Hereje
Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez
Herejía significa negar o estar en desacuerdo con las normas, costumbres y creencias establecidas y aceptadas, ya sea por una religión, institución, autoridad, academia o grupo social. Más que no creer en nada, que sería un ateo o un agnóstico, aquí se refiere a cuestionarlo todo, rechazando la opinión popular o de la mayoría.

El hereje se aparta, disiente, disputa y objeta, pero aunque el pensamiento crítico es oportuno y dudar implica sopesar la información desde todos los ángulos, en lugar de creerla ciegamente, eso no quiere decir que sólo por contradecir, sus palabras o afirmaciones sean las correctas. La película Hereje (EUA, 2024) plantea diversas reflexiones alrededor de esto, la alienación, la duda y el control, o la diferencia entre cuestionar el entorno objetivamente y solamente negarlo en favor de imponer ideas o voluntades propias. Escrita y dirigida en conjunto por Scott Beck y Bryan Woods, la cinta está protagonizada por Hugh Grant, Sophie Thatcher y Chloe East. La historia se centra en dos jóvenes misioneras mormonas, Paxton y Barnes, que visitan a un hombre, el señor Reed, con la intención de predicar sus creencias para convencerlo de unirse a su iglesia cristiana, el Movimiento de los Santos de los Últimos Días. Sin embargo, pronto se dan cuenta que han caído en la trampa de un hombre que las retiene contra su voluntad, con el fin de aparentemente obligarlas a cuestionar su fe, pero en realidad de empujarlas a dejarse influenciar por él, con el argumento de que creer en algo es lo mismo que no creer en nada, porque lo importante no es qué es real o no, sino qué tanto se está convencido de que lo es, o no.

Toda religión o doctrina es una copia de su antecesora; todas se basan en los mismos principios y promueven las mismas ideas, afirma Reed, y su objetivo, en todos los casos, no es sanar o ayudar al prójimo, ni guiar espiritualmente a sus seguidores por un camino de buena voluntad, solidaridad y armonía, sino el beneficio propio, el control de las consciencias y el enriquecimiento de la estructura institucional a la que pertenecen. En otras palabras, según Reed, ninguna religión es única porque todas pretenden adecuarse a las necesidades del entorno ajustando normas, límites o principios con el fin de seguir vigentes y convincentes. Reed insiste que las religiones improvisan, mienten y se adaptan, no en favor de sus simpatizantes ni la fe o ideales que plantean, sino a partir de cómo pueden sacar provecho de esto, sea dinero, propiedades, dominio, prestigio y hasta popularidad, que conlleva influencia. Reed esconde sus propias intenciones poco honorables bajo la manga, pero también plantea preguntas resonantes respecto a la fe, las religiones como instituciones de poder y la forma cómo sus doctrinas moldean a las personas y a la sociedad misma. La existencia de una variedad tan vasta de religiones parece obedecer a motivos de conveniencia; las propias Barnes y Paxton aceptan que el fundador de su iglesia la creó porque no estaba totalmente de acuerdo con lo que predicaba la religión a la que ya estaba afiliado, así que absorbió aquello que le interesaba, desechó lo que no y propuso una nueva forma de organización, con reglas, jerarquía, estructura y directrices nuevas. Una de las jóvenes incluso menciona haberse acercado a varios templos antes de encontrar aquel que mejor le convencía. Objetivamente esto parece adecuado, la libertad de elegir en qué creer, sopesando qué rige a la institución o religión en cuestión, qué profesa y cómo se organiza. Sin embargo, la otra cara de la moneda presenta un escenario más bien oportunista, abriendo el debate a cuestionar si la existencia de tan variadas y numerosas religiones no responde entonces a una cuestión de conveniencia combinada con individualismo, como si, en lugar de dialogar con el fin de cambiar para mejorar, ya sea principios, doctrina o religión, se decidiera negar lo existente para crear un nuevo movimiento, similar pero encabezado por su creador. El resultado: grupos sociales intransigentes, fanáticos, ignorantes, manipulables, intolerantes y cerrados al diálogo, que se dejan guiar con fe ciega por sus líderes.

Las religiones como instituciones suelen ser así, más adoctrinadoras que promotoras de valores que animen a las personas a actuar correctamente. De forma que, según Reed, el gran problema para la humanidad no es tener o no fe, sino tenerla pero depositarla en un sistema de organización social que limita su individualidad, identidad, libertad y desarrollo. Las preguntas que Reed hace a Paxton y Barnes son importantes: qué opinan realmente de su religión, cómo la cuestionan, en qué creen y por qué o qué tanto influye en su vida, sus relaciones sociales y su propia visión del mundo. Las respuestas de Barnes son más reveladoras, especialmente una vez que se da cuenta que Reed las tiene, para fines prácticos, secuestradas y que su objetivo es, potencialmente, matarlas. Barnes se convence que su supervivencia recae en retar la mente de Reed tanto como él lo hace con las suyas, haciéndolo racional, ecuánime y argumentativo. Enfrentar a la razón con razón, porque sólo entonces se convierten en oponentes dignos y capaces, ante un Reed que parece percibirlas, muy misóginamente, como inferiores. Barnes se niega a verse como víctima, como alguien maleable, incapaz de pensar, decidir, cuestionar, razonar, entender y cambiar. En el fondo el dilema no recae en que alguien crea o no, profese una religión o no, cuestione o siga fielmente aquello que se le inculca, sino en no darse cuenta de cómo esto sucede todo el tiempo y en todas partes, en los medios de comunicación masiva, la mercadotecnia, la política, las instituciones sociales, las religiosas, escolares, deportivas, incluso en la familia. Todos profesan tener las respuestas, enfatizando que se trata de ‘las respuestas correctas’; todos quieren ser líderes, tener seguidores, ganar, desplazar al competidor, eliminar al de junto y conseguir devota lealtad de aquellos a quienes han persuadido en la idea de que son ‘la mejor opción’ por sobre cualquier otra. Lo hacen las religiones, los partidos políticos, los equipos deportivos, las marcas comerciales, las celebridades, la tecnología, etcétera.
¿Cuál es la diferencia entre catolicismo, cristianismo, budismo, hinduismo, islamismo o cualquiera de las muchas variantes de cada una de estas disciplinas?
Los detalles cambian, pero las bases son las mismas, explica Reed, añadiendo que todas las doctrinas de fe son variantes de la misma idea, los mismos principios o relatos y el exacto mismo fin último, enfatizando cómo el envoltorio, vistoso, llamativo y camaleónico permite engañar, embaucar o engatusar a las personas, para que no se den cuenta que se trata de una simple competitividad entre partes contrarias alrededor del mismo producto. Aunque su sustento se concentre en desacreditar toda ideología por el mero propósito de debilitar anímicamente a Paxton y Barnes, lo que Reed dice tiene argumentos convincentes a favor, aunque también en contra. Si toda religión profesa en el fondo los mismos ideales, si todas hablan de amor, solidaridad, redención, perdón, amabilidad, superación y demás, si lo único que las diferencia es cómo predican todo esto, ¿cuál tiene la razón?, ¿cuál es la verdadera o la correcta? En todo caso, ¿si el individuo elige en función de aquello que mejor le acomode, no es más una elección basada en la comodidad que en los principios?

La trampa que Reed despliega para confundir, para quebrantar en lugar de orientar, es que no pregunta con ánimo reflexivo ¿para qué sirve la religión?, ¿por qué la gente se acerca a ella?, ¿en qué ayuda o perjudica? o ¿cuál es el propósito de la fe, desde la perspectiva personal? Es decir, no invita a Paxton y Barnes a cuestionar aquello que su iglesia les inculca como un acto crítico, racional y científico, sino que las obliga a dudar para alejarlas de toda creencia previa y así imponer sus ideas en la mente de estas jóvenes. Es tan débil quien cree ciegamente en todo como quien no cree absolutamente en nada, porque entonces se es incapaz de pensar, de argumentar y de decidir por sí mismo. Tener fe en una religión no es lo mismo que tener fe en su iglesia; ni creer en su dios es igual que creer en las personas que predican su palabra. Cómo detectar la mentira de la verdad; ¿creemos en algo sólo cuando estamos convencidos de que es cierto, o a pesar de las dudas seguimos creyendo, porque nos hace sentir bien con nosotros mismos? “Mientras más sabes, menos sabes”, menciona Reed, en relación a que al indagar más a fondo sobre aquello que se nos impone, no sólo en el terreno religioso sino respecto a cualquier idea, afirmación o información compartida, presentada y circulada, más propenso se es a desenterrar aquello que contradice lo que creemos saber. La clave es valorar qué hacer con esto, algo que Reed no pone en práctica; en cambio niega, culpa y reprocha, olvidando que conocimiento, análisis y pensamiento crítico no significa cuestionar para destruir, sino hacerlo para esclarecer ideas, adaptar nociones y adecuar conceptos. “Cada secta, culto, credo o denominación aclamaba ser la única doctrina verdadera y sin embargo, ninguna parecía verdadera al examinarla bajo el microscopio”, reclama Reed. “¿Cuál es la única religión verdadera?”, pregunta frecuentemente, hasta concluir que todas son sistemas de control. Sin embargo, la religión también existe para darle sentido al mundo y esto es lo que Reed no acepta porque está convencido que toda institución, religiosa o no, está tan corrompida por su hambre de poder e influencia que poco importa lo que la sostenga, mientras tenga poder, control y dominio sobre sus seguidores y, con ello, propiedades y beneficios. Si no se entiende, se juzga; si no gusta, se desecha o censura; si no sirve, se elimina; y si incomoda, se niega o borra de la historia. Esto sucede con las personas, acontecimientos, movimientos sociales, normas, doctrinas, creencias y estructuras que conforman el todo. Cuando Reed persiste en que toda religión no es más que un conducto para aprovecharse de las personas, de sus debilidades, inseguridades, incertidumbre o vacío emocional y personal, lo que dice es que en el fondo todo esto tiene que ver con la naturaleza humana de supervivencia y destrucción. Las religiones son meras historias, transmitidas de generación en generación, creadas y compartidas por individuos que por naturaleza mienten, se pervierten y compiten. Supervivencia y control mueven al ser humano, pero esto puede fácilmente también volverlo un villano, como sucede con Reed, alguien que inicialmente indagó en la teología en busca de repuestas para eventualmente imponer las suyas propias. Lo hace con Paxton, Barnes y las muchas otras mujeres que ha atrapado por medio de engaños y manipulación, presentando sus dudas sobre fe y religión, aunque de una manera más radical que objetiva, preguntando si un milagro significa magia inexplicable o sólo coincidencia de un hecho que se resuelve de la forma más inesperada o ideal. ¿Existen los milagros o adjudicamos sucesos difíciles de explicar al pensamiento mágico?

Cuando alguien pregunta si sirve de algo rezar, no debe analizarse desde el mero enfoque práctico y funcional. No es que rezar haga que las cosas sucedan, ya que eso sería un anhelo supersticioso, sin fundamento; más bien rezar puede ser una forma de canalizar un deseo en positivo. “Rezar no funciona”, confiesa Paxton, explicando que si ella lo hace, convencida y en paz consigo misma, es porque sabe que es un medio para encontrar tranquilidad y conciliación, porque para ella rezar significa poner a alguien más primero, solidarizarse, desear armonía y bienestar, compartiendo buenos deseos en lugar de amargura o rencor. Con Paxton y Barnes atrapadas en un laberinto de engaños, Reed asegura que para salir deben elegir entre dos puertas que representan ‘creencia’ e ‘incredulidad’; y tras exponer sus argumentos de por qué toda doctrina religiosa está plagada de cimientos cuestionables, lo que les pide no es elegir entre creer ciegamente en algo o dudar de su entorno como respuesta analítica de su sociedad, lo que les pide es negar quienes son, ya que la presión proviene de qué tanto las ha convencido de sus propias creencias, demostrando que con persuasión e intimidación suficientes cualquiera dirá, negará o asegurará lo que le digan que tiene que hacer, se esté seguro de ello o no. Paxton se inclina por ceder a la imposición y elegir la puerta de la incredulidad. Barnes difiere, sospechando que lo importante no es el lugar en que desemboque la puerta, sino qué opción elijan como reflejo de lo que realmente creen, no desde el punto de vista de la fe religiosa, sino de sus propios valores. Barnes sostiene que no deben elegir la incredulidad pensando que es lo que Reed quiere que hagan, pues si su destino ya ha sido elegido por él, la respuesta ‘correcta’ no debería ser complacerlo, sino decidir conforme a lo que realmente creen. Escoger ‘creencia’ no implica, obligatoriamente, ser ingenuos o ignorantes, sino ser fieles a sí mismas. Al final, en efecto, la decisión no importa, pues ambas puertas van al mismo lugar, una prisión de la que la única salida es aceptar el sometimiento. Reed traza un laberinto que en lugar de acercarlas a la razón o la redención, un renacimiento reflexivo y filosófico en cuerpo y mente, hacia donde las conduce es a una oscuridad tan metafórica como real. ¿Qué aceptaríamos o estaríamos dispuestos a creer con tal de alcanzar la salvación, aceptación, liberación o el ascenso (personal, profesional, laboral o social)? La fe y la religión pueden ser guía, pero también prisión; pueden ser salvación, pero también destrucción. ¿Se puede creer lealmente en una religión aunque se tengan claras sus fallas? ¿Aplica lo mismo a las personas, los cánones sociales y las normas de las instituciones en que se construye la sociedad actual? ¿Qué significa realmente cuestionar, debatir, analizar y valorar el entorno, o a la gente, a uno mismo y a la sociedad?

Creencia, curiosidad o duda; la respuesta ‘correcta’ es desafiar al sistema y rebelarse, visto como el camino para no caer en la manipulación y el culto devoto que no tiene argumentos, teniendo claro que seguir una ideología o un líder no es forzosamente incorrecto, mientras no se deje de cuestionar y sopesar lo que se hace y cómo se hace. La religión no puede ser ‘mala’ o ‘buena’, pero las personas sí; las religiones en su esencia no manipulan y controlan, son las personas que se sirven de sus incoherencias, huecos, fallos o medios para someter a través de ellas a aquellos a su alrededor. La sociedad, en su organización y orden actual, promueve y facilita el sometimiento, alienación, enajenación y dominio a través de su estructura e instituciones, medios y formas sociales, entre ellas, inexactitudes legales, redes sociales, gobiernos autoritarios, mercadotécnica, limitación de la cultura, ideología individualista, privatización, automatización, hermetismo, desinformación, falta de educación y demás. ¿Por qué creemos en lo que creemos? ¿Cómo formamos nuestros valores y creencias? ¿Por qué estamos acostumbrados a que alguien más nos diga lo que tenemos que hacer? ¿Por qué aceptamos, tal vez sin darnos cuenta, lo que imponen padres, escuela, religión, gobierno, figuras populares, medios de comunicación, entre otras instituciones? ¿Acaso no es esencial, como parte de la naturaleza humana, creer en algo o en alguien, una idea, principio, religión, un dios, político o cualquier figura de autoridad? ¿Somos quienes queremos ser? Nuestras ideas, pensamientos, opiniones y convicciones se moldean desde las relaciones que establecemos con los demás, en el seno de las organizaciones creadas por el ser humano. El asunto es, ¿qué tanto permitimos que terceras partes, agentes externos o estructuras que deberían servirnos, en lugar de nosotros servir a ellas, dan forma a nuestros ideales? La película plantea más preguntas que respuestas, incluso respecto a la narrativa y sucesión de hechos dentro de la trama, pero porque de eso se trata la vida misma; no es ‘creer’ frente a ‘no creer’, más bien es preguntarnos por qué creemos o no creemos en algo, especialmente en el mundo actual, tan distraído por el ruido exterior, el consumo obsesivo, la indiferencia y la apatía, al grado que se ha dejado de cuestionar aquello que Reed llama la ‘religión verdadera’, sin que literalmente se refiera a una religión, sino a lo que ella representa: control, vigilancia, dominio, enajenación.
Heretic, 2024, Dir: Scott Beck, Bryan Woods
https://youtu.be/rbrKALkcvKY?si=bEIso1S-ISIQvPhc
Diana Miriam Alcántara Meléndez | México
Periodista y crítica de cine, creo que todas las películas tienen algo que ofrecer, así que escribo todo lo que veo y veo todo sobre lo que escribo. He trabajado en medios de comunicación, publicado libros sobre cine y creo que la cultura es el elemento clave para cualquier sociedad.






Diana Miriam Alcántara Meléndez



Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.



Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.





Andrés Palma Buratta



Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.
Se afirma que la verdad es relativa porque no puede ser absoluta, porque al analizar un hecho o proceso entran en juego el contexto, las circunstancias, las sensaciones, los prejuicios y hasta la información o narrativas generadas alrededor de ella, ya que esto la moldea, le da perspectiva, le confiere valor, permite apreciarla, sopesarla, evaluarla y decidir. Por eso los puntos de vista cambian, porque se construyen a partir del entorno histórico, político, social, cultural, personal y relacional, de forma que cada quien vive y juzga una experiencia en función de su situación y posición ante las variables que rodean cualquier evento. Si bien no hay una sola verdad, sí puede haber muchas mentiras; si bien no hay una sola versión de los hechos, no todos son forzosamente verdaderos o contados con veracidad. De esto trata la película El último duelo (EUA, 2021), dirigida por Ridley Scott y escrita por Ben Affleck, Matt Damon y Nicole Holofcener a partir del libro ‘The Last Duel: A True Story of Trial de Combat in Medieval France’ (El último duelo: una historia real de crimen, escándalo y juicio por combate en la Francia medieval) de Eric Jager. Protagonizada por Damon y Affleck junto a Jodie Comer, Adam Driver y Harriet Walter, la historia se basa en un hecho real, el último duelo judicial o juicio por combate permitido que se haya documentado en Francia.
Este duelo a muerte era un sistema oficialmente reconocido para resolver acusaciones que se suponía no se podían solucionar a través de un juicio más tradicional con base en las pruebas disponibles, de forma que quien ganara el duelo en esencia ganaba el juicio y esto era visto como que aquella persona tenía la razón, pues su victoria ‘era respaldada por Dios’. El duelo en cuestión se llevó a cabo en 1386 e involucra a Sir Jean de Carrouges, un caballero noble que acusa al escudero Jacques le Gris de violar a su esposa Marguerite. La cinta presenta los hechos a partir de los tres puntos de vista de los involucrados, señalando así similitudes y divergencias en el recuento de lo sucedido y revelando, con ello, cómo es que lo que una persona puede percibir insignificante, otro puede verlo como trascendental, significativo para su propia vida; o cómo es que un mismo acontecimiento puede sopesarse de una forma tan distinta según hizo sentir, pensar o reflexionar a los implicados. Lo que para uno es olvidable para el otro lo marca de por vida. El recuento en tres versiones distintas también hace evidente la deteriorada relación entre Carrouges y Le Gris, que pasaron de ser amigos a enemigos por las vicisitudes de sus relaciones económicas, políticas y sociales, dejando a Marguerite en medio de todo, a la defensiva, en desventaja y defendiendo su verdad en un mundo acostumbrado a no escuchar a las mujeres o en el que, especialmente en aquella época, el abuso sexual era algo que se callaba e incluso aceptaba como algo normal y cotidiano, porque, en el mejor de los casos, no se veía como una falta hacia la mujer, sino a su esposo, en calidad de propietario y responsable de su esposa. Marguerite pues, queda en medio de dos egos que la miran como un premio, de forma que el duelo no pretende hacer justicia plena, más bien resulta ser la excusa perfecta para poner fin a una rivalidad sustentada en envidia, egoísmo y vanidad.
Carrouges, por ejemplo, no demanda a Le Gris y luego lo reta a un duelo a muerte para defender el honor de su esposa, sino para salvaguardar su propia reputación y, desde luego, para dar cauce a su especial interés en denigrar, condenar y matar para vengarse de un hombre al que tacha como responsable de su mala fortuna; un Le Gris que, según Carrouges, que lleva años orquestando una campaña en su contra, traicionándolo, humillándolo y robándole su gloria. Posible esto porque el escudero tiene el respaldo absoluto, como favorito que es, del Conde Pierre d’Alençon, el Regente de las tierras en las que viven, la Corte de Argentan, quien es, a su vez, primo del rey Carlos VI, lo que le confiere un poder y autoridad sin restricciones, pues sólo responde ante el Rey. Los acontecimientos, desde los ojos de Carrouges, presentan un Le Gris más bien poco talentoso, inepto en algunas cosas pero taimado y traidor, que se la ingenia para conseguir el favor y la gracia del Conde con persuasión, sumisión y manipulación, eventualmente llevándolo a hacerse de favores traducidos en tierras y títulos que, por azares del destino, o tal vez, inducidos por el mismo, recibe quitándoselos a Carrouges. Según éste, Le Gris es alguien que siempre ha querido lo que él tiene y, en consecuencia, es alguien que lo menosprecia. Según Carrouges, él es el héroe y Le Gris el villano. En su opinión la afectada no es su esposa sino él mismo, ya que ve la agresión como una venganza o falta dirigida hacia él; esta idea demuestra una actitud tan machista y misógina como egocéntrica, alimentada por una sociedad en la que el hombre se ve a sí mismo en el centro de todo, en la que incluso para la ley, sus representantes y todo el sistema social quien importa es el varón, nunca la mujer, pues quien tiene derechos, honor, propiedades y valor es él, no ella. Carrouges quiere venganza para saciar sus emociones y está convencido que sus acciones son nobles, pues pelea batallas a favor de su Rey y, por ende, se considera merecedor de alabanzas; lo que en el fondo revela la posición social de Marguerite, un bien más de su esposo, tratada como un objeto, como propiedad, no como una persona. A pesar de haber sido agredida, no tenía derechos ni control ni poder, ni ella ni cualquier mujer en este contexto; acusada de infidelidad, provocación, escándalo y promiscuidad, arrinconada a tener que cumplir expectativas, de la época y sobre todo de los hombres, para sobrevivir, exigiéndole ser fiel, recatada, obediente, sumisa y callada.
Las cosas no son muy diferentes desde la perspectiva de Le Gris, que se mira a sí mismo también como víctima. Insiste que nunca hubo una violación porque la relación sexual, según él, fue consensuada, ya que, igualmente según él, la atracción con Marguerite era evidente a raíz de la que considera una relación marital insatisfactoria para ella, o lo que es lo mismo, culpa y responsabiliza a Marguerite de sus propias acciones, convencido de que lo que hizo estuvo bien y además era su derecho, en relación directa a verse más honorable y digno que Carrouges, el esposo de ella. Ello es reflejo de la perspectiva autoritaria y patriarcal de los señores propietarios de la época, acostumbrados a tratar a las mujeres con prepotencia, violencia y como simple objeto sexual. La idea de fondo, al contrastar ambas versiones de los hechos, es que los hombres se atreven a decidir sobre lo que suponen Marguerite quiere, piensa, siente o necesita; su esposo dicta y reprueba el abuso en función de su papel como marido, no de lo que realmente vivió ella. Le Gris a su vez también actúa en busca de imponer su voluntad, porque está convencido que su palabra, su versión de los hechos y su opinión, es la correcta, o la verdadera. Le Gris y Carrouges se comportan como si el problema social, legal, ético y moral no recayera en una acusación de violación o el abuso a una mujer, sino en una rivalidad entre hombres que no pelean ‘justamente’ entre ellos, una enemistad que se sostiene en su propio machismo. Según Le Gris es él y no el otro quien buscó conciliación, atribuyendo el favoritismo del Conde a su habilidad militar e intelecto erudito, por tanto, justificando el rechazo del primo del Rey hacia Carrouges en lo que cree es un constante intento de su examigo por menospreciarlo y atacarlo. En corto, para Le Gris sólo importa Le Gris y para Carrouges, sólo importa Carrouges. El detalle es que el verdadero error de ambos es medir los problemas sociales en función de su propio narcisismo, ejemplificando cómo las normas y la organización del sistema no están para hacer justicia sino para inclinarse a favor de aquellos con más dinero, influencia o posición social. Carrouges, por ejemplo, se niega a presentarse a la audiencia con el Conde porque sabe que de hacerlo la demanda sería decidida por él, quien fallará automáticamente a favor de su amigo, haciendo evidente que el sistema de justicia, administrativo y legal, no tiene nada que ver con velar por el bien de la comunidad, sino por los intereses de aquellos cercanos a las esferas de poder. El propio Pierre se lo dice a Le Gris cuando le explica que si el caso cae en sus manos, con facilidad podrá decidir sobre la situación, absolverlo a él y argumentar que Marguerite inventó o soñó lo sucedido, menospreciando y minimizando así su voz y su verdad, callándola en lugar de escucharla e, indirectamente, validando como aceptable la actitud de su amigo, un Le Gris que habría abusado de ella por el mero hecho de poder y querer hacerlo.
El duelo mismo no representa ni verdad ni justicia, es simplemente una estrategia para difuminar la conversación verdaderamente importante: el trato equívoco, injusto y reprobable que hace la sociedad hacia la mujer; y el intento de aminorar e ignorar los abusos hacia ellas que se presentan tan imperceptibles como insignificantes. La creencia aquí es que en un duelo judicial, ‘Dios decide el caso’, como si la justicia fuera divina y mágica, como si escapara de las manos de la sociedad, sus normas, su organización y los derechos que todo individuo debería tener por el simple hecho de ser humanos, ciudadanos, personas. Sin embargo, esa ‘justicia divina’ tampoco rectifica las cosas para Marguerite. En algún punto, hacia el final de la cinta, Carrouges le reclama a su esposa, alegando que su denuncia podría costarle la vida, como si luchar por la verdad fuera un error, como si la verdad no importara o como si ella no importara. Lo que Carrouges olvida y que ella bien le reclama es que Marguerite misma está sacrificando tanto o más que él, pero además en nombre de la justo y correcto, no de la presunción y la soberbia, como hacen tanto Carrouges como Le Gris.
Marguerite habla de lo sucedido y reclama ser escuchada sabiendo que la gente desaprobará y señalará sus acciones, la volverá blanco de burlas, rumores, calumnias y críticas, porque asumen que miente o que ella es la culpable del abuso, por el simple hecho de que si sucedió, ella lo permitió. Si Marguerite defiende la verdad a pesar de la vergüenza, errores de juicio y habladurías, es porque exige ser tratada con dignidad, porque lo que dice importa, porque la verdad importa, lo suficiente para desafiar los cánones, prejuicios, al sistema y a las instituciones; todo está en contra de ella, ya sea que hablemos de su esposo, su Rey, la Corte y la iglesia, entendiendo que de perder Carrouges el duelo, ella pagará también con su vida pues será acusada por haber levantado falsas acusaciones, recordando que quien pierde el duelo no tiene el respaldo de la verdad, para entonces ya convertida en un espejismo, un pretexto. Todo termina por ser un circo, un espectáculo para las masas, un duelo que en realidad funge como medio de entretenimiento, una lucha a muerte que al final no tiene nada que ver ni con la denuncia ni con la falta cometida, un enfrentamiento en el que Marguerite no gana, sólo pierde, sin importar cuál de los dos hombres salga victorioso. Si lo hace Le Gris, ella será torturada y quemada viva al encontrársele culpable de adulterio y de calumniar a un caballero; por ende, de haber cometido un pecado; si lo hace Carrouges, entonces su esposo se lleva los aplausos y la gloria, dejándola en la misma posición de desventaja social y familiar, en la que nada cambia, vista y tratada como un objeto o propiedad del hombre a su lado, como era común catalogar y, así, denigrar a las mujeres en aquella época. “La violación no es un delito contra la mujer. Es un delito de propiedad contra su tutor masculino”, dice en algún momento un clérigo consultado para llevar la defensa de Le Gris, dejando ver que para las personas en ese contexto histórico, político y social, la mujer no importa ni vale nada; por consiguiente, cualquier acción en su contra es sólo una vía para barajear otros asuntos, como juegos de poder y de supervivencia, de traición o venganza.
El tercer recuento de los hechos, el de Marguerite, muestra que nada es lo que parece, que ni Carrouges ni Le Gris son perfectos como ellos se pintan, que en cambio, ambos son toscos, petulantes y soberbios, no sólo con ella, también con cualquiera a su alrededor, una situación normalizada y aceptada socialmente. Realidad que cientos de años después de cuando la historia tuvo lugar sigue siendo vigente, preocupante y recurrente: hombres con poder, egocéntricos, que se preocupan y ocupan con sus venganzas y autocomplacencias, que se ven a sí mismos como héroes, al menos de sus propias historias, escudándose en conceptos como honor, justicia o verdad, legalidad o divinidad, que arrebatan y someten porque creen que es su derecho, porque en su mundo alardear, presumir y pasar sobre otros es la base del éxito. Para cualquier persona que se mira por encima de los demás, peor que perder no es no ganar, es ni siquiera participar y pelear, es no ser protagonista, por eso su versión de los hechos siempre está por encima de todo, porque no la ven como una porción de la realidad, sino como un absoluto que no se puede desafiar y que, por lo mismo, quieren imponer siempre su punto de vista, sus creencias su ideología y su cultura; ese es el mayor peligro que enfrenta la sociedad actual.







Politólogo, escritor y documentalista, Premio Nacional Aportación a las Letras Mexicanas, y Premio Bienal de la Academia Literaria de la Ciudad de México, es autor de diversas novelas y director de documentales en derechos humanos. Director Editorial de Filmakersmovie, recibió el Premio Nacional de Gestión Cultural; su obra ha sido compartida en más de cuarenta países de cinco continentes.



El plan es aparentar una cosa y hacer otra, para no levantar sospechas, así que Marla y Fran se dedican a elegir personas que, apoyadas en la doctora que trabaja para ellas, sean catalogados como incapaces o débiles, usualmente pacientes (potencialmente mal etiquetados) con demencia o algún deterioro mental similar que obligue a la ley a intervenir. Entonces trasladan a esa persona a un asilo de acianos, en donde el encargado controla al paciente tanto como Marla lo solicita y luego estos personajes proceden a hacerse de todos los bienes del adulto mayor en cuestión, al tener legalmente control de su dinero y poder de decisión, lo que incluye documentos que firman bajo los excesivos medicamentos que se les suministran, a partir de la aseveración de Marla de que son a su favor. Marla se justifica diciendo que lo que hace es vender las propiedades de esas personas para pagar tanto sus honorarios como el ingreso y mensualidad del asilo, pero en realidad, como guardián legal absoluto, ella administra de tal forma que tiene posesión de la vida de las personas como si fueran objetos, suplantando su voluntad, manipulando sus decisiones, para vender sus propiedades y pertenencias y así obtener el mayor dinero posible durante el mayor tiempo posible, o sea, hasta que la persona fallezca. O lo que es lo mismo, convierte a un humano en una fuente de ingresos, explotándole bajo el respaldo de las autoridades que lo facilitan creyendo que el modelo de tutela o guardia legal beneficia en lugar de afectar a las personas. La trampa de Marla ni siquiera es una trampa propia, es una realidad de la que se aprovecha, el sistema de tutela que opera en Estados Unidos donde se desarrolla la historia, convirtiendo a personas con problemas de salud en seres sin derechos, sujetos a la voluntad ajena por decisión legal; una forma de esclavitud justificada y avalada por la ley. Marla interpreta la ley, compra conciencias y voluntad de profesionistas que aprovechan para obtener ingreso adicional y abusa de la debilidad física y aislamiento familiar de las personas a quienes convierte en sus presas.








