Brazil | Dir. Terry Gilliam | Reino Unidos, 1985
Por: Diana Miriam Alcántara Meléndez
Los relatos distópicos dan la oportunidad de contar temáticas actuales y ambientarlas en mundos fantásticos, irreales, exagerados, apocalípticos, supuestos que se estructuran a partir de fenómenos relacionados con el contexto sociocultural en que se crean.
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La tecnología, la burocracia dentro del sistema de organización social y la insatisfacción con ella o la tolerancia social son algunos de los temas recurrentes en este tipo de universos creados; Brazil retoma estos puntos para su desarrollo y ambientación. Terry Gilliam dirige y coescribe la película, misma que fue nominada a dos premios Óscar, uno por mejor guión original y otro por mejor dirección de arte.
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En esta historia, Sam Lowry (Jonathan Pryce) es un empleado de escritorio que trabaja en un departamento del gobierno encargado de procesar información; obsesionado con la mujer con la que constantemente sueña, Sam se ve envuelto en una serie de errores administrativos relacionados con ataques terroristas que lo llevarán en un ir y venir burocrático que terminará por hacerlo objeto de sospechas para quienes trabaja.
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Si bien el motivador para el protagonista es encontrar y proteger a la chica de sus sueños, la película no es exactamente una historia de amor. La situación que vive es el detonante que lo llevará a moverse dentro del sistema en el que trabaja, ya sea para aspirar a un mejor puesto o para analizar la información que le llega a sus manos con el fin de conectar las pistas que develen un mayor misterio; todo ello permitirá mostrar las diferentes fases burocráticas del medio de organización en el que los personajes viven, un régimen muy relacionado con la forma estructural de división y ejecución de trabajo dentro del sistema económico que se vive en la realidad actual. La película tiene casi 30 años de haberse estrenado y pareciera que la movilidad administrativa y la relación institución-ciudadano sigue siendo, en muchos niveles, la misma de siempre, accidentada y errática.
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La forma distópica permite la crítica satírica del tipo de orden distributivo dentro de una organización; el papeleo, el llenado de formatos, las firmas obligatorias, los contratos, la constante vuelta entre departamentos, todo a fin de lograr algo que parece debería ser sencillo. En la película, por ejemplo, la mujer que Sam persigue es una de las vecinas del hombre erróneamente arrestado por terrorismo (y todo por culpa de un absurdo error), sin embargo, cuando ella decide reportar el error, la lista de documentos que tiene que llenar es interminable, y una vez que tiene los formularios listos, un departamento la manda al cubículo que acaba de visitar, quienes la mandaron a dicho departamento, es decir, que nadie le da respuesta y se la pasa de un lado a otro sin lograr que la atiendan, que le presten atención, menos que resuelvan el problema.
Brazil se toma las libertades creativas para exagerar y satirizar otras situaciones sociales, como el terrorismo, la convivencia y las normas sociales aceptables, la búsqueda por la perfección física externa y la vanidad, entre otros absurdos del modelo de organización dentro de las empresas, desde los espacios de trabajo, cubículos minúsculos o tarjetas de identificación, hasta el nepotismo para crecer dentro del esquema laboral.
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Para ello los realizadores combinan realidad con fantasía. Sam escapa de su rutina gracias a su ideal mundo de sueños, ahí imagina que vuela y se aleja del sistema y de la tecnología, imagina que sobrepasa al poder y la división de clases sociales, que la chica de sus sueños siente lo mismo por él, se imagina ser el héroe de su propia historia, incluso si en la cotidianeidad no hace nada para realmente lograrlo, al contrario, en el mundo real Sam hace el menor esfuerzo posible, se conforma, se limita y lo hace porque su contexto así lo moldea. El personaje crece con sus aventuras y con las motivaciones que llegan a su vida para convertirse en un hombre que decide, a su manera, levantarse en contra del sistema, turbarlo y acentuar sus errores.
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Estos errores incluyen el enfoque relacionado con el tema de la tecnología, otra de las constantes en la historia. Sus fallas son motivo recurrente durante el relato. Los errores hacen notar la forma en la que la sociedad depende de las máquinas y de las consecuencias que se sufren ante el mal funcionamiento de éstas, comenzando por el error que manda al hombre equivocado a ser arrestado, evento que desata el resto de la historia (¿error humano, error de la máquina o la combinación de ambos?).
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La película se permite en este y en muchos otros aspectos una perspectiva amplia de una sociedad en estado de paranoia que apenas se da cuenta de ello a través de la visión de un hombre atrapado en el medio de todo, que se limita a soñar, a apagar su mente y a dejarla refugiarse en una fantasía llena de simbolismos que hacen referencia a su vida diaria pero que realmente no le satisfacen, aunque al final sean su única forma de protección en contra de las atrocidades del mismo ambiente que le rodea y del totalitarismo en el que vive. Nada ajeno a la enajenación que padecen miles y que sobreviven justamente así, apagando su mente, asumiendo una postura dócil y sumisa, pero que se refugian en fantasías e ilusiones de todo tipo.
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Brazil
Dir. Terry Gilliam
U.K., 1985
Canal YouTube Thecultbox.
Tráiler : 2:34
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Diana Miriam Alcántara Meléndez | México
Guionista y amante del cine, ha estudiado Comunicación, Producción y Guionismo a los largo de los años con el fin de aportar a la industria cinematográfica una perspectiva fresca, entrenada y apasionada. Actualmente cursa un Máster en Comunicación, Periodismo y Humanidades a propósito de enriquecer su mente y trabajo.
El experimento, en formato documental, trata de un hombre quien con su cámara se dedica a captar la vida diaria de un día cualquiera en la, entonces, Unión Soviética; el proceso de filmación, edición, e incluso presentación en pantalla del trabajo fílmico recolectado, es parte de las escenas que conforman la película. El hilo conductor es precisamente el hombre de la cámara, pero la historia tiene un inicio y un final que se estructura gracias al poder de la imagen como tal. La estructura del relato es una selección de imágenes puestas en un orden específico cuyo montaje y contenido representan algo. La película habla del todo, de la vida, de la gente, de la realidad y cotidianidad en la que vivimos las personas y lo poéticamente bello y trascendental que cada momento significa para una persona.
Vertov, como realizador, estaba en contra de la «puesta en escena», creía en un cine sin ataduras, por así decirlo, de allí la razón por la que la explicación de la naturaleza de la idea sea explícita en la introducción de la película. Para el cineasta este tipo de cine era una forma (su forma) de capturar la realidad, de reflejar la situación de su entorno y permitir con ello que este tipo de películas fueran una herramienta para «despertar» a las personas, hacerlos ver su «realidad».
“Motivo visual nos remite al contenido, al tema que quiere transmitir, a su narratividad”, dice Jordi Balló en su libro “Imágenes del silencio”. El autor habla de los motivos visuales como imágenes que representan algo de modo metafórico o simbólico.
Otro elemento recurrente en la película de Antonioni son un grupo de mimos, que aparecen al principio y al final, en especial la secuencia última en la que este grupo comienza a jugar un partido de tenis con una bola y raquetas imaginarias. El fotógrafo les observa hasta que la bola cae a su lado y entonces decide participar activamente en el juego lanzando la bola “imaginaria” de regreso. Esta decisión es importante en cuanto a aquella línea entre realidad y no realidad que caracteriza al largometraje y que, finalmente, el protagonista decide aceptar.
Los viajes de Sullivan (Sullivan’s travels, EUA 1941), escrita y dirigida por Preston Sturges, trata de un director de cine que quiere enfocarse a realizar películas serias, que reflejen al mundo real y a las personas comunes; presionado por los ejecutivos para hacer una comedia, Sullivan (interpretado por Joel McCrea) logra acordar con ellos realizar un trabajo de investigación de campo en el que éste salga al mundo real y se haga pasar por un pordiosero para aprender de la vida en la calle y los problemas de la gente común; en el camino se encuentra con una joven aspirante a actriz (Verónica Lake) quien decide ayudarle a completar su misión mientras ambos se ven envueltos en aventuras y otras circunstancias, tanto divertidas, por la naturaleza propia del experimento, como trágicas, por la misma razón.
La forma narrativa es retomada tanto en la palabra escrita como en el mundo audiovisual, siendo el efecto Rashomón una forma de interpretación de hechos. La esencia de la técnica no es la de dar una versión absoluta, sino de retroalimentar los escenarios con cada perspectiva y, cuál se hace en la película, el fin último no es completar un rompecabezas que llene espacios en blanco con cada versión narrativa, sino destacar la naturaleza humana de las personas al relatar hechos, su perspectiva, su visión, su aprehensión de la realidad.
M (M, el vampiro de Düsseldorf) es una película alemana de 1931 dirigida por Fritz Lang. Cuando los ciudadanos de una ciudad ven afectado su entorno y convivencia luego que una serie de asesinatos infantiles tienen lugar, la policía enfocará toda su atención en restablecer el orden y atrapar al asesino, pero la vigilancia extrema comienza a afectar también el negocio de otro tipo de criminales, quienes, por tanto, también se dan a la tarea de capturar al responsable de los asesinatos.






