Por: Iván Uriel
“Birdman” inicia esta nueva apuesta cinematográfica, con una toma secuencial que nos recuerda la introducción de cintas emblemáticas como “Rope”, 1948, “The Million” 1934, y “A Touch of Evil” 1959, donde la cámara realiza un viaje sin respiro en su visualidad, y se adentra a la temática de su narrativa desde la primera voz, para no soltarla hasta que la película culmina. Las secuencias no dan tregua y nos brinda la oportunidad de disfrutar la genialidad de Emmanuel Lubezky, quien una vez más, se apodera de las cintas en que participa, para dejar una huella superior a la del director en turno.
“Birdman” aborda en sus personajes tres temas clave: la realización, el ego, y la redención; para llegar a ellos nos adentra en diversos subtemas que entretejen los telones del teatro y las actuaciones superlativas de su elenco. Cada personaje habita el ensayo, cada personaje habita la función, la espera para el estreno y la posibilidad del fracaso o del éxito que sustenta la existencia de su puesta en escena. Cuando “Amores Perros” 2000 sacudió al mundo, Iñárritu y su guionista de cabecera Guillermo Arriaga, iluminaron el firmamento del cine latinoamericano con una oferta textual y poderosa, una telaraña de sensaciones, frustraciones y anhelos que entre la complicidad, el desencanto y la expectativa, hicieron una obra maestra instantánea. “21 Gramos” 2003, y posteriormente “Babel” 2006, consagraron a la dupla, haciendo de sus enhebradas historias un collage de sentimientos universal, un reflejo y una alternativa cinematográfica diferente. Las sólidas interpretaciones de sus elencos, las nominaciones y premios, se hicieron una constante, hasta que la dupla se disipó y la duda emergió como alarma. Darle Iñárritu un sello propio su legado sin la pluma de Arriaga, llegó con “Biutiful” 2010, y aunque la trama de nuevo aborda un tema universal desde lo individual, la actuación de Javier Bardem superó posiblemente a la trama; con “Birdman” Alejandro G. nos vuelve a mostrar que su estilo se define en cada paso, y que su sello, sin abandonar las influencias de diferentes directores, es un sello propio.
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La “realización” como primer tema, brinda perspectiva a todos los personajes de “Birdman” la actuación como motivo de vida, el teatro como símbolo, el escenario como significado y la audiencia como razón de ser, se combinan para mostrar un corolario de imágenes que van de un lado a otro, llevándonos por los entramados detrás de las cortinas, tras bambalinas y sobre la duela que aguarda la pisada firme, nerviosa y temerosa de la actriz, del actor, de la realización de una vocación intensa que se vierte fugaz una vez que los parlamentos han sido expulsados como una consciencia.
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El “ego”, como segunda y más importante temática, se regodea en la presencia activa de la memoria, de la cualitativa cantidad encumbrada en los premios, en la popularidad, en las cifras, en las notas, en la fama, en el reconocimiento como inspiración superlativa al abrazo, como inspiración metafísica y real de una vocación que aparece en medio de una reflexión que pudiera olvidar que el teatro es arte y no negocio, que actuar es pasión y no el hastío, que mantenerse vigente implica realizarse y no supervivencia.
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“Redención”, cierra el círculo temático que sumerge la fuerza interpretativa en la admiración, en el aplauso que nace de la sorpresa, de la posibilidad de seguirnos asombrando ante lo que consideramos no puede generar el asombro, una carrera en decadencia, una carrera en el olvido, la persistencia de lo que puede ser con lo que fue. Aquí es donde la película se convierte en una epifanía cinematográfica, que conjuga la historia real con la ficción, nunca antes Michael Keaton ha sido tan reconocido, alabado y admirado por su actuación, nunca antes tan valorado, y sí antes mucho más explosivo en la popularidad que gozaron algunos de sus personajes y que aún lo mantienen activo en su recuerdo. “Mr. Mom” 1983, “Beattlejuice” 1987, y “Batman” 1989, son inolvidables caracteres para quienes en los años ochenta acompañaron su popularidad. Su nominación como “Batman”, por el genio Tim Burton, generó controversia, picardía e incredulidad en la designación, hasta que él mismo alter ego pronunció su nombre para hacerse insustituible en la saga cinematográfica que arrojó varias cintas más, aunque sólo memorables las personificadas por el mismo Keaton en la dirección de Burton.
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Batman existió en él con la misma dualidad en la identidad que los superhéroes tienen, hasta que Christopher Nolan se permitió regalarnos una trilogía contundente. La cinta de 1989 se convirtió en un enorme éxito taquillero, generó una moda hacia el súper héroe, y después se agotó en su formato hasta que “Spiderman” 2002 renació la fórmula para darle al género una década y media de éxitos que al parecer se extenderá al menos, por otra más.
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En “Birdman”, Michael Keaton hace una actuación formidable, profunda, detallada, no deja huecos y se apodera por completo del súper héroe, él dio rostro a las películas de súper héroes cuando no existían prácticamente, o cuando los intentos por hacerlas terminaban fallidas comedias involuntarias, Keaton le dio identidad a Batman y esa misma identidad es la que busca en el reflejo de cada diálogo frente al espejo, mientras escucha la voz de su “Birdman” que lo mueve por dentro y desde dentro, nada de lo que sale hacia afuera va solo, le acompaña el reconocimiento, el ego, la frustración, el éxito, el temor, la vocación, la aventura y la posibilidad de redimirse como única esperanza de vida. El arista se debe a su público, a su personajes o a su obra, pero también se debe a él mismo. El yo, el súper yo, los guiños a la crítica de un cine invadido por las historias de súper héroes, y por la lejanía de la realidad, se suman a la fantasía que está en nosotros mismos, a la realidad vivir en un personaje y no salir de él pues en su seno radica la seguridad y la única manera de ser.
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“Birdman” es la mejor cinta de Iñárritu desde “Amores Perros”, en principio por que evade posicionamientos, se aleja de los contextos dubitativos o en debate, y se adentra en la personalidad, en la mente, en las preguntas perennes, en los lamentos y en la alegría de un vuelo; Iñarritu va más allá en esta ocasión que plantear el desamparo del personaje principal y de su circunstancia, lo rodea de personajes tan profundos o más profundos que el protagonista, con sus miedos particulares, con sus derrotas, con sus victorias y con la esperanza compartida en el próximo estreno, la marquesina que ilumina y abarrota, o la comparsa de una industria que da cabida a la indulgencia.
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La película explora los ecos del ego y los exclama en gritos desesperados que se ahogan, luego los regurgita entre una secuencia y otra, es una cinta coreográfica, a minutos pretenciosa, a minutos muy íntima, y en síntesis rescata en el espectador la sensación de estar viviendo la experiencia del teatro como “A Street Car Named Desire” 1951 lo consumó; en “Birdman”, cintas de dramaturgia cinematográfica sin ser precisamente teatrales como “Trought a Glass Darkly” 1962, “Who Affraid Virginia Wolf” 1966, “Sonata de Otoño” 1978, “Interiors” 1979, “The Last Metro” 1980, “Leaving Las Vegas” 1995, y “Carnage” 2011, entre otras, encuentran un espacio en “Birdman” para argumentar un soliloquio en las alas del teatro, de la intensa redención, y del intento.
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Birdman
Dir. Alejandro G. Iñárritu
Estados Unidos, 2014
Official International Trailer
2:52
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Iván Uriel Atanacio Medellín | elsurconovela | @ElSurcoNovela | México
Iván Uriel Atanacio Medellín es un escritor, productor, director y politólogo, especialista en sistema político, desarrollo social y migración. Su novela “El Surco, historias cortas para vidas largas” describe los senderos migrantes, cuya narrativa innovadora ha sido reconocida como la aportación mexicana a la literatura posmoderna latinoamericana. Ha diseñado políticas públicas, programas académicos y sido conferencista en diversos congresos internacionales. Su motivación logra la creación del documental “Tú Ciudad…Tus Derechos” y Filmakersmovie.com


Este documental forma parte de la competencia del 12 Festival Internacional de Cine de Morelia.
“Nacer para esto”




Había sucumbido la ciudad de los palacios desde sus ruinas, desolación de los pasos, vacío de la historia, vacío del espacio; vacío de todo lo que abarca, de todo lo que rebasa, había sucumbido la ciudad tras el temblor, había sucumbido la población y la fundacional esperanza; desde sus escombros, emergían los visos de horizontes desdibujados pero existentes, cobijados en la música ligera pero contumaz de un grupo lejano de notas hambrientas, tenaces y liberadoras, notas nacidas bajo el fondo de la dictadura y sobre la liberación, en sus acordes los recuerdos de la guerra, la desaparición y el olvido, en sus acordes el presente y el devenir, un canto para expresar sueños de pesadillas y sombras, puertas para cruzar umbrales de aspiración, ventanas abiertas con miradas a las metáforas.
Ese día fue uno de sentimientos encontrados que me resulta difícil describir, apenas comenzaba la mañana cuando se daba la noticia del fallecimiento de Cerati. Guardaba la esperanza de que un día pudiera despertar, y como en la película Gabriel Retes, o “Good Bye, Lenin!” (Dir. Wolfgang Becker, Alemania, 2003) contarle todo lo que había ocurrido durante su sueño.

El imaginario parapsicológico del Doctor Spengler, el atrevimiento emprendedor del Doctor Venkman, y el ánimo idealista en vocación investigadora del Doctor Stanz, aúnan suposiciones e instintos para formar la epifanía que convirtió a “Ghostbusters” 1984, en una cinta de culto, favorita del público y la crítica, comedia ingeniosa de humor melódico, de notas simpáticas en la increíble premisa que dio aún más brillo, a los ya para entonces consagrados Harold Ramis, Bill Murray y Dan Aykroyd.
“Los Cazafantasmas” título en español, invitó a descubrir y disfrutar, al relajamiento y al suspiro, al salir de las salas de cine nos hacía anhelar haberlo vivido en realidad, o añorar que la cinta haya concluido en su muestra. Las dimensiones y relatividad del tiempo que el mismo Ramis magistralmente filmaría precisamente con Murray como protagonista en “Groundhog Day” 1993, el día que se repite una y otra vez, que en cada día más que tedio, brindaba la posibilidad de ser mejor, una oportunidad de cambiar lo malo o preservar lo bueno, ese intento y error que llevaría a los astutos cazadores de miedos, a conquistar literalmente los corazones de la audiencia.
El experimento, en formato documental, trata de un hombre quien con su cámara se dedica a captar la vida diaria de un día cualquiera en la, entonces, Unión Soviética; el proceso de filmación, edición, e incluso presentación en pantalla del trabajo fílmico recolectado, es parte de las escenas que conforman la película. El hilo conductor es precisamente el hombre de la cámara, pero la historia tiene un inicio y un final que se estructura gracias al poder de la imagen como tal. La estructura del relato es una selección de imágenes puestas en un orden específico cuyo montaje y contenido representan algo. La película habla del todo, de la vida, de la gente, de la realidad y cotidianidad en la que vivimos las personas y lo poéticamente bello y trascendental que cada momento significa para una persona.
Vertov, como realizador, estaba en contra de la «puesta en escena», creía en un cine sin ataduras, por así decirlo, de allí la razón por la que la explicación de la naturaleza de la idea sea explícita en la introducción de la película. Para el cineasta este tipo de cine era una forma (su forma) de capturar la realidad, de reflejar la situación de su entorno y permitir con ello que este tipo de películas fueran una herramienta para «despertar» a las personas, hacerlos ver su «realidad».

“Motivo visual nos remite al contenido, al tema que quiere transmitir, a su narratividad”, dice Jordi Balló en su libro “Imágenes del silencio”. El autor habla de los motivos visuales como imágenes que representan algo de modo metafórico o simbólico.
Otro elemento recurrente en la película de Antonioni son un grupo de mimos, que aparecen al principio y al final, en especial la secuencia última en la que este grupo comienza a jugar un partido de tenis con una bola y raquetas imaginarias. El fotógrafo les observa hasta que la bola cae a su lado y entonces decide participar activamente en el juego lanzando la bola “imaginaria” de regreso. Esta decisión es importante en cuanto a aquella línea entre realidad y no realidad que caracteriza al largometraje y que, finalmente, el protagonista decide aceptar.
Los viajes de Sullivan (Sullivan’s travels, EUA 1941), escrita y dirigida por Preston Sturges, trata de un director de cine que quiere enfocarse a realizar películas serias, que reflejen al mundo real y a las personas comunes; presionado por los ejecutivos para hacer una comedia, Sullivan (interpretado por Joel McCrea) logra acordar con ellos realizar un trabajo de investigación de campo en el que éste salga al mundo real y se haga pasar por un pordiosero para aprender de la vida en la calle y los problemas de la gente común; en el camino se encuentra con una joven aspirante a actriz (Verónica Lake) quien decide ayudarle a completar su misión mientras ambos se ven envueltos en aventuras y otras circunstancias, tanto divertidas, por la naturaleza propia del experimento, como trágicas, por la misma razón.