que es lo que se le sugiere a Hannah, es encontrar algo que le interese pero que también tenga un campo laboral abierto al crecimiento, en especial el económico. Por otra parte, el argumento de Shelly también es muy válido: “Cuando tu vocación está ahí, esperándote, el dinero no mejora un trabajo aburrido”, dice, hablando de que encontrar aquello que nos apasiona es parte importante para encontrar plenitud y satisfacción, porque de lo contrario no hay realización personal. Sin más experiencia que su propia historia como bailarina, considerándose a sí misma ejemplo de éxito dentro de un contexto que califica como creativo y artístico, comparando con lo que le interesa a Hannah, la fotografía, Shelly invita a su hija a ver por primera vez el espectáculo del casino, guiándose por la idea de que, como ella, hacer algo que le gusta y la hace sentir bien es lo más importa en la vida. “Hacer un trabajo que no amas, eso es lo difícil”, insiste Shelly. Lo que Hannah eventualmente entiende es que a pesar de sus buenas intenciones, Shelly nunca ha sido realista, tampoco objetiva. Soñar no está mal, pero aterrizar los sueños también es importante. Lo dimensiona mejor luego de aceptar la invitación de su madre para ver el espectáculo Le Razzle Dazzle. Al percibir que la coreografía es sólo un pretexto y el espectáculo una excusa para su madre por verse día a día bajo los reflectores, Hannah inevitablemente le reclama a Shelly las decisiones que tomó en el pasado y cuyo efecto todavía arrastra en el presente, preguntándose y preguntándole por qué habría elegido una vida así, exponiendo su cuerpo ante los ojos de gente que no conoce, a cambio de admiración momentánea, en lugar de elegirla a ella y la posibilidad de una vida en familia, con una relación madre e hija verdaderamente afectiva. Evidentemente, Hannah y Shelly no ven las cosas desde la misma perspectiva. La primera resiente a la mujer que considera la abandonó en favor de aplausos que no son más que instantes banales que glorifican el físico de la mujer, dentro de las paredes de la superficialidad, la cosificación y la fama efímera, nunca celebrando el arte, la danza o a la mujer misma, sino convirtiéndola en un fetiche morboso, casi denigrante. Para Shelly es lo contrario, Le Razzle Dazzle es un camino hacia el aprecio y el reconocimiento que, no obstante, concibe con base en, precisamente, lo que Hannah señala, es decir, recibir atención a cualquier precio, vendiendo su cuerpo y, de alguna forma, vendiéndose ella. “Me encanta el show, lo amo. Ahí me siento bien conmigo misma […] Los trajes, los escenarios, estar bajo las luces noche tras noche. Sentirme bien, sentirme hermosa. Eso es poderoso. Y no me imagino  mi vida sin ello”, explica Shelly y su opinión es válida; su error, si lo hay, es convertir eso en la única medida para su autovaloración. No está ‘mal’ que busque atención, no está ‘mal’ que se sienta bella y apreciada cuando alguien la ve, literal y simbólicamente hablando, ni siquiera está ‘mal’ que se dedique a lo que se dedica, que baile como baila y que lo haga con la cantidad de ropa y tipo de vestuario que elija, mientras esto la haga feliz; lo equivocado consiste en que se valore siempre en función de otros, a partir de aspectos superficiales, insulsos, no con factores que expresen su esencia como ser humano. Shelly siente un vacío y lo llena a partir de lo que cree es la aprobación de otros. En el fondo no se traza metas porque no tiene aspiraciones ni sabe lo que quiere, no tiene parámetros de auto-realización, felicidad o plenitud porque se ha conformado con vivir del aplauso que considera validación, cuando en realidad no es más que una reacción social dirigida al espectáculo o a la puesta en escena, no a ella. Shelly no tiene los pies en la tierra, más bien sueña despierta, sin descifrar que el mundo a su alrededor y la gente en él cambian constantemente; ella tendría que hacer lo mismo pero no lo sabe. Su felicidad está ligada a la nostalgia y es incapaz de existir fuera de esa realidad; incapaz sobre todo de darse cuenta que ella misma ya no es lo que era y, por lo tanto, no puede seguir pretendiendo que es así. Tampoco acepta que es reemplazable, que si una bailarina deja el espectáculo o si una joven deja la ciudad, alguien más llegará a tomar su lugar, alguien más joven, talentosa, entusiasta y motivada; una realidad cruel pero constante. Mary-Anne se queja de que una vez que tiene que salir a buscar otro empleo, los productores le dicen que ya es demasiado ‘grande’, aunque apenas tenga 30 años de edad. Esa es la lamentable realidad del mundo del espectáculo, nuevo y novedoso, lo que significa que o se adapta uno al cambio o se es reemplazado. Lo que no se añade es que, eventualmente, todo y todos seremos desplazados. “Soy mayor que tú. No vieja”, se queja Shelly al hablar con Jodie, aunque el relevo generacional sea inevitable y probablemente marcado por la discriminación. Shelly no es vieja, sólo es mayor que las demás; desgraciadamente este es un mundo donde las oportunidades suelen estar ligadas a la juventud y la belleza, juzgando, particularmente a las mujeres, a partir de esos parámetros.

¿Qué pasa cuando juventud y belleza se acaban? El resultado son personas e historias como la de Shelly, existiendo de percepciones, espejismos, autoengaño, mentiras, autoexplotación y el sacrificio en todo sentido, convenciéndose de que es lo necesario, lo correcto, lo normal para ser feliz o para triunfar. Para las otras bailarinas Le Razzle Dazzle es un trabajo, para Shelly es su identidad. Cuando la cortina se cierra y el show acaba, no puede sino preguntarse si valió la pena y, más que nada, preguntarse quién es ella más allá de ese molde autoimpuesto. Shelly se quiebra cuando enfrenta la realidad, la burbuja se rompe y le hacen ver que su vida fue producto de las vicisitudes, pues su belleza y juventud era lo que la gente quería ver y aplaudir hace 30 años. Reclama saberse y sentirse todavía bella, pero el mundo a su alrededor, que se guía bajo parámetros banales de apreciación, ya no lo ve así. En retrospectiva, Shelly sacrificó todo por perseguir sus sueños, convencida de que eso era más importante que cualquier otra cosa, y lo era, simplemente no supo cómo balancear esto con los otros aspectos de su vida, roles como el de madre, novia, esposa, pareja, amiga, mentora y bailarina. Al final parece que Shelly sacrificó todo por nada y eso es lo que le queda. Este es un temor que experimenta cualquier persona, sobre todo mujeres: con el tiempo y a pesar de los sacrificios, terminar sintiéndose irrelevante.

The Last Showgirl, 2024, Dir: Gia Coppola

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Noticias del gran mundo

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

El sentido de pertenencia se refiere a la relación de una persona con aquellos a su alrededor y, por ende, con la cultura, las normas y la organización social. Habla de una empatía con el otro, grupo o individuo, al grado de identificarse con quien es y con lo que cree, sea, por ejemplo valores, costumbres, actitud, pensamiento u otros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estas relaciones humanas tienen eco en la formación de la identidad, personal y del colectivo, sin importar que se trate de una familia, lugar de trabajo o un país. Por consiguiente, si un individuo no se siente integrado a su entorno ni se identifica con nada ni con nadie, porque rechaza las reglas establecidas o la ideología prevaleciente, o porque siente y piensa que éstas provocan la exclusión de su persona, el resultado es alguien aislado, solitario y errante, en el sentido de que es distante porque no hay compromiso ni sentimiento de solidaridad, lo que en consecuencia afecta su formación, socialización y desarrollo. Noticias del gran mundo (EUA, 2020) es una película que habla sobre la importancia del sentido de pertenencia y su impacto en la independencia personal, el crecimiento humano y la identidad social, reflexionando específicamente en cómo esto se desenvuelve cuando se vive en un mundo socialmente inestable, en el que valores como igualdad, equidad, humanidad o fraternidad se difuminan ante la presión de intereses políticos, económicos, territoriales o de poder. Basada en el libro homónimo de Paulette Jiles, la película está dirigida por Paul Greengrass, quien coescribe con Luke Davies. Estelarizada por Tom Hanks y Helena Zengel, la cinta estuvo nominada a cuatro premios Oscar: mejor cinematografía, sonido, banda sonora original y diseño de producción.

La historia se ambienta en Texas, Estados Unidos, en 1870, cinco años después de terminar la Guerra de Secesión, un conflicto provocado por opiniones opuestas con respecto a la esclavitud, a la que los Estados Confederados, los estados del sur, en su mayoría la justificaban y exigían como derecho de propiedad, contrariando las políticas que apoyaban los estados nacionalistas del norte, los Estados de la Unión, los cuales reivindicaban que un país construido por el principio de libertad no podía estar formado por un amplio número de esclavos. Al final la esclavitud fue formalmente abolida en ese país. Tras la guerra, lo más importante no fue quién ganó o perdió, sino las consecuencias que este conflicto armado dejó en las personas, por las secuelas de muerte, desamparo y destrucción de familias; personas en busca de su propia supervivencia, pero ante una realidad plagada de desconfianza y hostilidad -que en cierta medida todavía permanece- y la falta de oportunidades para trabajar, reconstruir su ambiente y cerrar heridas físicas y emocionales; secuelas que arrastrarían por décadas y que incluso son aun palpables en el presente, marcando durante años las características del crecimiento económico, político y social de los Estados Unidos de Norteamérica. El protagonista, Jefferson Kidd, es un capitán veterano del Ejército Confederado que ahora se gana la vida viajando de pueblo en pueblo para leer noticias en público, o más bien, relatando a los escuchas, que pagan por el servicio, sobre los eventos que suceden alrededor del mundo; un acto tanto informativo, por los hechos que da a conocer, como de entretenimiento, por su forma de presentarlos, ameno y evocativo, así como también un acto significativo social y culturalmente hablando, pues muchos se acercan a él porque ellos mismos no saben leer, pero confían en su palabra ‘noticiosa y comunicativa’. Estando en Texas, Kidd descubre que un soldado afroamericano del Ejército de la Unión ha sido asesinado, por motivos racistas, y la niña a la que escoltaba, Johanna Leonberger, se encuentra abandonada a su suerte. Alemana de nacimiento, pero secuestrada y luego educada por la tribu Kiowa, Johanna era trasladada a Castroville para vivir con sus tíos, pues los nativo-americanos que la cuidaban fueron exterminados y el resto de la tribu ha emprendido un viaje para alejarse del ‘hombre blanco’. Kidd lleva a Johanna al puesto militar más cercano, con la esperanza de que resuelvan su situación, pero ahí le avisan que la persona a cargo de la Oficina de Asuntos Indígenas tardará meses en regresar, así que Johanna pasará todo ese tiempo sola y sin atención, a menos que Kidd pueda tomar la responsabilidad de llevarla él mismo a su destino. La responsabilidad ética pesa sobre Kidd, especialmente cuando la institución gubernamental que debería cargar con este compromiso no duda en darles la espalda, dejando a Kidd con dos opciones concretas y contrastantes: ayudar a la niña brindando protección o mantener indiferencia como el resto de las personas -más preocupadas por sus intereses personales que por un compromiso moral-y  abandonar a la niña. Johanna es un claro ejemplo de las consecuencias de un territorio en guerra, dividido en ideología, política e inmerso en desorganización social; una víctima de la guerra por la muerte tanto de sus padres biológicos como adoptivos, desprotegida y necesitada de ayuda no sólo por su edad, sino por ser testigo de la crueldad y la lucha de poder que impera en el medio y que plaga la vida cotidiana de muerte, miseria y crueldad. Sin un hogar fijo y sin alguien que la eduque y guíe, Johanna es una huérfana en todo sentido; no tiene familia -padres, hermanos, tías- pero tampoco tiene una identidad propia o un apego afectivo, ni respeto, a nada ni nadie. No habla inglés y su lengua nativa, el alemán, es limitado, pues básicamente sólo recuerda lo último que vivió, su tiempo con los Kiowa, de forma que su existencia carece de identidad y raíces, lo que la hace desconfiada y solitaria, precisamente porque está tan acostumbrada a ver un trato hostil, que lo asume como la norma. Si no es estadounidense porque ese no es su lugar de origen, pero tampoco se siente alemana en el sentido de que apenas y recuerda esa vida al lado de sus padres; si tampoco es realmente Kiowa porque nunca fue propiamente parte de aquella tribu nativa del territorio norteamericano, ¿quién es Johanna, a quién y adónde pertenece y a qué lugar puede concretamente llamarle hogar?

La niña no ha pasado el suficiente tiempo con nadie como para recibir la educación y el cuidado que le forjen un carácter y la hagan sentir protegida, apreciada o querida, lo que explica su confusión y actitud reacia. ¿No es lógico que así reaccione la gente que va de un lugar a otro, sin dónde establecerse, sin construir relaciones sociales con otros a través del contacto y constante retroalimentación humana? ¿No es esto lo que sufren los huérfanos que van de un lugar a otro, buscando un espacio a dónde pertenecer? Si aquellos que la acogen, o se hacen temporalmente cargo de ella, apenas pasan el mínimo de tiempo a su lado; si la gente que la cuida o la incluye en su grupo en cualquier momento se aleja o la abandona, ¿no haría Johanna lo mismo a la primera oportunidad, intentar huir? ¿Con quién se identifica entonces la niña?; ¿a quién aprecia y a quién sigue como modelo, si la soledad y el abandono han sido lo único constante en su vida? Su actitud reacia a entablar una relación cordial es su instinto natural, forjado a raíz de sus experiencias, que le dicen que como autoprotección es mejor desconfiar y alejarse de alguien que potencialmente hará lo mismo con ella. Las consecuencias impactan en su desarrollo, lenguaje y entendimiento del mundo, su crecimiento emocional y hasta su aprendizaje. Sin un sentido de pertenencia tampoco hay un sentido de estabilidad y, por ende, no puede haber superación. ¿Qué podría importarle al mundo alguien como Johanna, una niña sola sin nadie que la reclame o abogue por ella? Para Jefferson, ella es importante precisamente por quien es, una menor de edad que necesita ayuda, guía, cuidados y oportunidades; alguien que debe, por compromiso moral, ser resguardado por el grupo social en el poder, que debería, idealmente, velar por los más necesitados.

La convivencia con Jefferson, una persona culta y amable, le permite a la niña, poco a poco, aclimatarse. En su interacción, Johanna no sólo aprende del mundo, conoce también palabras, costumbres, reglas y normas de conducta; descubre también el trato afectivo y humano que mucho necesita dada su edad. Johanna es, como muchos otros, víctima de las circunstancias, a quien el gobierno y hasta las mismas personas parecen haber olvidado, porque es más fácil ignorar esta realidad que resolverla. El contexto sociocultural pesa, y en este caso más, ya que el conflicto que toma lugar dentro de un país aún en construcción puede empujar a las personas a una enemistad inclinada a la violencia, y en este caso histórico, específicamente hablando, donde el racismo todavía impera, pero también el desprecio al extranjero, al diferente y al que lucha por lo que en teoría le corresponde por derecho, derechos que la sociedad –el gobierno- no resuelve, provocando con la omisión más enfrentamientos entre grupos. En Texas particularmente, como muestra la película, los ciudadanos se negaban a las políticas contra el esclavismo; los independentistas, que perdieron la guerra, aún no se integraban totalmente con el resto del país, recientemente unificado; incluso, en los estados del sur, existían subgrupos que se regían (y no es algo que haya dejado de existir) bajo sus propias reglas, sin intención de responder a una ley que no sea la suya. Para Jefferson, alguien que se mueve constantemente de un lugar a otro, esta realidad de discriminación y sectas, se traduce en un peligro latente. Sobrevive manteniendo la distancia, sin involucrarse para no desafiar el orden, o la falta de él, para tampoco perturbar su propia rutina en la que es leal con quien le es leal, y no interfiere con lo que no le incumbe. A su manera sobrevive también gracias a su profesión, pues las noticias que lee le permiten conocer a las personas, así como reconocer y distinguir el nivel de tensión o descontento dentro de un grupo o una población. No es particularmente sociable, al contrario, se aísla por la necedad de no entablar relaciones personales, pero eso no significa que no sea empático y solidario, sólo cauteloso, observador y precavido. Su andar en movimiento constante le permite moverse fácilmente, pero ello también refleja la realidad de vida solitaria que marca su presente, sin amigos ni familia, sin un ancla personal y, por ende, emocional; desolado de alguna forma por la guerra, por la miseria que dejó a su paso, que inevitablemente sumergen a cualquiera en depresión y frustración. En esencia se dedica a mucho más que simplemente hablar en voz alta de los sucesos que encuentra impresos en periódicos; es más bien un cuentista, que convierte los hechos en historias, hasta conmover a su audiencia gracias a la creatividad y habilidad que tiene para construir con sus palabras relatos envolventes y evocativos. Esto es quizá lo que logra que Johanna vea en él una persona confiable y con honor, respetuosa y atenta, pero sobre todo, alguien de quien aprender y con quien, ella misma, evolucionar. En perspectiva, la realidad para Johanna y para Jefferson no es tan distinta; han sido testigos de lo peor de la humanidad: muerte, abandono y decadencia, así que están, quizá sin saberlo, en busca de algo, o de alguien que los haga conectar con el mundo, con la gente, con un nuevo sentido para su propia vida.

Lo dicho contrasta con un contexto plagado de incertidumbre y antagonismo. Muchos de los rincones del Estados Unidos de esa época aún se encuentran inexplorados, la insatisfacción con las normas que implican formarse como país unificado es palpable, los pequeños rincones alejados de las grandes ciudades aprovechan ese aislamiento para propagar información falsa que beneficie a quienes inventan sus propias historias de heroísmo, y en general, las personas son tratadas por el nivel de productividad de su trabajo, no por su calidad humana como tal. Esas son las consecuencias de la guerra, pero es también la realidad de un mundo en transición, en donde las normas e ideas parecen pulular sin rumbo, según los intereses de quien las dicte. ¿Es Jefferson más compasivo porque se encuentra informado de la realidad de vida de la gente, de aquella que le rodea, de la que lee, y de quienes conoce en el camino? “Para avanzar hay que recordar” dice él cuando le explica a Johanna sobre la necesidad de enfrentar sus temores, arriesgarse a conocer cosas nuevas y dejar atrás ese pasado que no fue ni benéfico ni funcional para ella. Cuando le explica a la niña que hay que avanzar en línea recta, siempre hacia adelante, se refiere a todo esto, pero también a la idea de continuar madurando en lugar de estancarse, que es la única salida viable tanto para él como para Johanna. En el ínterin la película habla del desarraigo, entendido como la pérdida de raíces emocionales y culturales. Johanna y Jefferson son claro ejemplo, pues las relaciones interpersonales se pierden, al punto que sin un vínculo con un lugar o grupo, el aislamiento interfiere con el crecimiento del individuo. Si la causa es pobreza y desigualdad, el resultado es más fragmentación dentro de la sociedad, que no puede vivir ni sobrevivir así, sin raíces o identidad cultural, en frustración y angustia, reaccionando con miedo y violencia, donde impera el individualismo y el acaparamiento. La respuesta, reflexiona la película, serían la cultura, los valores, el trato humano, el diálogo y el contacto entre personas, que es algo que se elige encontrar, como Jefferson y Johanna, transitando en el camino, aunque no forzosamente en forma literal, como hacen ellos, pero como manera de convivir y darle sentido y significado a su existencia.

News of the world, 2020, Paul Greengrass

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Mickey 17

Por Diana Miriam Alcántara Meléndez

Si se analiza la historia de la humanidad, el ser humano bien podría ser catalogado como un depredador nato; destrucción y aniquilación de ecosistemas, apropiación de tierras y colonización constante, explotación de otros entes o recursos para su beneficio, es parte de lo que caracteriza a cualquier sociedad, pasada o presente. La manipulación y el daño de sus alrededores, sean personas, espacios, lugares, relaciones, instituciones y, por supuesto, otras especies.

La película Mickey 17 (EUA-Corea del Sur, 2025) habla de esto, pero también reflexiona temas derivados, como la valoración de la vida en función de una relación productividad-desempeño-aporte, el llamado capital humano llevado al límite de su capacidad para ser superexplotado, las jerarquías sociales inequitativas o la estructuración de sociedades sometidas y poco pensantes, enajenadas y explotadas en favor de una minoría que se cree superior y controla a partir de abuso,  opresión, violencia e ignorancia. Escrita y dirigida por Bong Joon-ho, basándose en la novela literaria homónima de Edward Ashton, la cinta está protagonizada por Robert Pattinson, Naomi Ackie, Steven Yeun, Toni Collette, Mark Ruffalo y Anamaria Vartolomei. Se ambienta en un futuro distópico, 2054, en que la vida en la Tierra es casi imposible debido al deterioro del planeta, por lo que se están enviando misiones espaciales hacia otras galaxias, con la intención de encontrar un lugar habitable para colonizar. Mickey Barnes, el protagonista, se une a una de estas misiones huyendo de un usurero que amenaza con matarlo si no paga el dinero que debe por un negocio fallido, en el que Mickey se vio envuelto por confiar en su oportunista supuesto mejor amigo, Timo. Convencido de que no tiene nada que aportar, sin ningún oficio o habilidad que resulte ‘útil’, se ofrece (sin haber realmente leído la letra pequeña del contrato), como ‘prescindible’, que es como se les denomina a personas que aceptan ser regeneradas cada vez que mueren, por medio de una tecnología prohibida en la Tierra, que ‘reimprime’ su cuerpo y reimplanta sus recuerdos. La nueva condición de Mickey deriva en que le asignen tareas peligrosas, bajo la justificación de que su sacrificio se hace en nombre de la humanidad. Sin embargo, en el entendido de que si muere no hay consecuencias, porque simplemente es ‘reimpreso’, poco a poco deja de vérsele como una persona, un ser que piensa, siente, vive y experimenta, para pasar a ser tratado como un objeto, uno que no importa, cuya vida no vale, a quien se ‘recicla’ una y otra vez, sin tomar en cuenta el impacto emocional que el constante ciclo vivir-morir pueda tener en él.

¿Cuánto vale una vida y quién decide su valor? Mickey asume que se mide en función de rendimiento, eficiencia y producción; en esta lógica, si no hay nada práctico que pueda hacer dentro de la nave, ¿cuál es su aporte, función u objetivo? Desde luego no se toman realmente en cuenta sus ideas, decisiones, experiencias, aspiraciones, capacidades, sueños y trascendencia. La realidad es que el mundo en el que vive lo plantea así, inequitativa y deliberadamente, a través de jerarquías sociales, derechos de propiedad y valores costo-beneficio: cuánto se invierte en alguien, lo que come, viste, en dónde duerme y qué necesita, en relación a los beneficios, participación y contribución que puede ofrecer. Aquí el ‘prescindible’ es visto como desechable, al grado que no importa quién es Mickey, sino para qué propósito sirve su particular condición y cómo es más redituable o ventajoso explotarla. Por ejemplo, si hay un virus del que se busque una cura, una reparación necesaria que hacer en el exterior de la nave o un medicamento experimental que probarse, Mickey es el elegido para la tarea, justo porque su vida no es vista como la de cualquier otra persona, sino como una mercancía-objeto que se utiliza y puede repararse; algo que se aprovecha, no alguien que existe. A raíz de esto el único sostén emocional de Mickey es Nasha, su novia, alguien que parece valorarlo por quien es, no por lo que pueda sacar de provecho de él, aunque eventualmente así suceda, si bien sólo sea por un breve momento, una vez que aparecen dos clones de Mickey y ella propone la forma más ventajosa para ella, sexualmente hablando, de aprovechar ese escenario.

Luego de 16 fatídicas muertes y de finalmente aterrizar en Niflheim, un planeta helado, tras cuatro años de viaje y otro más de acople a las condiciones de la superficie, Mickey 17 es enviado a explorar. El problema es que cuando lo dan por muerto, eligiendo por él ese destino en lugar de esforzarse por ayudarlo a salir de la cueva en que cayó, Mickey hace contacto con la especie nativa, unos seres que parecen insectos gigantes; éstos, eventualmente bautizados por el humano con el nombre de Gusanos, lo salvan y ayudan a regresar a su nave. Para entonces Mickey ya ha sido sometido al proceso de ‘reimpresión’, resultando en los dos clones que Nasha elige inicialmente esconder, más para sacar partido de esto que preocupada por las consecuencias, Mickey 17 y Mickey 18. ‘Múltiples’ es como se les denomina a las varias copias de una misma persona existiendo en un mismo espacio y tiempo, un escenario que trae consigo preguntas éticas dentro de la ciencia, pero también en relación al comportamiento humano. Aquí los múltiples han sido prohibidos debido a un previo abuso de la tecnología que hace posible la ‘reimpresión’ de un individuo, que es en esencia un acto de clonación que pone en entredicho la esencia, individualidad e identidad de las personas. ¿Qué nos hace humanos? ¿Ser únicos, vivir, morir, existir o pensar? Los múltiples y la tecnología de clonación fueron prohibidas en la Tierra precisamente porque jugaban irresponsablemente con  ideas como creación, muerte, eternidad, identidad e individualidad. ¿Qué significa  en una persona ser o saberse original? ¿Qué significa para alguien ser un clon? ¿Es la clonación una extensión del ser original o un individuo independiente, con sus propios derechos, responsabilidades, decisiones y autonomía? ¿Es el ser original responsable de las acciones de sus clones? ¿Si alguno de ellos comete un crimen, qué tan culpables o cómplices son los demás? Deseoso por vivir, Mickey 18 intenta matar a Mickey 17, alegando que es ‘su turno’ ya que, en esa lógica el otro ya tuvo un periodo vital para sí mismo. Su razonamiento plantea la noción de que cada Mickey es la continuación de una misma vida, un Mickey original que sigue existiendo, simplemente en un nuevo cuerpo cada que el anterior perece. No obstante, Mickey 17 plantea que pesar de esta apreciación, en realidad, si se trata de dos clones de un mismo original el ciclo se rompe, evidenciando que no es un mismo hombre que haya vivido 17 vidas, sino que hay 16 humanos que han muerto sin que nadie tome consciencia de ello. “¿Tienes miedo de morir? Has muerto muchas veces. ¿De qué tienes tanto miedo?”, pregunta Mickey 18 al otro. “Hasta ahora, he muerto y sólo nacía de nuevo. Sentí que era yo quien continuaba. Pero ahora una vez que me muera se habrá acabado para mí. Serás tú quien siga viviendo”, contesta aquel. Sus inquietudes muestran tanto el temor humano a la muerte, vista como un fin definitivo, contrario a la idea de continuidad que implica la existencia de los múltiples, como revelan también que cada uno de esos clones vive, experimenta, piensa y siente de forma única, porque no es el mismo ser, sino seres autónomos que comparten los mismos recuerdos de alguien más.

Según Nasha, explica Mickey, cada una de sus versiones es y se comporta de manera distinta, tienen una personalidad única, ideas propias y pensamientos particulares; ningún Mickey es igual al anterior, por mucho que su físico sea el mismo y sus recuerdos vengan del mismo disco duro que los almacena. Su pasado no está alterado, pero su presente sí, por lo que Mickey 17 y 18 no son precisamente idénticos, ni por dentro ni por fuera. Mickey 18 es más osado, directo y agresivo, mientras su versión anterior es callado, introvertido, complaciente. Ante la perspectiva de su aniquilación, porque los múltiples están prohibidos, ambos se plantean la posibilidad de una existencia en paralelo, de alternar cada aspecto de su vida con el fin de coexistir, compartir en lugar de exterminar, un razonamiento que se vuelve importante una vez que Kenneth Marshall, el político a cargo de esta misión espacial, plantea masacrar a los Gusanos a fin de instalar su colonia en Niflheim, pues aunque éste es su planeta, su tierra y su derecho, la actitud del humano es arrebatar, asumiendo que son superiores, mejores, más dignos de tener, vivir y regir sobre este espacio. La mentalidad de Marshall alimenta esta filosofía depredadora, al ser un hombre que profesa una ideología de supremacía, de superioridad de raza y exclusividad de derechos, que cree que hay personas más ‘puras’ y sólo ellos pueden y deben prosperar. Su pensamiento es conservador al extremo, discrimina, cree que la gente a su alrededor sólo está para servirle y de paso consiguió que su misión espacial fuera financiada por una organización religiosa que lo alaba como profeta, porque se alinea con sus ideas a conveniencia y a cambio de su dinero, reflejo de un modelo capitalista (la oligarquía capitalista: grupos empresariales y de propiedad privada con el poder político de influir en su beneficio), tan actual como preocupante. Marshall es egocéntrico, se afianza al poder controlando y engañando; no le importa la misión sino la parafernalia mediática y publicitaria con la que pueda promoverse a raíz de ella; se la pasa posando para las cámaras que documentan todo lo que hace en lugar de ser un líder que inspire y guíe a su gente hacia la colaboración, el trabajo en equipo y la supervivencia. A Marshall no le importa que el hombre viva, le interesa que los libros de historia lo recuerden a él como precursor, así que no le importa matar a toda una especie  para tomar control de su planeta, sino hacer alarde de que fue él quien lo hizo. Cuando comienza a trazar el plan a futuro, por ejemplo, elige a una joven que según él cumple con los requisitos del tipo de individuo que alaba: Kai, una mujer bella, inteligente, capaz y en plenitud. “Corriste a unirte a nuestra expedición en lugar de a uno de esos patéticos planetas donde plantan microchips en sus embriones inseminados artificialmente. Realmente eres la candidata perfecta para el programa de parto natural de Niflheim, ¿no te parece, querida?”, le dice a ella. “Señor Marshall, ¿soy sólo un útero para usted?”, responde Kai. “Nada de eso. No, este hombre no es de los que cosifican a las mujeres. Todo lo que mi marido quiere decir es que tiene estándares muy altos. Su único sueño es un planeta exclusivamente para una raza humana pura. Que consume cosechas reales y carne real y cenas con salsas delicadas y deliciosas. La salsa es la verdadera prueba de fuego de la civilización. Las personas que devoran carne quemada, son bárbaros”, defiende Ylfa, la esposa de Marshall, una mujer igual de egocéntrica que él, manipuladora, banal, que se aprovecha de aquellos a su alrededor y sólo actúa en favor de alimentar su vanidad y arrogancia; que con sus palabras esconde o disfraza algo que Kai acertadamente ha señalado: ha sido elegida para un programa que  pretende encasillarla en el papel de madre, limitándola en su desarrollo, y sí, cosificándola, instrumentalizándola.

En el fondo, en efecto, la verdadera intención de Marshall e Ylfa es invadir y arrasar, a pesar de que, como bien señala Nasha, en Niflheim los alienígenas son ellos, no la especie nativa. Asimismo, la intención del humano es huir de su planeta para colonizar otro en lugar de sanar y reconstruir; la sociedad condena la clonación humana, más por motivos religiosos que por reflexiones científicas, pero la acepta si se realiza fuera de la Tierra, como si no ver lo que sucede elimine los problemas éticos; usarla, aunque sea incorrecto, mientras se haga a su favor y lejos de su mirada y responsabilidad. Las acciones de casi todos estos personajes parecen resumirse en abusar de otros para beneficiarse a sus expensas, reflejo del humano como especie. Una sociedad que coloniza y explota en nombre del progreso, como hace con Mickey y al llegar a un planeta hasta entonces desconocido. Todo es ganancia y beneficio. Aunque el humano está obsesionado con la inmortalidad y la vida eterna, que es una extensión de su deseo de trascender y continuar con su narcisismo, el problema es que en lugar de ganar con ello libertad, esclaviza al individuo. Sucede claramente con Mickey y su calidad de prescindible, destinado a morir y renacer por toda la eternidad, casi como si se tratara del mito de Sísifo, visto en negativo y no en positivo, un castigo en lugar de una oportunidad de crecimiento. La realidad es que en el modelo gubernamental, social y organizacional como el que impone Marshall, de autoritarismo, es que en él todos son prescindibles, no sólo Mickey. Aquí nadie es único ni especial, menos imprescindible, ni siquiera aquella minoría al control que maneja los hilos de manipulación, aquellos que convierten todo en espectáculo, especialmente la violencia y la muerte. Si somos tan indiferentes y fácilmente reemplazables, si el capital logra que todo pueda ser cada vez más controlado por el 1% y la ciencia consigue que todo se deshumanice y automatice, ¿cuánto vale una vida en este escenario, en donde nacer, vivir y morir es cada vez más banal e irrelevante? Da la impresión que no habrá mañana si hoy el humano lo depreda todo.

Mickey 17, 2025, Dir: Bong Joon-ho

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Hereje

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Herejía significa negar o estar en desacuerdo con las normas, costumbres y creencias establecidas y aceptadas, ya sea por una religión, institución, autoridad, academia o grupo social. Más que no creer en nada, que sería un ateo o un agnóstico, aquí se refiere a cuestionarlo todo, rechazando la opinión popular o de la mayoría.

El hereje se aparta, disiente, disputa y objeta, pero aunque el pensamiento crítico es oportuno y dudar implica sopesar la información desde todos los ángulos, en lugar de creerla ciegamente, eso no quiere decir que sólo por contradecir, sus palabras o afirmaciones sean las correctas. La película Hereje (EUA, 2024) plantea diversas reflexiones alrededor de esto, la alienación, la duda y el control, o la diferencia entre cuestionar el entorno objetivamente y solamente negarlo en favor de imponer ideas o voluntades propias. Escrita y dirigida en conjunto por Scott Beck y Bryan Woods, la cinta está protagonizada por Hugh Grant, Sophie Thatcher y Chloe East. La historia se centra en dos jóvenes misioneras mormonas, Paxton y Barnes, que visitan a un hombre, el señor Reed, con la intención de predicar sus creencias para convencerlo de unirse a su iglesia cristiana, el Movimiento de los Santos de los Últimos Días. Sin embargo, pronto se dan cuenta que han caído en la trampa de un hombre que las retiene contra su voluntad, con el fin de aparentemente obligarlas a cuestionar su fe, pero en realidad de empujarlas a dejarse influenciar por él, con el argumento de que creer en algo es lo mismo que no creer en nada, porque lo importante no es qué es real o no, sino qué tanto se está convencido de que lo es, o no.

Toda religión o doctrina es una copia de su antecesora; todas se basan en los mismos principios y promueven las mismas ideas, afirma Reed, y su objetivo, en todos los casos, no es sanar o ayudar al prójimo, ni guiar espiritualmente a sus seguidores por un camino de buena voluntad, solidaridad y armonía, sino el beneficio propio, el control de las consciencias y el enriquecimiento de la estructura institucional a la que pertenecen. En otras palabras, según Reed, ninguna religión es única porque todas pretenden adecuarse a las necesidades del entorno ajustando normas, límites o principios con el fin de seguir vigentes y convincentes. Reed insiste que las religiones improvisan, mienten y se adaptan, no en favor de sus simpatizantes ni la fe o ideales que plantean, sino a partir de cómo pueden sacar provecho de esto, sea dinero, propiedades, dominio, prestigio y hasta popularidad, que conlleva influencia. Reed esconde sus propias intenciones poco honorables bajo la manga, pero también plantea preguntas resonantes respecto a la fe, las religiones como instituciones de poder y la forma cómo sus doctrinas moldean a las personas y a la sociedad misma. La existencia de una variedad tan vasta de religiones parece obedecer a motivos de conveniencia; las propias Barnes y Paxton aceptan que el fundador de su iglesia la creó porque no estaba totalmente de acuerdo con lo que predicaba la religión a la que ya estaba afiliado, así que absorbió aquello que le interesaba, desechó lo que no y propuso una nueva forma de organización, con reglas, jerarquía, estructura y directrices nuevas. Una de las jóvenes incluso menciona haberse acercado a varios templos antes de encontrar aquel que mejor le convencía. Objetivamente esto parece adecuado, la libertad de elegir en qué creer, sopesando qué rige a la institución o religión en cuestión, qué profesa y cómo se organiza. Sin embargo, la otra cara de la moneda presenta un escenario más bien oportunista, abriendo el debate a cuestionar si la existencia de tan variadas y numerosas religiones no responde entonces a una cuestión de conveniencia combinada con individualismo, como si, en lugar de dialogar con el fin de cambiar para mejorar, ya sea principios, doctrina o religión, se decidiera negar lo existente para crear un nuevo movimiento, similar pero encabezado por su creador. El resultado: grupos sociales intransigentes, fanáticos, ignorantes, manipulables, intolerantes y cerrados al diálogo, que se dejan guiar con fe ciega por sus líderes.

Las religiones como instituciones suelen ser así, más adoctrinadoras que promotoras de valores que animen a las personas a actuar correctamente. De forma que, según Reed, el gran problema para la humanidad no es tener o no fe, sino tenerla pero depositarla en un sistema de organización social que limita su individualidad, identidad, libertad y desarrollo. Las preguntas que Reed hace a Paxton y Barnes son importantes: qué opinan realmente de su religión, cómo la cuestionan, en qué creen y por qué o qué tanto influye en su vida, sus relaciones sociales y su propia visión del mundo. Las respuestas de Barnes son más reveladoras, especialmente una vez que se da cuenta que Reed las tiene, para fines prácticos, secuestradas y que su objetivo es, potencialmente, matarlas. Barnes se convence que su supervivencia recae en retar la mente de Reed tanto como él lo hace con las suyas, haciéndolo racional, ecuánime y argumentativo. Enfrentar a la razón con razón, porque sólo entonces se convierten en oponentes dignos y capaces, ante un Reed que parece percibirlas, muy misóginamente, como inferiores. Barnes se niega a verse como víctima, como alguien maleable, incapaz de pensar, decidir, cuestionar, razonar, entender y cambiar. En el fondo el dilema no recae en que alguien crea o no, profese una religión o no, cuestione o siga fielmente aquello que se le inculca, sino en no darse cuenta de cómo esto sucede todo el tiempo y en todas partes, en los medios de comunicación masiva, la mercadotecnia, la política, las instituciones sociales, las religiosas, escolares, deportivas, incluso en la familia. Todos profesan tener las respuestas, enfatizando que se trata de ‘las respuestas correctas’; todos quieren ser líderes, tener seguidores, ganar, desplazar al competidor, eliminar al de junto y conseguir devota lealtad de aquellos a quienes han persuadido en la idea de que son ‘la mejor opción’ por sobre cualquier otra. Lo hacen las religiones, los partidos políticos, los equipos deportivos, las marcas comerciales,  las celebridades, la tecnología, etcétera.

¿Cuál es la diferencia entre catolicismo, cristianismo, budismo, hinduismo, islamismo o cualquiera de las muchas variantes de cada una de estas disciplinas?

Los detalles cambian, pero las bases son las mismas, explica Reed, añadiendo que todas las doctrinas de fe son variantes de la misma idea, los mismos principios o relatos y el exacto mismo fin último, enfatizando cómo el envoltorio, vistoso, llamativo y camaleónico permite engañar, embaucar o engatusar a las personas, para que no se den cuenta que se trata de una simple competitividad entre partes contrarias alrededor del mismo producto. Aunque su sustento se concentre en desacreditar toda ideología por el mero propósito de debilitar anímicamente a Paxton y Barnes, lo que Reed dice tiene argumentos convincentes a favor, aunque también en contra. Si toda religión profesa en el fondo los mismos ideales, si todas hablan de amor, solidaridad, redención, perdón, amabilidad, superación y demás, si lo único que las diferencia es cómo predican todo esto, ¿cuál tiene la razón?, ¿cuál es la verdadera o la correcta? En todo caso, ¿si el individuo elige en función de aquello que mejor le acomode, no es más una elección basada en la comodidad que en los principios?

La trampa que Reed despliega para confundir, para quebrantar en lugar de orientar, es que no pregunta con ánimo reflexivo ¿para qué sirve la religión?, ¿por qué la gente se acerca a ella?, ¿en qué ayuda o perjudica? o ¿cuál es el propósito de la fe, desde la perspectiva personal? Es decir, no invita a Paxton y Barnes a cuestionar aquello que su iglesia les inculca como un acto crítico, racional y científico, sino que las obliga a dudar para alejarlas de toda creencia previa y así imponer sus ideas en la mente de estas jóvenes. Es tan débil quien cree ciegamente en todo como quien no cree absolutamente en nada, porque entonces se es incapaz de pensar, de argumentar y de decidir por sí mismo. Tener fe en una religión no es lo mismo que tener fe en su iglesia; ni creer en su dios es igual que creer en las personas que predican su palabra. Cómo detectar la mentira de la verdad; ¿creemos en algo sólo cuando estamos convencidos de que es cierto, o a pesar de las dudas seguimos creyendo, porque nos hace sentir bien con nosotros mismos? “Mientras más sabes, menos sabes”, menciona Reed, en relación a que al indagar más a fondo sobre aquello que se nos impone, no sólo en el terreno religioso sino respecto a cualquier idea, afirmación o información compartida, presentada y circulada, más propenso se es a desenterrar aquello que contradice lo que creemos saber. La clave es valorar qué hacer con esto, algo que Reed no pone en práctica; en cambio niega, culpa y reprocha, olvidando que conocimiento, análisis y pensamiento crítico no significa cuestionar para destruir, sino hacerlo para esclarecer ideas, adaptar nociones y adecuar conceptos. “Cada secta, culto, credo o denominación aclamaba ser la única doctrina verdadera y sin embargo, ninguna parecía verdadera al examinarla bajo el microscopio”, reclama Reed. “¿Cuál es la única religión verdadera?”, pregunta frecuentemente, hasta concluir que todas son sistemas de control. Sin embargo, la religión también existe para darle sentido al mundo y esto es lo que Reed no acepta porque está convencido que toda institución, religiosa o no, está tan corrompida por su hambre de poder e influencia que poco importa lo que la sostenga, mientras tenga poder, control y dominio sobre sus seguidores y, con ello, propiedades y beneficios. Si no se entiende, se juzga; si no gusta, se desecha o censura; si no sirve, se elimina; y si incomoda, se niega o borra de la historia. Esto sucede con las personas, acontecimientos, movimientos sociales, normas, doctrinas, creencias y estructuras que conforman el todo. Cuando Reed persiste en que toda religión no es más que un conducto para aprovecharse de las personas, de sus debilidades, inseguridades, incertidumbre o vacío emocional y personal, lo que dice es que en el fondo todo esto tiene que ver con la naturaleza humana de supervivencia y destrucción. Las religiones son meras historias, transmitidas de generación en generación, creadas y compartidas por individuos que por naturaleza mienten, se pervierten y compiten. Supervivencia y control mueven al ser humano, pero esto puede fácilmente también volverlo un villano, como sucede con Reed, alguien que inicialmente indagó en la teología en busca de repuestas para eventualmente imponer las suyas propias. Lo hace con Paxton, Barnes y las muchas otras mujeres que ha atrapado por medio de engaños y manipulación, presentando sus dudas sobre fe y religión, aunque de una manera más radical que objetiva, preguntando si un milagro significa magia inexplicable o sólo coincidencia de un hecho que se resuelve de la forma más inesperada o ideal. ¿Existen los milagros o adjudicamos sucesos difíciles de explicar al pensamiento mágico?

Cuando alguien pregunta si sirve de algo rezar, no debe analizarse desde el mero enfoque práctico y funcional. No es que rezar haga que las cosas sucedan, ya que eso sería un anhelo supersticioso, sin fundamento; más bien rezar puede ser una forma de canalizar un deseo en positivo. “Rezar no funciona”, confiesa Paxton, explicando que si ella lo hace, convencida y en paz consigo misma, es porque sabe que es un medio para encontrar tranquilidad y conciliación, porque para ella rezar significa poner a alguien más primero, solidarizarse, desear armonía y bienestar, compartiendo buenos deseos en lugar de amargura o rencor. Con Paxton y Barnes atrapadas en un laberinto de engaños, Reed asegura que para salir deben elegir entre dos puertas que representan ‘creencia’ e ‘incredulidad’; y tras exponer sus argumentos de por qué toda doctrina religiosa está plagada de cimientos cuestionables, lo que les pide no es elegir entre creer ciegamente en algo o dudar de su entorno como respuesta analítica de su sociedad, lo que les pide es negar quienes son, ya que la presión proviene de qué tanto las ha convencido de sus propias creencias, demostrando que con persuasión e intimidación suficientes cualquiera dirá, negará o asegurará lo que le digan que tiene que hacer, se esté seguro de ello o no. Paxton se inclina por ceder a la imposición y elegir la puerta de la incredulidad. Barnes difiere, sospechando que lo importante no es el lugar en que desemboque la puerta, sino qué opción elijan como reflejo de lo que realmente creen, no desde el punto de vista de la fe religiosa, sino de sus propios valores. Barnes sostiene que no deben elegir la incredulidad pensando que es lo que Reed quiere que hagan, pues si su destino ya ha sido elegido por él, la respuesta ‘correcta’ no debería ser complacerlo, sino decidir conforme a lo que realmente creen. Escoger ‘creencia’ no implica, obligatoriamente, ser ingenuos o ignorantes, sino ser fieles a sí mismas. Al final, en efecto, la decisión no importa, pues ambas puertas van al mismo lugar, una prisión de la que la única salida es aceptar el sometimiento. Reed traza un laberinto que en lugar de acercarlas a la razón o la redención, un renacimiento reflexivo y filosófico en cuerpo y mente, hacia donde las conduce es a una oscuridad tan metafórica  como real. ¿Qué aceptaríamos o estaríamos dispuestos a creer con tal de alcanzar la salvación, aceptación, liberación o el ascenso (personal, profesional, laboral o social)? La fe y la religión pueden ser guía, pero también prisión; pueden ser salvación, pero también destrucción. ¿Se puede creer lealmente en una religión aunque se tengan claras sus fallas? ¿Aplica lo mismo a las personas, los cánones sociales y las normas de las instituciones en que se construye la sociedad actual? ¿Qué significa realmente cuestionar, debatir, analizar y valorar el entorno, o a la gente, a uno mismo y a la sociedad?

Creencia, curiosidad o duda; la respuesta ‘correcta’ es desafiar al sistema y rebelarse, visto como el camino para no caer en la manipulación y el culto devoto que no tiene argumentos, teniendo claro que seguir una ideología o un líder no es forzosamente incorrecto, mientras no se deje de cuestionar y sopesar lo que se hace y cómo se hace. La religión no puede ser ‘mala’ o ‘buena’, pero las personas sí;  las religiones en su esencia no manipulan y controlan, son las personas que se sirven de sus incoherencias, huecos, fallos o medios para someter a través de ellas a aquellos a su alrededor. La sociedad, en su organización y orden actual, promueve y facilita el sometimiento, alienación, enajenación y dominio a través de su estructura e instituciones, medios y formas sociales, entre ellas, inexactitudes legales, redes sociales, gobiernos autoritarios, mercadotécnica, limitación de la cultura, ideología individualista, privatización, automatización, hermetismo, desinformación, falta de educación y demás. ¿Por qué creemos en lo que creemos? ¿Cómo formamos nuestros valores y creencias? ¿Por qué estamos acostumbrados a que alguien más nos diga lo que tenemos que hacer? ¿Por qué aceptamos, tal vez sin darnos cuenta, lo que imponen padres, escuela, religión, gobierno, figuras populares, medios de comunicación, entre otras instituciones? ¿Acaso no es esencial, como parte de la naturaleza humana, creer en algo o en alguien, una idea, principio, religión, un dios, político o cualquier figura de autoridad? ¿Somos quienes queremos ser? Nuestras ideas, pensamientos, opiniones y convicciones se moldean desde las relaciones que establecemos con los demás, en el seno de las organizaciones creadas por el ser humano. El asunto es, ¿qué tanto permitimos que terceras partes, agentes externos o estructuras que deberían servirnos, en lugar de nosotros servir a ellas, dan forma a nuestros ideales? La película plantea más preguntas que respuestas, incluso respecto a la narrativa y sucesión de hechos dentro de la trama, pero porque de eso se trata la vida misma; no es ‘creer’ frente a ‘no creer’, más bien es preguntarnos por qué creemos o no creemos en algo, especialmente en el mundo actual, tan distraído por el ruido exterior, el consumo obsesivo, la indiferencia y la apatía, al grado que se ha dejado de cuestionar aquello que Reed llama la ‘religión verdadera’, sin que literalmente se refiera a una religión, sino a lo que ella representa: control, vigilancia, dominio, enajenación.

Heretic, 2024, Dir: Scott Beck, Bryan Woods

https://youtu.be/rbrKALkcvKY?si=bEIso1S-ISIQvPhc

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Mujercitas

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

“Las mujeres tienen mente y tienen alma, no sólo corazón… tienen ambición y tienen talento, no sólo belleza; estoy harta de que la gente diga que una mujer sólo sirve para el amor, estoy harta de eso”, dice Jo. La contradicción esta en que a pesar de luchar por su libertad, también lucha por sobrellevar la soledad que esto a veces trae a su vida.

Mujercitas es una novela literaria de la autora Louisa May Alcott que narra la historia de vida de las cuatro hermanas March: Meg, Jo, Beth y Amy, en su transición de la niñez a la edad adulta, en Estados Unidos, luego de la Guerra Civil (1861-1865) de su país, cuyo principal eje socioeconómico era la esclavitud, enfrentándose los abolicionistas del norte contra los estados del sur que la defendían como un derecho. A través de sus relaciones familiares, sociales y afectivas, el texto es un relato que profundiza en lo que significa para sus personajes principales la búsqueda por la libertad y la independencia, en un mundo en el que las mujeres tienen que abrirse camino a contracorriente para derribar estándares de todo tipo, no sólo de género sino también culturales y políticos. Una sociedad en reconstrucción, una cultura cambiante, una intención accidentada a la apertura hacia ideas y personas con nuevas propuestas o con el simple deseo de oportunidades igualitarias, son realidades presentes en el trabajo literario, que resuenan porque siguen vigentes en la actualidad, 160 años después. Esa es la esencia de la historia, una ficción que habla sobre las dificultades constantes de una familia de clase media-baja para sobrevivir, combinado con las experiencias que forman a sus personajes hacia la madurez, mientras rompen lo más posible el molde de una organización social patriarcal que limita el desarrollo de la mayoría de sus ciudadanos. Un relato ambientado a mediados del siglo XIX con reflexiones muy actuales sobre el papel de la mujer en la sociedad, esa es la columna vertebral de la película Mujercitas (EUA, 2019), adaptación del libro homónimo, escrita y dirigida por Greta Gerwig y protagonizada por Saoirse Ronan, Emma Watson, Florence Pugh, Eliza Scanlen, Laura Dern, Timothée Chalamet, Meryl Streep, Bob Odenkirk, James Norton, Louis Garrel y Chris Cooper. El proyecto recibió seis nominaciones al Oscar: mejor película, mejor actriz (Saoirse Ronan), mejor actriz de reparto (Florence Pugh), mejor banda sonora, mejor guion adaptado y mejor diseño de vestuario, categoría en la cual recibió el premio.

La narrativa entrelaza la vida de las hermanas March durante su adolescencia para luego llegar a la adultez y cómo cada decisión que toman impacta en su búsqueda por su identidad. A través de este viaje y cada diferente perspectiva o personalidad, la historia profundiza en los retos que atraviesan las personas para cumplir moldes y al mismo tiempo construir su propio destino, en especial, cuando las reglas sociales son tan insistentes en cubrir prototipos y cánones sociales específicos, en este caso, tan conservadores que se atreven a dictar que puede y no puede hacer una mujer. En el fondo, cada una de las hermanas se enfrenta al dilema de saber qué desea ser y cómo conseguirlo.

Jo es una joven de alma libre que anhela la oportunidad de superar todo reto que se proponga, por eso, está decepcionada con la restrictiva realidad que para ella representan los roles sociales, casi misóginos en una época en la que no se le permite tomar control de sus propias decisiones y aspiraciones. Se convierte en escritora por su pasión para expresar sus ideas y pensamientos, una necesidad de decir y hacer algo con todo aquello que observa y analiza; pero, al mismo tiempo, cuando se hace mayor cede a las publicaciones sensacionalistas y de moda, aunque con poca creatividad literaria, porque es lo que el mercado demanda, lo que vende y deja el dinero que necesita para apoyar a su familia. Su opinión sobre defender sus ideales artísticos frente a la presión popular de dar lo que se le exige, cambia cuando conoce al profesor Bhaer, alguien que valora su talento con sensibilidad, por ser auténtica en sus trabajos escritos. Él la anima a escribir fiel a su realidad en lugar de evocar la banalidad de las historias comerciales, por mucho que la gente las consuma al por mayor, porque, en la lógica del profesor, el verdadero escritor no debe como prioridad complacer a su lector, sino a sí mismo. Jo, no obstante, debe superar primero su miedo a crecer a partir de las críticas y el reto de desafiar los roles marcados por las exigencias de género, asumiendo con madurez y valentía las consecuencias de sus actos. Mucho del recorrido de Jo está también definido por su relación con sus hermanas y con su vecino Laurie, el adinerado joven que no sabe qué hacer con todas las oportunidades a su favor, ya que no conoce el sufrimiento que implica una situación económica precaria, desfavorable, de carencias, en un mundo que valora el dinero y el capital, y que tampoco enfrenta situaciones generadas por discriminación de género, raza o posición social. Otro ejemplo que muestra conflictos derivados de perspectivas personales y/o sociales se aprecia cuando Jo entra en conflicto cuando sus sueños de independencia chocan, a su parecer, con los de Meg, toda vez que su hermana mayor ansía una vida más tradicional, valorada así en función a la emoción que experimenta por casarse y formar una familia. Para Jo esto es casi como darle la espalda a la posibilidad de crecer como persona, pues significaría alinearse con la idea de que las responsabilidades familiares y domésticas son exclusivas de la mujer y que es lo único a lo que puede aspirar; pero para Meg su pasión está precisamente en ese lugar y en la realidad que construye para sí, por lo que querer una vida en familia no es, según ella, ponerse en una posición de sumisión, sino construirse el futuro que cree la puede hacer feliz. “Solo porque mis sueños son diferentes a los tuyos, no significa que no sean importantes”, le dice Meg a su hermana.

A pesar de esto, Meg sí reciente de alguna manera las expectativas que se le asignan desde pequeña por tratarse de la hermana mayor, responsabilidades dadas por sentado y asumidas por las normas sociales que imperan, sumado más tarde el sacrificio que tiene que enfrentar por la posición socioeconómica desfavorable en la que está. Meg soñó con fiestas, vestidos lujosos y derroche, pero sabe que no es algo que podrá conseguir a menos que se case con un hombre rico y adinerado, que no sabe si algún día llegará a su vida. Meg ama al tutor de Laurie, John Brooke, consciente de que al no ser ninguno económicamente privilegiado, el futuro implicará carencias y sacrificios. Pero este es el aspecto interesante, porque la sobrevivencia cotidiana en este mundo capitalista implica trabajo, vender su capacidad física e intelectual <es lo que hace Jo> y al no poder hacerlo Meg asume el rol de cuidadora del hogar, dejando también al esposo el rol tradicional de proveedor. La pregunta obligada es: ¿por qué no puede funcionar?; ella conseguiría la felicidad compartida y contribuiría a administrar el patrimonio familiar. No cualquiera; diría más; casi nadie puede conseguir el príncipe azul que las llene de riqueza. Y en el escenario social, la relación matrimonial en un mundo capitalista no puede dejar de tener contenido mercantil. Lo dice Amy en un diálogo con Laurie. Esta realidad, aunque vista desde otra perspectiva, es de igual forma a lo que se enfrenta Amy, alguien que desea un futuro prominente y estable y quien está decidida a seguir el camino necesario para conseguirlo, puliendo para ello todas sus características como persona, intelectual, social y artísticamente hablando. Amy quiere ser grandiosa a través de ganarse el respeto y aprecio de los demás con su propio esfuerzo, no reducida a una etiqueta, es decir, quiere ser valorada como persona, no como objeto; alguien que aporta con sus capacidades tanto a la relación como a la sociedad, no simplemente un ente que no existe más allá de su papel como esposa. Sabe que su madre no es así, su tía no es así, Jo no es así y por ende, ella tampoco quiere ser así.

Amy sabe lo que quiere y no se avergüenza de quien es, de su belleza y feminidad, como de su fuerza y determinación. Así que es aparentemente el molde de mujer que la sociedad espera de una joven como ella, pero no se limita a ser lo que el canon impone, sino que busca conseguir lo que la motiva y encontrar lo que le satisface. Vive, no obstante según ella, a la sombra de sus hermanas, sobre todo de Jo, porque sabe que, como la hermana menor, la gente espera algo muy específico de ella; cada persona a su alrededor tiene su propia expectativa sobre ella, que no necesariamente coincide con sus propias aspiraciones y deseos. Pero Amy lo tiene claro, quiere éxito, distinción, reconocimiento, brillar pero no en la superficialidad, sino sobresaliendo en cualquier experiencia. En ello Amy tiene claro que la única forma de llegar a ser una mujer con poder es hacerlo con dinero <se lo dice su tía, quien afirma que es soltera, orgullosa y no trabaja porque es rica>, porque esa es la realidad social en la que vive, en donde una mujer difícilmente es apreciada por sus habilidades, saberes y logros. Amy no busca un hombre con quien casarse por el mero interés de ganar así un renombre, sino que trabaja por convertirse en la mejor versión de sí misma, para que ello la lleve a estar a la par de las personas que considera más distinguidas, donde podría encontrar un igual con quien ser feliz. Como bien reflexiona cuando habla con Laurie, en esta sociedad mercantil, individualista y patriarcal, para las mujeres cualquier búsqueda de éxito o realización está condicionada por los roles de género, lo que convierte al matrimonio en una relación también mercantil, porque el matrimonio es la única forma de sobresalir, subsistir, crecer y escalar, reflejo de la contrariedad que hay hacia la feminidad, que invita a romper el molde para encontrar un camino propio, pero que no puede negar la presión social de no poder lograr muchas cosas, si no es a través de ciertos estándares sociales, como la vida en pareja, el matrimonio o la unión en familia.

“Las mujeres tienen mente y tienen alma, no sólo corazón… tienen ambición y tienen talento, no sólo belleza; estoy harta de que la gente diga que una mujer sólo sirve para el amor, estoy harta de eso”, dice Jo.

La contradicción esta en que a pesar de luchar por su libertad, también lucha por sobrellevar la soledad que esto a veces trae a su vida. Es una ‘transacción económica’, le dice Amy a Laurie cuando le habla sobre lo que significa realmente para muchas mujeres de esa época, e incluso en el presente, el matrimonio. Amy está consciente de que el mundo constantemente no la mira, considera o respeta a ella como mujer en sí, sino como la mujer al lado de un hombre, sin importar su propia historia de vida, características o capacidades, ya que al final, no dejará de ser ante los ojos del colectivo y los cánones corrientes, la hija, la esposa, la madre, la hermana o la ama de casa; el ‘ornamento’, dice ella.

“Como mujer no tengo forma de ganar dinero por mi cuenta, no el suficiente como para ganarme la vida o como para mantener a mi familia. Y si tuviera dinero, que no lo tengo, ese dinero le pertenecería a mi marido en el momento en que nos casáramos y si tuviéramos hijos, serían suyos, no míos; serían de su propiedad. Así que no te sientes ahí a decirme que el matrimonio no es más que una proposición económica, porque lo es”, detalla Amy en otro momento.

Sabiendo que esa es la realidad a la que se enfrenta, la propia rebeldía de Amy consiste en ser más que ese prototipo, para destacar como un ser independiente y honorable, más allá de la persona a su lado y a sabiendas de que en el contexto tradicionalista en que vive, es él quien tiene poder sobre ella, sobre su dinero, su apellido, sus hijos, sus acciones y hasta sus palabras. El reto sería resolver las contradicciones en el seno familiar, modificar el rol asignado para compartir responsabilidades, al margen de lo representado ante la sociedad. En alguna escena Amy insinúa, con su actitud, que esto es viable. En el fondo todas estas mujeres quieren ser más que lo que dicta la sociedad; luchan por ser definidas por algo diferente al estereotipo, cada una a su manera. Incluso en el caso de Beth, la más callada y tranquila de las cuatro hermanas, alguien que adora la música, la compañía de sus seres queridos y el apoyo solidario que pueda brindar a quienes necesitan afecto y comprensión. Pero no sólo le gusta la música, es ella también artista, una excelente pianista que busca disfrutar y agradar más que sobresalir en lo social o con dinero. Su corazón es más humanitario que el de cualquiera porque no aspira a una vida llena de lujos o grandes proezas; tampoco es que se conforme o descalifique los sueños de los demás, simplemente aprecia las simplicidades del mundo y es feliz con una pasiva existencia, sin pretensiones o complicaciones. Sus gustos son sencillos, pero eso no la hace una persona simple, la hace alguien capaz de poner el ejemplo y ver lo mejor de cualquier individuo, confiando en que incluso su peor defecto no es lo que los define. Su ruta de vida es distinta a sus hermanas justo porque por su nobleza se ve afectada por una enfermedad que daña seriamente su salud y por eso, involuntariamente sirve como eje de reagrupamiento familiar en determinadas circunstancias. ¿Trágico? Tal vez, pero al igual que sus hermanas pasa por el proceso de crecimiento preguntándose qué desea ser y a qué aspira en su vida. Hay una escena inolvidable en donde nos muestra que está aprendiendo a morir.

El texto trata en el fondo sobre la emancipación de la mujer, presentada de una manera delicada pero significativa. Ninguno de los personajes femeninos se define por los hombres en sus vidas, sino por sus propias convicciones, decisiones y personalidades. Jo es inquieta, decidida y rebelde; Meg es fuerte, segura y demasiado autoconsciente de la realidad; Amy es ambiciosa, objetiva, con alta autoestima, sabe lo que quiere; Beth es talentosa, sensible, afectuosa, solidaria; la propia Marmee (madre de todas ellas) es amorosa pero sin miedo a presentar sus propias opiniones, aunque con prudencia y crítica constructiva; y la tía March es una mujer práctica y realista al ser consciente que hay normas, por muy misóginas que sean, que no pueden cambiar de la noche a la mañana, requieren proceso, y para ello, los medios (económicos, sociales, culturales y políticos) para lograrlo. Qué hace falta para cambiar las reglas, sino una perspectiva objetiva sobre lo que es la realidad En este caso, por ejemplo, la historia lo reflexiona al mostrar el matrimonio entendido como un acto de unión en que amor, respeto y equidad son uno solo, a través de las experiencias de Meg, pero sin hacer menos las reflexiones de Amy de que, muchas veces, ese mismo matrimonio no es más que una convención institucional mercantil en donde la unión de pareja más que ser expresión de amor, lo es  de conveniencia y supervivencia. Exigir respeto en todo aspecto de la vida, que las personas puedan encontrar su independencia derribando cualquier tipo de barrera social, que su camino para alcanzar sus sueños no sea determinado por su género, religión, raza, posición socioeconómica o cualquier otra cosa; de esto habla la película. Jo le reclama a la tía March que ella puede hacer lo que quiere porque tiene la soltura económica que la deja en una posición privilegiada al no tener que depender para nada de un hombre, ni para fines prácticos de nadie. No es que Jo no pueda aspirar a esto, es que para lograrlo tiene que tomar en cuenta su contexto social, elegir bien sus batallas y ser fiel a sus convicciones sin sacrificar sus capacidades, pero consciente de que sí hay sacrificios que realizar. Y lo hace, cuando escribe una novela basada en sus experiencias con sus hermanas, exigiendo el control (los derechos de autor) de su trabajo, si bien concediendo el final feliz a su heroína como su editor se lo exige, una escena que hace eco a lo que hizo Louisa May Alcott en la vida real con su trabajo en Mujercitas. Esto es parte del mensaje que resuena en la actualidad, la negativa de la mujer para existir meramente a partir de las reglas sociales que se aceptan por inercia, costumbre o imposición, sobre todo cuando existen para servir a un orden que no tiene claro que la liberación de la mujer no pretende desplazar a nadie, sino busca no dejar a nadie al margen de la historia o de la sociedad. “Las chicas deben salir al mundo y formar sus propias opiniones”, dicen Marmee en un punto de la película. Su visión, más allá de dar libertad a sus hijas para vivir sus propias experiencias, cometer sus propios errores y darse cuenta del significado de sus propios sueños, habla también de la importancia de permitir a las personas en general libertad para formarse juicios y tomar decisiones. El relato se ambienta en un contexto social donde las mujeres no tenían muchas oportunidades ni opciones para construirse una vida. Los tiempos han cambiado y, sin embargo, hay actualmente, todavía, impedimentos sociales varios que imposibilitan a las mujeres una libertad real. Si Jo rechaza una propuesta de matrimonio o se niega a casarse, no es porque deteste el amor o la vida en pareja, es porque está renuente a ser presa de un estándar social que podría potencialmente dejarla atrapada en una jaula simbólica. Es como si fuera imposible tenerlo todo, como si la única forma de ser feliz fuera sacrificar todo lo que se cree que significa felicidad. Pero como bien dijera Louisa May Alcott en su libro Mujercitas: “Todos llevamos cargas, tenemos un camino por recorrer y nuestro anhelo de hacer el bien y alcanzar la felicidad nos guía para superar los contratiempos y los errores que nos separan de la paz”.

Little Women, 2019, Dir: Greta Gerwig

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Misión Imposible: Sentencia Final, acción, cinema y adrenalina…al máximo

Por: Iván Uriel Atanacio Medellín

En Misión Imposible: Sentencia final, dirigida por Christopher McQuarrie, Tom Cruise ofrece la entrega máxima de un actor por su proyecto, el compromiso con su pasión y la convicción total de que el cine, como experiencia comunitaria, solo puede disfrutarse a plenitud en la pantalla; y en la octava película de una serie aclamada, la audiencia puede admirar con asombro cada una de las escenas que configuran el paisaje emocional que la integra. Entre los abundantes diálogos, explicaciones, remembranzas y miradas envueltas en favor de la historia, la acción trepidante de la cinta nos ofrece silencios profusos, secuencias de acción impresionantes en cuyo frenesí se prolonga el respiro, y el aliento del público que acompasa cada minuto de los que acumula su duración de casi tres horas, expresas entre el espejo reflejo de la nostalgia y el horizonte al devenir. La Sentencia Final presenta una fotografía que amalgama de azules, ocres y cobrizos lienzos el trazo de Robert Elwist, la portentosa partitura de Max Aruj y Alfred Godfrey, y la sobresaliente edición del reconocido Eddie Hamilton. Simon Pegg despliega su humor con total naturalidad, al igual que Hayle Atwell reafirma su posición en el equipo, al cual se integran Tarzan Davis y Pom Klementieff, quienes habían aparecido en el anterior capítulo, al igual que Henry Czerny, Shea Whingham, Esai Morales y la enorme Angela Basett, corolan el arco emotivo de Luther, el entrañable amigo de Ethan Hunt, interpretado por Ving Rhames.

La entidad como un enemigo global, común e íntimo, conforma un paisaje de atemporalidad y terror digital que pudiera conllevar la inteligencia artificial, y la contrasta con la proximidad de los lazos afectivos que el personaje de Rolf Saxon enhebra con resaltar las posibilidades y las alternativas en las decisiones de la vida como gratuitad del albedrío, o una suerte del azar que no advertimos.  Tom Cruise, en el pináculo continuo de su carisma por cuatro décadas, en el treinta aniversario de las misiones imposibles que catapultaron su cariz como héroe de acción, realiza cada una de sus escenas con sentido de asombro, y en ello impacta desde su vertiginoso virtuosismo, el que homenajea el cine clásico, el cine mudo, y las grandes cintas épicas, que te dejan como espectador atónito, y como cinéfilo admirando el valor de disfrutar la cinta en la gran pantalla, puesto que, la emoción que vivirás desde tu butaca, no será la misma en la escala de una sala, y no lo será la experiencia comunitaria de compartirla.

Más allá del guión o de la consecuente trama que desarrolla la historia de Ethan Hunt y del la IMF, más allá de las extraordinarias secuencias, acrobacias y expectativas, habita una película que da sentido a las películas como una experiencia visual, que apela a dejarse llevar entre la propia vivencia, y que nos permite construir una realidad alterna, y nos invita a vivirla, con la misma intensidad que su protagonista, a sumergirnos entre la profundidad del océano, como volar por los aires y admirarnos, porque nada se agradece más a una experiencia audiovisual desde un auditorio, que coadyuvar con nosotros, en un mundo dominado por el sentido de la urgencia y lo inmediato, a no perder la capacidad de asombro, y abrazarla, al asombrarnos.

Mission: Impossible – Dead Reckoning Part Two, 2025, Dir: Christopher McQuarrie

Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.

“Cómo ganar millones antes que muera la abuela”,  la conmovedora ópera prima de Pat Boonnitipat

Por: Iván Uriel Atanacio Medellín

Cómo ganar millones antes que muera la abuela, es de inicio a fin la extraordinaria, sensible y por demás evocadora propuesta cinematográfica del también guionista Pat Boonnitipat, una cinta que explora de forma íntima, llana y precisa, la complejidad que habita en las relaciones humanas desde la perspectiva del amor fraterno, del instinto y del interés que conllevan todas las expresiones del sentimiento que aproxima lo lazos familiares, las aspiraciones personales y la vocación solidaria en un encuentro con la otredad que nos configura. Protagonizada por Putthipong Assaratanakul y Usha Seamkhum, quien, en su debut cinematográfico, ofrece una de las más extraordinarias actuaciones de la década, una abuela que, siendo diagnosticada con una enfermedad terminal, afronta el devenir con la resolución de su afición, costumbres, y apegos que implican la heredad de su partida, y la calma que advierte su preocupación ante la muerte que trascienda su vida. La relación de un nieto y su abuela, deconstruye las relaciones personales con perspectivas de la condición humana, brinda valor a los sentimientos y a las emociones, y soslaya el interés material ante la proximidad del amor como un motivo que no puede aislarse de la esperanza. La cotidianidad, los ritos, y las huellas que acompasan las miradas clavadas en las calles, en las personas o en la nada, acompañan a un nieto que pasa, de la atención interesada por el cuidado de su abuela, a una lección de vida que presenta la profunda inmersión sentimental, y el discernimiento como dos acciones intrínsecas pero disímiles desde el cariño que rebasa la expectativa de la correspondencia de un abrazo, de un guiño, de una caricia.

La compasión como un acto de amor, es una de las más bellas postales que ofrece desde la dirección, un guionista que aborda con sutileza la forma en que los lazos afectivos forjan las más profundas experiencias de vida, y que, esos actos de amor que muchas veces no vemos, se encuentran en los pequeños detalles que la observación deja de lado por detenerse en las distracciones o en los ruidos de lo cotidiano, cuando el valor de la vida, y el sentido de la misma reside en el respiro que se comparte desde la compañía.  De forma sencilla, el director presenta su historia o los vericuetos en los cuales conocemos a una abuela desde la relación con su nieto, mientras debate la vida entre una sentencia, y las decisiones que conlleva la despedida. Convertida en una de las películas más taquilleras de Tailandia, Cómo ganar millones antes que muera la abuela, tiene un final pleno de poesía.

Si algo distingue a las películas que exploran la cosmovisión cultural y los significados de una comunidad, es la construcción narrativa que apela a la representación de una simbología común, y a la construcción de un horizonte compartido desde la vivencia individual hasta tener una apreciación colectiva que le hace universal; Pat Boonnitipat hace una primera incursión en su canon fílmico, con una de las mejores y más sensibles cintas de esta era post pandemia, donde la proximidad se encuentra en decadencia, la observación no contempla, y los lapsos que enhebran los instantes de vida, se vuelven fugaces anécdotas, de ahí que, para mí, esta cinta es una obra que ofrece a nuestros tiempos, un viso del cine que se necesita, y el alcance de una dirección, para erigir una obra maestra.

Lahn Mah, 2024, Dir: Pat Boonnitipat

Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.

Tardes de soledad, el arte de matar

Por: Andrés Palma Buratta

La violencia, filmada una y otra vez, repetida hasta la normalización en la arena que detiene el tiempo, construye una epatante contemplación hipnótica que solo el Saturno de Goya devorando a su hijo ha logrado. Algo abominable, horrífico, brutal, pero que se nos presenta como el gesto intimo más bello del mundo. Roca Rey tiene miedo a morir encornado por un toro que desea vivir.

No soy un aficionado a la tauromaquia, no conozco ese mundo y nunca he presenciado (hasta ahora, que lo he visto filmado en esta película) una corrida. No manejo el lenguaje técnico de ese ritual taurino, ni tampoco sé su historia. No sé quiénes son los toreros famosos ni lo que significa serlo o como se llega a serlo. No sé quién es Roca Rey, el torero protagonista de este film. No sé que tan bueno sea, o porque merece protagonizar un documental.  No conozco la cultura ni la tradición del toreo en el mundo. No he visto películas relacionadas al encierro, ni he conocido novillero, ni participado en lidia, tienta o novillada.  Algunas veces he visto por televisión la corrida de toros de San Fermín, alegrándome cuando algún turista chancero es embestido por los animales, o he leído algún texto de Hemingway o García  Lorca al respecto. No soy un extremista defensor de los animales tampoco, no busco erradicar las corridas ni mucho menos, la verdad es que el tema poco me interesa, y de no haber sido “Tardes de soledad” una película de Albert Serra, que sí llama mi atención como director, ni siquiera habría visto el trailer. Obviamente no soy ajeno a la controversia que sucita el tema, que muchas veces conduce a airadas confrontaciones entre defensores y detractores desatando las pulsiones más primitivas del ser humano. El documental de Serra no estuvo ajeno a esa polémica, incluidas exaltadas manifestaciones para que no se proyectara en el Festival de San Sebastián, del cual resultó máximo ganador. Pero como nunca lograremos convencer al otro, ni a nosotros mismos, todo análisis se vuelve fútil. Pero bueno, la vida es eso, un ejercicio baladí, la política es eso a diario, una discusión más o menos que poco importa. Así que daré mi punto de vista, no solo de la película sino también de la tauromaquia por si a alguien le interesa.

Si bien en su película no existe una defensa profesa de la actividad ni de sus protagonistas o sus espectadores, el simple hecho de querer hacer un film con esa temática en tiempos de funas, cancelaciones y criticas vehementes al patriarcado machista hetero normado mariano, lo sitúa en la esfera de director controversial, etiqueta que por lo demás le sienta muy bien y de la cual ha hecho gárgaras durante toda su filmografía y que además lo vuelve un imprescindible dentro del circuito festivalero. Al igual que el impoluto traje de torero de Roca Rey que va tiñendo su brillo de rojo a cada lid, Serra agrega otra mancha de sangre a su propio traje de director maldito. Me da la impresión que Albert Serra es un director bastante cercano a la tauromaquia. Le gusta, la conoce y sabe donde poner el foco y los micrófonos para relatar los momentos íntimos del torero y su cuadrilla en cada corrida que los obliga a enfrentarse a la muerte, ya sea del animal o propia para divertimento de los asistentes al ruedo. Hay quienes van a vitorear al torero, y hay quienes acuden para apreciar la capacidad del toro para embestir, una y otra vez el capote ondeado en el aire como abanico. Una de las decisiones de Serra es obviar esas miradas, esos rostros, esos asistentes, esos personajes habituales de las corridas, para centrarse, casi en primer plano, en el matador y la fiera.  Y es que Serra no tiene miedo al momento de filmar la bestialidad, según algunos del toro, según otros del hombre, sin necesidad de voces en off, entrevistas, ni exageraciones dramáticas, ni menos recreaciones, ni público enardecido y complaciente. Serra se adentra en la faena misma de bufidos, gritos, saliva, polvo, excremento, dolor y muerte que salta al ruedo en la plaza, pero sin perder de vista la coreografía casi ensayada entre toro y torero que silencia el sentimiento trágico de sus vidas.  Los instintos, ambos, desencadenan el lado más primitivo que por su propio impulso, deviene en un acto de altos estándares artísticos. El arte de matar.

Sin duda, que el torero elegido, Andrés Roca Rey, despliega un temple, un carisma, una gestualidad, una teatralidad, e incluso una figura sumamente atractiva como hombre atiborrado en esos trajes apretados, pomposos y llenos de cierto glamour monárquico, que expela sensualidad en cada olé. Hay un dejo, o mucho, de erotismo en sus movimientos, miradas, en los baños de sangre del animal, de su propia sangre cubriendo su cuerpo, el sudor, pero sobre todo en los exagerados vítores y alabanzas hasta el hartazgo de la servicial mirada de su cuadrilla. La lluvia de elogios que Roca Rey recibe tanto dentro del ruedo, como en viaje de vuelta a su solitaria habitación de hotel, en una van atiborrada de hombres sudorosos sedientos de desnudar la hermética figura de su héroe, ensalza su pétrea figura que en cada puesta de traje esculpe sus genitales produciendo una extraña fascinación homo erótica. Un poco la misma apreciación de los ideales estéticos que uno podía experimentar viendo la obsesión de Dirk Bogarde por Tadzio en Muerte en Venezia. Ya desde la novela Thomas Mann escribía,  «¡Qué disciplina, qué exactitud de pensamiento expresaba aquel cuerpo tenso y de juvenil perfección! Pero la voluntad severa y pura, que en un esfuerzo misterioso había logrado modelar aquella imagen divina, ¿no era la que él, artista, conocía a la perfección? ¿No era la que alentaba en él, cuando lleno de contenida pasión libertaba de la masa de mármol del lenguaje la forma esbelta que su espíritu había intuido, y que representaba al hombre como imagen y espejo de belleza espiritual?».

Me parece que aquí hay un primer elemento destacable tanto en la película como en la actividad misma. Serra logra, con elegante sutileza, traducir los íntimos deseos pasionales que produce la figura del torero en la exaltación del espectador. Roca Rey asemeja a la figura de un bailarín enfundado en esas calzas que transparentan cada uno de sus musculosos, pliegues, hendiduras, órganos, con la única diferencia que su baile será frente a un animal rabioso, enfurecido después de haber recibido la tortura sediciosa de la cuadrilla del torero, que lo agota, lo hostiga, lo hiere, lo perfora, una y otra vez, lacerado varias veces antes de comenzar su batalla contra su verdugo; y a pesar de ello, este bello, musculoso, peñascoso animal de varias toneladas, es capaz de encornar a su enemigo contra las paredes de madera hasta romperle las costillas o incluso ensartarlo mortalmente.

Que diferente sería si el torero se enfrentará a un toro en pleno estado físico. Me parece que una cuadrilla provista de lanzas y piquetes o como se llamen esas espadas, contra un solo animal, es una pelea injusta. Cuando hablan que el torero también arriesga su vida o que existe un respeto mutuo entre el hombre y el animal, sería bueno, entonces, hacerlos luchar en igualdad de condiciones. No puedo evitar emitir mi juicio ético, porque pues es parte del análisis que se debe hacer de una obra, o de su contenido gráfico. No podemos excluir elementos morales o sentimentales, y obviamente esta crítica o reseña viene desde alguien que vio una asimetría en una tradición centenaria. Podríamos discutir largamente si las corridas de toro deben ser prohibidas, como en efecto está sucediendo en gran parte del mundo donde se practica esta “ceremonia”, porque deporte no es, más bien es un ritual, una fiesta, correspondiente a otros tiempos, a otro imaginario de héroe proveniente de esa mitología griega donde el culto al cuerpo, al animal y la lucha entre ellos devenía en ponderaciones filosóficas e iconográficas. No podemos no imaginar al minotauro muerto con su propio cuerno por parte de Teseo, o a las primeras pinturas rupestres donde los búfalos rumiaban libres las praderas arcaicas. Quizás esta liturgia se podría modernizar, sin necesidad de estacazos, sufrimiento o golpes letales. Claro, ahí el toro tendría más posibilidades de vencer al humano y los argumentos ahora serían favorables al macho, pero bueno, eso puede ser parte de otra discusión.

Pero insisto, la esencia de Tardes de Soledad se mueve por otros lugares. Visualmente es fantástica. La decisión de acercarse lo más posible a esta danza terrorífica de la vida y la muerte, excluye cualquier parafernalia exterior que distraiga de la brutalidad misma a través de planos muy cerrados y de centrar la previa y la post de las corridas en los viajes en van de vuelta al hotel, entre lambisconerías sin precedentes de parte de los excéntricos acompañantes de Roca Rey, y, al mismo tiempo, el lento desvelar de las inseguridades ególatras, de las vacilaciones emocionales, de la supersticiosa religiosidad del torero para reforzar su virilidad masculina como ejercicio espiritual, espesa la preponderancia que Serra le da al lenguaje cinematográfico en sí. Es que, si de algo sirve el cine, es para mostrar sin contemplaciones las vísceras, no solo físicas, sino que emocionales de sus protagonistas. Sirve para seducir al espectador y llevarlo a terrenos desconocidos de placeres intrínsecos.  Esta película no va de manifiesto en contra o a favor de la tauromaquia, tampoco va de la tradición o su historia, ni del torero, ni del toro, no entra en defensa, ni en juicios. Esto es una película, un artificio, una pieza de arte, donde la gracia de los movimientos embellece la violencia, donde el rojo cobra vida y tiñe la cámara a cada encuadre, donde el silente torero se vuelve exaltación narcisista de la masculinidad, donde la soledad es la misma para el torero como para el toro. La violencia, filmada una y otra vez, repetida hasta la normalización en la arena que detiene el tiempo, construye una epatante contemplación hipnótica que solo el Saturno de Goya devorando a su hijo ha logrado. Algo abominable, horrífico, brutal, pero que se nos presenta como el gesto intimo más bello del mundo. Roca Rey tiene miedo a morir encornado por un toro que desea vivir.

Tardes de soledad, 2024, Dir: Albert Serra

Andrés Palma Buratta |  IMDb @andrespalmab

Director y guionista italo-chileno, nos transporta al mundo distópico de una sociedad subterránea en su película Cassette, presentada en el Festival de Cine B, Cineteca Nacional de Chile y el Museo de la Ciudad de México. Ha participado en la producción de la película chilena “Una parte de mi vida” elogiada por la crítica. Su sensibilidad y lucha por defender los derechos humanos lo llevan a realizar el documental “Tú Ciudad…tus derechos”, para la CDHDF. Autor de historias sencillas y profundas. Desarrolló  la serie #HoySoyNadie, para Televisa Networks, fue director de Camaleón Films, dirige Filmakers Media Content.

Misión Imposible, la acción dinámica de las imágenes en movimiento

Por: Iván Uriel Atanacio Medellín

Desde 1996, Misión Imposible se ha convertido en un sinónimo de adrenalina, fuerza y calidad, a través de las imágenes en movimiento de la saga de acción más aclamada de las últimas décadas. Tom Cruise, en el pináculo de su popularidad, decide adaptar la serie de televisión en una película que se convertiría en la primera cinta que produciría. Dirigida por el maestro Brian de Palma, y estrenada durante el verano, Misión Imposible irrumpió por entero dentro de un canon de acción fílmica que, sin rivalizar directamente con James Bond, o con Jason Bourne en años posteriores, establecería su lugar propio dentro del panorama de los blockbusteres al recibir gran aceptación. A partir del año 2000, la cinta que había ofrecido un corolario de espías e intriga, se convirtió en un vehículo de cine de acción para su protagonista, y, dirigida por el ya legendario John Woo, la segunda entrega sería la película más taquillera a nivel global de aquel inicio de siglo.  En 2006, J.J. Abrams, productor y director de series televisivas, asume el control de la saga, ofreciendo una cinta más oscura, íntima y equilibrada entre una emoción desmedida y la vulnerabilidad de Ethan Hunt, quien además de enfrentar todas las vicisitudes de una tradición, debe luchar por lo más querido, Philip Seymour Hoffman se convierte de paso en el mejor villano de la saga. Y, tras 5 años de hiatus involuntario, Misión Imposible vuelve con un mayor alcance, de la mano de Brad Bird, 2011, con un elenco que agregaba a Simon Pegg y Jeremy Renner manteniendo a Ving Rhames incluso desde un cameo, ofrece la secuencia que se volverá icónica, al igual que aquella que iniciara la saga al descender por una cuerda en las entrañas de la CIA, y ésta será escalar el edificio más alto del mundo. Protocolo fantasma tiene un gran éxito, y con ella, iniciaría una etapa gloriosa de la mano del ganador del Premio Óscar Christopher McQuarrie, con las entregas Nación Secreta, 2015, que integra a Alec Baldwin, Rebecca Ferguson; Repercusión, que junto al carismático Henry Cavil, Sean Harris y Angela Basset, se convierte en la mejor película de la saga, y el capítulo final integrado por Sentencia Mortal 2023, y Sentencia Final 2025.

Ethan Hunt se ha convertido en un sinónimo de habilidad, liderazgo y destreza máximas, y Tom Cruise, la estrella de cine más importante del mundo, en autor de las mejores secuencias de acción de las últimas décadas, cuyas acrobacias representan un referente obligado del cine de acción de nuestro tiempo, tres décadas después de que iniciara la aventura, avistamos el capítulo final de una saga extraordinaria, cuya persistencia, constancia y vocación hacia el asombro hacia el público, ha dejado su huella fílmica por demás indeleble en la historia. Mientras las sagas cinematográficas enhebran un cuarto de siglo dedicado a las cintas de súper héroes, y a la utilización de los efectos visuales digitales CGI, Misión Imposible tiene por característica primordial, la realización de secuencias de acción vertidas en la imaginación de sus directores, ejecutadas por Tom Cruise y acompasadas por efectos visuales prácticos que, aunados a los recursos digitales, permiten enaltecer cada entrega con un sello particular y por demás único; así mismo, los guiones entretejidos y el asombro como una constante, permiten que cada nuevo capítulo enaltezca al anterior y prosiga en el relato del imaginario compartido con la audiencia.

Misión Imposible eleva el nivel narrativo, visual y acrobático en cada una de las visiones que los directores han compartido, amén de la tetra incursión de McQuarrie, a partir de la creación de personajes que legó Bruce Lleler, aguzados por la propuesta inventiva de David Koepp, Steven Zaillian, Robert Towne, Ronald D. Moore, Brannon Braga, J.J. Adrams, Alex Kurztman, Roberto Orci, André Nemec y el propio MQ. Locaciones espectaculares, secuencias pletóricas de emociones, y la audaz interpretación de Cruise, envuelven la icónica y emocionante música original de Lalo Schifrin, a través de trazos musicales de Danny Elfman, Hans Zimmer, Michael Giacchino, Joel Kraemer y Lorne Balfe. La prez artesanal de cada director, combinada con los efectos visuales puestos al servicio de la acción práctica, propia de las clásicas películas de acción, enmarcadas de explosiones, tensión, suspenso, persecuciones, misterios y entresijos, develan un rostro tras una máscara u obligan al protagonista a extremar sus habilidades físicas para desafiar los dejos, visos y a la vez retruécanos de cada encomienda. Misión Imposible queda ya en la historia del cine, y su legado no se destruirá al termino de este mensaje, ni al concluir la octava cinta de una saga celebrada por la crítica y la audiencia que refrendan aceptar su misión.

Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.

El último duelo

Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

Se afirma que la verdad es relativa porque no puede ser absoluta, porque al analizar un hecho o proceso entran en juego el contexto, las circunstancias, las sensaciones, los prejuicios y hasta la información o narrativas generadas alrededor de ella, ya que esto la moldea, le da perspectiva, le confiere valor, permite apreciarla, sopesarla, evaluarla y decidir. Por eso los puntos de vista cambian, porque se construyen a partir del entorno histórico, político, social, cultural, personal y relacional, de forma que cada quien vive y juzga una experiencia en función de su situación y posición ante las variables que rodean cualquier evento. Si bien no hay una sola verdad, sí puede haber muchas mentiras; si bien no hay una sola versión de los hechos, no todos son forzosamente verdaderos o contados con veracidad. De esto trata la película El último duelo (EUA, 2021), dirigida por Ridley Scott y escrita por Ben Affleck, Matt Damon y Nicole Holofcener a partir del libro ‘The Last Duel: A True Story of Trial de Combat in Medieval France’ (El último duelo: una historia real de crimen, escándalo y juicio por combate en la Francia medieval) de Eric Jager. Protagonizada por Damon y Affleck junto a Jodie Comer, Adam Driver y Harriet Walter, la historia se basa en un hecho real, el último duelo judicial o juicio por combate permitido que se haya documentado en Francia.

Este duelo a muerte era un sistema oficialmente reconocido para resolver acusaciones que se suponía no se podían solucionar a través de un juicio más tradicional con base en las pruebas disponibles, de forma que quien ganara el duelo en esencia ganaba el juicio y esto era visto como que aquella persona tenía la razón, pues su victoria ‘era respaldada por Dios’. El duelo en cuestión se llevó a cabo en 1386 e involucra a Sir Jean de Carrouges, un caballero noble que acusa al escudero Jacques le Gris de violar a su esposa Marguerite. La cinta presenta los hechos a partir de los tres puntos de vista de los involucrados, señalando así similitudes y divergencias en el recuento de lo sucedido y revelando, con ello, cómo es que lo que una persona puede percibir  insignificante, otro puede verlo como trascendental, significativo para su propia vida; o cómo es que un mismo acontecimiento puede sopesarse de una forma tan distinta según hizo sentir, pensar o reflexionar a los implicados. Lo que para uno es olvidable para el otro lo marca de por vida. El recuento en tres versiones distintas también hace evidente la deteriorada relación entre Carrouges y Le Gris, que pasaron de ser amigos a enemigos por las vicisitudes de sus relaciones económicas, políticas y sociales, dejando a Marguerite en medio de todo, a la defensiva, en desventaja y defendiendo su verdad en un mundo acostumbrado a no escuchar a las mujeres o en el que, especialmente en aquella época, el abuso sexual era algo que se callaba e incluso aceptaba como algo normal y cotidiano, porque, en el mejor de los casos, no se veía como una falta hacia la mujer, sino a su esposo, en calidad de propietario y responsable de su esposa. Marguerite pues, queda en medio de dos egos que la miran como un premio, de forma que el duelo no pretende hacer justicia plena, más bien resulta ser la excusa perfecta para poner fin a una rivalidad sustentada en envidia, egoísmo y vanidad.

Carrouges, por ejemplo, no demanda a Le Gris y luego lo reta a un duelo a muerte para defender el honor de su esposa, sino para salvaguardar su propia reputación y, desde luego, para dar cauce a su especial interés en denigrar, condenar y matar para vengarse de un hombre al que tacha como responsable de su mala fortuna; un Le Gris que, según Carrouges, que lleva años orquestando una campaña en su contra, traicionándolo, humillándolo y robándole su gloria. Posible esto porque el escudero tiene el respaldo absoluto, como favorito que es,  del Conde Pierre d’Alençon, el Regente de las tierras en las que viven, la Corte de Argentan, quien es, a su vez, primo del rey Carlos VI, lo que le confiere un poder y autoridad sin restricciones, pues sólo responde ante el Rey. Los acontecimientos, desde los ojos de Carrouges, presentan un Le Gris más bien poco talentoso, inepto en algunas cosas pero taimado y traidor, que se la ingenia para conseguir el favor y la gracia del Conde con persuasión, sumisión y manipulación, eventualmente llevándolo a hacerse de favores traducidos en tierras y títulos que, por azares del destino, o tal vez, inducidos por el mismo, recibe quitándoselos a Carrouges. Según éste, Le Gris es alguien que siempre ha querido lo que él tiene y, en consecuencia, es alguien que lo menosprecia. Según Carrouges, él es el héroe y Le Gris el villano.  En su opinión la afectada no es su esposa sino él mismo, ya que ve la agresión como una venganza o falta dirigida hacia él; esta idea demuestra una actitud tan machista y misógina como egocéntrica, alimentada por una sociedad en la que el hombre se ve a sí mismo en el centro de todo, en la que incluso para la ley, sus representantes y todo el sistema social quien importa es el varón, nunca la mujer, pues quien tiene derechos, honor, propiedades y valor es él, no ella. Carrouges quiere venganza para saciar sus emociones y está convencido que sus acciones son nobles, pues pelea batallas a favor de su Rey y, por ende, se considera merecedor de alabanzas; lo que en el fondo revela la posición social de Marguerite, un bien más de su esposo, tratada como un objeto, como propiedad, no como una persona. A pesar de haber sido agredida, no tenía derechos ni control ni poder, ni ella ni cualquier mujer en este contexto; acusada de infidelidad, provocación, escándalo y promiscuidad, arrinconada a tener que cumplir expectativas, de la época y sobre todo de los hombres, para sobrevivir, exigiéndole ser fiel, recatada, obediente, sumisa y callada.

Las cosas no son muy diferentes desde la perspectiva de Le Gris, que se mira a sí mismo también como víctima. Insiste que nunca hubo una violación porque la relación sexual, según él, fue consensuada, ya que, igualmente según él, la atracción con Marguerite era evidente a raíz de la que considera una relación marital insatisfactoria para ella, o lo que es lo mismo, culpa y responsabiliza a Marguerite de sus propias acciones, convencido de que lo que hizo estuvo bien y además era su derecho, en relación directa a verse más honorable y digno que Carrouges, el esposo de ella. Ello es reflejo de la perspectiva autoritaria y patriarcal de los señores propietarios de la época, acostumbrados a tratar a las mujeres con prepotencia, violencia y como simple objeto sexual. La idea de fondo, al contrastar ambas versiones de los hechos, es que los hombres se atreven a decidir sobre lo que suponen Marguerite quiere, piensa, siente o necesita; su esposo dicta y reprueba el abuso en función de su papel como marido, no de lo que realmente vivió ella. Le Gris a su vez también actúa en busca de imponer su voluntad, porque está convencido que su palabra, su versión de los hechos y su opinión, es la correcta, o la verdadera. Le Gris y Carrouges se comportan como si el problema social, legal, ético y moral no recayera en una acusación de violación o el abuso a una mujer, sino en una rivalidad entre hombres que no pelean ‘justamente’ entre ellos, una enemistad que se sostiene en su propio machismo. Según Le Gris es él y no el otro quien buscó conciliación, atribuyendo el favoritismo del Conde a su habilidad militar e intelecto erudito, por tanto, justificando el rechazo del primo del Rey hacia Carrouges en lo que cree es un constante intento de su examigo por menospreciarlo y atacarlo. En corto, para Le Gris sólo importa Le Gris y para Carrouges, sólo importa Carrouges. El detalle es que el verdadero error de ambos es medir los problemas sociales en función de su propio narcisismo, ejemplificando cómo las normas y la organización del sistema no están para hacer justicia sino para inclinarse a favor de aquellos con más dinero, influencia o posición social. Carrouges, por ejemplo, se niega a presentarse a la audiencia con el Conde porque sabe que de hacerlo la demanda sería decidida por él, quien fallará automáticamente a favor de su amigo, haciendo evidente que el sistema de justicia, administrativo y legal, no tiene nada que ver con velar por el bien de la comunidad, sino por los intereses de aquellos cercanos a las esferas de poder. El propio Pierre se lo dice a Le Gris cuando le explica que si el caso cae en sus manos, con facilidad podrá decidir sobre la situación, absolverlo a él y argumentar que Marguerite inventó o soñó lo sucedido, menospreciando y minimizando así su voz y su verdad, callándola en lugar de escucharla e, indirectamente, validando como aceptable la actitud de su amigo, un Le Gris que habría abusado de ella por el mero hecho de poder y querer hacerlo.

El duelo mismo no representa ni verdad ni justicia, es simplemente una estrategia para difuminar la conversación verdaderamente importante: el trato equívoco, injusto y reprobable que hace la sociedad hacia la mujer; y el intento de aminorar e ignorar los abusos hacia ellas que se presentan tan imperceptibles como insignificantes. La creencia aquí es que en un duelo judicial, ‘Dios decide el caso’, como si la justicia fuera divina y mágica, como si escapara de las manos de la sociedad, sus normas, su organización y los derechos que todo individuo debería tener por el simple hecho de ser humanos, ciudadanos, personas. Sin embargo, esa ‘justicia divina’ tampoco rectifica las cosas para Marguerite. En algún punto, hacia el final de la cinta, Carrouges le reclama a su esposa, alegando que su denuncia podría costarle la vida, como si luchar por la verdad fuera un error, como si la verdad no importara o como si ella no importara. Lo que Carrouges olvida y que ella bien le reclama es que Marguerite misma está sacrificando tanto o más que él, pero además en nombre de la justo y correcto, no de la presunción y la soberbia, como hacen tanto Carrouges como Le Gris.

Marguerite habla de lo sucedido y reclama ser escuchada sabiendo que la gente desaprobará y señalará sus acciones, la volverá blanco de burlas, rumores, calumnias y críticas, porque asumen que miente o que ella es la culpable del abuso, por el simple hecho de que si sucedió, ella lo permitió. Si Marguerite defiende la verdad a pesar de la vergüenza, errores de juicio y habladurías, es porque exige ser tratada con dignidad, porque lo que dice importa, porque la verdad importa, lo suficiente para desafiar los cánones, prejuicios, al sistema y a las instituciones; todo está en contra de ella, ya sea que hablemos de su esposo, su Rey, la Corte y la iglesia, entendiendo que de perder Carrouges el duelo, ella pagará también con su vida pues será acusada por haber levantado falsas acusaciones, recordando que quien pierde el duelo no tiene el respaldo de la verdad, para entonces ya convertida en un espejismo, un pretexto. Todo termina por ser un circo, un espectáculo para las masas, un duelo que en realidad funge como medio de entretenimiento, una lucha a muerte que al final no tiene nada que ver ni con la denuncia ni con la falta cometida, un enfrentamiento en el que Marguerite no gana, sólo pierde, sin importar cuál de los dos hombres salga victorioso. Si lo hace Le Gris, ella será torturada y quemada viva al encontrársele culpable de adulterio y de calumniar a un caballero; por ende, de haber cometido un pecado; si lo hace Carrouges, entonces su esposo se lleva los aplausos y la gloria, dejándola en la misma posición de desventaja social y familiar, en la que nada cambia, vista y tratada como un objeto o propiedad del hombre a su lado, como era común catalogar y, así, denigrar a las mujeres en aquella época. “La violación no es un delito contra la mujer. Es un delito de propiedad contra su tutor masculino”, dice en algún momento un clérigo consultado para llevar la defensa de Le Gris, dejando ver que para las personas en ese contexto histórico, político y social, la mujer no importa ni vale nada; por consiguiente, cualquier acción en su contra es sólo una vía para barajear otros asuntos, como juegos de poder y de supervivencia, de traición o venganza.

El tercer recuento de los hechos, el de Marguerite, muestra que nada es lo que parece, que ni Carrouges ni Le Gris son perfectos como ellos se pintan, que en cambio, ambos son toscos, petulantes y soberbios, no sólo con ella, también con cualquiera a su alrededor, una situación normalizada y aceptada socialmente. Realidad que cientos de años después de cuando la historia tuvo lugar sigue siendo vigente, preocupante y recurrente: hombres con poder, egocéntricos, que se preocupan y ocupan con sus venganzas y autocomplacencias, que se ven a sí mismos como héroes, al menos de sus propias historias, escudándose en conceptos como honor, justicia o verdad, legalidad o divinidad, que arrebatan y someten porque creen que es su derecho, porque en su mundo alardear, presumir y pasar sobre otros es la base del éxito. Para cualquier persona que se mira por encima de los demás, peor que perder no es no ganar, es ni siquiera participar y pelear, es no ser protagonista, por eso su versión de los hechos siempre está por encima de todo, porque no la ven como una porción de la realidad, sino como un absoluto que no se puede desafiar y que, por lo mismo, quieren imponer siempre su punto de vista, sus creencias su ideología y su cultura; ese es el mayor peligro que enfrenta la sociedad actual.

The Last Duel, 2021, Dir: Ridley Scott

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.

Justicia Artificial
Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez

La tecnología está en todas partes, ha sido base del desarrollo económico a lo largo de la historia de la humanidad y hoy, junto con el saber científico, es parte fundamental de los mecanismos de toma de decisiones tanto a nivel empresarial como gubernamental; lo importante es qué tanto se le ha utilizado para insertarse en la vida cotidiana de las personas, invadiendo incluso su intimidad hasta tomar control de las normas de convivencia social y dictar funciones, reglas y dinámicas para la gente, impactando directamente en su existencia y evolución. Si las máquinas y los programas de software son herramientas, por qué se les deja elegir cómo deben actuar, pensar, decidir y relacionarse los humanos.

Es claro que la sociedad busca transformarse y progresar, adaptándose a las circunstancias, necesidades y realidad actual de su población. Si algo no funciona, en su organización o sus reglas, tiene que cambiar; el problema recae en si al hacerlo se pierde de vista su objetivo y existencia, por ejemplo, si las leyes dejan de proteger y comienzan a afectar a los ciudadanos, si la tecnología deja de ser instrumento de ayuda para, en su lugar, servir para controlar, vigilar, inducir, someter y dictar normas de comportamiento; o si la política y la economía dejan de velar por el bienestar de la comunidad para en cambio responder sólo a los intereses de unos cuantos con el poder, operando siempre el sistema jurídico para proteger los intereses de ese grupo social dominante. De aquí parte la película Justicia Artificial (España-Portugal, 2024), dirigida por Simón Casal, quien coescribe junto a Víctor Sierra, y protagonizada por Verónica Echegui, Tamar Novas, Alba Galocha y Alberto Ammann. Se ambienta en un futuro alternativo en España, en el que un programa de inteligencia artificial (IA) llamado Thente se usa para asistir a los jueces en sus casos, analizando la evidencia, la biografía y el perfil de los acusados y sugiriendo sentencias y condenas. Hasta ese momento el software está habilitado como una simple herramienta de apoyo, una máquina que proporciona a los jueces una información que les sea útil en sus decisiones, sin embargo, se espera que eventualmente la inteligencia artificial sustituya por completo al humano y las personas sean juzgadas por el algoritmo en los procesos legales. El gobierno y la empresa privada dueña de Thente trabajan en conjunto para hacerlo posible y lanzan un referéndum para votar si se está o no de acuerdo en que se haga efectivo; el punto, argumentan, es que al recurrir a la inteligencia artificial para analizar, dictaminar y sancionar, los acuerdos serán más objetivos, se hará más rápido, eficiente y eficaz el sistema jurídico, además de disminuir gastos en el aparato de gobierno. Las perspectivas parecen favorables, no obstante las reservas de algunos sectores sociales, especialmente de especialistas en materia judicial. Si bien, cuando la desarrolladora de la IA, cofundadora de Thente, fallece en misteriosas circunstancias, el resultado de la votación, hasta ahora inclinado por el ‘sí’, comienza a tambalearse, al hacer evidente que aquellos directamente implicados están más interesados en la ganancia monetaria y las alianzas de poder, que en modernizar un sistema legal ya insuficiente para las necesidades de la población, o en hacer valer una justicia objetiva e imparcial para la ciudadanía.

A fin de mejorar su imagen pública y para validar la efectividad de la IA, Thente invita a la juez Carmen Costa a auditar el programa, una interacción que a su vez que permita mejorar el algoritmo del proyecto. La realidad detrás de la decisión es, sin embargo, una estrategia de persuasión y convencimiento, considerando que Carmen es de las pocas personas que aún cuestionan la viabilidad de la IA en los procesos legales y el sistema de justicia (humano). Por un lado, que el software pueda evaluar su funcionamiento al comparar sus procesos con el trabajo de una persona real facilita el pulido de datos y algoritmo; la IA ‘aprende’ de Carmen, dicen informalmente, pero en realidad lo que el programa hace es emular al humano y construir un modelo, un diagrama de flujo a partir de patrones de comportamiento o decisiones, mediante valoración de la información que, es obvio, puede agrupar y procesar más rápido que el humano. En el fondo lo que Thente pretende es aprovechar o aprovecharse de la experiencia legal y profesional de Carmen, no sólo para la mejora del algoritmo sino también para la certificación, al menos indirecta, del mismo, intentando asociar a la empresa con el prestigio de la abogada a raíz de la relación directa creada, más bien plantada o forzada por la auditoría. Alguien incluso le asegura a Carmen que la idea es ‘comprarla’, es decir, ponerla de su parte para favorecer a Thente, ya sea convenciéndola de la efectividad del programa u ofreciéndole cualquier incentivo a cambio, ya que su respaldo es la legitimización del uso de la IA. En corto, lo que importa es poner el algoritmo en marcha a toda costa, distrayendo de la conversación verdaderamente relevante: ¿el uso de inteligencia artificial dentro del sistema de justicia de un país es favorable para los involucrados o será factor de injusticias y corrupción? El problema aquí es que el uso de un algoritmo para analizar y dictaminar procesos humanos que pueden afectar la vida de personas, es difuminado en una parafernalia mediática que oculta el interés financiero y político de sus promotores, explotando las evidentes carencias del sistema judicial.

Todas aquellas campañas de mercadotecnia en las que un producto está avalado o supuestamente respaldado por una profesional u organización oficial, lo que hacen no es comprobar certeramente la efectividad del producto o servicio, sino convencer al cliente o usuario de su aparente efectividad por medio de una instancia o entidad que presuntamente le da su aprobación. La cuestión es si esa aprobación es honesta y verídica, o comprada, quizá amañada o tergiversada. Esto es lo que sucede con Carmen, no es que ella haya aprobado el uso de Thente como auxiliar o sustituto del papel de un juez, es que al colaborar con la empresa detrás de la IA, se da la apariencia de que es así, consiguiéndose la percepción social de que los profesionales en el campo laboral están de acuerdo con su uso, cuando en realidad es todo lo contrario, la asociación de jueces no respalda al algoritmo, no sólo porque los desplaza laboralmente, sino porque éticamente resulta inquietante que una máquina determine la vida humana. Para Carmen lo importante recae en preguntar si Thente realmente es objetivo, imparcial y justo, o si puede realmente serlo tomando en cuenta que es un programa de software sistematizado. ¿Se puede estar seguro de que no hay margen de error en sus datos?, de que ¿hay funcionalidad real y óptima en su implementación?, y sobre todo, ¿hay ética en su participación o decisión? ¿Puede la conducta ética ser programada? ¿Cómo es que un programa de software o una inteligencia artificial ‘juzga’ un acto humano? Thente se guía a partir de patrones de datos, diagramas de flujo, información acumulada y respuestas predeterminadas, sin embargo, lo que tiene enfrente son personas cambiantes, emocionales, inseguras, impredecibles e impulsivas, incluso cuando sus respuestas sean racionales y sus actos sigan modelos de conducta estudiados.

Cuando Carmen es invitada a un foro para discutir el uso de la IA, ella señala que un problema que encuentra en el uso del algoritmo es que sus observaciones y conclusiones de un caso cualquiera siempre están basadas en información pasada. La inteligencia artificial podrá repasar la evidencia y analizar el comportamiento del acusado previo a su crimen o durante su juicio, pero no puede predecir el pensamiento en ese instante de esa persona. La IA se adelanta a predecir las acciones futuras de los acusados, calculando las probabilidades de reincidencia por ejemplo, pero una estadística no es más que un porcentaje de posibilidad, nunca una certeza. Por qué basar decisiones humanas sólo en estadísticas, por qué creer que la informática tiene todas las repuestas si la tecnología no es más que una programación creada por el propio hombre. El lado humano es el elemento más importante, el contexto, las sensaciones, la redención, la compasión, la generosidad y muchos otros valores intangibles que la inteligencia artificial puede definir, plantear e intentar medir, pero nunca entender, porque no es una persona. Los resultados y respuestas de la IA están programadas, preestablecidas por el software que le hace funcionar, pero en esencia preestablecidas por los humanos que lo codifican. Los que están a favor del uso de Thente insisten que su utilización no sólo optimiza los procesos legales, cada vez más saturados e ineficientes, aquellos que el humano ya es incapaz de resolver en tiempo y forma porque les supera en número y complejidad, sino que, dicen, al automatizar los procesos no sólo hay mayor eficiencia, también se despolitiza el sistema judicial. La idea detrás del argumento es que el factor humano en la estructura legal es un elemento más perjudicial que favorable, a raíz de la corrupción tanto personal como del sistema. El humano, aquí el juez, es lento, susceptible al error, inclinado al prejuicio y potencialmente corruptible a través de sobornos, presión, persuasión y mecanismos similares para obtener su favor. Lo que no se señala es que detrás de esta supuesta preocupación por la despolitización, lo que le sustituye es la privatización, en donde el que gana no es el ciudadano promedio ni el sistema legal, sino el capital, en este caso, una empresa privada dueña de la inteligencia artificial a la que ahora se le planea delegar un proceso gubernamental moderado y administrado por el Estado. Transportándolo a la realidad los sistemas de salud y de seguridad ya lo viven, incluso, por cierto, algunos judiciales, dirigidos por organizaciones privadas que ofrecen resultados al mejor postor y por ende responden a los intereses de quien paga, no de quien se supone tienen que ayudar. Esto no sólo dificulta la imparcialidad de los procesos sino que propicia discriminación, exclusividad y clasismo. El algoritmo, la inteligencia artificial o el sistema implementado responde a su dueño y su dueño es quien tiene el poder, o el dinero, para desarrollarlo e implementarlo. Carmen finalmente lo dimensiona cuando comienza a cuestionar la muerte de Alicia, al enterarse de que, pese a asegurarse que la programadora estaba a favor del lanzamiento de Thente, la realidad era que quería frenarlo, retrasar o anular su puesta en marcha sabiendo las consecuencias reales de la intromisión de la IA en la vida humana, al permitirle desplazar al humano, substituyendo al juez en lugar de sólo asistirlo o apoyarlo. Alicia quería que la IA hiciera posible la democratización de la justicia, procesos más transparentes, ágiles, suficientemente analizados y por ende justos; en cambio, lo que se había conseguido con Thente hasta ahora era promover un algoritmo que se implementaba para favorecer a unos cuantos gracias a bases de datos manipuladas, programadas para analizar de manera diferente a las personas, ya que se podía comprar un trato ‘especial’, o VIP, si se pagaba lo suficiente por ello. El algoritmo no recibe nada a cambio, no ‘decide’ quién recibe un trato especial, son los programadores de la IA quienes reciben un beneficio a cambio de modificar el funcionamiento del programa. Si los dueños de Thente y el gobierno eligen cómo la IA procesa sus bases de datos, si la IA es un programa creado por una persona, cómo es que puede existir objetividad en su ejecución. Trasladando al mundo actual, cómo es que no se analiza más a fondo la forma en que la tecnología está inmersa en todo aspecto de la vida, almacena, rastrea, procesa y cataloga toda la información en la red, no para dar respuestas funcionales a los humanos, sino para favorecer a las personas con el poder y el dinero para hacer que las máquinas sean programadas para rastrear y procesar información que luego utilizan según sus intereses, para vender, convencer o manipular a la sociedad, ya sea que se hable de la venta de un producto o una elección gubernamental, por ejemplo.

Asimismo, además de hablar del desplazamiento del humano a partir de la automatización y digitalización de los procesos, o del uso ciego, incontrolado, invasivo y poco ético de la inteligencia artificial, la película también ahonda en la ineficacia del sistema judicial. Aunque ambientada en España, revela una verdad universal: es imposible que haya justicia honesta, imparcial e íntegra en un mundo donde todo es susceptible a la corrupción, donde la democracia es una muletilla, porque aparentarla es la pantalla perfecta para no ponerla en práctica, o donde la burocracia y los intereses políticos y económicos de la clase o grupo social dominante son los verdaderos operadores del sistema. Si bien la cinta plantea cómo la tecnología y la informática se modernizan, también cuestiona y critica cómo es que la organización institucional para la que trabaja no lo hace a la par, sea en la cultura, la ciencia, la política, la economía o cualquier sistema social, en este caso, el judicial. Ejemplificándolo con la película, por qué importa más la actualización de las computadoras, el uso de la informática y el empleo de inteligencia artificial en juicios y sentencias, si las leyes y los procesos democráticos a los que sirven continúan siendo los mismos que hace años. Quizá Thente, o la inteligencia artificial en general, no tenga sesgos, ideologías, prejuicios o intención específica, sólo analiza datos y produce resultados, pero no puede ni podrá sustituir nunca al humano, es éste quien la produce y la puede utilizar; así que, por qué actuar como si lo fuera. Al final ya no sólo se trata de cuestionar quién controla al sistema sino quien controla a la IA, que es ya en la actualidad la fuerza detrás de todo sistema. En ese sentido la prioridad no es mejorar el orden y la estructura social, sus normas y sus funciones, sino utilizar la inteligencia artificial para controlar la dinámica social e incrementar las ganancias de las grandes corporaciones que monopolizan la producción de esa tecnología. En la narrativa de la película, ¿por qué dictar sentencias con algoritmos, tomar decisiones a partir de estadísticas, construir ideologías desde datos procesados y resolver acciones según lo que dice un algoritmo o una máquina? La respuesta, incluso en nuestra realidad social: para mantener y reproducir al sistema socioeconómico, su estructura de clase y los beneficios económicos y políticos de los propietarios de los medios e instrumentos de producción.

Justicia Artificial, 2024, Dir: Simón Casal de Miguel

Diana Miriam Alcántara Meléndez | México

Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.